La parábola del crecimiento de la semilla

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El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola del crecimiento de la semilla

Matthias Lohmann

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Mientras escribo esto, estoy sentado frente al escritorio de mi oficina en Munich, Alemania, pensando en las estadísticas más recientes sobre el cristianismo en Alemania. Según los números que veo frente a mí, el cristianismo está decayendo rápidamente. El país donde quinientos años atrás comenzó la Reforma, pronto tendrá la mayor parte de su población identificándose como no cristianos. Hace apenas setenta años, en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, el noventa y cinco por ciento de la población eran miembros de la Iglesia católica romana o de alguna Iglesia protestante. Sin embargo, tan solo en el 2018, las Iglesias estatales protestantes perdieron un dos por ciento de sus miembros. Pero aún más alarmante es el hecho de que solo alrededor del 3,4 por ciento de los miembros de las Iglesias estatales protestantes asisten a un servicio algún domingo, lo cual resulta ser menos de un uno por ciento de la población de Alemania. La cantidad de cristianos que asisten a Iglesias libres (no estatales) también es insignificante. Pero eso no es todo, la inclinación hacia el liberalismo en casi todas las denominaciones es aún más alarmante. A veces pareciera como si predicar el evangelio en Alemania fuera una pérdida de tiempo. ¿Debería simplemente rendirme e ir a un lugar donde las buenas nuevas sean recibidas con mayor entusiasmo?

Puede ser que vivas en un lugar donde el evangelio se predica más, pero de seguro ya has notado que el Reino de Dios no parece estar avanzando como esperabas. Tal vez te armaste de valor para defender la causa de Cristo, sin embargo, te encontraste con miradas confundidas y con personas que se alejaban de ti. Probablemente así se sintieron los discípulos de Jesús en varias ocasiones durante el ministerio terrenal de nuestro Señor.

Sigamos esparciendo la semilla del evangelio y maravillándonos de lo que Dios hará por medio de Su Palabra.

En Marcos 4:26-29, vemos cómo Jesús instruyó y animó a Sus discípulos a continuar predicando el evangelio y a confiar que el Señor usaría sus esfuerzos para mostrar en Su tiempo una cosecha abundante. Estas palabras deberían ser de ánimo para nosotros y, a la vez, un recordatorio de nuestra encomienda y sus limitaciones.

El versículo veintiséis introduce la parábola y nos ayuda a ver nuestra encomienda: «El Reino de Dios es como un hombre que echa semilla en la tierra». Al igual que en la muy conocida parábola del sembrador al principio de este capítulo,Jesús aquí habla del Reino de Dios como viniendo por medio de la semilla esparcida. Él acaba de explicar que la semilla es la Palabra de Dios (v. 14), por lo tanto, es evidente que la encomienda para cada uno de nosotros es sembrar la semilla por medio de la predicación de la Palabra.

Sin embargo, a menudo nos sentimos decepcionados cuando todos nuestros esfuerzos parecen ser en vano. Esto puede motivarnos a seguir tratando, incluso a poner en práctica cualquier truco nuevo con la esperanza de producir los resultados deseados. Pero Jesús tiene un consejo más efectivo para aquellos que fielmente han echado la semilla: « [El sembrador] se acuesta y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece; cómo, él no lo sabe. La tierra produce fruto por sí misma; primero la hoja, luego la espiga, y después el grano maduro en la espiga» (vv. 27-28). Nota, primeramente, que el crecimiento ocurre «automáticamente». Cuando una buena semilla cae sobre una tierra preparada, esa semilla brotará y crecerá. El poder de ese crecimiento descansa en la misma semilla. Es la misma Palabra poderosa que cumplirá el propósito por el cual ha sido enviada. En segundo lugar, toma tiempo para que la semilla esparcida crezca. En la previa parábola del sembrador, Jesús había señalado que la semilla que aparentemente creció con rapidez, terminó sin producir fruto alguno (vv. 5 ss.).

En la conclusión del pasaje, finalmente leemos que no necesitamos temer pensando que el Reino de Dios no prosperará: «Y cuando el fruto lo permite, él enseguida mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega» (v. 29). ¡Esto es liberador! Somos llamados a ser simplemente embajadores de Cristo. Solo tenemos que esparcir la semilla. El resto es obra de Dios y Él llevará a cabo Su obra. Su Reino vendrá exactamente como Él lo ha decretado.

