5 – [9] Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 5

Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

La teología reformada es famosa en el mundo anglosajón por un simple acróstico que fue designado para resumir los así llamados “cinco puntos del calvinismo”. Está formado por la palabra TULIP.

T – Total depravity (depravación total)

U – Unconditional Election (elección incondicional)

L – Limited Atonement (expiación limitada)

I – Irresistlble Grace (gracia irresistible)

P – Perseverance of the Saints (perseverancia de los santos)

Este acróstico ha ayudado a muchas personas a recordar las características distintivas de la teología reformada. Desafortunadamente, ha causado también mucha confusión y muchos malentendidos. El problema de los acrósticos es que los mejores términos que tenemos para las ideas no siempre comienzan con letras que formen palabras pequeñas y hermosas. El acróstico sirve bien como un recurso para la memoria, pero poco más que eso.

Mi primer problema con el acróstico TULIP tiene que ver con la primera letra. Depravación total puede ser un término muy confuso. El concepto de depravación total se confunde a menudo con la idea de depravación extrema. En la teología reformada, la depravación total se refiere a la idea de que toda nuestra humanidad está caída. Esto es, no hay parte mía alguna que no haya sido afectada en alguna manera por la Caída. El pecado afecta mi voluntad, mi corazón, mi mente y mi cuerpo. Si Adán nunca hubiera pecado, supongo que nunca había tenido la necesidad de llevar lentes bifocales al alcanzar una edad mediana. De hecho, el término mismo edad mediana no habría tenido sentido para él. Si Adán no hubiera pecado, nunca habría muerto. Cuando alguien vive para siempre, ¿dónde está la edad mediana?

La depravación total también enfatiza el hecho de que el pecado llega hasta el centro de nuestro ser. El pecado no es algo periódico, un pequeño defecto que estropea lo que de otra manera sería un espécimen perfecto. El pecado es radical en el sentido que afecta la raíz (radix) de nuestras vidas.

La depravación total no es depravación extrema. La depravación extrema significaría que somos tan pecadores como nos sería posible ser. Sabemos que no es este el caso. No importa cuanto hayamos pecado cada uno, somos capaces de pensar en pecados peores que podríamos haber cometido. Aun Adolfo Hitler se refrenó de asesinar a su madre.

Puesto que la depravación total se confunde a menudo con la depravación extrema, prefiero hablar de la “corrupción radical” del hombre. El concepto del carácter radical del pecado es quizá el concepto más importante que hemos de entender si vamos a sacarle algún sentido a la doctrina bíblica de la predestinación. Como mencioné durante nuestra discusión de la incapacidad moral del hombre, éste es el punto central de todo el debate.

Recuerdo haber enseñado en una clase de teología. La clase estaba formada por un grupo interdenominacional de unos veinticinco estudiantes. Pregunte al comienzo del estudio sobre la predestinación, cuántos estudiantes se consideraban calvinistas en este asunto. Sólo un estudiante levantó la mano.

Comenzamos con un estudio de la pecaminosidad del hombre. Tras haber dado clases durante varios días sobre el tema de la corrupción del hombre, hice otra encuesta. Pregunté “¿Cuántos de vosotros estáis persuadidos de que lo que acabáis de aprender es en efecto, la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana?” Se levantaron todas las manos. Yo dije: “¿Estáis seguros?”. Ellos insistieron que estaban verdaderamente seguros. Les di una advertencia más. “Tened cuidado ahora. Esto puede volver a rondaros más adelante en el curso.” No les importó, e insistieron que estaban convencidos.

En este momento de la clase, fui a una esquina de la pizarra y escribí la fecha. Al lado de la fecha escribí el número veinticinco. Lo rodee con un círculo y añadí una nota para el maestro en turno diciendo que, por favor, se abstuviera de borrar esta porción de la pizarra.

Varias semanas después comencé un estudio de la predestinación. Cuando llegué al punto que trata de la incapacidad moral del hombre, hubo aullidos de protesta. Entonces fui a la pizarra y les recordé la encuesta anterior. Me llevó otras dos semanas convencerles de que, si realmente aceptaban la idea bíblica de la corrupción humana, el debate acerca de la predestinación a todos los efectos, había ya terminado. Intentaré en resumen, hacer lo mismo aquí. Procedo con el mismo cuidado.

La doctrina bíblica de la corrupción humana

Comencemos nuestro estudio acerca del grado de la caída del hombre mirando Romanos tres. Aquí escribe el apóstol Pablo:

No hay justo, ni aun uno;

No hay quien entienda,

No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

(Romanos 3:10–12).

Aquí encontramos un breve resumen de la universalidad de la corrupción humana. El pecado está tan extendido que captura a todos en su red. Pablo utiliza palabras enfáticas para mostrar que no hay excepciones en este proceso entre los hombres caídos. No hay justo alguno: nadie hay que haga el bien.

La afirmación “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” se opone a nuestras suposiciones culturales. Crecemos oyendo que nadie es perfecto y que de humanos es errar. Estamos bastante dispuestos a reconocer que ninguno de nosotros es perfecto. Es fácil admitir que somos pecadores; pues, que ninguno de nosotros ni siquiera hace el bien es ya demasiado. Ninguna persona entre mil estaría dispuesta a admitir que el pecado sea tan grave.

¿Nadie hace el bien? ¿Cómo puede ser eso? Cada día vemos a simples paganos haciendo algún bien. Los vemos llevando a cabo actos heroicos de sacrificio, obras industriosas, prudentes y honestas. Vemos a incrédulos obedeciendo escrupulosamente los límites de velocidad mientras que otros coches pasan zumbando a su lado con símbolos cristianos pegados por atrás.

Pablo debe de estar utilizando una hipérbole aquí. Debe de estar exagerando intencionadamente con objeto de enfatizar un principio. Sin duda, hay personas que hacen el bien. ¡No! El sobrio juicio de Dios es que nadie hace el bien, ni siquiera uno.

Tropezamos aquí porque tenemos un entendimiento relativo de lo que es el bien. El bien es, ciertamente, un término relativo. Una cosa sólo puede ser juzgada como buena según alguna clase de norma. Utilizamos el término como una comparación entre los hombres. Cuando decimos que un hombre es bueno, queremos decir que es bueno comparado con otros hombres. Pero la norma final para la bondad, la norma por la cual seremos todos juzgados, es la ley de Dios. Esa ley no es Dios, pero procede de Dios y refleja su carácter perfecto. Juzgados conforme a esa norma, nadie es bueno.

Según las categorías bíblicas, una buena acción se mide por dos partes. La primera es por su conformidad externa a la ley de Dios. Esto significa que si Dios prohibe robar, entonces es bueno no robar. Es bueno decir la verdad. Es bueno pagar nuestras deudas a tiempo. Es bueno asistir a las personas necesitadas. Externamente, estas virtudes se realizan cada día. Cuando las vemos, concluimos rápidamente que los hombres en efecto, hacen buenas cosas.

Es la segunda parte de la medida lo que nos causa problemas. Antes que Dios pronuncie como “buena” una acción, El considera no sólo la conformidad externa o exterior a su ley, sino también la motivación. Nosotros observamos sólo las apariencias externas; Dios lee el corazón. Para que una obra se considere buena, ésta debe no sólo conformarse externamente a la ley de Dios, sino que debe estar motivada internamente por un sincero amor a Dios.

Recordamos el Gran Mandamiento de amar al Señor nuestro Dios con todos nuestros corazones, toda nuestra fuerza, y todas nuestras mentes y amar a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos. Toda acción que realizamos debiera proceder de un corazón que ama a Dios totalmente.

Desde esta perspectiva es fácil ver que nadie hace el bien. Nuestras mejores obras están manchadas por nuestros motivos, que son menos que puros. Nadie entre nosotros ha amado jamás a Dios con todo su corazón o con toda su mente. Hay medio kilo de carne mezclado con todas nuestras acciones, haciéndolas menos que perfectas.

Jonathan Edwards hablaba del concepto de interés propio iluminado. El interés propio iluminado se refiere a esa motivación que sentimos para realizar actos externos de justicia y refrenamos de los impulsos malvados que hay dentro de nosotros. Hay ciertos momentos y lugares en que el crimen no compensa. Cuando el riesgo del castigo sobrepasa la posible recompensa de nuestra mala acción, podemos inclinamos a refrenamos de la misma. Por otro lado, podemos ganar el aplauso de los hombres por nuestros actos virtuosos. Podemos ganarnos una palmadita en la cabeza por parte de nuestro maestro o el respeto de nuestros iguales si hacemos ciertas buenas acciones.

El mundo entero aplaude a los artistas cuando se juntan para grabar un álbum especial con objeto de utilizar las ganancias para aliviar el hambre en Etiopía. El aplauso raramente daña la carrera de un actor de teatro, a pesar de las cínicas afirmaciones de que la ética y los negocios no van juntos. Por el contrario, la mayoría de nosotros hemos aprendido que la ética realza nuestra reputación en los negocios.

No soy tan cínico como para pensar que el gesto hacia Etiopía por parte de los cantantes se hizo meramente por el aplauso personal o como un reclamo publicitario. Sin duda, hubo fuertes motivos de compasión y preocupación hacia la gente que se muere de hambre. Por otro lado, no soy tan ingenuo como para pensar que los motivos estuviesen totalmente libres de interés propio. La compasión puede sobrepasar con mucho el interés propio, pero no importa cuán minúsculo, había al menos un grano de interés propio mezclado en ello. Siempre lo hay, en todos nosotros. Si negamos esto, sospecho que nuestras mismas negaciones están motivadas en parte por dichos intereses.

Deseamos negar esta alegación. Sentimos a veces en nuestros propios corazones un sentimiento abrumador de actuar sólo por causa del deber. Nos agrada pensar que somos verdaderamente altruistas. Pero nadie nos adula más que nosotros mismos. El peso de nuestros motivos puede a veces, inclinarse grandemente en la dirección del altruismo, pero nunca está perfectamente allí.

Dios no califica por una curva. El demanda la perfección. Ninguno de nosotros alcanza ese nivel. No hacemos lo que Dios manda. Jamás. Por tanto, el apóstol no se está gratificando así mismo con la hipérbole. Su juicio es exacto. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Jesús mismo reafirmó esta idea en su discusión con el joven rico. “Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lucas 18:19).

Aunque ya de por sí esta acusación resulta problemática, hay otro elemento en el pasaje de Romanos que puede producirnos aún más consternación, especialmente a los cristianos evangélicos que hablan y piensan lo contrario. Pablo dice: “No hay quien busque a Dios”.

¿Cuántas veces has oído a los cristianos decir, o has oído las palabras de tu propia boca: “Fulano de tal no es cristiano, pero está buscando.”? Es una afirmación común entre los cristianos. La idea es que hay personas por todas partes que están buscando a Dios. Su problema es que simplemente no han sido capaces de encontrarle. Está jugando al escondite. Es evasivo.

En el huerto del Edén, cuando el pecado entró en el mundo, ¿quién se escondió? Jesús vino al mundo para buscar y salvar a los perdidos. No fue Jesús quien se estaba escondiendo. Dios no es un fugitivo. Somos nosotros los que estamos huyendo. La Escritura declara que el inicuo huye cuando nadie le persigue. Como observó Lutero: “El pagano tiembla ante el susurro de una hoja.” La enseñanza uniforme de la Escritura es que los hombres caídos están huyendo de Dios. Nadie busca a Dios.

¿Por qué pues, a pesar de una enseñanza bíblica tan clara en sentido contrario, los cristianos persisten en pretender que conocen a personas que están buscando a Dios, pero que aún no le han encontrado? San Tomás de Aquino arrojó alguna luz sobre esto. Aquino dijo que confundimos dos acciones humanas que son similares pero diferentes. Vemos personas buscando desesperadamente paz mental, liberación de la culpa, significado y propósito para sus vida, aceptación, etc. Sabemos que, en última instancia, estas cosas sólo pueden encontrarse en Dios. Por tanto, llegamos a la conclusión de que por buscar estas cosas dicha gente debe de estar buscando a Dios.

Las personas no buscan a Dios. Buscan los beneficios que sólo Dios les puede dar. El pecado del hombre caído es éste: el hombre busca los beneficios de Dios mientras que al mismo tiempo, huye de Dios mismo. Somos, por naturaleza, fugitivos.

La Biblia nos dice repetidamente que busquemos a Dios. El Antiguo Testamento clama: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado” (Isa. 55:6). Jesús dijo: “Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mat. 7:7). La conclusión que sacamos de estos textos es que, puesto que se nos llama a buscar a Dios, ello debe de significar que aun en nuestro estado caído, tenemos la capacidad moral de efectuar esa búsqueda. ¿Pero a quiénes van dirigidos estos textos? En el caso del Antiguo Testamento, es el pueblo de Israel quien es llamado a buscar al Señor. En el Nuevo Testamento, son los creyentes quienes son llamados a buscar el reino.

Todos hemos oído a los evangelistas citando de Apocalipsis. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y el conmigo” (Apo. 3:20). Generalmente, el evangelista aplica este texto como una apelación a los inconversos diciendo: “Jesús está llamando a la puerta de tu corazón. Si abres la puerta, El entrará.” En el texto original, sin embargo, Jesús dirigió sus observaciones a la iglesia. No fue una apelación evangelística.

¿Entonces, que? La cuestión es que el buscar es algo que los incrédulos no hacen por sí mismos. El incredulo no busca. El incrédulo no llama. Buscar es un asunto de creyentes. Edwards dijo: “La búsqueda del reino de Dios es el principal asunto de la vida cristiana.” Buscar es el resultado de la fe, no la causa de la misma.

Cuando somos convertidos a Cristo, utilizamos un lenguaje de descubrimiento para expresar nuestra conversión. Hablamos de encontrar a Cristo. Quizá tengamos una lema que dice, LO ENCONTRÉ. Estas afirmaciones son ciertamente verdaderas. La ironía es ésta: una vez que hemos encontrado a Cristo, ello no es el fin de nuestra búsqueda, sino el principio. Generalmente, cuando encontramos lo que estamos buscando, ello marca el fin de nuestra búsqueda. Pero cuando “encontramos” a Cristo, ello es el comienzo de nuestra búsqueda. La vida cristiana comienza en la conversión; no termina donde comienza. Crece; avanza de fe a fe, de gracia a gracia, de vida a vida. Este avance en el crecimiento es fomentado por una búsqueda continua de Dios.

Hay algo más que percibimos en Romanos 3 y que necesitamos considerar brevemente. No sólo declara el apóstol que nadie busca a Dios, sino que añade el pensamiento: “A una se hicieron inútiles”. Debemos recordar que Pablo está aquí hablando de los hombres caídos, los hombres naturales, los hombres inconversos. Esta es una descripción de personas que están aún en la carne.

¿Qué quiere decir Pablo con inútiles? Jesús habló anteriormente acerca de siervos inútiles. La utilidad tiene que ver con valores positivos. El inconverso obrando en la carne, nada consigue de valor permanente. En la carne puede ganar el mundo entero, pero pierde lo que tiene más valor para él, su propia alma. La más valiosa posesión que una persona puede tener jamás es Cristo. El es la perla de gran precio. Tenerle a El es tener el máximo beneficio posible.

La persona espiritualmente muerta no puede en su propia carne, ganar el beneficio de Cristo. Se la describe como alguien que no tiene temor de Dios ante sus ojos (Rom. 3:18). Los que no son justos, que no hacen bien, que nunca buscan a Dios, que son totalmente inútiles y que no tienen temor de Dios ante sus ojos, nunca inclinan sus propios corazones a Cristo.

Vivificación a partir de la muerte espiritual

La cura para la muerte espiritual es la creación de vida espiritual en nuestras almas por Dios el Espíritu Santo. Un resumen de esta obra se nos da en Efesios dos:

Y Dios dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2:1–10)

Aquí encontramos un pasaje por excelencia sobre la predestinación. Notemos que a lo largo de este pasaje, Pablo acentúa grandemente las riquezas de la gracia de Dios. Nunca debemos minimizar esta gracia. El pasaje celebra la novedad de vida que el Espíritu Santo ha creado en nosotros

Esta obra del Espíritu es llamada a veces vivificación. Lo que aquí se llama vivificar o dar vida es lo que en otros lugares se llama nuevo nacimiento o regeneración. El término regeneración, como sugiere la palabra, indica un “generar de nuevo”. Generar significa hacer ocurrir o comenzar. Nos hace pensar en el primer libro de la Biblia llamado Génesis, el libro de los principios. El prefijo re significa simplemente “de nuevo”. Por tanto, la palabra regeneración significa comenzar algo de nuevo. Es el nuevo principio de vida lo que nos interesa aquí, el principio de la vida espiritual. Notamos que esta imagen de la vida se contrasta con una imagen de la muerte. El hombre caído es descrito aquí como estando “muerto en pecado”. Para que alguien que esta muerto a las cosas de Dios viva para Dios, se debe hacer algo por y para él. Los muertos no pueden vivir por sí mismos. Los muertos no pueden crear vida espiritual dentro de sí mismos. Pablo deja completamente claro aquí que es Dios quien hace vivir. Es Dios quien nos vivifica de la muerte espiritual.

El hombre caído está muerto en pecado. Se le describe aquí como siendo “por naturaleza hijo de ira”. Su norma caída es andar “siguiendo la corriente de este mundo”. Su lealtad no esta dirigida a Dios sino “al príncipe de la potestad del aire”. Pablo afirma que éste no es meramente el estado de los peores pecadores, sino el estado anterior de sí mismo y de sus hermanos y hermanas en Cristo. (“Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne …”)

La mayoría de las enseñanzas no reformadas acerca de la predestinación no toman en serio el hecho de que el hombre caído está espiritualmente muerto. Otras posiciones evangélicas reconocen que el hombre está caído y que su caída es un asunto grave. Conceden aun que el pecado es un problema radical. Conceden con prontitud que el hombre no está meramente enfermo, sino moralmente enfermo, enfermo de muerte. Pero no ha muerto del todo aún. Aún le queda un pequeño aliento de vida espiritual en el cuerpo. Aún le queda una pequeña isla de justicia en su corazón, una pequeña y débil capacidad moral que permanece en su caída.

He oído dos ilustraciones por parte de evangelistas que suplican el arrepentimiento y la conversión de sus oyentes. La primera es una analogía de una persona que sufre de una enfermedad terminal. Se dice que el pecador está gravemente enfermo, al borde de la muerte. No está dentro de su propio poder el curarse de la enfermedad. Está tendido en su lecho de muerte casi totalmente paralizado. No puede recuperarse a menos que Dios provea la medicina sanadora. El hombre está tan mal que no puede ni aun estirar el brazo para recibir la medicina. Se halla en un estado casi comatoso. Dios debe no sólo ofrecerle la medicina, sino que debe ponerla en una cuchara y colocarla en los labios del hombre moribundo. A menos que Dios haga todo eso, el hombre perecerá sin duda. Pero aunque Dios haga el 99% de lo necesario, al hombre le queda aún el 1%. Debe abrir la boca para recibir la medicina. Este es el ejercicio necesario del libre albedrío que hace la diferencia entre el cielo y el infierno. El hombre que abre la boca para recibir el don benévolo de la medicina será salvo. El hombre que mantiene los labios fuertemente apretados perecerá.

Esta analogía hace casi justicia a la Biblia y a la enseñanza de Pablo acerca de la gracia de la regeneración. Pero no totalmente. La Biblia no habla de pecadores mortalmente enfermos. Según Pablo, están muertos. No les queda ni un gramo de vida espiritual. Si han de vivir, Dios debe hacer algo más que ofrecerles medicina. Los muertos no abren la boca para recibir algo. Sus mandíbulas están cerradas por la muerte. La rigidez de la muerte se ha apoderado de ellos. Deben ser resucitados de los muertos. Deben ser nuevas creaciones, elaborados por Cristo y nacidos de nuevo por su espíritu.

Una segunda ilustración es igualmente popular entre los que se dedican a evangelizar. Según esta idea, al hombre caído se le ve como un hombre que se esta ahogando y que es incapaz de nadar. Se ha hundido dos veces y ha salido a la superficie por última vez. Si se hunde de nuevo, morirá. Su única esperanza es que Dios le arroje un salvavidas. Dios arroja el salvavidas y lo hace llegar precisamente al alcance de los dedos estirados del hombre. Lo único que el hombre tiene que hacer para salvarse es agarrarse. Si solamente agarra el salvavidas, Dios tirará de él. Si rehusa el salvavidas ciertamente perecerá.

Una vez más, en esta ilustración se enfatiza el extremo desamparo del pecador sin la asistencia de Dios. El hombre que se está ahogando está en una condición grave. No puede salvarse así mismo. Sin embargo, aún está vivo; puede estirar sus dedos. Éstos son el vínculo crucial para la salvación. Su destino eterno depende de lo que haga con los dedos. Pablo dice que el hombre está muerto. No está meramente ahogándose, se ha hundido ya en el fondo del mar. Es inútil arrojar un salvavidas a un hombre que se ha ahogado ya. Si entiendo a Pablo, le oigo decir que Dios bucea en el agua y saca al muerto del fondo del mar y entonces realiza un acto divino de resucitación boca a boca. Sopla aliento de vida en el hombre muerto.

