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4 – [9] La caída de Adán y la mía

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 4

La caída de Adán y la mía

Otra difícil cuestión que rodea la doctrina de la predestinación, es la cuestión de cómo puede heredarse de Adán nuestra naturaleza pecaminosa. Si nacemos con una naturaleza caída, si nacemos en pecado, si nacemos en un estado de incapacidad moral, ¿Cómo puede Dios hacernos responsables de nuestras faltas? Recordamos que el pecado original no se refiere al primer pecado sino al resultado de ese primer pecado. Las Escrituras hablan repetidamente de la entrada del pecado y la muerte en el mundo a través de “la transgresión de uno”. Como resultado del pecado de Adán, todos los hombres son ahora pecadores. La Caída fue grande. Tuvo repercusiones radicales para toda la raza humana. Ha habido muchos intentos para explicar la relación de la caída de Adán con el resto de la humanidad. Algunas de las teorías presentadas son bastante complejas e imaginativas. Tres teorías sin embargo, han surgido de la lista como las más ampliamente aceptadas. La primera de ellas la llamaré la Teoría Mítica de la Caída.

La teoría mítica de la Caída

La teoría mítica de la Caída, como sugiere el nombre, sostiene que no hubo una caída histórica de hecho. A Adán y Eva no se les considera personas históricos. Son símbolos mitológicos descritos para explicar o representar el problema de la corrupción del hombre. La historia de la Caída en la Biblia es una especie de parábola, enseña una lección moral.

Según esta teoría, los primeros capítulos del Génesis son mitológicos. Jamás hubo un Adán; nunca hubo una Eva. La estructura misma de la historia sugiere una parábola o un mito, por que incluye elementos tales como una serpiente que habla y objetos tan obviamente simbólicos, como el árbol del conocimiento del bien y del mal. La verdad moral comunicada por el mito, es que la gente cayó en pecado. El pecado es un problema universal. Todos cometen pecado; nadie es perfecto. El mito indica una realidad más elevada: cada uno es su propio Adán. Toda persona tiene su propia caída particular. El pecado es una condición humana universal precisamente, porque toda persona sucumbe a su propia tentación particular.

Los atractivos elementos de esta teoría son importantes. En primer lugar, esta idea absuelve a Dios totalmente de cualquier responsabilidad de hacer responsables a las futuras generaciones por lo que hizo una pareja. Aquí nadie puede culpar a sus padres o a su Creador por su propio pecado. Según este planteamiento, mi condición caída es un resultado directo de mi propia caída, no de la de otro. Una segunda ventaja de esta idea es que esquiva toda necesidad de defender el carácter histórico de los primeros capítulos de la Biblia. Esta idea no sufre ansiedad alguna por parte de ciertas teorías de la evolución o de disputas científicas acerca de la naturaleza de la creación. La verdad positiva de un mito nunca necesita ser defendida

Las desventajas de esta idea, sin embargo, son más graves. Su fallo más crucial es que realmente nada ofrece con respecto a una explicación de la universalidad del pecado. Si cada uno de nosotros nace sin una naturaleza pecaminosa, ¿Que explicación damos a la universalidad del pecado? Si cuatro mil millones de personas nacieran sin inclinación a pecar, sin corrupción en su naturaleza, podríamos esperar razonablemente que al menos algunas de ellas se refrenaran de caer. Si nuestro estado moral natural es de inocente neutralidad, esperaríamos estadísticamente que la mitad de la raza humana permaneciera perfecta. Admito que explicar la caída de una persona inocente presenta un enorme problema intelectual. Pero cuando multiplicamos esa dificultad por los miles de millones de personas que han caído, el problema se vuelve varios miles de millones de veces más difícil. También admitimos que si una persona creada a la imagen de Dios pudo caer, entonces es ciertamente posible que miles de millones puedan caer igualmente. Es la probabilidad estadística la que resulta tan asombrosa. Cuando pensamos en la caída de una persona, eso es una cosa. Pero si todos lo hacen, sin excepción, entonces comenzamos a preguntarnos por qué. Comenzamos a preguntamos si el estado natural del hombre es neutral en absoluto.

