Una foto antigua

Domingo 28 Octubre

Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo… yo soy Dios, y no hay otro Dios.

Isaías 46:4, 9

Una foto antigua

Ordenando un cajón, Gerardo encontró una foto muy antigua. Habían pasado setenta años desde el día en el que había sido tomada en el patio de la escuela. Por aquel entonces Gerardo tenía once o doce años. Todavía veía al fotógrafo Marcelo con su cámara de fuelle, desapareciendo bajo una tela negra una vez que había finalizado los interminables preparativos para tomar la foto, ocasión que todos aprovechaban para hacer ruido.

Ese niño alegre de pantalones cortos, ubicado a la derecha del maestro, era él. Al lado estaba Fernando, luego Mauricio, y a su lado Armando, los inseparables… Por cierto, la muerte tampoco los había separado: ninguno de ellos había vuelto de la guerra… En realidad, de los quince niños que estaban en la foto, ¿cuántos seguían vivos? ¡Solo cinco…!

Gerardo reflexionó. ¿Y si él fuese el próximo? Pues bien, ¡estaba listo para partir! Hacía más de sesenta años había encontrado la solución a ese problema. La Biblia le había dado certezas que nunca había puesto en duda. “Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4:15). “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Juan 5:1). “Vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios… tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13).

Y los diez chicos que ya no estaban, ¿habrían buscado y hallado a Jesucristo, el Salvador?

A Gerardo estos recuerdos le hicieron tomar conciencia de la inmensa gracia de Dios, que veló sobre él desde que era pequeño. Y ahora tenía la total convicción de que esa gracia le bastaría hasta el final de su vida en la tierra.

Deuteronomio 22 – Juan 13:1-20 – Salmo 119:65-72 – Proverbios 26:11-12

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

EL NACIMIENTO DEL PECADO

Octubre 27

EL NACIMIENTO DEL PECADO

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

(Santiago 1:15)

La mayoría de las personas piensan que el pecado es un acto o comportamiento individual. Pero el versículo de hoy dice que el pecado no es un acto; es el resultado de un proceso.

El pecado comienza con deseo, que está relacionado con la emoción. Comienza cuando usted desea sentirse satisfecho al adquirir algo, cuando tiene un anhelo emotivo de poseer algo que ve. Entonces la tentación afecta su mente mediante el engaño. Usted comienza a justificar su derecho a tener lo que desea. Su mente es engañada al creer que la satisfacción de sus deseos satisfará sus necesidades.

Acto seguido, su voluntad comienza a planificar cómo va a obtener lo que quiere, y cuando la lujuria es seducida (como quien dice) por la carnada, queda preñada en el vientre de la voluntad de una persona. Por último, ocurre el acto del pecado.

El saber cómo nace el pecado debiera ayudarlo a huir de la tentación.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, www.portavoz.com

¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

¿Podemos estar unidos al Vaticano? Unas palabras sobre el ecumenismo

Este artículo pertenece al libro De vuelta a Cristo: Celebrando los 500 años de la Reforma escrito por pastores hispano hablantes y publicado por Soldados de Jesucristo. Estaremos regalando los archivos digitales de este libro el 31 de octubre de 2018, en celebración del aniversario de la Reforma protestante.

«Como iglesias, debemos defender el evangelio bíblicoy nada más. Es nuestro llamado levantar en alto la verdad y exponer la falsedad… La Reforma no ha terminado… La causa de sola Scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus y soli Deo gloria continúa siendo la causa de y por la verdad bíblica» (R. C. Sproul).[1]

En el recibidor de mi casa tengo colgada una pequeña cruz de pizarra, una cruz de los hugonotes que traje un verano del sur de Francia. Escondidos entre los pinos del bosque de les Cévennes aquellos protestantes franceses celebraban sus cultos clandestinos usando púlpitos camuflados con forma de tonel. Cada día al salir de casa veo esa cruz y pienso en la persecución que muchos han sufrido por creer en la Palabra de Dios.

