«Entonces el SEÑOR me mostró cuatro artesanos»

5 de diciembre

«Entonces el SEÑOR me mostró cuatro artesanos».

Zacarías 1:20 (LBLA)

En la visión que se describe en este capítulo, el Profeta ve cuatro cuernos terribles que están acometiendo de una forma y de otra y derribando a los más fuertes y los más poderosos. El Profeta pregunta: ¿Qué son estos? Y se le responde: «Estos son los cuernos que dispersaron a Judá, a Israel y a Jerusalén». El Profeta tenía delante de sí una representación de los poderes que han oprimido a la Iglesia de Dios. Había cuatro cuernos, porque la Iglesia se ve atacada por todas partes. Bien podía el Profeta sentirse consternado; pero, de repente, aparecieron delante de él cuatro artesanos. Y el Profeta pregunta: «¿Qué vienen éstos a hacer?». Esos eran los hombres que Dios había elegido para hacer pedazos a aquellos cuernos. Dios siempre encontrará hombres para su obra, y los encontrará en el momento oportuno. El Profeta no había visto a los artesanos al principio, cuando no era necesario hacer nada, sino solo los «cuernos»; después vio a los «artesanos». Además, el Señor encuentra suficientes hombres. Él no trajo tres artesanos sino cuatro: había cuatro cuernos, por tanto, tenía que haber cuatro obreros. Dios encuentra a los hombres idóneos. No se trataba de cuatro hombres con plumas para escribir; ni cuatro arquitectos para trazar planos; sino cuatro artesanos para hacer trabajos rudos. Ten por cierto, tú que tiemblas por el arca de Dios, que cuando los «cuernos» molesten, se encontrarán los «artesanos» necesarios. No debes inquietarte por la debilidad de la Iglesia en ningún momento. Quizá algún valiente reformador que ha de sacudir a las naciones esté creciendo en el anonimato. Los Crisóstomos pueden salir de nuestras escuelas elementales, y los Agustines, de la más densa oscuridad de la pobreza de cualquier ciudad. El Señor sabe dónde encontrar a sus siervos. Él guarda en secreto una multitud de hombres eficientes quienes, al oír su orden, se levantarán para combatir: «porque la batalla es del Señor», y él obtendrá la victoria. Permanezcamos fieles a Cristo y, a su debido tiempo, él levantará una defensa a nuestro favor, ya sea en el día de nuestra necesidad personal o en un momento de peligro para la Iglesia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 350). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo»

4 de diciembre

«Nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo».

Romanos 8:23

Este gemido es común a todos los santos: en mayor o menor grado, todos lo sentimos. No se trata del gemido de la murmuración o del lamento; más que la nota de la aflicción es la nota del deseo. Habiendo recibido una prenda, ahora deseamos toda nuestra dote. Queremos que nuestro ser entero (espíritu, alma y cuerpo) se vea libre del último rastro de la Caída. Ansiamos despojarnos de la corrupción, la debilidad y la vergüenza y vestirnos de incorrupción, de inmortalidad y de gloria en el cuerpo espiritual que el Señor Jesucristo ha de dar a los suyos. Anhelamos la manifestación de nuestra adopción como hijos de Dios. «Gemimos [pero] dentro de nosotros mismos». No se trata del gemido del hipócrita, que quiere hacer creer a los hombres que es un santo, cuando en realidad es un infeliz. Nuestros gemidos son sagrados: demasiado santos como para que los propalemos a los cuatro vientos. Reservamos nuestros gemidos solo para nuestro Señor. A continuación, el Apóstol dice que estamos «esperando»; con lo cual nos enseña a no refunfuñar, como Jonás y Elías, cuando le dijeron a Dios: «Quítame la vida». También nos muestra que no debernos pedir, con llanto y con gemido, el fin de nuestra vida por el hecho de estar cansados de trabajar; ni querer huir de los sufrimientos actuales hasta que se haga la voluntad de Dios. Hemos de gemir por la glorificación; pero debemos esperarla con paciencia, sabiendo que lo que Dios ha determinado es sin duda lo mejor. Esperar implica estar preparado: nos encontramos a la puerta aguardando que el Amado la abra y nos lleve a estar con él. Ese gemido supone una prueba: puedes juzgar a un hombre por aquello tras lo cual suspira. Algunos suspiran por las riquezas —estos adoran a Mamón—; otros suspiran continuamente bajo las aflicciones de la vida: estas son personas impacientes. Sin embargo, el hombre que suspira por Dios, que está inquieto hasta que se le haga semejante a Cristo, ese es el hombre feliz

