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2 Crónicas 3–4 | 1 Juan 3 | Nahúm 2 | Lucas 18

4 DICIEMBRE

2 Crónicas 3–4 | 1 Juan 3 | Nahúm 2 | Lucas 18

“¡Fijaos qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos!” (1 Juan 3:1). Todos, en algún momento, pertenecimos al mundo; para usar el lenguaje de Pablo, todos “éramos por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2:3). El amor del Padre que ha efectuado la transformación es espléndido precisamente porque es inmerecido. Más aún:
(1) “¡Y lo somos!” Esta exclamación enfática fue generada probablemente porque los que habían abandonado la iglesia (2:19) eran expertos en manipular a los creyentes. Insistían en que sólo ellos tenían una conexión directa con Dios, que sólo ellos comprendían realmente el verdadero conocimiento (gnosis), que sólo ellos tenían la verdadera unción. Esto tenía el efecto de denigrar a los creyentes. Juan afirma que sus lectores han recibido la verdadera unción (2:27), que su conducta correcta demuestra que han nacido de Dios (2:29), que el amor de Dios ha sido derramado sobre ellos y que, por ello, se han convertido en hijos de Dios: “¡Y lo somos!” Es necesario hacer la misma aclaración a los creyentes de todas las generaciones que se sienten amenazados por las alegaciones extravagantes, pero equivocadas, de los grupos “súperespirituales” que ejercen una manipulación penosa, creando una especie de competencia del más espiritual. “Somos hijos de Dios.” Esto afirman los cristianos tranquilamente, y esto es suficiente. Si otros no reconocen ese hecho, puede ser la evidencia de que ellos mismos no conocen a Dios (3:1b).
(2) Aunque ya somos hijos de Dios, “todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser” (3:2). Por un lado, no debemos denigrar ni minimizar todo lo que hemos recibido: “ahora somos hijos de Dios”. Por otro, esperamos la consumación y nuestra propia transformación final (3:2).
(3) De hecho, todo hijo de Dios que vive con esta proclama por delante, “que tiene esta esperanza en él [es decir, en Cristo o en Dios, pues se refiere al objeto de la esperanza y no meramente a quien alberga la esperanza] se purifica a sí mismo, así como él es puro” (3:3). El cristiano ve lo que será en la consumación y ya quiere ser de esa manera. Recibimos el amor del Padre; sabemos que un día seremos puros; así que desde ahora procuramos volvernos puros. Esto está en perfecta conformidad con el final del capítulo 2: “Si reconocéis que Jesucristo es justo, reconoced también que todo el que practica la justicia ha nacido de él” (2:29).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 338). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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