La parábola de los dos deudores

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Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola de los dos deudores

 Gerald Bikes

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

¿Cuántas veces debemos perdonar a un hermano cristiano que peca contra nosotros? Esta pregunta viene a nuestra mente, así como vino a los labios de Pedro un día mientras Jesús hablaba a Sus discípulos sobre la vida de iglesia, la salvación, la disciplina y el arrepentimiento (Mt 18:1-35). 

La sugerencia de Pedro de perdonar hasta siete veces luce bastante generosa (v. 21). Pero Jesús le responde diciendo, no hasta siete veces, sino «hasta setenta veces siete» (v. 22). Jesús usa esta forma de hablar para decir que nuestro perdón a un hermano o hermana que se arrepiente debe ser como el perdón que Dios concede a los pecadores: sin límite. En otras palabras, debemos perder la cuenta al perdonar a los demás.

La historia que contó Jesús es fascinante. Un rey rico generosamente perdona a un sirviente que le debe una cantidad exorbitante: diez mil talentos. Para los oyentes de entonces, esto es como si nos hablaran hoy de varios miles de millones de dólares. Perdonado, el sirviente atraviesa las puertas del palacio y se encuentra con un hombre que le debe una cantidad comparativamente insignificante (cien denarios, que equivalen a unos pocos miles de dólares). Agarrando al hombre por el cuello, está dispuesto a recurrir a la violencia física y ante las súplicas por misericordia del hombre, el sirviente «perdonado» lo encierra en la cárcel por deudor y el rey se enfurece cuando se entera de la grave inconsistencia de este hombre. Debemos entender que esta parábola nos juzga si tenemos un espíritu no perdonador (v. 35). 

Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar.

Cristo no está diciendo que somos perdonados en base a los méritos que obtenemos al perdonar a otros. Tampoco está diciendo que es posible que las personas puedan perder su salvación una vez que han sido verdaderamente perdonados. En este pasaje Cristo no entra en una discusión profunda sobre soteriología. No menciona la imputación, la justicia o la fe, como lo hace el apóstol Pablo en Romanos 3-5. Cristo no está hablando aquí de la manera de ser salvo, sino más bien del resultado de la salvación. 

Además, en un contexto más amplio de Mateo 18, Jesús les está enseñando a Sus discípulos cómo confrontar, disciplinar y recibir de vuelta a los hermanos y hermanas ofensores. Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar. Cuando David recibió misericordia de Dios, él a su vez buscó a alguien a quien pudiera mostrar la «misericordia de Dios» (2 Sam 9:3, RVR1960). La misericordia nos convierte en canales de misericordia. 

Cuando Cristo expuso esta parábola, iba camino a la cruz. Es solo por Su sacrificio único en la cruz que puede haber perdón para cualquier pecador. Y del Salvador crucificado fluye el poder de manifestar ese perdón a otros en la comunidad de fe. 

La buena noticia del evangelio es que, como dice el Salmo 130:4: «En Ti (Jesucristo) hay perdón, para que seas temido (o, reverenciado)». No todo el que piensa que está perdonado realmente lo está, pero eso no se debe a una falta de perdón por parte de Cristo. A nosotros nos resulta muy difícil perdonar a la misma persona tres veces, mucho más siete veces, pero en Su misericordia, Jesús arroja todos los pecados de Su pueblo a «las profundidades del mar» (Miq 7:19). 

Sin embargo, observa que la misericordia sin juicio no es bíblica. Esto se ve claramente en el trato final que el rey le dio al primer siervo. Dios es un Dios de profunda misericordia, pero «no tendrá por inocente al culpable» (Ex 34:7). Aquellos que abusan de Su evangelio para continuar en pecado y dureza de corazón se encontrarán con la ira de un Cordero menospreciado. 

Esta parábola sirve para recordarnos cuán grande es en verdad nuestra deuda con Dios. Por naturaleza, quebrantamos la ley de Dios constante, consistente y fácilmente. Para usar los términos de nuestra parábola, nuestra deuda asciende a miles de millones y es impagable. Este hecho en sí mismo es parte de lo que abre la fuente de la misericordia de Dios. Al entenderlo, rápidamente aflojaremos la presión que hacemos sobre la garganta de nuestro hermano creyente. Nuestra única esperanza es ser verdaderamente perdonados por la misericordia gratuita de Dios en Cristo. Su perdón es generoso, deslumbrante, glorioso, rico, nos lleva a temer a Dios y produce en nosotros gratitud. En este Dios hay más que suficiente para perdonar a los otros deudores por los que pedimos al orar el Padrenuestro (Mt 6:12). La misericordia de Cristo es una ola poderosa y veloz que no debe detenerse en nosotros. Apoyémonos firmemente en la gracia capacitadora de Dios para perdonar de manera ilimitada.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gerald Bikes
Gerald Bikes

El Dr. Gerald M. Bilkes es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, entre ellos Glory Veiled [La gloria velada] y Unveiled: A Heart-Searching Look at Christ’s Parables [Desvelada: una mirada profunda a las parábolas de Cristo].

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