¿Quién? ¿Yo? | Pepe Mendoza

¿Quién? ¿Yo? | Reflexión
1 Reyes 18 ā 20 y 1 Juan 1 ā 2
Cuando Acab vio a ElĆas, Acab le dijo: āĀæEres tĆŗ, perturbador de Israel?ā Y Ć©l respondió: āYo no he perturbado a Israel, sino tĆŗ y la casa de tu padre, porque ustedes han abandonado los mandamientos del SeƱor y han seguido a los baalesā.
(1 Reyes 18:17-18)
Todos nosotros deseamos ser personas a carta cabal porque estamos dotados para desarrollar nuestras personas. Es nuestra responsabilidad, entonces, organizarla para hacer de ella una vida efectiva y fructĆfera. Todos queremos desarrollarnos como personas sin convertirnos en personajes de ficción que son solo una actuación para agradar a los demĆ”s y ocultar lo que en verdad somos. Tampoco queremos ser parte del personal, convirtiĆ©ndome en parte de una masa impersonal, un nĆŗmero, una cuenta bancaria, un mero código de barras. La verdad es que todos queremos ser identificados por nuestros nombres de manera individual y reconocidos por nuestras caracterĆsticas particulares.
Todos los seres humanos tenemos caracterĆsticas comunes que expresamos, usamos y las hemos hecho crecer de diferentes maneras. Tenemos capacidad de nuestra propia existencia, gozamos de memoria, capacidad de reflexión y afectos particulares. Tenemos voluntad y somos capaces de tomar decisiones y ejecutarlas.
El problema es que toda esta constitución perfecta se ve afectada por problemas de Ćndole espiritual y de formación (o deformación) en el devenir de nuestra existencia. AsĆ es que cada uno de nosotros lleva la carga de algĆŗn tipo de deterioro anĆmico y personal que nos hace infelices e incapaces de alcanzar el pleno de nuestras potencialidades. Sin embargo, todo esto no nos hace irresponsables, sino que nos obliga a poder trabajar y encontrar respuestas para cada uno de nuestros dilemas.
John Quincy Adams, sexto presidente de Estados Unidos, escribió en su diario: āSoy un hombre reservado, frĆo, austero y cohibido: mis adversarios polĆticos dicen que soy un sombrĆo misĆ”ntropo* y mis enemigos personales me tildan de salvaje insociable. Pese a que conozco el defecto de mi carĆ”cter, no por eso tengo la maleabilidad necesaria para reformarlo *(que manifiesta aversión por el trato humano)ā.
Los que conocen la obra polĆtica de este hombre podrĆan sorprenderse con esta afirmación tan oscura de sĆ mismo. Como ministro de Estado fue uno de los formuladores de la polĆtica exterior norteamericana. Ćl fue un defensor destacado de la libertad de expresión y portavoz de la causa antiesclavista. Sin embargo, todos los logros profesionales, la fuerza y pujanza para sacar adelante un ideal, y hasta un paĆs, se ven empaƱados por un hombre que no podĆa lidiar con las debilidades de su propio carĆ”cter.
Como ven, no podemos dejar el trabajo de nuestro carÔcter a la casualidad. Puede decirse sin exageración que los individuos que fracasan con el desarrollo de su carÔcter son una gran tragedia porque las guerras llegan y se van las circunstancias económicas se modifican de acuerdo con los diferentes factores en juego; las desventajas naturales y las catÔstrofes inherentes a la existencia humana afectan con frecuencia variable a todo el mundo; las desigualdades sociales son crueles con algunos, y la prosperidad arruina a otros; pero a través de todas las situaciones de esta escena complicada, en la mansión como en la choza, en la guerra como en la paz, en opulencia o pobreza, en felicidad doméstica o discordia, entre los ignorantes o los académicos; por doquier, solo un carÔcter afirmado, sano y vibrante puede dar la posibilidad de vivir por encima de todo aquello que nos toca vivir y no podemos modificar.
ElĆas iba a tener su primer encuentro con el temible rey Acab. Las primeras palabras de Acab al ver a ElĆas demuestran el grado de desarticulación de su carĆ”cter. Le increpó al profeta los daƱos que el juicio de Dios habĆa producido sobre toda la nación. ElĆas tuvo que corregirlo y decirle: āTĆŗ eres el culpableā a lo que el rey no respondió ni una sola palabra, se quedó pasmado, incapaz de entender lo que ElĆas le decĆa. El problema de Acab, al igual que el de muchos hombres y mujeres del siglo XXI, es que era incapaz de reconocer un esquema valórico superior a su propia e irrefrenable voluntad, y menos podĆa aceptar como propias las consecuencias de sus funestas decisiones.
Desde los tiempos de Jeroboam, todo Israel habĆa perdido el norte y cada uno se habĆa dejado llevar por sus propios desvarĆos y opiniones. Todo el pueblo mantenĆa la misma actitud irresponsable de Acab. ElĆas lo supo describir muy bien cuando se presentó delante del pueblo diciĆ©ndoles: āā¦ĀæHasta cuĆ”ndo vacilarĆ”n entre dos opiniones? Si el SeƱor es Dios, sĆganlo; y si Baal, sĆganlo a Ć©l. Pero el pueblo no le respondió ni una palabraā (1 Re. 18:21b).
