¿Quién es su prójimo?

¿Quién es su prójimo?

7/30/2018

Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22:39)

Jesús respondió a la pregunta del abogado judío “¿Y quién es mi prójimo?” con la parábola del buen samaritano (Lc. 10:30-37). En esa conocida historia, a un judío se lo golpea y se lo deja por muerto en el camino. Un samaritano compasivo salva al hombre, aunque por lo regular los samaritanos y los judíos se odiaban.

La moraleja de la historia es que el prójimo es cualquiera que se cruza en nuestro camino con una necesidad. ¿Habría reaccionado usted como reaccionó el samaritano si se hubiera encontrado al hombre herido a la orilla del camino? Espero que usted no hubiera pasado de largo, como hicieron el sacerdote y el levita de la historia.

La lección de la parábola no es que usted se detenga y ayude a alguien a quien se le haya desinflado un neumático, o que tenga que darles dinero a todos los mendigos que se encuentre. Pero Dios quiere que sea sensible ante semejantes situaciones y esté dispuesto a ayudar si piensa que su ayuda es la única que la persona pueda recibir. En otras palabras, siga la regla de oro: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mt. 7:12).

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El sufrimiento que fortalece la fe

JULIO, 30

El sufrimiento que fortalece la fe

Devocional por John Piper

Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. (Santiago 1:2-3)

Por extraño que parezca, uno de los propósitos primordiales de ser sacudidos por el sufrimiento es hacer nuestra fe más inconmovible.

La fe es como el tejido muscular: cuando es forzado hasta el límite, se vuelve más fuerte, no más débil. Eso es lo que Santiago quiere decir en este pasaje. Cuando la fe se ve amenazada, probada y tensada hasta el punto de ruptura, el resultado es una mayor capacidad de aguante.

Dios se deleita tanto en la fe, que la prueba hasta el punto de ruptura para mantenerla pura y fuerte. Por ejemplo, eso es lo que hizo con Pablo según 2 Corintios 1:8-9:

Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos.

La frase «a fin de que» muestra que había un propósito detrás de este sufrimiento extremo: que Pablo no confiara en sí mismo ni en sus recursos, sino en Dios —específicamente en la gracia venidera de Dios que resucita a los muertos—.

Dios valora tanto la fe que depositamos en él de todo corazón que, en su gracia, nos despojará de todo aquello en lo que pudiéramos sentirnos tentados a confiar —incluso la vida misma—. Su objetivo es que crezcamos y seamos más fuertes en nuestra confianza en que él mismo será todo lo que necesitamos.

Dios quiere que podamos decir junto al salmista: «¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre» (Salmos 73:25-26).


Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 347

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Jueces 13 | Hechos 17 | Jeremías 26 | Marcos 12

30 JULIO

Jueces 13 | Hechos 17 | Jeremías 26 | Marcos 12

Los lectores devotos consideran héroes de la fe a los escritores bíblicos. Por esta razón, en algunas ocasiones pasan por alto el hecho de que, en su propia época, estos fueron despreciados, tratados como intrusos, mirados con desdén. Por supuesto, algunos de los que contribuyeron al canon de las Escrituras crecieron siendo ricos o famosos, o ambas cosas: nos viene a la mente Salomón. Otros fueron poderosos en un momento de su vida, pero se enfrentaron a extraordinarias dificultades en otros, por ejemplo David. No obstante, la mayoría de los profetas sufrieron el desprecio; algunos de ellos perdieron la vida. Como dijo el Señor Jesús: “Dichosos seréis cuando por mi causa la gente os insulte, os persiga y levante contra vosotros toda clase de calumnias. Alegraos y llenaos de júbilo, porque os espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que os precedieron” (Mateo 5:11–12, cursivas añadidas).

Ya hemos visto que el destino de Jeremías no fue feliz. De aquí en adelante (Jeremías 26), su deprimente situación se vuelve más clara. Para sus críticos más acérrimos, el mensaje de Jeremías, especialmente su insistencia constante en que Jerusalén y su templo serían destruidos si el pueblo no se arrepentía, suena peligrosamente cercano a una traición aderezada con blasfemia: traición, porque se podía acusar al profeta de desmoralizar a los ciudadanos, reduciendo así su capacidad de resistir la arremetida de los babilonios; blasfemia, porque está dando a entender que Dios no podía, o no quería, preservar su ciudad y su templo. Por tanto, los oficiales intentan organizar una ejecución judicial.

Lo que salva a Jeremías, humanamente hablando, es su gran insistencia en que, si lo matan, provocarán que un duro juicio caiga sobre su cabeza, porque “el Señor me ha enviado a que os anuncie claramente todas estas cosas” (26:15). Unos quieren concederle el beneficio de la duda; otros recuerdan que Miqueas de Moreset (el Miqueas bíblico) pronunció palabras parecidas de denuncia. (La cronología de los profetas hace que sea probable que algunos de los ancianos que se encontraban delante de Jeremías hubiesen escuchado realmente a Miqueas,) Así pues, indultan al profeta.

Su colega Urías hijo de Semaías no corrió la misma suerte. Solo sabemos de él lo que se recoge en estos versículos (26:20–23). Jeremías no era el único profeta que proclamaba fielmente la palabra de Dios. Cuando Urías, como este, vio amenazada su vida, huyó a Egipto, a diferencia de él. En ese momento, Israel aún era un Estado vasallo de Egipto y existía algún tipo de tratado de extradición. Enviaron de vuelta a Urías y lo ejecutaron. Su huida había convencido a sus acusadores de que era un traidor. Reflexionemos de nuevo en las palabras de Jesús, citadas arriba.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 211). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La increíble historia de Pulgarcito*

Lunes 30 Enero

Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien.

Salmo 139:13-14

La increíble historia de Pulgarcito*

Un mes después de su concepción, el ser humano mide cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace una semana, y sus brazos, piernas, cabeza y cerebro ya están delineados. A los dos meses mide apenas tres centímetros de la cabeza a las nalgas. Cabría acurrucado en la cáscara de una nuez. Se podría esconder dentro de su puño, pero abra su mano y vea cómo ya está casi formado: las manos, los pies, la cabeza, los órganos y el cerebro, todo ocupa su lugar correspondiente; a partir de ahora va a crecer. Si emplea un simple microscopio, podrá ver las huellas digitales. ¡Ya tiene todo para poder hacer su documento nacional de identidad!

En ese momento ese pequeño ser es igual de grande que mi dedo pulgar. Las madres que cuentan a sus hijos la historia de Pulgarcito ilustran una realidad increíble. Cada uno de nosotros fue un Pulgarcito en el vientre de su madre. Sí, todos nosotros vivimos una vez en una especie de tierra subterránea, en un lugar maravilloso, protegidos en una cueva de color rojizo y siempre con el mismo ruido a nuestro alrededor. El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que mi pulgar, existe realmente. No nos referimos al de la leyenda, sino a cada uno de nosotros cuando fuimos formados.

Y la Biblia nos dice que fue Dios el que nos tejió en el vientre de nuestra madre. Tiene un proyecto de amor, único para cada uno de nosotros. ¿A quién se le atrevería romper su curso?

*) Pulgarcito: en la leyenda, era un niño que había nacido tan pequeño como un dedo meñique.

1 Samuel 24 – Mateo 19 – Salmo 18:16-24 – Proverbios 6:6-11