Ahora que celebramos el quinto centenario de la Reforma, recordamos las grandes doctrinas que muchos defendieron con sus vidas… y nos sorprende que algunos aboguen por un acercamiento a Roma. ¿Ha aceptado el catolicismo romano las 95 tesis que Lutero colgó en 1517? ¿Se acabó el debate teológico?¿Se pueden obviar las diferencias? ¿Podemos estar unidos al Vaticano?

El ecumenismo está de moda. Oímos cada dos por tres de iglesias evangélicas que tienen cultos unidos con católicos. La unidad siempre suena políticamente correcta, pero ¿qué tipo de unidad propone Roma? En círculos ecuménicos se cita constantemente Juan 17, cuando el Señor ruega al Padre «que todos sean uno» (Jn. 17:21), y en breves palabras necesitamos dar respuesta a algunas preguntas cruciales que levanta ese pasaje: ¿Por quiénes ora el Señor en Juan 17? Y ¿por qué tipo de unidad ruega al Padre?

¿Por quiénes ora Jesús?

En Juan 17 Jesús ora por los suyos. No ora por todo el mundo, sino por los que ha sacado del mundo. El Señor usa expresiones como «he manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste» (v. 6), «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me has dado» (v. 9), o «Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo» (v. 24). Cristo ora por los que el Padre le ha dado, y a éstos les da vida eterna.

Pero el pasaje de Juan 17 no solo nos dice quiénes son los cristianos, sino también cómo son. Los hijos de Dios conocen al Dios verdadero (v. 3), son los que reciben las palabras de Jesús (v. 8), los que creen que el Padre le envió (v. 8), y los que guardan la Palabra de Dios (v. 6). Jesús no habla de aquellos que se llaman a sí mismos cristianos, porque «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos» (Mt. 7:21). Jesús ora por la Iglesia verdadera, y su Iglesia no está definida por una organización terrenal, sino por la realidad espiritual del nuevo nacimiento que se hace evidente en la obediencia a su Palabra. Cristo no solo oró por los creyentes —en general— sino por los creyentes en la Palabra de Dios. Al orar por ellos exclama «que sean uno». Entre los verdaderos creyentes hay una verdadera unidad espiritual, pero al mismo tiempo existe una tremenda separación entre el mundo y los que él ha llamado del mundo. Por los demás, por los que están en el mundo, Jesús ora diciendo «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34).

¿Qué pide Jesús al Padre?

En referencia a los verdaderos cristianos, Jesús hace cuatro peticiones en Juan 17 (v. 11-26):

En primer lugar, Jesús ora por protección para los suyos. Le pide al Padre que los guarde del mal en su peregrinaje por la tierra. Que no los quite del mundo, pero que los proteja en un mundo hostil. Y en efecto, Dios el Padre guarda a los suyos hasta el final porque a pesar del odio, la persecución y el desprecio del mundo hacia sus discípulos «ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición» (v. 12).

En segundo lugar, Jesús ora por santidad para los suyos. Esta es sin duda la mayor protección en un mundo de oscuridad. La santidad protege a la Iglesia del Señor frente a los dardos de fuego del maligno. Así como el bombero se viste de amianto, la iglesia se viste de santidad. Pero esa santidad no se genera espontáneamente, sino a través de la Palabra: «Santíficalos en la verdad; tu Palabra es verdad» (v. 17). La Iglesia del Señor se mantiene santa habitando en la Palabra de Dios, porque la Palabra transforma los corazones.

En tercer lugar, Jesús ora por la unidad de la iglesia. Pide que sean «perfeccionados en unidad» (v. 23) para mostrar al mundo el evangelio de forma viva. Esta unidad es una unidad sobrenatural. El Nuevo Testamento da evidencias de la respuesta a la oración del Señor. La iglesia primitiva la componían judíos y griegos, romanos y samaritanos, y después de Pentecostés entraron en ella creyentes de toda raza, lengua y nación. Gentes que humanamente hablando serían incompatibles, pero en Cristo son hermanos con una misma fe y una misma esperanza.