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 349). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El SEÑOR, poderoso en batalla»

3 de diciembre

«El SEÑOR, poderoso en batalla»

Salmo 24:8 (LBLA)

Bien puede nuestro Dios ser admirable a los ojos de su pueblo, si tenemos en cuenta las grandes maravillas que él ha obrado por ellos, en ellos y por medio de ellos. Por ellos, el Señor Jesús venció a todos los enemigos en el Calvario, haciendo pedazos las armas del adversario mediante su perfecta obra de obediencia expiatoria. Por medio de su triunfante resurrección y ascensión, acabó con cada una de las esperanzas del Infierno: llevando cautiva la cautividad, exhibiendo públicamente a nuestros enemigos y triunfando sobre ellos en la cruz. Todo dardo acusador que Satanás pudiera arrojarnos está quebrado, ¿porque quién puede tramar algo para acusar a los escogidos de Dios? Inútiles resultan las afiladas espadas de la malicia infernal y los perpetuos combates de la simiente de la Serpiente; pues, en la Iglesia, el cojo arrebata presa y los soldados más débiles salen coronados.

Bien pueden los salvados adorar a su Señor por las conquistas que él ha obtenido en ellos, pues los dardos de su natural enemistad ha sido quebrados y las armas de su rebelión han quedado rotas. ¡Qué victoria ha logrado la gracia divina sobre nuestros malvados corazones! ¡Cuánta gloria recibe Jesús cuando la voluntad resulta sometida y se destrona el pecado! En cuanto a las maldades que nos quedan, estas también sufrirán una derrota segura, y toda tentación, toda duda y todo temor se verán enteramente destruidos. En la Salem de nuestros pacificados corazones, el nombre de Jesús es incomparablemente admirable. Él ha conseguido nuestro amor y lo llevará sobre sí. También podemos esperar nosotros victorias seguras, obtenidas por nosotros mismos: Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. A través de nuestra fe, nuestro celo y nuestra santidad, derrotaremos a las potestades de las tinieblas que están en el mundo; ganaremos a los pecadores para Jesús; trastornaremos falsos sistemas y convertiremos a naciones enteras; pues Dios está por nosotros y nadie nos podrá resistir. ¡Entone cada soldado cristiano en esta noche el cántico de guerra y prepárese para el combate de mañana: «Porque mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo» (1 Jn. 4:4)!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 348). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«He aquí, todo ello es vanidad»

2 de diciembre

«He aquí, todo ello es vanidad».

Eclesiastés 1:14

Nada puede satisfacer todo el ser del hombre salvo el amor del Señor y el Señor mismo. Los santos han procurado anclar en otras ensenadas, pero se los arrojó de tan sombríos refugios. A Salomón, el más sabio de los hombres, se le permitió hacer ciertos experimentos por todos nosotros y llevar a cabo aquello que nosotros no debemos atrevernos a hacer por nosotros mismos. He aquí su testimonio contado en palabras textuales: «Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol» (Ec. 2:9–11). «Vanidad de vanidades, todo es vanidad».

¿Qué todo eso es vanidad? ¡Oh favorecido monarca!, ¿acaso no hay nada de valor en todas tus riquezas? ¿Nada en ese dilatado dominio que se extiende desde el río hasta el gran mar? ¿Nada en los magníficos palacios de Palmira? ¿Nada en «la casa del bosque del Líbano»? ¿No hay nada en tu música y tu baile, en tu vino y en tu lujuria? «Nada —responde el monarca—; nada salvo aflicción de espíritu». Este fue el veredicto de Salomón cuando hubo recorrido todo el camino del placer. Abrazar a nuestro Señor Jesucristo, permanecer en su amor y estar plenamente seguros de nuestra unión con él, eso es el todo en todo. Querido lector, no necesitas probar otras formas de vida para ver si son mejores que la vida del cristiano: si recorres el mundo entero, no obtendrás ninguna visión semejante a la visión del rostro del Salvador. Si pudieras tener todas las comodidades de la vida, pero perdieras al Salvador, serías un desdichado. En cambio, si recibes a Cristo, aunque te pudrieras en un calabozo, juzgarías ese calabozo como un paraíso; y aunque vivieras en la oscuridad o murieras de hambre, te sentirías satisfecho con el favor y la plenitud de la bondad del Señor.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 347). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

1 de diciembre

«Den gracias al SEÑOR por su misericordia, y por sus maravillas para con los hijos de los hombres».