No podemos estar seguros de que todos nuestros amigos se entregarán a Cristo, pero podemos estar seguros de que Dios no demanda de nosotros lo que solamente Él puede hacer. Él reunirá a los escogidos, tanto los de tu círculo de amigos como los de Alemania. Cuando Cristo regrese para recoger Su cosecha, habrá una multitud de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Él lo hará a Su tiempo cuando la misión esté completa. Así que, sigamos esparciendo la semilla del evangelio y maravillándonos de lo que Dios hará por medio de Su Palabra.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthias Lohmann
Matthias Lohmann

El Rev. Matthias Lohmann es pastor en la Free Evangelical Church en Munich, Alemania, y presidente y fundador de la asociación evangelística alemana Evangelium21.

La parábola de los labradores malvados

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Serie: Las parábolas de Jesús

La parábola de los labradores malvados

Por Charles K. Telfer

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Ningún hombre fue más valiente que nuestro Señor Jesús. Expuso abiertamente y a riesgo de Su vida, las malas intenciones de los ensimismados líderes del pueblo de Dios de Su generación. Irónicamente, nuestro pasaje termina con estos principales sacerdotes procurando arrestarlo (Mt 21:45-46), ejerciendo así, precisamente, el tipo de avaricia obstinada que Jesús condenó en la historia. Las fuertes acciones de Jesús (expulsando a los mercaderes del templo) y Sus palabras sobre el juicio venidero (las historias colindantes sobre la maldición de la higuera y las parábolas de los dos hijos y del banquete de bodas) son armas en la batalla contra el establecimiento religioso con las que Él había estado luchando desde que entró en Jerusalén. 

La parábola de Jesús se basa particularmente en la enseñanza de Isaías y es inusualmente alegórica. El dueño de la viña es Dios: «la viña del SEÑOR de los ejércitos es la casa de Israel» (Is 5:7); los labradores ingratos en la mira de Jesús son los líderes: «El SEÑOR entra en juicio con los ancianos de Su pueblo y con Sus príncipes» (3:14); y los siervos enviados por el amo hacen referencia a los profetas (Jesús hace esa misma referencia en Mateo 23:37 al lamentarse sobre Jerusalén). Estos siervos incluyen a Juan el Bautista, asesinado a manos de los gobernantes malvados de Israel (Mt 21:25). Jesús termina Su parábola con los labradores tratando terriblemente al hijo del dueño, como si fuera un criminal. En el versículo 45, los que escuchaban comprendieron las implicaciones de los versículos 41-44: «[El dueño] llevará a esos miserables a un fin lamentable, y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo», y particularmente el golpe de gracia de Jesús en el versículo 43: «el Reino de Dios os será quitado y será dado a una nación que produzca sus frutos». Su liderazgo abusivo pronto llegaría a un abrupto final.

El Señor viene y debemos rendir cuentas. Cuidémonos de producir los frutos de la confianza y la vida justa que Él espera.

El inicio del cumplimiento histórico de estas profecías tuvo lugar en los desastres de los años 66 al 70 y 132 al 135 d. C., cuando los romanos destruyeron el templo, la ciudad de Jerusalén y a la mayoría de los líderes del pueblo.

Mira lo que Jesús subraya como la ofensa fundamental: rechazarlo. Jesús se presenta a Sí mismo como el Hijo en una relación especial con el Padre. C. S. Lewis argumenta convincentemente que nadie puede tomar a Jesús como otro buen maestro moral. Él debe ser o el Mesías o un megalómano. Jesús afirma que rechazarlo es el acto culminante que conduce al juicio. Jesús se pone a Sí mismo en el centro de los propósitos de Yahvé por la forma en que cita el Antiguo Testamento en la parábola. En el versículo 42, se aplica el Salmo 118:22-23: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser la piedra principal del ángulo» (ver Is 28:16). En esencia, Jesús está afirmando: «Los poderosos pueden considerarme un rechazado sin valor, pero Dios hará maravillas a través de Mí y me dará un Reino». Algo más sobrio aún, en Mateo 21:44, Jesús se presenta a Sí mismo como esa piedra peligrosa (Is 8:14Dn 2:34,44). «¡No me desechen!» les está diciendo.

