Dar verdaderos frutos

Dar verdaderos frutos

8/20/2018

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento. (Lucas 3:8)

Su carácter esencial, sus motivos, sus convicciones, sus lealtades y sus ambiciones, se mostrarán con el tiempo en lo que dice y en lo que hace. Las buenas obras no salvan, pero todo creyente es salvado para buenas obras. “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Ef. 2:10; vea también Gá. 5:22-23; Col. 1:10).

Para el creyente, el llevar fruto ocurre con la ayuda de Cristo. El apóstol Pablo se refiere a que seamos “llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo” (Fil. 1:11). Por otra parte, los incrédulos (entre ellos los que dicen ser cristianos y no lo son) con el tiempo mostrarán los malos frutos que inevitablemente produce su vida no regenerada.

Si usted está dando frutos, estará creciendo en todas las esferas que enumera Pedro: fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor (vea 2 P. 1:5-9).

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Jesús es la persona que buscan

AGOSTO, 20

Jesús es la persona que buscan

Devocional por John Piper

Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. (Mateo 28:18-20)

El último capítulo de Mateo es una ventana que se abre ante el glorioso amanecer del Cristo resucitado. A través de ella, se pueden divisar al menos tres cimas imponentes en la cordillera del carácter de Cristo: la cima de su poder, la cima de su bondad y la cima de su resolución.

Todos sabemos en nuestro corazón que si el Cristo resucitado ha de satisfacer nuestro deseo de admirar la grandeza, Él debe ser grandioso.

La gente que es demasiado débil para llevar a cabo sus planes no puede satisfacer nuestro deseo de admirar la grandeza. Admiramos aún menos a las personas que no tienen metas en la vida. Y todavía menos a aquellos cuyos planes son meramente egoístas y crueles.

Anhelamos ver y conocer a una Persona cuyo poder es ilimitado, cuyo corazón es sensible y bondadoso, y cuyo propósito es único y firme.

Los novelistas y los poetas y los guionistas de películas y de programas de televisión, de vez en cuando, crean una sombra de esta Persona. Pero no pueden satisfacer nuestra sed de admirar más que lo que la revista National Geographic de este mes puede satisfacer mi deseo de ver el Gran Cañón.

Necesitamos lo verdadero. Debemos ver el Original de todo poder y bondad y propósito. Debemos ver y adorar al Cristo resucitado.


Devocional tomado del sermón“Worship the Risen Christ”

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1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

20 AGOSTO

1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

El Salmo 27 comparte algunos temas con sus vecinos más cercanos (26; 28), pero es más eufórico que ambos.

(1) El Señor es mi luz (27:1–3). La luz evoca casi todo lo bueno: la verdad, el conocimiento, el gozo, la pureza moral, la revelación, y más. Aquí, la palabra está relacionada con “salvación” y “baluarte” (27:1); la luz se asocia con la seguridad. David se enfrenta a enemigos que le atacan como una manada de lobos, pero el Señor es su luz y salvación. David no tendrá miedo. Con un Dios tan soberano, tan bueno, que se revela tanto a sí mismo, en quién podemos deleitarnos, ¿cómo no va a ser también nuestra seguridad?

(2) El Señor es mi santuario (27:4–6), en el doble sentido que la palabra puede tener. Por un lado, el tema de los tres primeros versículos continúa. Dios es el santuario de David en cuanto a que es su protección, fortaleza: “En el día de la aflicción él me resguardará en su morada” (27:5). Sin embargo, por otro lado, esta “morada” aporta mucho más que una simple seguridad política: “Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (27:4). No quiere decir que David albergue un deseo secreto e imposible de ser levita. Más bien, tiene un profundo anhelo de permanecer en la presencia del Dios viviente. Ahí es donde se encuentra la seguridad.

(3) El Señor es mi dirección (27:7–12). David no concibe su relación con el Todopoderoso como algo estático, sino como una búsqueda vitalicia. Además, comprende que esta lo irá formando. Si busca el rostro de Dios como debiera (27:8), si suplica misericordia a fin de que él le trate compasivamente y sin airarse (27:9–10), entonces también aprenderá a conocer la forma de actuar del Señor y a andar en un camino recto (27:11). Eso no puede decirse excesivamente fuerte o con demasiada frecuencia: pretender que se está buscando a Dios sin una transformación concurrente de la vida ni una conformidad creciente a sus caminos es un sinsentido malvado y peligroso.

(4) El Señor es mi esperanza (27:13–14). Por muy cierto que sea que Dios es el refugio del creyente, en ocasiones no parece ser cierto en este mundo caído y destrozado. La verdad es que la escala del tiempo del Señor difícilmente es la misma que la nuestra. Muchas veces, él exige que le esperemos pacientemente: sus tiempos son perfectos. La vindicación de su pueblo tiene lugar de forma frecuente en la historia (27:13), pero raramente tan pronto como queremos; sin embargo, cuando lo haga de manera definitiva, su valor será incalculable. “Pon tu esperanza en el Señor; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el Señor!” (27:14).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Dios es por nosotros

Lunes 20 Agosto

Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

Romanos 8:31-32

Dios es por nosotros

¿De quién habla el apóstol Pablo cuando dice que Dios es por nosotros? ¿Quiénes son esos “nosotros”? Basta con leer los capítulos precedentes para comprender que se trata de aquellos que fueron justificados por la fe, es decir, que hallaron “la paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, que disfrutan de su “gracia” y que pueden “gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios” (Romanos 5:1-2). Cristianos, nuestra situación es maravillosa: nuestro Dios, el gran Dios Soberano, está definitiva e incondicionalmente de nuestro lado. ¿Lo creemos? ¿Lo vivimos?

Muy a menudo nos parecemos a Jacob, quien dijo: “Contra mí son todas estas cosas” (Génesis 42:36). Sin embargo era la víspera del encuentro con José, su amado hijo, quien había desaparecido hacía mucho tiempo.

No olvidemos que Dios conoce y prepara los más mínimos detalles de las circunstancias de nuestra vida y hace que todo coopere para nuestro bien (Romanos 8:28).

¡Nos pagó demasiado caro para desinteresarse de nosotros! “No escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”. ¿Podríamos hacerle la afrenta de dudar que nos ama y que desea nuestro bien? En Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Santiago 1:17).

Su mirada nos sigue (Salmo 32:8), sus brazos nos llevan (Isaías 46:4). Nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39).

Jeremías 23:21-40 – Lucas 23:26-56 – Salmo 97:1-7 – Proverbios 21:25-26

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