Comprensión de nuestra meta

Comprensión de nuestra meta

5/15/2017

El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo. (1 Juan 2:6)

La vida cristiana es simplemente el proceso de buscar la semejanza de Cristo, descrita teológicamente como santificación. Jesús dijo: “Sígueme”, y ese mandato sencillo no ha sido sustituido ni mejorado. Seguir a Cristo implica aprender de Él para que podamos ser como Él (Lc. 6:40).

Romanos 8:29 dice que Dios nos salvó para que seamos hechos “conformes a la imagen de su Hijo”. Por lo tanto, nuestra única búsqueda es ser cada vez más semejante a Cristo.

Algunos pudieran decir que glorificar a Dios o evangelizar a los perdidos son las prioridades más importantes. Pero ser semejante a Cristo glorifica a Dios, y si somos semejantes a Cristo no podemos menos que evangelizar a los demás. Después de todo, Él vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Todo lo necesario en la vida cristiana surge de una búsqueda de la semejanza a Cristo.

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Hechos perfectos

15 de mayo

«Hechos perfectos»

Hebreos 12:23

Recuerda que hay dos clases de perfección que el cristiano necesita: la justificación perfecta en la persona de Jesús y la santificación perfecta que obra el Espíritu Santo. Al presente, la corrupción aún permanece en el corazón del regenerado; la experiencia pronto nos enseña esta realidad. Dentro de nosotros se encuentran aún las codicias y los malos pensamientos. Sin embargo, me alegra saber que viene el día cuando Dios concluirá la obra que ha comenzado y no solo presentará mi alma perfecta en Cristo, sino también perfecta por el Espíritu: sin mancha, ni arruga ni cosa semejante. ¿Puede ser cierto que mi pobre y pecaminoso corazón llegue a ser santo como Dios es santo? ¿Es posible que este espíritu que frecuentemente clama: «¡Miserable hombre de mí, quién me librará de este cuerpo de muerte!», vaya a quedar libre del pecado y de la muerte, y que ninguna cosa mala perturbe más mis oídos ni pensamiento pecaminoso alguno turbe mi paz? ¡Oh, qué feliz momento! ¡Quiera Dios que llegue pronto! Cuando yo cruce el Jordán, la obra de la santificación quedará terminada; pero, hasta entonces, no pretenderé tener perfección alguna en mí. En aquella hora mi espíritu experimentará su último bautismo en el fuego del Espíritu Santo. Creo que anhelo morir para recibir esa última y final purificación que ha de introducirme en el Cielo. Ningún ángel será más puro que yo; pues podré decir «Soy puro» en doble sentido: por la sangre de Jesús y por la obra del Espíritu. ¡Oh, cómo deberíamos ensalzar el poder del Espíritu Santo que nos ha hecho aptos para estar delante de nuestro Padre en el Cielo! No obstante, que la esperanza de la perfección en el Más Allá no nos haga estar satisfechos con la imperfección presente; pues en ese caso nuestra esperanza no sería genuina, ya que una esperanza verdadera purifica aun ahora. La obra de la gracia tiene que ser permanente en nosotros en este tiempo; de lo contrario tampoco será perfecta después. Pidamos ser «llenos del Espíritu» para que podamos producir más y más los frutos de la justicia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 144). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Las 10 leyes del pecado

Coalición por el Evangelio

Miguel Núñez

Las 10 leyes del pecado

Susana Wesley, madre de los hermanos Wesley, dio a su hijo John lo que considero es una de las mejores definiciones de pecado desde el punto de vista práctico. Su definición es esta:

“Pecado es cualquier cosa que debilite tu razonamiento, altere la sensibilidad de tu conciencia, oscurezca tu apreciación de Dios, o te quite la pasión por las cosas espirituales. En pocas palabras, cualquier cosa que aumente el poder o la autoridad de la carne sobre tu espíritu… eso para ti se convierte en pecado, independientemente de cuán bueno sea en sí mismo”.

En este sentido, hace años escribí lo que llamé las 10 “leyes” del pecado, como advertencia al pueblo de Dios de lo que el pecado puede llegar a causar en tu vida y en la mía. Mi oración es que al meditar en estas cosas puedas entender cuán pecaminoso es el pecado, para usar las palabras del apóstol Pablo, y que entonces seas movido a buscar la santidad de nuestro Dios.

Primera ley:El pecado te llevará más allá de dónde pensabas llegar. Decimos “es que solo pienso llegar hasta aquí”, o, “créeme, que esto está bajo control”. Lo que estaba bajo control termina controlándote a ti. A su tiempo controlará tu corazón, y lo que controla tu corazón controlará también tus emociones y eventualmente toda tu mente. Tu vida queda sometida al pecado.

Segunda ley:El pecado te alejará por más tiempo de lo que habías pensado. “Es solo un par de días…”, y los días se convierten en semanas, y las semanas en meses, y en muchas ocasiones en años.

Tercera ley:El pecado te costará más de lo que querías pagar. Te costará tu integridad, tu reputación, tu paz. Puede llegar a costarte tu esposa o esposo, tus hijos, tus amigos, tu trabajo, tu ministerio y tu iglesia.

