El dominio propio en tu hogar

El dominio propio en tu hogar
Por Soldados De Jesucristo

El dominio propio en la iglesia local y en el trabajo son importantes, pero no olvidemos que mucho de nuestro tiempo lo pasamos en casa: en nuestro hogar, dulce hogar. Pero ¿demostramos genuinamente esto ante todos, es decir, un hogar guiado por Dios, controlado y que es una delicia para todos los que habitan allí con nosotros? Para ayudarnos a aplicar el dominio propio en nuestros hogares repasaremos la vida de varios hombres del Antiguo Testamento y su lucha por obtener el dominio propio en eventos puntuales con sus seres amados y personas allegadas a ellos, seguido de una breve reflexión cristiana para nosotros que vivimos de este lado de la cruz, con el fin de admirar y descansar en la obra del varón perfecto, Jesucristo.

Los patriarcas sin dominio propio

Iniciamos con Noé, quien fue un hombre justo (Gn. 6:8), viviendo en una sociedad torcida y dada al desenfreno (Gn. 6:5-6Jud. 14-16). Este hombre de fe «preparó un arca», aunque no se veían las cosas predichas por Dios (He. 11:7), y predicó acerca de la justicia de Dios sobre los pecadores, sin que creyeran su mensaje (2 P. 2:5). A pesar de tantas virtudes, después de salir del arca, «plantó una viña», se emborrachó, «se desnudó» y fue de tropiezo para sus hijos (Gn. 9:20-22). Aunque Noé fue un hombre sobresaliente y figura en la galería de la fe de Hebreos 11, tuvo problemas con la falta de dominio propio. Sin embargo, este hombre —al igual que nosotros— «halló gracia ante los ojos del SEÑOR» (Gn. 6:8). Estás son grandes noticias para Noé y para todos los que vendrían después de él. Por eso siempre es bueno recordar que no hay nada bueno en nosotros que no sea por la gracia de Dios.

Sigamos con nuestro padre en la fe: Abraham. De todos es sabido del problema del patriarca con su carácter, fallando en honrar a su esposa cuando dijo en dos ocasiones que era su hermana, exponiéndola al peligro y la vergüenza, mientras procuraba su propia honra y protección (Gn. 12:11-1520:2-3). También lo recordamos por llegarse a Agar, su sierva (Gn. 16:1-6), trayendo «agravio» a Sarai (Gn. 16:5). Sin embargo, Dios la honra cambiando su nombre Sarai por Sara (Gn. 17:15-16), y exhortando a su esposo, Abraham, a «presta[rle] atención» a ella en lugar de a su sierva Agar e Ismael su hijo (Gn. 21:9-12). De todo lo anterior se desprende que aún los hombres de fe tienen grietas en su carácter. Por un lado, pueden ser muy inspiradores en eventos desafiantes al ojo humano, tal como lo hizo Abraham al seguir el llamado de Dios «sin saber adónde iba» (He. 11:8). Por el otro lado, pueden no ser tan coherentes en manifestar ese dominio en lo más íntimo de su ser. Lo cierto es que Dios obró en su vida, pasando de servir a «otros dioses» junto con su familia (Jos. 24:2), a creer «en Aquél que justifica al impío»; por lo tanto «su fe se le cuenta por justicia» (Ro. 4:5).

Ahora veamos a Jacob, un hombre cuya concepción, vocación y bendición fue predicha por Dios a su madre (Gn. 25:21-23). Él demostró desde niño un gran interés por los asuntos religiosos de la familia (Gn. 25:31-34) —aunque claro que no siempre con las mejores intenciones—. Además, tuvo la iniciativa de obedecer a sus padres en procura de un futuro para él y su familia (Gn. 27:6-1028:1-5). Sin embargo, su astucia, medias verdades o mentiras y codicia personal, le trajo problemas para él y sus descendientes por muchas generaciones (problemas con Esaú, con Labán, con sus mujeres, con sus hijos, con los cananeos, etc.). La falta de dominio propio en Jacob afectó gravemente sus relaciones familiares, aunque fue un hombre llamado y amado por Dios (Mal. 1:2-3). A pesar de las muchas faltas de Jacob, afectando a su familia de muchas maneras, él es el padre terrenal de la nación de Israel. Si no fuese por el llamado divino, esos pecados que destruyen familias, incluido la intemperancia vista en el patriarca, únicamente hubieran traído destrucción, sin esperanza alguna. Lo cierto es que la salvación que Dios provee, por su gracia, eligiéndonos desde antes de nacer, es la base para una transformación genuina y duradera de nuestro carácter. Así sucedió con Jacob, llamado después Israel (Gn. 32:24-32) y héroe de la fe para todos (He. 11:921).

El libertador y un seguidor sin dominio propio

Pasemos a observar a Moisés, el gran libertador de Israel. Desde el principio, fue un hombre amado por Dios y sus padres, quienes lo protegieron hasta que providencialmente llegó a la corte del mismísimo Faraón (Ex. 2:1-10). Fue educado para la corte, sobresalió en muchos sentidos a los hombres de su tiempo (Hch. 7:19-22), pero su evidente problema de carácter lo hizo matar un egipcio (Ex. 2:11-15), enojarse con los israelitas varias veces (Ex. 17:4), abandonar a su familia dedicándose a su trabajo desproporcionadamente (Ex. 18:13-24), de tal manera que finalmente no pudo entrar a la tierra prometida por la que tanto trabajó (Dt. 32:48-52). Al final de sus días, llegó a ser transformado por la gracia de Dios, en «un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la superficie de la tierra» (Nm. 12:3).

Es muy ilustrativo que los grandes líderes del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento eran personas que poseyeron una rara mezcla de vicios y virtudes. La Biblia no las oculta, pero tampoco las condona. Podemos identificarnos fácilmente con dicha mezcla, ya que a menudo nos enfrentamos a situaciones similares. Es común que nos enojemos con facilidad y que reaccionemos inadecuadamente contra aquellos a quienes servimos. También, seguramente con buena intención, dedicamos más de lo debido al trabajo de Dios, como si el hogar no estuviera primero (1 Ti. 3:4-5). Ni Moisés ni nosotros podemos ser aceptos delante de Dios por nuestros propios medios, a menos que tengamos un mediador fiel (He. 3:1-6).

Hay otro personaje del que podemos aprender: Acán. Israel vino del desierto, en dirección a Canaán, y miró la ciudad de Jericó grande, poderosa y rica. Dios prometió destruir la ciudad, pero todos debían abstenerse de tomar botín de ella, porque estaba bajo su maldición y las ganancias serían para sostener el futuro templo (Jos. 6:1-217-19). Pero Acán se creyó muy listo. Decidió desobedecer tomando un botín con sigilo y escondiéndolo bajo su tienda (Jos. 7:114-23). Lo peor, es que la codicia de este descendiente de Judá costó la vida de muchos hombres en guerra, el avance del pueblo se detuvo, la victoria se volvió derrota y su familia sufrió las consecuencias por siempre, pues su testimonio se recordó por siglos (Jos. 7:24-26).

La riqueza material no es mala en sí misma, siempre que cumpla el propósito de glorificar a Dios y servir al prójimo, como enseñó otro de la familia de Judá (Mt. 6:1-319-24). El problema de Acán estuvo en desobedecer la orden divina por no contentarse con su situación financiera, pensar solo en su interés personal, codiciar la riqueza de los impíos, comprometiendo su honra personal y familiar, olvidando que los avaros no «tiene[n] herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Ef. 5:5). La templanza en el área financiera nos guardará a nosotros y a nuestras familias (Pr. 28:22).

Jueces sin dominio propio

Nuestro siguiente personaje es Jefté, a quién la Biblia lo presenta como un héroe de la fe (He. 11:32). Conocido como un «guerrero valiente» (Jue. 11:1), era también «hijo de una ramera» y un padre galaadita. Este hombre tuvo problemas personales y familiares que lo llevaron al rechazo de sus hermanos mayores y a juntarse, en su lugar, con «hombres indignos» (Jue. 11:1-4). Jefté fue juez de Israel en medio de una grave coyuntura política con los amonitas, quienes tuvieron un origen igualmente oscuro (Gn. 19:36-38). La falta de autocontrol lo vemos en que Jefté negoció su apoyo a la causa, si le garantizaban ser el líder de la nación y de su pueblo en Galaad, lo cual, en efecto, logró (Jue. 11:9-11). Su celo por fortalecer su posición ante la familia, tribu y nación, lo llevó a asumir compromisos que Dios no exigió, ni que él sabía si podía cumplir (Jue. 11:30-31). Ganó la guerra, obtuvo respeto social, pero sacrificó su joven e inocente hija a causa de sostener su compromiso insensato (Lv. 22:17-33Nm. 30:1-16Ec. 5:1-7Mt. 5:33-37). A menudo también nosotros, buscando alguna forma de aprobación familiar y social, podemos llegar a asumir compromisos más allá de nuestras capacidades. De esta manera, podemos afectar directamente a nuestros seres queridos.

