Todo lo que necesitamos

Todo lo que necesitamos

5/17/2017

El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. (Mateo 13:44)

El apóstol Pablo tuvo una vida compleja antes de ser cristiano (Fil. 3:4-6). Él trató de cumplir todas las leyes y tradiciones del judaísmo. Trató de hacer varias obras que esperaba se le acreditaran a su cuenta. Pero en todas sus búsquedas, buscaba algo que no podía encontrar. Entonces un día, en el camino hacia Damasco, fue confrontado por el Cristo vivo y comprendió que Él era todo lo que Pablo había estado buscando.

Pablo describe el cambio que hizo: “Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Fil. 3:7-8). Cuando Pablo conoció a Cristo, comprendió que todo lo que estaba en su balance como activo era en realidad pasivo. Halló que Cristo era todo lo que necesitaba.

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«Mi siervo eres tú; te escogí»

17 de mayo

«Mi siervo eres tú; te escogí»

Isaías 41:9

Si hemos recibido la gracia de Dios en nuestros corazones, esta tiene que hacernos siervos de Dios. Quizá seamos siervos infieles —en realidad, somos siervos inútiles—; pero, a pesar de todo —¡bendito sea su nombre!— somos siervos suyos que visten su uniforme, se alimentan de su mesa y obedecen sus mandamientos. Nosotros éramos en otro tiempo siervos del pecado; sin embargo, Aquel que nos hizo libres nos admitió en su familia y nos enseñó a obedecer su voluntad. No servimos a nuestro Maestro perfectamente; pero, si pudiésemos hacerlo, ese sería nuestro deseo. Al oír la voz de Dios que nos dice: «Mi siervo eres tú», respondemos como David: «Siervo tuyo soy […] tú has roto mis prisiones» (Sal. 116:16). No obstante, el Señor no solo nos llama siervos, sino elegidos: «Te escogí». Nosotros no hemos sido los primeros en escogerlo a él, sino que él nos escogió a nosotros. Si ahora somos siervos de Dios, no lo fuimos siempre: el cambio debe atribuirse a su divina gracia. Su mirada soberana nos separó, y la voz de su inmutable gracia declaró: «Con amor eterno te he amado». Antes de que el tiempo empezara o el espacio fuera creado, Dios ya había escrito en su corazón los nombres de sus elegidos, los había predestinado a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, y los había constituido herederos de la plenitud de su amor, de su gracia y de su gloria. ¡Qué aliento encontramos en esto! Si el Señor nos ha amado tanto, ¿acaso nos desechará ahora? Él sabía cuán duros de cerviz íbamos a ser; él comprendía que nuestro corazón sería malo; y, sin embargo, llevó a cabo la elección. ¡Ah, nuestro Salvador no es un amante voluble! Él no se siente embelesado solo por algún tiempo con el brillo de los hermosos ojos de su Iglesia, abandonándola luego por su infidelidad. No: él se casó con ella en la remota eternidad, y está escrito de parte del Señor que «él aborrece el repudio» (Mal. 2:16). La elección eterna es un compromiso ideado para nuestra gratitud y para su fidelidad, que ni uno ni otro podemos repudiar.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 146). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Ayuda!

17 MAYO

Números 26 | Salmo 69 | Isaías 16 | 1 Pedro 4

A un nivel, en el Salmo 69 tenemos a un salmista que derrama su corazón delante de Dios, suplicando ayuda mientras se enfrenta a unas presiones y a unos adversarios extraordinarios. Posiblemente no podamos reconstruir todas las circunstancias que aquí se presentan de manera poética, pero nos consta que David ha sido traicionado por gente próxima a él, y su angustia resulta palpable.

A otro nivel, el salmo es un repertorio riquísimo de textos que encontramos citados o parafraseados en el Nuevo Testamento: “Más que los cabellos de mi cabeza son los que me odian sin motivo” (69:4, ver Juan 15:25); “Soy como un extraño para mis hermanos; soy un extranjero para los hijos de mi madre.” (69:8, ver Juan 7:5); “El celo por tu casa me consume” (69:9, ver Juan 2:17); “sobre mí han recaído los insultos de tus detractores.” (69:9, ver Romanos 15:3); “Pero yo, Señor, te imploro en el tiempo de tu buena voluntad. Por tu gran amor, oh Dios, respóndeme.” (69:13, ver Isaías 49:8, 2 Corintios 6:2); “para calmar mi sed me dieron vinagre.” (69:21, ver Mateo 27:48; Marcos 15:36; Lucas 23:36); “Y en mi sed me dieron a beber vinagre” (69:21; ver Mateo 27:34; Marcos 15:23; Juan 19:28–30); “Quédense desiertos sus campamentos, y deshabitadas sus tiendas de campaña” (69:25; ver Mateo 23:38; Hechos 1:20); “Y no sean escritos entre los justos.” (69:28, ver Lucas 10:20).