En cuarto lugar, Jesús le pide al Padre por la glorificación de los creyentes. Jesús le ruega al Padre que los suyos puedan ver su gloria, y que estén con él por siempre (v. 24).

¿Por qué tipo de unidad ora?

En Juan 17 Jesús ruega por cuatro cosas para aquellos que el Padre le ha dado. Ora por nuestra protección, nuestra santidad, nuestra unidad y nuestra glorificación, para que podamos estar con él y ver su gloria (v. 1-6). La oración de Jesús es una realidad. La protección de los creyentes, la santidad de su pueblo, la unidad de los cristianos y la glorificación de sus hijos es algo tan cierto, que la Palabra incluso se refiere a ello en pasado, porque a ojos de Dios él ya nos glorificó (Ro. 8:30).

Nuestra glorificación es una realidad, y así mismo nuestra unidad en Cristo. La Iglesia de Cristo está unida, porque la unidad de los cristianos no es algo institucional que debamos fabricar, sino algo espiritual que Dios crea. No es la unidad político-teatral en la que tantos se esmeran. La unidad de los verdaderos cristianos es del mismo tipo que la que hay entre el Padre y el Hijo: «Para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros» (v. 21) ¡Somos uno en Cristo! (Ef. 4:4-6). Todos los que en verdad creen en el nombre del Señor han recibido el Espíritu Santo y forman parte de un solo Rebaño, un Cuerpo, una Nación, un Pueblo adquirido por Dios que es su Iglesia Universal (1 P. 2:9).

¿Qué pretende el ecumenismo?

La unidad de los creyentes en Cristo Jesús es una realidad que todo cristiano verdadero experimenta continuamente. Es una oración del Hijo contestada por el Padre. El ecumenismo que vemos en nuestros días no tiene nada que ver con la unidad de la que habla Juan 17. El ecumenismo de moda es una unidad de plástico que atiende a los intereses políticos de Roma. Al compás del Concilio Vaticano II, el movimiento ecuménico quiere acercar a todos los «hermanos separados» a la «santa madre iglesia». Según Roma, las iglesias evangélicas son solo «comunidades» que necesitan regresar allá donde —según ellos— continúa la sucesión apostólica.

Ecumenismo es un eufemismo para describir la ambición de Roma por recuperar su poder de antaño. El término «oikoumene» o «tierra habitada» se utilizaba en los tiempos del Imperio Romano para referirse a las tierras conquistadas. Hoy día la conquista no se pretende con dura represión sino con dulce persuasión. Ecumenismo es el nombre de la casita de chocolate en la que Roma espera que los Hansel y Gretel evangélicos acaben entrando.

¿Es más lo que nos une?

¿De verdad? Eso creen algunos. Es cierto que el catolicismo no niega la Trinidad, ni la doctrina de Jesucristo, ni las Sagradas Escrituras, ni la fe, ni la gracia… Pero lo más llamativo de las Solas de la Reforma no es lo que afirman, sino que afirman que creemos solo en lo que afirman, sin añadir nada más. Roma puede decir amén a todo lo que nosotros creemos, pero nosotros no a lo que ellos creen.

  • No creemos en la autoridad del papa, y no creemos que sea el sucesor de Pedro, porque la Roca sobre la cual Cristo construye su Iglesia es el testimonio de los apóstoles y profetas (Ef. 2:20). Dios es el Santo Padre, no el papa. Jesucristo es el Sumo Pontífice, no el papa. El Espíritu Santo es el Vicario de Cristo en la tierra, no el papa (Mt. 23:9).
  • No creemos en el magisterio de la iglesia romana. Creemos en la suficiencia de la Palabra de Dios, y rechazamos los dogmas, tradiciones y catecismos que deforman la verdad (2 Ti. 3:16; Col. 2:8).
  • No creemos que la iglesia de Roma tenga el copyright de los medios de gracia, ni que haya siete sacramentos, sino solo dos, que son el bautismo y la Cena del Señor como símbolos de realidades espirituales (Hch. 1:5; 1 Co. 11:23-27).
  • No creemos que la justificación dependa del bautismo, ni que el bautismo borre el pecado original. Cada creyente es salvo por medio de la fe en los méritos de Cristo (Lc. 23:42-43). La sangre del Cordero de Dios nos limpia de todo pecado y Dios nos declara justos por sus méritos (Ro. 5:1).
  • No creemos que los sacerdotes puedan perdonar los pecados, ni creemos en su intercesión, ni la de María, ni la de los santos, sino solo en la mediación de Cristo, a través del cual tenemos acceso al Padre (1 Ti. 2:5).
  • No creemos en el «evangelio» que predica Roma, porque Roma predica otro evangelio, enseñando que la sangre de Jesús no es suficiente, sacrificándolo de nuevo en cada misa, y añadiendo a su obra los méritos humanos (Ef. 2:8-9; Gá. 1:8).

