¿A quién pertenece mi cuerpo?

Martes 20 Junio
Tus manos me hicieron y me formaron… como a barro me diste forma; ¿y en polvo me has de volver?
Job 10:8-9
Jesucristo… transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.
Filipenses 3:21
¿A quién pertenece mi cuerpo?
A esta pregunta, el portavoz de una asociación por el derecho a morir dignamente respondió: «A mí y solo a mí. Ni a una iglesia, ni a un partido político, ni a la medicina. Soy un ciudadano libre desde que nací y, aún más, desde que alcancé la mayoría de edad. Tengo la intención de permanecer así hasta mi último día y que nada me sea impuesto ni por los médicos, ni por mi familia, ni por mis herederos».

Esta afirmación es comprensible: nadie tiene derecho sobre la vida de otro ni sobre su cuerpo. Pero tiene un defecto: ¡ignora a Dios! Si Dios no existiera, sería lógico, e incluso saludable, querer seguir siendo dueño de su destino…

Pero el creyente sabe que fue creado por Dios, que él lo conocía incluso antes de su concepción. Y Dios también es el que decide el día de su muerte: “El Señor mata, y él da vida; él hace descender al Seol, y hace subir” (1 Samuel 2:6).

Entonces, para mí que creo en Jesús, que conozco el amor de Dios, los demás no deben decidir sobre mi vida y mi muerte, pero yo tampoco debo hacerlo. Dejo ese cuidado y esa responsabilidad a un Dios mucho más sabio que yo y que me ama. Tengo la seguridad de que este frágil cuerpo en el que habito será un día como el de mi Salvador en la gloria. Mientras tanto, recuerdo que ya no me pertenezco a mí mismo, sino a Cristo, quien pagó un alto precio (su muerte en una cruz) para comprarme; y me esfuerzo para glorificarlo con mi conducta (1 Corintios 6:19-20).

2 Reyes 20 – 1 Timoteo 2 – Salmo 73:1-9 – Proverbios 17:21-22

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LA AMARGURA, EL PECADO MAS CONTAGIOSO | Jaime Mirón

LA AMARGURA, EL PECADO MAS CONTAGIOSO

Por Jaime Mirón

Hace tiempo prediqué en una iglesia donde el pastor deseaba que yo hablase con Alberto, uno de los diáconos de su congregación. Tres años antes la esposa de Alberto había hecho abandono del hogar y se había ido con otro hombre a la ciudad capital, dejando a su marido y a sus dos hijos.

Me explicó el pastor que los esposos eran buenos cristianos y que “no había motivo” para que ella abandonara a su familia. Aproximadamente seis semanas después, la mujer entró en razón y volvió a casa arrepentida. En forma inmediata, pidió perdón a Alberto, a los hijos y hasta se presentó ante la congregación para mostrar públicamente su arrepentimiento y su disposición a sujetarse a la disciplina de la iglesia. Alberto me explicó en palabras terminantes que aunque había permitido que su esposa regresara al hogar, no la había perdonado y no la perdonaría. Peor todavía, declaró que estaba dispuesto a esperar el tiempo necesario (hasta que los hijos de 6 y 9 años crecieran y se hicieran mayores) para entonces vengarse de ella. Aunque había transcurrido poco tiempo desde el incidente con su esposa, ya se veían huellas de amargura en el rostro de Alberto.

La amargura no se ve solamente en casos tan extremos. Conozco centenares de otros ejemplos de personas que sufrieron ofensas por cosas que parecieran triviales. Menciono sólo tres:

(1) Una mujer se ofendió porque el pastor no estaba de acuerdo con su definición de “alabanza», y desde aquel momento empezó a maquinar para sacarlo de la iglesia;

(2) un hombre vivió amargada desde que lo pasaron por alto para un ascenso en su empleo.

(3) El intercambio de cartas con una profesora de Centroamérica ilustra cuán sutil puede ser la amargura en la vida del creyente.

El problema de presentación era que esta mujer se sentía sola y triste porque su hija, yerno y nietos se habían mudado a los Estados Unidos de América. En su segunda carta no utilizó la palabra “sola” sino “abandonada», y en lugar de “triste” surgió el término “enojada». En las siguientes misivas se hizo evidente que estaba sumergida en autocompasión y amargura. No sólo se sentía herida porque su hija vivía en otro país, sino además resentida porque (según ella) los otros familiares que vivían cerca no la tomaban en cuenta “después de todo lo que ella hizo por ellos».

En lo personal, empecé a estudiar el tema de la amargura poco después de un grave problema que tuvimos en la iglesia a que asistimos desde hace varios años. La dificultad radicaba en una seria diferencia de filosofía de ministerio entre los diáconos y los ancianos. Pero lo que causó la desunión no fue el problema en sí –que se habría podido resolver buscando a Dios en oración, en su Palabra y con un franco diálogo entre las partes – sino las personas ofendidas, los chismes, y la amargura resultante. En medio de esa crisis en nuestra iglesia, tuve que viajar a otro país para enseñar sobre el tema “Cómo aconsejar empleando principios bíblicos». Era domingo por la mañana y esperaba que me pasaran a buscar para llevarme a la iglesia.