La respuesta general de los que abogan por la idea mítica es que la gente no nace universalmente en un medio ambiente idílico como el Edén. La sociedad es corrupta. Nacemos en un medio ambiente corrupto. Somos como el “salvaje inocente” de Rousseau, que es corrompido por las influencias negativas de la civilización.

Esta explicación demanda la cuestión: ¿Cómo se volvió corrupta la sociedad o la civilización en primer lugar? Si todos somos inocentes, sin evidencia alguna de corrupción personal, esperaríamos encontrar sociedades que no fuesen más que medio corrompidas. Si las personas de la misma calaña se juntan, podríamos encontrar sociedades donde todas las personas corruptas se agruparan, y otras sociedades donde no existiera ninguna maldad. La sociedad no puede ser una influencia corruptora hasta que primero se vuelva corrupta ella misma. Para explicar la caída de una sociedad o civilización entera, debemos afrontar las dificultades que ya hemos indicado.

En otra de las famosas obras de Jonathan Edwards, su tratado sobre el pecado original, hace la importante observación de que debido a la universalidad del pecado del hombre, aun si la Biblia nada dijera acerca de una caída original de la raza humana, la razón demandaría tal explicación. Nada clama más fuertemente acerca de el hecho de que nacemos en un estado de corrupción que el hecho de que todos pecamos.

Otra cuestión espinosa que surge tiene que ver con la relación entre el pecado y la muerte. La Biblia deja claro que la muerte no es “natural” para el hombre. Esto es, se dice repetidamente que la muerte ha entrado en el mundo como resultado del pecado. Si eso es así, ¿que explicación damos a la muerte de los infantes? Si todos los hombres nacen inocentes, sin corrupción innata, Dios sería injusto permitiendo que bebés que aún no han caído muriesen.

La idea mitológica de la Caída debe afrontar también el hecho de que transgrede radicalmente a la enseñanza de la Escritura. La idea hace algo más que interpretar meramente los primeros capítulos de la Biblia como ficticios. Al hacerlo, la idea se sitúa en clara oposición a la idea del Nuevo Testamento acerca de la caída. Requeriría un trabajo intelectual encomiable, argüir que el apóstol Pablo no enseñó una caída histórica. Los paralelos que el traza entre el primer Adán y el Segundo, son demasiado fuertes para permitir esto, a menos que argumentemos que en la mente de Pablo, Jesús fuese también un personaje mitológico.

Admitamos que el relato del Génesis acerca de la Caída contiene algunos elementos literarios inusuales. La presencia de un árbol que no sigue el modelo normal de los árboles, sigue ciertas figuras poéticas. Es correcto interpretar la poesía como poesía, y no como narración histórica. Por otra parte, existen fuertes elementos de literatura narrativa histórica en Génesis 3. La ubicación del Edén se sitúa en el capítulo 2 en medio de cuatro ríos, incluyendo el Pisón, el Gihón, el Hidekel (o Tigris) y el Éufrates.

Sabemos que las parábolas pueden cuadrarse en un contexto histórico real. Por ejemplo, la parábola del buen samaritano se cuadra en el contexto geográfico del camino a Jericó. Por tanto, la mera presencia de ríos históricos reales no demanda de forma absoluta que identifiquemos esta sección del Génesis como una narración histórica.

Existe otro elemento en el texto sin embargo, que es más convincente. El relato de Adán y Eva contiene una genealogía significativa. Los romanos con su afición a la mitología, pueden no tener dificultad en trazar su linaje hasta Rómulo y Remo (personajes míticos); pero los judíos eran sin duda, más escrupulosos acerca de tales asuntos. Estos tenían un fuerte compromiso con la historia real. A la luz de la inmensa diferencia entre la idea judía de la historia y la de los griegos por ejemplo, es impensable que los judíos incluyeran personajes mitológicos en sus propias genealogías. En los escritos judíos, la presencia de una genealogía indica una narración histórica. Nótese que el historiador del Nuevo Testamento, Lucas, incluye a Adán en la genealogía de Jesús.