Es importante recordar que la regeneración tiene que ver con la nueva vida. Se le llama el nuevo nacimiento o nacer de nuevo. Existe mucha confusión acerca de este asunto. El nuevo nacimiento está estrechamente vinculado en la Biblia a la nueva vida que es nuestra en Cristo. Al igual que en biología natural no puede haber vida sin nacimiento, así también en términos sobrenaturales no puede haber nueva vida sin un nuevo nacimiento.

El nacimiento y la vida están estrechamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. El nacimiento es el comienzo de la nueva vida. Es un momento decisivo. Entendemos esto en términos biológicos naturales. Cada año celebramos nuestros cumpleaños. No somos como la reina en Alicia en el País de las Maravillas, que celebraba todos sus “incumpleaños”. El nacimiento es una experiencia única. Puede celebrarse pero no repetirse. Es un momento decisivo de transición. Una persona o bien ha nacido, o bien no ha nacido aún.

Así es con el nuevo nacimiento espiritual. El nuevo nacimiento produce nueva vida. Es el comienzo de una nueva vida, pero no constituye la totalidad de la nueva vida. Es el punto crucial de transición desde la muerte espiritual a la vida espiritual. Una persona nunca nace de nuevo parcialmente. Está regenerada o no lo está.

La clara enseñanza bíblica acerca de la regeneración es que se trata de la obra de Dios y la obra de Dios solamente. No podemos hacernos nacer de nuevo. La carne no puede producir espíritu. La regeneración es un acto de creación. Dios realiza la creación.

En teología tenemos un término técnico que puede ser de ayuda, monergismo. Precede de dos frases. Mono significa “uno”. Un monopolio es un negocio que tiene el mercado para sí. Un monoplano es un avión con alas sencillas. Erg, puede que lo recuerdes de la escuela, se refiere a una unidad de trabajo. De este termino se deriva nuestra palabra de uso común, energía.

Juntando las dos partes, obtenemos el significado de “uno trabajando”. Cuando decimos que la regeneración es monergista, queremos decir que sólo uno está haciendo la obra. Ese uno es Dios el Espíritu Santo. El nos regenera; nosotros no podemos hacerlo por nosotros mismos o aun ayudarle en la tarea.

Puede sonar como si tratásemos a los seres humanos como marionetas. Las marionetas se hacen de madera. No pueden responder. Están inertes, sin vida. Se las mueve mediante cuerdas. Pero no estamos hablando de marionetas. Estamos hablando de seres humanos que son cadáveres espirituales. Estos seres humanos no tienen corazones de aserrín; están hechos de piedra. No son manipulados mediante cuerdas. Están biológicamente vivos. Actúan, toman decisiones, pero nunca decisiones hacia Dios.

Cuando Dios regenera un alma humana, cuando nos hace vivir espiritualmente, hacemos elecciones. Creemos. Tenemos fe. Nos apegamos a Cristo. Dios no cree por nosotros. La fe no es monergista. Anteriormente hablamos acerca de la condición del hombre caído y el estado de su voluntad humana. Afirmamos que si bien está caído, aún tiene una voluntad libre en el sentido de que aún puede hacer elecciones. Su problema, que definimos como incapacidad moral, es que carece de un deseo por Cristo. Está indispuesto y desinclinado hacia Cristo. A menos o hasta que el hombre se incline hacia Cristo, nunca escogerá a Cristo. A menos que primero desee a Cristo, nunca recibirá a Cristo.

En la regeneración, Dios cambia nuestros corazones. Nos da una nueva disposición, una nueva inclinación. Planta un deseo por Cristo en nuestros corazones. Jamás podremos confiar en Cristo para nuestra salvación, a menos que primero le deseemos. Esta es la razón por la que dijimos anteriormente que la regeneración precede a la fe. Sin el nuevo nacimiento, no sentimos deseo alguno por Cristo. Sin un deseo por Cristo, nunca le escogeremos. Por tanto, concluimos que antes que alguien crea jamás, antes que alguien pueda creer, Dios debe cambiar primero la disposición de su corazón.

Cuando Dios nos regenera, se trata de un acto de gracia. Miremos de nuevo Efesios 2: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida …”

Tengo un rótulo sobre mi mesa que me bordó una mujer en una iglesia donde estuve ministrando. El rótulo dice simplemente: “Pero”. Cuando Pablo relata la condición espiritual del hombre caído, ello es suficiente para conducimos a la desesperación. Finalmente, llega a la palabra mágica que nos hace dar un suspiro de alivio. Pero. Sin ella estamos destinados a perecer. El “pero” encierra la esencia de la buena noticia.

Pablo dice: “Pero Dios, que es rico en misericordia …” Nótese que no dice: “Pero el hombre, que es rico en buena voluntad”. Es Dios solamente quien nos da la vida. ¿Cuándo lo hace? Pablo no lo deja para que lo adivinemos. Dice, “… estando nosotros muertos en pecados.” Este es el aspecto asombroso de la gracia, que nos es dada cuando estamos espiritualmente muertos.

Pablo concluye que es cuestión de gracia y no de obras. Su genuino resumen es, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. Este pasaje debería sellar el asunto para siempre. La fe por la que somos salvados es un don. Cuando el apóstol dice que no es de nosotros, no quiere decir que no sea nuestra fe. Una vez más, Dios no cree por nosotros. Es nuestra propia fe, pero no se origina en nosotros. Nos es dada. El don no se gana o se merece. Es un don de pura gracia.

Durante la Reforma protestante hubo tres lemas que se hicieron famosos. Son frases latinas: sola fide, sola gratia, y soli Deo gloria. Los tres lemas van juntos. Nunca se les debe separar. Significan “por fe sola”, “por gracia sola” y “sólo a Dios la gloria”.

¿Gracia irresistible?

La mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la obra de Dios en la regeneración es una obra de gracia. La cuestión que nos divide es si esta gracia es o no irresistible. ¿Es posible que una persona reciba la gracia de la regeneración y aún no llegue a tener fe? El calvinista responde con un enfático “¡no!”, pero no porque crea que la gracia salvadora de Dios es literalmente irresistible. Una vez más se nos crea un problema con el antiguo acróstico TULIP. Ya hemos cambiado el tulip a rulip, y ahora vamos a cambiarlo aún más. Ahora lo llamaremos “rulep”.

El término gracia irresistible puede confundir. Todos los calvinistas creen que los hombres pueden resistir y de hecho resisten la gracia de Dios. La cuestión es: “¿Puede la gracia de la regeneración dejar de cumplir su propósito?” Recordemos que los muertos espirituales están aún biológicamente vivos. Tienen una voluntad que está desinclinada hacia Dios. Harán todo lo que este de su parte para resistir la gracia. La historia de Israel es la historia de un pueblo duro de corazón, que resistía la gracia de Dios repetidamente. Dicha gracia es resistible en el sentido de que podemos resistirla y de hecho la resistimos. Es irresistible en el sentido de que consigue su propósito. Lleva a cabo el efecto deseado por Dios. Así pues, prefiero el término gracia eficaz.

Estamos hablando de la gracia de la regeneración. Recordamos que en la regeneración Dios crea en nosotros un deseo hacia El. Pero cuando tenemos ese deseo plantado en nosotros, continuamos funcionando como siempre hemos funcionado, haciendo nuestras elecciones según la motivación más fuerte en el momento. Si Dios nos da un deseo por Cristo, actuaremos según este deseo. Con toda seguridad, escogeremos el objeto de este deseo; escogeremos a Cristo. Cuando Dios nos hace vivir espiritualmente, llegamos a vivir espiritualmente. No es meramente la posibilidad de llegar a vivir espiritualmente lo que Dios crea. El crea vida espiritual dentro de nosotros. Cuando Dios llama algo para que sea, llega a ser.

Hablamos del llamamiento interno de Dios. El llamamiento interno de Dios es tan poderoso y eficaz como su llamamiento para crear el mundo. Dios no invitó al mundo a que existiese. Mediante su divino mandato, clamó: “Sea la luz”. Y hubo luz. No podía haber sido de otra manera. La luz tenia que comenzar a brillar. ¿Podía haber permanecido Lázaro en la tumba cuando Jesús le llamó? Jesús clamó: “¡Lázaro, ven fuera!” El hombre rompió su mortaja y salió de la tumba. Cuando Dios crea, ejerce un poder que sólo Dios tiene. Sólo El tiene el poder de sacar algo de la nada y vida de la muerte.

Existe mucha confusión acerca de este punto. Recuerdo la primera lección que oí jamás de John Gerstner. Era acerca del tema de la predestinación. Poco después de comenzar su lección, el Dr. Gerstner fue interrumpido por un estudiante que estaba agitando la mano en el aire. Gerstner se detuvo y reconoció al estudiante. El estudiante preguntó: “Dr. Gerstner, ¿se puede asumir con seguridad que usted es calvinista? Gerstner respondió: “Sí,” y continuó de nuevo con la lección. Unos momentos después apareció en los ojos de Gerstner un destello de reconocimiento y dejó de hablar en mitad de una frase y preguntó al estudiante: “¿Cuál es tu definición de un calvinista?”

El estudiante respondió: “Un calvinista es alguien que cree que Dios fuerza a algunas personas a escoger a Cristo e impide que otras personas escojan a Cristo.” Gerstner quedó horrorizado y dijo: “Si eso es ser calvinista, entonces puedes estar seguro que no lo soy”.

El concepto erróneo del estudiante acerca de la gracia irresistible está muy extendido. Una vez oí al presidente de un seminario presbiteriano declarar: “No soy calvinista porque no creo que Dios lleve a algunas personas, pataleando y gritando contra sus voluntades, al reino, mientras que excluye a otros que desesperadamente quieren estar allí.” Me quedé asombrado cuando oí estas palabras. No creía posible que el presidente de un seminario presbiteriano pudiera tener un concepto tan crasamente erróneo de la teología de su propia iglesia. Estaba recitando una caricatura que estaba tan lejos del calvinismo como sería posible.

El calvinismo no enseña y nunca ha enseñado que Dios lleve a la gente pataleando y gritando al reino, o que haya excluido jamás a alguien que quisiera estar allí. Recordemos que el punto cardinal de la doctrina reformada de la predestinación se apoya en la enseñanza bíblica de la muerte espiritual del hombre. El hombre natural no quiere a Cristo. Solamente querrá a Cristo si Dios planta un deseo por Cristo en su corazón. Una vez que está plantado el deseo, los que vienen a Cristo no vienen pataleando y gritando contra sus voluntades. Vienen porque quieren venir. Ahora desean a Jesús. Se lanzan al Salvador. El significado de la gracia irresistible es que el renacimiento vivifica a alguien a la vida espiritual de tal manera que ahora se ve a Jesús en su belleza irrestistible. Jesús es irresistible para aquellos que han recibido vida para apreciar las cosas de Dios. Toda alma cuyo corazón late con la vida de Dios dentro de sí anhela al Cristo viviente. Todos aquellos a quienes el Padre dé a Cristo, vienen a Cristo (Juan 6:37).

El término “gracia eficaz” puede ayudar a evitar alguna confusión. La gracia eficaz es una gracia que efectúa lo que Dios desea. ¿En qué difiere esta idea de otras ideas no reformadas acerca de la regeneración? La idea alternativa más popular se apoya en el concepto de gracia precedente.

Gracia precedente

Como el nombre sugiere, la gracia precedente es una gracia que “precede” a algo. Se la define normalmente como una obra que Dios hace para todos. El da a todos suficiente gracia para responder a Jesús. Es decir, es suficiente gracia para hacer posible que la gente escoja a Cristo. Los que cooperan con esta gracia y asienten a la misma son “elegidos”. Los que rehusan cooperar están perdidos.

La fuerza de esta idea es que reconoce que la condición espiritual del hombre caído es lo suficientemente severa como para requerir que la gracia de Dios le salve. La debilidad de la posición puede verse de dos maneras. Si esta gracia precedente es meramente externa al hombre, entonces falla de la misma manera que las analogías de la medicina y el salvavidas. ¿Qué bien procura la gracia precedente si se ofrece extremadamente a criaturas espiritualmente muertas? Por otro lado, si la gracia precedente se refiere a algo que Dios hace dentro del corazón del hombre caído, entonces debemos preguntar por qué no es siempre eficaz. ¿A qué se debe que algunas criaturas caídas escojan cooperar con la gracia precedente y otras escojan no hacerlo? ¿Obtienen todos la misma cantidad?

Pensemos acerca de ello de esta manera en términos personales. Si eres cristiano, sin duda serás consciente de otras personas que no son cristianas. ¿A qué se debe que tú hayas escogido a Cristo y ellos no? ¿Por qué dijiste tú, “sí,” a la gracia precedente mientras que ellos no lo hicieron? ¿Fue porque tú eras más justo que ellos? Si es así, entonces ciertamente tienes algo de lo que jactarte. ¿Fue aquella mayor justicia algo que conseguiste por ti mismo o fue don de Dios? Si fue algo que tú conseguiste, entonces en el fondo tu salvación depende de tu propia justicia. Si la justicia fue un don, ¿entonces por qué no le dio Dios el mismo don a todos? Quizá no fue porque fueses más justo. Quizá fue porque eras más inteligente. ¿Por que eres más inteligente? ¿Porque estudias más (lo que realmente significa que eres más justo)? ¿O eres más inteligente porque Dios te dio un don de inteligencia que no dio a otros?

Sin duda, la mayoría de los cristianos que sostienen la idea de la gracia precedente rehusarían dar tales respuestas. Ven la arrogancia implícita en ellas. Por el contrario, es más probable que digan: “No, yo escogí a Cristo porque reconocí la apremiante necesidad que tenía de El.”

Eso ciertamente suena más humilde. Pero debo insistir en la pregunta. ¿Por que reconociste tu apremiante necesidad de Cristo mientras que tu prójimo no lo hizo? ¿Fue porque tú eras más justo que tu prójimo, o más inteligente?

La cuestión fundamental para los defensores de la gracia precedente es por que algunos cooperan con ella y otros no. La manera en que respondamos revelará cuán misericordiosa creemos que es nuestra salvación realmente.

La cuestión vital es: “¿Enseña la Biblia una doctrina tal como la de la gracia precedente? Si así es, ¿dónde?”

Concluimos que nuestra salvación es del Señor. El es quien nos regenera. Aquellos a quienes El regenera van a Cristo. Sin regeneración, nadie irá jamás a Cristo. Con la regeneración, nadie le rechazará jamás. La gracia salvadora de Dios efectúa lo que El se propone efectuar mediante ella.

Resumen del capítulo 5

Nuestra salvación fluye de una iniciativa divina. Es Dios el Espíritu Santo quien libera a los cautivos. Es El quien sopla dentro de nosotros la vida espiritual y nos resucita de la muerte espiritual.

Nuestra condición antes de ser vivificados es de muerte espiritual. Es más grave que una mera enfermedad mortal. No hay ni un gramo de vida espiritual en nosotros hasta que Dios nos da la vida.

Sin el nuevo nacimiento, nadie irá a Cristo. Todos los que nacen de nuevo van a Cristo. Los que están muertos a las cosas de Dios permanecerán muertos, a menos que Dios les haga vivir. Aquellos a quienes Dios hace vivir viven. La salvación es del Señor.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 71–88). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

4 – [9] La caída de Adán y la mía

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 4

La caída de Adán y la mía

Otra difícil cuestión que rodea la doctrina de la predestinación, es la cuestión de cómo puede heredarse de Adán nuestra naturaleza pecaminosa. Si nacemos con una naturaleza caída, si nacemos en pecado, si nacemos en un estado de incapacidad moral, ¿Cómo puede Dios hacernos responsables de nuestras faltas? Recordamos que el pecado original no se refiere al primer pecado sino al resultado de ese primer pecado. Las Escrituras hablan repetidamente de la entrada del pecado y la muerte en el mundo a través de “la transgresión de uno”. Como resultado del pecado de Adán, todos los hombres son ahora pecadores. La Caída fue grande. Tuvo repercusiones radicales para toda la raza humana. Ha habido muchos intentos para explicar la relación de la caída de Adán con el resto de la humanidad. Algunas de las teorías presentadas son bastante complejas e imaginativas. Tres teorías sin embargo, han surgido de la lista como las más ampliamente aceptadas. La primera de ellas la llamaré la Teoría Mítica de la Caída.

La teoría mítica de la Caída

La teoría mítica de la Caída, como sugiere el nombre, sostiene que no hubo una caída histórica de hecho. A Adán y Eva no se les considera personas históricos. Son símbolos mitológicos descritos para explicar o representar el problema de la corrupción del hombre. La historia de la Caída en la Biblia es una especie de parábola, enseña una lección moral.

Según esta teoría, los primeros capítulos del Génesis son mitológicos. Jamás hubo un Adán; nunca hubo una Eva. La estructura misma de la historia sugiere una parábola o un mito, por que incluye elementos tales como una serpiente que habla y objetos tan obviamente simbólicos, como el árbol del conocimiento del bien y del mal. La verdad moral comunicada por el mito, es que la gente cayó en pecado. El pecado es un problema universal. Todos cometen pecado; nadie es perfecto. El mito indica una realidad más elevada: cada uno es su propio Adán. Toda persona tiene su propia caída particular. El pecado es una condición humana universal precisamente, porque toda persona sucumbe a su propia tentación particular.

Los atractivos elementos de esta teoría son importantes. En primer lugar, esta idea absuelve a Dios totalmente de cualquier responsabilidad de hacer responsables a las futuras generaciones por lo que hizo una pareja. Aquí nadie puede culpar a sus padres o a su Creador por su propio pecado. Según este planteamiento, mi condición caída es un resultado directo de mi propia caída, no de la de otro. Una segunda ventaja de esta idea es que esquiva toda necesidad de defender el carácter histórico de los primeros capítulos de la Biblia. Esta idea no sufre ansiedad alguna por parte de ciertas teorías de la evolución o de disputas científicas acerca de la naturaleza de la creación. La verdad positiva de un mito nunca necesita ser defendida

Las desventajas de esta idea, sin embargo, son más graves. Su fallo más crucial es que realmente nada ofrece con respecto a una explicación de la universalidad del pecado. Si cada uno de nosotros nace sin una naturaleza pecaminosa, ¿Que explicación damos a la universalidad del pecado? Si cuatro mil millones de personas nacieran sin inclinación a pecar, sin corrupción en su naturaleza, podríamos esperar razonablemente que al menos algunas de ellas se refrenaran de caer. Si nuestro estado moral natural es de inocente neutralidad, esperaríamos estadísticamente que la mitad de la raza humana permaneciera perfecta. Admito que explicar la caída de una persona inocente presenta un enorme problema intelectual. Pero cuando multiplicamos esa dificultad por los miles de millones de personas que han caído, el problema se vuelve varios miles de millones de veces más difícil. También admitimos que si una persona creada a la imagen de Dios pudo caer, entonces es ciertamente posible que miles de millones puedan caer igualmente. Es la probabilidad estadística la que resulta tan asombrosa. Cuando pensamos en la caída de una persona, eso es una cosa. Pero si todos lo hacen, sin excepción, entonces comenzamos a preguntarnos por qué. Comenzamos a preguntamos si el estado natural del hombre es neutral en absoluto.

La respuesta general de los que abogan por la idea mítica es que la gente no nace universalmente en un medio ambiente idílico como el Edén. La sociedad es corrupta. Nacemos en un medio ambiente corrupto. Somos como el “salvaje inocente” de Rousseau, que es corrompido por las influencias negativas de la civilización.

Esta explicación demanda la cuestión: ¿Cómo se volvió corrupta la sociedad o la civilización en primer lugar? Si todos somos inocentes, sin evidencia alguna de corrupción personal, esperaríamos encontrar sociedades que no fuesen más que medio corrompidas. Si las personas de la misma calaña se juntan, podríamos encontrar sociedades donde todas las personas corruptas se agruparan, y otras sociedades donde no existiera ninguna maldad. La sociedad no puede ser una influencia corruptora hasta que primero se vuelva corrupta ella misma. Para explicar la caída de una sociedad o civilización entera, debemos afrontar las dificultades que ya hemos indicado.

En otra de las famosas obras de Jonathan Edwards, su tratado sobre el pecado original, hace la importante observación de que debido a la universalidad del pecado del hombre, aun si la Biblia nada dijera acerca de una caída original de la raza humana, la razón demandaría tal explicación. Nada clama más fuertemente acerca de el hecho de que nacemos en un estado de corrupción que el hecho de que todos pecamos.

Otra cuestión espinosa que surge tiene que ver con la relación entre el pecado y la muerte. La Biblia deja claro que la muerte no es “natural” para el hombre. Esto es, se dice repetidamente que la muerte ha entrado en el mundo como resultado del pecado. Si eso es así, ¿que explicación damos a la muerte de los infantes? Si todos los hombres nacen inocentes, sin corrupción innata, Dios sería injusto permitiendo que bebés que aún no han caído muriesen.