Por la concentración de citas y de alusiones procedentes de un solo capítulo, este salmo es remarcable. Por supuesto que no se trata de la misma clase de referencias en todos los casos, y en esta breve reflexión no es posible indagar en todas ellas. Pero varias de ellas encajan dentro de un mismo patrón importante. Es un salmo escrito por David. (No hay buena razón para dudar de esta atribución a partir del título del salmo.) David no es sólo el cabeza de la dinastía que desemboca en “el hijo más grande del gran David” (como dice el himno), pero en muchos aspectos David resulta ser un modelo para el rey venidero, una especie de patrón, o un tipo, si se prefiere.

Es así como razonan los escritores del Nuevo Testamento. Es suficientemente fácil demostrar que este razonamiento está bien fundado. Aquí es suficiente entrever algo del resultado. Si el Rey David podía soportar el desprecio en nombre de Dios (69:7), ¡cuánto más este Rey último, quien sin lugar a dudas sufre el rechazo de sus hermanos en nombre de Dios (69:8). Si David tiene celo por la casa de Dios, ¿Cómo no podrían los discípulos de Jesús ver en la limpieza del templo y las frases que pronuncia en aquella ocasión algo de su propio celo (Juan 2:17)? De hecho, en las mentes de los escritores del Nuevo Testamento, estos pasajes encajan con el tema del “Siervo sufriente” que aparece también en Isaías, y que aquí se asocia con el Rey David, y con su último heredero y Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 137). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Una predicación efectiva

17 Mayo 2017

Una predicación efectiva
por Charles R. Swindoll

Hechos 17:10-34

Si usted tiene la responsabilidad de comunicar la verdad bíblica, considérese un predicador (al menos por ahora) porque está comunicando la Palabra de Dios. Si es así, los cuatro principios que siguen a continuación son para usted. Ponga mucha atención y léalos de manera concentrada y cuidadosa, ya que ellos se aplican a cualquiera que sea su ministerio.

Primero: Concéntrese todo el tiempo en el tema: Jesucristo, El tema de Pablo fue todo el tiempo Jesucristo. Aunque estaba hablando del altar al Dios no conocido de Atenas, todo lo que Pablo decía apuntaba hacia Cristo. La predicación que no exalta a Cristo, es una predicación hueca. Pablo escribió a los creyentes de Corinto: “Porque me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a Él crucificado” (1 Corintios 2:2). Para Pablo, el vivir era Cristo, y el morir, ganancia.

Segundo: Diga siempre la verdad, sin temor. No se deje impresionar demasiado por los que vienen a su clase o la iglesia en la cual usted sirve. Y no le importe si dan mucho o poco.

Tercero: Comience hablando siempre de la situación actual de sus oyentes. Pablo captó la atención de esos hombres con su primera oración. Usted también puede lograrlo, si dedica tiempo para pensar en lo que le interesa a la gente. Conozca bien a su público para establecer rápidamente un puente. Descubra la manera de cómo penetrar en su mundo, para luego construir un puente que le permita hablarles de Cristo. Recuerde: Debe comenzar con lo que ellos conocen, para familiarizarlos después con lo que no saben.

Cuarto: Deje siempre los resultados a Dios. Después que hayan escuchado el mensaje, termine su parte. Su tarea es comunicar la verdad. La de Dios es traer las personas hacia Él. Usted prepara al paciente, pero Él es quien hace la cirugía. Las personas no necesitan ser manipuladas. Ya hay bastante manipulación alrededor de ellas. Usted no necesita perseguirlas hasta sus autos o arrinconarlas. Dios las alcanzará, como lo hizo en Atenas. Deje los resultados a Dios.