Notemos ahora a Sansón. Este héroe de la fe (He. 11:32) es bastante conocido por los cristianos de todas las épocas y edades. Sabemos que su nacimiento fue predicho por Dios, su conducta regulada por Dios y también su vida protegida por Dios (Jue 13:1-5). El problema de este juez fue su intemperancia, porque nunca tuvo el control de sus pasiones, hecho que al final lo llevó a una caída vergonzosa (Jue. 16:20-22). Sansón es un personaje que, por su inmadurez e inconstancia, causó estragos en su familia (Jue. 14:1-31915:1-8). Los padres de Sansón sufrieron con este hijo inestable, lo mismo las mujeres de este poderoso hombre, que al final es un ejemplo vívido de que es mejor tener dominio propio que ser fuerte, como ya hemos discutido con anterioridad (Pr. 16:32).

Los dones espirituales solo sirven adecuadamente al prójimo y a quien los posee cuando están sustentados en un carácter sólido. Todo lo opuesto al poderoso Sansón, quien tuvo fuerza física, pero no pudo dominar sus emociones. Cuando se enfrentó con varios hombres venció, pero fue derrotado al lidiar consigo mismo. Es difícil tener hijos así, hermanos emocionalmente inestables, padres viscerales, cónyuges inmaduros en sus emociones, porque los que más sufrirán serán los cercanos a ellos. Observamos que ser de temperamento volátil es ser débil y no fuerte de carácter (Stg. 4:1), porque ser controlado por las emociones, nos llevará a cometer locuras fácilmente (Pr. 14:17).

Reyes sin dominio propio

No podemos olvidar a David, el rey más insigne de Israel. Se ha oído mucho de sus grandes hazañas (como la victoria sobre Goliat en 1 Samuel 17 y la conquista de Jerusalén en 2 Samuel 5), así como de sus grandes caídas, fracasos e imprudencias (causando guerras, muertes y pobreza en su pueblo [1 S. 21:1-152 S. 111324]). Podríamos hablar mucho de sus virtudes y defectos, pero quisiera resaltar su caída con Betsabé (2 S. 11). David cedió a sus deseos sexuales gradualmente (olvidó su debilidad, expuso su vulnerabilidad y halló su oportunidad). Aunque era salmista, profeta y rey ungido por Dios, no se libró de su debilidad por todo ello (Ec. 7:20). Tampoco siguió trabajando en sus conquistas militares, sino que descansó en tiempo de trabajo (Ec. 3:8). Cuando la mayoría de los hombres iban a la guerra y sus mujeres estaban en casa, él encontró su oportunidad para la lujuria desde el palacio ubicado por encima de las casas de Jerusalén (Pr. 27:20). Mientras no hizo lo que debía hacer (ir a la guerra como comandante de Israel —2 S. 11:1-4—), terminó haciendo lo que no debía hacer (codiciar y quitar la mujer de su prójimo —Ex. 20:1417—).

Si no fuera por este hecho, poco sabríamos de la lucha íntima de un santo con sus pasiones sexuales y las terribles consecuencias que sufren todos a su alrededor, como lo narra 2 Samuel, sobre la casa de David, es decir: su familia. Tampoco prestaríamos atención a los proverbios que amonestan a los jóvenes sin dominio de su sexualidad, si no fuera Salomón, hijo suyo, quien los escribió en su mayoría (Pr. 1:1-45-7). Impactantes son, además, las conclusiones de Salomón sobre una sexualidad intemperante (Ec. 7:25-29), y las del cronista sagrado, sobre la influencia de un padre lujurioso en un hijo dotado, que aprendió demasiado caro el ignorar el cuidar su corazón como lo más sagrado (Pr. 4:231 R. 11:1-13).

Conclusión

Sin duda, los hombres de la Biblia son como nosotros en múltiples aspectos. Hay mucho que tenemos en común. Esto nos guarda de verlos más allá de lo que en verdad son: pecadores rescatados por la misma gracia que nos alcanzó a nosotros (1 Co. 10:611-14). Mientras tanto, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo brilla por su madurez, sensatez y dominio propio en el trato con otros, participando en cenas, bodas y actividades sociales, pero siempre agradando a Dios, su Padre en todo (Jn. 8:29). Debemos agradecer a Dios porque su evangelio es poder divino para salvación de todos los pecados de los que creen en Él, incluyendo la falta de moderación en sus múltiples manifestaciones (Ro. 1:16-1721-31).

Por lo tanto, descansa todas tus debilidades de carácter en «Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén» (Ef 3:20-21). Vive una vida controlada, dominada por el Espíritu, sabiendo que tu familia será impactada por tu falta de dominio propio tarde o temprano, o bendecida por la presencia de ese autocontrol, que es fruto del Espíritu.

Las palabras pequeñas

Tiendo a apresurarme. Incluso cuando me relajo en el sofá para leer un libro, me encuentro pasando apurado las páginas. No es que no disfrute leer, es que parece que siempre tengo prisa por hacer lo que vendrá inmediatamente después de lo que estoy haciendo ahora. Cuando leo, me apresuro para llegar a comer el bocadillo que sigue en mi lista de cosas por hacer. Y cuando empiezo a preparar esa merienda, me apuro para revisar mi correo electrónico. Supongo que esto forma parte de la vida en esta sociedad norteamericana: siempre tenemos prisa por hacer algo, aunque ese algo no sea nada.

Incluso me encuentro apurado cuando leo la Biblia. Me apresuro a leer la Biblia para poder orar. Después de orar, puedo pasar a leer el siguiente libro de mi lista de lectura. El problema es que, cuando me apresuro, me pierdo de cosas. Si leo la Biblia deprisa, siempre acabo pasando por alto algunas palabras importantes. Nunca se me escapan las grandes: puedo detectar una «justificación» o una «imputación» a un kilómetro de distancia. Son las pequeñas las que se me escapan. Los «si» y los «peros» tienden a escaparse de mi atención. Sin embargo, es sorprendente cómo cambia la Biblia cuando me tomo el tiempo de absorber cada una de esas pequeñas palabras. En última instancia, a menudo son más importantes que las grandes palabras que las rodean.

Considera los versículos 31 y 32 de Lucas 22. «Y el Señor dijo: “¡Simón, Simón! En efecto, Satanás ha preguntado por ti, para tamizarte como el trigo. Pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y cuando hayas vuelto a Mí, fortalece a tus hermanos”». Cuando me apresuro, pierdo de vista las pequeñas palabras como «cuando». Esa pequeña palabra en el contexto de este versículo habla de una verdad tan asombrosa. Satanás preguntó si podía tamizar a Simón como el trigo. Aunque no sabemos exactamente lo que eso implica, ciertamente muestra que el diablo iba a lanzar un ataque especialmente cruel contra Simón. Jesús, después de haber orado por Simón, no dijo «si vuelves». Más bien, habló con confianza, diciendo que cuando Pedro perseverara, sería capaz de fortalecer a otros. Cuando miramos este versículo en relación con otros pasajes de la Escritura, podemos ver una afirmación de los principios de la seguridad eterna: que Satanás, aunque puede atacarnos, nunca puede separarnos para siempre del Señor. Si pierdo de vista esa pequeña palabra «cuando», me pierdo una gran verdad.

Otro ejemplo de una pequeña palabra con gran significado está en Efesios 2, que dice que la salvación es por gracia a través de solo la fe en Cristo. «Y a vosotros os dio vida, cuando estabais muertos en delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de la desobediencia, entre los cuales también todos nos condujimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne».

«Pero Dios, que es rico en misericordia, por Su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados), y juntamente con Él nos resucitó, y nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de Su gracia en Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros mismos; es don de Dios, no de las obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas».