¿De verdad es más lo que nos une? El ecumenismo pretende que las diferencias sean ignoradas, que oremos juntos, que nos llamemos hermanos, que no evangelicemos a los católicos para que Roma no pierda terreno frente al avance del Reino… Cinco siglos después, esas 95 tesis de Lutero aún siguen colgadas en la puerta de la catedral de Wittenberg, y Roma es también la misma de entonces. Volver al Vaticano es negar la verdad defendida por los reformadores y burlarse de la sangre de nuestros mártires. El ecumenismo es exactamente lo contrario a la Reforma.

Todos los cristianos que creemos (solo) en la verdad de la Palabra de Dios, estamos unidos con una unidad creada por Dios mismo. En nuestro caso, como escribió nuestro querido José Grau, «nuestro problema es ver cómo cultivamos un ecumenismo evangélico entre evangélicos», para acercarnos más a los que Cristo sacó del mundo, «porque a la desaprobación de lo que creemos errado debe seguir no sólo la protesta, sino la realización de lo que creemos es bíblico».[2]

No se trata de volver al Vaticano, sino de acercarnos juntos cada vez más a Cristo Jesús y su Santa Palabra.

[1] R. C. Sproul, Are We Together? A Protestant Analyzes Roman Catholicism [¿Estamos juntos en verdad? Un protestante analiza el catolicismo romano] (Orlando, FL: Reformation Trust Publishing, 2012), pos. 1965 de 2409.

[2] José Grau, El ecumenismo y la Biblia (Barcelona, España: Ediciones Evangélicas Europeas, 1973), 77.

David Barceló

David Barceló es originario de Palma de Mallorca, licenciado en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona, Master en Teología Bíblica por el Seminario Westminster en California (MA) y Doctor en Consejería Bíblica por el Seminario Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la ACBC (Association of Certified Biblical Couselors) y graduado en Consejería Bíblica por el Instituto de Consejería y Discipulado Bíblico de La Mesa, California (IBCD). Profesor de Consejería Bíblica en el seminario IBSTE de Castelldefels (Barcelona). David sirve en la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona desde sus inicios en 2005, siendo ordenado al pastorado en Junio de 2008. David y Elisabet están casados desde 1998 y son padres de cuatro preciosos hijos: Moisés, Daniel, Elisabet y Abraham.

http://sdejesucristo.org/podemos-estar-unidos-al-vaticano-unas-palabras-sobre-el-ecumenismo/

Jesús ha resucitado (2)

Sábado 27 Octubre

Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.

1 Corintios 15:20

Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Romanos 10:9

Jesús ha resucitado (2)

Según un sondeo, el 60% de los que dicen ser cristianos cree en la resurrección de Cristo, y solo entre el 10 y el 15% cree en la resurrección de los muertos.

Sin embargo la resurrección de Jesucristo es, junto con su muerte, el hecho más importante de la historia. Sin ella no habría ninguna esperanza para los cristianos, ninguna victoria posible sobre el mal, ni sobre la muerte. Es la piedra angular de todo el edificio cristiano; todo subsiste con ella, o todo se desploma sin ella; sin ella, Jesús ya no sería el Salvador, pues él mismo necesitaría un liberador, no habría vencido al pecado y a la muerte, y nosotros no tendríamos ninguna garantía de su victoria.