La idea mitológica de la Caída debe afrontar también el hecho de que transgrede radicalmente a la enseñanza de la Escritura. La idea hace algo más que interpretar meramente los primeros capítulos de la Biblia como ficticios. Al hacerlo, la idea se sitúa en clara oposición a la idea del Nuevo Testamento acerca de la caída. Requeriría un trabajo intelectual encomiable, argüir que el apóstol Pablo no enseñó una caída histórica. Los paralelos que el traza entre el primer Adán y el Segundo, son demasiado fuertes para permitir esto, a menos que argumentemos que en la mente de Pablo, Jesús fuese también un personaje mitológico.

Admitamos que el relato del Génesis acerca de la Caída contiene algunos elementos literarios inusuales. La presencia de un árbol que no sigue el modelo normal de los árboles, sigue ciertas figuras poéticas. Es correcto interpretar la poesía como poesía, y no como narración histórica. Por otra parte, existen fuertes elementos de literatura narrativa histórica en Génesis 3. La ubicación del Edén se sitúa en el capítulo 2 en medio de cuatro ríos, incluyendo el Pisón, el Gihón, el Hidekel (o Tigris) y el Éufrates.

Sabemos que las parábolas pueden cuadrarse en un contexto histórico real. Por ejemplo, la parábola del buen samaritano se cuadra en el contexto geográfico del camino a Jericó. Por tanto, la mera presencia de ríos históricos reales no demanda de forma absoluta que identifiquemos esta sección del Génesis como una narración histórica.

Existe otro elemento en el texto sin embargo, que es más convincente. El relato de Adán y Eva contiene una genealogía significativa. Los romanos con su afición a la mitología, pueden no tener dificultad en trazar su linaje hasta Rómulo y Remo (personajes míticos); pero los judíos eran sin duda, más escrupulosos acerca de tales asuntos. Estos tenían un fuerte compromiso con la historia real. A la luz de la inmensa diferencia entre la idea judía de la historia y la de los griegos por ejemplo, es impensable que los judíos incluyeran personajes mitológicos en sus propias genealogías. En los escritos judíos, la presencia de una genealogía indica una narración histórica. Nótese que el historiador del Nuevo Testamento, Lucas, incluye a Adán en la genealogía de Jesús.

Es mucho más fácil explicar como un árbol real puede servir como punto focal de una prueba moral, así siendo llamado el árbol del conocimiento del bien y el mal, que lo que sería acomodar la genealogía a una parábola o un mito. Esto por supuesto, podría hacerse si otros factores lo demandaran. Pero no existen tales factores. No hay una sana razón por la que no interpretemos Génesis 3 como una narración histórica, y múltiples razones por las que no tratarlo como una parábola o un mito. Tratarlo como historia es tratarlo como lo hicieron los judíos, incluyendo a Pablo y a Jesús. Tratarlo de otra manera está generalmente motivado por algún presupuesto contemporáneo que nada tiene que ver con la historia judía.

La idea realista de la Caída

¿Recuerdas aquella famosa serie televisora titulada “El Túnel del Tiempo”? Llevaba a los espectadores, mediante la magia de la televisión, a escenas históricas famosas. Pero en realidad, no se ha inventado aún ingenio electrónico alguno que nos haga retroceder en el tiempo. Vivimos en el presente. Nuestro único acceso al pasado es a través de los libros, los artefactos de la arqueología, nuestras memorias y las de otros.

Recuerdo haber enseñado un curso sobre la Biblia que incluía un breve estudio de los soldados romanos. Mencioné el estandarte romano que llevaba las iniciales SPQR. Pregunté si alguien sabia lo que aquellas letras significaban. Un querido amigo de unos setenta y tantos años exclamó: “Senatus Populus Que Romanus, ‘El senado y el pueblo de Roma’.” Sonreí a mi amigo y dije: “Eres el único en esta sala que es lo suficientemente viejo para recordar!”

Ninguno de nosotros es lo suficientemente viejo para conservar en la memoria imágenes de la caída de Adán. ¿O lo somos? La idea realista de la Caída propugna que somos lo suficientemente viejos para recordar la Caída. Debiéramos ser capaces de recordarla porque estábamos realmente allí.

El realismo no implica que se hable de alguna especie de reencarnación. Por el contrario, el realismo es un intento serio de responder al problema de la Caída. El concepto clave es éste: no podemos ser considerados moralmente responsables por un pecado cometido por otro. Para ser responsables, debemos haber estado envueltos activamente de alguna manera en el pecado mismo. De alguna manera, debemos haber estado presentes en la Caída. Realmente presentes. De ahí el nombre Realismo.

La idea realista de la Caída demanda alguna clase de concepto de la preexistencia del alma humana. Esto es, antes de nacer nuestras almas deben de haber existido ya. Estaban presentes con Adán en la Caída. Cayeron juntamente con Adán. El pecado de Adán no fue meramente un acto por nosotros; fue un acto con nosotros. Nosotros estábamos allí.

Esta teoría parece especulativa, quizá grotesca inclusive. Sus defensores, sin embargo, apelan a dos textos bíblicos clave como garantía de su idea. El primero se encuentra en Ezequiel 18:2–4:

“¿Que pensáis vosotros, los que usáis este refrán, sobre la tierra de Israel, que dice: los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera?. Vivo yo, dice el señor Dios, que nunca más tendréis por que usar este refrán en Israel. E aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, ésa morirá”.

Más adelante en este capítulo Ezequiel escribe:

“Y si dijereis: ¿por que el hijo no llevara el pecado de su padre? Por que el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de cierto vivirá. El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre el, y la impiedad del impío será sobre él.” (Eze. 18:19–20).

Aquí el realista encuentra un texto definitivo para su argumento. Dios declara claramente que el hijo no ha de ser considerado culpable por los pecados de su padre. Esto parece presentar serias dificultades para toda la idea de que la gente caiga “en Adán”. El segundo texto clave para el realismo se encuentra en el libro de Hebreos en el Nuevo Testamento:

“y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos; por que aun estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro” (Heb.7:9–10).

Este texto es parte de una larga disertación por parte del autor de Hebreos con respecto al papel de Cristo como nuestro Gran Sumo Sacerdote. El Nuevo Testamento declara que Jesús es tanto nuestro rey como nuestro sacerdote. Enfatiza el hecho de que Jesús pertenecía al linaje de Judá, a quien se le había prometido la realeza del reino. Jesús era un hijo de David, que también era del linaje de Judá.

El sacerdocio del Antiguo Testamento no le fue dado a Judá, sino a los hijos de Leví. Los levitas constituían el linaje sacerdotal. Hablamos normalmente, por tanto, del sacerdocio levítico o del sacerdocio Aarónico. Aarón era levita. Si esto es así, ¿cómo podía Jesús ser sacerdote, si no pertenecía al linaje de Leví? Este problema preocupaba a algunos judíos de la antigüedad. El autor de Hebreos argumenta que en el Antiguo Testamento se mencionaba otro sacerdocio, el sacerdocio de la misteriosa figura llamada Melquisedec. Se dice que Jesús era sacerdote según el orden de Melquisedec.

Una buena sección del libro de Hebreos no está satisfecha, sin embargo, meramente con probar que había otro sacerdocio en el Antiguo Testamento además del sacerdocio levítico. El punto principal del argumento aquí es que el sacerdocio de Melquisedec era superior al sacerdocio de Leví. El autor de Hebreos relata un fragmento de la historia del Antiguo Testamento para probar este punto. Llama la atención al hecho de que Abraham pagó diezmos a Melquisedec, no Melquisedec a Abraham. Melquisedec también bendijo a Abraham; Abraham no bendijo a Melquisedec. La cuestión es ésta: en la relación entre Abraham y Melquisedec, fue Melquisedec quien sirvió de sacerdote, no Abraham.

El pensamiento clave para el judío se cita en el versículo 7: “Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor.” El autor de Hebreos continúa tejiendo el hilo de su argumento. Argumenta que en efecto, el padre es superior al hijo. Eso significa que Abraham esta por delante de Isaac en el orden patriarcal. A su vez, Isaac esta por delante de Jacob, y Jacob por delante de sus hijos, incluyendo a su hijo Leví. Si desarrollamos esto, significa que Abraham es mayor que su bisnieto Leví.

Ahora bien, si Abraham es mayor que Leví y Abraham se subordinó a Melquisedec, entonces ello significa que el sacerdote Melquisedec es mayor que Leví y todo su linaje. La conclusión es clara. El sacerdocio de Melquisedec es un orden superior de sacerdocio que el sacerdocio levítico. Esto da una dignidad suprema al oficio sumosacerdotal de Cristo.

No era el principal interés del autor de Hebreos explicar el misterio de la Caída de Adán con todo esto. Sin embargo, dice algo de paso que los realistas cazan al vuelo para probar su teoría. Escribe que “en Abraham pagó el diezmo también a Leví. Leví hizo esto mientras “aún estaba en los lomos de su padre”.

Los realistas ven esta referencia a Leví haciendo algo antes aún de nacer, como una prueba bíblica del concepto de la preexistencia del alma humana. Si Leví pudo pagar diezmos mientras estaba aún en los lomos de su padre, eso debe significar que Leví en algún sentido, ya existía. El tratamiento que se le da a este pasaje de Hebreos demanda una cuestión. El texto no enseña explícitamente que Leví existiera o preexistiera realmente en los lomos de su padre. El texto mismo lo expresa con las palabras: “Por decirlo así”. El texto no requiere que nos precipitemos a la conclusión de que Leví “realmente” preexistiera. Los realistas vienen a este texto armados con una teoría que no han encontrado en el texto, y luego imponen la teoría al texto.

El argumento basado en el texto de Ezequiel también pierde de vista la idea. Ezequiel no estaba pronunciando un discurso acerca de la Caída de Adán. No se considera aquí la Caída. Por el contrario, Ezequiel se está refiriendo a la excusa corriente que los hombres utilizan para sus pecados. Estos tratan de culpar a algún otro de sus propias malas acciones. Esa actividad humana ha continuado desde la Caída, pero eso es todo lo que este pasaje tiene que ver con la Caída. En la Caída, Eva culpó a la serpiente, y Adán culpó tanto a Dios como a Eva por su propio pecado. Dijo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gén. 3:12). Desde entonces, los hombres han tratado siempre de echarles a otros la culpa. Aun así, argumentan los realistas, se establece un principio en Ezequiel 18 que está relacionado con este asunto. El principio es que los hombres no han de ser considerados responsables por los pecados de otros.

Sin duda, se establece ese principio general en Ezequiel. Es un gran principio de la justicia de Dios. Sin embargo, no nos atrevemos a convertirlo en un principio absoluto. Si lo hacemos, entonces el texto de Ezequiel probaría demasiado. Probaría que la expiación de Cristo esta fuera de lugar. Si es imposible que una persona pueda jamás ser castigada por los pecados de otra, entonces no tenemos la posibilidad de un Salvador. Jesús fue castigado por nuestros pecados. Esa es la esencia misma del Evangelio. No sólo fue Jesús castigado por nuestros pecados, sino que su justicia es la base meritoria de nuestra justificación. Somos justificados por una justicia ajena, una justicia que no es nuestra. Si presionamos la afirmación de Ezequiel hasta un límite absoluto cuando leemos: “La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él”, entonces se nos deja como pecadores que deben justificarse así mismos. Eso nos pone a todos en un grave problema.

Sin duda, la Biblia habla de que Dios “visita” las iniquidades de la persona hasta la tercera y cuarta generación. Esto se refiere a las consecuencias del pecado. Un hijo pude sufrir las consecuencias del pecado de su padre, pero Dios no le hace responsable del pecado de su Padre.

El principio de Ezequiel permite dos excepciones: la Cruz y la Caída. De alguna manera, no nos importa la excepción de la Cruz. Es la Caída la que nos irrita. No nos importa que nuestra culpa se transfiera a Jesús o que su justicia se nos transfiera a nosotros; es el hecho de que se nos transfiera la culpa de Adán lo que nos molesta. Argumentamos que si la culpa de Adán nunca se nos hubiera transmitido, entonces la obra de Jesús nunca habría sido necesaria.

La idea federal o representativa de la Caída

Para la mayoría, la idea federal de la Caída ha sido la más común entre los que abogan por la doctrina reformada de la predestinación. Esta perspectiva enseña que Adán actuó como representante de toda la raza humana. Con la prueba que Dios puso ante Adán y Eva, El estaba probando a toda la humanidad. El nombre de Adán significa “hombre” o “humanidad”. Adán fue el primer ser humano creado, está a la cabeza de la raza humana. Fue puesto en el huerto para actuar no por sí mismo, sino por todos sus futuros descendientes. Exactamente como un gobierno federal tiene un portavoz principal que es la cabeza de la nación, así Adán era la cabeza federal de la humanidad.

La idea principal del federalismo es que cuando pecó Adán, pecó por todos nosotros. Su caída fue nuestra caída. Cuando Dios castigó a Adán quitándole su justicia original, todos nosotros fuimos igualmente castigados. La maldición de la Caída nos afecta a todos. No sólo fue Adán destinado a ganarse la vida con el sudor de su frente, sino que esto es cierto en cuanto a nosotros también. No solo fue Eva destinada a tener dolor en el parto, sino que eso ha sido cierto en cuanto a las mujeres de todas las generaciones humanas. La serpiente ofensora en el huerto no fue el único miembro de su especie que fue condenada con arrastrarse sobre su pecho.

Cuando fueron creados, a Adán y Eva se les dio dominio sobre toda la creación. Como resultado de su pecado, el mundo entero sufrió. Pablo nos dice:

Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora (Romanos 8:20–22).

Toda la creación gime al esperar la plena redención del hombre. Cuando el hombre pecó, las repercusiones del pecado se sintieron a través de toda la gama del dominio del hombre. Debido al pecado de Adán, no solo sufrimos nosotros, sino que los leones, los elefantes, las mariposas y los cachorros de perro también sufren. Ellos no pidieron tal sufrimiento. Fueron dañados por la caída de su amo.

El sufrimiento como resultado del pecado de Adán es algo que se enseña explícitamente en el Nuevo Testamento. En Romanos 5, por ejemplo, Pablo hace la siguiente observación:

“Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (v. 12).

“Por la transgresión de aquel uno murieron los muchos” (v. 15).

“Por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (v. 18).

“Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (v. 19).

No hay manera de evitar la enseñanza obvia de la Escritura en cuanto a que el pecado de Adán tuvo terribles consecuencias para sus descendientes. Es precisamente por la abundancia de tales afirmaciones bíblicas por lo que prácticamente toda organización cristiana ha formulado alguna doctrina del pecado original vinculada a la Caída de Adán.

Queda aún una gran cuestión. Si Dios juzgó en realidad a toda la raza humana en Adán, ¿cómo es eso justo? Parece manifiestamente injusto que Dios permitiese que no sólo todos los subsiguientes seres humanos, sino toda la creación sufriese por causa de Adán.

Es la cuestión de la justicia de Dios la que el federalismo busca responder. El federalismo asume que en efecto estábamos representados por Adán y que tal representación era tanto justa como exacta. Sostiene que Adán nos representaba perfectamente.

Dentro de nuestro sistema legal, tenemos situaciones que, no perfectamente pero si aproximadamente, tienen un paralelismo con este concepto de representación. Sabemos que si yo alquilo a un hombre para matar a alguien, y que ese pistolero alquilado lleva a cabo el contrato, yo puedo ser justamente juzgado por asesinato en primer grado a pesar del hecho de que yo no apreté realmente el gatillo. Soy juzgado como culpable por un crimen que algún otro ha cometido porque la otra persona actuó en mi lugar.

La evidente protesta que surge en este punto es: “Pero nosotros no alquilamos a Adán para pecar en nuestro lugar.” Eso es cierto.

Este ejemplo ilustra meramente que hay algunos casos en los cuales es justo castigar a una persona por el crimen de otra.

La idea federal de la Caída aún exhala un vago olor a tiranía. Nuestro clamor es: “¡Ninguna condenación sin representación!” Al igual que la gente en una nación clama por representantes que aseguren la libertad de la tiranía despótica, así también demandamos que la representación ante Dios sea justa y equitativa. La idea federal afirma que somos juzgados culpables por el pecado de Adán porque el era nuestro representante equitativo y justo.

Pero un momento. Adán puede habernos representado, pero nosotros no le escogimos. ¿Que si los padres de la república americana hubieran demandado una representación por parte del rey Jorge, y el rey hubiera respondido: “Por supuesto, podéis tener representantes. Seréis representados por mi hermano.” Tal respuesta habría esparcido aún más té en el puerto de Boston.

Queremos el derecho a seleccionar a nuestros propios representantes. Queremos ser capaces de depositar nuestro propio voto, no que haya alguien que deposite ese voto por nosotros. La palabra voto viene del latín vótum, que significaba “deseo” o “elección”. Cuando depositamos nuestro voto, estamos expresando nuestros deseos, manifestando nuestras voluntades.

Supongamos que hubiésemos tenido plena libertad de votar a nuestro representante en el Edén. ¿Nos hubiera satisfecho eso? ¿Y por qué queremos el derecho a votar a nuestro representante? ¿Por qué ponemos objeciones si el rey o cualquier otro soberano quiere designar a nuestros representantes por nosotros? La respuesta es obvia. Queremos estar seguros que nuestra voluntad se cumpla. Si el rey designa a mi representante, entonces tendré poca confianza de que mis deseos se cumplan. Temería que el representante designado estaría más deseoso de cumplir los deseos del rey que mis deseos. No me sentiría representado justamente.

Pero aun si tenemos el derecho de escoger a nuestros propios representantes, no tenemos garantía de que nuestros deseos serán cumplidos. ¿Quién entre nosotros no ha sido embaucado por políticos que prometen una cosa durante una campaña electoral y hacen otra cosa después de ser elegidos? Una vez más, la razón por la que queremos seleccionar a nuestro propio representante es que queremos estar seguros de ser representados justamente.

En ningún otro momento de la historia humana hemos sido representados más justamente que en el huerto del Edén. Sin duda, nosotros no escogimos a nuestro representante allí. Nuestro representante nos fue escogido. Aquel que escogió a nuestro representante, sin embargo, no fue el rey Jorge. Fue el Dios omnipotente. Cuando Dios escoge a nuestro representante, lo hace perfectamente. Su elección es una elección infalible. Cuando yo escojo a mis propios representantes lo hago falíblemente. A veces, selecciono equivocadamente a una persona, y soy entonces injustamente representado. Adán me representó infaliblemente no porque el fuera infalible, sino porque Dios es infalible. Dada la infalibilidad de Dios, nunca podré argumentar que Adán fuese una mala elección para representarme.

Lo que muchos de nosotros asumimos en nuestro conflicto con la Caída es que si hubiésemos estado allí, habríamos hecho una elección diferente. No habríamos tomado una decisión que hubiera hundido al mundo en la ruina. Tal suposición no es posible dado el carácter de Dios. Dios no comete errores. Su elección de mi representante es mejor que cualquier acto de elección humana.

Aun si concedemos que en efecto, estábamos perfectamente representados por Adán debemos aún preguntar si es justo ser representados en absoluto con tan alto riesgo. Solamente puedo responder que agradó al Señor hacer esto. Sabemos que el mundo cayó por medio de Adán. Sabemos que en algún sentido, Adán nos representó. Sabemos que nosotros no le escogimos a él para ser nuestro representante. Sabemos que la selección que Dios hizo de Adán fue una selección infalible. ¿Pero fue justo todo el proceso?

Sólo puedo responder a esta pregunta en última instancia haciendo otra pregunta, una que hizo el apóstol Pablo: “¿Hay injusticia en Dios?” (Rom. 9:14). La respuesta apostólica a esta pregunta retórica es tan clara como enfática: “En ninguna manera.” Si conocemos algo en absoluto acerca del carácter de Dios, entonces sabemos que El no es un tirano y que nunca es injusto. Su estructuración de las condiciones para poner a prueba a la humanidad satisfizo la propia justicia de Dios. Esto debiera ser suficiente para satisfacernos.

Sin embargo, aún disputamos. Aún contendemos con el Todopoderoso. Aún asumimos que de alguna manera, Dios nos hizo una injusticia y que sufrimos como víctimas inocentes de Su juicio. Tales sentimientos sólo confirman el grado profundo de nuestra caída. Cuando pensamos así, estamos pensando como hijos de Adán. Tales pensamientos blasfemos sólo subrayan en rojo cuán ciertamente estuvimos representados por Adán.

Estoy convencido que la idea federal de la Caída es sustancialmente correcta. Sólo ésta, de las tres que hemos examinado, hace justicia a la enseñanza bíblica acerca de la caída del hombre. Me satisface que Dios no es un tirano arbitrario. Se que soy una criatura caída. Esto es, se que soy una criatura y se que estoy caído. También se que no es por “culpa” de Dios por lo que soy pecador. Lo que Dios ha hecho por mi es redimirme de mi pecado. No me ha redimido de Su pecado.

Aunque la idea federal representativa de la Caída es sostenida por la mayoría de los calvinistas, debemos recordar que la cuestión de nuestra relación con la caída de Adán no es un problema peculiar del calvinismo. Todos los cristianos deben contender con él.

