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«Nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo»

4 de diciembre

«Nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo».

Romanos 8:23

Este gemido es común a todos los santos: en mayor o menor grado, todos lo sentimos. No se trata del gemido de la murmuración o del lamento; más que la nota de la aflicción es la nota del deseo. Habiendo recibido una prenda, ahora deseamos toda nuestra dote. Queremos que nuestro ser entero (espíritu, alma y cuerpo) se vea libre del último rastro de la Caída. Ansiamos despojarnos de la corrupción, la debilidad y la vergüenza y vestirnos de incorrupción, de inmortalidad y de gloria en el cuerpo espiritual que el Señor Jesucristo ha de dar a los suyos. Anhelamos la manifestación de nuestra adopción como hijos de Dios. «Gemimos [pero] dentro de nosotros mismos». No se trata del gemido del hipócrita, que quiere hacer creer a los hombres que es un santo, cuando en realidad es un infeliz. Nuestros gemidos son sagrados: demasiado santos como para que los propalemos a los cuatro vientos. Reservamos nuestros gemidos solo para nuestro Señor. A continuación, el Apóstol dice que estamos «esperando»; con lo cual nos enseña a no refunfuñar, como Jonás y Elías, cuando le dijeron a Dios: «Quítame la vida». También nos muestra que no debernos pedir, con llanto y con gemido, el fin de nuestra vida por el hecho de estar cansados de trabajar; ni querer huir de los sufrimientos actuales hasta que se haga la voluntad de Dios. Hemos de gemir por la glorificación; pero debemos esperarla con paciencia, sabiendo que lo que Dios ha determinado es sin duda lo mejor. Esperar implica estar preparado: nos encontramos a la puerta aguardando que el Amado la abra y nos lleve a estar con él. Ese gemido supone una prueba: puedes juzgar a un hombre por aquello tras lo cual suspira. Algunos suspiran por las riquezas —estos adoran a Mamón—; otros suspiran continuamente bajo las aflicciones de la vida: estas son personas impacientes. Sin embargo, el hombre que suspira por Dios, que está inquieto hasta que se le haga semejante a Cristo, ese es el hombre feliz

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 349). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

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