Puesto que el culto comenzaba tarde contaba con un par de horas para descansar, y prendí la televisión para escuchar la transmisión del sermón del pastor de la iglesia más grande de la ciudad. No podía creer lo que oía: ese pastor estaba predicando sobre el tema que yo había enseñado el día anterior, el perdón. Como si un rayo penetrara en mi corazón, el Espíritu Santo me mostró que yo también era culpable de estar dejando crecer una raíz de amargura en mi vida por lo que ocurría en nuestra congregación. En forma inmediata me arrodillé para confesar el pecado, recibir el perdón de Dios y perdonar a los que me habían hecho daño. ¡Qué alivio trajo a mi alma! Era como si alguien sacara un peso enorme de mis hombros.

La amargura es el pecado más fácil de justificar y el más difícil de diagnosticar porque es razonable disculparlo ante los hombres y ante el mismo Dios. A la vez, es uno de los pecados más comunes, peligrosos y perjudiciales y –como veremos– el más contagioso.

Es mi esperanza y oración que la persona amargada no solamente se dé cuenta de que en verdad eso es pecado, sino que además encuentre la libertad que sólo el perdón y la maravillosa gracia de Dios le pueden ofrecer.

Mirón, J. (1994). La amargura, el pecado más contagioso (pp. 3-5). Editorial Unilit.

¿No necesita a Dios?

Lunes 19 Junio

Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.

Isaías 55:6

El conocimiento de la verdad que es según la piedad, en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos.

Tito 1:1-2

¿No necesita a Dios?

Testimonio

«Aunque había seguido un camino religioso como muchas personas, es decir, me había bautizado, tomaba la comunión… no sentía la necesidad de buscar a Dios. Cuando conocí a la mujer que hoy es mi esposa, ella me habló de Dios y de la fe cristiana. Como quería compartir el mayor tiempo posible con ella, la acompañaba al culto. A medida que las semanas pasaban, me conmovía lo que oía, y a menudo hablaba de ello con su familia… ¡Pero mi vida espiritual no iba mucho más allá del domingo por la mañana! Con el paso del tiempo, quise saber más sobre el cristianismo. Y Dios puso en mi camino a un compañero de trabajo cristiano. Ahora nos une más que una relación profesional, pues es un verdadero hermano que me ha ayudado a crecer espiritualmente. Hace más o menos tres años tomé conciencia de la realidad de Dios y reconocí a Jesús como el Salvador que necesitaba. Hoy sé que está conmigo cada día, en mis alegrías y en mis penas. ¡La vida es mucho más fácil de vivir cuando se tiene la esperanza de la vida eterna!».

Ludovic

Amigo lector, como esta persona que dio testimonio de su camino hacia Dios, quizás usted forma parte de los que no sienten la necesidad de conocer a Dios. Pero, ¿sabe que Dios lo está buscando? Él ama a todas las personas y “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4).

2 Reyes 19 – 1 Timoteo 1 – Salmo 72:12-20 – Proverbios 17:19-20

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Dios quiere que conozcamos Su sabiduría | Kevin DeYoung

Dios quiere que conozcamos Su sabiduría

Kevin DeYoung

Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro Haz algo: Descubre la voluntad de Dios (Poiema Publicaciones, 2020), por Kevin DeYoung.

Lo que los creyentes necesitamos para vivir una vida piadosa es sabiduría. Dios no nos dice el futuro, ni espera que lo adivinemos. Cuando no sabemos hacia dónde ir y tenemos que enfrentar decisiones difíciles en la vida, Dios no espera que andemos a tientas en la oscuridad tratando de encontrar Su voluntad en Su dirección. Él espera que confiemos en Él y seamos sabios.

Dios quiere que conozcamos Su sabiduría
La Palabra de Dios es viva y eficaz. Cuando leemos la Biblia, escuchamos a Dios con una seguridad que no encontramos en ningún otro libro y en ninguna otra voz. Podemos leer las Escrituras sabiendo que esto es lo que dice el Espíritu Santo. Y a medida que las leemos, las releemos, las meditamos y las digerimos, llegaremos a tener «la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15).

Pero la Biblia no es un libro de casos. No nos da información explícita sobre el noviazgo o las carreras, o sobre cuándo empezar una iglesia o comprar una casa. Todos hemos deseado que la Biblia fuera ese tipo de libro, pero no lo es, porque Dios está más interesado en algo más que el hecho de que podamos cumplir con Su listado de tareas: Él quiere nuestra transformación.

Dios quiere que lo conozcamos íntimamente
Dios no solo quiere que obedezcamos Sus mandamientos de manera externa. Él quiere que lo conozcamos tan íntimamente que Sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos, Sus caminos en nuestros caminos, Sus deseos en nuestros deseos. Dios quiere que bebamos tan profundamente de las Escrituras que nuestras mentes y corazones sean transformados para que podamos amar lo que Él ama y odiar lo que Él odia. Romanos 12:1-2 es el texto clásico sobre este tipo de transformación espiritual:

Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes. Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto.