Cuarta ley:Pecas a tu manera, pero tienes que regresar a la manera de Dios. Él determina los términos de tu regreso. Y Sus caminos pueden ser largos y difíciles. La restauración del pecado es un proceso.

Quinta ley:El pecado engendra pecado. Una vez pecas, te ves en la necesidad de pecar nuevamente para encubrir tu primera falta.

Sexta Ley:El pecado te lleva a justificar lo que has hecho. El peso de la culpa y la necesidad de lucir bien ante los demás, te llevará a explicar y luego a justificar tu pecado. Ahora pecarás de auto-justificación.

Séptima Ley:El placer es efímero y temporal, pero las consecuencias del pecado son duraderas. El placer que te produce el pecado en el que incurres es de mucho menor duración que las consecuencias que te acarrea el haber pecado.

Octava Ley:No hay pecado oculto que Dios no ponga de manifiesto. Cristo lo dijo con estas mismas palabras en Mateo 10:26, Marcos 4:22; Lucas 8:17 y Lucas 12:2.

Novena Ley:Mi pecado comienza cuando yo quiero, pero las consecuencias comienzan cuando Dios quiera. De hecho, Dios puede visitar la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación.

Décima Ley:Nadie se burla de Dios. “No os dejéis engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará”, Gálatas 6:7.

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico.

https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/

 

Canciones de alabanza

15 MAYO

Canciones de alabanza

Números 24 | Salmos 66–67 | Isaías 14 | 1 Pedro 2

En una época de muchas “canciones de alabanza”, uno diría que en nuestra generación abunda la alabanza. ¿No es evidente que nosotros sabemos mucho más acerca de la alabanza que nuestros pobres padres y abuelos, con sus vestidos oscuros y sus cultos formales y rígidos, cantando sus himnos pasados de moda?

No contribuye nada en absoluto a la claridad de pensamiento en torno a estas cuestiones fijarse sólo en los estereotipos. Pese a las sospechas de algunas personas mayores, no todas las expresiones contemporáneas de la alabanza son frívolas y superficiales; pese a las sospechas de muchos jóvenes, no todas las formas tradicionales de generaciones anteriores a la nuestra deben ser abandonadas a favor de lo inmediato y lo contemporáneo.

Pero hay dos elementos que se expresan en el Salmo 66 de los que se oye muy poco hoy en día, y que deberían ser reincorporados en nuestra alabanza y en nuestra manera de pensar.

El primero se encuentra en Salmo 66:8–12. Aquí el salmista comienza por invitar a los habitantes de la tierra a escuchar al pueblo de Dios mientras le alaban, porque él “él ha protegido nuestra vida, ha evitado que resbalen nuestros pies”. Luego el salmista se dirige a Dios directamente, y menciona el contexto en el cual Dios les ha protegido: “Tú, oh Dios, nos has puesto a prueba; nos has purificado como a la plata. Nos has hecho caer en una red; ¡pesada carga nos has echado a cuestas! Las caballerías nos han aplastado la cabeza; hemos pasado por el fuego y por el agua, pero al fin nos has dado un respiro” (66:10–12).

Esto es asombroso. El salmista agradece a Dios por haber puesto a prueba a su pueblo, por haberles purificado bajo el fuego de alguna circunstancia difícil y por haberles sostenido a través de esta experiencia. Esta es la respuesta que nace de una fe perceptiva y piadosa. No suele proceder de los labios de los que sólo agradecen a Dios cuando se libran de la prueba o se sienten felices.

El segundo enlaza el grito del salmista con la justicia: “Clamé a él con mi boca; lo alabé con mi lengua. Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor no me habría escuchado; pero Dios sí me ha escuchado, ha atendido a la voz de mi plegaria” (66:17–19). Esto no quiere decir que el Señor nos escucha porque hayamos merecido su favor debido a alguna hazaña de justicia. Más bien nos escucha por el hecho de haber entrado en una relación personal con Dios según los términos de la alianza, le debemos nuestra lealtad, nuestra fe y nuestra obediencia. Si en lugar de esto, nutrimos el pecado en nuestro ser interior, y luego acudimos a Dios para que nos ayude, ¿Por qué no nos tendría que contestar con el juicio y el castigo que tan urgentemente merecemos? Es posible que simplemente se retire y permita que el pecado siga su curso nefasto.

Nuestra generación necesita desesperadamente enlazar la alabanza con la justicia, el culto con la obediencia, y la respuesta de Dios con tener un corazón limpio.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 135). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿Y qué de nosotros?

15 Mayo 2017

¿Y qué de nosotros?
por Charles R. Swindoll

Hechos 17:1-9

1 Tesalonicenses 2:1-6

Para algunas personas, el llegar a entender la verdad bíblica de que los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos, les toma toda la vida, pero a otros solo unos pocos semestres de estudios en el seminario.

Cada mayo, al concluir el semestre en el Seminario de Dallas, tenemos el gusto de escuchar a los mejores predicadores de la institución, que son propuestos y elegidos por los profesores de ministerio pastoral. Un año, un talentoso joven predicó sobre ese significativo pasaje de Juan 13 en el que Jesús lava los pies de sus discípulos. Después de una impresionante exposición de este texto, el joven estudiante de último año se inclinó hacia el micrófono, miró los rostros de los que estaban en la capilla, y preguntó a sus colegas estudiantes: “¿Quieren tener un gran ministerio.., o solo quieren ser grandes?”.