La nueva religión de Israel mostraba la desarticulación del carĆ”cter de los hebreos. Ahora adoraban a una pequeƱa estatuilla de barro llamada Baal (SeƱor) y tenĆan un culto sin valores o demandas. Todo se basaba en la bĆŗsqueda de su propio provecho y satisfacción. Aun las prĆ”cticas religiosas eran inhumanas y hasta sanguinarias, pero eso era lo que al pueblo, al parecer, le agradaba. Esas tristes convicciones de los profetas de Baal se observan durante su enfrentamiento con ElĆas:
āEntonces tomaron el novillo que les dieron y lo prepararon, e invocaron el nombre de Baal desde la maƱana hasta el mediodĆa, diciendo: Oh Baal, respóndenos. Pero no hubo voz ni nadie respondió. Y danzaban alrededor del altar que habĆan hecho⦠Y gritaban a grandes voces y se sajaban, segĆŗn su costumbre, con espadas y lanzas hasta que la sangre chorreaba sobre ellos. Pasado el mediodĆa, se pusieron a gritar frenĆ©ticamenteā¦ā (1 Re. 18:26,28,29a).
Esa era la triste realidad de un pueblo distanciado de Dios que habĆa caĆdo en la locura al abandonar la cordura que solo el SeƱor puede brindar.
Ninguno de nosotros estĆ” libre de perder el control sobre su propio carĆ”cter. Es un trabajo diario, constante y persistente, no podemos soldarlo para que quede inamovible; es mĆ”s bien como un rĆo, cuya corriente debe llegar al mar; tendrĆ” remolinos, crecidas, caminos tortuosos, pero siempre se dirigirĆ” en la misma dirección. Y esa es nuestra tarea: tener una sola dirección que nos permita saber que estamos yendo a alguna parte.
Nuestro carĆ”cter tiene que ser ejercitado de manera permanente porque los embates contra Ć©l son permanentes. Por ejemplo, ElĆas habĆa tenido sucesivas victorias espirituales. Sin embargo, sus fortalezas se vieron debilitadas cuando, de repente, se vio amenazado por Jezabel, la temible esposa de Acab. Ella decretó su muerte inmediata, y ElĆas, lleno de temor, huyó despavorido: āy anduvo por el desierto un dĆa de camino, y vino y se sentó bajo un arbusto; pidió morirse y dijo: Basta ya, SeƱor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padresā (1 Re. 19:4).
La grandeza de un carĆ”cter estĆ” tanto en su grandeza como en su delicadeza. ElĆas era un hombre como cualquiera de nosotros y podĆa sucumbir ante la prueba como cualquiera de nosotros. Pero el SeƱor estuvo cerca para fortalecer su carĆ”cter, asĆ como estĆ” cerca de nosotros para fortalecernos de la misma manera. La solución para Dios no radicaba en cambiar las circunstancias, sino en devolverle el norte a ElĆas con su voluntad. El SeƱor le hizo la misma pregunta dos veces: āĀæQuĆ© haces aquĆ, ElĆas? ā (1 Re. 19:9b,13b).
ElĆas respondió desde su propio corazón, con miedo pero sin excusas: āEntonces Ć©l respondió: He tenido mucho celo por el SeƱor, Dios de los ejĆ©rcitos; porque los Israelitas han abandonado Tu pacto, han derribado Tus altares y han matado a espada a Tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitĆ”rmelaā (1 Re. 19:14). El SeƱor no lo dejó escondido, no le secó las lĆ”grimas, no le justificó su miedo, lo que hizo fue simplemente devolverle la dirección perdida: āY el SeƱor le dijo: āVe, regresa por tu caminoā¦ā (1 Re. 19:15a).
ElĆas no podĆa dejar de ser ElĆas, asĆ como tĆŗ no puedes dejar de ser tĆŗ. Todos nosotros debemos volver sobre nuestros pasos para saber quiĆ©nes somos y adónde vamos. ĀæDónde estĆ”s ahora? ĀæEn quĆ© lĆos estĆ”s metido? ĀæPor quĆ© estĆ”s allĆ? Si no eres sincero en tus respuestas, antes de buscar tener un carĆ”cter organizado, preferirĆ”s organizar coartadas y justificaciones que quiten de en medio tu responsabilidad. Puedes tambiĆ©n manifestarte impotente ante las circunstancias, que es tambiĆ©n una de las mayores puertas de escape a la responsabilidad.
En realidad, el fatalismo es uno de los estados mĆ”s cómodos en los que puede vivir el hombre. Pero si eres sincero, podrĆ”s compartir lo que dijo el apóstol Juan: āSi decimos que no tenemos pecado, nos engaƱamos a nosotros mismos y la verdad no estĆ” en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldadā (1 Jn. 1:8-9). Reconocer nuestras faltas, pecados y dificultades delante del SeƱor es el primer gran paso para empezar a superarlas.
Solo la Palabra de Dios aplicada al corazón y a la vida prĆ”ctica puede ayudarnos a fortalecer nuestro carĆ”cter y ayudarnos a alcanzar siempre un grado elevado de unidad en nuestra vida. Sin ella, nuestras vidas estarĆan divididas y diseminadas, pero con ella en el corazón alcanzarĆ”n totalidad, responsabilidad y coherencia. AsĆ como cuando falla el sistema nervioso y el cuerpo puede empezar a manifestar desórdenes en su comportamiento que le impiden actuar en unidad; asĆ tambiĆ©n los reflejos, impulsos, deseos, emociones, pensamientos y propósitos deben hallarse coordinados en la Palabra de Dios para formar un carĆ”cter efectivo.
Nuevamente te pregunto: ĀæQUĆ HACES AQUĆā¦? Una respuesta sincera puede marcar la diferencia.
