Yo dormía, pero mi corazón velaba

24 de septiembre

«Yo dormía, pero mi corazón velaba».

Cantares 5:2

Las paradojas abundan en la vida cristiana. He aquí una de ellas: la esposa dormía y, sin embargo, velaba. Solo puede declarar el enigma del creyente aquel que ha arado con la novilla de su propia experiencia. Los dos puntos del texto de esta noche son los siguientes: una deplorable somnolencia y un insomnio lleno de esperanza. «Yo dormía»: a causa del pecado que está en nosotros nos volvemos flojos en nuestros santos deberes, indolentes en nuestra práctica religiosa, apáticos en nuestros deleites espirituales y enteramente negligentes y descuidados. Esto es vergonzoso para alguien en quien habita el Espíritu vivificador y, además, muy peligroso. Hasta las vírgenes prudentes cabecean algunas veces. ¡Ya va siendo hora de quitarnos las vendas de la pereza! Es de temer que muchos creyentes pierdan su fuerza mientras duermen en el regazo de la seguridad carnal, como Sansón perdió sus guedejas. Resulta cruel dormir teniendo en derredor nuestro un mundo que perece; y es una locura seguir durmiendo, estando tan cercana la eternidad. No obstante, ninguno de nosotros se halla tan despierto como debiera. Algunos truenos nos harían mucho bien; y, probablemente, si no nos movemos pronto, los obtengamos en forma de guerras, pestilencias, desgracias y pérdidas personales. ¡Ojalá dejásemos para siempre el lecho del ocio carnal y saliéramos con lámparas encendidas a recibir al Esposo que viene! «Mi corazón velaba». Este es un signo prometedor: la vida, aunque está lastimosamente asfixiada, no se ha extinguido. Cuando nuestro corazón renovado lucha contra la natural languidez, debiéramos estar agradecidos a la gracia soberana que mantiene dentro de «este cuerpo de muerte» un poco de vitalidad. Jesús oirá a nuestros corazones, los ayudará, los visitará, porque la voz del corazón vigilante es, en realidad, la voz de nuestro Amado que dice: «Ábreme». Un celo santo desatrancará, sin duda, la puerta.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 278). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Jesús le dijo: Si puedes creer…

23 de septiembre

«Jesús le dijo: Si puedes creer…».

Marcos 9:23

Cierto hombre tenía un hijo endemoniado al que atormentaba un espíritu mudo. El padre, habiendo visto el fracaso de los esfuerzos de los discípulos por sanar a su hijo, tenía poca o ninguna fe en Cristo y, por consiguiente, cuando Jesús le mandó que le trajese al muchacho, el padre respondió: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos». Ahora bien, en esa pregunta había un «si», pero el pobre y tembloroso padre lo había colocado en un lugar que no le correspondía. Por tanto, Jesús, sin ordenarle que retirara el «si», lo puso, muy afablemente, en su correspondiente lugar. «No —me parece oírle decir—, no debe haber ningún ‘si’ en cuanto a mi poder o mi buena voluntad. Ese ‘si’ hay que colocarlo en algún otro lugar: ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible’». La fe del hombre se afirmó entonces; y, además, este le pidió al Señor que se la aumentara. Al momento, Jesús pronunció la palabra y el diablo salió con orden de no volver jamás. Hay aquí una lección que necesitamos aprender: nosotros, a semejanza de aquel hombre, vemos que, a veces, hay que utilizar un «si» en alguna parte, pero siempre estamos errando en cuanto al lugar donde debe colocarse. Si Jesús puede ayudarme; si él puede darme gracia para vencer la tentación; si puede perdonarme; si puede hacerme salir victorioso… No, no es así; pues si tú puedes creer, Jesús es capaz y quiere hacerlo. Tú has puesto el «si» fuera de su lugar. Si puedes creer con confianza, todas las cosas son posibles para Cristo, y así todas las cosas serán también posibles para ti. La fe tiene valor ante el poder de Dios, y está ataviada con el poder del Altísimo. Se encuentra vestida con el ropaje real y cabalga sobre la cabalgadura del Rey, pues esa es la virtud que el Rey se complace en honrar. Ciñéndose con la gloriosa potencia del Espíritu poderoso, la fe se hace poderosa —en la omnipotencia divina— para actuar, para aventurarse y para sufrir. Todas las cosas, sin limitación alguna, son posibles para el que cree. Alma mía, ¿puedes tú creer en tu Señor esta noche?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 277). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Agradecimiento y alabanza

