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5 – [9] Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

Escogidos por Dios

R.C. Sproul

Capítulo 5

Muerte espiritual y vida espiritual: nuevo nacimiento y fe

La teología reformada es famosa en el mundo anglosajón por un simple acróstico que fue designado para resumir los así llamados “cinco puntos del calvinismo”. Está formado por la palabra TULIP.

T – Total depravity (depravación total)

U – Unconditional Election (elección incondicional)

L – Limited Atonement (expiación limitada)

I – Irresistlble Grace (gracia irresistible)

P – Perseverance of the Saints (perseverancia de los santos)

Este acróstico ha ayudado a muchas personas a recordar las características distintivas de la teología reformada. Desafortunadamente, ha causado también mucha confusión y muchos malentendidos. El problema de los acrósticos es que los mejores términos que tenemos para las ideas no siempre comienzan con letras que formen palabras pequeñas y hermosas. El acróstico sirve bien como un recurso para la memoria, pero poco más que eso.

Mi primer problema con el acróstico TULIP tiene que ver con la primera letra. Depravación total puede ser un término muy confuso. El concepto de depravación total se confunde a menudo con la idea de depravación extrema. En la teología reformada, la depravación total se refiere a la idea de que toda nuestra humanidad está caída. Esto es, no hay parte mía alguna que no haya sido afectada en alguna manera por la Caída. El pecado afecta mi voluntad, mi corazón, mi mente y mi cuerpo. Si Adán nunca hubiera pecado, supongo que nunca había tenido la necesidad de llevar lentes bifocales al alcanzar una edad mediana. De hecho, el término mismo edad mediana no habría tenido sentido para él. Si Adán no hubiera pecado, nunca habría muerto. Cuando alguien vive para siempre, ¿dónde está la edad mediana?

La depravación total también enfatiza el hecho de que el pecado llega hasta el centro de nuestro ser. El pecado no es algo periódico, un pequeño defecto que estropea lo que de otra manera sería un espécimen perfecto. El pecado es radical en el sentido que afecta la raíz (radix) de nuestras vidas.

La depravación total no es depravación extrema. La depravación extrema significaría que somos tan pecadores como nos sería posible ser. Sabemos que no es este el caso. No importa cuanto hayamos pecado cada uno, somos capaces de pensar en pecados peores que podríamos haber cometido. Aun Adolfo Hitler se refrenó de asesinar a su madre.

Puesto que la depravación total se confunde a menudo con la depravación extrema, prefiero hablar de la “corrupción radical” del hombre. El concepto del carácter radical del pecado es quizá el concepto más importante que hemos de entender si vamos a sacarle algún sentido a la doctrina bíblica de la predestinación. Como mencioné durante nuestra discusión de la incapacidad moral del hombre, éste es el punto central de todo el debate.

Recuerdo haber enseñado en una clase de teología. La clase estaba formada por un grupo interdenominacional de unos veinticinco estudiantes. Pregunte al comienzo del estudio sobre la predestinación, cuántos estudiantes se consideraban calvinistas en este asunto. Sólo un estudiante levantó la mano.

Comenzamos con un estudio de la pecaminosidad del hombre. Tras haber dado clases durante varios días sobre el tema de la corrupción del hombre, hice otra encuesta. Pregunté “¿Cuántos de vosotros estáis persuadidos de que lo que acabáis de aprender es en efecto, la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana?” Se levantaron todas las manos. Yo dije: “¿Estáis seguros?”. Ellos insistieron que estaban verdaderamente seguros. Les di una advertencia más. “Tened cuidado ahora. Esto puede volver a rondaros más adelante en el curso.” No les importó, e insistieron que estaban convencidos.

En este momento de la clase, fui a una esquina de la pizarra y escribí la fecha. Al lado de la fecha escribí el número veinticinco. Lo rodee con un círculo y añadí una nota para el maestro en turno diciendo que, por favor, se abstuviera de borrar esta porción de la pizarra.

Varias semanas después comencé un estudio de la predestinación. Cuando llegué al punto que trata de la incapacidad moral del hombre, hubo aullidos de protesta. Entonces fui a la pizarra y les recordé la encuesta anterior. Me llevó otras dos semanas convencerles de que, si realmente aceptaban la idea bíblica de la corrupción humana, el debate acerca de la predestinación a todos los efectos, había ya terminado. Intentaré en resumen, hacer lo mismo aquí. Procedo con el mismo cuidado.

La doctrina bíblica de la corrupción humana

Comencemos nuestro estudio acerca del grado de la caída del hombre mirando Romanos tres. Aquí escribe el apóstol Pablo:

No hay justo, ni aun uno;

No hay quien entienda,

No hay quien busque a Dios.

Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

(Romanos 3:10–12).