Es mucho más fácil explicar como un árbol real puede servir como punto focal de una prueba moral, así siendo llamado el árbol del conocimiento del bien y el mal, que lo que sería acomodar la genealogía a una parábola o un mito. Esto por supuesto, podría hacerse si otros factores lo demandaran. Pero no existen tales factores. No hay una sana razón por la que no interpretemos Génesis 3 como una narración histórica, y múltiples razones por las que no tratarlo como una parábola o un mito. Tratarlo como historia es tratarlo como lo hicieron los judíos, incluyendo a Pablo y a Jesús. Tratarlo de otra manera está generalmente motivado por algún presupuesto contemporáneo que nada tiene que ver con la historia judía.

La idea realista de la Caída

¿Recuerdas aquella famosa serie televisora titulada “El Túnel del Tiempo”? Llevaba a los espectadores, mediante la magia de la televisión, a escenas históricas famosas. Pero en realidad, no se ha inventado aún ingenio electrónico alguno que nos haga retroceder en el tiempo. Vivimos en el presente. Nuestro único acceso al pasado es a través de los libros, los artefactos de la arqueología, nuestras memorias y las de otros.

Recuerdo haber enseñado un curso sobre la Biblia que incluía un breve estudio de los soldados romanos. Mencioné el estandarte romano que llevaba las iniciales SPQR. Pregunté si alguien sabia lo que aquellas letras significaban. Un querido amigo de unos setenta y tantos años exclamó: “Senatus Populus Que Romanus, ‘El senado y el pueblo de Roma’.” Sonreí a mi amigo y dije: “Eres el único en esta sala que es lo suficientemente viejo para recordar!”

Ninguno de nosotros es lo suficientemente viejo para conservar en la memoria imágenes de la caída de Adán. ¿O lo somos? La idea realista de la Caída propugna que somos lo suficientemente viejos para recordar la Caída. Debiéramos ser capaces de recordarla porque estábamos realmente allí.

El realismo no implica que se hable de alguna especie de reencarnación. Por el contrario, el realismo es un intento serio de responder al problema de la Caída. El concepto clave es éste: no podemos ser considerados moralmente responsables por un pecado cometido por otro. Para ser responsables, debemos haber estado envueltos activamente de alguna manera en el pecado mismo. De alguna manera, debemos haber estado presentes en la Caída. Realmente presentes. De ahí el nombre Realismo.

La idea realista de la Caída demanda alguna clase de concepto de la preexistencia del alma humana. Esto es, antes de nacer nuestras almas deben de haber existido ya. Estaban presentes con Adán en la Caída. Cayeron juntamente con Adán. El pecado de Adán no fue meramente un acto por nosotros; fue un acto con nosotros. Nosotros estábamos allí.

Esta teoría parece especulativa, quizá grotesca inclusive. Sus defensores, sin embargo, apelan a dos textos bíblicos clave como garantía de su idea. El primero se encuentra en Ezequiel 18:2–4:

“¿Que pensáis vosotros, los que usáis este refrán, sobre la tierra de Israel, que dice: los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera?. Vivo yo, dice el señor Dios, que nunca más tendréis por que usar este refrán en Israel. E aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, ésa morirá”.

Más adelante en este capítulo Ezequiel escribe:

“Y si dijereis: ¿por que el hijo no llevara el pecado de su padre? Por que el hijo hizo según el derecho y la justicia, guardó todos mis estatutos y los cumplió, de cierto vivirá. El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre el, y la impiedad del impío será sobre él.” (Eze. 18:19–20).

Aquí el realista encuentra un texto definitivo para su argumento. Dios declara claramente que el hijo no ha de ser considerado culpable por los pecados de su padre. Esto parece presentar serias dificultades para toda la idea de que la gente caiga “en Adán”. El segundo texto clave para el realismo se encuentra en el libro de Hebreos en el Nuevo Testamento:

“y por decirlo así, en Abraham pagó el diezmo también Leví, que recibe los diezmos; por que aun estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro” (Heb.7:9–10).