Aquí hay tres mandamientos: (1) Ofrecer nuestros cuerpos como sacrificios vivos, (2) no amoldarnos al mundo actual, (3) ser transformados mediante la renovación de nuestras mentes. Si hacemos estas tres cosas, podremos discernir cuál es la voluntad de Dios. Así funciona la vida cristiana. No hay atajos. Dios quiere que nos ofrezcamos a Él por completo, que nos apartemos de los caminos del mundo y así seamos transformados. Solo entonces tendremos algo mejor que revelaciones especiales sobre el futuro. Tendremos sabiduría.

Dios quiere que desarrollemos un gusto por la piedad
Mi esposa, Trisha, no aprecia mi —¿cómo decirlo?— paladar sensible. La verdad: soy difícil para comer. Hay demasiadas comidas que no me gustan, y puedo detectar muy fácilmente cuando hay algún ingrediente nuevo en una receta que ya es familiar. Así debiéramos ser con la Palabra de Dios. Debemos ingerirla y digerirla con tanta regularidad que lleguemos a desarrollar un gusto por la piedad. Eso es sabiduría.

La sabiduría es la diferencia entre conocer a un biólogo de clase mundial que pueda escribir tus ensayos por ti y aprender de un biólogo de clase mundial para poder escribir ensayos como él.

Muchos de nosotros queremos que Dios sea un académico de clase mundial que escriba nuestros ensayos y viva nuestras vidas, pero Dios quiere que nos sentemos a Sus pies y leamos Su Palabra para poder vivir una vida que refleje a Su Hijo. Dios no quiere revelarnos el futuro por una sencilla pero profunda razón: nos convertimos en aquello que contemplamos. Dios quiere que le contemplemos en Su gloria para ser transformados a Su semejanza (2 Co 3:18). Si Dios nos resolviera todo, no tendríamos que confiar en Él ni aprender a deleitarnos en Su gloria. Dios dice: «No te voy a dar una bola de cristal. Te voy a dar mi Palabra. Medita en ella; contémplame en ella; sé como yo».

Busca la sabiduría de Dios en comunidad
Los sabios leen y memorizan la Escritura. Les encanta escuchar a otros leerla, predicarla y cantarla. Pero los sabios también saben que necesitan leer la Biblia en comunidad. Necesitamos escuchar lo que dicen los demás cristianos que leen sus Biblias. Si queremos tomar decisiones sabias, debemos buscar el consejo de los demás. Esto es particularmente importante al tomar decisiones amorales o decisiones sobre asuntos que no se tratan claramente en las Escrituras. Esto no quiere decir que tenemos que hacer lo que crea la mayoría, ni que las decisiones que tomemos tienen que agradarle a todo el mundo, ni que debemos consultar a todo cristiano que tengamos cerca. Pero cuando la Palabra de Dios no habla decisivamente, o cuando el tema que tienes por delante ni siquiera es mencionado en la Escritura, es sabio escuchar a otros cristianos.

Considera estas palabras de Proverbios:

El sabio oirá y crecerá en conocimiento,
Y el inteligente adquirirá habilidad (1:5).

El camino del necio es recto a sus propios ojos,
Pero el que escucha consejos es sabio (12:15).

Sin consulta, los planes se frustran,
Pero con muchos consejeros, triunfan (15:22).

Escucha el consejo y acepta la corrección,
Para que seas sabio el resto de tus días (19:20).

Una de las virtudes que más aprecio en los demás, y una que espero reflejar, es el ser enseñable. ¿Estás dispuesto a cambiar tu parecer cuando el argumento de otro tiene más peso que el tuyo? ¿Estás dispuesto a escuchar un buen consejo de otros labios que no sean los tuyos, y que tal vez contradiga tus ideas preconcebidas? ¿Estás dispuesto a decir: «Eso no se me había ocurrido» o «Puedo ver tu punto»? Si nadie te ha escuchado cambiar de opinión acerca de algo, o eres un dios o te crees que lo eres. Puedo decir sin temor a equivocarme que tomo mejores decisiones cuando las consulto con mi esposa. Tomo mejores decisiones cuando lo hago junto con los demás pastores de mi iglesia. Soy más sabio cuando escucho primero a mis amigos.

Por supuesto, muchas veces tienes que decidir las cosas por ti mismo. En ocasiones tendrás que ir contra la corriente porque sabes que es lo correcto. Pero para la mayoría de nuestras decisiones, haría mucho bien el simplemente preguntar a otro: «¿Qué piensas?». Nos la pasamos preguntándole a Dios: «¿Cuál es tu voluntad?», cuando Él probablemente está pensando: «Pues, consíguete un amigo. Ve y habla con alguien. Por algo redimí a tantas personas: cometen menos errores cuando hablan entre ustedes. Pide consejo».