Esta historia fortaleció la fe de los primeros cristianos contra la vergüenza y la desgracia de que Jesús fuera «arrojado y muerto» (Mt 21:39). Los musulmanes rechazan la crucifixión del profeta Jesús como algo inconcebible; de hecho, Su muerte es un escándalo para todos aquellos que buscan demostraciones terrenales de poder e influencia. Además, ¿cuántas personas fueron convertidas por las enseñanzas de Jesús aquí? Los resultados externos no son una buena medida de la predicación fiel. Nuestro pasaje ayudó a los primeros cristianos judíos a dar sentido a los cambios radicales en el liderazgo y las formas externas del pueblo de Dios que tuvieron lugar en el primer siglo (Hch 2:23-373:14-15); y esta parábola de Jesús nos ayuda a todos a ver en el Nuevo Testamento una imagen más amplia del Israel de Dios expandido, compuesto por creyentes tanto judíos como gentiles bajo el nuevo liderazgo de los apóstoles de Cristo (Rom 11, Gal 6:16).

Los que creemos en Jesús debemos guardarnos de la presunción y la ingratitud que Él condena aquí (ver Rom 11:21). El Señor viene y debemos rendir cuentas. Cuidémonos de producir los frutos de la confianza y la vida justa que Él espera. Y recordemos la abundante bondad de Dios para con nosotros que nos sugiere esta parábola: la viña cuidadosamente preparada, los tratos hiper pacientes del Dueño de la viña esperando una respuesta y el Hijo que murió. El valiente que dijo esta parábola pronto estaría en camino de «[probar] la muerte por todos» (Heb 2:9). Qué buena razón para que respondamos con fe y gratitud hoy y todos los días.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Charles K. Telfer
Charles K. Telfer

El Dr. Charles K. Telfer es profesor de lenguas bíblicas en el Westminster Seminary California y es anciano docente en la Presbyterian Church in America. Es autor de Wrestling with Isaiah:The Exegetical Methodology of Campegius Vitringa [Lidiando con Isaías: El método exegético de Campegius Vitringa].

La parábola del mayordomo infiel

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola del mayordomo infiel

Ed Welch

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Nuestra parábola comienza con un «cierto hombre rico» que tiene un «mayordomo» o «administrador» (griego oikonomosLc 16:1). Un oikonomos en el mundo antiguo era un servidor de confianza que distribuía los bienes o productos de su amo a sus clientes y mantenía un registro honesto de aquellos que le debían a su señor. Sin embargo, este mayordomo es deshonesto. Su amo recibe una acusación de que el mayordomo está derrochando sus bienes (v. 1). Sin dudarlo, le pide que presente sus cuentas y lo despide. Inmediatamente, el mayordomo se pregunta qué hará. Es demasiado débil para cavar y demasiado orgulloso para mendigar (v. 3). Pero luego, el pánico inicial da paso a la sabiduría. Se acerca a todos los deudores de su amo, les pregunta cuánto deben y luego les dice que reescriban sus contratos.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Su estrategia es simple. Él les otorga descuentos antes de entregar su carnet de acreditación para que, en sus propias palabras, «cuando se me destituya de la administración me reciban en sus casas» (v. 4). Su plan se aprovecha de los códigos antiguos de beneficencia y de hospitalidad. Estos deudores le deben a su amo. Pero si les da un «descuento», entonces le quedarían debiendo un favor a él. Y cuando sepan que está sin trabajo y en la calle, por su generosidad se sentirán obligados a devolverle el favor y darle un lugar donde quedarse.

Este es un llamado radical a la mayordomía bíblica en una era de riquezas mundanas.

Es un plan bastante inteligente, pero ¿es honesto? Algunos comentaristas no lo creen así. Consideran que las acciones de los versículos 5-7 son deshonestas y contrarias a los deseos de su amo, como un dependiente que regala artículos de la tienda en su último día. Pero si esto fuera así, ¿entonces cómo recibe la alabanza de su amo en el versículo 8? Esto debió ser porque sus acciones fueron realmente loables. Lo más probable es que el mayordomo haya reducido la cantidad adeudada al descontar su propia comisión para beneficiar tanto a los deudores de su amo como a sí mismo. En otras palabras, este administrador no es deshonesto por reducir la cantidad adeudada por los deudores (vv. 5-7). Él es sabio. Lo que lo hace deshonesto es que derrocha los bienes de su amo (v. 1). Jesús entonces se enfoca en la sabiduría o la «sagacidad» del mayordomo en vez de hacerlo en su deshonestidad y declara que «los hijos de este siglo son más sagaces en las relaciones con sus semejantes que los hijos de la luz» (v. 8).