Este texto es parte de una larga disertación por parte del autor de Hebreos con respecto al papel de Cristo como nuestro Gran Sumo Sacerdote. El Nuevo Testamento declara que Jesús es tanto nuestro rey como nuestro sacerdote. Enfatiza el hecho de que Jesús pertenecía al linaje de Judá, a quien se le había prometido la realeza del reino. Jesús era un hijo de David, que también era del linaje de Judá.

El sacerdocio del Antiguo Testamento no le fue dado a Judá, sino a los hijos de Leví. Los levitas constituían el linaje sacerdotal. Hablamos normalmente, por tanto, del sacerdocio levítico o del sacerdocio Aarónico. Aarón era levita. Si esto es así, ¿cómo podía Jesús ser sacerdote, si no pertenecía al linaje de Leví? Este problema preocupaba a algunos judíos de la antigüedad. El autor de Hebreos argumenta que en el Antiguo Testamento se mencionaba otro sacerdocio, el sacerdocio de la misteriosa figura llamada Melquisedec. Se dice que Jesús era sacerdote según el orden de Melquisedec.

Una buena sección del libro de Hebreos no está satisfecha, sin embargo, meramente con probar que había otro sacerdocio en el Antiguo Testamento además del sacerdocio levítico. El punto principal del argumento aquí es que el sacerdocio de Melquisedec era superior al sacerdocio de Leví. El autor de Hebreos relata un fragmento de la historia del Antiguo Testamento para probar este punto. Llama la atención al hecho de que Abraham pagó diezmos a Melquisedec, no Melquisedec a Abraham. Melquisedec también bendijo a Abraham; Abraham no bendijo a Melquisedec. La cuestión es ésta: en la relación entre Abraham y Melquisedec, fue Melquisedec quien sirvió de sacerdote, no Abraham.

El pensamiento clave para el judío se cita en el versículo 7: “Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor.” El autor de Hebreos continúa tejiendo el hilo de su argumento. Argumenta que en efecto, el padre es superior al hijo. Eso significa que Abraham esta por delante de Isaac en el orden patriarcal. A su vez, Isaac esta por delante de Jacob, y Jacob por delante de sus hijos, incluyendo a su hijo Leví. Si desarrollamos esto, significa que Abraham es mayor que su bisnieto Leví.

Ahora bien, si Abraham es mayor que Leví y Abraham se subordinó a Melquisedec, entonces ello significa que el sacerdote Melquisedec es mayor que Leví y todo su linaje. La conclusión es clara. El sacerdocio de Melquisedec es un orden superior de sacerdocio que el sacerdocio levítico. Esto da una dignidad suprema al oficio sumosacerdotal de Cristo.

No era el principal interés del autor de Hebreos explicar el misterio de la Caída de Adán con todo esto. Sin embargo, dice algo de paso que los realistas cazan al vuelo para probar su teoría. Escribe que “en Abraham pagó el diezmo también a Leví. Leví hizo esto mientras “aún estaba en los lomos de su padre”.

Los realistas ven esta referencia a Leví haciendo algo antes aún de nacer, como una prueba bíblica del concepto de la preexistencia del alma humana. Si Leví pudo pagar diezmos mientras estaba aún en los lomos de su padre, eso debe significar que Leví en algún sentido, ya existía. El tratamiento que se le da a este pasaje de Hebreos demanda una cuestión. El texto no enseña explícitamente que Leví existiera o preexistiera realmente en los lomos de su padre. El texto mismo lo expresa con las palabras: “Por decirlo así”. El texto no requiere que nos precipitemos a la conclusión de que Leví “realmente” preexistiera. Los realistas vienen a este texto armados con una teoría que no han encontrado en el texto, y luego imponen la teoría al texto.

El argumento basado en el texto de Ezequiel también pierde de vista la idea. Ezequiel no estaba pronunciando un discurso acerca de la Caída de Adán. No se considera aquí la Caída. Por el contrario, Ezequiel se está refiriendo a la excusa corriente que los hombres utilizan para sus pecados. Estos tratan de culpar a algún otro de sus propias malas acciones. Esa actividad humana ha continuado desde la Caída, pero eso es todo lo que este pasaje tiene que ver con la Caída. En la Caída, Eva culpó a la serpiente, y Adán culpó tanto a Dios como a Eva por su propio pecado. Dijo: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” (Gén. 3:12). Desde entonces, los hombres han tratado siempre de echarles a otros la culpa. Aun así, argumentan los realistas, se establece un principio en Ezequiel 18 que está relacionado con este asunto. El principio es que los hombres no han de ser considerados responsables por los pecados de otros.