Cuando su corazón es recto, es maravilloso lo que usted puede ver. Y cuando  lo vea claramente, es admirable cómo Dios puede darle las palabras que debe decir. Se sorprenderá de la manera como Dios le utiliza, así como lo hizo con Pablo en esa antigua metrópoli hace tantos años. Cuando llegó el momento, Pablo estaba preparado.

Cuando llegue su momento, póngase de pie y dé el mensaje. Dios le dará el valor para hablar a los demás de su Hijo. No hay un honor más grande que este en la tierra.

Diga siempre la verdad, sin temor.—Charles R. Swindoll

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Por qué amamos a Dios

MAYO, 17

Por qué amamos a Dios

Devocional por John Piper

Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. (1 Juan 4:19)

Ya que el amor a Dios es la evidencia de que él nos amó y nos escogió (Romanos 8:28, etc.), la seguridad de que Dios nos ama y de que nos escogiera no puede ser el fundamento de nuestro amor a él. Nuestro amor a Dios, que es la evidencia de que hemos sido escogidos, consiste en nuestro entendimiento espiritual de la gloria de este Dios que todo lo satisface.

No se trata en primer lugar de la gratitud por un beneficio recibido. Se trata de reconocer que recibir a Dios produce una la gratitud sobrecogedora, y de deleitarnos en esta verdad. Este reconocimiento y deleite es —o debería ser, según las Escrituras— inmediato, con la certeza de que él en verdad se ofrece a sí mismo para nuestro eterno disfrute.

El llamado del Evangelio (Cristo murió por los pecadores; crean en él y serán salvos) no es primeramente un llamado a creer que él murió por nuestros pecados. El llamado del Evangelio consiste primeramente en creer que, debido a que Dios redime a tal costo y con tal sabiduría y santidad, él es digno de confianza y en él hallamos verdadero descanso, suficiente para satisfacer todos nuestros anhelos.

La consecuencia inmediata de creer esto (es decir, sentir, aprehender) es la convicción de que somos salvos y de que él murió por nosotros, ya que la promesa de salvación es dada a aquellos que creen así.

La esencia del hedonismo cristiano se encuentra, por lo tanto, en el mismo centro de lo que es la fe salvadora y de lo que significa realmente «recibir» a Cristo o amar a Dios.

Hagamos una comparación: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esto quizá signifique que el amor de Dios, a través de la encarnación, la expiación y la obra del Espíritu Santo, nos da la capadidad de amarlo —no que la motivación de nuestro amor sea el hecho de que él ha obrado grandemente en nosotros—.

O quizá signifique que, al contemplar y aprehender a Dios espiritualmente como el Dios que ama a pecadores como nosotros con una gracia increíblemente gratuita y mediante medios de expiación increíblemente sabios y de gran sacrificio, surge en nosotros el deseo de deleitarnos en este Dios por quien es él, en lugar de considerar que lo amamos primeramente porque consideramos que somos personal y particularmente escogidos por él.

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¿Está satisfecho?

miércoles 17 mayo

¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Marcos 8:36-37

Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Filipenses 4:19

¿Está satisfecho?

El hombre es un perpetuo insatisfecho, y no hay nada que pueda llenar el vacío de su corazón. Sus obras, sus logros (en el ámbito de los negocios, las artes, las ciencias, el deporte…) lo aturden, lo distraen y disimulan sus verdaderas necesidades. A veces los descubrimientos útiles para el bien de todos son el fruto de búsquedas agotadoras, de un trabajo sin fin. Pero esta perseverancia a menudo nutre el orgullo del corazón del hombre sin Dios, quien es dominado por el diablo.

Solo Jesús puede colmar las necesidades más profundas del hombre, a condición de que cambie de dueño. Todo el que se acerca a Jesús, que cree en él, en su obra de salvación, y se arrepiente de su vida pasada, posee la vida eterna. “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). Esta promesa es para todos los que buscan un verdadero sentido a su vida. Jesucristo no promete la prosperidad material, pero llena las aspiraciones más profundas del que busca la verdadera felicidad.

La vida eterna es un don gratuito que responde a todas las necesidades del hombre y apacigua sus temores más secretos. El que acepta ese don descubre el amor de Dios. Al dar a su Hijo, Dios demostró el amor incomparable con el que quiere llenar el corazón de cada uno de nosotros. “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8).

1 Reyes 13 – Marcos 14:1-25 – Salmo 59:1-7 – Proverbios 15:21-22

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