Aquí encontramos un breve resumen de la universalidad de la corrupción humana. El pecado está tan extendido que captura a todos en su red. Pablo utiliza palabras enfáticas para mostrar que no hay excepciones en este proceso entre los hombres caídos. No hay justo alguno: nadie hay que haga el bien.

La afirmación “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” se opone a nuestras suposiciones culturales. Crecemos oyendo que nadie es perfecto y que de humanos es errar. Estamos bastante dispuestos a reconocer que ninguno de nosotros es perfecto. Es fácil admitir que somos pecadores; pues, que ninguno de nosotros ni siquiera hace el bien es ya demasiado. Ninguna persona entre mil estaría dispuesta a admitir que el pecado sea tan grave.

¿Nadie hace el bien? ¿Cómo puede ser eso? Cada día vemos a simples paganos haciendo algún bien. Los vemos llevando a cabo actos heroicos de sacrificio, obras industriosas, prudentes y honestas. Vemos a incrédulos obedeciendo escrupulosamente los límites de velocidad mientras que otros coches pasan zumbando a su lado con símbolos cristianos pegados por atrás.

Pablo debe de estar utilizando una hipérbole aquí. Debe de estar exagerando intencionadamente con objeto de enfatizar un principio. Sin duda, hay personas que hacen el bien. ¡No! El sobrio juicio de Dios es que nadie hace el bien, ni siquiera uno.

Tropezamos aquí porque tenemos un entendimiento relativo de lo que es el bien. El bien es, ciertamente, un término relativo. Una cosa sólo puede ser juzgada como buena según alguna clase de norma. Utilizamos el término como una comparación entre los hombres. Cuando decimos que un hombre es bueno, queremos decir que es bueno comparado con otros hombres. Pero la norma final para la bondad, la norma por la cual seremos todos juzgados, es la ley de Dios. Esa ley no es Dios, pero procede de Dios y refleja su carácter perfecto. Juzgados conforme a esa norma, nadie es bueno.

Según las categorías bíblicas, una buena acción se mide por dos partes. La primera es por su conformidad externa a la ley de Dios. Esto significa que si Dios prohibe robar, entonces es bueno no robar. Es bueno decir la verdad. Es bueno pagar nuestras deudas a tiempo. Es bueno asistir a las personas necesitadas. Externamente, estas virtudes se realizan cada día. Cuando las vemos, concluimos rápidamente que los hombres en efecto, hacen buenas cosas.

Es la segunda parte de la medida lo que nos causa problemas. Antes que Dios pronuncie como “buena” una acción, El considera no sólo la conformidad externa o exterior a su ley, sino también la motivación. Nosotros observamos sólo las apariencias externas; Dios lee el corazón. Para que una obra se considere buena, ésta debe no sólo conformarse externamente a la ley de Dios, sino que debe estar motivada internamente por un sincero amor a Dios.

Recordamos el Gran Mandamiento de amar al Señor nuestro Dios con todos nuestros corazones, toda nuestra fuerza, y todas nuestras mentes y amar a nuestro prójimo tanto como a nosotros mismos. Toda acción que realizamos debiera proceder de un corazón que ama a Dios totalmente.

Desde esta perspectiva es fácil ver que nadie hace el bien. Nuestras mejores obras están manchadas por nuestros motivos, que son menos que puros. Nadie entre nosotros ha amado jamás a Dios con todo su corazón o con toda su mente. Hay medio kilo de carne mezclado con todas nuestras acciones, haciéndolas menos que perfectas.

Jonathan Edwards hablaba del concepto de interés propio iluminado. El interés propio iluminado se refiere a esa motivación que sentimos para realizar actos externos de justicia y refrenamos de los impulsos malvados que hay dentro de nosotros. Hay ciertos momentos y lugares en que el crimen no compensa. Cuando el riesgo del castigo sobrepasa la posible recompensa de nuestra mala acción, podemos inclinamos a refrenamos de la misma. Por otro lado, podemos ganar el aplauso de los hombres por nuestros actos virtuosos. Podemos ganarnos una palmadita en la cabeza por parte de nuestro maestro o el respeto de nuestros iguales si hacemos ciertas buenas acciones.

El mundo entero aplaude a los artistas cuando se juntan para grabar un álbum especial con objeto de utilizar las ganancias para aliviar el hambre en Etiopía. El aplauso raramente daña la carrera de un actor de teatro, a pesar de las cínicas afirmaciones de que la ética y los negocios no van juntos. Por el contrario, la mayoría de nosotros hemos aprendido que la ética realza nuestra reputación en los negocios.