Sin duda, se establece ese principio general en Ezequiel. Es un gran principio de la justicia de Dios. Sin embargo, no nos atrevemos a convertirlo en un principio absoluto. Si lo hacemos, entonces el texto de Ezequiel probaría demasiado. Probaría que la expiación de Cristo esta fuera de lugar. Si es imposible que una persona pueda jamás ser castigada por los pecados de otra, entonces no tenemos la posibilidad de un Salvador. Jesús fue castigado por nuestros pecados. Esa es la esencia misma del Evangelio. No sólo fue Jesús castigado por nuestros pecados, sino que su justicia es la base meritoria de nuestra justificación. Somos justificados por una justicia ajena, una justicia que no es nuestra. Si presionamos la afirmación de Ezequiel hasta un límite absoluto cuando leemos: “La justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él”, entonces se nos deja como pecadores que deben justificarse así mismos. Eso nos pone a todos en un grave problema.

Sin duda, la Biblia habla de que Dios “visita” las iniquidades de la persona hasta la tercera y cuarta generación. Esto se refiere a las consecuencias del pecado. Un hijo pude sufrir las consecuencias del pecado de su padre, pero Dios no le hace responsable del pecado de su Padre.

El principio de Ezequiel permite dos excepciones: la Cruz y la Caída. De alguna manera, no nos importa la excepción de la Cruz. Es la Caída la que nos irrita. No nos importa que nuestra culpa se transfiera a Jesús o que su justicia se nos transfiera a nosotros; es el hecho de que se nos transfiera la culpa de Adán lo que nos molesta. Argumentamos que si la culpa de Adán nunca se nos hubiera transmitido, entonces la obra de Jesús nunca habría sido necesaria.

La idea federal o representativa de la Caída

Para la mayoría, la idea federal de la Caída ha sido la más común entre los que abogan por la doctrina reformada de la predestinación. Esta perspectiva enseña que Adán actuó como representante de toda la raza humana. Con la prueba que Dios puso ante Adán y Eva, El estaba probando a toda la humanidad. El nombre de Adán significa “hombre” o “humanidad”. Adán fue el primer ser humano creado, está a la cabeza de la raza humana. Fue puesto en el huerto para actuar no por sí mismo, sino por todos sus futuros descendientes. Exactamente como un gobierno federal tiene un portavoz principal que es la cabeza de la nación, así Adán era la cabeza federal de la humanidad.

La idea principal del federalismo es que cuando pecó Adán, pecó por todos nosotros. Su caída fue nuestra caída. Cuando Dios castigó a Adán quitándole su justicia original, todos nosotros fuimos igualmente castigados. La maldición de la Caída nos afecta a todos. No sólo fue Adán destinado a ganarse la vida con el sudor de su frente, sino que esto es cierto en cuanto a nosotros también. No solo fue Eva destinada a tener dolor en el parto, sino que eso ha sido cierto en cuanto a las mujeres de todas las generaciones humanas. La serpiente ofensora en el huerto no fue el único miembro de su especie que fue condenada con arrastrarse sobre su pecho.

Cuando fueron creados, a Adán y Eva se les dio dominio sobre toda la creación. Como resultado de su pecado, el mundo entero sufrió. Pablo nos dice:

Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora (Romanos 8:20–22).

Toda la creación gime al esperar la plena redención del hombre. Cuando el hombre pecó, las repercusiones del pecado se sintieron a través de toda la gama del dominio del hombre. Debido al pecado de Adán, no solo sufrimos nosotros, sino que los leones, los elefantes, las mariposas y los cachorros de perro también sufren. Ellos no pidieron tal sufrimiento. Fueron dañados por la caída de su amo.

El sufrimiento como resultado del pecado de Adán es algo que se enseña explícitamente en el Nuevo Testamento. En Romanos 5, por ejemplo, Pablo hace la siguiente observación:

“Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (v. 12).