Es también vital ver la predestinación a la luz de la Caída. Todos los cristianos están de acuerdo en que el decreto divino de la predestinación tuvo lugar antes de la Caída. Algunos argumentan que Dios predestinó primero a algunos para la salvación y a otros para la condenación y entonces decretó la Caída para asegurarse que algunos perecerían. A veces, esta terrible idea es aún atribuida al calvinismo. Tal idea era repugnante para Calvino y es igualmente repugnante para todos los calvinistas ortodoxos. La noción se llama a veces “hiper-calvinismo”. Pero aun eso es un insulto. Esta idea nada tiene que ver con el calvinismo. Más bien que hiper-calvinismo, es anti-calvinismo.

El calvinismo, juntamente con otras ideas acerca de la predestinación, enseña que el decreto de Dios tuvo lugar antes de la Caída, y a la luz de la Caída. ¿Por qué es esto importante? Porque la idea calvinista de la predestinación siempre acentúa el carácter benévolo de la redención de Dios. Cuando Dios predestina a la gente para la salvación, está predestinando a la salvación a los que El sabe que realmente necesitan ser salvados. Necesitan ser salvados porque son pecadores en Adán, no porque El les forzara a ser pecadores. El calvinismo ve a Adán pecando por su propio libre albedrío, no por presión divina.

Sin duda, Dios sabía antes de la Caída que habría con toda seguridad una Caída, y emprendió la acción para redimir a algunos. Ordenó la Caída en el sentido de que escogió permitirla, pero no en el sentido de que escogiera presionarla. Su gracia predestinante es benévola precisamente porque El escoge salvar a personas que sabe de antemano que estarán espiritualmente muertas.

Una última ilustración puede ser de ayuda aquí. Nos enojamos ante la idea de que Dios nos exige a ser justos cuando estamos obstaculizados por el pecado original. Decimos: “Pero, Dios, no podemos ser justos. Somos criaturas caídas. ¿Cómo puedes hacernos responsables cuando sabes muy bien que nacimos con el pecado original?”

La ilustración es como sigue. Supongamos que Dios dijera a un hombre, “Quiero que termines de podar estos arbustos a las tres de la tarde. Pero ten cuidado. Hay un gran pozo abierto al extremo del huerto. Si caes en ese pozo, no podrás salir por ti mismo. Así pues, por encima de todo, mantente lejos de ese pozo.”

Supongamos que tan pronto Dios sale del huerto, el hombre corre y salta dentro del pozo. A las tres regresa Dios y encuentra los arbustos sin podar. Llama al hortelano y oye un débil clamor desde el extremo del huerto. Camina hasta el borde del pozo y ve al hortelano agitándose desesperadamente en el fondo. Le dice al hortelano: “¿Por que no has podado los arbustos que te dije que podaras?” El hortelano responde airadamente, “¿Cómo esperas que pode esos arbustos cuando estoy atrapado en este pozo? Si no hubieras dejado este pozo vacío aquí, no estaría en este apuro.”

Adán saltó al pozo. En Adán todos hemos saltado al pozo. Dios no nos arrojó en el pozo. A Adán se le advirtió claramente acerca del pozo. Dios le dijo que se mantuviera apartado. Las consecuencias que Adán experimentó por estar en el pozo fueron un castigo directo por saltar a el.

Así ocurre con el pecado original. El pecado original es tanto la consecuencia del pecado de Adán como el castigo por tal. Nacemos pecadores porque en Adán todos caímos. Aun la palabra caída tiene un poco de eufemismo que le da color de rosa al asunto. La palabra caída sugiere algún tipo de accidente. Más bien, el pecado de Adán no fue un accidente. Adán no resbaló simplemente en el pecado; saltó al mismo con los dos pies. Nosotros a su vez, saltamos de cabeza con el. Dios no nos empujó. No nos engañó. Nos hizo una advertencia adecuada y justa. La culpa es nuestra y sólo nuestra.

No es que Adán comiera las uvas agrias y nuestros dientes tengan la dentera. La enseñanza bíblica es que en Adán todos comimos las uvas agrias. Esa es la razón por la que nuestros dientes tienen la dentera.

Resumen del capítulo 4

1. La presencia penetrante y universal del pecado no puede explicarse adecuadamente como un mito.

2. La pecaminosidad del hombre no puede explicarse por la “sociedad”.

3. La sociedad está formada por individuos, cada uno de los cuales debe ser pecador antes que la sociedad como un todo pueda estar corrupta.

4. El realismo también fracasa como explicación porque implica un enfoque fantasioso de la Escritura.

5. La idea federal de la Caída toma en serio el papel jugado por Adán como nuestro representante.

6. Adán nos representó perfectamente no en virtud de su perfección, sino en virtud de la selección perfecta de Dios.

7. Todos los cristianos deben tener alguna idea de la caída

8. La gracia salvadora de Dios se dirige hacia aquellos que El sabe que son criaturas caídas.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 55–70). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

3-[9] La predestinación y el libre albedrío

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 3

La predestinación y el libre albedrío

La predestinación parece arrojar una sombra sobre el corazón mismo de la libertad humana. Si Dios ha decidido nuestros destinos desde toda la eternidad, esto sugiere fuertemente que nuestras elecciones libres no son sino adivinanzas, ejercicios vacíos en una comedia predeterminada. Es como si Dios nos escribiera el guión en detalle, y nosotros estuviésemos llevando a cabo meramente la puesta en escena.

Para aclarar la desconcertante relación entre la predestinación y el libre albedrío, debemos en primer lugar, definir el libre albedrío. La definición misma es objeto de mucho debate. Probablemente, la definición más corriente dice que el libre albedrío es la capacidad de hacer elecciones sin ningún prejuicio, inclinación o disposición previos. Para que la voluntad sea libre, debe actuar desde una posición de neutralidad, sin prejuicio alguno en absoluto.

Aparentemente, esto resulta muy atractivo. No existen elementos represivos, ya sea internos o externos, que se hallen presentes. Bajo la superficie, sin embargo, hay dos graves problemas al acecho. Por una parte, si hacemos nuestras elecciones estrictamente desde una posición neutral, sin inclinación previa alguna, entonces haremos las elecciones sin razón alguna. Si no tenemos razón alguna para nuestras elecciones, si nuestras elecciones son completamente espontáneas, entonces nuestras elecciones no tendrán significado moral. Si una elección tiene lugar simplemente—surge por que sí, sin ton ni son, entonces no puede ser juzgada buena o mala. Cuando Dios evalúa nuestras elecciones, El está interesado en nuestros motivos.

Consideremos el caso de José y sus hermanos. Cuando José fue vendido como esclavo por sus hermanos, la providencia de Dios estaba actuando. Años más tarde, cuando José se reunió de nuevo con sus hermanos en Egipto, les declaró: “Vosotros pensasteis mal contra mí, más Dios lo encaminó a bien” (Gén. 50:20). El motivo fue aquí el factor decisivo que determinó si la acción era buena o mala. La implicación de Dios en el dilema de José fue buena; la implicación de los hermanos fue mala. Había una razón por la que los hermanos de José le vendieron como esclavo. Tenían una motivación mala. Su decisión no fue espontánea ni neutral. Estaban celosos de su hermano. Su elección de venderlo fue dictada por sus malos deseos.

El segundo problema que esta popular idea afronta no es tanto moral como racional. Si no existe una inclinación, deseo o tendencia previos, ni motivación o razón para una elección, ¿cómo puede hacerse jamás una elección? Si la voluntad es totalmente neutral, ¿por que habría de escoger la derecha o la izquierda? Es algo así como el problema que afrontó Alicia en el País de las Maravillas cuando llegó a una bifurcación en el camino. No sabía que camino tomar. Vio al sonriente gato de Cheshire en el árbol y le preguntó: “¿Que camino debería tomar?” El gato respondió: “¿A dónde vas?” Alicia respondió: “No lo se”. “Entonces,” respondió el gato de Cheshire, “No importa.”

Consideremos el dilema de Alicia. En realidad, ella tenía cuatro opciones donde escoger. Podría haber tomado el lado izquierdo de la bifurcación o el derecho. Podría haber escogido también regresar por el camino que había venido. O podría haber estado de pie fija en el lugar de indecisión hasta morir allí. Para dar un paso en cualquier dirección, ella necesitaría alguna motivación o inclinación para hacerlo. Sin alguna motivación o inclinación previa, la única opción sería permanecer allí y perecer.

Otra famosa ilustración del mismo problema se encuentra en la historia de la mula de voluntad neutral. La mula no tenía deseos previos, o deseos iguales en dos direcciones. Su propietario puso una cesta de avena a su izquierda y una cesta de trigo a su derecha. Si la mula no tenía deseo alguno por la avena o por el trigo, no escogería ninguno de los dos y moriría de inanición. Si tenía exactamente la misma disposición hacia la avena que hacia el trigo, aún moriría de inanición. Su igualada disposición la dejaría paralizada. No habría motivo alguno. Sin motivo, no habría elección. Sin elección, no habría alimento. Sin alimento, pronto no habría mula.

Debemos rechazar la teoría de la voluntad neutral no sólo por ser irracional, sino porque, como veremos, es radicalmente antibíblica. Los pensadores cristianos nos han dado dos importantísimas definiciones del libre albedrío. Consideraremos primero la definición ofrecida por Jonathan Edwards en su obra clásica On the Freedom of the Will (Sobre la Libertad de la Voluntad).

Edwards definía la voluntad como “la mente escogiendo”. Antes de poder hacer elecciones morales, debemos tener primero alguna idea de que es lo que estamos escogiendo. Nuestra selección se basa entonces sobre lo que la mente aprueba o rechaza. Nuestro entendimiento de los valores juega un papel crucial en nuestras decisiones. Mis inclinaciones y motivos, al igual que mis elecciones en sí, están moldeados por mi mente. Además, si la mente no está implicada, entonces se hace la elección por ninguna razón y sin razón alguna. Es, pues, un acto arbitrario y moralmente absurdo. El instinto y la elección son dos cosas diferentes.

Una segunda definición del libre albedrío es “la capacidad de escoger lo que queremos”. Esto se apoya en el importante fundamento del deseo humano. Tener libre albedrío es ser capaz de escoger conforme a nuestros deseos. Aquí el deseo juega un papel vital en cuanto a proveer una motivación o una razón para hacer una elección.

Ahora viene la parte engañosa. Según Edwards, un ser humano no sólo es libre para escoger lo que desee, sino que debe escoger lo que desee, para ser capaz de escoger en absoluto. Lo que yo llamo ley de la elección de Edwards es esto: “La voluntad siempre escoge según su más fuerte inclinación en el momento.” Esto significa que toda elección es libre y toda elección está determinada.

Dije que esto era confuso. Parece una flagrante contradicción decir que toda elección es libre y, sin embargo, que al mismo tiempo esté determinada. Pero “determinada” aquí no significa que algún agente externo fuerce la voluntad. Por el contrario, se refiere a nuestra motivación o deseo interno. En resumen, la ley es esta: nuestras elecciones están determinadas por nuestros deseos. Continúan siendo nuestras elecciones porque están motivadas por nuestros propios deseos. Esto es lo que llamamos autodeterminación, que es la esencia de la libertad.

Piensa por un momento en tus propias elecciones. ¿Cómo y por qué las haces? En este mismo instante estas leyendo las páginas este libro. ¿Por qué? ¿Tomaste este libro porque tenías interés en el tema de la predestinación, deseos de aprender más acerca del tema? Quizá si. Puede ser que este libro se te haya dado a leer como una tarea. Quizá estás pensando: “No tengo deseos de leer en absoluto. Tengo que leerlo, y lo estoy haciendo de mala gana para satisfacer los deseos de otra persona. En igualdad de circunstancias, nunca escogería leer este libro.”

Pero las circunstancias no son todas iguales, ¿verdad? Si leyendo esto por algún tipo de deber o para cumplir una petición tienes que tomar una decisión acerca de cumplir la petición o no cumplirla. Es obvio que decidiste que te resultaba mejor o deseable leer esto que dejarlo sin leer. De esto puedo estar seguro, pues de lo contrario no estarías leyéndolo ahora mismo.

Toda decisión que tomas, la tomas por una razón. La próxima vez que vayas a un lugar público y escojas un asiento (en un teatro, clase, iglesia), pregúntate por qué estás sentado donde lo estás. Quizá sea el único asiento disponible, y prefieres sentarte en lugar de estar pie. Quizá descubras que surge un modelo casi inconsciente en cuanto a tus decisiones en cuanto a sentarte. Quizá descubras que, siempre que te es posible, te sientas hacia el frente de la sala o hacia el final. ¿Por qué? Quizá tenga que ver algo con tu vista. Quizá seas tímido o gregario. Puede que pienses que te sientas donde te sientas por ninguna razón, pero el asiento que escojas, lo escogerás siempre por la inclinación más fuerte que tengas en el momento de la decisión. Esa inclinación puede ser meramente que el asiento más cercano está libre y no te gusta andar largas distancias para encontrar lugar donde sentarte.

Tomar decisiones es un asunto complejo debido a que las opciones que afrontamos son con frecuencia muchas y variadas. Añadamos a eso que somos criaturas con muchos y variados deseos. Tenemos motivaciones diferentes y, a menudo, conflictivas.

Considera el asunto de los helados, ¡Oh, qué problema tengo con los helados! Me gustan los helados. Si es posible ser adicto a los helados, entonces debo ser clasificado como un “heladoadicto”. Peso al menos siete kilos de más, y estoy seguro de que al menos diez de los kilos que pesa mi cuerpo, están ahí debido a los helados. Los helados prueban en mí los adagios: “Un segundo saboreando, vida lamentando”, y: “Los que mucho comen peso ponen.” Debido a los helados tengo que comprar las camisas holgadas.

Ahora bien, en igualdad de circunstancias, me gustaría tener un cuerpo delgado y esbelto. No me gusta que me queden estrechos los trajes y que las viejecitas me den palmaditas en el estómago. Dar palmaditas en el estómago parece una tentación irresistible para algunas personas. Se que debo librarme de esos kilos de más. Tengo que dejar de comer helados. Así pues, me pongo a dieta. Me pongo a dieta porque quiero ponerme a dieta. Quiero perder peso. Deseo mejorar mi apariencia. Todo va bien hasta que alguien me invita a ir a Swenson’s. Swenson’s hace los mejores super-helados del mundo. Sé que no debería ir a Swenson’s. Pero me gusta ir a Swenson’s. Cuando llega el momento de la decisión, enfrentado con deseos conflictivos, resulta que tengo deseos de estar delgado y al mismo tiempo de tomar helados. Cualquiera de los deseos que sea más fuerte al tiempo de la decisión es el deseo que escogeré. Es así de sencillo.

Consideremos ahora a mi esposa. Al prepararnos para celebrar nuestras bodas de plata, me doy cuenta de que ella tiene exactamente el mismo peso que tenía el día que nos casamos. Su vestido de novia aún le queda perfectamente. No tiene grandes problemas con los helados. La mayoría de las heladerías sólo disponen de helados de vainilla, chocolate y fresas. Cualquiera de estos sabores hace que se me vuelva la boca agua, pero no suponen tentación alguna para mi esposa. ¡Ah! Pero ahí está Baskin Robbins. Ahí tienen nueces confitadas y helados de nata. Cuando vamos de paseo y pasamos por Baskin Robbins, a mi mujer le ocurre una extraña transformación. Aminora el paso, las manos se le vuelven pegajosas y casi puedo detectar el comienzo de la salivación. (Digo salivación, no salvación.) Ella experimenta ahora el conflicto de deseos que me asaltan a mí diariamente.

Siempre escogemos según nuestras inclinaciones más fuertes en el momento. Aun los actos externos de represión no pueden quitarnos totalmente la libertad. La represión implica actuar con algún tipo de fuerza, imponiendo elecciones a las personas que, por su propia cuenta, no harían. Ciertamente, no siento deseo alguno de pagar el tipo de impuestos que el gobierno me hace pagar. Puedo rehusar pagarlos, pero las consecuencias son menos deseables que el cumplir. Amenazándome con la cárcel, el gobierno puede imponerme su voluntad para que pague los impuestos.

O consideremos el caso de un robo a mano armada. Un hombre armado se me acerca y dice: “La bolsa o la vida.” Con esto ha reducido mis opciones simplemente a dos. En igualdad de circunstancias, no tendría ningún deseo de donarle un céntimo. Existen instituciones benéficas mucho más dignas que él. Pero de repente, mis deseos han cambiado como resultado de la presión externa que ha ejercido sobre mí. Está utilizando la fuerza para provocar dentro de mi, impulsos forzados. Ahora debo escoger entre el deseo de vivir y mi deseo de darle mi dinero. Lo mejor sería darle el dinero, porque si me mata, se llevaría mi dinero en cualquier caso. Algunos rehusarían, diciendo: “Prefiero morir antes que escoger entregar mi dinero a este hombre armado. Tendrá que tomarlo de mi cadáver.”

En cualquier caso, se hace una elección. Y se hace según la inclinación más fuerte en ese momento. Piensa, si puedes, en alguna elección que hayas hecho jamás, que no fuese según la inclinación más fuerte que tuvieras en el momento de la decisión. ¿Qué del pecado? Todo cristiano tiene algún deseo en su corazón de obedecer a Cristo. Amamos a Cristo y queremos agradarle. Sin embargo, todo cristiano peca. La cruda verdad es que en el momento de nuestro pecado deseamos el pecado más fuertemente de lo que deseamos obedecer a Cristo. Si siempre deseáramos obedecer a Cristo más que lo que deseamos pecar, nunca pecaríamos.

¿No enseña una cosa diferente el apóstol Pablo? ¿No nos relata una situación en la que el actúa contra sus deseos? Dice en Romanos: No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, ¡eso hago! (Rom. 7:19). Aquí parece como si, bajo la inspiración de Dios el Espíritu Santo, Pablo esté enseñando claramente que hay ocasiones en las que actúa contra su más fuerte inclinación.

Es extremadamente improbable que el apóstol nos esté dando aquí una revelación acerca de la actuación técnica de la voluntad. Por el contrario, está afirmando claramente lo que todos nosotros hemos experimentado. Todos tenemos deseos de huir del pecado. El síndrome de “en igualdad de circunstancias” está aquí en perspectiva. En igualdad de circunstancias, desearía ser perfecto. Querría librarme del pecado, exactamente como me gustaría librarme de mi exceso de peso. Pero mis deseos no permanecen constantes. Fluctúan. Cuando tengo el estómago lleno, es fácil seguir una dieta. Mas cuando lo tengo vacío, mi nivel de deseos cambia. Las tentaciones surgen con el cambio de mis deseos y apetitos. Entonces hago cosas que en circunstancias normales, no querría hacer.

Pablo nos expone el conflicto tan real de los deseos humanos, deseos que resultan en malas elecciones. El cristiano vive en un campo de batalla de deseos conflictivos. El crecimiento cristiano implica el fortalecimiento de los deseos de agradar a Cristo acompañado del debilitamiento de los deseos de pecar. Pablo lo llamaba la lucha entre la carne y el Espíritu.

Decir que siempre escogemos según nuestra inclinación más fuerte en el momento es decir que siempre escogemos lo que queremos. En el momento mismo de la elección, estamos libres y autodeterminados. Estar autodeterminado no es lo mismo que determinismo. El determinismo significa que estamos forzados o presionados a hacer cosas por fuerzas externas. Las fuerzas externas pueden, como hemos visto, limitar severamente nuestras opciones, pero no pueden destruir la elección completamente. No pueden imponer deleite en cosas que odiamos. Cuando eso ocurre, cuando el odio se vuelve un placer, es cuestión de persuasión, no de presión. No puedo ser forzado a hacer aquello que ya me produce placer realizar.

La idea neutral del libre albedrío es imposible. Implica elección sin deseo. Es como tener un efecto sin una causa. Es algo que procede de nada, lo cual es irracional. La Biblia deja claro que escogemos por causa de nuestros deseos. Un deseo inicuo produce elecciones inicuas y acciones inicuas. Un deseo piadoso produce hechos piadosos. Jesús habló en términos de árboles malos produciendo frutos malos. Una higuera no produce manzanas, y un manzano no produce higos. Así también, los deseos rectos producen elecciones rectas, y los malos deseos producen elecciones de ese tipo.

Capacidad moral y natural

Jonathan Edwards hizo otra distinción que sirve para entender el concepto bíblico del libre albedrío. El distinguía entre capacidad natural y capacidad moral. La capacidad natural tiene que ver con los poderes que recibimos como seres humanos en naturaleza. Como ser humano, tengo la capacidad natural de pensar, andar, hablar, ver, oír y sobre todo, de hacer elecciones. Yo carezco de ciertas capacidades naturales. Otras criaturas pueden poseer la capacidad de volar sin la ayuda de máquinas. Yo no tengo esa capacidad natural. Podría desear elevarme en el aire como Superman, pero no tengo esa capacidad. La razón por la que no puedo volar no es debido a una deficiencia moral en mi carácter, sino por que mi Creador no me ha dado el equipo natural necesario para volar. No tengo alas. La voluntad es una capacidad natural que nos ha sido dada por Dios. Tenemos todas las facultades naturales necesarias para hacer elecciones. Tenemos una mente y tenemos una voluntad. Tenemos la capacidad natural de escoger lo que deseamos. ¿Cuál es, pues nuestro problema? Según la Biblia, la localización de nuestro problema está clara. Está en la naturaleza de nuestros deseos. Este es el punto central de nuestra condición caída. La Escritura declara que el corazón del hombre caído abriga continuamente deseos que son solamente inicuos (Gén. 6:5).