Adquiere el libro

Kevin DeYoung (MDiv, Seminario Teológico Gordon-Conwell) es pastor principal de la Iglesia Christ Covenant en Matthews, Carolina del Norte, presidente de la junta de The Gospel Coalition, profesor asistente de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado (Charlotte) y candidato a doctorado en la Universidad de Leicester. Es autor de numerosos libros, incluyendo Just Do Something. Kevin y su esposa, Trisha, tienen siete hijos.

Banda ancha con Dios

Domingo 18 Junio
(Jesús dijo:) Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
Mateo 7:7-8
Banda ancha con Dios
Los operadores de telecomunicaciones compiten en todo el mundo para instalar estructuras de acceso a internet. No solo tienen que equipar muchas regiones aún vírgenes, sino también aumentar la velocidad, la banda ancha y la capacidad de almacenamiento para mejorar la navegación. Así podemos «navegar» con tiempos de carga cada vez más reducidos. ¡Cuántos avances tecnológicos se han producido en los últimos años!

Sin embargo, hay un canal de comunicación que todos utilizamos muy poco: la banda ancha es ilimitada, el paquete es gratuito, la disponibilidad del interlocutor está garantizada 7 días a la semana, 24 horas al día. ¿Quién es el interlocutor? ¡Dios mismo! Él nos escucha: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5:14). Y sabemos que su voluntad es que todo hombre sea salvo (1 Timoteo 2:4).

Aún más, si conocemos a Dios como nuestro Padre, esta es una línea en la que podemos encontrar una respuesta a los temas fundamentales: felicidad, justicia, pero también una respuesta a nuestras preocupaciones y dificultades cotidianas.

Primero debemos dirigirnos a él reconociendo nuestra injusticia, nuestro pecado, y admitir simplemente que necesitamos a Jesús, el Hijo de Dios, como nuestro Salvador. Reconocerlo y aceptarlo nos permitirá utilizar constantemente nuestra “conexión” con Dios, para solicitar más y más sus infinitos recursos.

“Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Y seré hallado por vosotros, dice el Señor” (Jeremías 29:13-14).

2 Reyes 18 – Efesios 6 – Salmo 72:1-11 – Proverbios 17:17-18

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Fidelidad o confianza

Sábado 17 Junio
Confía en el Señor, y haz el bien; y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad. Deléitate asimismo en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón.
Salmo 37:3-4
Son muchos los que pregonan cada cual su propia bondad; ¿mas quién hallará al hombre fiel?
Proverbios 20:6 – V. M.

El fruto del Espíritu (8)
Fidelidad o confianza
El séptimo sabor del fruto del Espíritu es la fidelidad. En la Biblia se dice varias veces que Dios es fiel (1 Corintios 1:9), es decir, veraz, que mantiene sus promesas y cumple lo que dice. Entonces podemos confiar en él y en su Palabra, y a nuestra vez, ser fieles a nuestros compromisos, a nuestra palabra, en nuestras relaciones, y fieles administradores de todo lo que Dios nos ha confiado (1 Corintios 4:2).

Esta fidelidad va de la mano de la fe, de la confianza en Dios, pues en nosotros mismos no tenemos fuerzas. Además, la palabra traducida en estos versículos por “fidelidad” contiene ambos pensamientos: fidelidad y fe. Como Dios es fiel, podemos confiar en él, tener fe en él, y esta confianza nos da la fuerza para ser fieles.

En ciertos casos la fidelidad podría no ser buena. Como cristianos debemos preguntarnos: lo que creemos que es la fidelidad, ¿es el fruto del Espíritu? ¿O acaso es un simple apego a nuestra educación, a las tradiciones, a las reglas sociales, al miedo a los demás, a las amistades a veces insanas?

¡Nuestra fidelidad debe ser a Jesús! ¡Una confianza absoluta en su amor! Sus resultados son una buena conciencia, fuente de paz y serenidad. La fidelidad produce un testimonio, fruto del Espíritu, que muestra nuestros vínculos de comunión con el Salvador.

(continuará el sábado próximo)
2 Reyes 17:24-41 – Efesios 5 – Salmo 71:19-24 – Proverbios 17:15-16

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¿Quién? ¿Yo? | Pepe Mendoza

¿Quién? ¿Yo? | Reflexión

Pepe Mendoza

1 Reyes 18 – 20  y   1 Juan 1 – 2

Cuando Acab vio a Elías, Acab le dijo: “¿Eres tú, perturbador de Israel?” Y él respondió: “Yo no he perturbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, porque ustedes han abandonado los mandamientos del Señor y han seguido a los baales”. 