No soy tan cínico como para pensar que el gesto hacia Etiopía por parte de los cantantes se hizo meramente por el aplauso personal o como un reclamo publicitario. Sin duda, hubo fuertes motivos de compasión y preocupación hacia la gente que se muere de hambre. Por otro lado, no soy tan ingenuo como para pensar que los motivos estuviesen totalmente libres de interés propio. La compasión puede sobrepasar con mucho el interés propio, pero no importa cuán minúsculo, había al menos un grano de interés propio mezclado en ello. Siempre lo hay, en todos nosotros. Si negamos esto, sospecho que nuestras mismas negaciones están motivadas en parte por dichos intereses.

Deseamos negar esta alegación. Sentimos a veces en nuestros propios corazones un sentimiento abrumador de actuar sólo por causa del deber. Nos agrada pensar que somos verdaderamente altruistas. Pero nadie nos adula más que nosotros mismos. El peso de nuestros motivos puede a veces, inclinarse grandemente en la dirección del altruismo, pero nunca está perfectamente allí.

Dios no califica por una curva. El demanda la perfección. Ninguno de nosotros alcanza ese nivel. No hacemos lo que Dios manda. Jamás. Por tanto, el apóstol no se está gratificando así mismo con la hipérbole. Su juicio es exacto. No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Jesús mismo reafirmó esta idea en su discusión con el joven rico. “Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lucas 18:19).

Aunque ya de por sí esta acusación resulta problemática, hay otro elemento en el pasaje de Romanos que puede producirnos aún más consternación, especialmente a los cristianos evangélicos que hablan y piensan lo contrario. Pablo dice: “No hay quien busque a Dios”.

¿Cuántas veces has oído a los cristianos decir, o has oído las palabras de tu propia boca: “Fulano de tal no es cristiano, pero está buscando.”? Es una afirmación común entre los cristianos. La idea es que hay personas por todas partes que están buscando a Dios. Su problema es que simplemente no han sido capaces de encontrarle. Está jugando al escondite. Es evasivo.

En el huerto del Edén, cuando el pecado entró en el mundo, ¿quién se escondió? Jesús vino al mundo para buscar y salvar a los perdidos. No fue Jesús quien se estaba escondiendo. Dios no es un fugitivo. Somos nosotros los que estamos huyendo. La Escritura declara que el inicuo huye cuando nadie le persigue. Como observó Lutero: “El pagano tiembla ante el susurro de una hoja.” La enseñanza uniforme de la Escritura es que los hombres caídos están huyendo de Dios. Nadie busca a Dios.

¿Por qué pues, a pesar de una enseñanza bíblica tan clara en sentido contrario, los cristianos persisten en pretender que conocen a personas que están buscando a Dios, pero que aún no le han encontrado? San Tomás de Aquino arrojó alguna luz sobre esto. Aquino dijo que confundimos dos acciones humanas que son similares pero diferentes. Vemos personas buscando desesperadamente paz mental, liberación de la culpa, significado y propósito para sus vida, aceptación, etc. Sabemos que, en última instancia, estas cosas sólo pueden encontrarse en Dios. Por tanto, llegamos a la conclusión de que por buscar estas cosas dicha gente debe de estar buscando a Dios.

Las personas no buscan a Dios. Buscan los beneficios que sólo Dios les puede dar. El pecado del hombre caído es éste: el hombre busca los beneficios de Dios mientras que al mismo tiempo, huye de Dios mismo. Somos, por naturaleza, fugitivos.

La Biblia nos dice repetidamente que busquemos a Dios. El Antiguo Testamento clama: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado” (Isa. 55:6). Jesús dijo: “Buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mat. 7:7). La conclusión que sacamos de estos textos es que, puesto que se nos llama a buscar a Dios, ello debe de significar que aun en nuestro estado caído, tenemos la capacidad moral de efectuar esa búsqueda. ¿Pero a quiénes van dirigidos estos textos? En el caso del Antiguo Testamento, es el pueblo de Israel quien es llamado a buscar al Señor. En el Nuevo Testamento, son los creyentes quienes son llamados a buscar el reino.

Todos hemos oído a los evangelistas citando de Apocalipsis. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y el conmigo” (Apo. 3:20). Generalmente, el evangelista aplica este texto como una apelación a los inconversos diciendo: “Jesús está llamando a la puerta de tu corazón. Si abres la puerta, El entrará.” En el texto original, sin embargo, Jesús dirigió sus observaciones a la iglesia. No fue una apelación evangelística.

¿Entonces, que? La cuestión es que el buscar es algo que los incrédulos no hacen por sí mismos. El incredulo no busca. El incrédulo no llama. Buscar es un asunto de creyentes. Edwards dijo: “La búsqueda del reino de Dios es el principal asunto de la vida cristiana.” Buscar es el resultado de la fe, no la causa de la misma.