“Por la transgresión de aquel uno murieron los muchos” (v. 15).

“Por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres” (v. 18).

“Por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores” (v. 19).

No hay manera de evitar la enseñanza obvia de la Escritura en cuanto a que el pecado de Adán tuvo terribles consecuencias para sus descendientes. Es precisamente por la abundancia de tales afirmaciones bíblicas por lo que prácticamente toda organización cristiana ha formulado alguna doctrina del pecado original vinculada a la Caída de Adán.

Queda aún una gran cuestión. Si Dios juzgó en realidad a toda la raza humana en Adán, ¿cómo es eso justo? Parece manifiestamente injusto que Dios permitiese que no sólo todos los subsiguientes seres humanos, sino toda la creación sufriese por causa de Adán.

Es la cuestión de la justicia de Dios la que el federalismo busca responder. El federalismo asume que en efecto estábamos representados por Adán y que tal representación era tanto justa como exacta. Sostiene que Adán nos representaba perfectamente.

Dentro de nuestro sistema legal, tenemos situaciones que, no perfectamente pero si aproximadamente, tienen un paralelismo con este concepto de representación. Sabemos que si yo alquilo a un hombre para matar a alguien, y que ese pistolero alquilado lleva a cabo el contrato, yo puedo ser justamente juzgado por asesinato en primer grado a pesar del hecho de que yo no apreté realmente el gatillo. Soy juzgado como culpable por un crimen que algún otro ha cometido porque la otra persona actuó en mi lugar.

La evidente protesta que surge en este punto es: “Pero nosotros no alquilamos a Adán para pecar en nuestro lugar.” Eso es cierto.

Este ejemplo ilustra meramente que hay algunos casos en los cuales es justo castigar a una persona por el crimen de otra.

La idea federal de la Caída aún exhala un vago olor a tiranía. Nuestro clamor es: “¡Ninguna condenación sin representación!” Al igual que la gente en una nación clama por representantes que aseguren la libertad de la tiranía despótica, así también demandamos que la representación ante Dios sea justa y equitativa. La idea federal afirma que somos juzgados culpables por el pecado de Adán porque el era nuestro representante equitativo y justo.

Pero un momento. Adán puede habernos representado, pero nosotros no le escogimos. ¿Que si los padres de la república americana hubieran demandado una representación por parte del rey Jorge, y el rey hubiera respondido: “Por supuesto, podéis tener representantes. Seréis representados por mi hermano.” Tal respuesta habría esparcido aún más té en el puerto de Boston.

Queremos el derecho a seleccionar a nuestros propios representantes. Queremos ser capaces de depositar nuestro propio voto, no que haya alguien que deposite ese voto por nosotros. La palabra voto viene del latín vótum, que significaba “deseo” o “elección”. Cuando depositamos nuestro voto, estamos expresando nuestros deseos, manifestando nuestras voluntades.

Supongamos que hubiésemos tenido plena libertad de votar a nuestro representante en el Edén. ¿Nos hubiera satisfecho eso? ¿Y por qué queremos el derecho a votar a nuestro representante? ¿Por qué ponemos objeciones si el rey o cualquier otro soberano quiere designar a nuestros representantes por nosotros? La respuesta es obvia. Queremos estar seguros que nuestra voluntad se cumpla. Si el rey designa a mi representante, entonces tendré poca confianza de que mis deseos se cumplan. Temería que el representante designado estaría más deseoso de cumplir los deseos del rey que mis deseos. No me sentiría representado justamente.

Pero aun si tenemos el derecho de escoger a nuestros propios representantes, no tenemos garantía de que nuestros deseos serán cumplidos. ¿Quién entre nosotros no ha sido embaucado por políticos que prometen una cosa durante una campaña electoral y hacen otra cosa después de ser elegidos? Una vez más, la razón por la que queremos seleccionar a nuestro propio representante es que queremos estar seguros de ser representados justamente.