(1 Reyes 18:17-18)

Todos nosotros deseamos ser personas a carta cabal porque estamos dotados para desarrollar nuestras personas. Es nuestra responsabilidad, entonces, organizarla para hacer de ella una vida efectiva y fructífera. Todos queremos desarrollarnos como personas sin convertirnos en personajes de ficción que son solo una actuación para agradar a los demás y ocultar lo que en verdad somos. Tampoco queremos ser parte del personal, convirtiéndome en parte de una masa impersonal, un número, una cuenta bancaria, un mero código de barras. La verdad es que todos queremos ser identificados por nuestros nombres de manera individual y reconocidos por nuestras características particulares.

Todos los seres humanos tenemos características comunes que expresamos, usamos y las hemos hecho crecer de diferentes maneras. Tenemos capacidad de nuestra propia existencia, gozamos de memoria, capacidad de reflexión y afectos particulares. Tenemos voluntad y somos capaces de tomar decisiones y ejecutarlas.

El problema es que toda esta constitución perfecta se ve afectada por problemas de índole espiritual y de formación (o deformación) en el devenir de nuestra existencia. Así es que cada uno de nosotros lleva la carga de algún tipo de deterioro anímico y personal que nos hace infelices e incapaces de alcanzar el pleno de nuestras potencialidades. Sin embargo, todo esto no nos hace irresponsables, sino que nos obliga a poder trabajar y encontrar respuestas para cada uno de nuestros dilemas.

John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, escribió en su diario: “Soy un hombre reservado, frío, austero y cohibido: mis adversarios políticos dicen que soy un sombrío misántropo* y mis enemigos personales me tildan de salvaje insociable. Pese a que conozco el defecto de mi carácter, no por eso tengo la maleabilidad necesaria para reformarlo *(que manifiesta aversión por el trato humano)”.

Los que conocen la obra política de este hombre podrían sorprenderse con esta afirmación tan oscura de sí mismo. Como ministro de Estado fue uno de los formuladores de la política exterior norteamericana. Él fue un defensor destacado de la libertad de expresión y portavoz de la causa antiesclavista. Sin embargo, todos los logros profesionales, la fuerza y pujanza para sacar adelante un ideal, y hasta un país, se ven empañados por un hombre que no podía lidiar con las debilidades de su propio carácter.

Como ven, no podemos dejar el trabajo de nuestro carácter a la casualidad. Puede decirse sin exageración que los individuos que fracasan con el desarrollo de su carácter son una gran tragedia porque las guerras llegan y se van las circunstancias económicas se modifican de acuerdo con los diferentes factores en juego; las desventajas naturales y las catástrofes inherentes a la existencia humana afectan con frecuencia variable a todo el mundo; las desigualdades sociales son crueles con algunos, y la prosperidad arruina a otros; pero a través de todas las situaciones de esta escena complicada, en la mansión como en la choza, en la guerra como en la paz, en opulencia o pobreza, en felicidad doméstica o discordia, entre los ignorantes o los académicos; por doquier, solo un carácter afirmado, sano y vibrante puede dar la posibilidad de vivir por encima de todo aquello que nos toca vivir y no podemos modificar.

Elías iba a tener su primer encuentro con el temible rey Acab. Las primeras palabras de Acab al ver a Elías demuestran el grado de desarticulación de su carácter. Le increpó al profeta los daños que el juicio de Dios había producido sobre toda la nación. Elías tuvo que corregirlo y decirle: “Tú eres el culpable” a lo que el rey no respondió ni una sola palabra, se quedó pasmado, incapaz de entender lo que Elías le decía. El problema de Acab, al igual que el de muchos hombres y mujeres del siglo XXI, es que era incapaz de reconocer un esquema valórico superior a su propia e irrefrenable voluntad, y menos podía aceptar como propias las consecuencias de sus funestas decisiones.

Desde los tiempos de Jeroboam, todo Israel había perdido el norte y cada uno se había dejado llevar por sus propios desvaríos y opiniones. Todo el pueblo mantenía la misma actitud irresponsable de Acab. Elías lo supo describir muy bien cuando se presentó delante del pueblo diciéndoles: “¿Hasta cuándo vacilarán entre dos opiniones? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal, síganlo a él. Pero el pueblo no le respondió ni una palabra” (1 Re. 18:21b).

La nueva religión de Israel mostraba la desarticulación del carácter de los hebreos. Ahora adoraban a una pequeña estatuilla de barro llamada Baal (Señor) y tenían un culto sin valores o demandas. Todo se basaba en la búsqueda de su propio provecho y satisfacción. Aun las prácticas religiosas eran inhumanas y hasta sanguinarias, pero eso era lo que al pueblo, al parecer, le agradaba. Esas tristes convicciones de los profetas de Baal se observan durante su enfrentamiento con Elías:

 “Entonces tomaron el novillo que les dieron y lo prepararon, e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: Oh Baal, respóndenos. Pero no hubo voz ni nadie respondió. Y danzaban alrededor del altar que habían hecho… Y gritaban a grandes voces y se sajaban, según su costumbre, con espadas y lanzas hasta que la sangre chorreaba sobre ellosPasado el mediodía, se pusieron a gritar frenéticamente” (1 Re. 18:26,28,29a).