La primera parte de este pasaje trata de la condición humana natural. Los humanos están muertos en delitos y pecados. Andamos según los caminos de Satanás en lugar de los de Dios. Amamos cumplir nuestros propios deseos en vez de los de Dios, y somos hijos de la ira. Pero Dios. Esa pequeña frase. Así éramos… pero Dios. Luego leemos cómo Dios, por Su gran amor, nos dio la vida, salvándonos de nuestra condición natural. Una vez más, todo depende de una pequeña palabra. Esa palabra une todo el argumento, llevándonos de la condenación segura a la salvación segura.

He aprendido que tengo que ir más despacio cuando leo, no sea que siga perdiéndome estas grandes verdades. Cuando voy más despacio, leo con atención y me tomo tiempo para meditar en las palabras de la Escritura, me enriquecen todas y cada una de las palabras que contiene la Biblia. Recuerdo algunas de las primeras cartas de amor que me escribió mi esposa, hace tantos años, y cómo las leía y releía, empapándome de cada palabra y cada frase. Ese es el tipo de devoción que necesito mostrar a la Biblia, leer cada palabra, cada «jota y tilde» para asegurarme de que no pierdo de vista involuntariamente ninguna de las maravillas de Dios.

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Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Sé un padre digno de honra

Por:Tim Challies

Durante varias semanas, he estado examinando el quinto mandamiento y, en particular, cómo deben obedecerlo los hijos adultos. «Honra a tu padre y a tu madre, como te ha mandado el Señor tu Dios, para que tus días se alarguen y te vaya bien en la tierra que el Señor tu Dios te da». Mientras que cumplir este mandamiento es relativamente sencillo para el niño pequeño que está bajo la autoridad de sus padres, es mucho más difícil saber lo que implica para los hijos adultos. A lo largo de esta serie, hemos empezado a conocer algunas formas en las que esa honra puede presentarse. Hemos visto que todos los hijos tienen una deuda de honra con sus padres que se prolonga más allá de la infancia. Todos los hijos de todas las edades deben honrar a sus padres. Hemos explorado esto desde muchos ángulos y ahora, al concluir, quiero explorarlo desde uno más.

Los hijos no tienen toda la responsabilidad en el cumplimiento del quinto mandamiento. Si los hijos deben extender la honra a sus padres, los padres deben facilitárselos viviendo vidas honorables. Debemos repetir lo que hemos dicho antes: Los hijos no deben esperar a que sus padres demuestren ser honorables antes de extender la honra, ya que la honra de los padres se deriva de su posición, no de su comportamiento. Sin embargo, sigue siendo responsabilidad de los padres llevar una vida digna y respetable. Y esto es lo que quiero considerar hoy: ¿Cómo podemos nosotros, que somos padres, vivir una vida digna de honra? ¿Cómo podemos facilitar que nuestros hijos nos honren ahora y en el futuro?

La gloria de los hijos

Comenzaremos con un proverbio apropiado. Proverbios 17:6 nos dice: «Corona de los ancianos son los hijos de los hijos, y la gloria de los hijos son sus padres». Es la segunda parte de este proverbio la que me interesa de forma particular. ¿Qué significa que «la gloria de los hijos son sus padres»? Aunque debemos reconocer un contexto singular en el Antiguo Testamento, podemos estar de acuerdo con Eric Lane, cuando dice: «Para los hijos su mayor bendición era tener unos padres de los que pudieran sentirse orgullosos: respetados en la comunidad, prósperos en los negocios y minuciosos en su educación». Es una bendición para los hijos tener padres honorables y es correcto que se sientan orgullosos de sus padres y, por supuesto, también de sus madres.

En la explicación e interpretación que John Kitchen hace del proverbio, destaca la importancia de que los padres vivan con honor: «Los hijos se sienten orgullosos de tener un padre honorable. Es cierto que el mandamiento exige que los hijos honren a su padre y a su madre (Éx. 20:12), pero también corresponde al padre dar a sus hijos motivos para hacerlo. ¿Qué mayor incentivo terrenal podría haber para vivir honorablemente como hombre, que el hecho de que tus hijos se sientan orgullosos de ti y anhelen modelar tu carácter?». Los padres son el orgullo de los hijos cuando viven honorablemente.

Viviendo honorablemente

¿Cómo viven los padres honorablemente? ¿Cómo aconsejarías a un amigo que te dice: «Quiero vivir una vida digna de honor. ¿Qué hago?». Hay cientos de posibilidades, cientos de maneras de responder a estas preguntas. Podríamos crear una lista de cualidades que deberían caracterizar al padre cristiano: El amor, la bondad, la paciencia y la mansedumbre. Podríamos generar una lista de deberes que los padres deben cumplir: Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos, orar por ellos, leerles la Palabra de Dios. Podríamos elaborar una lista de características y comportamientos que debemos evitar: No exasperar a nuestros hijos, no tratarlos injustamente, no dejar de criarlos en la disciplina e instrucción del Señor. Las posibilidades son infinitas.

Yo pretendo mantenerlo simple y proponer tres áreas de énfasis.

En primer lugar, haz de tu propia piedad tu principal preocupación. Como padres, tenemos la tendencia a esperar más de nuestros hijos de lo que esperamos de nosotros mismos. Tenemos grandes expectativas para ellos, pero sólo expectativas modestas para nosotros mismos. Una vida honorable ante los demás comienza con una vida honorable ante Dios. Cuando buscamos a Dios, anhelamos ser lo que Él quiere que seamos, vestirnos con todas las características nobles asociadas con la piedad y desechar todas las características desagradables asociadas con la impiedad. Vamos a querer comportarnos como Dios quiere que nos comportemos, dejar de lado todas las acciones que no son propias de un cristiano y resaltar todas aquellas acciones que son dignas de un cristiano. De este modo, modelaremos un carácter y un comportamiento maduros, desplegando y mostrando amor a nuestros hijos, incluso cuando nos exasperen o nos lleven al borde de la desesperación. Viviremos con la conciencia tranquila ante Dios, los hombres y nuestros propios hijos.

En segundo lugar, identifica e imita modelos dignos. Especialmente dentro de la iglesia local, busca personas que hayan sido modelos de crianza exitosa. Dios nos ha puesto en las comunidades de la iglesia local para que podamos tener ayuda a través de todos los desafíos y dificultades de la vida. Dios nos rodea de otros creyentes para que podamos tener modelos que imitar. Identifica deliberadamente a las personas cuyos hijos los aman y honran, cuyos hijos se deleitan en estar con ellos. Aprende a imitar a esas personas. Pregunta a los padres: «¿Qué hiciste para que tus hijos te respeten ahora? ¿Cómo los criaron? ¿Qué les han enseñado?». Pregunta a los hijos: «¿Qué hicieron tus padres para que los honres? ¿Qué amas de ellos? ¿Por qué te gusta pasar tiempo con ellos?». Es mucho lo que podemos aprender mediante la curiosidad y la imitación.

En tercer lugar, encomienda a tus hijos a la gracia de Dios. Aprendan a ser piadosos y a imitar modelos dignos y luego encomienden a sus hijos a la gracia de Dios. Es tu responsabilidad vivir una vida digna de honra y es tu responsabilidad enseñar a tus hijos la importancia del honor. Pero en última instancia, la honra debe ser extendida por los hijos, no exigida por los padres. La responsabilidad recae en tus hijos. Puede que se muestren duros de corazón, que no estén dispuestos a identificar el amor y la gracia que les has mostrado, que no estén dispuestos a perdonar tus defectos, que no estén dispuestos a hacer caso al mandato de Dios. Pero tú, al menos, habrás vivido una vida de honor. Tú, al menos, habrás cumplido con el deber que Dios te ha dado.

Pueden haber momentos para apelar a tus hijos cuando actúan de forma deshonrosa o, si son cristianos, incluso para apelar a tu iglesia. Los líderes de la iglesia deben tomar en serio la responsabilidad de cada miembro de obedecer el quinto mandamiento. Sin embargo, al final tus hijos harán su propio camino en la vida. Ellos elegirán honrar a Dios al honrarte a ti o elegirán deshonrar a Dios al deshonrarte a ti. Incluso si eligen mal, tú puedes consolarte sabiendo que aunque tus hijos te abandonen, Dios no lo hará. Padres, hagan que sea fácil para sus hijos honrarlos. Hagan que sea un placer para ellos sentirse orgullosos de ustedes. Vivan de tal manera que sus hijos puedan decir: «la gloria de los hijos son sus padres».

Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

El honor de uno es la vergüenza de otro

El honor de uno es la vergüenza de otro
Por Tim Challies

Me pregunto si recuerdas un video viral de hace unos años titulado «Los padres asiáticos reaccionan a los te quiero». En él, aparecían varios jóvenes asiáticos diciéndoles a sus padres «te quiero» y grabando la respuesta de sus padres. ¿Por qué se hizo viral este vídeo? Porque decir y escuchar «te quiero» es poco común en muchas culturas asiáticas. No es que los padres y los hijos asiáticos no se amen; por supuesto que sí, pero el amor y la honra se demuestran de otras maneras. Estos hijos sorprendieron a sus padres con algo que en muchas otras partes del mundo parecería totalmente común.

He estado compartiendo una serie de artículos sobre el quinto mandamiento llamado «Honra a tu padre y a tu madre», y he llegado al punto en el que tenemos que hablar de cultura. Ya hemos visto que los hijos tienen una deuda de honra con sus padres para toda la vida. Sin embargo, lo que sólo hemos visto de forma indirecta es que la honra se muestra de diferentes maneras en distintos contextos o culturas. Nuestro objetivo es encontrar formas de expresar la honra que debemos a nuestros padres, pero sólo podemos hacerlo si tenemos en cuenta las diferencias culturales.

Tengo el gozo de vivir en la que quizá sea la ciudad más multicultural del mundo. Aun mi pequeña iglesia cuenta con representantes de al menos 30 culturas diferentes y gran parte de la investigación para este artículo ha procedido de entrevistas con ellos. Las entrevistas incluyeron conversaciones con personas que representaban a Bielorrusia, Canadá, El Salvador, Ghana, India, Irak, Jamaica, Filipinas y Corea del Sur. Las diferencias y similitudes son fascinantes. Lo resumiré en dos grandes grupos, dos tipos de cultura, cada uno de los cuales tiene expectativas muy diferentes cuando se trata de honrar a los padres.

Un tipo de cultura

El primer tipo de cultura valora la autonomía y la independencia como grandes virtudes. Los padres esperan recuperar su independencia cuando sus hijos abandonen el hogar y miran con expectativas el momento de su retiro para descansar y divertirse. Al mismo tiempo, sus hijos esperan obtener una independencia permanente de sus padres. Esta cultura tiende a idealizar la diversión y la libertad de la juventud mientras teme las responsabilidades de la edad adulta. La edad no se asocia con la sabiduría y el respeto, sino con el miedo o incluso la burla por la pérdida de facultades físicas y mentales. Los adultos que envejecen temen la pérdida de independencia que se aproxima.

Esta cultura tiene pocas expectativas y exigencias determinadas en cuanto a la forma en que los hijos adultos deben honrar a sus padres ancianos. Los padres pueden esperar poco más que llamadas telefónicas regulares y visitas en los días festivos importantes. A medida que los padres envejecen, los hijos pueden involucrarse en su cuidado, pero sin ser los cuidadores principales ni trasladar a los padres a su casa. Más bien, a medida que los padres envejecen, existe la expectativa de que se trasladen a centros de jubilación o residencias de ancianos y vivan allí sus últimos días.

En lo que respecta a las finanzas, los padres deben mantener a sus hijos hasta que se independicen, pero hay pocas expectativas de que los hijos les devuelvan el favor más adelante. En cambio, los padres deben ahorrar con diligencia para su propia jubilación y financiarla ellos mismos. Cuando los padres necesitan que se les cuide, esa responsabilidad se distribuye entre los hijos que lo deseen y no recae en un hijo en particular, en función del sexo o el orden de nacimiento.

Estas bajas expectativas son compartidas tanto por los padres como por los hijos. Un entrevistado dijo: «Mis padres me han dicho que cuando sean viejos, simplemente los traslademos a una residencia de ancianos. No les gustaría interrumpir nuestras vidas de ninguna manera». Los hijos mayores no desean interrumpir sus vidas cuidando a sus padres; los padres mayores no desean incomodar a sus hijos necesitando sus cuidados. Si hay algo que avergüenza en esta cultura es cuando los padres no han ahorrado diligentemente para proveer su propio cuidado.

Otro tipo de cultura

Otro tipo de cultura valora la honra y el respeto como virtudes elevadas, mientras que teme y evita todo lo que conlleva vergüenza. Estas culturas respetan a los mayores y asocian la edad con la sabiduría y la autoridad, mientras que asocian la juventud con la insensatez. Suelen tener términos o títulos para los mayores y costumbres para mostrar respeto y deferencia a los ancianos. Estas culturas valoran poco la independencia y la autonomía y mucho más el deber hacia la familia.

La honra se manifiesta en la obediencia y el sacrificio, mientras que la vergüenza proviene de la desobediencia y el egoísmo. Así, se espera que incluso los hijos adultos honren a sus padres pasando tiempo con ellos, obedeciéndoles, buscando y teniendo en cuenta su sabiduría en las decisiones importantes de la vida. Y al igual que los padres se han sacrificado por sus hijos, los hijos deben corresponder con sacrificios que beneficien a sus padres. Las acciones o el comportamiento de los hijos de cualquier edad beneficiarán o perjudicarán la reputación de la familia.

Suele haber una fuerte jerarquía dentro de la familia, en la que el primer varón (o primer hijo en algunas culturas) tiene la mayor responsabilidad en el cuidado y la provisión. Se espera que a medida que sus padres envejecen, los acoja en su casa, ya que esto honra tanto al hijo como a sus padres. Llevar a sus padres a un centro de jubilación o a una residencia de ancianos supondría una gran vergüenza para toda la familia: vergüenza para el hijo por no cumplir con su deber y vergüenza para los padres por no educar bien a su hijo.

Dos consideraciones

Estas son descripciones muy amplias, por supuesto, pero sospecho que puedes reconocer los dos tipos de cultura. La primera existe sobre todo en las naciones influenciadas por el Occidente, mientras que la segunda existe dentro de las sociedades que enfatizan el honor y la vergüenza y, en diversas formas, abarca a la mayor parte de la población de la Tierra. Las diferencias entre ellas son, cuando menos, notables.

Considera lo siguiente: Un adulto norteamericano puede decir: «Mis padres viven en una residencia de ancianos» y la gente pensará que la familia ha hecho algo bueno y noble. Después de todo, mamá y papá han ahorrado con diligencia y ahora pueden permitirse estar en una bonita comunidad de jubilados; los hijos están contentos de que sus padres sean atendidos por profesionales y estén rodeados de personas en su misma etapa vital. Pero si un adulto indio dice: «Mis padres viven en una residencia de ancianos», sus compañeros se horrorizarán y pensarán que la familia ha hecho algo tristemente vergonzoso. Al fin y al cabo, el hijo se niega a cumplir con sus obligaciones, lo que demuestra que sus padres no le educaron bien. Ahora esos padres son atendidos por profesionales distantes en lugar de por hijos cariñosos y están rodeados de extraños en lugar de familiares. Lo que es honroso en una cultura es vergonzoso en otra.

Esto nos obliga a lidiar con un par de consideraciones. En primer lugar, nuestras presuposiciones culturales pueden ser erróneas, pero al igual que un pez no está apercibido del agua en la que nada, a nosotros nos cuesta reconocer el papel de la cultura en la que vivimos. Un tipo de cultura puede exigir muy poco, mientras que la otra puede exigir demasiado. Una cultura puede legitimar la deshonra mientras que otra puede idolatrar la honra. Como cristianos, tenemos que pensar con cuidado y bíblicamente en lugar de aceptar simplemente lo que dicta la cultura. Es posible que los hijos occidentales tengan que esforzarse por convencer a sus padres de que deben ser honrados, mientras que las personas de otras culturas pueden tener que negarse a conformarse con algunas de las expectativas puestas en ellos.

En segundo lugar, tenemos que mostrar la honra en formas que sean apropiadas para nuestra cultura y significativas para nuestros padres, sin dejar de ser fieles a las Escrituras. Por lo tanto, la manera en que yo muestro honor a mis padres puede ser muy diferente a la del amigo ghanés o cubano que se sienta a mi lado en Grace Fellowship Church No necesariamente tengo que honrar a mis padres de una manera ghanesa y mis amigos no necesariamente tienen que honrar a sus padres de una manera canadiense. Podemos y debemos aprender los unos de los otros, pero sin juzgar lo que puede parecer una deshonra o un exceso de honra.

Hablaremos más de la cultura a medida que avancemos en la exposición de las formas particulares en que podemos y debemos mostrar honra a nuestros padres.


Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Lo que dice la Biblia acerca de la ira

Lo que dice la Biblia acerca de la ira
Por: Tim Challies

Supongo que no debería ser sorpresa que la Biblia tenga mucho que decir acerca de la ira. Después de todo, la ira no sólo es una causa de pecado, sino también una causa común de pecado. Aquí está lo que la Biblia tiene que decir al respecto:

1. Es bueno ser lento para la ira. Aquellos que son prontos para airarse muestran una falta de sabiduría.

  • “El que tarda en airarse es grande de entendimiento; mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad”. (Proverbios 14:29 RV60)
  • “Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira”. (Santiago 1:19)
  • “No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo se anida en el seno de los necios”. (Eclesiastés 7: 9)

2. La ira debe ser corregida lo antes posible, ya que puede convertirse fácilmente en pecado. 

  • “Entonces el Señor dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado, y por qué se ha demudado tu semblante? Si haces bien, ¿no serás aceptado? Y si no haces bien, el pecado yace a la puerta y te codicia, pero tú debes dominarlo”. (Génesis 4:6-7)
  • “Habéis oído que se dijo a los antepasados: “No mataras” y: “Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte.” Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte…Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. (Mateo 5: 21-24)
  • “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. (Efesios 4:26)

3. Aunque a veces la ira puede ser justa (véase especialmente marcos 3:5 donde Jesús se enoja), la ira de manera general debe ser evitada. 

  • “Porque temo que quizá cuando yo vaya, halle que no sois lo que deseo, y yo sea hallado por vosotros que no soy lo que deseáis; que quizá haya pleitos, celos, enojos, rivalidades, difamaciones, chismes, arrogancia, desórdenes”. (2 Corintios 12:20)
  • “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes; contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”. (Gálatas 5: 19-21)
  • “Sea quitada de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos, maledicencia, así como toda malicia”. (Efesios 4:31)
  • “Pero ahora desechad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, lenguaje soez de vuestra boca”. (Colosenses 3: 8)
  • “Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira; pues la ira del hombre no obra la justicia de Dios”. (Santiago 1: 19-20)

Publicado originalmente en Challies.com | Traducido para Soldados de Jesucristo por Alicia Ferreira de Díaz

Introducción al pragmatismo

Introducción al Pragmatismo
Por Tim Challies

El pragmatismo se ha convertido en una fuerza dominante en el ámbito cristiano. Quiero echar un breve vistazo a la historia del pragmatismo y luego, mostrar cómo ha influenciado a la iglesia. En los próximos días voy a escribir sobre las áreas del cristianismo donde ha tenido un impacto significativo.

El pragmatismo tiene sus raíces en la filosofía de hombres como John Stuart Mill, quién influenció formativamente a filósofos como John Dewey, quien aplicó el pragmatismo a la educación y William James, a la religión. Estos hombres enseñaron que la única manera de determinar la verdad era mediante resultados prácticos. El pragmatismo, fundado por los filósofos, se consolidó en la mentalidad occidental con la Revolución Industrial. El pragmatismo en la industria ha cambiado nuestra forma de vivir. James Boice dice: «El objetivo es encontrar la manera más rápida y menos costosa de fabricar productos y de hacer las cosas. El pragmatismo ha mejorado el nivel de vida de millones de personas que ahora disfrutan de las ventajas de tener una vivienda propia, ropa adecuada, agua corriente… y comida abundante». (Whatever Happened To The Gospel of Grace [Lo que pasó con el evangelio de la gracia] p.50) Esto se ha logrado, por supuesto, en detrimento de la calidad y la destreza.

El diccionario Webster define el pragmatismo como «la doctrina que afirma que las consecuencias prácticas son los parámetros para medir el conocimiento, el significado y el valor». En resumen, la verdad está determinada por las consecuencias. Que algo sea correcto o incorrecto, bueno o malo, depende de los resultados. Desde la época de la Reforma, los protestantes han afirmado la doctrina de la Sola Scriptura, que enseña que sólo la Biblia debe ser nuestra norma de moralidad y verdad. Esta norma tiene sus raíces en la iglesia primitiva y por supuesto, en la Biblia. Esto siempre ha sido una enseñanza fundamental del protestantismo. Sola Scriptura fue la doctrina fundamental de la Reforma, la doctrina de la que dependía todo lo demás.

El pragmatismo y la sola Scriptura son necesariamente opuestos, ya que cada uno pretende ser la clave para determinar la verdad. Como cristianos, necesitamos decidir si vamos a depender de la Escritura como la norma absoluta de la verdad o si vamos a determinar la verdad por las consecuencias. Aunque sería difícil encontrar un cristiano que diga «creo en el pragmatismo», esta filosofía se manifiesta en el ámbito cristiano de muchas maneras diferentes. Aunque la gente afirma la Sola Scriptura con su boca (o declaraciones doctrinales), la niega con sus acciones.

El pragmatismo ha asomado su fea cabeza en todo el mundo cristiano. Se encuentra en declaraciones sobre técnicas de evangelización, tales como «si sólo alcanza a una persona, vale la pena». Se encuentra en el libro de Rick Warren, Una vida con proposito, un libro de texto para el crecimiento de la iglesia, donde escribe: «Nunca critiques ningún método que Dios esté bendiciendo». También, dice: «Debemos estar dispuestos a ajustar nuestras prácticas de adoración cuando los incrédulos están presentes. Dios nos dice que seamos sensibles a las limitaciones de los incrédulos en nuestros servicios». Estas ideas no son bíblicas; están arraigadas en la percepción de los resultados. El pragmatismo se encuentra dondequiera que los cristianos están prestos a unirse a programas y se apresuran a cambiar sus servicios de adoración debido a lo que esperan que suceda por los cambios que hacen. En resumen, se encuentra en cualquier lugar donde se quita el énfasis de lo que dice la Escritura y donde se pone el énfasis en los resultados esperados.

Dios no siempre proporciona los resultados que nos gustaría ver. Hay misioneros que han pasado muchos años trabajando en el campo misionero y han visto muy pocos corazones y muy pocas vidas transformadas. ¿Significa esto necesariamente que su técnica es defectuosa? ¿Significa necesariamente que no están haciendo la voluntad de Dios? De ninguna manera. A veces, Dios decide producir resultados y otras veces, no. Aun Jesús experimentó resultados diversos cuando ministraba. En algunas ciudades, la gente lo escuchó y confió en Él mientras que otras lo rechazaron. Nuevamente, esto no significa que la técnica de Jesús fuera defectuosa o que estuviera siendo desobediente. Más que nada, Dios desea y espera la obediencia de Sus hijos. El pragmatismo no tiene respuesta a la pregunta de cómo determinamos la obediencia, ya que la obediencia sólo puede determinarse a través de las Escrituras.

El peligro obvio del pragmatismo en la iglesia es que perdemos nuestro enfoque en la norma absoluta que Dios nos ha dado en Su palabra. Cuando perdemos ese enfoque, la iglesia se encuentra en el terreno resbaladizo de asemejarse al mundo. Cuando desechamos las normas de Dios, debemos depender de nuestras propias normas, las cuales son profundamente defectuosas. Comenzamos a confiar en nosotros mismos y perdemos nuestra confianza en Dios. Próximamente estaré hablando de un área específica en la que el pragmatismo ha opacado a las Escrituras.

Este artículo se publicó originalmente en Challies.

Tim Challies
Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Ningún bien tengo fuera de Tí

“Yo dije al Señor: Tú eres mi Señor; ningún bien tengo fuera de ti” (Salmos 16:2).

En salmos 16 David toma refugio en el Señor. Tomar refugio incluye la oración de David para que Dios lo guarde. En otras palabras, la oración “protégeme” (Salmos 16:1) es en sí misma un refugio en Dios. Pero David no sólo le pide a Dios que lo guarde. También habla y declara la verdad a Dios. Él se regocija en Jehová, su refugio (Salmos 16:2).

La última frase del verso 2 está llena de profundas verdades teológicas y combustible para la adoración. Entonces, ¿Qué quiere decir David cuando dice “ningún bien tengo fuera de tí?

Dios es la fuente de toda bondad

Cada cosa buena viene del Dios que es Bueno. Dios es el hacedor y sustentador de todos las cosas creadas. Por eso, en Génesis 1, Él crea y luego evalúa su obra: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gn 1:31).