Cuando somos convertidos a Cristo, utilizamos un lenguaje de descubrimiento para expresar nuestra conversión. Hablamos de encontrar a Cristo. Quizá tengamos una lema que dice, LO ENCONTRÉ. Estas afirmaciones son ciertamente verdaderas. La ironía es ésta: una vez que hemos encontrado a Cristo, ello no es el fin de nuestra búsqueda, sino el principio. Generalmente, cuando encontramos lo que estamos buscando, ello marca el fin de nuestra búsqueda. Pero cuando “encontramos” a Cristo, ello es el comienzo de nuestra búsqueda. La vida cristiana comienza en la conversión; no termina donde comienza. Crece; avanza de fe a fe, de gracia a gracia, de vida a vida. Este avance en el crecimiento es fomentado por una búsqueda continua de Dios.

Hay algo más que percibimos en Romanos 3 y que necesitamos considerar brevemente. No sólo declara el apóstol que nadie busca a Dios, sino que añade el pensamiento: “A una se hicieron inútiles”. Debemos recordar que Pablo está aquí hablando de los hombres caídos, los hombres naturales, los hombres inconversos. Esta es una descripción de personas que están aún en la carne.

¿Qué quiere decir Pablo con inútiles? Jesús habló anteriormente acerca de siervos inútiles. La utilidad tiene que ver con valores positivos. El inconverso obrando en la carne, nada consigue de valor permanente. En la carne puede ganar el mundo entero, pero pierde lo que tiene más valor para él, su propia alma. La más valiosa posesión que una persona puede tener jamás es Cristo. El es la perla de gran precio. Tenerle a El es tener el máximo beneficio posible.

La persona espiritualmente muerta no puede en su propia carne, ganar el beneficio de Cristo. Se la describe como alguien que no tiene temor de Dios ante sus ojos (Rom. 3:18). Los que no son justos, que no hacen bien, que nunca buscan a Dios, que son totalmente inútiles y que no tienen temor de Dios ante sus ojos, nunca inclinan sus propios corazones a Cristo.

Vivificación a partir de la muerte espiritual

La cura para la muerte espiritual es la creación de vida espiritual en nuestras almas por Dios el Espíritu Santo. Un resumen de esta obra se nos da en Efesios dos:

Y Dios dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Efesios 2:1–10)

Aquí encontramos un pasaje por excelencia sobre la predestinación. Notemos que a lo largo de este pasaje, Pablo acentúa grandemente las riquezas de la gracia de Dios. Nunca debemos minimizar esta gracia. El pasaje celebra la novedad de vida que el Espíritu Santo ha creado en nosotros

Esta obra del Espíritu es llamada a veces vivificación. Lo que aquí se llama vivificar o dar vida es lo que en otros lugares se llama nuevo nacimiento o regeneración. El término regeneración, como sugiere la palabra, indica un “generar de nuevo”. Generar significa hacer ocurrir o comenzar. Nos hace pensar en el primer libro de la Biblia llamado Génesis, el libro de los principios. El prefijo re significa simplemente “de nuevo”. Por tanto, la palabra regeneración significa comenzar algo de nuevo. Es el nuevo principio de vida lo que nos interesa aquí, el principio de la vida espiritual. Notamos que esta imagen de la vida se contrasta con una imagen de la muerte. El hombre caído es descrito aquí como estando “muerto en pecado”. Para que alguien que esta muerto a las cosas de Dios viva para Dios, se debe hacer algo por y para él. Los muertos no pueden vivir por sí mismos. Los muertos no pueden crear vida espiritual dentro de sí mismos. Pablo deja completamente claro aquí que es Dios quien hace vivir. Es Dios quien nos vivifica de la muerte espiritual.

El hombre caído está muerto en pecado. Se le describe aquí como siendo “por naturaleza hijo de ira”. Su norma caída es andar “siguiendo la corriente de este mundo”. Su lealtad no esta dirigida a Dios sino “al príncipe de la potestad del aire”. Pablo afirma que éste no es meramente el estado de los peores pecadores, sino el estado anterior de sí mismo y de sus hermanos y hermanas en Cristo. (“Entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne …”)

La mayoría de las enseñanzas no reformadas acerca de la predestinación no toman en serio el hecho de que el hombre caído está espiritualmente muerto. Otras posiciones evangélicas reconocen que el hombre está caído y que su caída es un asunto grave. Conceden aun que el pecado es un problema radical. Conceden con prontitud que el hombre no está meramente enfermo, sino moralmente enfermo, enfermo de muerte. Pero no ha muerto del todo aún. Aún le queda un pequeño aliento de vida espiritual en el cuerpo. Aún le queda una pequeña isla de justicia en su corazón, una pequeña y débil capacidad moral que permanece en su caída.

