Cuidado con los falsos profetas

Cuidado con los falsos profetas

8/15/2018

Se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar. (Marcos 13:22)

Ha habido falsos profetas desde principios de la historia redentora (vea Dt. 13:1-5), y siempre encuentran quienes los oigan. En su sermón del Olivar, Jesús advirtió: “Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre… y a muchos engañarán” (Mt. 24:4-5). Años después el apóstol Juan les dijo a sus lectores que “muchos engañadores han salido por el mundo” (2 Jn. 7).

Los falsos profetas siempre han disfrutado de algún grado de popularidad porque muchas personas no quieren oír la verdad. Así que Juan exhortó a todos los creyentes: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1).

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Para lo que fuimos creados

AGOSTO, 15

Para lo que fuimos creados

Devocional por John Piper

Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. (1 Pedro 3:18)

El evangelio es disfrutar de la comunión con Dios mismo. Esto está explícito en 1 Pedro 3:18 en la frase «para llevarnos a Dios».

Todos los demás regalos del evangelio existen para que éste sea posible.

• Recibimos el perdón para que nuestra culpa no nos mantenga alejados de Dios.

• Recibimos la justificación para que nuestra condenación no nos mantenga alejados de Dios.

• Recibimos vida eterna ahora, con cuerpos nuevos en la resurrección, para que tengamos la capacidad de disfrutar a Dios al máximo.

Prueben su corazón. ¿Para qué quieren el perdón? ¿Por qué quieren ser justificados? ¿Para qué quieren la vida eterna? ¿Es la respuesta decisiva «porque quiero disfrutar a Dios»?

El amor que Dios nos ofrece en el evangelio es básicamente el regalo de sí mismo. Para esto fuimos creados. Esto es lo que perdimos por nuestro pecado, y esto es lo que Cristo vino a restaurar.

«En tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre» (Salmos 16:11).


Devocional tomado del sermón “Dios en Cristo: El Precio y Premio del Evangelio”

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1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

15 AGOSTO

1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

El Salmo 19 es una de las piedras preciosas del salterio. Consta de tres partes. La primera se deleita en la revelación de Dios sin palabras en las maravillas del universo (19:1–6); la segunda lo hace en la claridad, perfección y riqueza de la revelación escrita del Señor (19:7–11); después de un versículo de transición (19:11), la tercera parte define la respuesta apropiada del creyente, que debe hacer examen de conciencia y decidirse a obedecer a Dios.

Si el antiguo Israel se vio tentado alguna vez a adorar al orden creado (el sol, la luna y las estrellas), nuestra generación se inclina aún más hacia argumentos oficiales que nos califican como el producto de fuerzas impersonales y ya está. Ambas posturas son abominables. Debido al compromiso filosófico con el naturalismo predominante en nuestra cultura, la poderosa evidencia de una creación inteligente se margina hasta el punto de que ya no se puede ver lo obvio: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos” (19:1). La paradoja de una declaración sin palabras es deliciosa, así como la visión del discurso incontenible: “Un día cuenta al otro la noticia, una noche a la otra se la hace saber. Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible, por toda la tierra resuena su eco, ¡sus palabras llegan hasta los confines del mundo!” (19:2–4).

No obstante, el nombre de Dios en el pacto, Jehová (“el Señor” en muchas de nuestras Biblias), aparece siete veces relacionado con esta revelación escrita de sí mismo (19:7–11). Los seis predicamentos (19:7–9) se solapan en cierto modo, pero juntos proyectan una visión de revelación escrita que constituye un adelanto de la exposición aún más completa del Salmo 119. Uno de los rasgos sorprendentes de estas seis afirmaciones es que varias de ellas no son meramente abstractas. El texto no sólo dice algo acerca de las palabras de Dios, sino también de su función en la vida de aquellos que las absorben y obedecen. Por ejemplo: “El mandato del SEÑOR es digno de confianza” (19:7). Así es, pero el salmista no deja las cosas ahí. Precisamente por ello, hace sabios a los simples. De nuevo: “Los preceptos del Señor son rectos” (19:8), una reflexión reforzada en el siguiente versículo: “Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas” (19:9). Por esta razón, alegran el corazón (19:8): estamos siguiendo los justos preceptos y ordenanzas del Señor, que nunca se corrompen ni son manipuladores.

Estas dos esferas de revelación exigen algo más que sobrecogimiento frente al poder trascendente o que un deleite en el Dios personal que nos habla. Requieren ambas cosas simultáneamente. De hecho, nuestra respuesta debe ser arrepentimiento y fe, y una oración ferviente, en la cual pidamos al Señor que purifique nuestro interior, ayudándonos a que nuestras palabras y meditaciones sean agradables a sus ojos (19:12–14).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 227). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La oración es una relación permanente

Miércoles 15 Agosto

Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar.

Lucas 11:1

Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

1 Tesalonicenses 5:16-18

La oración es una relación permanente

Jesús estaba orando. Los discípulos lo observaron y luego le dijeron: “Señor, enséñanos a orar”. Como respuesta, Jesús les dio un modelo de oración, llamada el «Padre nuestro».

En sus primeras palabras, esta oración reconoce a Dios como Padre, aquel que nos dio la vida y cuida de nosotros. Luego viene el deseo de que Dios tenga el lugar de honor, por encima de todo, en nuestros pensamientos y en nuestro corazón: “Santificado sea tu nombre”.

Solo después vienen las peticiones. Esto nos muestra que la oración no se reduce a hacer peticiones a Dios. Es más bien la expresión de la relación de una persona con Dios.

La comunicación con Dios tiene lugar en dos sentidos: nosotros le hablamos y él nos habla. Para escucharlo, nuestro corazón y espíritu tienen que estar atentos. Dios nos habla a través de la Biblia y a veces mediante las circunstancias de nuestra vida. También puede enviarnos a alguien o emplear acontecimientos…

Dios es espíritu, por lo tanto solo podemos percibirlo espiritualmente (1 Corintios 2:14). Gracias al Espíritu Santo comprendemos cuál es la voluntad de Dios y formulamos oraciones conformes a ella. Podemos estar seguros de que Él comprende cada uno de nuestros pensamientos, nuestros deseos y las necesidades de nuestro corazón. ¡Quiere que cada una de nuestras meditaciones se transforme en alabanza y cada uno de nuestros deseos en oración!

Jeremías 19 – Lucas 21:25-38 – Salmo 94:16-23 – Proverbios 21:15-16

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