La Biblia tiene mucho que decir acerca del corazón del hombre. En la Escritura, el corazón se refiere no tanto a un órgano que bombea la sangre a través del cuerpo, como al centro del alma, el asiento más profundo de los afectos humanos. Jesús vio una estrecha relación entre la ubicación de los tesoros del hombre y los deseos de su corazón. Encuentra el mapa del tesoro de un hombre, y tendrás el camino a su corazón.

Edwards declaraba que el problema del hombre con respecto al pecado reside en su capacidad moral, o carencia de la misma. Antes que una persona pueda hacer una elección que sea agradable a Dios, debe tener primero el deseo de agradar a Dios. Antes que podamos encontrar a Dios, debemos tener primero el deseo de buscarle. Antes que podamos escoger el bien, debemos tener primero un deseo hacia el bien. Antes que podamos escoger a Cristo, debemos tener un deseo hacia Cristo. La esencia de todo el debate sobre la predestinación consiste plenamente en este punto: ¿Tiene el hombre caído, en y por sí mismo, un deseo natural por Cristo?

Edwards responde a esta pregunta con un enfático “¡No!”. Insiste que en la Caída, el hombre perdió su deseo original hacia Dios. Cuando perdió ese deseo, algo ocurrió con su libertad. Perdió capacidad moral de escoger a Cristo. Para escoger a Cristo, el pecador debe tener primero un deseo de escoger a Cristo. O tiene ya ese deseo dentro de sí, o debe recibir ese deseo de Dios. Edwards y todos los que abrazan la idea reformada de la predestinación están de acuerdo en que, si Dios no planta ese deseo en el corazón humano, nadie por sí mismo escogerá jamás a Cristo. Los seres humanos rechazarán el Evangelio siempre y en todo lugar precisamente por que no le desean.

Rechazarán a Cristo siempre y en todo lugar, por que no desean a Cristo. Rechazarán libremente a Cristo en sentido de que actuarán conforme a sus deseos. En este momento no estoy tratando de probar la verdad de la idea de Edwards. Hacer eso requiere una observación detenida del punto de vista bíblico de la capacidad o incapacidad moral del hombre. Haremos esto posteriormente. Debemos también responder la pregunta: “Si el hombre carece de capacidad moral para escoger a Cristo, ¿cómo puede Dios jamás hacerle responsable de escoger a Cristo?” Si el hombre nace en un estado de incapacidad moral sin deseo alguno por Cristo, ¿no tiene entonces Dios la culpa, de que los hombres no escojan a Cristo? Una vez más ruego al lector que tenga paciencia, con la promesa de que consideraré pronto estas importantes cuestiones.

La idea de San Agustín acerca de la libertad

Edwards hizo una distinción crucial entre la capacidad natural y la capacidad moral, así también Agustín antes que él hizo una distinción similar. Agustín encaró el problema diciendo que el hombre caído tiene libre albedrío, pero carece de libertad. A primera vista, parece una extraña distinción. ¿Cómo puede alguien tener libre albedrío y sin embargo, no tener libertad?

Agustín estaba yendo a parar a lo mismo que Edwards. El hombre caído no ha perdido su capacidad para hacer elecciones. El pecador es capaz aún de escoger lo que quiere; puede actuar aun según sus deseos. Sin embargo, debido a que estos son corruptos, no tiene la capacidad real de los que son liberados para justicia. El hombre caído se halla en un grave estado de esclavitud moral. Ese estado de esclavitud se llama pecado original.

El pecado original es un tema muy difícil que prácticamente toda denominación cristiana ha tenido que afrontar. La Caída del hombre se enseña tan claramente en la Escritura que no podemos construir una idea del hombre sin tomarla en consideración. Hay pocos cristianos, si es que los hay, que argumenten que el hombre no está caído. Sin reconocer que estamos caídos, no podemos reconocer que somos pecadores. Si no reconocemos que somos pecadores, difícilmente podremos acudir a Cristo como nuestro Salvador. Admitir nuestra condición caída es un requisito previo para ir a Cristo.

Es posible admitir que estamos caídos sin abrazar alguna doctrina del pecado original, pero sólo con severas dificultades en el proceso. No es por accidente que casi todos los cristianos han formulado alguna doctrina del pecado original. En este punto hay multitud de cristianos que están en desacuerdo. Estamos de acuerdo en que debemos tener una doctrina del pecado original, pero aún hay mucho desacuerdo en cuanto al concepto del pecado original y su extensión.

Comencemos afirmando lo que no es el pecado original. El pecado original no es el primer pecado. El pecado original no se refiere especificamente al pecado de Adán y Eva. El pecado original se refiere al resultado del pecado de Adán y Eva. El pecado original es el castigo dado por Dios al primer pecado. Es más o menos lo siguiente: Adán y Eva pecaron: ese es el primer pecado. Como resultado de su pecado, la humanidad se hundió en la ruina moral. La naturaleza humana sufrió una caída moral. Las cosas cambiaron para nosotros después de cometerse el primer pecado. La humanidad se volvió corrupta. Esta corrupción subsiguiente es lo que la Iglesia llama el pecado original

El pecado original no es un acto pecaminoso especifico. Es una condición de pecado. El pecado original se refiere a una naturaleza de pecado, de la cual fluyen actos pecaminosos en particular. Es decir, cometemos pecados porque está en nuestra naturaleza. El pecar no estaba en la naturaleza original del hombre, pero tras la caída, su naturaleza moral cambió. Ahora, debido al pecado original tenemos una naturaleza caída y corrupta. El hombre caído, como declara la Biblia, nace en pecado, “bajo” el pecado. Por naturaleza somos hijos de ira. No nacemos en un estado de inocencia.

John Gerstner fue invitado una vez a predicar en una iglesia local presbiteriana. Fue saludado en la puerta por los ancianos de la iglesia, quienes explicaron que el orden de culto para el día incluía la administración del sacramento del bautismo infantil. El doctor Gerstner accedió a realizar el culto. Entonces uno de los ancianos le explicó una tradición especial de la iglesia. Pidió al Dr. Gerstner que presentara una rosa blanca a cada uno de los padres del niño antes del bautismo. El Dr. Gerstner inquirió acerca del significado rosa blanca. El anciano respondió: “Presentamos la rosa blanca como símbolo de la inocencia del niño delante de Dios.” “Ya veo,” respondió el Dr. Gerstner. “¿Y que simboliza el agua?”

Imagínate la consternación del anciano cuando trató de explicar el propósito simbólico de lavar el pecado de bebés inocentes. La confusión de esta congregación no es única. Cuando reconocemos que los infantes no son culpables de cometer actos específicos de pecado deliberado, es fácil precipitarse a la conclusión de que, por tanto, son inocentes. Este es un gran salto teológico hacia un montón de espadas. Aunque el infante es inocente de actos específicos de pecado deliberado, aún es culpable del pecado original.

Para entender la doctrina reformada de la predestinación, es absolutamente necesario entender la doctrina reformada del pecado original. Los dos asuntos están en pie o caen juntos (no pretendo hacer un juego de palabras). La perspectiva reformada sigue el pensamiento de Agustín. Agustín explica el estado de Adán antes de la Caída y el estado de la humanidad tras la Caída. Antes de la Caída, Adán gozaba de dos posibilidades: tenía la capacidad de pecar, y la capacidad de no pecar. Después de la Caída, Adán tenía la capacidad de pecar y la incapacidad de no pecar. La idea de la “incapacidad de no” puede resultar un poco confusa, porque es una doble negación. La fórmula latina de Agustín era non posse non peccare. Expresado de otra manera, significa que tras la Caída, el hombre era moralmente incapaz de vivir sin pecado. La capacidad de vivir sin pecado se perdió en la Caída. Esta incapacidad moral es la esencia de lo que llamamos pecado original.

Cuando nacemos de nuevo, se alivia nuestra esclavitud al pecado. Después de ser vivificados en Cristo, tenemos una vez más la capacidad de pecar y la capacidad de no pecar. En el cielo tendremos la incapacidad de pecar. Observemos esto con un diagrama:

El hombre antes de la caída

El hombre tras la caída

capaz de pecar

capaz de pecar

capaz de no pecar

incapaz de no pecar

El hombre nacido de nuevo

El hombre glorificado

capaz de pecar

capaz de no pecar

capaz de no pecar

incapaz de pecar

El diagrama muestra que el hombre antes de la Caída, tras la caída, y después de nacer de nuevo es capaz de pecar. Antes de la Caída es capaz de no pecar. Esta capacidad, la capacidad de no pecar, está perdida en la Caída. Se restaura cuando una persona nace de nuevo y continúa en el cielo. En la creación, el hombre no sufría una incapacidad moral. La incapacidad moral es un resultado de la Caída. Para expresarlo de otra manera: antes de la Caída el hombre era capaz de refrenarse de pecar; después de la caída el hombre ya no era capaz de refrenarse de pecar. Eso es lo que llamamos el pecado original. Esta incapacidad moral o esclavitud moral es vencida por el nuevo nacimiento espiritual.

El nuevo nacimiento nos libera del pecado original. Antes del nuevo nacimiento, aún tenemos una voluntad libre, pero no tenemos esta liberación del poder del pecado, lo que Agustín llamaba “libertad”. La persona que nace de nuevo puede aún pecar. La capacidad de pecar no es eliminada hasta que seamos glorificados en el cielo. Tenemos la capacidad de pecar, pero ya no estamos bajo la esclavitud del pecado original. Hemos sido liberados. Esto por supuesto, no significa que ahora vivamos vidas perfectas. Aún pecamos. Pero nunca podemos decir que pecamos debido a que eso es lo único que nuestras naturalezas caídas tienen la capacidad hacer.

La enseñanza de Jesús acerca de la capacidad moral

Hemos bosquejado brevemente las ideas de Jonathan Edwards y San Agustín acerca del tema de la incapacidad moral. Pienso que son útiles, y también estoy persuadido que son correctas. Sin embargo, a pesar de su autoridad como grandes teólogos, ninguno de ellos puede demandar de nosotros una sumisión absoluta a su enseñanza. Ambos son falibles. Para el cristiano, la enseñanza de Jesús es otro asunto. Para nosotros, y para cualquier otro también, si Jesús es ciertamente el Hijo de Dios, la enseñanza de Jesús debe ligar nuestras conciencias. Su enseñanza acerca de la cuestión de la capacidad moral del hombre es definitiva.

Una de las enseñanzas más importantes de Jesús acerca de este asunto se encuentra en el evangelio de Juan. “Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mi, si no le fuere dado del padre” (Juan 6:65).

Observemos atentamente este versículo. El primer elemento de esta enseñanza es una negación universal. La palabra “ninguno” incluye a todos. No permite excepción alguna aparte de las excepciones que añade Jesús. La siguiente palabra es crucial. Es la palabra puede. Esto tiene que ver con capacidad terminal, no pidiendo permiso. En este pasaje Jesús no está diciendo, “A nadie se le permite venir a mí …” Mas bien está diciendo, “Ninguno es capaz de venir a mi.” La siguiente palabra en el pasaje es también vital. Si no se refiere a lo que llamamos una condición necesaria. Una condición necesaria se refiere a algo que debe ocurrir antes que pueda ocurrir otra cosa. El significado de las palabras de Jesús es claro. No es posible que un ser humano venga a Cristo si no ocurre algo que haga posible que venga.

Esa condición necesaria Jesús declara ser: “le fuere dado del Padre”. Jesús está diciendo aquí que la capacidad para ir a El es un don de Dios. El hombre no tiene la a capacidad, en y por sí mismo, de ir a Cristo. Dios debe hacer algo antes. El pasaje enseña esto al menos: no esta dentro de la capacidad natural del hombre caído el ir a Cristo por si mismo, sin alguna clase de asistencia divina. Hasta aquí, al menos, Edwards y Agustín están totalmente de acuerdo con la enseñanza de nuestro Señor. La cuestión que permanece aún es esta: ¿Da Dios la capacidad de ir a Jesús a todos los hombres? La doctrina reformada de la predestinación dice que no. Algunas otras ideas acerca de la predestinación dicen que sí. Pero una cosa es cierta: el hombre no puede hacerlo por sus propias fuerzas sin alguna clase de ayuda por parte de Dios. ¿Que clase de ayuda se requiere? ¿Hasta dónde debe ir Dios para vencer nuestra incapacidad natural para ir a Cristo? Encontramos una pista en otro lugar del mismo capítulo seis del Evangelio de Juan.

En efecto, hay otras dos afirmaciones hechas por Jesús que hacen referencia directamente a esta cuestión. Un poco antes en el mismo capítulo, Jesús hace una afirmación similar. Dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44). La palabra clave aquí es trajere. ¿Qué significa que el Padre traiga a las personas a Cristo? He oído a menudo explicar este texto diciendo que el Padre ha de persuadir o seducir a los hombres para llevarlos a Cristo: a menos que esta persuasión tenga lugar, nadie irá a Cristo. Sin embargo, el hombre tiene la capacidad de resistir y rehusarse. La persuasión, si bien es necesario, no es compulsiva. En el lenguaje filosófico, esto significaría que la atracción de Dios es una condición necesaria, pero no una condición suficiente para llevar a los hombres a Cristo. En lenguaje más sencillo, significa que no podemos ir a Cristo sin ser llamados, pero tal no garantiza que en realidad vayamos a Cristo.

Estoy persuadido de que la explicación anterior que está tan extendida, es incorrecta. Hace violencia al texto de la Escritura, particularmente al significado bíblico de la palabra traer. La palabra griega que se utiliza es “ελκο”. El Theological Dicctionary of the New Testament de Kittel, la define diciendo que significa compeler mediante superioridad irresistible. Lingüística y lexicográficamente, la palabra significa “compeler”.

Compeler es un concepto mucho más fuerte que persuadir. Para ver esto más claramente, observemos por un momento otros dos pasajes en el Nuevo Testamento donde se utiliza la misma palabra griega. En Santiago 2:6 leemos: “Pero vosotros habéis afrentado pobre. ¿No os oprimen los ricos y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales?” Adivina que palabra en este pasaje es la misma palabra griega que en otro lugar se traduce por la palabra española traer. Es la palabra arrastran. Reemplacemos ahora palabra persuadir en el texto. Entonces se leería de la siguiente manera: “¿No os oprimen los ricos y no son ellos mismos que os persuaden a los tribunales?”

La misma palabra ocurre en Hechos 16:19. “Viendo sus amos que había desaparecido la esperanza de su ganancia prendieron a Pablo y a Silas, y los arrastraron hasta la plaza pública, ante las autoridades” (RVR 77). Una vez más, intenta sustituir la palabra persuadir por la palabra arrastrar. Pablo y Silas no fueron arrestados y luego persuadidos para que fuesen a la plaza. En cierta ocasión se me pidió debatir la doctrina de predestinación en un foro público en un seminario arminiano. Mi oponente era el titular del departamento de Nuevo Testamento del seminario. En un punto crucial en el debate fijamos nuestra atención en el pasaje acerca del Padre trayendo a la gente. Mi oponente fue el que sacó a colación el pasaje como texto de prueba para apoyar su pretensión de que Dios nunca fuerza o compele a nadie a ir a Cristo. Insistía que la influencia divina sobre el hombre caído estaba restringida a traerle, lo cual interpretaba como queriendo decir persuadir.

En ese punto del debate le remití rápidamente a Kittel y a los otros pasajes en el Nuevo Testamento que traducen la palabra arrastrar. Estaba seguro de haberle puesto en un aprieto. Estaba seguro de que se había metido en una dificultad insoluble para su propia posición. Pero me sorprendió. Me tomó completamente descuidado. Nunca olvidaré aquel momento angustioso cuando citó una referencia de un oscuro poeta griego en el cual se utilizaba la misma palabra griega para describir la acción de sacar agua de un pozo. Me miró y dijo: “Bueno, profesor Sproul, ¿Arrastra uno agua de un pozo?” Instantáneamente, la audiencia soltó una carcajada ante esta sorprendente revelación del significado alternativo de la palabra griega. Me quedé parado con cara de tonto. Cuando cesaron las carcajadas respondí: “No, señor. Debo admitir que no arrastramos agua de un pozo. Pero, ¿Cómo sacamos el agua de un pozo? ¿La persuadimos? ¿Nos ponemos de pie encima del pozo y gritamos: ‘Vente, agua, agua, agua’?”. Es tan necesario que Dios venga a nuestros corazones para volvernos a Cristo como lo es para nosotros poner el cubo en el agua y sacarlo si queremos beber algo. El agua, simplemente, no viene por sí misma, respondiendo a una mera invitación externa.

Cruciales como son estos pasajes del Evangelio de Juan, no sobrepasan en importancia otra enseñanza de Jesús en el mismo Evangelio con respecto a la incapacidad moral del hombre. Estoy pensando en la famosa conversación que Jesús tuvo con Nicodemo en Juan tres. El dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Dos versículos después, Jesús repite la enseñanza: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.”

Nos encontramos aquí con la frase clave el que no. Jesús está expresando enfáticamente una condición previa necesaria para la capacidad de cualquier ser humano de ver el reino de Dios y entrar en él. Esa enfática condición previa es el nuevo nacimiento espiritual. La doctrina reformada de la predestinación enseña que antes que una persona pueda escoger a Cristo, su corazón debe ser transformado. Debe nacer de nuevo. Las ideas no reformadas dicen que las personas caídas escogen primero a Cristo y luego nacen nuevo. Aquí encontramos personas no regeneradas viendo el reino de Dios y entrando en él.

Mas bien, en el momento en que una persona recibe a Cristo está en el reino. No se trata de creer primero, luego nacer de nuevo y después ser introducido en el reino. ¿Cómo puede alguien escoger un reino que no puede ver? ¿Cómo puede alguien entrar en el reino sin nacer de nuevo primero? Jesús estaba indicando la necesidad que tenía Nicodemo de nacer del Espíritu. El estaba aún en la carne. La carne sólo produce carne. La carne, dijo Jesús, para nada aprovecha. Como argüía Lutero: “Eso no significa un poco de algo.” Las ideas no reformadas dicen que las personas responden a Cristo sin haber nacido de nuevo. Están aún en la carne. Para las ideas no reformadas, la carne no sólo aprovecha para algo, aprovecha para lo más importante que una persona puede jamás obtener: la entrada en el reino creyendo en Cristo. Si una persona que está aún en la carne, que aún no ha nacido de nuevo por el poder del Espíritu Santo, puede inclinarse o disponerse hacia Cristo, ¿qué bien reporta el nuevo nacimiento? Este es el defecto fatal de las ideas no reformadas. No toman en serio la incapacidad moral del hombre, la impotencia moral de la carne.

Un punto cardinal de la teología reformada es la máxima: “La regeneración precede a la fe.” Nuestra naturaleza está tan corrompida, el poder del pecado es tan grande, que a menos que Dios haga una obra sobrenatural en nuestras almas, nunca escogeremos a Cristo. No creemos con objeto de nacer de nuevo; nacemos de nuevo con el objeto de poder creer.

Es irónico que en el mismo capítulo, ciertamente en el mismo contexto, en el cual nuestro Señor enseña la absoluta necesidad del nuevo nacimiento para ver siquiera el reino, no digamos para escogerlo, las ideas no reformadas encuentran uno de sus principales textos de prueba para argumentar que el hombre caído retiene una pequeña isla de capacidad para escoger a Cristo. Es Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

¿Qué enseña este famoso versículo acerca de la capacidad del hombre caído para escoger a Cristo? La respuesta, simplemente, es nada. El argumento utilizado por los no reformados es que el texto enseña que toda persona en el mundo tiene capacidad para aceptar o rechazar a Cristo. Una cuidadosa observación del texto revela, sin embargo, que nada enseña al respecto. Lo que el texto enseña es que todo aquel que cree en Cristo está salvo. El que haga A) crea, recibirá B) vida eterna. El texto nada dice, absolutamente nada acerca de quienes creerán jamás. Nada dice acerca de la capacidad natural y moral del hombre caído. Los reformados y los no reformados están ambos sinceramente de acuerdo en que todos los que creen serán salvos. Están sinceramente en desacuerdo acerca de quien tiene la capacidad de creer.

Algunos se pueden responder: “Bien. El texto no enseña explícitamente que los hombres caídos tengan la capacidad de escoger a Cristo sin haber nacido de nuevo primero, pero ciertamente lo implica.” No estoy dispuesto a conceder que el texto ni aún implique tal cosa. Sin embargo, aun en ese caso no haría ninguna diferencia en el debate. ¿Por que no? Nuestra regla para interpretar la Escritura es que las implicaciones sacadas de un pasaje deben subordinarse siempre a la enseñanza explícita de las Escrituras. Nunca jamas debemos trastocar esto para subordinar la enseñanza explícita de la Escritura a posibles implicaciones sacadas de la misma. Esta regla es compartida tanto por los pensadores reformados como por los no reformados.