En ningún otro momento de la historia humana hemos sido representados más justamente que en el huerto del Edén. Sin duda, nosotros no escogimos a nuestro representante allí. Nuestro representante nos fue escogido. Aquel que escogió a nuestro representante, sin embargo, no fue el rey Jorge. Fue el Dios omnipotente. Cuando Dios escoge a nuestro representante, lo hace perfectamente. Su elección es una elección infalible. Cuando yo escojo a mis propios representantes lo hago falíblemente. A veces, selecciono equivocadamente a una persona, y soy entonces injustamente representado. Adán me representó infaliblemente no porque el fuera infalible, sino porque Dios es infalible. Dada la infalibilidad de Dios, nunca podré argumentar que Adán fuese una mala elección para representarme.

Lo que muchos de nosotros asumimos en nuestro conflicto con la Caída es que si hubiésemos estado allí, habríamos hecho una elección diferente. No habríamos tomado una decisión que hubiera hundido al mundo en la ruina. Tal suposición no es posible dado el carácter de Dios. Dios no comete errores. Su elección de mi representante es mejor que cualquier acto de elección humana.

Aun si concedemos que en efecto, estábamos perfectamente representados por Adán debemos aún preguntar si es justo ser representados en absoluto con tan alto riesgo. Solamente puedo responder que agradó al Señor hacer esto. Sabemos que el mundo cayó por medio de Adán. Sabemos que en algún sentido, Adán nos representó. Sabemos que nosotros no le escogimos a él para ser nuestro representante. Sabemos que la selección que Dios hizo de Adán fue una selección infalible. ¿Pero fue justo todo el proceso?

Sólo puedo responder a esta pregunta en última instancia haciendo otra pregunta, una que hizo el apóstol Pablo: “¿Hay injusticia en Dios?” (Rom. 9:14). La respuesta apostólica a esta pregunta retórica es tan clara como enfática: “En ninguna manera.” Si conocemos algo en absoluto acerca del carácter de Dios, entonces sabemos que El no es un tirano y que nunca es injusto. Su estructuración de las condiciones para poner a prueba a la humanidad satisfizo la propia justicia de Dios. Esto debiera ser suficiente para satisfacernos.

Sin embargo, aún disputamos. Aún contendemos con el Todopoderoso. Aún asumimos que de alguna manera, Dios nos hizo una injusticia y que sufrimos como víctimas inocentes de Su juicio. Tales sentimientos sólo confirman el grado profundo de nuestra caída. Cuando pensamos así, estamos pensando como hijos de Adán. Tales pensamientos blasfemos sólo subrayan en rojo cuán ciertamente estuvimos representados por Adán.

Estoy convencido que la idea federal de la Caída es sustancialmente correcta. Sólo ésta, de las tres que hemos examinado, hace justicia a la enseñanza bíblica acerca de la caída del hombre. Me satisface que Dios no es un tirano arbitrario. Se que soy una criatura caída. Esto es, se que soy una criatura y se que estoy caído. También se que no es por “culpa” de Dios por lo que soy pecador. Lo que Dios ha hecho por mi es redimirme de mi pecado. No me ha redimido de Su pecado.

Aunque la idea federal representativa de la Caída es sostenida por la mayoría de los calvinistas, debemos recordar que la cuestión de nuestra relación con la caída de Adán no es un problema peculiar del calvinismo. Todos los cristianos deben contender con él.

Es también vital ver la predestinación a la luz de la Caída. Todos los cristianos están de acuerdo en que el decreto divino de la predestinación tuvo lugar antes de la Caída. Algunos argumentan que Dios predestinó primero a algunos para la salvación y a otros para la condenación y entonces decretó la Caída para asegurarse que algunos perecerían. A veces, esta terrible idea es aún atribuida al calvinismo. Tal idea era repugnante para Calvino y es igualmente repugnante para todos los calvinistas ortodoxos. La noción se llama a veces “hiper-calvinismo”. Pero aun eso es un insulto. Esta idea nada tiene que ver con el calvinismo. Más bien que hiper-calvinismo, es anti-calvinismo.

