Un ejemplo excelente

Un ejemplo excelente

5/19/2017

Sed imitadores de mí. (Filipenses 3:17)

No hay mejor ejemplo histórico de un cristiano que el apóstol Pablo. Él es una figura dominante en el Nuevo Testamento, de modo que podemos deducir que Dios quiere que imitemos su vida.

Pablo es un dechado de virtudes, adoración, servicio, paciencia a través del sufrimiento, victoria sobre la tentación y buena administración de bienes y relaciones. Él nos muestra cómo un hombre santo se enfrenta a su naturaleza caída, algo que Cristo no podía hacer porque era sin pecado (He. 4:15)

La vida de Pablo es un admirable ejemplo para nosotros. Por eso les dijo a los corintios: “Sed imitadores de mí” (1 Co. 11:1). También elogió a los tesalonicenses diciéndoles: “Vosotros vinisteis a ser imitadores de nosotros y del Señor” (1 Ts. 1:6). Pablo es mi propio ejemplo personal en el ministerio. Observo cómo resolvió las situaciones y trato de reaccionar igual que él.

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Tipología Davídica

19 MAYO

Tipología Davídica

Números 28 | Salmos 72 | Isaías 19–20 | 2 Pedro 1

Uno de los rasgos de los Salmos que describen la llegada al trono, o el reino, de un rey davídico, es la manera como el lenguaje a veces parece exagerado. Este rasgo combina con la tipología Davídica inherente para dar a estos Salmos un doble enfoque. Por un lado, se pueden leer como descripciones algo extravagantes de uno de los reyes Davídicos (en este caso Salomón, según el título); por otro lado, invitan al lector a anticipar algo más que un David, un Salomón, o un Josías.

Así es el caso del Salmo 72. Por un lado, el rey Davídico reinaría en justicia, por lo cual es del todo apropiado que este salmo sea dedicado a este tema. En particular, debía ponerse del lado de los afligidos, “a los pobres del pueblo” (72:4), de aquel que “no tiene quien lo ayude” (72:12). Debe oponerse al opresor y al violento, estableciendo justicia para los que de otra manera sufrirían la opresión y la violencia (72:14). Su reino debe caracterizarse por la prosperidad, la cual es “fruto de la justicia” (72:3), principio que en Occidente estamos rápidamente perdiendo de vista. Dios entrará en la nación como un río abundante; el pueblo rogará por su rey; abundará el trigo por todas partes de la tierra (72:15–16).

Por otro lado, parte de este lenguaje es maravillosamente extravagante. En este aspecto el salmo refleja los términos con los cuales otros antiguos reyes de la región se hacían ensalzar. No obstante, dada la tipología Davídica y las crecientes expectativas mesiánicas, es difícil no captar algo más específico. “Que viva el rey por mil generaciones, lo mismo que el sol y que la luna” (72:5) – lo cual se podría aplicar a la dinastía, o bien podría tratarse del deseo extravagante de un rey Davídico puramente humano, pero que, en un sentido literal, puede referirse únicamente a un rey Davídico en particular. “Que domine el rey de mar a mar, desde el río Éufrates hasta los confines de la tierra” (72:8) – lo cual encapsula una preciosa ambigüedad. ¿Son estos mares solamente los mares Mediterráneo y el de Galilea? El término hebreo ¿Debería traducirse (como de hecho es posible) de manera conservadora como refiriéndose al “fin de la tierra”? Tal lectura es muy poco probable. Puesto que no sólo le rendirán homenaje las tribus del desierto (es decir, de tierras colindantes), sino también los reyes de Tarsis – ¡España! – y de otras tierras lejanas le pagarán tributos (72:11). “Que en su nombre las naciones se bendigan unas a otras; que todas ellas lo llamen dichoso” (72:17) – un eco tan contundente como se pudiese imaginar de la alianza de Abraham (Génesis 12:2–3).