He oído dos ilustraciones por parte de evangelistas que suplican el arrepentimiento y la conversión de sus oyentes. La primera es una analogía de una persona que sufre de una enfermedad terminal. Se dice que el pecador está gravemente enfermo, al borde de la muerte. No está dentro de su propio poder el curarse de la enfermedad. Está tendido en su lecho de muerte casi totalmente paralizado. No puede recuperarse a menos que Dios provea la medicina sanadora. El hombre está tan mal que no puede ni aun estirar el brazo para recibir la medicina. Se halla en un estado casi comatoso. Dios debe no sólo ofrecerle la medicina, sino que debe ponerla en una cuchara y colocarla en los labios del hombre moribundo. A menos que Dios haga todo eso, el hombre perecerá sin duda. Pero aunque Dios haga el 99% de lo necesario, al hombre le queda aún el 1%. Debe abrir la boca para recibir la medicina. Este es el ejercicio necesario del libre albedrío que hace la diferencia entre el cielo y el infierno. El hombre que abre la boca para recibir el don benévolo de la medicina será salvo. El hombre que mantiene los labios fuertemente apretados perecerá.

Esta analogía hace casi justicia a la Biblia y a la enseñanza de Pablo acerca de la gracia de la regeneración. Pero no totalmente. La Biblia no habla de pecadores mortalmente enfermos. Según Pablo, están muertos. No les queda ni un gramo de vida espiritual. Si han de vivir, Dios debe hacer algo más que ofrecerles medicina. Los muertos no abren la boca para recibir algo. Sus mandíbulas están cerradas por la muerte. La rigidez de la muerte se ha apoderado de ellos. Deben ser resucitados de los muertos. Deben ser nuevas creaciones, elaborados por Cristo y nacidos de nuevo por su espíritu.

Una segunda ilustración es igualmente popular entre los que se dedican a evangelizar. Según esta idea, al hombre caído se le ve como un hombre que se esta ahogando y que es incapaz de nadar. Se ha hundido dos veces y ha salido a la superficie por última vez. Si se hunde de nuevo, morirá. Su única esperanza es que Dios le arroje un salvavidas. Dios arroja el salvavidas y lo hace llegar precisamente al alcance de los dedos estirados del hombre. Lo único que el hombre tiene que hacer para salvarse es agarrarse. Si solamente agarra el salvavidas, Dios tirará de él. Si rehusa el salvavidas ciertamente perecerá.

Una vez más, en esta ilustración se enfatiza el extremo desamparo del pecador sin la asistencia de Dios. El hombre que se está ahogando está en una condición grave. No puede salvarse así mismo. Sin embargo, aún está vivo; puede estirar sus dedos. Éstos son el vínculo crucial para la salvación. Su destino eterno depende de lo que haga con los dedos. Pablo dice que el hombre está muerto. No está meramente ahogándose, se ha hundido ya en el fondo del mar. Es inútil arrojar un salvavidas a un hombre que se ha ahogado ya. Si entiendo a Pablo, le oigo decir que Dios bucea en el agua y saca al muerto del fondo del mar y entonces realiza un acto divino de resucitación boca a boca. Sopla aliento de vida en el hombre muerto.

Es importante recordar que la regeneración tiene que ver con la nueva vida. Se le llama el nuevo nacimiento o nacer de nuevo. Existe mucha confusión acerca de este asunto. El nuevo nacimiento está estrechamente vinculado en la Biblia a la nueva vida que es nuestra en Cristo. Al igual que en biología natural no puede haber vida sin nacimiento, así también en términos sobrenaturales no puede haber nueva vida sin un nuevo nacimiento.

El nacimiento y la vida están estrechamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. El nacimiento es el comienzo de la nueva vida. Es un momento decisivo. Entendemos esto en términos biológicos naturales. Cada año celebramos nuestros cumpleaños. No somos como la reina en Alicia en el País de las Maravillas, que celebraba todos sus “incumpleaños”. El nacimiento es una experiencia única. Puede celebrarse pero no repetirse. Es un momento decisivo de transición. Una persona o bien ha nacido, o bien no ha nacido aún.

Así es con el nuevo nacimiento espiritual. El nuevo nacimiento produce nueva vida. Es el comienzo de una nueva vida, pero no constituye la totalidad de la nueva vida. Es el punto crucial de transición desde la muerte espiritual a la vida espiritual. Una persona nunca nace de nuevo parcialmente. Está regenerada o no lo está.

La clara enseñanza bíblica acerca de la regeneración es que se trata de la obra de Dios y la obra de Dios solamente. No podemos hacernos nacer de nuevo. La carne no puede producir espíritu. La regeneración es un acto de creación. Dios realiza la creación.