Si Juan 3:16 implicara alguna capacidad humana universal y natural de los hombres caídos para escoger a Cristo, entonces esa implicación sería eliminada por la enseñanza explícita de Jesús en sentido contrario. Hemos mostrado ya que Jesús enseñó en forma explícita, que nadie tiene la capacidad de ir a El sin que Dios haga algo para darle esa capacidad, es decir, traerle.

El hombre caído es carne. En la carne, nada puede hacer para agradar a Dios. Pablo declara: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; por que no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:7–8).

Preguntamos pues, ¿Quiénes son los que viven ‘según la carne’? Pablo continúa declarando: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu”, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Rom. 8:9). La palabra crucial aquí es: . Lo que distingue a los que viven según la carne de los que no, es la morada del Espíritu Santo. Dios el Espíritu Santo no mora en nadie que no haya nacido de nuevo. Los que viven según la carne no han nacido de nuevo. A menos que nazcan de nuevo primero, nazcan del Espíritu Santo, no pueden someterse a la ley de Dios. No pueden agradar a Dios. Dios nos manda a creer en Cristo. El se agrada en aquellos que escogen a Cristo. Si los no regenerados pudieran escoger a Cristo, entonces podrían someterse al menos, a uno de los mandatos de Dios y podrían al menos, hacer algo que es agradable a Dios. Si eso es así, entonces el apóstol ha errado aquí al insistir que los que viven según la carne no pueden someterse a Dios ni agradarle.

Concluimos que el hombre caído es aún libre de escoger lo que desee, pero debido a que sus deseos son solamente inicuos, carece de la capacidad moral para ir a Cristo. Tanto en cuanto permanezca en la carne sin regenerar, nunca escogerá a Cristo. No puede escoger a Cristo precisamente porque no puede actuar contra su propia voluntad. No siente ningún deseo por Cristo. No puede escoger lo que no desea. Su caída es grande. Es tan grande que solo la gracia eficaz de Dios obrando en su corazón puede llevarle a la fe.

Resumen del capítulo 3

1. Al libre albedrío se le define como “la capacidad de hacer elecciones según nuestros deseos”.

2. El concepto de un “libre albedrío neutral”, una voluntad sin disposición o inclinación previa, es una idea falsa del libre albedrío. Es tanto irracional como antibíblica.

3. El verdadero libre albedrío implica una especie de autodeterminación, que difiere de la presión procedente de una fuerza externa.

4. Luchamos con las decisiones, en parte por que vivimos con deseos conflictivos y cambiantes.

5. El hombre caído tiene la capacidad natural de hacer decisiones, pero carece de la capacidad moral para hacer elecciones piadosas.

6. El hombre caído, como dijo San Agustín, tiene “libre albedrío, pero carece de “libertad”.

7. El pecado original no es el primer pecado, sino la condición pecaminosa que es el resultado del pecado de Adán y Eva.

8. El hombre caído es “incapaz de no pecar”.

9. Jesús enseñó que el hombre es incapaz de ir a El sin la intervención divina.

10. Antes que una persona pueda jamás escoger a Jesús, debe primero nacer de nuevo.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 36–54). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

2 – [9] La predestinación y la soberanía de Dios

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 2

La predestinación y la soberanía de Dios

En nuestro conflicto a lo largo de la doctrina de la predestinación, debemos comenzar con una clara comprensión de lo que significa la palabra. Aquí afrontamos dificultades inmediatamente. Nuestra definición está a menudo influida por nuestra doctrina. Podríamos esperar que si recurriéramos a una fuente neutral para nuestra definición—una fuente como el diccionario de Webster—evitaríamos tal prejuicio. No tenemos tal suerte. (O debiera decir, tal providencia.) Consideremos los siguientes artículos en el Webster’s New Collegiate Dictionary.

predestinado: destinado o determinado de antemano; preordenado a una suerte o destino terrenal o eterno por decreto divino.

predestinación: la doctrina de que Dios, consecuentemente con su presciencia de todos los eventos, guía infaliblemente a los que están destinados para salvación.

predestinar: destinar, decretar, determinar, designar o establecer de antemano.

No estoy seguro de cuánto podemos aprender de estas definiciones del diccionario, aparte de que Noah Webster debe de haber sido luterano. Lo que podemos deducir, sin embargo, es que la predestinación tiene algo que ver con relación a nuestro destino final, y que algo se hace acerca de ese destino por parte de alguien antes que lleguemos allí. El pre de predestinación se refiere al tiempo. Webster habla de “antemano”. Destino se refiere al lugar a donde vamos, como vemos en el uso normal de la palabra destino.

Cuando llamo a mi agente de viajes para reservar un vuelo, pronto surge la pregunta: “¿Cuál es su destino?” A veces, la pregunta se expresa de forma más simple: “¿A dónde va usted?” Nuestro destino es el lugar a donde vamos. En teología se refiere a uno de dos lugares: o bien vamos al cielo, o vamos al infierno. En cualquiera de los dos casos no podemos cancelar el viaje. Dios sólo nos da dos opciones finales. La una o la otra es nuestro destino final. Aun el catolicismo romano, que tiene otro lugar al otro lado del sepulcro, el purgatorio, considera éste como una parada intermedia a lo largo del viaje. Sus viajeros siguen la ruta local, mientras que los protestantes prefieren la ruta directa.

Lo que la predestinación significa, en su forma más elemental, es que nuestro destino final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios no sólo antes de llegar allí, sino aún antes de que nazcamos. Nos enseña que nuestro destino final está en las manos de Dios. Otra forma de decirlo es ésta: Desde toda la eternidad, antes de que viviésemos, Dios decidió salvar a algunos miembros de la raza humana y dejar que el resto pereciera. Dios hizo una elección: escogió algunos individuos para ser salvados y gozar de eterna bienaventuranza en el cielo, y al otro lado escogió pasar por alto a otros, dejándoles seguir las consecuencias de sus pecados en el tormento eterno del infierno.

Esta es una afirmación dura, cualquiera que sea la forma en que la enfoquemos. Nos preguntamos: “¿Tienen algo que ver nuestras vidas individuales con la decisión de Dios? Aun cuando Dios haga su elección antes de que nazcamos, El conoce aún todo acerca de nuestras vidas antes que las vivamos. ¿Toma El en consideración ese conocimiento previo de nosotros cuando toma su decisión?” La forma en que respondamos a esa última pregunta determinará si nuestra idea de la predestinación es reformada o no. Recordemos que anteriormente afirmamos que prácticamente todas las iglesias tienen alguna doctrina de la predestinación. La mayoría de las iglesias están de acuerdo en que la decisión de Dios es tomada antes que nazcamos. La cuestión radica en la pregunta: “¿Sobre qué base toma Dios esa decisión?”

Antes de comenzar a responder eso, debemos aclarar un punto más. Frecuentemente, la gente piensa acerca de la predestinación con respecto a cuestiones cotidianas acerca de accidentes de tráfico y cosas parecidas. Se preguntan si Dios decretó que los yanquis ganaran el campeonato mundial o si el árbol cayó sobre su coche por una ordenanza divina. Aun las pólizas de seguros tienen cláusulas que se refieren a los “actos de Dios”. Cuestiones como estas se tratan normalmente en teología bajo el epígrafe de la Providencia. Nuestro estudio se fija en la predestinación en el sentido estricto, restringiéndola a la cuestión final de la salvación o condenación predestinadas, lo que llamamos elección y reprobación. Las otras cuestiones son interesantes e importantes, pero están fuera de los límites de este libro.

La soberanía de Dios

En la mayoría de las discusiones acerca de la predestinación, existe una gran preocupación acerca de proteger la dignidad y libertad del hombre. Debemos también observar la importancia crucial de la soberanía de Dios. Si bien Dios no es una criatura, es persona en sí misma, con una dignidad y libertad supremas. Somos conscientes de los intrincados problemas que rodean la relación entre la soberanía de Dios y la libertad humana. Debemos también ser conscientes de la estrecha relación entre la soberanía y la libertad de Dios. La libertad de un soberano es siempre mayor que la libertad de sus súbditos.

Cuando hablamos de la soberanía divina, estamos hablando acerca de la autoridad de Dios y el poder de Dios. Como soberano, Dios es la suprema autoridad del cielo y la Tierra. Toda otra autoridad es una autoridad inferior. Cualquier otra autoridad que exista en el universo se deriva y es dependiente de la autoridad de Dios. Todas las demás formas de autoridad existen bien por el mandato de Dios o bien con su permiso.

La palabra autoridad contiene dentro de sí la palabra autor. Dios es el autor de todas las cosas sobre las cuales tiene autoridad. El creó el universo. Es el propietario del universo. Dicha propiedad le da ciertos derechos. Puede hacer con su universo lo que agrade a su santa voluntad. Asimismo todo poder en el universo fluye del poder de Dios. Todo poder en este universo está subordinado a El. Aun satanás carece de poder sin el soberano permiso de Dios para actuar.

El cristianismo no es dualismo. No creemos en dos poderes iguales entablando una lucha eterna por la supremacía. Si satanás fuese igual a Dios, no tendríamos confianza ni esperanza alguna de que el bien triunfase sobre el mal. Estaríamos destinados a un eterno equilibrio entre dos fuerzas iguales y opuestas.

Satanás es una criatura. Sin duda es malvado, pero aun su maldad está sometida a la soberanía de Dios, como lo está nuestra propia maldad. La autoridad de Dios es final; su poder es omnipotente. El es el soberano.

Uno de mis deberes como profesor de seminario es enseñar la teología de la Confesión de Fe de Westminster. La confesión de Westminster ha sido el documento confesional central del presbiterianismo histórico. Expresa las doctrinas clásicas de la iglesia Presbiteriana.

En cierta ocasión, mientras enseñaba en este curso, anuncie a mi clase nocturna que la siguiente semana estudiaríamos la sección de la confesión que trata de la predestinación. Puesto que la clase nocturna estaba abierta al público, mis estudiantes se precipitaron a invitar a sus amigos a la interesante discusión. La siguiente semana la clase estaba abarrotada de estudiantes e invitados. Comencé la clase leyendo los primeros renglones del capitulo 3 de la Confesión de Westminster:

Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede.

Detuve la lectura en ese punto. Pregunté: “¿Hay alguien en esta clase que no crea las palabras que acabo de leer?” Se levantó una multitud de manos. Entonces pregunté: “¿Hay algunos ateos convencidos en la habitación?” Ninguna mano se levantó. Entonces dije algo ofensivo: “Todos los que levantaron la mano a la primera pregunta deberían haber levantado la mano a la segunda pregunta.”

Mi afirmación fue recibida por un coro de murmullos y protestas. ¿Cómo podía yo acusar a alguien de ateísmo por no creer que Dios preordena todo lo que sucede? Los que protestaron contra estas palabras no estaban negando la existencia de Dios. No estaban protestando contra el cristianismo. Estaban protestando contra el calvinismo.

Traté de explicar a la clase que la idea de que Dios preordena todo lo que sucede no es una idea peculiar al calvinismo. No es ni siquiera peculiar al cristianismo. Es simplemente un principio del teísmo, un principio necesario del teísmo.

Que Dios en algún sentido, preordena todo lo que sucede es un resultado necesario de su soberanía. En sí mismo no arguye a favor del calvinismo. Solamente declara que Dios es absolutamente soberano sobre su creación. Dios puede preordenar las cosas de diferentes maneras. Pero todo lo que sucede debe, al menos, suceder con su permiso. Si El permite algo, entonces debe decidir permitirlo. Si decide permitir algo, entonces en un sentido lo está preordenando. ¿Quién, entre los cristianos, argumentaría que Dios no podrá impedir que ocurriese algo en este mundo? Si Dios así lo desea, tiene poder para parar el mundo entero.

Decir que Dios preordena todo lo que sucede es decir simplemente que Dios es soberano sobre toda su creación. Si algo pudiera suceder aparte de su permiso soberano, entonces lo que sucediese frustraría su soberanía. Si Dios rehusara permitir que algo sucediera y sucediese a pesar de todo, entonces cualquiera que fuese lo que lo hizo suceder, tendría más autoridad y poder que Dios mismo. Si hay alguna parte de la creación fuera de la soberanía de Dios, entonces Dios simplemente no es soberano. Si Dios no es soberano, entonces Dios no es Dios.

Si hay una sola molécula en este universo que esté suelta y totalmente libre de la soberanía de Dios, entonces no tenemos garantía de que ni una sola promesa de Dios se cumpla jamás. Quizá esa molécula indómita destruya los grandes y gloriosos planes que Dios ha hecho y nos ha prometido. Como un grano de arena en el riñón de Oliver Cromwell cambió el curso de la historia de Inglaterra, así nuestra indómita molécula podría cambiar el curso de toda la historia de la redención. Es posible que una molécula sea lo que impida a Cristo regresar.

Hemos oído la historia: Por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de la herradura se perdió el caballo; por falta del caballo se perdió el jinete; por falta del jinete se perdió la batalla; por falta de la batalla se perdió la guerra. Recuerdo mi angustia cuando oí que Bill Vukovich, el mejor piloto de su época, se mató en un accidente en las 500 millas de Indianapolis. Posteriormente se descubrió que el fallo se debió a un pasador que costaba 10 centavos.

Bill Vukovich controlaba de manera asombrosa los coches de carreras. Era un magnífico conductor. Sin embargo, no era soberano. Una pieza de mínimo valor le costó la vida. Dios no tiene que preocuparse de que haya pasadores de 10 centavos que arruinen sus planes. No existen moléculas indómitas moviéndose libremente. Dios es soberano. Dios es Dios.

Mis estudiantes comenzaron a ver que la soberanía divina no es un asunto peculiar al calvinismo, ni siquiera al cristianismo. Sin soberanía, Dios no puede ser Dios. Si rechazamos la soberanía divina, entonces debemos abrazar el ateísmo. Este es el problema que todos afrontamos. Debemos aferramos con todas nuestras fuerzas a la soberanía de Dios. Sin embargo, debemos hacerlo de tal manera que no violemos la libertad humana.

En este punto debería hacer para el lector lo que hice para mis estudiantes en la clase nocturna: terminar la declaración de la Confesión de Westminster. La declaración completa dice lo siguiente:

Dios, desde la eternidad, por el sabio y santo consejo de su voluntad, ordenó libre e inalterablemente todo lo que sucede; y sin embargo, de tal manera que ni Dios es el autor del pecado, ni hace violencia a la voluntad de las criaturas, ni quita la libertad o contingencia de las causas segundas, sino que las establece.

Nótese que mientras que afirma la soberanía de Dios sobre todas las cosas, la confesión también afirma que Dios no hace maldad o viola la libertad humana. La libertad humana y el mal están bajo la soberanía de Dios.

La soberanía de Dios y el problema del mal

Sin duda alguna, la cuestión más difícil de todas es cómo el mal puede coexistir con un Dios que es totalmente santo y totalmente soberano. Me temo que la mayoría de los cristianos no se dan cuenta de la profunda severidad de este problema. Los escépticos llaman este asunto el “talón de Aquiles del cristianismo”.

Recuerdo vívidamente la primera vez que sentí el dolor de este espinoso problema. Yo era nuevo en la facultad y había sido cristiano durante unas semanas solamente. Estaba jugando al pimpón en el salón del dormitorio de hombres cuando, en mitad de una bolea, me sobrevino el pensamiento: Si Dios es totalmente justo, ¿Cómo puede haber creado un universo donde esté presente el mal? Si todas las cosas proceden de Dios, ¿no procede de El también el mal?. Entonces, como ahora, me di cuenta de que el mal era un problema para la soberanía de Dios. ¿Se introdujo el mal en el mundo contra la voluntad soberana de Dios? En ese caso, El no es absolutamente soberano. Si no, debemos concluir que en algún sentido, aun el mal ha sido preordenado por Dios.

Durante años busqué la respuesta a este problema, explorando las obras de teólogos y filósofos. Encontré algunos intentos ingeniosos de resolver el problema, pero hasta ahora, nunca he encontrado una respuesta plenamente satisfactoria. La solución más común que oímos para este dilema es una simple referencia al libre albedrío del hombre. Oímos afirmaciones tales como: “El mal se introdujo en el mundo por el libre albedrío del hombre. El hombre es el autor del pecado, no Dios.”

Sin duda, esa afirmación encaja con el relato bíblico del origen del pecado. Sabemos que el hombre fue creado con libre albedrío y que el hombre libremente escogió pecar. No fue Dios quien cometió el pecado, fue el hombre. El problema, sin embargo, aún persiste. ¿De dónde sacó el hombre la más mínima inclinación a pecar? Si fue creado con algún deseo de pecar, entonces se arroja una sombra sobre la integridad del Creador. Si fue creado sin deseo alguno de pecar, entonces debemos preguntar de dónde vino ese deseo.

El misterio del pecado está ligado a nuestro entendimiento del libre albedrío, el estado del hombre en la creación y la soberanía de Dios. La cuestión del libre albedrío es tan vital para nuestro entendimiento de la predestinación, que dedicaré un capítulo entero al tema. Hasta entonces restringiremos nuestro estudio a la cuestión del primer pecado del hombre.

¿Cómo pudieron caer Adán y Eva? Ellos fueron creados buenos. Podríamos sugerir que su problema fue la astucia de satanás. Satanás los engañó; los embaucó para que comiesen del fruto prohibido. Podríamos suponer que la serpiente fue tan aduladora que embaucó totalmente a nuestros primeros padres.

Esta explicación conlleva varios problemas. Si Adán y Eva no se dieron cuenta de lo que estaban haciendo, si fueron totalmente embaucados, entonces el pecado habría sido todo de satanás. Pero la Biblia deja claro que a pesar de su astucia, la serpiente habló desafiando directamente el mandamiento de Dios. Adán y Eva habían oído a Dios promulgar su prohibición y advertencia. Oyeron a satanás contradiciendo a Dios. La decisión estaba clara ante ellos. No podían apelar a la astucia de satanás para excusarse. Aun si satanás no hubiera sólo embaucado sino forzado a Adán y Eva a pecar, aún no estamos libres de nuestro dilema. Si hubieran podido decir con razón: “El diablo nos hizo hacerlo”, aún tendríamos que afrontar el problema del pecado del diablo. ¿De dónde procede el diablo? ¿Cómo consiguió transmutar de lo divino a diabólico?

Tanto si estamos hablando de la Caída del hombre o de la caída de Satanás, estamos tratando aún el problema de criaturas buenas que se vuelven malas. Oímos la explicación “fácil” de que el mal vino a través del libre albedrío de la criatura. Se dice que el libre albedrío es una buena cosa, y el que Dios nos dé libre albedrío no hace recaer la culpa sobre El. En la creación, al hombre le fue dada la capacidad para pecar y la capacidad para no pecar. El escogió pecar. Pero la cuestión queda: “¿Por que?”

Aquí radica el problema. Antes que una persona pueda cometer un acto de pecado, ha de tener primero un deseo de realizar ese acto. La Biblia nos dice que las malas acciones fluyen de los malos deseos. Pero la presencia de un deseo malo es ya pecado. Pecamos porque somos pecadores. Nacimos con una naturaleza de pecado. Somos criaturas caídas. Pero Adán y Eva no fueron creados caídos. No tenían una naturaleza de pecado. Eran criaturas buenas con libre albedrío. Sin embargo, escogieron pecar. ¿Por qué? No lo se. Ni he encontrado aún a alguien que lo sepa.

A pesar de este intrincado problema, debemos afirmar aún que Dios no es el autor del pecado. La Biblia no revela las respuestas a todas nuestras preguntas. Revela la naturaleza y el carácter de Dios. Una cosa es absolutamente negada: que Dios pudiera ser el autor o realizador del pecado.

Pero este capítulo trata de la soberanía de Dios. Nos queda aún por responder la pregunta de que, dado el hecho del pecado humano, ¿cómo se relaciona éste con la soberanía de Dios? Si es cierto que en algún sentido, Dios preordena todo lo que sucede, entonces se sigue sin duda que Dios debe de haber preordenado la entrada del pecado en el mundo. Eso no quiere decir que Dios obligara a que ocurriera, o que impusiera el mal a su creación. Lo único que significa es que Dios debe de haber decidido permitir que ocurra. Si no permitió que ocurriese, entonces no podía haber ocurrido, pues de otra forma no sería soberano.

Sabemos que Dios es soberano porque sabemos que Dios es Dios. Por tanto, debemos concluir que Dios preordenó el pecado. ¿Qué otra cosa podemos concluir? Debemos concluir que la decisión de Dios de permitir que el pecado entrase en el mundo fue una buena decisión. Esto no quiere decir que nuestro pecado es realmente algo bueno, sino meramente que el que Dios nos permita cometer el pecado (que es malo) es algo bueno. El que Dios permita el mal es bueno, pero el mal que el permite es aún mal. La implicación de Dios en todo esto es perfectamente justa. Nuestra implicación en ello es inicua. El hecho de que Dios decidiese permitirnos pecar no nos absuelve de nuestra responsabilidad por el pecado.

