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1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

20 AGOSTO

1 Samuel 12 | Romanos 10 | Jeremías 49 | Salmos 26–27

El Salmo 27 comparte algunos temas con sus vecinos más cercanos (26; 28), pero es más eufórico que ambos.

(1) El Señor es mi luz (27:1–3). La luz evoca casi todo lo bueno: la verdad, el conocimiento, el gozo, la pureza moral, la revelación, y más. Aquí, la palabra está relacionada con “salvación” y “baluarte” (27:1); la luz se asocia con la seguridad. David se enfrenta a enemigos que le atacan como una manada de lobos, pero el Señor es su luz y salvación. David no tendrá miedo. Con un Dios tan soberano, tan bueno, que se revela tanto a sí mismo, en quién podemos deleitarnos, ¿cómo no va a ser también nuestra seguridad?

(2) El Señor es mi santuario (27:4–6), en el doble sentido que la palabra puede tener. Por un lado, el tema de los tres primeros versículos continúa. Dios es el santuario de David en cuanto a que es su protección, fortaleza: “En el día de la aflicción él me resguardará en su morada” (27:5). Sin embargo, por otro lado, esta “morada” aporta mucho más que una simple seguridad política: “Una sola cosa le pido al Señor, y es lo único que persigo: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (27:4). No quiere decir que David albergue un deseo secreto e imposible de ser levita. Más bien, tiene un profundo anhelo de permanecer en la presencia del Dios viviente. Ahí es donde se encuentra la seguridad.

(3) El Señor es mi dirección (27:7–12). David no concibe su relación con el Todopoderoso como algo estático, sino como una búsqueda vitalicia. Además, comprende que esta lo irá formando. Si busca el rostro de Dios como debiera (27:8), si suplica misericordia a fin de que él le trate compasivamente y sin airarse (27:9–10), entonces también aprenderá a conocer la forma de actuar del Señor y a andar en un camino recto (27:11). Eso no puede decirse excesivamente fuerte o con demasiada frecuencia: pretender que se está buscando a Dios sin una transformación concurrente de la vida ni una conformidad creciente a sus caminos es un sinsentido malvado y peligroso.

(4) El Señor es mi esperanza (27:13–14). Por muy cierto que sea que Dios es el refugio del creyente, en ocasiones no parece ser cierto en este mundo caído y destrozado. La verdad es que la escala del tiempo del Señor difícilmente es la misma que la nuestra. Muchas veces, él exige que le esperemos pacientemente: sus tiempos son perfectos. La vindicación de su pueblo tiene lugar de forma frecuente en la historia (27:13), pero raramente tan pronto como queremos; sin embargo, cuando lo haga de manera definitiva, su valor será incalculable. “Pon tu esperanza en el Señor; ten valor, cobra ánimo; ¡pon tu esperanza en el Señor!” (27:14).

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 232). Barcelona: Publicaciones Andamio.

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