La conexión entre la parábola y la audiencia de Jesús (la de entonces y la actual) se encuentra en el versículo 9: «Y Yo os digo: Haceos amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando falten, os reciban en las moradas eternas». Jesús llama a Su pueblo a imitar las acciones sabias del mayordomo usando riquezas injustas (mundanas) para asegurar una morada física, pero con una gran diferencia. En nuestro caso debemos usar nuestras riquezas mundanas para hacer amigos y así asegurarnos una morada eterna. Pero esto plantea dos preguntas cruciales: (1) ¿cómo hacemos amigos mediante las riquezas mundanas? y (2) ¿cómo esos amigos nos reciben en las moradas eternas?

La respuesta a la primera pregunta se presenta en los versículos 10-13. No podemos «servir a Dios y a las riquezas» (v. 13). Son dos maestros en competencia. Servir a uno significa desobedecer al otro. Amar a uno significa aborrecer al otro. Hacer amigos mediante la riqueza del mundo es un llamado a someter nuestras finanzas por completo a la voluntad de Dios y a los propósitos de Su evangelio en el mundo. Significa bendecir a los necesitados siendo mayordomos «fieles» del dinero de nuestro Señor (v. 10). Pero esto no significa que no seamos bendecidos a cambio.

Eso nos lleva a la segunda pregunta, más desafiante: ¿cómo esos amigos nos reciben en las moradas eternas? Primero, debemos notar que el verbo «recibir» (v. 9) no tiene un sujeto explícito. Eso significa que los que nos dan la bienvenida al cielo pueden ser los «amigos» terrenales que se acaban de mencionar o, como algunos han argumentado, los ángeles celestiales, que es una forma de decir Dios mismo. El hecho de que la palabra «amigos» aparezca en el texto, hace que tendamos a verlos como el sujeto del verbo «reciban». Pero esto nos puede conducir a la noción antibíblica de que dar dinero al necesitado puede de alguna manera ameritar nuestra entrada al cielo. La salvación es por la gracia sola, por medio de la fe sola en la persona y obra de Cristo solo. Sin embargo, evidenciamos nuestra fe salvadora por medio de nuestras buenas obras. El versículo 11 lo expresa claramente: «Por tanto, si no habéis sido fieles en el uso de las riquezas injustas [es decir, las mundanas], ¿quién os confiará las riquezas verdaderas [es decir, el cielo mismo]?». Dicho de otra manera, si fallamos en ser mayordomos fieles de nuestras riquezas terrenales, como al decir: «Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais lo necesario para su cuerpo» (Stg 2:16), no podemos asumir que recibiremos las riquezas celestiales de la vida eterna. «La fe sin las obras está muerta» (v. 26). Este es un llamado radical a la mayordomía bíblica en una era de riquezas mundanas. Que Dios nos dé la gracia de ver las necesidades de las personas y satisfacerlas con gratitud en nuestro corazón por lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].

La parábola de los dos deudores

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola de los dos deudores

 Gerald Bikes

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

¿Cuántas veces debemos perdonar a un hermano cristiano que peca contra nosotros? Esta pregunta viene a nuestra mente, así como vino a los labios de Pedro un día mientras Jesús hablaba a Sus discípulos sobre la vida de iglesia, la salvación, la disciplina y el arrepentimiento (Mt 18:1-35). 

La sugerencia de Pedro de perdonar hasta siete veces luce bastante generosa (v. 21). Pero Jesús le responde diciendo, no hasta siete veces, sino «hasta setenta veces siete» (v. 22). Jesús usa esta forma de hablar para decir que nuestro perdón a un hermano o hermana que se arrepiente debe ser como el perdón que Dios concede a los pecadores: sin límite. En otras palabras, debemos perder la cuenta al perdonar a los demás.

La historia que contó Jesús es fascinante. Un rey rico generosamente perdona a un sirviente que le debe una cantidad exorbitante: diez mil talentos. Para los oyentes de entonces, esto es como si nos hablaran hoy de varios miles de millones de dólares. Perdonado, el sirviente atraviesa las puertas del palacio y se encuentra con un hombre que le debe una cantidad comparativamente insignificante (cien denarios, que equivalen a unos pocos miles de dólares). Agarrando al hombre por el cuello, está dispuesto a recurrir a la violencia física y ante las súplicas por misericordia del hombre, el sirviente «perdonado» lo encierra en la cárcel por deudor y el rey se enfurece cuando se entera de la grave inconsistencia de este hombre. Debemos entender que esta parábola nos juzga si tenemos un espíritu no perdonador (v. 35). 

Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar.

Cristo no está diciendo que somos perdonados en base a los méritos que obtenemos al perdonar a otros. Tampoco está diciendo que es posible que las personas puedan perder su salvación una vez que han sido verdaderamente perdonados. En este pasaje Cristo no entra en una discusión profunda sobre soteriología. No menciona la imputación, la justicia o la fe, como lo hace el apóstol Pablo en Romanos 3-5. Cristo no está hablando aquí de la manera de ser salvo, sino más bien del resultado de la salvación. 

Además, en un contexto más amplio de Mateo 18, Jesús les está enseñando a Sus discípulos cómo confrontar, disciplinar y recibir de vuelta a los hermanos y hermanas ofensores. Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar. Cuando David recibió misericordia de Dios, él a su vez buscó a alguien a quien pudiera mostrar la «misericordia de Dios» (2 Sam 9:3, RVR1960). La misericordia nos convierte en canales de misericordia. 

Cuando Cristo expuso esta parábola, iba camino a la cruz. Es solo por Su sacrificio único en la cruz que puede haber perdón para cualquier pecador. Y del Salvador crucificado fluye el poder de manifestar ese perdón a otros en la comunidad de fe. 

La buena noticia del evangelio es que, como dice el Salmo 130:4: «En Ti (Jesucristo) hay perdón, para que seas temido (o, reverenciado)». No todo el que piensa que está perdonado realmente lo está, pero eso no se debe a una falta de perdón por parte de Cristo. A nosotros nos resulta muy difícil perdonar a la misma persona tres veces, mucho más siete veces, pero en Su misericordia, Jesús arroja todos los pecados de Su pueblo a «las profundidades del mar» (Miq 7:19). 

Sin embargo, observa que la misericordia sin juicio no es bíblica. Esto se ve claramente en el trato final que el rey le dio al primer siervo. Dios es un Dios de profunda misericordia, pero «no tendrá por inocente al culpable» (Ex 34:7). Aquellos que abusan de Su evangelio para continuar en pecado y dureza de corazón se encontrarán con la ira de un Cordero menospreciado. 

Esta parábola sirve para recordarnos cuán grande es en verdad nuestra deuda con Dios. Por naturaleza, quebrantamos la ley de Dios constante, consistente y fácilmente. Para usar los términos de nuestra parábola, nuestra deuda asciende a miles de millones y es impagable. Este hecho en sí mismo es parte de lo que abre la fuente de la misericordia de Dios. Al entenderlo, rápidamente aflojaremos la presión que hacemos sobre la garganta de nuestro hermano creyente. Nuestra única esperanza es ser verdaderamente perdonados por la misericordia gratuita de Dios en Cristo. Su perdón es generoso, deslumbrante, glorioso, rico, nos lleva a temer a Dios y produce en nosotros gratitud. En este Dios hay más que suficiente para perdonar a los otros deudores por los que pedimos al orar el Padrenuestro (Mt 6:12). La misericordia de Cristo es una ola poderosa y veloz que no debe detenerse en nosotros. Apoyémonos firmemente en la gracia capacitadora de Dios para perdonar de manera ilimitada.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gerald Bikes
Gerald Bikes

El Dr. Gerald M. Bilkes es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, entre ellos Glory Veiled [La gloria velada] y Unveiled: A Heart-Searching Look at Christ’s Parables [Desvelada: una mirada profunda a las parábolas de Cristo].

La parábola del rico insensato

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola del rico insensato

 Miguel Núñez

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

Al principio del capítulo 12 del Evangelio de Lucas, encontramos a Jesús rodeado de varios miles de personas mientras les advierte contra la levadura de los fariseos (v. 1). De inmediato, Él continúa diciendo una segunda advertencia respecto a quién debemos temer:

Y Yo os digo, amigos míos: no temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen más nada que puedan hacer. Pero Yo os mostraré a quién debéis temer: temed al que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno; sí, os digo: a este, ¡temed! (vv. 4-5).