La atestada capilla se quedó en silencio. Nadie parpadeó. Nunca olvidaré su pregunta. Ninguno de nosotros la olvidará. Y espero que él tampoco. Con una sola pregunta, el joven captó el punto crucial: la grandeza. No como el mundo la define, sino la grandeza según el concepto del Dios todopoderoso. Los grandes líderes son primero siervos. Como Pablo… como su Maestro Jesucristo.

Esto es para usted y para mí. Si usted nunca se ha sometido completamente al Maestro, este es el momento. Si sigue siendo arrogante, probablemente no quedará ciego de pronto ni se verá encadenado en una prisión romana. Esa fue la experiencia de Pablo. Pero ahora que he captado su atención, le animo a que dé una buena mirada a su interior.

Usted sabe lo testarudo y orgulloso que es. Y también lo saben las personas que usted lidera. Sabe lo lento y reacio que es para estimular a los demás. Y ellas también lo saben. Usted sabe si es egoísta. Usted sabe si busca su propia gloria. Sinceramente, ya es tiempo de que le diga adiós a todo eso. Volvamos, entonces, a la pregunta crucial: ¿Quiere usted tener un gran ministerio… o solo quiere ser grande?

Su respuesta revelará su manera de liderar.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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¿Qué es la mansedumbre?

MAYO, 15

¿Qué es la mansedumbre?

Devocional por John Piper

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

La mansedumbre empieza cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Entonces, porque confiamos en él, le entregamos nuestros caminos y echamos sobre él nuestras ansiedades o frustraciones, nuestros planes, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra salud.

Luego esperamos con paciencia en el Señor. Confiamos en que su tiempo y su poder y su gracia obrarán de la mejor manera para su gloria y para nuestro bien.

El resultado de confiar en Dios y de echar sobre él nuestras ansiedades y de esperar con paciencia en él es que no damos lugar al enojo fácil y quejumbroso. Por el contrario, damos lugar a la ira de Dios: le entregamos a él nuestra causa y dejamos que él nos revindique si fuera su voluntad hacerlo.

Es entonces que por esta apacible confianza en él, como dice Santiago, nos volvemos prontos para oír y tardos para hablar (Santiago 1:19). Nos volvemos más razonables y abiertos a recibir correcciones.

La mansedumbre ama aprender. Además considera que los golpes que pueda recibir de parte de un amigo son invaluables. Y cuando se ve obligada a hacer una crítica a una persona envuelta en el pecado o el error, habla desde la profunda convicción de su propia falibilidad, su propia susceptibilidad al pecado y su absoluta dependencia en la gracia de Dios.

La calma, la predisposición a aprender y la vulnerabilidad propias de la mansedumbre son muy hermosas y también muy dolorosas. Van en contra de todo lo que somos según nuestra naturaleza pecaminosa. Ejercer la mansedumbre exige una ayuda sobrenatural.

Si son discípulos de Jesucristo —es decir, si confían en él y le entregan sus caminos y esperan con paciencia en él— Dios ya ha empezado a ayudarlos y los ayudará aún más.

Y la manera principal en la que los ayudará es confirmando en su corazón que son coherederos con Cristo, y que el mundo y todo lo que hay en él es su herencia.

http://solidjoys.sdejesucristo.org/

Jesús habla a las mujeres

Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.

Marcos 14:3

Jesús habla a las mujeres (3)

 “Esta ha hecho lo que podía”

Juan 12:1-8

Poco tiempo después de la muerte y resurrección de Lázaro, Marta y María estarían nuevamente tristes debido a la muerte de Jesús. Pero algunos días antes de su crucifixión, todavía pudieron compartir con él una cena. Parece que solo María comprendió que el Señor iba a morir. ¿Qué podía hacer? Estaba sola ante el poder de los que habían decidido su muerte… Sola en medio de los discípulos, quienes no la comprendían… ¿Cómo podría expresar su simpatía a Jesús y su adoración?

Dios puso en su corazón el deseo de hacer algo por Jesús. Superó los obstáculos, sus temores y la reprobación de los demás. Hizo lo que estaba dentro de sus posibilidades al ofrecerle un perfume de gran precio. Jesús dijo: “Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura” (Marcos 14:8).

El gesto de María no fue comprendido, ni siquiera por los discípulos, quienes la criticaron por tener esa iniciativa. Por dolorosas que fuesen sus palabras, María no se defendió, pero el Señor, en quien ella creía, la aprobó delante de todos.

Este gesto fue un acto de adoración y de fe. Jesús estaba en el centro, “y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3).

Sucede lo mismo hoy en día. Cuando expresamos nuestra adoración a Jesús, él es el centro, y todos los creyentes presentes pueden asociarse a ella.

1 Reyes 11:23-43 – Marcos 12:28-44 – Salmo 58:1-5 – Proverbios 15:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.chlabuena@semilla.ch

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