En teología tenemos un término técnico que puede ser de ayuda, monergismo. Precede de dos frases. Mono significa “uno”. Un monopolio es un negocio que tiene el mercado para sí. Un monoplano es un avión con alas sencillas. Erg, puede que lo recuerdes de la escuela, se refiere a una unidad de trabajo. De este termino se deriva nuestra palabra de uso común, energía.

Juntando las dos partes, obtenemos el significado de “uno trabajando”. Cuando decimos que la regeneración es monergista, queremos decir que sólo uno está haciendo la obra. Ese uno es Dios el Espíritu Santo. El nos regenera; nosotros no podemos hacerlo por nosotros mismos o aun ayudarle en la tarea.

Puede sonar como si tratásemos a los seres humanos como marionetas. Las marionetas se hacen de madera. No pueden responder. Están inertes, sin vida. Se las mueve mediante cuerdas. Pero no estamos hablando de marionetas. Estamos hablando de seres humanos que son cadáveres espirituales. Estos seres humanos no tienen corazones de aserrín; están hechos de piedra. No son manipulados mediante cuerdas. Están biológicamente vivos. Actúan, toman decisiones, pero nunca decisiones hacia Dios.

Cuando Dios regenera un alma humana, cuando nos hace vivir espiritualmente, hacemos elecciones. Creemos. Tenemos fe. Nos apegamos a Cristo. Dios no cree por nosotros. La fe no es monergista. Anteriormente hablamos acerca de la condición del hombre caído y el estado de su voluntad humana. Afirmamos que si bien está caído, aún tiene una voluntad libre en el sentido de que aún puede hacer elecciones. Su problema, que definimos como incapacidad moral, es que carece de un deseo por Cristo. Está indispuesto y desinclinado hacia Cristo. A menos o hasta que el hombre se incline hacia Cristo, nunca escogerá a Cristo. A menos que primero desee a Cristo, nunca recibirá a Cristo.

En la regeneración, Dios cambia nuestros corazones. Nos da una nueva disposición, una nueva inclinación. Planta un deseo por Cristo en nuestros corazones. Jamás podremos confiar en Cristo para nuestra salvación, a menos que primero le deseemos. Esta es la razón por la que dijimos anteriormente que la regeneración precede a la fe. Sin el nuevo nacimiento, no sentimos deseo alguno por Cristo. Sin un deseo por Cristo, nunca le escogeremos. Por tanto, concluimos que antes que alguien crea jamás, antes que alguien pueda creer, Dios debe cambiar primero la disposición de su corazón.

Cuando Dios nos regenera, se trata de un acto de gracia. Miremos de nuevo Efesios 2: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida …”

Tengo un rótulo sobre mi mesa que me bordó una mujer en una iglesia donde estuve ministrando. El rótulo dice simplemente: “Pero”. Cuando Pablo relata la condición espiritual del hombre caído, ello es suficiente para conducimos a la desesperación. Finalmente, llega a la palabra mágica que nos hace dar un suspiro de alivio. Pero. Sin ella estamos destinados a perecer. El “pero” encierra la esencia de la buena noticia.

Pablo dice: “Pero Dios, que es rico en misericordia …” Nótese que no dice: “Pero el hombre, que es rico en buena voluntad”. Es Dios solamente quien nos da la vida. ¿Cuándo lo hace? Pablo no lo deja para que lo adivinemos. Dice, “… estando nosotros muertos en pecados.” Este es el aspecto asombroso de la gracia, que nos es dada cuando estamos espiritualmente muertos.

Pablo concluye que es cuestión de gracia y no de obras. Su genuino resumen es, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”. Este pasaje debería sellar el asunto para siempre. La fe por la que somos salvados es un don. Cuando el apóstol dice que no es de nosotros, no quiere decir que no sea nuestra fe. Una vez más, Dios no cree por nosotros. Es nuestra propia fe, pero no se origina en nosotros. Nos es dada. El don no se gana o se merece. Es un don de pura gracia.

Durante la Reforma protestante hubo tres lemas que se hicieron famosos. Son frases latinas: sola fide, sola gratia, y soli Deo gloria. Los tres lemas van juntos. Nunca se les debe separar. Significan “por fe sola”, “por gracia sola” y “sólo a Dios la gloria”.

¿Gracia irresistible?

La mayoría de los cristianos están de acuerdo en que la obra de Dios en la regeneración es una obra de gracia. La cuestión que nos divide es si esta gracia es o no irresistible. ¿Es posible que una persona reciba la gracia de la regeneración y aún no llegue a tener fe? El calvinista responde con un enfático “¡no!”, pero no porque crea que la gracia salvadora de Dios es literalmente irresistible. Una vez más se nos crea un problema con el antiguo acróstico TULIP. Ya hemos cambiado el tulip a rulip, y ahora vamos a cambiarlo aún más. Ahora lo llamaremos “rulep”.