Pero Jesús salió de la tumba. ¡La muerte no pudo retenerlo! Este hecho demuestra que es verdaderamente el Hijo de Dios (Romanos 1:2-4), anuncia la resurrección futura de todos los seres humanos. Jesús mismo declaró: “El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Y el que no cree también resucitará, pero para ser juzgado (Juan 5:25, 28-29).

La resurrección de Jesús es el fundamento mismo del cristianismo. Implica la nuestra, pues es la base de la esperanza cristiana. Esta esperanza pronto se hará realidad, cuando Jesús mismo venga a sacar de la tumba a los fieles de todos los tiempos. La vida de los primeros cristianos estaba centrada en la espera de ese regreso. ¡Es lo mismo que nos sigue proponiendo la Biblia!

Deuteronomio 21 – Juan 12:27-50 – Salmo 119:57-64 – Proverbios 26:9-10

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

Octubre 26

HAY QUE RECONOCER LA TRAMPA

Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

(Santiago 1:14)

La tentación no viene de Dios, sino de adentro. El vocablo tentado se empleaba en contextos de cacería para describir animales que se atraen a las trampas, y se emplea seducido para describir pescar con una carnada. Toda persona es tentada cuando la trampa del pecado tiene una carnada que apela a su lujuria. La lujuria de una persona que responde a la seducción de la trampa la atrae engañosamente hasta el punto que es atrapada.

¿Qué nos impulsa tanto hacia la carnada? No es Dios. Y tampoco lo son Satanás, ni sus demonios, ni el sistema malvado delmundo el que nos seduce para que mordamos el anzuelo. Es nuestra naturaleza lujuriosa la que nos impulsa a morderlo. Nuestra carne, nuestra naturaleza caída, tiene un deseo de lo malo.

Desde una perspectiva espiritual, el problema es que, aunque hemos sido redimidos y hemos recibido una nueva naturaleza, tenemos todavía un enemigo dentro. La pasión interior de la carne, no Dios, es la culpable de que seamos tentados a pecar.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, www.portavoz.com

 

CEDER LOS DERECHOS

CEDER LOS DERECHOS

Charles R. Swindoll

26 de octubre, 2018

Proverbos 24, 25

Si aceptamos que el resentimiento es venenoso para el alma y que Dios demanda que nos deshagamos de él, la siguiente pregunta es obvia: ¿cómo? ¿Cómo podemos deshacernos de esta actitud tóxica? Es aquí donde la Biblia viene a nuestro rescate. Debemos hacer algo doloroso dentro de nosotros mismos: debemos ceder nuestro derecho de buscar nuestra propia justicia. Este es el primer paso para perdonar a alguien.

La injusticia le pertenece a Dios. Hay una buena razón por la cual queremos justicia. La justicia es una cualidad que Dios comparte con nosotros por ser hechos a Su imagen. Dios es justo. Dios recompensa el buen comportamiento y permite que los malos sufran el castigo por sus obras.

No hay ningún lugar en la Escritura donde se diga que el concepto de la justicia sea algo malo. Tampoco encontrara ninguna condenación para aquellos que desean la justicia. No obstante, Dios nos ha llamado a que le entreguemos todos los asuntos que requieren justicia y cedamos nuestro derecho. Dios habló de esto al principio de la historia de Israel:

«Mia es la venganza, yo pagaré; a su debido tiempo su pie resbalará. Porque está cercano el día de su calamidad, y lo que les está preparado se apresura. Ciertamente el SEÑOR juzgará a su pueblo y tendrá misericordia de sus siervos» (Deuteronomio 32:3536).

El proverbio nos asegura nuevamente: No te enfurezcas a causa de los malhechores ni tengas envidia de los impíos; porque no habrá un buen porvenir para el malo, y la lámpara de los impíos será apagada (Proverbios 24:1920).