Salmo 107:8 (LBLA)

Si nos lamentáramos menos y alabásemos más al Señor, seríamos más felices y Dios recibiría más gloria. Alabemos, pues, a Dios diariamente por los favores comunes: «comunes» —como los llamamos frecuentemente—, pero tan sumamente valiosos que cuando se nos priva de ellos somos propensos a perecer. Bendigamos a Dios por los ojos que tenemos para contemplar el sol; por la salud y las fuerzas que nos da para andar por todas partes; por el pan que comemos y la ropa que vestimos… Alabemos a Dios porque no se nos arroja entre los desesperados, ni se nos confina con los culpables. Démosle gracias por la libertad, por los amigos y por la unión y el bienestar de nuestras familias. Alabémosle, en verdad, por todo lo que recibimos de su generosa mano; porque poco merecemos y, sin embargo, se nos enriquece con gran abundancia.

Pero, querido amigo, la nota más melodiosa y más alta de nuestros cánticos de alabanza debiera ser aquella del amor redentor. Las obras redentoras de Dios para con sus elegidos son por siempre los temas favoritos de las alabanzas de estos. Si sabemos lo que significa la redención, no rehusaremos entonar nuestros sonetos de acción de gracias. Se nos ha redimido del poder de nuestra maldad, hemos sido levantados del abismo del pecado donde, por naturaleza, estábamos hundidos. Se nos condujo a la cruz de Cristo y nuestras cadenas de pecado quedaron rotas allí. Ya no somos esclavos, sino hijos del Dios viviente, y podemos aguardar anhelantes ese tiempo cuando se nos presentará delante del Trono sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Aun ahora, por la fe, agitamos las ramas de palmera y nos cubrimos con el hermoso lino fino que ha de ser nuestro atavío eterno. ¿Cómo no habremos de dar gracias incesantemente al Señor nuestro Redentor? Hijo de Dios, ¿puedes tú permanecer en silencio? ¡Despierta, despierta, heredero de gloria, y lleva cautiva tu cautividad, mientras clamas como David: «Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre» (Sal. 103:1, LBLA)! Hagamos que este nuevo mes comience con cánticos renovados.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 346). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles»

30 de noviembre

«Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles».

Apocalipsis 12:7

Siempre habrá guerras entre estos dos grandes reinos hasta que uno u otro sea aplastado. Es imposible que reine la paz entre el bien y el mal: la sola pretensión de que pudiera existir tal paz supondría el triunfo de las fuerzas de las tinieblas. Miguel siempre luchará: su alma santa detesta el pecado y no lo tolerará. Jesús será siempre el enemigo del Dragón: no de un modo pacífico, sino activo, vigoroso, firmemente resuelto a exterminarlo. Todos sus siervos, ya sean ángeles del Cielo o mensajeros en la tierra, quieren y deben luchar también. Ellos nacieron para ser soldados y pactaron ante la cruz no admitir tregua alguna con el mal. Constituyen una compañía belicosa, firme en la defensa y aguerrida en el ataque. La obligación de cada soldado es servir en el ejército del Señor todos los días, con todo el corazón, toda el alma y todas las fuerzas, luchando contra el Dragón.

El Dragón y sus ángeles no decaerán en la lucha, pues son incansables en sus embestidas y emplean todas las armas posibles, ya sean legítimas o ilegítimas. Es una necedad pretender servir a Dios sin oposición. Cuanto más celosos seamos, tanto más atacados seremos por los esbirros del Infierno. La Iglesia puede mostrarse indolente, pero no así su gran Adversario: su incansable espíritu jamás permite que la guerra cese. El Dragón odia a la simiente de la mujer, y de buena gana devoraría a la Iglesia si pudiese. Los siervos de Satanás participan ampliamente de las energías de ese antiguo dragón y, por lo regular, constituyen una raza activa. La guerra ruge en todas partes y es peligroso y fútil soñar con la paz.

¡Gloria a Dios que nosotros conocemos el fin de la guerra! El gran Dragón será echado fuera y destruido para siempre, mientras que Jesús y los suyos recibirán la corona. Afilemos nuestras espadas en esta noche y pidamos al Espíritu Santo que fortalezca nuestros brazos para la lucha. Nunca hubo una batalla tan importante como esta, nunca una corona tan gloriosa. Que cada hombre esté en su puesto, ¡oh soldados de la cruz!, y que el Señor aplaste pronto a Satanás debajo de vuestros pies.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 345). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático»

29 de noviembre

«Especias para el aceite de la unción y para el incienso aromático».