Ha venido alguien más grande que Salomón (Mateo 12:42).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 139). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Humildad genuina

19 Mayo 2017

Humildad genuina
por Charles R. Swindoll

Hechos 18:1-17

2 Corintios 11:22-28

Debemos admirar a Pablo por su fortaleza en las pruebas. Queremos aplaudir su indomable determinación frente a la brutal persecución. Pero si el hombre estuviera vivo hoy en día, no aceptaría nuestras felicitaciones. “No, no, no. Ustedes no entienden. Yo no soy fuerte. Aquel que derrama Su poder sobre mí es el fuerte. Mi fortaleza proviene de mi debilidad. Esa no es una falsa modestia. Pablo nos diría: “La fortaleza viene de aceptar la debilidad y de gloriarse en eso”. Es esa clase de respuesta lo que produce fortaleza divina y que le permite entrar en acción.

J. Oswald Sanders escribe en su libro Paul, the Leader (Pablo, el líder): “Somos parte de una generación que adora el poder: Militar, intelectual, económico y científico. El concepto de poder está en la base de nuestra vida diaria. Todo nuestro mundo se divide en bloques de poder. Los hombres en todas partes están buscando el poder en las diferentes esferas, muchas veces por motivaciones dudosas”.

El célebre predicador escocés, James Stewart, dijo unas palabras que son también un reto: “Es siempre sobre la debilidad y la humillación humanas, no sobre la confianza y la fortaleza que Dios elige construir su reino; y que Él puede utilizarnos no solo a pesar de nuestra insuficiencia, impotencia y descalificadora debilidad, sino precisamente a causa de ellas”.

Ese es un descubrimiento emocionante que podemos hacer. Un descubrimiento que transforma nuestra actitud mental hacia nuestras circunstancias.

Hagamos aquí una pausa lo suficientemente larga como para considerar este principio con toda seriedad. Las humillaciones, las luchas, las batallas, las debilidades, los sentimientos de incompetencia, la impotencia e incluso las llamadas fragilidades que nos descalifican son precisamente las que nos hacen efectivos; y yo añadiría aun que ellas representan la pasta de la grandeza. Una vez que usted esté convencido de su propia debilidad y ya no trate más de esconderla, hace suyo el poder de Cristo. Pablo ejemplificó maravillosamente esta cualidad, después que entendió el principio. El orgullo se fue, y en su lugar surgió una humildad genuina que ningún sufrimiento fue capaz de quitar.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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«Deseando morirse…»

19 de mayo

«Deseando morirse…»

1 Reyes 19:4

Es sorprendente que el hombre que no tenía que morir, a quien Dios había señalado una suerte infinitamente mejor —el hombre que sería llevado al Cielo en un carro de fuego y trasladado para no ver muerte—, orara de esta forma: «Quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres». Tenemos aquí una memorable prueba de que Dios no siempre contesta las oraciones como las hacemos; aunque, en verdad, siempre las contesta. Él dio a Elías algo mejor de lo que pedía; y, así, en realidad, Dios le oyó y le respondió. Es extraño que Elías, que tenía un corazón de león, se sintiese tan deprimido por la amenaza de Jezabel como para pedir la muerte; pero, felizmente, nuestro bondadoso Padre celestial no contestó a su desalentado siervo al pie de la letra. Hay un límite para la doctrina de la oración de fe: no debemos esperar que Dios nos dé todo lo que queremos pedirle. Sabemos que, algunas veces, pedimos y no recibimos porque pedimos mal. Si pedimos lo que no está prometido; si nos oponemos al espíritu que el Señor quiere que cultivemos; si rogamos contrariamente a su voluntad o a los decretos de su providencia; si meramente pedimos para la satisfacción de nuestros deseos, sin pensar en la gloria de Dios, no debemos esperar recibir nada. Con todo, cuando pedimos con fe, no dudando nada, si no recibimos precisamente la cosa que pedimos, recibiremos en lugar de ella su equivalente; y más que su equivalente. Como alguien dijo: «Si el Señor no paga en plata, paga en oro; si no paga en oro, paga en diamantes». Si no te da precisamente aquello que le pides, te dará lo que es su equivalente y lo que te agradaría recibir en lugar de aquello. Permanece, pues, querido lector, mucho en oración y haz de esta noche un tiempo de ardiente intercesión, pero ten cuidado con lo que pides.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 148). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Lo que hace que Jesús se regocije

