Una expectativa del cielo

Una expectativa del cielo

5/26/2018

Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. (Colosenses 3:1)

El apóstol Pablo estaba interesado en el cielo; tuvo pocas comodidades terrenales. Fue golpeado, apedreado, dado por muerto, privado de lo más necesario y a menudo decepcionado por las personas. Pero no tenía interés en las sensaciones placenteras: él solo quería llevar una vida productiva en pos de su meta celestial.

Nosotros debemos tener ese mismo interés si anhelamos nuestra recompensa celestial. Cristo es del cielo y está en el cielo. El cielo es su lugar, y como somos suyos, el cielo también es nuestro lugar. Si estamos interesados en ser semejantes a Él, estaremos lógicamente interesados en el cielo. Lo que ocurre allí debe ser más importante para nosotros que lo que ocurre aquí.

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Fuerza para esperar

MAYO, 26

Fuerza para esperar

Devocional por John Piper

Fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo. (Colosenses 1:11)

Fuerza es la palabra apropiada. El apóstol Pablo oraba por la iglesia de Colosas para que los miembros fueran «fortalecidos con todo poder según la paciencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia» (Colosenses 1:11). La paciencia es la evidencia de una fuerza interna.

Las personas impacientes son débiles y, por consiguiente, dependen de puntos de apoyo externos —tales como horarios que se cumplan al minuto y circunstancias que sostengan su frágil corazón—. Los arrebatos de juramentos, amenazas y duras críticas dirigidos a las personas que interfieren en sus planes no suenan débiles. Sin embargo, todo ese ruido sirve de camuflaje para sus debilidades. La paciencia exige una tremenda fuerza interna.

Para el creyente, esta fuerza viene de Dios. Por eso Pablo oraba por los colosenses. Le pedía a Dios que los fortaleciera para que tuvieran la paciencia y entereza que exige la vida cristiana. Pero cuando decía que la fuerza de la paciencia es «según la potencia de [la] gloria [de Dios]», no solo quería decir que hacer que una persona sea paciente requiere poder divino. Quería decir que la fe en este poder glorioso es el canal mediante el cual viene el poder para tener paciencia.

La paciencia es, sin lugar a dudas, un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), pero el Espíritu Santo nos fortalece (con todo su fruto) «por el oír con fe» (Gálatas 3:5). Por lo tanto, la oración de Pablo es que Dios nos conecte con el «poder glorioso» que reviste de paciencia. Esa conexión es la fe.

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Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

La mayor parte de las personas que han leído 1 Juan algunas veces, saben que Juan habla de muchas evidencias (algunos comentaristas las llaman “pruebas” o “pruebas de vida”) que clarifican quién es realmente cristiano. Casi todos ven tres: (a) una de verdad, en particular la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios; (b) una de obediencia, en particular a los mandatos de Jesús; (c) una de amor, en particular por nuestros hermanos. El peligro reside en creer que de alguna forma estas “pruebas” establecen contribuciones independientes, como si fuese suficiente para una persona cumplir con dos de las tres. Sin embargo, hacia el final de esta epístola, sobre todo en 1 Juan 5:1–5, estas tres pruebas aparecen de tal forma que no son en absoluto independientes. Están interrelacionadas.

Este párrafo comienza con la prueba de verdad, con la persona “que cree que Jesús es el Cristo” (5:1). Esta persona es nacida de Dios, un concepto reiterado repetidas veces en los escritos de Juan. No obstante, todo aquel que es nacido de Dios, seguramente amará a los que comparten esta característica con él, sus hermanos espirituales, por así decirlo (5:1). Así pues, la prueba de verdad está vinculada, por medio del nuevo nacimiento, a la de amor. ¿Cómo sabemos, entonces, cuándo amamos realmente a los hijos de Dios? Bien, ante todo, amando al propio Dios y, en consecuencia, cumpliendo sus mandamientos (5:2). De hecho, es ridículo pretender que se ama a Dios y no obedecerle. Esta idea es tan obvia que podemos llegar a afirmar que “amar a Dios” es obedecer “sus mandamientos” (5:3). Por supuesto, Juan ya ha recordado a sus lectores que uno de los mandamientos fundamentales de Jesús, su “nuevo mandamiento”, es que sus discípulos se amen los unos a los otros (2:3–11; 3:11–20; cp. Juan 13:34–35). Por tanto, la prueba de amor está vinculada a la de obediencia en diversos niveles.

No debemos creer que el cristianismo sólo sea una obediencia inflexible. La verdad es que los mandamientos de Jesús “no son difíciles de cumplir” (5:3), porque, en el nuevo nacimiento, Dios nos ha dado el poder para cumplir lo que Cristo manda, la capacidad de vencer al “mundo” (5:4–5; cp. 2:15–17). ¿Quién dispone entonces de este poder para vencer al mundo? Aquellos que han nacido de nuevo, los que tienen una fe auténtica, la cual se define en términos del objeto de la misma, concretamente la verdad de que Jesús es realmente el Hijo de Dios. Así pues, la prueba de obediencia, junto a la de amor, está vinculada a la de verdad.

La gloriosa realidad es que, en la vida cristiana, la verdad y la ética van de la mano. La confesión del credo y una vida transformada, también. Cualquier otra alternativa es superstición o engaño.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El fariseo y el recaudador de impuestos

Sábado 26 Mayo

Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Lucas 18:14

No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.

Eclesiastés 5:2

El fariseo y el recaudador de impuestos

Algunas parábolas (13): Lucas 18:9-14

Resumen: Un fariseo (miembro de un partido religioso) y un publicano (un recaudador de impuestos al servicio de los invasores romanos) fueron al templo a orar. El primero se creía mejor que los demás y daba gracias a Dios por ello. El segundo, al contrario, consciente de sus faltas, imploró la gracia divina: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Entonces Jesús dio la apreciación de Dios: el segundo fue justificado, el primero no.

Significado: El fariseo representa a un hombre que confía en sí mismo y en sus prácticas religiosas. Llega a considerarse superior a los demás. El recaudador de impuestos representa a una persona consciente de su indignidad ante Dios, pero que ora con fe.

Aplicación: Exteriormente la actitud de ambos era la misma, y era buena: oraban en el templo. Pero esto no era suficiente; lo que cuenta es el estado del corazón, y este es puesto a la luz a través de las palabras de los dos hombres: a pesar de sus oraciones, el fariseo ponía su confianza en sí mismo. Expuso sus méritos personales y permaneció ajeno a la gracia de Dios.

Pero el recaudador de impuestos sabía que era pecador y contó absolutamente con la gracia de Dios. Salió del templo con la certeza de que Dios lo había escuchado y recibido. Se fue con el corazón en paz. Tomó el lugar correcto ante Dios y halló el consuelo y la justicia. ¡Imitémosle!

(continuará el próximo sábado)

Levítico 7 – Romanos 4 – Salmo 63:5-11 – Proverbios 16:5-6©

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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