Éxodo 35:8

Mucho se utilizaba este aceite de la unción bajo la ley, y lo que el mismo representaba es de capital importancia para el evangelio. Si queremos servir al Señor de manera aceptable, nos es indispensable la presencia del Espíritu Santo, pues es él quien nos unge para todo servicio santo. Sin su ayuda, nuestro servicio cristiano es solo una vana oblación y nuestra experiencia una cosa muerta. Sin esa unción, tampoco valen nada las oraciones, las alabanzas, las meditaciones y los esfuerzos de los cristianos en particular. Una unción santa es el alma de una vida piadosa; la ausencia de esa unción constituye la más grave de todas las calamidades. Presentarse delante del Señor sin unción sería como si un levita cualquiera entrase por sí mismo en la función sacerdotal: el ministerio de dicho levita sería más bien pecado que un servicio aceptable. Nunca nos aventuremos a celebrar servicios religiosos sin la santa unción. El óleo de la unción desciende sobre nosotros desde la gloriosa Cabeza; por eso nosotros, que somos como los bordes de sus vestiduras, participamos de un ungimiento abundante.

Para hacer el aceite de la unción, los entendidos componían las especias aromáticas con el arte más refinado del perfumista, a fin de mostrarnos cuán ricos son los influjos del Espíritu Santo. Todas las cosas buenas se hallan en el divino Consolador: incomparable consuelo, infalible instrucción, inmortal vivificación, espiritual energía y divina santificación; todo ello está mezclado con otras cosas excelentes en ese ungüento sagrado que es el celestial aceite de la unción del Espíritu Santo. Dicho aceite transmite una deliciosa fragancia al carácter de aquel sobre quien se derrama. Nada semejante puede hallarse, ni en los tesoros del rico, ni en los secretos de los sabios. Nadie puede imitarlo: procede solo de Dios, quien lo da gratuitamente a toda alma expectante por medio de Jesucristo. Busquemos esa unción, pues podemos obtenerla esta misma noche. ¡Oh Señor, unge a tus siervos!

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 344). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Procuró el bienestar de su pueblo»

28 de noviembre

«Procuró el bienestar de su pueblo».

Ester 10:3

Mardoqueo era un verdadero patriota; por eso, cuando lo elevaron a la más alta posición en el reinado de Asuero, utilizó su influencia para promover la prosperidad de Israel. En esto es figura de Jesús, quien, en su trono de gloria, no busca lo suyo, sino que emplea su poder en beneficio de su pueblo. Sería bueno que cada cristiano fuera un Mardoqueo para la Iglesia, procurando, en la medida de su capacidad, la prosperidad de esta. Algunos están colocados en puestos de riqueza y de influencia: los tales debieran honrar al Señor en esas posiciones elevadas de la tierra, testificando de Jesús delante de los grandes hombres. Otros tienen lo que es mucho mejor: a saber, una comunión íntima con el Rey de reyes. Que los tales intercedan diariamente por los débiles del pueblo del Señor, por los que dudan, por los tentados y por los desconsolados. Si interceden incesantemente por aquellos que, estando en tinieblas, no se atreven a acercarse al trono de la gracia, gozarán de gran estima. Los creyentes instruidos pueden servir grandemente al Señor si emplean sus talentos para el bien de todos e invierten sus riquezas de sabiduría celestial a favor de otros, enseñándoles las cosas de Dios. El muy pequeño en nuestro Israel puede, por lo menos, buscar el bienestar de su pueblo y, si no tiene posibilidades de dar otra cosa que su deseo, este será bien recibido. La carrera más cristiana y más feliz para un creyente es dejar de vivir para sí mismo: el que bendice a otros, no perderá su propia bendición. Por otra parte, el buscar nuestra propia grandeza es un plan de vida perverso y desdichado, pues su curso resultará penoso y su final será nefasto.

Amigo mío, este es el momento de preguntarte si estás procurando fomentar, con todas tus fuerzas, la prosperidad de la Iglesia en el lugar donde vives. Espero que no estés perjudicándola con rencores y escándalos, ni debilitándola con tu negligencia. Amigo, únete a los pobres del Señor; comparte sus aflicciones; hazles todo el bien que puedas, y no perderás tu recompensa.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 343). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«El perdón de pecados según las riquezas de su gracia»

27 de noviembre

«El perdón de pecados según las riquezas de su gracia».