Esa era la triste realidad de un pueblo distanciado de Dios que había caído en la locura al abandonar la cordura que solo el Señor puede brindar.

Ninguno de nosotros está libre de perder el control sobre su propio carácter. Es un trabajo diario, constante y persistente, no podemos soldarlo para que quede inamovible; es más bien como un río, cuya corriente debe llegar al mar; tendrá remolinos, crecidas, caminos tortuosos, pero siempre se dirigirá en la misma dirección. Y esa es nuestra tarea: tener una sola dirección que nos permita saber que estamos yendo a alguna parte.

Nuestro carácter tiene que ser ejercitado de manera permanente porque los embates contra él son permanentes. Por ejemplo, Elías había tenido sucesivas victorias espirituales. Sin embargo, sus fortalezas se vieron debilitadas cuando, de repente, se vio amenazado por Jezabel, la temible esposa de Acab. Ella decretó su muerte inmediata, y Elías, lleno de temor, huyó despavorido: “y anduvo por el desierto un día de camino, y vino y se sentó bajo un arbusto; pidió morirse y dijo: Basta ya, Señor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres” (1 Re. 19:4).

La grandeza de un carácter está tanto en su grandeza como en su delicadeza. Elías era un hombre como cualquiera de nosotros y podía sucumbir ante la prueba como cualquiera de nosotros. Pero el Señor estuvo cerca para fortalecer su carácter, así como está cerca de nosotros para fortalecernos de la misma manera. La solución para Dios no radicaba en cambiar las circunstancias, sino en devolverle el norte a Elías con su voluntad. El Señor le hizo la misma pregunta dos veces: “¿Qué haces aquí, Elías? ” (1 Re. 19:9b,13b).

Elías respondió desde su propio corazón, con miedo pero sin excusas: “Entonces él respondió: He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos; porque los Israelitas han abandonado Tu pacto, han derribado Tus altares y han matado a espada a Tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela” (1 Re. 19:14). El Señor no lo dejó escondido, no le secó las lágrimas, no le justificó su miedo, lo que hizo fue simplemente devolverle la dirección perdida: “Y el Señor le dijo: “Ve, regresa por tu camino” (1 Re. 19:15a).

Elías no podía dejar de ser Elías, así como tú no puedes dejar de ser tú. Todos nosotros debemos volver sobre nuestros pasos para saber quiénes somos y adónde vamos. ¿Dónde estás ahora? ¿En qué líos estás metido? ¿Por qué estás allí? Si no eres sincero en tus respuestas, antes de buscar tener un carácter organizado, preferirás organizar coartadas y justificaciones que quiten de en medio tu responsabilidad. Puedes también manifestarte impotente ante las circunstancias, que es también una de las mayores puertas de escape a la responsabilidad.

En realidad, el fatalismo es uno de los estados más cómodos en los que puede vivir el hombre. Pero si eres sincero, podrás compartir lo que dijo el apóstol Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 Jn. 1:8-9). Reconocer nuestras faltas, pecados y dificultades delante del Señor es el primer gran paso para empezar a superarlas.

Solo la Palabra de Dios aplicada al corazón y a la vida práctica puede ayudarnos a fortalecer nuestro carácter y ayudarnos a alcanzar siempre un grado elevado de unidad en nuestra vida. Sin ella, nuestras vidas estarían divididas y diseminadas, pero con ella en el corazón alcanzarán totalidad, responsabilidad y coherencia. Así como cuando falla el sistema nervioso y el cuerpo puede empezar a manifestar desórdenes en su comportamiento que le impiden actuar en unidad; así también los reflejos, impulsos, deseos, emociones, pensamientos y propósitos deben hallarse coordinados en la Palabra de Dios para formar un carácter efectivo.

Nuevamente te pregunto: ¿QUÉ HACES AQUÍ…? Una respuesta sincera puede marcar la diferencia.

¿Por quién se entregó Jesús?

Viernes 16 Junio
Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios.
Efesios 5:2
Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.
Efesios 5:25
El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Gálatas 2:20
¿Por quién se entregó Jesús?
En los tres versículos citados en el encabezamiento dice que Cristo se entregó a sí mismo, es decir, se dio voluntariamente en cuerpo y alma, hasta el sacrificio supremo: su muerte en la cruz.

– Cristo “se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios”. Dios quiso salvar a los pecadores, y Jesús se entregó para salvarnos. Ante todo, se ofreció a sí mismo en sacrificio a Dios; sabía que era su voluntad que él diera su vida. Antes de ir a la cruz, dijo: “Para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago” (Juan 14:31).

– “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”. Dios también quiso dar una esposa amada a su Hijo. Esta esposa es la “Iglesia”, formada por todos los que creen en Jesús, quien los une. Ella es “la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). Jesús se entregó por amor a ella, y la cuida (Efesios 5:29).

