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1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

15 AGOSTO

1 Samuel 5–6 | Romanos 5 | Jeremías 43 | Salmo 19

El Salmo 19 es una de las piedras preciosas del salterio. Consta de tres partes. La primera se deleita en la revelación de Dios sin palabras en las maravillas del universo (19:1–6); la segunda lo hace en la claridad, perfección y riqueza de la revelación escrita del Señor (19:7–11); después de un versículo de transición (19:11), la tercera parte define la respuesta apropiada del creyente, que debe hacer examen de conciencia y decidirse a obedecer a Dios.

Si el antiguo Israel se vio tentado alguna vez a adorar al orden creado (el sol, la luna y las estrellas), nuestra generación se inclina aún más hacia argumentos oficiales que nos califican como el producto de fuerzas impersonales y ya está. Ambas posturas son abominables. Debido al compromiso filosófico con el naturalismo predominante en nuestra cultura, la poderosa evidencia de una creación inteligente se margina hasta el punto de que ya no se puede ver lo obvio: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos” (19:1). La paradoja de una declaración sin palabras es deliciosa, así como la visión del discurso incontenible: “Un día cuenta al otro la noticia, una noche a la otra se la hace saber. Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible, por toda la tierra resuena su eco, ¡sus palabras llegan hasta los confines del mundo!” (19:2–4).

No obstante, el nombre de Dios en el pacto, Jehová (“el Señor” en muchas de nuestras Biblias), aparece siete veces relacionado con esta revelación escrita de sí mismo (19:7–11). Los seis predicamentos (19:7–9) se solapan en cierto modo, pero juntos proyectan una visión de revelación escrita que constituye un adelanto de la exposición aún más completa del Salmo 119. Uno de los rasgos sorprendentes de estas seis afirmaciones es que varias de ellas no son meramente abstractas. El texto no sólo dice algo acerca de las palabras de Dios, sino también de su función en la vida de aquellos que las absorben y obedecen. Por ejemplo: “El mandato del SEÑOR es digno de confianza” (19:7). Así es, pero el salmista no deja las cosas ahí. Precisamente por ello, hace sabios a los simples. De nuevo: “Los preceptos del Señor son rectos” (19:8), una reflexión reforzada en el siguiente versículo: “Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas” (19:9). Por esta razón, alegran el corazón (19:8): estamos siguiendo los justos preceptos y ordenanzas del Señor, que nunca se corrompen ni son manipuladores.

Estas dos esferas de revelación exigen algo más que sobrecogimiento frente al poder trascendente o que un deleite en el Dios personal que nos habla. Requieren ambas cosas simultáneamente. De hecho, nuestra respuesta debe ser arrepentimiento y fe, y una oración ferviente, en la cual pidamos al Señor que purifique nuestro interior, ayudándonos a que nuestras palabras y meditaciones sean agradables a sus ojos (19:12–14).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 227). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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