Anselmo de Canterbury (1033-1109), el brillante teólogo medieval, vio en esta verdad evidencia convincente de la existencia de Dios. Él veía que todos estaban de acuerdo en que hay una gran variedad de bienes en el mundo. Hay bienes físicos, bienes intelectuales, bienes relacionales. Esto es un hecho básico de la realidad. Y a partir de este hecho, Anselmo pregunta, “¿Qué hace a los bienes buenos?”, y concluye que las cosas buenas no son buenas por sí solas. En su lugar, debe haber un bien mayor que haga todas las otras cosas buenas también.

En otras palabras, Anselmo razonó que debe haber un bien supremo que es la fuente de todas las otras bendiciones. Al hacerlo, él seguía los pasos de David en Salmos 16. David confiesa que hay un Bien Supremo que hace a todas las otras cosas buenas. Y Jehová es este bien supremo. O, como David dijo en otro pasaje, Dios es mi “supremo gozo”, literalmente, el gozo de los gozos (Salmos 43:4). David sabe que su refugio es el gozo fundacional sobre el cual todo gozo es construído.

La bondad de Dios es única

Todos los bienes creados son finitos, temporales y cambiantes. Pero Dios es infinito, eterno, e inmutable. El apóstol Santiago celebra esta realidad: “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación” (Stg 1:17).

Los bienes creados hacen sombra. No importa cuán buenos sean, no son bienes infinitos. Son limitados y desaparecen. Pero Dios no tiene sombra, y Él no cambia. Su bondad no tiene límite. La suya es una bondad absoluta y esencial.

Dios es la bondad misma

Las perfecciones de Dios no son sólamente cualidades que Él casualmente tiene. Son esenciales en Él. Son nuestras descripciones humanas de Su ser, Su esencia, Su naturaleza, lo que lo caracteriza. Ésto es lo que significa que Dios sea santo. Sus atributos son completamente perfectos y distintos de los atributos derivados y dependientes de Sus criaturas.

Llamamos a un hombre “justo” porque cumple con el estándar de justicia. Llamamos a un hombre sabio porque se conforma al camino de la sabiduría. Pero Dios es el estándar. Él es el camino. Él no es solamente justo; Él es la justicia misma. Él no es solamente sabio; Él es la sabiduría misma. Él no es solamente fuerte; Él es la fuerza misma. Él no es solamente bueno; Él es la bondad misma. O, nuevamente, el Señor no es solamente justo, sabio, fuerte y bueno. Él es el Justo, Sabio, Fuerte y Bueno.

Esto significa que Dios sea Dios, que Dios sea Jehová, Yo Soy Quién Yo Soy. Por eso Jesús puede decir “Nadie es bueno, sino solo uno, Dios” (Mr 10:18). Él es la fuente de toda bondad, el orígen de todo placer y gozo. Él es infinito, eterno, inmutable, incansable, autosuficiente y suficiente, sin límite ni disminución.

Dios no necesita de mi bondad

Porque Dios es la fuente de toda bondad, mi bondad no lo beneficia de ninguna manera. Él está sobre toda necesidad y mejora. Como Pablo dice, “no mora en templos hechos por manos de hombres, ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch 17:24-25).

En este salmo, David revela el hecho de que él no tiene nada para ofrecer a Dios sino su pobreza, su debilidad, su necesidad. Él no tiene don que darle a Dios para devolverle. El Señor es suficiente, y lo es porque Él es suficiente y puede serlo para mi. Esto es porque no tiene necesidad, y puede satisfacer las mías. Lo es porque Él es la Bondad Suprema en la que me puedo refugiar.

Las gotas y el océano

Finalmente, no perdamos el hecho de que estas grandes verdades teológicas son profundamente personales para David. David no solamente confiesa que Jehová es el Señor; él dice “Tú eres mi Señor”. Qué maravillas están implicadas en ese pequeño pronombre posesivo. La fuente eterna e infinita de la bondad, de alguna forma, me pertenece. En Su suficiencia infinita, Él se condesciende y me permite llamarlo “mío”. Mi Señor, mi Maestro, mi Rey.

Y esto significa que Dios no es solamente la mayor y suprema Bondad. Él es mi Bondad. Y que Él sea mi mayor bondad debe ser mi mayor placer. Mi bienestar y felicidad se encuentran en Él, y sólo en Él. Jonathan Edwards (1703–1758) expresó esta gloriosa verdad tan bien como nadie más en su sermón La verdadera vida del Cristiano: Una travesía hacia el cielo:

“Dios es el bien mayor de la criatura sensata. Su disfrute es nuestra felicidad, y es la única felicidad con la que nuestras almas pueden estar satisfechas. Ir al cielo, completamente disfrutar de Dios, es infinitamente mejor que las mejores comodidades que pueda haber aquí: mejor que padres y madres, esposos, esposas, o niños, o que la compañía de cualquiera de nuestros amigos terrenales. Estas no son sino sombras; pero Dios es la sustancia. Son rayos de luz dispersos; pero Dios es el sol. Son pequeñas corrientes; pero Dios es la fuente. Son gotas; pero Dios es el océano”. (Las Obras de Jonathan Edwards, 17:437-38).

Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.desiringgod.org/articles/i-have-no-good-apart-from-you

¿Por qué debemos crucificar el orgullo?

¿Por qué debemos crucificar el orgullo?
Por Emely Green

No hace mucho tiempo atrás, tuve una conversación muy interesante con una bella cristiana de Nigeria quien recientemente se había mudado a Escocia. Estuvimos un tiempo compartiendo experiencias y contrastando las diferencias entre la Iglesia del Reino Unido y la de África. Ella describió cómo los africanos oraban con mayor “urgencia y dependencia’’. Ella dijo, que aunque haya muchos falsos maestros y enseñanzas erróneas, mucha gente tiene una cierta creencia y respeto hacia Dios. Desde que vino a Escocia, se ha escandalizado por la falta de consideración de Dios en nuestro país y cuántos de sus compañeros de trabajo siguen viviendo sus vidas sin ni siquiera pensar en Dios en su día a día.

A medida que fuimos compartiendo por qué la condición espiritual es tan distinta en el mundo occidental en comparación con los países denominados del “tercer mundo”, llegamos a la conclusión de que, generalmente, las personas en la cultura occidental realmente piensan que no “necesitan’’ a Dios. Ella dijo que muchos corren hacia Dios debido a la “desesperación y necesidad, mientras que en nuestro país privilegiado la necesidad’’ parece ser mucho menor. Por lo general, las personas continúan haciendo sus vidas como les parezca: “muchas gracias, pero no”.

A dónde el orgullo nos guía
A medida que fui palpando esta idea, me di cuenta que esta no es una cuestión que solo involucre a los incrédulos. Fui desafiado a ver cuántas veces yo vivo con esta actitud. Cuando olvido el evangelio, olvido mi desesperación. En lo externo, cuando la vida va bien, puedo continuar los demás días, en mi propia fuerza, olvidándome de mi necesidad del Señor.

El orgullo no sólo puede guiar a una falta de dependencia, peor aún, puede llevarnos no solamente a no reconocer que sin Dios no soy nada, sino a creer la mentira de que lo que tengo, yo lo he construido. Mis amistades, mi ministerio, mi hogar, mis talentos (mi familia, mi carrera, y la lista continúa). Sin que me dé cuenta, el orgullo ya tomó un nuevo nivel en mí, y de repente, mi jactancia se ve reflejada en mis conversaciones, motivos de oración o posteos en las redes sociales. Estoy seguro que todos saben a qué me refiero. Más allá de que nos sintamos bien o mal con nosotros mismos, la mayoría pasa demasiado tiempo pensando en sí mismo. No importa cuánto tratemos de suprimir nuestro orgullo, a menudo vuelve a aparecer para asomar su fea cabeza.

El lugar del orgullo

John Piper me pegó duro con esta frase:

“Toda auto-exaltación es una re-crucifixión de Cristo porque Él murió para matar el orgullo”.

Jesús murió para matar el orgullo. Piensa en esto.