El calvinismo, juntamente con otras ideas acerca de la predestinación, enseña que el decreto de Dios tuvo lugar antes de la Caída, y a la luz de la Caída. ¿Por qué es esto importante? Porque la idea calvinista de la predestinación siempre acentúa el carácter benévolo de la redención de Dios. Cuando Dios predestina a la gente para la salvación, está predestinando a la salvación a los que El sabe que realmente necesitan ser salvados. Necesitan ser salvados porque son pecadores en Adán, no porque El les forzara a ser pecadores. El calvinismo ve a Adán pecando por su propio libre albedrío, no por presión divina.

Sin duda, Dios sabía antes de la Caída que habría con toda seguridad una Caída, y emprendió la acción para redimir a algunos. Ordenó la Caída en el sentido de que escogió permitirla, pero no en el sentido de que escogiera presionarla. Su gracia predestinante es benévola precisamente porque El escoge salvar a personas que sabe de antemano que estarán espiritualmente muertas.

Una última ilustración puede ser de ayuda aquí. Nos enojamos ante la idea de que Dios nos exige a ser justos cuando estamos obstaculizados por el pecado original. Decimos: “Pero, Dios, no podemos ser justos. Somos criaturas caídas. ¿Cómo puedes hacernos responsables cuando sabes muy bien que nacimos con el pecado original?”

La ilustración es como sigue. Supongamos que Dios dijera a un hombre, “Quiero que termines de podar estos arbustos a las tres de la tarde. Pero ten cuidado. Hay un gran pozo abierto al extremo del huerto. Si caes en ese pozo, no podrás salir por ti mismo. Así pues, por encima de todo, mantente lejos de ese pozo.”

Supongamos que tan pronto Dios sale del huerto, el hombre corre y salta dentro del pozo. A las tres regresa Dios y encuentra los arbustos sin podar. Llama al hortelano y oye un débil clamor desde el extremo del huerto. Camina hasta el borde del pozo y ve al hortelano agitándose desesperadamente en el fondo. Le dice al hortelano: “¿Por que no has podado los arbustos que te dije que podaras?” El hortelano responde airadamente, “¿Cómo esperas que pode esos arbustos cuando estoy atrapado en este pozo? Si no hubieras dejado este pozo vacío aquí, no estaría en este apuro.”

Adán saltó al pozo. En Adán todos hemos saltado al pozo. Dios no nos arrojó en el pozo. A Adán se le advirtió claramente acerca del pozo. Dios le dijo que se mantuviera apartado. Las consecuencias que Adán experimentó por estar en el pozo fueron un castigo directo por saltar a el.

Así ocurre con el pecado original. El pecado original es tanto la consecuencia del pecado de Adán como el castigo por tal. Nacemos pecadores porque en Adán todos caímos. Aun la palabra caída tiene un poco de eufemismo que le da color de rosa al asunto. La palabra caída sugiere algún tipo de accidente. Más bien, el pecado de Adán no fue un accidente. Adán no resbaló simplemente en el pecado; saltó al mismo con los dos pies. Nosotros a su vez, saltamos de cabeza con el. Dios no nos empujó. No nos engañó. Nos hizo una advertencia adecuada y justa. La culpa es nuestra y sólo nuestra.

No es que Adán comiera las uvas agrias y nuestros dientes tengan la dentera. La enseñanza bíblica es que en Adán todos comimos las uvas agrias. Esa es la razón por la que nuestros dientes tienen la dentera.

Resumen del capítulo 4

1. La presencia penetrante y universal del pecado no puede explicarse adecuadamente como un mito.

2. La pecaminosidad del hombre no puede explicarse por la “sociedad”.

3. La sociedad está formada por individuos, cada uno de los cuales debe ser pecador antes que la sociedad como un todo pueda estar corrupta.

4. El realismo también fracasa como explicación porque implica un enfoque fantasioso de la Escritura.

5. La idea federal de la Caída toma en serio el papel jugado por Adán como nuestro representante.

6. Adán nos representó perfectamente no en virtud de su perfección, sino en virtud de la selección perfecta de Dios.

7. Todos los cristianos deben tener alguna idea de la caída

8. La gracia salvadora de Dios se dirige hacia aquellos que El sabe que son criaturas caídas.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 55–70). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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