El término gracia irresistible puede confundir. Todos los calvinistas creen que los hombres pueden resistir y de hecho resisten la gracia de Dios. La cuestión es: “¿Puede la gracia de la regeneración dejar de cumplir su propósito?” Recordemos que los muertos espirituales están aún biológicamente vivos. Tienen una voluntad que está desinclinada hacia Dios. Harán todo lo que este de su parte para resistir la gracia. La historia de Israel es la historia de un pueblo duro de corazón, que resistía la gracia de Dios repetidamente. Dicha gracia es resistible en el sentido de que podemos resistirla y de hecho la resistimos. Es irresistible en el sentido de que consigue su propósito. Lleva a cabo el efecto deseado por Dios. Así pues, prefiero el término gracia eficaz.

Estamos hablando de la gracia de la regeneración. Recordamos que en la regeneración Dios crea en nosotros un deseo hacia El. Pero cuando tenemos ese deseo plantado en nosotros, continuamos funcionando como siempre hemos funcionado, haciendo nuestras elecciones según la motivación más fuerte en el momento. Si Dios nos da un deseo por Cristo, actuaremos según este deseo. Con toda seguridad, escogeremos el objeto de este deseo; escogeremos a Cristo. Cuando Dios nos hace vivir espiritualmente, llegamos a vivir espiritualmente. No es meramente la posibilidad de llegar a vivir espiritualmente lo que Dios crea. El crea vida espiritual dentro de nosotros. Cuando Dios llama algo para que sea, llega a ser.

Hablamos del llamamiento interno de Dios. El llamamiento interno de Dios es tan poderoso y eficaz como su llamamiento para crear el mundo. Dios no invitó al mundo a que existiese. Mediante su divino mandato, clamó: “Sea la luz”. Y hubo luz. No podía haber sido de otra manera. La luz tenia que comenzar a brillar. ¿Podía haber permanecido Lázaro en la tumba cuando Jesús le llamó? Jesús clamó: “¡Lázaro, ven fuera!” El hombre rompió su mortaja y salió de la tumba. Cuando Dios crea, ejerce un poder que sólo Dios tiene. Sólo El tiene el poder de sacar algo de la nada y vida de la muerte.

Existe mucha confusión acerca de este punto. Recuerdo la primera lección que oí jamás de John Gerstner. Era acerca del tema de la predestinación. Poco después de comenzar su lección, el Dr. Gerstner fue interrumpido por un estudiante que estaba agitando la mano en el aire. Gerstner se detuvo y reconoció al estudiante. El estudiante preguntó: “Dr. Gerstner, ¿se puede asumir con seguridad que usted es calvinista? Gerstner respondió: “Sí,” y continuó de nuevo con la lección. Unos momentos después apareció en los ojos de Gerstner un destello de reconocimiento y dejó de hablar en mitad de una frase y preguntó al estudiante: “¿Cuál es tu definición de un calvinista?”

El estudiante respondió: “Un calvinista es alguien que cree que Dios fuerza a algunas personas a escoger a Cristo e impide que otras personas escojan a Cristo.” Gerstner quedó horrorizado y dijo: “Si eso es ser calvinista, entonces puedes estar seguro que no lo soy”.

El concepto erróneo del estudiante acerca de la gracia irresistible está muy extendido. Una vez oí al presidente de un seminario presbiteriano declarar: “No soy calvinista porque no creo que Dios lleve a algunas personas, pataleando y gritando contra sus voluntades, al reino, mientras que excluye a otros que desesperadamente quieren estar allí.” Me quedé asombrado cuando oí estas palabras. No creía posible que el presidente de un seminario presbiteriano pudiera tener un concepto tan crasamente erróneo de la teología de su propia iglesia. Estaba recitando una caricatura que estaba tan lejos del calvinismo como sería posible.

El calvinismo no enseña y nunca ha enseñado que Dios lleve a la gente pataleando y gritando al reino, o que haya excluido jamás a alguien que quisiera estar allí. Recordemos que el punto cardinal de la doctrina reformada de la predestinación se apoya en la enseñanza bíblica de la muerte espiritual del hombre. El hombre natural no quiere a Cristo. Solamente querrá a Cristo si Dios planta un deseo por Cristo en su corazón. Una vez que está plantado el deseo, los que vienen a Cristo no vienen pataleando y gritando contra sus voluntades. Vienen porque quieren venir. Ahora desean a Jesús. Se lanzan al Salvador. El significado de la gracia irresistible es que el renacimiento vivifica a alguien a la vida espiritual de tal manera que ahora se ve a Jesús en su belleza irrestistible. Jesús es irresistible para aquellos que han recibido vida para apreciar las cosas de Dios. Toda alma cuyo corazón late con la vida de Dios dentro de sí anhela al Cristo viviente. Todos aquellos a quienes el Padre dé a Cristo, vienen a Cristo (Juan 6:37).