¿Torgullo ha sido crucificado en la cruz? El mío ciertamente no siempre. Es más, diría que mientras más tiempo llevamos siendo cristianos, pareciera que más orgullo suele crecer en nosotros. A medida que maduramos en nuestra fe, la gente empieza a buscarnos para consejo, sabiduría y oración. Aprendemos más sobre la Biblia y cuando menos lo pensamos, nos sentimos orgullosos de poder responder esas preguntas difíciles en los estudios bíblicos y oramos mostrando una teología sólida y fuerte, en pos de un gran “¡amén!”. Nos piden que compartamos nuestros testimonios, hablar en conferencias y escribir artículos —y en todo ese tiempo nuestro ego pudo haber ido creciendo poco a poco. ¿Quién no quiere ser querido y apreciado por otros? ¿Quién no quiere sentirse necesitado y tener algunas perlas de sabiduría para ofrecer a otros? El orgullo no se encuentra únicamente en los inconversos que desprecian a Dios. No, lo peor de todo, es que el orgullo puede estar presente en nosotros, los seguidores de Jesús.

Sin embargo, Piper dice que Jesús murió para matar el orgullo. Por lo tanto, el lugar correcto del orgullo en la vida del cristiano es la tumba. ¿Cómo podemos, entonces, tener libertad del orgullo en nuestras vidas? ¿Podemos tener victoria? ¿Hay esperanza?

¡Pues, aunque no tenga todas las respuestas, sí sé que hay esperanza! Si estamos en Cristo, el Espíritu Santo es nuestra Esperanza y Ayudador. Él es el que puede humillar nuestros corazones orgullosos. Si quieres crecer en humildad hoy, empieza en estos dos lugares:

Conoce tu pecado
En los primeros tres capítulos de la Biblia nos encontramos con que la humanidad tiene un serio problema del pecado. Uno que no es liviano para el Dios del universo, este mismo pecado expulsó a Adán y Eva fuera del jardín y los separó de la presencia de Dios. Los próximos 1,186 capítulos de la Biblia son una gran historia de nuestras huidas pecaminosas y el amor redentor de Dios.

Es fácil cuando hablamos o pensamos en el pecado, atribuírselo a los “inmorales” que nos rodean. “Esas personas que están en oscuridad, necesitan ayuda”. Sin embargo, curiosa y generalmente, a lo largo de los Evangelios, es la moralidad lo que aleja a las personas de Jesús; y no la inmoralidad. El orgullo es el asesino. Señalamos con el dedo, juzgamos a los demás, nos ponemos en pedestales, sin reconocer que, momento tras momento, nuestro orgullo y la llamada “moralidad”, nos está alejando de nuestro Salvador.

Cristiano, ¿Reconoces tu vil, pecaminosa y orgullosa condición delante del Dios Santo hoy? ¿Puedes específicamente identificar y responsabilizarte de tu pecado, de forma concreta y vulnerable?

Robert Murray McCheyne insta a que: ‘’Aprendas tanto como puedas de tu propio corazón, y cuando hayas conocido lo suficiente, lo que has visto es solo un par de metros que conduce a un pozo insondable’’.

El primer paso hacia la humildad es la desesperación. Necesitamos conocer nuestro pecado. No para que caigamos en autocompasión, sino para que corramos al médico. En nuestra ceguera, pediremos tener visión. En nuestra arrogancia, clamaremos por limpieza. En nuestra muerte, suplicaremos por vida.

Conoce a tu Salvador
En el intento de “crucificar el orgullo” existe el peligro de quedar atrapados en un complejo de culpa interna y autocompasiva que nos deja en un pozo de desesperación. Si bien debemos desesperarnos de nuestra condición ante Dios, también debemos avanzar desde allí. Si no superamos la desesperación, practicamos el “orgullo invertido”: soy tan pecador, nunca lo hago bien, soy desagradable. Fíjate aquí, el enfoque todavía está en uno mismo, por lo tanto, el orgullo todavía está en juego. Imagínate ir al médico y hablar durante tanto tiempo sobre la gravedad de tus síntomas que no deja lugar para que el médico diagnostique el problema y prescriba una cura. Incluso cuando trata de intervenir, no lo escuchas, y sigues hablando sobre tu problema. Esto sería una cita sin sentido y totalmente frustrante para el médico que quiere ayudar.

En nuestro intento de crucificar el orgullo, ¿con qué frecuencia pensamos que la humildad equivale a pensar que somos unos perdedores y centrarnos en sentirnos mal con nosotros mismos? C. S. Lewis lo expresa de manera simple: “La humildad no es pensar menos sobre ti mismo, es pensar menos en ti mismo”.

Mychene dice: “Por una mirada a ti mismo, da diez miradas a Cristo”.

Deja de sentir lástima por ti mismo y de perderte en tu propia desesperación interior. Reconoce tu pecado, desperate, luego mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo y de nuevo, ¡mira a Cristo!

“Él te redimió. Él no te dejará. Él te ha salvado. Él te mantendrá. Él te guiará. Camina a tu lado. Él te llevará sano y salvo a casa” (Mira de nuevo, 20schemes Music).

Mientras escribo este blog, he estado reflexionando sobre el ejemplo de la humillación del rey Nabucodonosor en Daniel 4. Nabucodonosor habla por experiencia y nos advierte a cada uno de nosotros: “Él [Dios] puede humillar a los que caminan con soberbia [Orgullo]” (Daniel 4:37b).

Amigos, la realidad es que si no nos humillamos ante el Señor, Él ciertamente nos humillará. Y no será agradable. Es mucho mejor humillarnos a nosotros mismos que experimentar la humillación del Señor.

¿Cómo crucificamos el orgullo, cómo nos humillamos ante Dios? En primer lugar, conocer nuestro pecado y desesperarnos por nuestro orgullo. Luego “levantamos los ojos al cielo” (Daniel 4:34) y nos volvemos a nuestra única esperanza y ayuda, nuestro Salvador Jesucristo, pidiéndole que haga lo que no podemos hacer solos…

‘’Destruye en mí todo pensamiento altivo, rompe el orgullo en pedazos y dispersarlo a los vientos, aniquila cada pizca que se aferra a mi propia justicia… Abre en mí un manantial de lágrimas penitenciales, rómpeme, entonces me vendarás. Es lo que cree la humildad’’ (El Valle de la Visión).

Este artículo se publicó originalmente en 20schemes.

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?

¿Cómo mi orgullo afecta a mis hijos?
Por Heber Torres

Hace algunos años, la prensa internacional se hacía eco del fallecimiento de un acaudalado joven portugués. Además de lo precoz de su partida (solamente tenía 42 años), lo que más llamó la atención de los periodistas fue la historia que este hombre escondía detrás. Una suculenta fortuna figuraba a nombre de Luis Carlos de Noronha Cabral da Camara, un enigmático individuo que nunca se casó ni tuvo hijos. Solo y sin herederos, el excéntrico millonario había escogido una fórmula verdaderamente disparatada para determinar quiénes serían los beneficiarios de su patrimonio. Ni corto ni perezoso, agarró una guía telefónica y de entre el total de los inscritos seleccionó a setenta ciudadanos “anónimos” como legítimos herederos. La sorpresa para todos y cada uno de los premiados el día en que los citaron para el reparto fue mayúscula. Pero la variedad de bienes legados no resultó menos insólita: lujosos apartamentos, coches, dinero y hasta pistolas de coleccionista.

Los que somos padres no necesitamos recurrir a la guía telefónica –¡si es que todavía existen! – para escoger a nuestros herederos. La cuestión no es tanto a quiénes, sino cuál será el legado que dejaremos a nuestros hijos. No estoy pensando en bienes materiales. Estos vienen y van, se deprecian y se devalúan, y por mucho que nos afanemos nunca podrán trasladarse más allá de la esfera de lo efímero y lo temporal. Seamos ricos o pobres, tengamos más o menos posibilidades económicas, los padres ejercemos una influencia tan poderosa como duradera en la vida de aquellos sobre los que Señor nos ha puesto. Salomón era muy consciente de que no es necesario, ni sabio, confiar y esperar al testamento para comenzar a influir en la vida de nuestros hijos (Proverbios 22:6). En ese sentido, cada día “repartimos” nuestra herencia haciéndoles receptores y consignatarios de nuestras decisiones, reacciones, instrucciones, así como de nuestras palabras. Como aprendices natos que son, ellos observan y se empapan de lo que somos, de lo que hacemos y de cómo lo hacemos. Al punto que cada interacción que tenemos con ellos impacta, moldea y configura su carácter. ¡Qué gran responsabilidad!