23 Septiembre 2017

Agradecimiento y alabanza
por Charles R. Swindoll

Salmos 100

El Salmo 100 continúa con dos preceptos finales y presenta tres razones específicas para «cantar con gozo» (v. 1). Ambos preceptos nos invitan a hablar directamente con el Señor.

6. Denle gracias (v. 4). La palabra hebrea para dar gracias viene de un verbo que significa confesar, alabar, reconocer, exaltar o agradecer. En otras palabras no es sencillamente decir: «gracias Dios, por los bendiciones». En este texto el verbo da a entender una persona que tiene razones específicas para dar gracias, que relata una historia donde Dios es el héroe. Nosotros hacemos esto cuando estamos contándoles a nuestros amigos acerca de algún buen doctor que nos ayudó con una larga enfermedad. La expresión de gratitud es impresionante. Sentimos que las palabras no nos alcanzan para poder hablar bien de ese doctor. De manera similar en este pasaje, la expresión «denle gracias» da la intención de expresar que literalmente no podemos decir con palabras lo bueno que es el Señor y lo que él hace por nosotros.

Una de las señales que muestra que estamos en los últimos días, es la ingratitud. 2 Timoteo 3: 1-5 escribe la palabra «malagradecido» en una lista de actitudes que marcan los días malos antes del fin del mundo. Hay que tener cuidado con esa generación ingrata y mal agradecida. Cultivar un corazón agradecido es algo muy importante para Dios.

7. Bendigan su nombre (v. 4). La palabra hebrea es «barak» y tiene el significado de arrodillarse, elogiar o saludar. La idea es mostrar honor y honra a Dios, reconociendo su nombre por encima de cualquier otro nombre. En el Oriente Antiguo, una persona «bendecía» a un superior arrodillándose o inclinándose ante él. Él o ella entonces expresaban su deseo para que esa persona tuviera poder, prosperidad, longevidad, éxito, etc.

Claro está que el Señor ya posee todo el poder, la prosperidad, la longevidad y siempre tendrá éxito en todo lo que haga; al «bendecir su nombre», afirmamos su poder y su bondad y nos comprometemos a unirnos a su causa.

Esas dos acciones, «dar gracias» y «bendecir su nombre» tiene un significado especial muy arraigado a la tradición del Oriente Antiguo. Recibir la hospitalidad de un noble y pronunciar la bendición como resultado establecía efectivamente una alianza, una deuda duradera que unía a ambas personas en un lazo de amistad. En este caso, el salmista nos invita a que demos lealtad al rey supremo.

Afirmando el alma
Durante los siguientes días, dedique su tiempo de oración a darle gracias y alabar al Señor. Esto no es tan fácil como pedirle al Señor ayuda, sabiduría, fortaleza, sanidad u otras necesidades así que debe prepararse antes de orar. Haga una lista de agradecimientos. Investigue los atributos de Dios. Luego, en oración, relate la historia de la bondad de Dios hacia usted.

Cultivar un corazón agradecido es algo muy importante para Dios.—Charles R. Swindoll

Adaptado del libro, Viviendo los Salmos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2013). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright
© 2017 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

Cuando mi corazón desmayare, a la peña más alta que yo me conduzcas.

22 de septiembre

«Cuando mi corazón desmayare, a la peña más alta que yo me conduzcas».