Una objeción que oímos con frecuencia, es que si Dios conocía de antemano que nosotros íbamos a pecar, ¿por que nos creó en primer lugar? Un filósofo expresó el problema de esta manera: “Si Dios sabía que nosotros pecaríamos pero no lo impidió, entonces no es ni omnipotente ni soberano”. Si podía impedirlo pero escogió no hacerlo, entonces no es ni amoroso ni benévolo.” Mediante este enfoque Dios aparece como malo, no importa cómo respondamos a la pregunta.

Debemos asumir que Dios sabía de antemano que el hombre caería. Debemos también asumir que El pudiera haber intervenido para impedirlo. O pudiera haber escogido no crearnos en absoluto. Concedemos todas estas posibilidades hipotéticas. Para empezar, sabemos que El sabía que cayéramos, y que siguió adelante y nos creó a pesar de todo. Pero, ¿por qué tiene que significar eso que El no es amoroso? También sabía de antemano que iba a llevar a cabo un plan de redención para su creación caída que incluiría una perfecta manifestación de su justicia y una perfecta expresión de su amor y misericordia. Fue ciertamente un acto de amor por parte de Dios predestinar la salvación de su pueblo, los que la Biblia llama sus “elegidos” o escogidos.

Son los no elegidos los que constituyen el problema. Si algunos no son elegidos para salvación, entonces pareciera que Dios no es amoroso en cuanto a ellos. Para ellos, parece que hubiera sido más amoroso por parte de Dios, no haber permitido que nacieran. Ese ciertamente, pudiera ser. Pero tenemos que hacer la pregunta verdaderamente difícil: ¿Existe alguna razón para que un Dios justo deba dar amor a una criatura que le odia y se rebela constantemente contra su divina autoridad y santidad?

La objeción suscitada por el filósofo implica que Dios le debe su amor a tales criaturas pecaminosas. Esto es, lo que se da por supuesto sin palabras, es que Dios está obligado a ser clemente para con los pecadores. Lo que el filósofo pasa por alto es que si la gracia está obligada, ya no es gracia. La esencia misma de la gracia es que es inmerecida. Dios siempre se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener misericordia. Dios puede deberle justicia a la gente, pero nunca misericordia.

Es importante indicar una vez más que éstos problemas surgen a todos los cristianos que creen en un Dios soberano. Estas cuestiones no son peculiares a una idea concreta de la predestinación. La gente argumenta que Dios es suficientemente amoroso como para proveer un camino de salvación para todos los pecadores. Puesto que el calvinismo restringe la salvación sólo a los elegidos, parece requerir un Dios menos bondadoso. Al menos en la superficie, parece que una idea no calvinista provee una oportunidad para que se salven grandes multitudes de personas que no hubieran sido salvadas en la idea calvinista.

Una vez más, esta cuestión afecta temas que han de ser desarrollados más plenamente en capítulos posteriores. Por ahora permítaseme decir simplemente que, si la decisión final para la salvación de pecadores caídos fuese dejada en las manos de éstos, nos despojaríamos de toda esperanza en cuanto a que alguien fuese salvado.

Cuando consideramos la relación de un Dios soberano con un mundo caído, afrontamos básicamente cuatro opciones:

1. Dios pudo decidir no proveer una oportunidad para que alguien fuese salvado.

2. Dios pudo proveer una oportunidad para que todos fuesen salvados.

3. Dios pudo intervenir directamente para asegurar la salvación de todos.

4. Dios pudo intervenir directamente y asegurar la salvación de algunos.

Todos los cristianos descartan inmediatamente la primera opción. La mayoría de los cristianos descartan la tercera. Afrontamos el problema de que Dios salva a algunos y no a todos. El calvinismo corresponde a la cuarta opción. La idea calvinista de la predestinación enseña que Dios interviene activamente en las vidas de los elegidos para hacer absolutamente segura la salvación. Por supuesto, los demás son invitados a Cristo y se les da una “oportunidad” para ser salvados “si quieren”. Pero el calvinismo da por supuesto que sin la intervención de Dios, nadie querría jamás a Cristo. Nadie escogería jamás a Cristo por sí mismo.

Este es precisamente el punto en disputa. Las ideas no reformadas de la predestinación asumen que a toda persona caída le queda la capacidad de escoger a Cristo. Al hombre no se le considera tan caído que requiera la intervención directa de Dios hasta el grado que afirma el calvinismo. Todas las ideas no reformadas dejan en manos del hombre el dar el voto decisivo en su destino eterno. Según estas ideas, la mejor opción es la segunda. Dios provee oportunidades para que todos sean salvados. Pero ciertamente, no existe una igualdad de oportunidades, puesto que grandes multitudes de gente mueren sin haber oído jamás el Evangelio.

El no reformado objeta a la cuarta opción, porque limita la salvación a un grupo selecto que Dios escoge. El reformado objeta a la segunda opción porque ve que la oportunidad universal de salvación no provee lo suficiente para salvar a nadie. El calvinista ve a Dios haciendo mucho más por la raza humana caída a través de la cuarta opción que a través de la segunda. El no calvinista ve justamente lo contrario. Piensa que dar una oportunidad universal, aunque esté lejos de asegurar la salvación de nadie, es más benévolo que asegurar la salvación de algunos y no de otros.

El desagradable problema que tiene el calvinista, se ve en la relación de las opciones tercera y cuarta. Si Dios puede, y de hecho escoge, asegurar la salvación de algunos, ¿por qué no asegura la salvación de todos?

Antes de tratar de responder a esa pregunta, permítaseme primero indicar que éste no es simplemente un problema calvinismo. Todo cristiano debe sentir el peso de este problema. En primer lugar, afrontamos la cuestión: “¿Tiene Dios el poder para asegurar la salvación de todos?” Ciertamente está dentro del poder de Dios cambiar el corazón de todo pecador impertinente y llevar a este hacia sí. Si carece de tal poder, entonces no es soberano. Si tiene ese poder, ¿por qué no lo usa con todos?

El pensador no reformado responde en general diciendo que el hecho de que Dios imponga su poder a personas reacias es violar la libertad del hombre. Violar la libertad del hombre es pecado. Puesto que Dios no puede pecar, no puede imponer unilateralmente su gracia salvadora a pecadores reacios. Forzar al pecador a que quiera, cuando el pecador no quiere, es hacer violencia al pecador. La idea es que al ofrecer la gracia del Evangelio, Dios hace todo lo que puede para ayudar al pecador a ser salvo. El tiene suficiente poder para forzar a los hombres, pero el uso de tal poder sería ajeno a la justicia de Dios.

Eso no proporciona mucho consuelo al pecador en el infierno. El pecador en el infierno debe de estar preguntando: “Dios, si tú realmente me amabas, ¿por qué no me forzaste a creer? Preferiría que mi libre albedrío fuese violentado que estar aquí en este lugar de tormento eterno.” Aun así, las súplicas de los condenados no determinarían la justicia de Dios, si de hecho fuese erróneo que Dios se impusiera a la voluntad de los hombres. La pregunta que el calvinismo hace es: “¿Qué hay de erróneo en que Dios obre la fe en el corazón del pecador?”

A Dios no se le requiere que busque el permiso del pecador para hacer con este, lo que le plazca. El pecador no escogió su país de nacimiento, a sus padres, ni aun nacer en absoluto. Tampoco pidió nacer con una naturaleza caída. Todas estas cosas fueron determinadas por la decisión soberana de Dios. Si Dios hace todo esto que afecta al destino eterno del pecador, ¿qué habría de erróneo en que El dicta un paso más para asegurar su salvación? ¿Qué querrá decir Jeremías cuando clamó: “Me sedujiste, oh Señor, y fui seducido.” (Jer. 20:7)? Ciertamente, Jeremías no invitó a Dios a seducirle.

La cuestión permanece: ¿Por qué salva Dios solamente a algunos? Si concedemos que Dios puede salvar a los hombres forzando sus voluntades, ¿por qué entonces no fuerza la voluntad de todos y les lleva a todos a la salvación? (Estoy utilizando aquí la palabra forzar no porque piense que existe un forzamiento erróneo, sino porque los no calvinistas insisten en este término.)

La única respuesta que puedo dar a esta pregunta es que no lo se. No tengo ni idea de por qué Dios salva a algunos pero no a todos. No dudo por un momento que Dios tenga poder para salvar a todos, pero se que no escoge salvar a todos. No se por que. Una cosa sí se. Si agrada a Dios salvar a algunos y no a todos, nada hay en ello que sea erróneo. Dios no está obligado a salvar a nadie. Si escoge salvar a algunos, esto en ninguna manera le obliga a salvar al resto. Una vez más, la Biblia insiste que es la prerrogativa divina de Dios tener misericordia de quien quiera tener misericordia.

La alarma que oye gritar el calvinista generalmente en este punto es: “¡Eso no es equitativo!” ¡Pero … ¿qué se da a entender por equidad aquí? Si por equidad queremos decir igualdad, entonces desde luego, la protesta es acertada. Dios no trata a todos los hombres por igual. Nada podría estar más claro en la Biblia que eso. Dios se apareció a Moisés de una manera en que no se apareció a Hammurabi. Dios concedió a Israel bendiciones que no concedió a Persia. Cristo se apareció a Pablo en el camino de Damasco de una manera en que no se manifestó a Pilato. Dios, simplemente, no ha tratado a todo ser humano en la Historia exactamente de la misma manera. Esto es obvio.

Probablemente lo que se quiere decir por “equitativo” en la protesta es “justo”. No parece justo que Dios escoja a algunos para recibir su misericordia, mientras que otros no reciben el beneficio de la misma. Para tratar este problema debemos llevar a cabo una breve pero importante reflexión. Demos por supuesto que todos los hombres son culpables de pecado a los ojos de Dios. De esa masa de humanidad culpable, Dios decide soberanamente conceder misericordia a algunos de ellos. ¿Qué recibe el resto? Recibe justicia. Los salvados reciben misericordia y los no salvados reciben justicia. Nadie recibe injusticia.

La misericordia no es justicia. Pero tampoco es injusticia.

Hay justicia y hay no justicia. La no justicia incluye todo lo que está fuera de la categoría de justicia. En la categoría de no justicia encontramos dos subconceptos, injusticia y misericordia. La misericordia es una buena forma de no justicia, mientras que la injusticia es una mala forma de no justicia. En el plan de la salvación, Dios no hace nada malo. Nunca comete injusticia alguna. Algunos reciben la justicia que merecen, mientras que otros reciben misericordia. Una vez más, el hecho de que uno recibe misericordia no exige que los demás la reciban también. Dios se reserva el derecho de conceder clemencia.

Como ser humano, yo pudiera preferir que Dios concediese su misericordia a todos por igual, pero no puedo demandarlo. Si a Dios no le agrada dispensar su misericordia salvadora a todos los hombres, entonces debo someterme a su santa y justa decisión. Dios jamás, jamás, está obligado a ser misericordioso hacia los pecadores. Este es el punto que debemos enfatizar si hemos de comprender la plena medida de la gracia de Dios.

La verdadera cuestión es por qué Dios se inclina a ser misericordioso para con alguien. Su misericordia no le es obligada y sin embargo la concede a sus elegidos. La concedió a Jacob de una manera en que no la concedió a Esaú. La concedió a Pedro de una manera en que no la concedió a Judas. Debemos aprender a alabar a Dios tanto en su misericordia como en su justicia. Cuando El ejecuta su justicia, no está haciendo nada erróneo. Está ejecutando una justicia conforme a su rectitud.

La soberanía de Dios y la libertad humana

Todo cristiano afirma alegremente que Dios es soberano. La soberanía de Dios es un consuelo para nosotros. Nos asegura que El puede hacer lo que promete hacer. Pero el mero hecho de la soberanía de Dios suscita una gran cuestión más. ¿Cómo se relaciona la soberanía de Dios con la libertad humana?

Cuando afrontamos la cuestión de la soberanía divina y la libertad humana, podemos vernos confrontados por el dilema de “luchar o huir”. Podemos luchar para abrirnos paso hacia una solución lógica del mismo, o volvernos y alejarnos corriendo de él tan de prisa como podamos.

Muchos de nosotros escogemos huir de él. La huida toma diferentes rutas. La más común es decir simplemente, que la soberanía divina y la libertad humana son contradicciones que debemos tener el valor de abrazar. Buscamos analogías que alivian nuestras atribuladas mentes.

Cuando era estudiante en la facultad, oí dos analogías que me proporcionaron un alivio temporal, como un paquete teológico de Rolaids:

Analogía 1: “La soberanía de Dios y la libertad humana son como dos líneas paralelas que se encuentran en la eternidad.”

Analogía 2: “La soberanía de Dios y la libertad humana son como sogas en un pozo. En la superficie parecen estar separadas, pero en la obscuridad del fondo del pozo se juntan.”

La primera vez que oí éstas analogías sentí alivio. Sonaban simples y sin embargo, profundas. La idea de dos líneas paralelas que se encuentran en la eternidad me satisfizo. Me dio algo ingenioso que decir para el caso en que un escéptico empedernido, me preguntara acerca de la soberanía divina y la libertad humana

Mi alivio fue temporal. Pronto necesité una dosis más fuerte de Rolaids. La molesta pregunta rehusaba dejarme en paz … ¿Pueden las líneas paralelas encontrarse jamas? ¿En la eternidad o en alguna otra parte? Si las líneas se encuentran, entonces no son finalmente paralelas. Si son finalmente paralelas entonces nunca se encontrarán. Cuanto más pensaba acerca de la analogía, tanto más me daba cuenta que ésta no resolvía el problema. Decir que las líneas paralelas se encuentran en la eternidad es una afirmación sin sentido; es una contradicción flagrante.

No me gustan las contradicciones. Encuentro poco consuelo en ellas. Nunca cesaba de asombrarme ante la facilidad con que los cristianos parecen sentirse confortables con ellas. Oigo afirmaciones: “¡Dios es mayor que la lógica!” o “¡La fe es más elevada que la razón!” así para defender el uso de las contradicciones en la teología.

Ciertamente, estoy de acuerdo en que Dios es mayor que la lógica y que la fe es más elevada que la razón. Estoy de acuerdo con todo mi corazón y con toda mi mente. Lo que quiero evitar es a un Dios que es menor que la lógica, y una fe que es inferior a la razón. Un Dios que es menor que la lógica sería y debería ser destruido por la lógica. Una fe que es inferior a la razón es irracional y absurda.

Supongo que es la tensión entre la soberanía divina y la libertad humana, más que cualquier otra cosa, lo que ha conducido a muchos cristianos a pretender que las contradicciones son un elemento legítimo de la fe. La idea es que la lógica no puede reconciliar la soberanía divina con la libertad humana. Ambas desafían la armonía lógica. Puesto que la Biblia enseña ambos polos de la contradicción, se entiende que debemos estar dispuestos a afirmarlos ambos, a pesar del hecho de ser contradictorios.

¡De ninguna manera! El que los cristianos abracen ambos polos de una contradicción flagrante es cometer suicidio intelectual y calumniar al Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es autor de confusión. Dios no habla con una doble lengua. Si la libertad humana y la soberanía divina son verdaderas contradicciones, entonces una de ellas al menos, debe desaparecer. Si la soberanía excluye la libertad, y la libertad excluye la soberanía, entonces o bien Dios no es soberano o el hombre no es libre. Felizmente, existe una alternativa.

Podemos sostener tanto la soberanía como la libertad si podemos mostrar que no son contradictorias. A un nivel humano, podemos ver fácilmente que la gente goza de una verdadera medida de libertad en un país gobernado por un monarca soberano. La soberanía no pone fin a la libertad; es la autonomía lo que no puede coexistir con la soberanía.

¿Qué es la autonomía? La palabra procede del prefijo auto y la raíz nomos. Auto significa “uno mismo”. Un automóvil es algo que se mueve por si mismo. “Automático” describe algo que actúa por sí mismo. La raíz nomos es la palabra griega para “ley”. La palabra autonomía significa, pues, “Ley de uno mismo”. Ser autónomo significa ser ley a uno mismo. Una criatura autónoma no sería responsable ante nadie. No tendría un gobernante, menos aún tendría un gobernante soberano. Es lógicamente imposible tener un Dios soberano existiendo al mismo tiempo que una criatura autónoma. Los dos conceptos son totalmente incompatibles. Pensar en su coexistencia sería como imaginar el encuentro de un objeto inamovible con una fuerza irresistible. ¿Que ocurriría? Si el objeto se moviera, entonces no podría ya ser considerado inamovible. Si no se movie-ra, entonces la fuerza irresistible ya no sería irresistible.

Así ocurre con la soberanía y la autonomía. Si Dios es soberano, no es posible que el hombre sea autónomo. Si el hombre es autónomo, es imposible que Dios sea soberano. Serían contradicciones. No tenemos que ser autónomos para ser libres. La autonomía implica libertad absoluta. Somos libres, pero hay limites para nuestra libertad. El límite final es la soberanía de Dios.

Una vez leí una afirmación de un cristiano que dijo: “La soberanía de Dios nunca puede restringir la libertad humana.” ¡Imagínese a un pensador cristiano haciendo tal afirmación! Esto es puro humanismo. ¿Pone restricciones la ley de Dios a la libertad humana? ¿No se le permite a Dios imponer límites a lo que yo escoja? No sólo puede Dios imponer límites morales a mi libertad, sino que tiene todo derecho en cualquier momento a golpearme en la cabeza si es necesario, y refrenarme de ejercer mis malas decisiones. Si Dios no tiene derecho a la represión, entonces no tiene derecho a gobernar su creación. Es mejor que invirtamos la afirmación: “La libertad humana nunca puede restringir la soberanía de Dios.” En esto consiste la soberanía. Si la soberanía de Dios está restringida por la libertad humana, entonces Dios no es soberano: el hombre sería el soberano.

Dios es libre. Yo soy libre. Dios es más libre que yo. Si mi libertad va en contra de la libertad de Dios, perderé siempre. Su libertad restringe la mía; mi libertad no restringe la suya. Existe una analogía en la familia humana. Yo tengo una voluntad libre; mis hijos tienen voluntades libres. Cuando nuestras voluntades chocan, tengo autoridad para predominar sobre sus voluntades. Sus voluntades han de estar subordinadas a mi voluntad; mi voluntad no está subordinada a la de ellos. Desde luego, en el nivel humano de la analogía, no estamos hablando en términos absolutos.

La soberanía divina y la libertad humana se consideran frecuentemente como contradictorias, porque en la superficie suenan de tal forma. Hay algunas distinciones importantes que deben hacerse y aplicarse consecuentemente a esta cuestión si hemos de evitar una confusión desesperante.

Consideremos tres palabras en nuestro vocabulario que están tan estrechamente relacionadas que son a menudo confundidas:

1. Contradicción

2. Paradoja

3. Misterio

1. Contradicción. La ley lógica de la contradicción dice que una cosa no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en la misma relación. Un hombre puede ser padre e hijo al mismo tiempo, pero no puede ser hombre y no ser hombre al mismo tiempo. Un hombre puede ser tanto padre como hijo al mismo tiempo, pero no en la misma relación. Ningún hombre puede ser su propio padre. Aun cuando hablamos de Jesús como el Dios/hombre, tenemos cuidado de decir que, aunque es Dios y hombre al mismo tiempo, no es Dios y hombre en la misma relación. Tiene una naturaleza divina y una naturaleza humana. Ambas no deberán ser confundidas. Las contradicciones nunca pueden coexistir, ni aun en la mente de Dios. Si ambos polos de una contradicción genuina pudieran ser ciertos en la mente de Dios, entonces nada que Dios nos haya revelado jamás podría tener significado alguno. Si el bien y el mal, la justicia y la injusticia, Cristo y el anticristo pudieran todos significar lo mismo para la mente de Dios, entonces la verdad de cualquier clase sería totalmente imposible.

2. Paradoja. Una paradoja es una contradicción aparente que, al examinarse más detenidamente, puede ser resuelta. He oído a maestros declarar que la noción cristiana de la Trinidad es una contradicción. Simplemente no lo es. No viola ninguna ley de la lógica. Supera la prueba objetiva de la ley de la contradicción. Dios es uno en esencia y tres en persona. Nada hay de contradictorio en ello. Si dijésemos que Dios es uno en esencia y tres en esencia, entonces tendríamos una contradicción genuina que nadie podría resolver. Así que, el cristianismo sería irremediablemente irracional y absurdo. La trinidad es una paradoja, pero no una contradicción.

Para complicar un poco más las cosas, existe otro término: antinomia. Su significado primario es un sinónimo de contradicción, pero su significado secundario es un sinónimo de paradoja. Examinándolo, vemos que tiene la misma raíz que “autonomía”, nomos que significa “ley”. Aquí el prefijo es anti, que significa “contra’ o “en lugar de “. El significado literal pues, del término autonomía es “contra la ley”. ¿Que ley se supone que tenemos aquí a la vista? Pues, la ley de la contradicción. El significado original del término era “lo que viola la ley de la contradicción”. De ahí, originalmente y en la discusión filosófica normal, la palabra antinomia es un equivalente exacto de la palabra contradicción.

La confusión surge cuando la gente utiliza el termino antinomia no para referirse a una contradicción genuina, sino a una paradoja o contradicción aparente. Recordamos que una paradoja es una afirmación que parece una contradicción, pero que realmente no lo es. En Gran Bretaña especialmente, la palabra antinomia se utiliza a menudo como sinónimo de paradoja.

Estoy elaborando estas distinciones tan sutiles por dos razones. La primera es que si hemos de evitar la confusión, debemos tener una clara idea en nuestras mentes acerca de la diferencia crucial entre una contradicción real y una contradicción aparente. Es la diferencia entre la racionalidad y la irracionalidad, entre la verdad y el absurdo.

La segunda razón por la que es necesario expresar estas definiciones claramente es que uno de los mayores defensores de doctrina de la predestinación en nuestro mundo actual utiliza el término antinomia. Estoy pensando en el destacado teólogo, el Dr. J. I. Packer. Packer ha ayudado a incontables miles de personas a tener una más profunda comprensión del carácter de Dios, especialmente con respecto a la soberanía de Dios.

Nunca he discutido este asunto de la utilización por parte del Dr. Packer del término antinomia con él. Doy por supuesto que lo utiliza en el sentido británico de paradoja. No puedo imaginar que hable intencionadamente de contradicciones en la Palabra de Dios. De hecho, en su libro “Evangelism and the Sovereignty of God” (Evangelismo y la Soberanía de Dios) elabora el punto de que en última instancia, no existen contradicciones en la Palabra de Dios. El Dr. Packer no sólo ha sido incansable en su defensa de la teología cristiana, sino que ha sido igualmente incansable en su brillante defensa de la inerrancia de la Biblia. Si la Biblia contuviese antinomías en el sentido de contradicciones reales, ya no habría inerrante.

Algunos verdaderamente sostienen que existen contradicciones reales en la verdad divina. Piensan que la inerrancia es compatible con ellas. Pues, la inerrancia significaría entonces que la Biblia revela sin error las contradicciones de la verdad de Dios. Por supuesto, si pensamos por un momento, quedaría claro que si la verdad de Dios es una verdad contradictoria, entonces no es verdad en absoluto. Ciertamente, la misma palabra verdad carecía de significado. Si las contradicciones pueden ser verdad, no habría manera alguna de discernir la diferencia entre la verdad y una mentira. Esta es la razón por la que estoy convencido de que el Dr. Packer utiliza antinomia cuando quiere decir paradoja y no contradicción.

3. Misterio. El termino misterio se refiere a aquello que es verdad, pero que no entendemos. La Trinidad por ejemplo, es un misterio. No puedo penetrar en el misterio de la Trinidad o de la encarnación de Cristo con mi débil mente. Tales verdades son demasiado elevadas para mí. Sé que Jesús era una persona con dos naturalezas, pero no puedo entender cómo puede ser eso. El mismo tipo de cosa se encuentra en la esfera natural. ¿Quién entiende la naturaleza de la gravedad, o aun del movimiento? ¿Quién ha penetrado en los misterios finales de la vida? ¿Que filósofo ha sondeado las profundidades del significado del ser humano? Estos son misterios, no son contradicciones.

Es fácil confundir el misterio con la contradicción. No entendemos ninguno de los dos. Nadie entiende una contradicción porque las contradicciones son intrínsecamente ininteligibles. Ni siquiera Dios puede entender una contradicción. Las contradicciones son absurdas. Nadie puede darles sentido. Los misterios pueden ser entendidos. El Nuevo Testamento nos revela cosas que estaban ocultas y no entendidas en los tiempos del Antiguo Testamento. Hay cosas que en otros tiempos nos resultaban misteriosas, pero que ahora entendemos. Esto no significa que todo lo que ahora es un misterio para nosotros quedará claro un día, sino que muchos misterios actuales quedaran desentrañados.

Algunos serán desentrañados en este mundo. No hemos alcanzado aún los límites del descubrimiento humano. Sabemos también que en el cielo se nos revelarán cosas que se hallan aún ocultas. Pero aun en el cielo no comprenderemos plenamente el significado de la infinidad. Para entender eso plenamente, tendríamos que ser infinitos. Dios puede entender la infinidad no porque opere sobre la base de alguna clase de sistema lógico celestial, sino porque El mismo es infinito. Tiene una perspectiva infinita.

Permítaseme expresarlo de otra manera: Todas las contradicciones son misteriosas. No todos los misterios son contradicciones. El cristianismo concede amplio lugar a los misterios. Sin embargo, no tiene lugar para las contradicciones. Los misterios pueden ser verdad. Las contradicciones nunca pueden ser verdad, ni aquí en nuestras mente, ni allá en la mente de Dios.

Permanece la gran cuestión. El gran debate que remueve el caldero de la controversia, se centra en la cuestión: “¿Cómo afecta la predestinación a nuestro libre albedrío?” Examinaremos este asunto en el próximo capítulo.

Resumen del capítulo 2

1. Definición de la predestinación:

“La predestinación significa que nuestro destino final, el cielo o el infierno, está decidido por Dios antes que nazcamos.”

2. La soberanía de Dios:

Dios es la autoridad suprema del cielo y la Tierra.

3. Dios es el poder supremo:

Toda otra autoridad y poder están sometidos a Dios.

4. Si Dios no es soberano, no es Dios.

5. Dios ejerce su soberanía de tal manera que no obra el mal, ni viola la libertad humana.

6. El primer acto pecaminoso del hombre es un misterio. El hecho de que Dios permitiera pecar a los hombres no refleja nada malo en Dios.

7. Todos los cristianos afrontan la difícil cuestión de por qué Dios, que teóricamente podría salvar a todos, escoge salvar a algunos, pero no a todos.

8. Dios no le debe la salvación a nadie.

9. La misericordia de Dios es voluntaria. El no está obligado a ser misericordioso. Se reserva el derecho de tener misericordia de quien quiera tener misericordia.

10. La soberanía de Dios y la libertad del hombre no son contradictorias.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 14–35). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

1- [9] El conflicto

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 1

El conflicto

Se dice que las reglas se hacen para quebrantarlas. Quizá no haya regla más frecuentemente quebrantada, que la que tiene que ver con no discutir de religión o política. Repetidamente nos embarcamos en tales discusiones. Y cuando el asunto tiene que ver con la religión, éste gira con frecuencia en torno al tema de la predestinación. Tristemente, eso significa a menudo el fin de la discusión y el comienzo de la disputa, produciéndose más calor que luz.

Argüir acerca de la predestinación es virtualmente irresistible. (Perdón por el juego de palabras.) ¡El tema es tan rico! Provee una oportunidad para estimular todos los asuntos filosóficos. Cuando se aviva el tema, nos volvemos súbitamente super patrióticos, y defendemos el tema de la libertad humana con gran celo y tenacidad. El espectro de un Dios todopoderoso eligiendo por nosotros, y quizá aun contra nosotros, nos hace chillar: “¡Dame libre albedrío o me muero!”

La palabra misma predestinación conlleva un tono de mal agüero. Está vinculada a la desesperante noción del fatalismo y de alguna manera da a entender que dentro de su esfera nos vemos reducidos a meros títeres. La palabra conjura visiones de una deidad diabólica que juega caprichosamente con nuestras vidas. Parecemos estar sujetos a los antojos de horribles decretos que fueron determinados mucho antes de que naciésemos. Mejor sería que nuestras vidas estuvieran determinadas por las estrellas, pues entonces al menos podríamos encontrar pistas con respecto a nuestro destino en los horóscopos diarios.

Si añadimos al horror de la palabra predestinación la imagen pública de su más famoso maestro, Juan Calvino, nos estremeceremos más aún. Vemos a Calvino representado como un tirano severo y ceñudo, un Ichabod Crane del siglo XVI que encontraba un diabólico deleite en la quema de los herejes recalcitrantes. Es suficiente para hacernos retirar de la discusión completamente y reafirmar nuestro compromiso de no discutir jamás de religión y política.

Con un tema que la gente encuentra tan desagradable, es de maravillarse que aún así lo discutamos. ¿Por que hablamos del mismo? ¿Porque disfrutamos de lo desagradable?. Lo discutimos porque no podemos evitarlo. Es una doctrina claramente expresada en la Biblia. Hablamos acerca de la predestinación porque la Biblia habla acerca de la predestinación. Si deseamos construir nuestra teología sobre la Biblia, nos tropezaremos con este concepto, y pronto descubrimos que no lo inventó Juan Calvino.

Virtualmente todas las iglesias cristianas tienen alguna doctrina formal de la predestinación. Sin duda, la doctrina de la predestinación en la Iglesia Católica Romana es diferente de la que sostiene la Iglesia Presbiteriana, por ejemplo. Los Luteranos tienen un punto de vista sobre el asunto diferente al de los Episcopales.

El hecho de que abunden tantas opiniones distintas de la predestinación sólo sirve para subrayar el hecho de que, si somos bíblicos en nuestro pensamiento, debemos tener alguna doctrina de la predestinación. No podemos ignorar pasajes tan bien conocidos como:

Según nos escogió en día antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad … (Ef. 1:4–5).

En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad … (Ef. 1:11).

Porque a los que antes conocí también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29).

Si hemos de ser bíblicos, pues, la cuestión no es si debamos tener una doctrina de la predestinación o no, sino qué clase debemos abrazar. Si la Biblia es la Palabra de Dios, no mera especulación humana, y si Dios mismo declara que existe tal cosa como la predestinación, entonces se sigue irresistiblemente que debemos abrazar alguna doctrina de la predestinación.

Si hemos de seguir esta línea de pensamiento, pues, desde luego debemos dar un paso más. No es suficiente tener simplemente cualquier idea de la predestinación. Es nuestro deber buscar la idea correcta de la predestinación, no sea que nos hagamos culpables de distorsionar o ignorar la Palabra de Dios. Es aquí donde comienza el verdadero conflicto, el conflicto por clarificar con exactitud todo lo que la Biblia enseña acerca de este asunto.

Mi conflicto con la predestinación comenzó al principio de mi vida cristiana. Conocía a un profesor de filosofía en la facultad que era un convencido calvinista. El expuso la llamada idea “reformada” de la predestinación. No me gustaba. No me gustaba en absoluto. Luché con uñas y dientes contra ella todo el tiempo que pasé en la facultad.

Me gradué de la facultad sin estar persuadido de la idea reformada o calvinista de la predestinación, sólo para ir a parar a un seminario que incluía en su claustro al rey de los calvinistas, John H. Gerstner. Gerstner es a la predestinación lo que Einstein es a la física o lo que Arnold Palmer es al golf. Habría preferido desafiar a Einstein acerca de la relatividad o haber jugado un partido con Palmer antes que vérmelas con Gerstner. Pero … los necios se precipitan donde los ángeles temen pisar.

Desafié a Gerstner en la clase una y otra vez, convirtiéndome en una plaga total y absoluta. Resistí durante más de un año. Mi rendición final vino por etapas, penosas por cierto. Comenzó cuando empecé a trabajar como pastor estudiante en una iglesia. Escribí una nota para mí mismo que guardaba en mi escritorio en un lugar donde siempre podría verla:

se te requiere que creas, prediques y enseñes lo que la biblia dice que es verdad, no lo que quieres que la biblia diga que es verdad.

La nota me perseguía. Mi crisis final llegó en el curso superior. Me hallaba realizando dicho curso en el estudio de Jonathan Edwards. Pasamos el semestre estudiando el libro más famoso de Edwards, La Libertad de la Voluntad (The Freedom of the Will) bajo la tutela de Gersner. Al mismo tiempo realizaba un curso de exégesis griega en el libro de Romanos. Yo era el único estudiante en aquel curso, a solas con el profesor del Nuevo Testamento. No había donde pudiera esconderme.

La combinación era demasiado para mí. Gersner, Edwards, el profesor de Nuevo Testamento y sobre todo, el apóstol Pablo, eran un equipo demasiado formidable para que yo lo resistiese. El capitulo nueve de Romanos fue el punto crucial. Simplemente no podía encontrar la manera de evitar la enseñanza del apóstol en ese capítulo. A regañadientes, suspiré y me rendí, pero con la cabeza, no con el corazón. “Vale, creo en esto, ¡pero no tiene que gustarme!”

Pronto descubrí que Dios nos había creado para que el corazón siguiera a la cabeza. No podía amar impunemente con la cabeza algo que odiaba en el corazón. Una vez que comencé a ver la coherencia de la doctrina y sus más amplias implicaciones, mis ojos fueron abiertos a la benevolencia de la gracia y al gran consuelo de la soberanía de Dios. Comenzó a agradarme la doctrina poco a poco, hasta que recibí en mi alma la impresión de que la doctrina revelaba la profundidad y las riquezas de la misericordia de Dios.

Ya no temía a los demonios del fatalismo o al desagradable pensamiento de ser reducido a una marioneta. Ahora me regocijaba en un benévolo Salvador, que era el único inmortal e invisible, el único y sabio Dios. Se dice que nada hay más ofensivo que un bebedor convertido. Haz la prueba con un arminiano convertido. Los arminianos convertidos tienden a volverse fervorosos calvinistas, entusiastas de la causa de la predestinación. La obra que estás leyendo es de uno de esos convertidos. Mi conflicto me ha enseñado algunas cosas a lo largo del camino. He aprendido por ejemplo, que no todos los cristianos son tan celosos acerca de la predestinación como yo. Hay mejores hombres que yo que no comparten mis conclusiones. He aprendido que muchos mal entienden la predestinación. He aprendido también el dolor de estar equivocado.

Cuando enseño la doctrina de la predestinación, frecuentemente me siento frustrado ante aquellos que rehusan obstinadamente someterse a la misma. Siento ganas de gritar, “¿No te das cuenta que estás resistiendo la Palabra de Dios?” En estos casos soy culpable de al menos uno de dos posibles pecados. Si mi entendimiento de la predestinación es correcto, entonces en el mejor de los casos, estoy siendo impaciente con personas que están meramente en un conflicto como yo en tiempos pasados; y en el peor de los casos, estoy mostrando una condescendencia arrogante a aquellos que no están de acuerdo conmigo. Si mi entendimiento de la predestinación no es correcto, entonces mi pecado es peor aun, puesto que estaría calumniando a los santos que por oponerse a mi idea, están luchando por los ángeles. Los riesgos pues, que corro en este asunto son elevados.

El conflicto acerca de la predestinación es tanto más confuso debido a que las mayores mentes en la historia de la Iglesia han estado en desacuerdo acerca de la misma. Los eruditos y dirigentes cristianos, pasados y presentes, han adoptado diferentes posiciones. Un breve vistazo a la historia de la Iglesia revela que el debate acerca de la predestinación no tiene lugar entre liberales y conservadores o entre creyentes e incrédulos. Es un debate entre creyentes, entre cristianos piadosos y fervientes. Puede ser de ayuda el ver cómo los grandes maestros del pasado se alinean con respecto a la cuestión.

Idea reformada

Ideas opuestas

San Agustín

Pelagio

San Tomás de Aquino

Arminio

Martín Lutero

Felipe Melanchton

Juan Calvino

John Wesley

Jonathan Edwards

Charles Finney

Debe parecer que “estoy arrimando el ascua a mi sardina”. Los pensadores que son mis ampliamente considerados como los titanes de la erudición cristiana clásica se hayan claramente en el bando reformado. Estoy convencido, sin embargo, que éste es un hecho de la Historia que no debe ser ignorado. Sin duda, es posible que Agustín, Aquino, Lutero, Calvino y Edwards estuviesen todos equivocados en este asunto. Estos hombres ciertamente están en desacuerdo entre sí en otros puntos doctrinales. No son infalibles, ni individual ni colectivamente.

No podemos determinar cuál es la verdad por los números. Los grandes pensadores del pasado pueden estar equivocados. Pero es importante que veamos que la doctrina reformada de la predestinación no fue inventada por Juan Calvino. Nada hay en la idea de Calvino sobre la predestinación, que no fuera anteriormente propugnado por Lutero y Agustín antes que él. Más tarde, el luteranismo no siguió a Lutero en este asunto, sino a Melanchthon, que cambió de opinión tras la muerte de Lutero. Es también digno de notarse que en su famoso tratado teológico, La Institución de la Religión Cristiana, Juan Calvino escribió escasamente sobre el tema. Lutero escribió mucho más acerca de la predestinación que Calvino.

Dejando a un lado la lección de la Historia, debemos tomar seriamente el hecho de que tales eruditos estuvieron de acuerdo en este difícil tema. Una vez más, el que estuvieran de acuerdo no prueba que sea cierta la predestinación. Podían haber estado equivocados. Pero reclama nuestra atención. No se puede desechar la idea reformada como una noción peculiarmente presbiteriana. Sé que durante mi gran conflicto con la predestinación estaba profundamente preocupado por las voces unidas de los titanes de la erudición cristiana clásica acerca de este punto. Ciertamente, no son infalibles, pero merecen nuestro respeto y ser escuchados honestamente.

Entre los dirigentes cristianos contemporáneos encontramos una lista más equilibrada de acuerdos y desacuerdos. (Téngase en cuenta que estamos hablando aquí en términos generales y que hay diferencias significativas entre los que se encuentran en cada bando.)

Idea reformada

Ideas opuestas

Francis Shaeffer

C.S. Lewis

Cornelius Van Til

Norman Geisler

Roger Nicole

John W. Montogomery

James Boice

Clark Pinnock

Philip Hughes

Billy Graham

No sé la posición de muchos famosos personajes y otros dirigentes acerca de este punto. Unos ha dejado claro que consideran la idea reformada como una herejía demoniaca. Sus ataques contra la doctrina carecen de sobriedad. No reflejan el cuidado y el fervor de los hombres relacionados anteriormente en la columna “opuesta”. Todos ellos son grandes dirigentes cuyas opiniones son dignas de nuestra cuidadosa atención.

Mi esperanza es que todos continuemos en el conflicto. Nunca debemos asumir que ya hemos llegado a la orilla. Sin embargo, no hay virtud alguna en el mero escepticismo. Miramos con malos ojos a los que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Dios se deleita en los hombres y las mujeres que tienen convicciones. Por supuesto, esta interesado en que nuestras convicciones sean conforme a la verdad. Participa en el conflicto conmigo pues, al embarcarnos en el difícil pero provechoso viaje para examinar y entender la doctrina de la predestinación.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 7–13). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

 6 – [6]  La Santidad de Cristo

Ligonier Español     

 6 – [6] – La Santidad de Cristo

Dr. R.C. Sproul

 

 

Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. La Santidad de Dios examina el significado de la santidad y por qué las personas están fascinadas y aterrorizadas por un Dios santo. R.C. Sproul dice: “La santidad de Dios afecta cada aspecto de nuestras vidas – economía, política, atletismo, romance – todo con lo que estamos involucrados”.
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 5 – [6] El significado de la Santidad

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 5 – [6] – El significado de la Santidad

Dr. R.C. Sproul

 

 


Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. La Santidad de Dios examina el significado de la santidad y por qué las personas están fascinadas y aterrorizadas por un Dios santo. R.C. Sproul dice: “La santidad de Dios afecta cada aspecto de nuestras vidas – economía, política, atletismo, romance – todo con lo que estamos involucrados”.
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4 – [6] – La demencia de Lutero

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4 – [6] – La demencia de Lutero

Dr. R.C. Sproul

 

 

 


Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. La Santidad de Dios examina el significado de la santidad y por qué las personas están fascinadas y aterrorizadas por un Dios santo. R.C. Sproul dice: “La santidad de Dios afecta cada aspecto de nuestras vidas – economía, política, atletismo, romance – todo con lo que estamos involucrados”.
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3 – [6] – Santidad y Justicia

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3 – [6] – Santidad y Justicia

Dr. R.C. Sproul

 

 


Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. La Santidad de Dios examina el significado de la santidad y por qué las personas están fascinadas y aterrorizadas por un Dios santo. R.C. Sproul dice: “La santidad de Dios afecta cada aspecto de nuestras vidas – economía, política, atletismo, romance – todo con lo que estamos involucrados”.
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2 – [6] El trauma de la Santidad

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2 – [6] – El trauma de la Santidad

Dr. R.C. Sproul

 


Hace más de 30 años que el Dr. R.C. Sproul escribió su afamado libro “La Santidad de Dios”, el cual por la gracia de Dios ha sido de bendición y edificación a una multitud de personas alrededor del mundo. En esta serie de 6 estudios, R.C. Sproul explora bien de cerca el carácter de Dios, llevándonos a nuevas percepciones sobre el pecado, la justicia y la gracia. La Santidad de Dios examina el significado de la santidad y por qué las personas están fascinadas y aterrorizadas por un Dios santo. R.C. Sproul dice: “La santidad de Dios afecta cada aspecto de nuestras vidas – economía, política, atletismo, romance – todo con lo que estamos involucrados”.
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