Dios nos da Su promesa solemne de que Él se encargará de la justicia a nuestro favor y cumplirá su función de juez con toda integridad. Esta promesa nos libera de esas heridas pasadas para enfocarnos en buenas decisiones, con el deseo de crear un futuro mejor. El apóstol Pablo decía que así «damos lugar a la ira de Dios» para que Él haga Su trabajo.

«No paguen a nadie mal por mal. Procuren lo bueno delante de todos los hombres. Si es posible, en cuanto dependa de ustedes, tengan paz con todos los hombres. Amados, no se venguen ustedes mismos sino dejen lugar a la ira de Dios, porque está escrito: Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor». (Romanos 21:17-19)

Reflexión: Los primeros dos pasos para perdonar a alguien es ceder su derecho de hacer su propia justicia por el daño que le han hecho. Por cada una de las personas en la lista de los que le han ofendido, haga la siguiente oración y marque la fecha:

«Señor, el día de hoy entrego mi derecho de hacer justicia con respecto a ___________________ y el daño que esa persona me hizo. No buscaré retribución ni me deleitaré en sus caídas. La justicia es tu responsabilidad. Amén».

No se apure con este proceso. Quizás necesite varios días antes de que pueda orar de manera sincera por cada persona en su lista. Vaya haciéndolo, nombre por nombre, y de manera genuina abandone su derecho de hacer justicia por su propia mano.

La justicia es una cualidad que Dios comparte con nosotros por ser hechos a Su imagen.

Charles R. Swindoll

Adaptado del libro, Viviendo los Proverbios  (Editorial Mundo Hispano, 2014). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2018 por Charles R. Swindoll, Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

Jesús ha resucitado (1)

Viernes 26 Octubre

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.

1 Pedro 1:3

Jesús ha resucitado (1)

¡Jesús ha resucitado! Este era el gran testimonio de sus discípulos. Algunos de ellos habían estado cerca de la cruz cuando Jesús murió, otros habían huido, pero todos estaban desanimados y tristes ante la constatación de que su Maestro y amigo había muerto luego de un juicio inicuo. Sin embargo, días después, llenos de valentía y gozo, esos mismos discípulos pudieron proclamar por todas partes, a veces poniendo en peligro sus vidas, que Jesús había resucitado.

«Esos testigos de la resurrección de Jesús no pueden haber sido víctimas de una ilusión, y mucho menos haber mentido. El carácter moral de los apóstoles, sus convicciones concretas, las burlas y las persecuciones que sufrían por el hecho de predicar a un Mesías muerto y resucitado, disipan totalmente cualquier suposición de este tipo. Así, los testigos son totalmente dignos de ser creídos, y los testimonios que dieron a la resurrección de Jesucristo, punto central de su fe y de su predicación, son claros, explícitos, unánimes» (C. Barbut).

El punto de partida y el fundamento de la esperanza cristiana no es, pues, una filosofía, sino un hecho establecido (la resurrección de Jesús), extraordinario, que certifica y da testimonio al amor y a la omnipotencia de Dios.

Creyentes, tenemos certezas sobre nuestro futuro porque ya empezó con Jesucristo, el hombre resucitado.

(mañana continuará)

Deuteronomio 20 – Juan 12:1-26 – Salmo 119:49-56 – Proverbios 26:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Invertir para Cristo

Jueves 25 Octubre

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.

Eclesiastés 12:1

Invertir para Cristo

Conocí a una cristiana mayor, enferma y muy dependiente. Había sido una profesora de idiomas muy activa y había viajado mucho. Ahora, casi sorda y ciega, vivía en casa de unos parientes.

Su buena actitud, su gozo sereno y su fe viva siempre reconfortaban a los que iban a visitarla. Estaba agradecida por los cuidados que recibía y alababa la bondad de su Señor. Se interesaba de forma especial en la vida de los creyentes y en las familias que iban a verla. Oraba por cada uno de esos creyentes durante sus largos insomnios. Expresaba su gozo por haber leído mucho la Biblia durante su juventud. Ahora recordaba capítulos enteros y numerosos himnos.

Durante su juventud había acumulado un capital espiritual, y ahora, que dependía totalmente de los demás, disfrutaba de lo que podríamos llamar «intereses espirituales», lo que también beneficiaba a otros.