Salmo 61:2 (RVR 1909)

La mayoría de nosotros sabemos lo que es sentir el corazón desmayado; estar vacío como cuando alguien limpia un plato y le da la vuelta; estar hundido y escorado como un barco vencido por la tempestad. El descubrimiento de los pecados secretos producirá tal efecto, al permitir el Señor que el gran abismo de nuestras maldades entre en erupción y vomite cieno y lodo. Las decepciones y los disgustos lo producirán también, cuando ola tras ola pase sobre nosotros y seamos semejantes a un casco partido que se ve arrojado de acá para allá por la marejada. Gracias a Dios que en esas ocasiones tenemos más que suficiente solaz, pues nuestro Dios es el puerto de las naves sacudidas por el temporal y el refugio de los peregrinos desamparados. Dios está por encima de nosotros; su gracia es más alta que nuestros pecados y su amor más elevado que nuestros pensamientos. Resulta lastimoso que los hombres pongan su confianza en algo más bajo que ellos; en cambio, nuestra confianza está puesta en un Señor muy alto y glorioso. Él es una Peña porque no cambia y una Peña alta porque las tempestades que nos abruman retumban lejos debajo de sus pies. Él no se turba por ellas, sino que las domina a su antojo. Si nos refugiamos bajo esa Peña alta podemos desafiar al huracán. Todo es calma a sotavento de dicha Peña elevada. ¡Ay, es tal la confusión en que a menudo se encuentra nuestra mente que necesitamos dirigirnos a ese divino refugio! De ahí la oración de nuestro texto. ¡Oh Dios nuestro, enséñanos por tu Santo Espíritu la senda de la fe y guíanos a tu reposo! El viento nos arrastra hacia el mar; el timón no responde a nuestra débil mano. Tú, solo tú puedes conducirnos sanos y salvos, entre los escondidos arrecifes, a puerto seguro. ¡Cuán dependientes somos de ti! Necesitamos que nos conduzcas a ti mismo. El ser sabiamente dirigidos y guiados con seguridad y paz es don tuyo y solo tuyo. Complácete en esta noche en tratar bien a tus siervos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 276). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«No juntes mi alma con pecadores».

21 de septiembre

No juntes mi alma con pecadores.

Salmo 26:9 (LBLA)

El temor hizo que David orase de esta manera, pues algo le decía: «Quizá, después de todo, tú seas juntado con los malvados». Ese temor, aunque desfigurado por la incredulidad, brota principalmente de una ansiedad santa y se origina en el recuerdo de los pecados pasados. Posiblemente aun el hombre perdonado se pregunte: «¿Qué pasará si, al final, vienen a la memoria mis pecados y se me elimina de la lista de los redimidos?». El tal recuerda su presente infertilidad: ¡tan poca virtud, tan poco amor, tan poca santidad! Y, al mirar hacia el futuro, piensa en su debilidad y en las muchas tentaciones que lo asedian y teme que pueda caer y se convierta en presa de sus enemigos. Un sentimiento de su pecado y de su persistente maldad lo lleva a orar con temor y temblor: «No juntes mi alma con pecadores». Lector, si has elevado esta oración y tu carácter está correctamente descrito en el Salmo donde se halla la misma, no debes temer que seas juntado con los pecadores. ¿Tienes las virtudes que tenía David: el andar en integridad y el confiar en el Señor? ¿Estás descansando en el sacrificio de Cristo y puedes rodear el altar de Dios con humilde esperanza? Si es así, vive tranquilo, pues nunca serás juntado con los malvados, ya que tal calamidad resulta imposible. En la siega que se haga el Día del Juicio, a cada uno se le pondrá con sus iguales. Dice la Palabra: «Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero» (Mt. 13:30). Si, pues, tú eres semejante al pueblo de Dios, estarás con el pueblo de Dios. No puedes estar junto al malvado, porque se te ha comprado por un alto precio. Redimido por la sangre de Cristo, eres suyo para siempre; y donde él esté, ha de estar también su pueblo. Eres demasiado amado para que se te deseche con los réprobos. ¿Puede acaso perecer alguno a quien Cristo ame? ¡Imposible! El Infierno no te puede retener, el Cielo te reclama. ¡Confía en tu Fiador y no temas!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 275). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

A la tarde no dejes reposar tu mano

20 de septiembre

«A la tarde no dejes reposar tu mano».

Eclesiastés 11:6

Cada día, al llegar la tarde, las oportunidades son abundantes. Los hombres regresan de sus labores y el celoso ganador de almas halla tiempo para hablar a todos del amor de Jesús. ¿No tengo yo alguna obra que hacer por Jesús en esta tarde? Si no la tengo, no debo dejar que mi mano repose ante un servicio que requiere mucho trabajo. Los pecadores perecen por falta de conocimiento. El que malgasta el tiempo hallará sus ropas enrojecidas por la sangre de las almas. Jesús entregó sus dos manos para que las clavasen, ¿cómo puedo retirar yo de su bendita obra una sola de las mías? Noche y día Jesús trabajó y oró por mí, ¿cómo podría yo dedicar siquiera una hora para regalar mi carne con el lujo de la comodidad? ¡Levántate, ocioso corazón! Extiende tu mano para trabajar o levántala para orar. El Cielo y el Infierno se muestran activos; haga yo también lo mismo y siembre esta tarde la buena semilla para el Señor mi Dios.

La tarde de la vida también tiene sus obligaciones. La vida es tan corta que una mañana de juventud y una tarde de vejez es todo lo que posee. A algunos la vida les parece larga; sin embargo, lo que sucede es que para un pobre unas pocas monedas constituyen una fortuna. La vida es tan breve que ningún hombre puede malgastar un solo día. Bien se ha dicho que si un gran rey pusiese delante de nosotros un montón de oro y nos invitase a tomar tanto cuanto pudiésemos contar en un día, trabajaríamos todo ese día. Empezaríamos por la mañana temprano y a la tarde no dejaríamos reposar nuestra mano. No obstante, el ganar almas es una labor mucho más noble. ¿Cómo, pues, la abandonamos tan pronto? A algunos se les concede una larga tarde de lozana vejez. Si soy uno de ellos, procuraré utilizar los talentos que me queden y serviré a mi bendito y fiel Señor hasta los últimos instantes de mi vida. Por su gracia, seguiré luchando y solo dejaré mi cargo cuando mi cuerpo se derrumbe. La vejez puede instruir a la juventud, alentar al abatido y confortar al desalentado. Si la caída de la tarde no tiene tanto calor, sí tiene, en cambio, una sabiduría más serena. Por tanto, a la tarde, no dejaré reposar mi mano.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 274). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Por este niño oraba

19 de septiembre

«Por este niño oraba».

1 Samuel 1:27

Las almas piadosas se complacen en estimar los favores que han recibido en respuesta a la oración, pues ven en ellos una manifestación particular del amor de Dios. Cuando podemos dar el nombre de Samuel —esto es, «pedido a Dios»— a las bendiciones que recibimos, esas bendiciones son para nosotros tan queridas como lo fue aquel niño para Ana. Penina tuvo muchos hijos, pero los tuvo como bendiciones comunes, no por haberlos pedido en oración. En cambio, Ana lo demandó con ardiente plegaria y, por eso, al concedérselo el Cielo, le fue tan querido. ¡Cuán agradable resultó también para Sansón aquella agua que encontró en En-hacore: «el pozo del que ora»! Las copas de casia vuelven amargas todas las aguas; pero la copa de la oración endulza las bebidas que contiene. ¿Hemos orado por la conversión de nuestros hijos? Entonces, ¡cuán doblemente agradable será ver en ellos, una vez que sean salvos, la respuesta a nuestras peticiones! Es mejor regocijarnos por ellos como resultado de nuestra intercesión que como fruto de nuestros cuerpos. ¿Hemos demandado al Señor algún don espiritual selecto? Cuando lo recibamos, el mismo vendrá envuelto en el áureo ropaje de la fidelidad y la veracidad de Dios, y así nos será doblemente precioso. ¿He pedido éxito en la obra del Señor? ¡Cuán agradable es la prosperidad que viene volando sobre las alas de la oración! Siempre es mejor lograr que las bendiciones lleguen a nuestras casas de manera legítima, a través de la puerta de la oración; entonces esas bendiciones son realmente bendiciones y no tentaciones. Cuando las oraciones no reciben respuesta enseguida, las bendiciones que hemos pedido se hacen más ricas con la demora. El niño Jesús fue mucho más precioso para María cuando lo encontró después de haberlo buscado con preocupación. Aquello que conseguimos mediante la oración, debemos dedicárselo a Dios, como Ana le dedicó a Samuel. El don vino del Cielo; que vuelva al Cielo. La oración lo trajo; la gratitud prorrumpió en alabanzas por él. La devoción, pues, debe consagrarlo. En esto habrá una ocasión especial para decir: «De lo recibido de tu mano te damos». Lector, ¿es la oración tu deleite o tu fastidio? ¿Cuál de los dos?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 273). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Y me siguen

18 de septiembre

«Y me siguen».

Juan 10:27

Debiéramos seguir a nuestro Señor resueltamente como las ovejas siguen a su pastor, pues él tiene el derecho de guiarnos adonde le plazca. No somos nuestros, sino comprados por precio. Reconozcamos, pues, los derechos de la sangre redentora. El soldado sigue a su capitán; el siervo obedece a su Señor. Con mayor razón, entonces, debemos nosotros seguir a nuestro Redentor, de quien somos posesión adquirida. No somos fieles a nuestra profesión de cristianos si objetamos a las órdenes de nuestro Jefe y Caudillo. Nuestro deber es la sumisión; nuestra insensatez, la cavilación. A menudo puede nuestro Señor decirnos aquello que le dijo a Pedro: «¿Qué a ti? Sígueme tú». Adondequiera que el Señor nos guíe, él va delante de nosotros. Aunque no sepamos adónde estamos yendo, sabemos con quién vamos. ¿Quién teme, contando con tal amigo, los peligros del camino? El viaje puede ser largo, pero los eternos brazos de Dios nos llevarán hasta el final. La presencia de Jesús es garantía de eterna salvación, pues, porque él vive, nosotros también viviremos. Debemos seguir a Cristo con sencillez y fe, ya que las sendas por las que él nos guía terminan todas ellas en la gloria y la inmortalidad. Es cierto que esas sendas pueden no ser llanas, sino pedregosas, pero nos conducen a la «ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (He. 11:10). «Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad para aquellos que guardan su pacto y sus testimonios» (Sal. 25:10, LBLA). Pongamos plena confianza en nuestro Jefe, porque sabemos que ya sea que venga la prosperidad o la adversidad, la enfermedad o la salud, la popularidad o el desprecio, su propósito se cumplirá, y ese propósito será para todo heredero de la gracia un bien puro y sin mezcla. Hallaremos placentero el subir con Cristo por la cara desértica del collado y, cuando la lluvia y la nieve caigan sobre nuestro rostro, el precioso amor de Jesús nos hará mucho más felices que los que se sientan cerca del hogar y calientan sus manos al calor del fuego de este mundo. Seguiremos a nuestro Amado hasta la cumbre de Amana, hasta las guaridas de los leones y hasta los montes de los leopardos. Precioso Jesús, atráenos y correremos en pos de ti.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 272). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Anímale!

17 de septiembre

«Anímale».