La Biblia de Estudio de La Reforma

Hubo además una tercera advertencia de parte de Jesús para todo hombre y mujer: «Y os digo, que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre le confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios» (vv. 8-9).

Jesús vino a salvar lo que se había perdido y a restaurarnos a una vida centrada en Dios, que glorifica a Dios y que está llena de gozo.

Justo en medio de esta rica enseñanza espiritual «uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo». Pero Él le dijo: «¡Hombre! ¿Quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?»» (vv. 13-14). El Maestro intentaba enseñar a la multitud y a Sus discípulos algunos principios importantes sobre la vida en el Reino de Dios. Pero es obvio que este hombre solo estaba interesado en las cosas relacionadas con el reino de los hombres. El hecho de que se dirigiera a Jesús como maestro, revela que en ese tiempo se esperaba que los maestros con ciertos niveles de autoridad fueran capaces de emitir un juicio justo en casos de esta naturaleza.

Pero Jesús se niega a quedar atrapado en el ámbito terrenal. Después de todo, Cristo había enseñado a Sus seguidores: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18:36). Es posible que quien hace la petición sea el más joven de los dos, ya que en aquellos días el hermano mayor era quien ostentaba el derecho a la propiedad o tenía el permiso necesario para hacer cualquier cosa con la herencia. Independientemente de esto, la misión de Jesús estaba relacionada con el tema más importante de todo el universo: la salvación de la humanidad, así que al parecer el hombre que hace la petición o no prestó atención a las enseñanzas de Jesús o fue incapaz de entender lo que acaba de oír.

El Maestro pasa por alto la petición y aprovecha la oportunidad para narrar una parábola enfatizando de qué se trata la verdadera vida. Veamos las características del hombre de la parábola. No es un hombre agradecido. Su tierra produce abundantemente, y suena como si esto ocurriera de manera natural por la gracia común de Dios. De hecho, en esa primera frase, el sujeto es la tierra y no el hombre, pero no hay evidencia de que este reconociera que el Creador es quien provee los nutrientes a la tierra, la lluvia y el sol que permiten a la tierra producir de la manera en que lo hace.

Además, el hombre es muy egocéntrico. Se refiere a sí mismo más de diez veces usando los pronombres personales «yo» y «mi». Su estilo de vida egocéntrico también puede verse en la idea de almacenar «todo mi grano y mis bienes». No lo comparte con nadie ni lo vende a otros que lo necesiten.

Este hombre también es ignorante; cree que rige su vida. Se dice a sí mismo que ha almacenado lo suficiente para vivir durante muchos años, pero sin tener garantía alguna de que esto sucederá. Su cosmovisión refleja su narcisismo. Él dice: «Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete.» (v. 19). Solo piensa en deleitarse en placeres mientras otros mueren de hambre.

Además, este hombre vive como un necio, como alguien que no cree en Dios o que vive como si Dios no existiera. «El necio ha dicho en su corazón: “No hay Dios”» (Sal 14:1). Él es ajeno a la soberanía de Dios. «Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?”. Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios» (Lc 12:20-21).

Esta parábola es corta y simple, pero al mismo tiempo es rica y profunda. Después de la caída, los descendientes de Adán adoptaron una cosmovisión egocéntrica, terrenal y centrada en el «aquí y ahora». Jesús vino a salvar lo que se había perdido y a restaurarnos a una vida centrada en Dios, que glorifica a Dios y que está llena de gozo. Abrazar esto debe ser nuestra prioridad.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Miguel Núñez
Miguel Núñez

El Dr. Miguel Núñez es pastor principal de la Iglesia Bautista Internacional, es presidente y fundador de Ministerios Integridad & Sabiduría en Santo Domingo, República Dominicana. Es autor de varios libros, incluyendo El poder de la Palabra para transformar una nación y Una Iglesia conforme al corazón de Dios.

Las parábolas del grano de mostaza y la levadura

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Serie: Las parábolas de Jesús.