El versículo de hoy no solo se dirige a los incrédulos, sino también a los hijos de Dios. El tiempo de la juventud es especialmente propicio para memorizar textos bíblicos e himnos cristianos, los cuales producirán un enriquecimiento interior que durará toda la vida. ¡Es una inversión segura!

“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos… El que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:22-25).

Deuteronomio 19 – Juan 11:38-57 – Salmo 119:41-48 – Proverbios 26:5-6

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

No cometerás adulterio.

Miércoles 24 Octubre

No cometerás adulterio.

Éxodo 20:14

Pero yo (Jesús) os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.

Mateo 5:28

Séptimo mandamiento: No cometerás adulterio

Nuestra cultura permisiva considera con ligereza el adulterio (las relaciones sexuales con una persona que no sea su cónyuge). Algunos piensan que esto concierne a la vida privada y no a los demás. A esto se añade cierta banalización de las relaciones sexuales, lo cual nos hace olvidar que estas involucran la totalidad de nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo.

En el sermón del monte (Mateo 5) Jesús amplía el concepto de adulterio a la mirada codiciosa. El adulterio no concierne solamente a nuestros actos, sino también y primeramente a nuestro corazón.

Las causas que conducen al adulterio son numerosas: el peso de la soledad, la pobreza de la comunicación en la pareja, la búsqueda egoísta y exacerbada del placer… Pero el adulterio nunca es la solución para las dificultades de la pareja. Todo lo contrario, es una causa de tristeza y sufrimientos para toda la familia. ¡Significa sobre todo pecar contra Dios, quien formó esta unidad entre esposos, y corromper su obra!

El placer no es un objetivo en sí; debe ir unido a algo más grande, como la comunicación entre esposos. La unión de los corazones, sobre todo cuando tienen el mismo vínculo con el Señor, una buena actitud, escucharse y entregarse mutuamente, son la fuente de esta capacidad de relación.

El Señor tiene el poder para sanar las relaciones conyugales, relaciones que se pueden herir tan fácilmente. Quiere dar la fuerza para perdonar y vivir una vida nueva en la frescura de un amor recíproco cada vez mayor.

(continuará el próximo miércoles)

Deuteronomio 18 – Juan 11:17-37 – Salmo 119:33-40 – Proverbios 26:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

 

La conciencia

Martes 23 Octubre

Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.

Tito 1:15

Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.

Juan 8:12

La conciencia

A menudo oímos decir que cada uno actúa según su conciencia, esa voz interior que nos dice que algo está bien o está mal, si algo es falso o es justo. Podemos comparar la conciencia a una balanza con dos platillos que nos indica si dos objetos tienen el mismo peso. Esta clase de balanza no garantiza la exactitud del peso de referencia. Del mismo modo la conciencia determina sus juicios, sus evaluaciones, con respecto a referencias que no siempre son buenas.

La conciencia es una facultad mental, como la vista es una facultad del ojo. Como el ojo no puede distinguir nada sin luz, la conciencia necesita la luz de Dios para tener un discernimiento justo. La luz es independiente del ojo; ella hace que el ojo pueda ver.

La conciencia forma parte del hombre, pero la conciencia de lo que es verdadero y justo viene de Dios.

¿Cómo podemos tener acceso a este conocimiento? Por medio de la Biblia, la Palabra de Dios, que nos presenta especialmente a Jesús, el Hijo de Dios, quien vino a la tierra para dar a conocer de forma viva los caracteres de Dios: verdad, justicia, santidad, bondad, compasión, misericordia, amor… Jesús los encarnó perfectamente porque es Dios. Él mismo declaró: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Dios). “Yo soy la luz del mundo” (Juan 14:9; 8:12).

Ubiquémonos bajo esta luz; tomemos siempre la Biblia como referencia. Entonces nuestra conciencia nos indicará la buena dirección.

Deuteronomio 17 – Juan 11:1-16 – Salmo 119:25-32 – Proverbios 26:1-2

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch