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Cuando mi corazón desmayare, a la peña más alta que yo me conduzcas.

22 de septiembre

«Cuando mi corazón desmayare, a la peña más alta que yo me conduzcas».

Salmo 61:2 (RVR 1909)

La mayoría de nosotros sabemos lo que es sentir el corazón desmayado; estar vacío como cuando alguien limpia un plato y le da la vuelta; estar hundido y escorado como un barco vencido por la tempestad. El descubrimiento de los pecados secretos producirá tal efecto, al permitir el Señor que el gran abismo de nuestras maldades entre en erupción y vomite cieno y lodo. Las decepciones y los disgustos lo producirán también, cuando ola tras ola pase sobre nosotros y seamos semejantes a un casco partido que se ve arrojado de acá para allá por la marejada. Gracias a Dios que en esas ocasiones tenemos más que suficiente solaz, pues nuestro Dios es el puerto de las naves sacudidas por el temporal y el refugio de los peregrinos desamparados. Dios está por encima de nosotros; su gracia es más alta que nuestros pecados y su amor más elevado que nuestros pensamientos. Resulta lastimoso que los hombres pongan su confianza en algo más bajo que ellos; en cambio, nuestra confianza está puesta en un Señor muy alto y glorioso. Él es una Peña porque no cambia y una Peña alta porque las tempestades que nos abruman retumban lejos debajo de sus pies. Él no se turba por ellas, sino que las domina a su antojo. Si nos refugiamos bajo esa Peña alta podemos desafiar al huracán. Todo es calma a sotavento de dicha Peña elevada. ¡Ay, es tal la confusión en que a menudo se encuentra nuestra mente que necesitamos dirigirnos a ese divino refugio! De ahí la oración de nuestro texto. ¡Oh Dios nuestro, enséñanos por tu Santo Espíritu la senda de la fe y guíanos a tu reposo! El viento nos arrastra hacia el mar; el timón no responde a nuestra débil mano. Tú, solo tú puedes conducirnos sanos y salvos, entre los escondidos arrecifes, a puerto seguro. ¡Cuán dependientes somos de ti! Necesitamos que nos conduzcas a ti mismo. El ser sabiamente dirigidos y guiados con seguridad y paz es don tuyo y solo tuyo. Complácete en esta noche en tratar bien a tus siervos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 276). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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