– “El Hijo de Dios… me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Si el sacrificio de Jesús concierne al conjunto de todos los creyentes, también concierne a cada uno personalmente. Si he creído en él, puedo afirmar: ¡El Hijo de Dios se entregó por mí! Mis pecados merecían el juicio de Dios, estaba perdido. Jesús resolvió esta cuestión dando su vida por mí, personalmente, ¡porque me ama!

¡Maravilloso amor que supera todo conocimiento! (Efesios 3:18-19).

2 Reyes 17:1-23 – Efesios 4:17-32 – Salmo 71:12-18 – Proverbios 17:13-14

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¿Qué es la Teología Reformada? | James Montgomery Boice

¿Qué es la Teología Reformada?
Por James Montgomery Boice

La teología reformada toma su nombre a partir de la Reforma protestante del siglo XVI, con sus diferentes énfasis teológicos, sino que es la teología sólidamente basada en la Biblia misma. Los creyentes en la tradición reformada consideran muy en alto las contribuciones específicas de personas tales como Martin Lutero, John Knox y especialmente Juan Calvino, pero también encuentran sus fuertes distintivos en los gigantes de la fe antes que ellos, como Anselmo y Agustín, y en última instancia en las cartas de Pablo y las enseñanzas de Jesucristo. Los cristianos Reformados sostienen que las doctrinas propias de todos los cristianos, incluyendo la Trinidad, la deidad verdadera y la verdadera humanidad de Jesucristo, la necesidad de la expiación de Jesús por el pecado, la iglesia como una institución ordenada por Dios, la inspiración de la Biblia, el requisito de que los cristianos vivan vidas morales, y la resurrección del cuerpo. Ellos sostienen otras doctrinas en común con los cristianos evangélicos, como la justificación solo por la fe, la necesidad del nuevo nacimiento, el regreso personal y visible de Jesucristo, y la Gran Comisión. ¿Cuál es, entonces, el distintivo de la teología reformada?

  1. La Doctrina de la Escritura.

El compromiso reformado a la Escritura hace hincapié en la inspiración, autoridad y suficiencia de la Biblia. Puesto que la Biblia es la Palabra de Dios y por lo tanto tiene la autoridad de Dios mismo, los reformados afirman que esta autoridad es superior a la de todos los gobiernos y todas las jerarquías de la iglesia. Esta convicción ha dado a los creyentes reformados el valor de enfrentarse a la tiranía y ha hecho de la teología Reformada una fuerza revolucionaria en la sociedad. La suficiencia de la Escritura significa que no tiene que ser complementada con revelación especial nueva o continua. La Biblia es la guía más que suficiente para lo que hemos de creer y cómo debemos vivir como cristianos.

Los reformadores, y en particular Juan Calvino, hicieron hincapié en la forma en que la Palabra objetiva y escrita y el ministerio interno, sobrenatural del Espíritu Santo trabajan juntos, el Espíritu Santo iluminando la Palabra para el pueblo de Dios. La Palabra sin la iluminación del Espíritu Santo sigue siendo un libro cerrado. La supuesta dirección del Espíritu sin la Palabra lleva a errores y excesos. Los reformadores también insistían en el derecho de los creyentes a estudiar la Biblia por sí mismos. Aunque no se puede negar el valor de los maestros capacitados, ellos entendieron que la claridad de las Escrituras en asuntos esenciales para la salvación hace de la Biblia perteneciente a cada creyente. Con este derecho de acceso siempre viene la responsabilidad de una interpretación cuidadosa y precisa.

  1. La Soberanía de Dios.

Para la mayoría de los reformados el principal y más distintivo artículo del credo es la soberanía de Dios. La soberanía significa gobierno, y la soberanía de Dios significa que Dios gobierna sobre Su creación con absoluto poder y autoridad. Él determina lo que va a suceder, y sucede. Dios no está alarmado, frustrado o derrotado por las circunstancias, por el pecado, o por la rebelión de Sus criaturas.

  1. Las Doctrinas de la Gracia.

La teología reformada enfatiza las doctrinas de la gracia, más conocidas por el acrónimo TULIP aunque esto no se corresponde con los mejores posibles nombres para las cinco doctrinas.

La “T” representa la Depravación Total. Esto no significa que todas las personas son tan malas como podría ser. Significa más bien que todos los seres humanos se ven afectados por el pecado en cada área de pensamiento y conducta, de manera que nada de lo que salga de cualquier persona aparte de la gracia regeneradora de Dios pueden agradar a Dios. En lo que se refiere a nuestra relación con Dios, todos estamos tan arruinados por el pecado que nadie puede entender correctamente ni a Dios ni los caminos de Dios. Tampoco buscamos a Dios, a menos que Él primero obre dentro de nosotros para llevarnos a hacerlo.

La “U” Representa la Elección Incondicional. Un énfasis en la elección molesta a mucha gente, pero el problema que sienten no es en realidad con la elección; es con la depravación. Si los pecadores son tan indefensos en su depravación, como dice la Biblia que lo son, incapaces de conocer e indispuestos a buscar a Dios, entonces la única forma en que posiblemente se podrían salvar es que Dios tome la iniciativa para cambiarlos y salvarlos. Esto es lo que significa la elección. Es Dios eligiendo para salvar a los que, aparte de su elección soberana y acción posterior, sin duda perecerían.