El término “gracia eficaz” puede ayudar a evitar alguna confusión. La gracia eficaz es una gracia que efectúa lo que Dios desea. ¿En qué difiere esta idea de otras ideas no reformadas acerca de la regeneración? La idea alternativa más popular se apoya en el concepto de gracia precedente.

Gracia precedente

Como el nombre sugiere, la gracia precedente es una gracia que “precede” a algo. Se la define normalmente como una obra que Dios hace para todos. El da a todos suficiente gracia para responder a Jesús. Es decir, es suficiente gracia para hacer posible que la gente escoja a Cristo. Los que cooperan con esta gracia y asienten a la misma son “elegidos”. Los que rehusan cooperar están perdidos.

La fuerza de esta idea es que reconoce que la condición espiritual del hombre caído es lo suficientemente severa como para requerir que la gracia de Dios le salve. La debilidad de la posición puede verse de dos maneras. Si esta gracia precedente es meramente externa al hombre, entonces falla de la misma manera que las analogías de la medicina y el salvavidas. ¿Qué bien procura la gracia precedente si se ofrece extremadamente a criaturas espiritualmente muertas? Por otro lado, si la gracia precedente se refiere a algo que Dios hace dentro del corazón del hombre caído, entonces debemos preguntar por qué no es siempre eficaz. ¿A qué se debe que algunas criaturas caídas escojan cooperar con la gracia precedente y otras escojan no hacerlo? ¿Obtienen todos la misma cantidad?

Pensemos acerca de ello de esta manera en términos personales. Si eres cristiano, sin duda serás consciente de otras personas que no son cristianas. ¿A qué se debe que tú hayas escogido a Cristo y ellos no? ¿Por qué dijiste tú, “sí,” a la gracia precedente mientras que ellos no lo hicieron? ¿Fue porque tú eras más justo que ellos? Si es así, entonces ciertamente tienes algo de lo que jactarte. ¿Fue aquella mayor justicia algo que conseguiste por ti mismo o fue don de Dios? Si fue algo que tú conseguiste, entonces en el fondo tu salvación depende de tu propia justicia. Si la justicia fue un don, ¿entonces por qué no le dio Dios el mismo don a todos? Quizá no fue porque fueses más justo. Quizá fue porque eras más inteligente. ¿Por que eres más inteligente? ¿Porque estudias más (lo que realmente significa que eres más justo)? ¿O eres más inteligente porque Dios te dio un don de inteligencia que no dio a otros?

Sin duda, la mayoría de los cristianos que sostienen la idea de la gracia precedente rehusarían dar tales respuestas. Ven la arrogancia implícita en ellas. Por el contrario, es más probable que digan: “No, yo escogí a Cristo porque reconocí la apremiante necesidad que tenía de El.”

Eso ciertamente suena más humilde. Pero debo insistir en la pregunta. ¿Por que reconociste tu apremiante necesidad de Cristo mientras que tu prójimo no lo hizo? ¿Fue porque tú eras más justo que tu prójimo, o más inteligente?

La cuestión fundamental para los defensores de la gracia precedente es por que algunos cooperan con ella y otros no. La manera en que respondamos revelará cuán misericordiosa creemos que es nuestra salvación realmente.

La cuestión vital es: “¿Enseña la Biblia una doctrina tal como la de la gracia precedente? Si así es, ¿dónde?”

Concluimos que nuestra salvación es del Señor. El es quien nos regenera. Aquellos a quienes El regenera van a Cristo. Sin regeneración, nadie irá jamás a Cristo. Con la regeneración, nadie le rechazará jamás. La gracia salvadora de Dios efectúa lo que El se propone efectuar mediante ella.

Resumen del capítulo 5

Nuestra salvación fluye de una iniciativa divina. Es Dios el Espíritu Santo quien libera a los cautivos. Es El quien sopla dentro de nosotros la vida espiritual y nos resucita de la muerte espiritual.

Nuestra condición antes de ser vivificados es de muerte espiritual. Es más grave que una mera enfermedad mortal. No hay ni un gramo de vida espiritual en nosotros hasta que Dios nos da la vida.

Sin el nuevo nacimiento, nadie irá a Cristo. Todos los que nacen de nuevo van a Cristo. Los que están muertos a las cosas de Dios permanecerán muertos, a menos que Dios les haga vivir. Aquellos a quienes Dios hace vivir viven. La salvación es del Señor.

Sproul, R. C. (2002). Escogidos por Dios (pp. 71–88). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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Mateo 5:3-12 “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

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