En 2 Timoteo 3, Pablo advierte a su pupilo Timoteo acerca del tipo de hombres que abundarán en esta era en la que nos ha tocado vivir, particularmente refiriéndose a aquellos que ocupan una posición de liderazgo e influencia. Entre otras muchas “lindezas” los describe como calumniadores, desenfrenados, salvajes, aborrecedores de lo bueno…. Pero en toda esta lista cada vez más degradante también coloca a los que manifiestan actitudes aparentemente menos “escandalosas” y que se encuentran estrechamente ligadas a lo que conocemos como “orgullo”. El apóstol comienza por los que son amadores de sí mismos, y, del mismo modo, incluye a los jactanciosos, a los soberbios o a los envanecidos. Y es que, finalmente, los que tienen tal alto concepto de sí mismos, terminan también por tener una mente depravada y ser reprobados en lo que respecta a la fe (2 Timoteo 3:7). Definitivamente no quisiéramos que esta clase de personas, ejercieran influencia alguna en la vida de nuestros hijos. Mucho menos ser nosotros los que actuaran de un modo tan orgulloso. Pero, tristemente, se trata de un comportamiento habitual en muchos hogares. Ya sea por alardear nuestros logros buscando la adulación y las lisonjas de nuestra familia, o porque somos incapaces de reconocer nuestros errores y limitaciones, los padres podemos estar actuando de manera orgullosa. Y, por ende, lanzando un mensaje a nuestros hijos que dista mucho de ser el adecuado como súbditos del Rey de reyes.

El orgullo ante el éxito
La Biblia nos enseña que hemos de esforzarnos en aquello que emprendemos, como esa hormiga que es responsable aun cuando nadie la vigila ni le obliga a ello (Proverbios 6:6–8). En un mundo orientado al entretenimiento y dónde muchos viven entregados a la ley del mínimo esfuerzo, como padres debemos ser un ejemplo de dedicación y empeño en todo lo que el Señor traiga a nuestro camino. Pero lejos de jactarnos en aquello que logramos, cuando conocemos a Aquel que nos da la vida queremos vivirla según Su voluntad (Jeremías 9:23–24). El Espíritu de Dios nos recuerda que es Dios mismo el que produce en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13). Por eso lo hacemos todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31). En palabras de Jerry Bridges:

“Desde el punto de vista humano podría parecer que hemos triunfado como resultado de nuestra gran tenacidad y trabajo arduo. Pero ¿quién nos dio ese espíritu emprendedor y buen juicio para lograrlo? Dios. A los corintios orgullosos Pablo les escribió ‘Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’ (1 Corintios 4:7). Por lo tanto, ¿qué tienes que no hayas recibido? Nada. Todo lo que tienes es un regalo de Dios. Nuestro intelecto, nuestras habilidades y nuestros talentos naturales, la salud y las oportunidades para triunfar vienen del Señor.”

No importa cuán imponente llegue a ser nuestro logro. Por más atractivo que resulte a la vista, el orgullo, cual ponzoña imperceptible, lo contamina hasta convertirlo en un fruto venenoso. Aquello que podría haber despertado el respeto o la admiración de nuestros seres queridos; eso en lo que hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación; lo que, en definitiva, el Señor nos permite alcanzar, queda oscurecido y mancillado en el momento en el que nos hinchamos ocupando el lugar que no nos corresponde. Nuestra altanería, en lugar de elevarnos, nos hace descender al terreno de lo mediocre, esto es, allí dónde la insolencia y la vanidad campan a sus anchas. Sin embargo, bien sea en lo extraordinario o en lo recurrente, hemos de recordar cuál es nuestra verdadera posición, sabiendo que aun el aire que respiramos es resultado de la gracia de Dios. En lo mismo que el Señor Jesucristo instruyó a sus discípulos, debemos enseñar a nuestros hijos. Una vez, eso sí, que sea una realidad para nosotros primero: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”. (Lucas 17:10).

Cada conquista, cada objetivo cumplido, nos proporciona una doble oportunidad de trasladar un ejemplo piadoso a nuestros hijos. Por un lado, siendo responsables ante lo que el Señor nos ha encomendado y, al mismo tiempo, dándole la gloria a Aquel que nos ha permitido llevarlo a cabo.

El orgullo ante el fracaso
Pocos escritores bíblicos han expuesto el peligro del orgullo con la claridad con la que Salomón lo hace en el libro de Proverbios. Además de insistir en la importancia de mantener una actitud humilde delante de Dios (y el prójimo), repetidamente nos advierte del peligro de dejarnos seducir por el orgullo. Resulta significativo que tanto su padre como su hijo experimentaron una gran paliza como resultado de su altivez.

El rey David es, sin duda, uno de los personajes bíblicos más conocidos. A pesar de sus talentos y la admiración que despertaba en sus contemporáneos, este hombre mantuvo una conducta humilde durante gran parte de su vida. Sin embargo, ya casi al final de su trayectoria la magnitud de su dominio lo deslumbró. En 1 Crónicas 21 se nos relata como David, incitado por Satanás y desoyendo las advertencias de sus colaboradores más cercanos, quiso censar al pueblo con la idea de cuantificar su grandeza. Algunos años más tarde, su nieto Roboam, heredero de un reino todavía mayor, se creía infinitamente superior a todos sus gobernados. Al igual que lo había hecho su abuelo, desoyó el consejo de los sabios, pero fue mucho más allá, hasta oprimir al pueblo sin miramientos a fin de imponer su hegemonía (2 Crónicas 10).

Ambas decisiones fueron motivadas por un orgullo ciego y las consecuencias resultaron fatales, tanto para el pueblo como para las familias de estos hombres. Sin embargo, sus respuestas al fracaso resultaron diametralmente distintas. Roboam se afirmó en su dictamen y terminó por dividir un reino que nunca más se volvería a juntar. David, en cambio, reconoció su maldad, y concluyó aquel incidente ofreciendo holocaustos a Dios en la era de Ornán. Pero no solamente eso. Toda aquella situación lo movió a poner en marcha lo necesario para la construcción del Templo– obra que finalmente encargaría a su hijo Salomón– y a hacer esta confesión: “Él ha entregado en mi mano a los habitantes de la tierra, y la tierra está sojuzgada delante del Señor y delante de su pueblo” (1 Crónicas 22). ¡Qué actitud tan sumisa! Salomón fue testigo del fracaso de su padre, pero también de su sincera humillación. Una humillación que lo impulsó a invertir sus mejores recursos en la mayor construcción que el pueblo de Israel jamás ha conocido, haciendo a su hijo parte integral de ese proceso.

Evita la jactancia en tus triunfos y el engreimiento en tus fracasos. Y en todo lo que emprendas da a Dios la gloria debida a Su Nombre. De esa forma, además de vivir en obediencia, estarás legando a tus hijos un tesoro formidable con valor en este mundo y en el venidero.

Heber Torres
Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

Lo esencial: Teología

Serie: Lo Esencial

Lo esencial: Teología
Por: Tim Challies

Estoy iniciando una nueva serie de artículos en la que revisaremos una lista de términos teológicos para proporcionar una definición concisa y sencilla (eso espero) de cada uno de ellos. Al usar el término “elemental” no siempre me refiero a que las palabras son de uso común entre los cristianos (o que se encuentren en la Biblia), sino a que las cosas que representan comprenden algunos de los componentes centrales de la fe y la práctica cristiana.

El contenido de estos artículos procederá, en la mayoría de los casos, de uno o varios autores cuyas definiciones me han resultado especialmente útiles (aunque de vez en cuando también puedo aportar algún resumen o síntesis). Para comenzar, lo más apropiado es iniciar con una definición del término que ha unificado a todos los demás: teología. Millard Erickson, en su obra masiva Teología Sistemática, da una definición sencilla pero completa: [Teología es] aquella disciplina que intenta desarrollar una exposición coherente de las doctrinas de la fe cristiana, basándose principalmente en las Escrituras, situándose en el contexto de la cultura en general, expresándose en un idioma contemporáneo y relacionándose con los asuntos de la vida. (23)

Lo que Erickson llama simplemente “teología” otros lo denominan de forma más precisa como teología sistemática. Wayne Grudem, un teólogo que también ha escrito un libro enorme sobre el tema (casi obligatorio tenerlo en su biblioteca), hace esta distinción y define la teología sistemática como “cualquier estudio que responde a la pregunta ‘¿Qué nos enseña toda la Biblia hoy?’ respecto a cualquier tema” (21).

Aunque mucho más corta, la definición de Grudem es, en esencia, la misma que la de Erickson; ambas son buenas y útiles. Otra forma aún más sencilla, con menos calificaciones, sería decir que la teología se refiere a lo que pensamos que Dios piensa sobre algo.

¿Sugiere usted algunas otras definiciones para la teología?

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.