La “L” Representa la Expiación Limitada. El nombre es potencialmente engañoso, porque parece sugerir que las personas reformadas desean de alguna manera limitar el valor de la muerte de Cristo. Este no es el caso. El valor de la muerte de Jesús es infinito. La pregunta más bien es ¿cuál es el propósito de la muerte de Cristo, y lo que Él logró en el misma? ¿Tuvo Cristo la intención de solo hacer posible la salvación? ¿O en realidad salvó a aquellos por quienes Él murió? La teología reformada hace hincapié en que Jesús realmente pagó por los pecados de aquellos que el Padre había escogido. De hecho propició la ira de Dios hacia Su pueblo al llevar su juicio sobre Sí mismo, en realidad redimió, y de hecho reconcilió a personas concretas a Dios. Un mejor nombre para la expiación “limitada” sería redención “particular” ó “específica.”

La “I” Representa la Gracia Irresistible. Pero cuando Dios obra en nuestros corazones, regenera y crea una voluntad interior renovada, entonces lo que era indeseable antes se vuelve algo deseable, y corremos hacia Jesús tal como antes huíamos de El. Los pecadores caídos se resisten a la gracia de Dios, pero Su gracia regeneradora es eficaz. Vence el pecado y lleva a cabo el propósito de Dios.

La “P” Representa la Perseverancia de los Santos. Un mejor nombre podría ser “la perseverancia de Dios con los santos,” pero ambas ideas están realmente involucradas. Dios persevera con nosotros, nos impide apartarnos, como sin duda lo hacemos si El no estuviera con nosotros. Pero debido a que Él persevera, también nosotros perseveramos. De hecho, la perseverancia es la prueba definitiva de la elección. Nosotros perseveramos porque Dios nos preserva de una completa y definitiva caída fuera de Él.

  1. El Mandato Cultural.

La teología reformada también hace hincapié en el mandato cultural, o la obligación de los cristianos de vivir activamente en la sociedad y trabajar para la transformación del mundo y de sus culturas. Los reformados han tenido diferentes puntos de vista en esta materia, en función del grado en que ellos creen que esa transformación sea posible, pero en general están de acuerdo en dos cosas. En primer lugar, somos llamados a estar en el mundo y no apartarnos de él. Esto separa a los creyentes reformados del monasticismo. En segundo lugar, hemos de alimentar al hambriento, vestir al desnudo, visitar al preso. Pero las principales necesidades de las personas siguen siendo espirituales, y el trabajo social no es una alternativa adecuada para el evangelismo. De hecho, los esfuerzos para ayudar a las personas sólo serán verdaderamente eficaces mientras sus mentes y corazones son cambiados por el evangelio. Esto separa a los creyentes reformados del simple humanitarismo. Se ha objetado a la teología reformada que cualquiera que crea lo reformado perderá toda la motivación por el evangelismo. “Si Dios hace todo el trabajo, ¿por qué habría de preocuparme?” Pero no funciona de esa manera. Es debido a que Dios hace la obra, que nosotros podemos tener valor para unirnos a Él en ello, mientras Él nos manda hacerlo. Lo hacemos con gozo, sabiendo que nuestros esfuerzos no serán en vano.

¡Tengo una revelación para usted!

Jueves 15 Junio
No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo el Señor vuestro Dios.
Levítico 19:31
¡Tengo una revelación para usted!
Los astrólogos y videntes ofrecen sus servicios para revelar el futuro. Pero la Biblia nos prohíbe consultarlos. Solo Dios, quien es soberano y conoce el pasado, el presente y el futuro, puede declarar por anticipado lo que va a suceder. “Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho” (Isaías 46:9-10).

En la Biblia hay muchas profecías. Algunas ya se cumplieron, otras aún no, pero todas se cumplirán en el momento elegido por Dios. Cuando Jesús estaba en la tierra, dijo: “Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy” (Juan 13:19). Este es uno de los muchos testimonios de su divinidad. Él es Dios, el Hijo de Dios, quien sabe todo de antemano. Su venida a la tierra para cumplir estas profecías fue predicha con antelación. Más de 700 años antes de que viniera, Isaías predijo su sufrimiento y su muerte en la cruz (véase Isaías 53:7-10). Esto se cumplió hace cerca de 2000 años. Ahora que Jesús resucitó, esperamos el cumplimiento de su promesa: volver para llevar a los creyentes a la bendita presencia de Dios, junto a él (Juan 14:3). Esta promesa sostiene nuestra fe. Todos los que han puesto su confianza en Jesús cuentan con él para su futuro.

“Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Pedro 3:17-18).

2 Reyes 16 – Efesios 4:1-16 – Salmo 71:7-11 – Proverbios 17:11-12

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