Mi alma tiene sed de Dios

AGOSTO, 12

Mi alma tiene sed de Dios

Devocional por John Piper

Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?(Salmos 42:1-2)

La razón por la que este pasaje es tan hermoso y tan crucial para nosotros es que el salmista no anhela las aguas principalmente para obtener alivio frente a las circunstancias que lo amenazan. No anhela tan solo escapar de sus enemigos o la destrucción de ellos.

No está mal desear alivio y orar por ello. En ocasiones, está bien orar por la derrota de nuestros enemigos. Pero más importante que todo esto es el mismo Dios.

Cuando pensamos y sentimos conforme a Dios en los Salmos, el resultado principal es así: comenzamos a amar a Dios y queremos ver a Dios y estar con Dios y estar satisfechos en admirar a Dios y regocijarnos en él.

Una traducción de la pregunta al final del versículo 2 podría ser como sigue: «¿cuándo vendré y veré el rostro de Dios?». La respuesta final a esa pregunta se encuentra en Juan 14:9 y 2 Corintios 4:4. Jesús dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Pablo dijo que cuando nos convertimos a Cristo vemos «el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios».

Cuando vemos el rostro de Cristo, vemos el rostro de Dios. Y vemos la gloria de su rostro cuando oímos la historia del evangelio de su muerte y resurrección: «el evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios».

Que el Señor aumente el hambre y sed de ver el rostro de Dios; y que nos conceda ese deseo mediante el evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.


Devocional tomado del sermón “Depresión espiritual en los Salmos”

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Los distintos tiempos de la gracia

AGOSTO, 11

Los distintos tiempos de la gracia

Devocional por John Piper

Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. (2 Tesalonicenses 1:11-12)

La gracia no solo es la predisposición de Dios a hacernos bien cuando no lo merecemos —darnos favor inmerecido—. También es el poder de Dios actuando en nuestra vida y haciendo que sucedan cosas buenas en nosotros y para nosotros.

Pablo dijo que cumplimos todo propósito de bondad «con su poder» (versículo 11), y luego agrega al final del versículo 12: «por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo». El poder que obra en nuestra vida para hacer posible la obediencia que exalta a Cristo es en realidad una extensión de la gracia de Dios.

Podemos observar esto también en 1 Corintios 15:10:

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

La gracia es un poder activo, presente y transformador que hace posible la obediencia.

Por lo tanto, esta gracia que proviene de Dios y que actúa con poder en nosotros es, en un momento dado, tanto pasada como futura. Ya ha hecho algo por nosotros o en nosotros antes, y por eso es pasada. También va a seguir actuando en nosotros y por nosotros, por eso es futura —ya sea dentro de cinco segundos o cinco millones de años—.

La gracia de Dios es una constante cascada que baja por la catarata del presente, cuyas aguas vienen del inagotable río de gracia que proviene del futuro y llenan el creciente embalse de la gracia del pasado. En los próximos cinco minutos, estaremos recibiendo la gracia sustentadora que fluye hacia nosotros desde el futuro, y estaremos acumulando el valor de cinco minutos de gracia en el embalse del pasado.


Devocional tomado del semón “Viviendo por fe en la gracia venidera

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Ten piedad de mí, oh Dios

AGOSTO, 10

Ten piedad de mí, oh Dios

Devocional por John Piper

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. (Salmos 51:1)

Lo dice tres veces: «Ten piedad», «conforme a tu misericordia», y «conforme a lo inmenso de tu compasión».

Eso es lo que Dios había prometido en Éxodo 34:6-7:

El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad; el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable.

David sabía que había culpables que no serían perdonados. Y que había culpables que, por alguna misteriosa obra de redención, no serían contados entre los culpables, sino que serían perdonados. El Salmo 51 es su manera de aferrarse a ese misterio de misericordia.

Nosotros sabemos más que David acerca del misterio de la redención: conocemos a Cristo. Pero nos asimos de la misericordia de la misma manera que él.

Lo primero que David hace es volverse rendido hacia la misericordia y el amor de Dios. Hoy en día, esto significa volverse a Cristo en esa misma condición.


Devocional tomado del sermón “Al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás”

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La finalidad del Evangelio

AGOSTO, 09

La finalidad del Evangelio

Devocional por John Piper

Entonces mucho más, habiendo sido ahora justificados por su sangre, seremos salvos de la ira de Dios por medio de Él. Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, habiendo sido reconciliados, seremos salvos por su vida. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación. (Romanos 5:9-11)

¿De qué necesitamos ser salvos? El versículo 9 lo expone claramente: de la ira de Dios. Pero ¿es ese el mejor de los premios del evangelio? ¿el más alto, el que nos brinda mayor plenitud y el que más nos satisface?

No lo es. El versículo 10 dice: «mucho más… seremos salvos por su vida». Luego el versículo 11 nos conduce a la finalidad del ser salvos, al afirmar: «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios».