MAYO, 19


Lo que hace que Jesús se regocije

Devocional por John Piper

En aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado. (Lucas 10:21)

Este versículo es uno de los dos únicos pasajes de los Evangelios donde se dice que Jesús se regocijó. Los setenta discípulos acababan de regresar de sus jornadas evangelísticas e informaban a Jesús sobre el éxito obtenido.

Lucas escribe en el versículo 21: «En aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado”».

Observemos que los tres miembros de la Trinidad se regocijan en este pasaje: Jesús se regocija, pero dice que se regocija en el Espíritu Santo. Creo que lo que esto significa es que el Espíritu Santo lo llena y lo mueve a regocijarse. Al final del versículo se describe el deleite de Dios el Padre. La traducción NVI lo expresa de este modo: «Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad».

Ahora bien, ¿qué quiere decir que toda la Trinidad estaba junta regocijándose en ese lugar? Es el libre amor selectivo de Dios el que esconde estas cosas de la elite intelectual y se las revela a los niños: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños».

¿Y qué es lo que el Padre esconde de algunos y les revela a otros? Lucas 10:22 da la respuesta: «Nadie sabe quién es el Hijo sino el Padre». Por lo tanto, lo que el Padre debe revelar es la verdadera identidad espiritual del Hijo.

Cuando los setenta regresaron de su misión evangelística e informaron a Jesús al respecto, él y el Espíritu Santo se alegraron de que Dios el Padre hubiera elegido, según su buena voluntad, revelar la identidad de su Hijo a los niños y esconderla de los sabios.

El punto es que no son solo ciertas clases de personas a las que Dios elige. El punto es que Dios es libre de elegir a los candidatos más improbables para que participen de su gracia.

Dios contradice lo que dicta el mérito humano. Esconde la verdad a los sabios y la revela a los más indefensos y mediocres.

Cuando Jesús contempla cómo el Padre ilumina y salva libremente a aquellos cuya única esperanza es la gracia gratuita, se regocija en el Espíritu Santo y se complace en la elección del Padre.

Una obra cumplida

Jesús… levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado… Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

Juan 17:1, 4

Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy.

Juan 18:4-5

Una obra cumplida

“Padre… he acabado la obra que me diste que hiciese”, dijo Jesús a Dios su Padre, horas antes de ser crucificado. “La obra” que su Padre le había confiado era salvar, mediante su muerte en la cruz, a los hombres perdidos. Esta obra todavía era futura, entonces ¿por qué hablaba en pasado?

–Quien habla es Jesús, el Hijo de Dios. Aquí se expresa como el Dios que cumple sus planes, sin que nadie pueda detenerlo. Para un hombre cualquiera eso sería muy pretencioso, pues ninguno de nosotros puede controlar el minuto que viene. ¡Hay tantas cosas que pueden impedir que hagamos lo que hemos decidido hacer! Pero cuando Dios se propone hacer algo, es como si ya estuviera hecho.

–Estas palabras también expresan de forma conmovedora la determinación del Salvador que va a dar su vida. Horas más tarde en Getsemaní Jesús, el Santo, aceptó la copa que su Padre le presentó, imagen del juicio que iba a sufrir en la cruz para expiar nuestros pecados. Salió vencedor de ese terrible combate, con estas sencillas palabras: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11). Y sabiendo todo lo que le iba a suceder, avanzó decidido y se entregó voluntariamente a sus enemigos conducidos por Judas.

“Padre, he acabado la obra…”. Estas son las palabras del Salvador, que ofrece voluntariamente su vida para la gloria de Dios y para la salvación de todos los que creen en él.

1 Reyes 15 – Marcos 14:53-72 – Salmo 60:1-5 – Proverbios 15:25-26

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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