Las parábolas del grano de mostaza y la levadura

 Aaron L. Garriott


Nota del editor:
 Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

El tema del Reino de Dios ocupó un lugar importante en las enseñanzas de Jesús desde el principio de Su ministerio terrenal (Mt 4:17Mr 1:15Lc 4:43). Él proclamó que Su venida a la tierra significaba que el Reino de Dios se había acercado. Estaba inaugurando el reino de Dios en medio de Sus oyentes. Los milagros y la enseñanza acompañaban y demostraban esta inauguración. Su enseñanza tomó diferentes formas, pero la más importante de ellas fueron las parábolas, que usó para enseñar a Sus oyentes algo sobre la naturaleza del Reino. Las parábolas del grano de mostaza (Mt 13:31-32Mr 4:30-32Lc 13:18-19) y la levadura (Mt 13:33Lc 13:20) revelan algo del avance misterioso y lo imperceptible del Reino de Dios. Miraremos brevemente a cada una por separado.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Jesús comparó el Reino de Dios con un grano de mostaza, cuya pequeña forma inicial comparada con su impresionante forma final le proporcionaba a Jesús una ilustración adecuada del avance del Reino de Dios desde su inauguración hasta su consumación. Siendo una de las semillas más pequeñas de Palestina, la semilla de mostaza con el tiempo produciría un árbol parecido a un arbusto que alcanzaría más de tres metros de altura. La diminuta semilla llegaría a ser tan grande que las aves del cielo la encontrarían propicia como morada.

Cuando Cristo regrese para consumar el Reino de Dios, nadie podrá negar Su gloria.

Esta descripción se remonta al rey Nabucodonosor de Babilonia. Él soñó con un árbol que había crecido tanto que las aves del cielo se posaban en él. Sin embargo, el árbol fue cortado en un instante. La interpretación de Daniel reveló que todos los reinos de los hombres colapsarán, incluso el del poderoso Nabucodonosor (Dn 4). Pero el Reino de Dios es diferente. Aunque la inauguración de este Reino no fue impresionante, crecería hasta alcanzar su forma final y gloriosa, hasta que las aves del cielo anidaran en sus ramas (Ez 31:6).

Para que Sus oyentes entendieran el mensaje, Jesús contó otra parábola para ilustrar virtualmente la misma idea sobre el Reino de Dios. En esta parábola, una mujer esconde levadura de la masa de la semana pasada en tres medidas de harina. El poquito de levadura tiene su efecto en toda la masa. Como la levadura, el Reino de Dios comienza pequeño, y su obra es a menudo oculta e invisible, hasta que su resultado final es materializado.

Estas parábolas gemelas ilustran el crecimiento del Reino de Dios a ocurrir entre la primera y la segunda venida de Jesús. En ellas, Jesús demostró que la manera en que inauguró el Reino de Dios no tiene por qué sembrar dudas sobre el poder y la legitimidad de Su oficio mesiánico y del Reino. La humilde inauguración no fue un error; fue planificada por Dios. Juan Calvino señaló: «El Señor abre Su Reino con un comienzo frágil y despreciable, con el propósito expreso de que Su poder sea ilustrado más plenamente por su inesperado progreso».

Desde que Jesús pronunció estas parábolas, la semilla de mostaza ha echado raíces y ha florecido. El pan leudado se ha expandido exponencialmente. Aquellos que se opusieron a Jesús y a Sus seguidores después de Su ascensión trataron de aplastar la naciente Iglesia —cortar el árbol— antes de que llegara más allá de Jerusalén. Sin embargo, sus intentos fueron inútiles. De hecho, mientras más cortaban, más crecía el árbol. El martirio de Esteban es un ejemplo, ya que aceleró la dispersión que llevó el evangelio más allá de Jerusalén, a Judea, a Samaria y hasta los confines de la tierra (Hch 8:4). La historia de la Iglesia es el cumplimiento de la promesa de Jesús de que ni siquiera las puertas del infierno prevalecerían contra ella (Mt 16:18).

Pero el Reino que Jesús inauguró espera Su regreso para su consumación completa y final. Mientras tanto, caminamos por fe y no por vista (2 Co 5:7). Somos ciudadanos de este Reino que no puede ser conmovido (Heb 12:28). Cuando Cristo regrese para consumar el Reino de Dios, nadie podrá negar Su gloria (Mt 25:31Mr 14:62). Aquel que se encarnó y nació en un estado humilde volverá en esplendor y juicio (1 Tes 4:16Ap 1:7) para consumar el Reino. Y finalmente, el tabernáculo de Dios estará con el hombre (Ap 21:3-4).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Aaron L. Garriott
Aaron L. Garriott

Aaron L. Garriott es editor principal de Tabletalk Magazine, profesor adjunto residente en la Reformation Bible College de Sanford, Fla., y graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.