Efesios 1:7

¿Podrá haber en cualquier idioma una palabra más dulce que la palabra «perdón», cuando esta suena en los oídos de un pecador culpable como sonaban las notas de las trompetas de plata del jubileo en los oídos de un siervo israelita? ¡Bendita, bendita sea por siempre esa amada estrella del perdón que proyecta su luz adentro de la celda de un condenado y da al que perece un rayo de esperanza en medio de su desesperación! ¿Es posible que el pecado, mi pecado, sea perdonado, perdonado enteramente y para siempre? Como pecador, merezco el Infierno. No hay posibilidad de que me libre de él mientras el pecado permanezca en mí. Ahora bien, ¿puede quitarse el peso del pecado y borrase su mancha escarlata? ¿Podrán las diamantinas piedras de mi prisión desprenderse alguna vez de su lugar o las puertas saltar de sus bisagras? Jesús me dice que aún puedo ser justificado. Bendita sea por siempre la revelación del amor expiatorio que no solo me hace saber que el perdón es posible, sino que garantiza ese perdón para todo el que descansa en Jesús. Yo he creído en la propiciación, he creído en Jesús crucificado y, por tanto, mis pecados están ahora y para siempre perdonados en virtud de sus dolores y de su muerte sufrida en mi lugar. ¡Cuánto gozo produce esto! ¡Qué felicidad supone estar perfectamente perdonado! Mi alma consagra todas sus virtudes a Jesús, quien, por su amor impagable, se convirtió en mi Fiador y efectuó mi redención por medio de su sangre. ¡Qué riquezas de gracia revela ese perdón gratuito que perdona total, plena, libre y eternamente! He aquí una constelación de portentos; y cuando pienso en lo horrendos que fueron mis pecados, lo preciosas que eran las gotas de sangre que me limpiaron de ellos y cuánta gracia caracterizó a la forma en que se me concedió el perdón, adoro a Dios con profundo agradecimiento. Me inclino delante del Trono que me absuelve, abrazo la cruz que me liberta y, de aquí en adelante, serviré todos los días a ese Dios humanado por quien esta noche soy un alma perdonada.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 342). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Se alegrarán y verán la plomada en la mano de Zorobabel»

26 de noviembre

«Se alegrarán y verán la plomada en la mano de Zorobabel».

Zacarías 4:10

Las pequeñeces marcan el principio de la obra en la mano de Zorobabel, pero ninguna de ellas debe despreciarse, pues el Señor ha levantado a uno que perseverará hasta que saque la primera piedra con aclamaciones. La plomada estaba en buenas manos. Aquí reside el consuelo de todo creyente en el Señor Jesús: no importa que la obra de gracia sea siempre tan pequeña en sus comienzos. ¡La plomada está en buenas manos! Un maestro de obras mayor que Salomón ha emprendido la edificación del Templo celestial y él no dejará ni se desalentará hasta acabar el edificio. Si la plomada estuviera en la mano de un ser meramente humano, podríamos temer por la edificación, pero el deseo del Señor prosperará en las manos de Jesús. Las obras no prosiguieron irregularmente y sin cuidado, pues la mano del constructor tenía una buena herramienta. Si se hubieran edificado las murallas sin la debida dirección no habrían estado verticales, pero era el eximio oficial quien utilizaba la plomada. Jesús está siempre vigilando la construcción de su Templo espiritual para que este se edifique con seguridad y con arte. Nosotros optamos por la prisa, Jesús opta por la prudencia. Él utilizará la plomada, y lo que no esté alineado tendrá que derribarse. De ahí el fracaso de muchas obras halagüeñas, la ruina de muchas brillantes profesiones. No nos corresponde a nosotros juzgar a la Iglesia del Señor, pues Jesús tiene mano firme y buena vista, y puede emplear bien la plomada. ¿No nos regocijamos de ver que el juicio se le ha confiado a él?

La plomada estaba en uso, pues se hallaba en la mano del constructor: un indicio seguro de que él se proponía proseguir la obra hasta su culminación. ¡Oh Señor Jesús, cómo nos alegraríamos si, en realidad, pudiésemos verte en tu gran obra! ¡Oh Sion, la hermosa, tus muros están en ruinas aún! Levántate, glorioso Edificador, y haz que sus desolaciones se regocijen con tu venida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 341). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.