Deuteronomio 1:38

Dios se sirve de los suyos para que se alienten los unos a los otros. Él no dijo al ángel Gabriel: «Mi siervo Josué está a punto de conducir a mi pueblo a Canaán; ve y aliéntalo». Dios nunca efectúa milagros innecesarios. Si sus propósitos se pueden cumplir por medios ordinarios, no utilizará métodos milagrosos. Gabriel no hubiese estado en mejores condiciones que Moisés para cumplir su cometido. La simpatía de un hermano es más valiosa que la embajada de un ángel. El ángel hubiera comprendido mejor el mandato del Señor que el temperamento de Josué. El ángel nunca había conocido las penurias de la peregrinación, ni visto las serpientes ardientes, ni guiado, como Moisés, a una multitud de dura cerviz. Debiéramos estar agradecidos de que, por lo común, Dios obre a través de hombres. Esto constituye un vínculo de fraternidad; y, al depender recíprocamente unos de otros, nos fundimos en una familia en forma más compacta. Hermano, acepta este texto como un mensaje de Dios. Esfuérzate por ayudar a otros y especialmente procura alentarlos. Conversa alegremente con el joven que pregunta ansioso de aprender y procura con amor quitar de su camino las piedras de tropiezo. Cuando halles en el corazón de otro una chispa de gracia, arrodíllate y sóplala hasta que se convierta en una llama. Deja que el joven creyente descubra gradualmente la aspereza del camino, pero háblale del poder que hay en Dios, de la seguridad de la promesa y del encanto de la comunión con Cristo. Aspira a consolar al triste y alentar al abatido. Habla una palabra a tiempo al cansado y alienta a quienes están temerosos para que prosigan su camino con gozo. Dios te alienta con sus promesas; Cristo te alienta al señalarte el Cielo que ha ganado para ti; y el Espíritu te alienta obrando en ti así el querer como el hacer por su buena voluntad. Imita tú la sabiduría divina y alienta a otros según el pasaje de esta noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 271). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¿Soy yo el mar o un monstruo marino para que me pongas guarda?

16 de septiembre

¿Soy yo el mar o un monstruo marino para que me pongas guarda?».

Job 7:12

La pregunta que le hace Job al Señor en este versículo es una pregunta extraña. Job se sentía demasiado insignificante para que se le vigilase y castigase de un modo tan severo, y creía que no era tan indomable como para necesitar una represión semejante. Resultaba natural que hiciese esta pregunta aquel que estaba cercado por dolores tan insoportables; pero, después de todo, esa pregunta se merecía una respuesta de humillación. Es verdad que el hombre no es el mar; pero, sin embargo, es más problemático e indomable que este. El mar obedece y respeta sus límites y, aunque los mismos sean solo una faja de arena, no los sobrepasa. Poderoso como es, el mar obedece a la orden divina que dice: «Hasta aquí»; aun cuando se ve azotado por una furiosa tempestad. Sin embargo, el obstinado hombre desafía al Cielo y esclaviza la tierra, y su rebelde ira no tiene fin. El mar, obediente a la luna, cuenta con sus flujos y sus reflujos de incesante regularidad, y así obedece tanto activa como pasivamente. No obstante, el hombre, inquieto más allá de su esfera, duerme cuando tiene que cumplir con su deber y se muestra indolente cuando debiera estar activo. Ante el mandato de Dios, el hombre ni viene ni va; prefiere, malhumorado, hacer lo que no debiera y dejar de hacer aquello que se le ordena. Cada gota del océano, cada burbuja, cada copo de espuma, cada ostra y cada guijarro obedece la ley que se le ha impuesto. ¡Oh, si nosotros fuésemos la milésima parte de sumisos que él a la voluntad de Dios! Llamamos al mar variable y engañoso; pero, en cambio, ¡cuán invariable es el mismo! Desde los días de nuestros padres, y aun antes de ellos, el mar está donde estaba, golpeando las mismas rocas, produciendo el mismo ruido. Sabemos dónde hallarlo, pues no abandona su lecho ni cambia su incesante bramido. No obstante, ¿dónde está el hombre, el hombre vano y voluble? ¿Puede este sospechar siquiera qué insensatez lo seducirá próximamente para desobedecer? Necesitamos más vigilancia que el encrespado mar, porque somos más rebeldes que el mismo. Señor, gobiérnanos para tu propia gloria. Amén.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 270). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.