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Devocional, Familia, Todos los Artículos, Vida Cristiana

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

La mayor parte de las personas que han leído 1 Juan algunas veces, saben que Juan habla de muchas evidencias (algunos comentaristas las llaman “pruebas” o “pruebas de vida”) que clarifican quién es realmente cristiano. Casi todos ven tres: (a) una de verdad, en particular la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios; (b) una de obediencia, en particular a los mandatos de Jesús; (c) una de amor, en particular por nuestros hermanos. El peligro reside en creer que de alguna forma estas “pruebas” establecen contribuciones independientes, como si fuese suficiente para una persona cumplir con dos de las tres. Sin embargo, hacia el final de esta epístola, sobre todo en 1 Juan 5:1–5, estas tres pruebas aparecen de tal forma que no son en absoluto independientes. Están interrelacionadas.

Este párrafo comienza con la prueba de verdad, con la persona “que cree que Jesús es el Cristo” (5:1). Esta persona es nacida de Dios, un concepto reiterado repetidas veces en los escritos de Juan. No obstante, todo aquel que es nacido de Dios, seguramente amará a los que comparten esta característica con él, sus hermanos espirituales, por así decirlo (5:1). Así pues, la prueba de verdad está vinculada, por medio del nuevo nacimiento, a la de amor. ¿Cómo sabemos, entonces, cuándo amamos realmente a los hijos de Dios? Bien, ante todo, amando al propio Dios y, en consecuencia, cumpliendo sus mandamientos (5:2). De hecho, es ridículo pretender que se ama a Dios y no obedecerle. Esta idea es tan obvia que podemos llegar a afirmar que “amar a Dios” es obedecer “sus mandamientos” (5:3). Por supuesto, Juan ya ha recordado a sus lectores que uno de los mandamientos fundamentales de Jesús, su “nuevo mandamiento”, es que sus discípulos se amen los unos a los otros (2:3–11; 3:11–20; cp. Juan 13:34–35). Por tanto, la prueba de amor está vinculada a la de obediencia en diversos niveles.

No debemos creer que el cristianismo sólo sea una obediencia inflexible. La verdad es que los mandamientos de Jesús “no son difíciles de cumplir” (5:3), porque, en el nuevo nacimiento, Dios nos ha dado el poder para cumplir lo que Cristo manda, la capacidad de vencer al “mundo” (5:4–5; cp. 2:15–17). ¿Quién dispone entonces de este poder para vencer al mundo? Aquellos que han nacido de nuevo, los que tienen una fe auténtica, la cual se define en términos del objeto de la misma, concretamente la verdad de que Jesús es realmente el Hijo de Dios. Así pues, la prueba de obediencia, junto a la de amor, está vinculada a la de verdad.

La gloriosa realidad es que, en la vida cristiana, la verdad y la ética van de la mano. La confesión del credo y una vida transformada, también. Cualquier otra alternativa es superstición o engaño.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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