Esa es la mejor parte, y la primordial, de las buenas nuevas. No hay ningún otro «y no solo esto» después, solo la aclaración de Pablo acerca de cómo lo alcanzamos: «por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la reconciliación».

El fin del evangelio es «nos gloriamos en Dios». El bien más alto, más profundo y más dulce del evangelio, el que nos brinda la mayor plenitud, es Dios mismo —en quien se regocija su pueblo redimido—.

Dios en Cristo se convirtió en el precio (Romanos 5:6-8), y Dios en Cristo se convirtió también en el premio (Romanos 5:11).

El evangelio consiste en las buenas nuevas de que Dios pagó por nuestro deleite eterno en Dios.


Devocional tomado del sermón “Dios en Cristo: El Precio y Premio del Evangelio”

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Soberano sobre toda la naturaleza

AGOSTO, 08

Soberano sobre toda la naturaleza

Devocional por John Piper

La suerte se echa en el regazo, mas del Señor viene toda decisión. (Proverbios 16:33)

En lenguaje actual, diríamos: «Nosotros tiramos los dados, pero Dios decide la suerte».

No hay ningún evento, por más pequeño que sea, que Dios no controle según sus propósitos. Como dijo Jesús: «¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Mateo 10:29-30).

Cada tirada de dados en Las Vegas, o la muerte del más pequeño de los pájaros en los miles de bosques del mundo —todo obedece al mandato de Dios—.

En el libro de Jonás, Dios le manda a un pez que trague (1:17), a una planta que crezca (4:6) y a un gusano que la consuma (4:7).

Y mucho más allá de la vida de los gusanos, las estrellas ocupan un lugar y se mantienen en su sitio por el mandato de Dios:

Alzad a lo alto vuestros ojos y ved quién ha creado estos astros: el que hace salir en orden a su ejército, y a todos llama por su nombre. Por la grandeza de su fuerza y la fortaleza de su poder no falta ni uno (Isaías 40:26).

Cuánto más, entonces, le obedecen los eventos naturales de este mundo —desde el clima y los desastres naturales hasta las enfermedades, las discapacidades y la muerte—.

Por lo tanto, maravillémonos ante tal imagen y tengamos paz, sabiendo que ningún evento natural está fuera de los buenos propósitos y el perfecto control de Dios.

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El motivo de la creación

AGOSTO, 07

El motivo de la creación

Devocional por John Piper

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Génesis 1:27)

Dios hizo a los seres humanos a su imagen para que el mundo estuviera lleno de reflectores de Dios. Imágenes de Dios. Siete mil millones de estatuas de Dios, para que así nadie ignore el motivo de la creación.

Nadie (a menos que estuviera totalmente ciego) podría pasar por alto el propósito de la humanidad: Dios. Conocer, amar y mostrar a Dios. Los ángeles daban voces en Isaías 6:3, diciendo: «Santo, Santo, Santo, es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria». Está llena de millones de seres humanos que llevan su imagen. Ruinas gloriosas.

Pero no solo de humanos. ¡También de naturaleza! ¿Por qué un mundo increíblemente bello para que vivamos? ¿Por qué un universo tan vasto?

Una vez leí que son más las estrellas del universo que las palabras y sonidos que todos los seres humanos de todos los tiempos han emitido. ¿Por qué? La Biblia es absolutamente clara al respecto: «Los cielos proclaman la gloria de Dios» (Salmos 19:1).

Alguien podría preguntar: «Si la Tierra es el único planeta habitado y el hombre es el único habitante racional entre las estrellas, ¿para qué un universo tan grande y vacío?». La respuesta es esta: no se trata de nosotros. Se trata de Dios. Y decir solo eso, es quedarse corto.

Dios nos creó para que lo conozcamos y lo amemos y lo demos a conocer; y nos dio un indicio de cómo es él —el universo—.

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Tan seguros como que Dios es fiel

AGOSTO, 04

Tan seguros como que Dios es fiel

Devocional por John Piper

A los que predestinó, a esos también llamó; y a los que llamó, a esos también justificó; y a los que justificó, a esos también glorificó. (Romanos 8:30)

Ninguna persona se pierde entre la eternidad pasada de la predestinación de Dios y la eternidad futura de la glorificación de Dios.

Nadie que fuera predestinado a ser hijo de Dios dejará de ser llamado. Nadie que fuera llamado dejará de ser justificado. Y nadie que fuera justificado dejará de ser glorificado. Esa es la cadena inquebrantable de la fidelidad de Dios a su pacto.

Por eso, Pablo dice:

[Estoy] convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús (Filipenses 1:6).

El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por medio de quien fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro (1 Corintios 1:8?9).

Estas son las promesas de nuestro Dios, quien no puede mentir. Aquellos que son nacidos de nuevo están tan seguros como que Dios es fiel.

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Por qué tenemos un cuerpo

AGOSTO, 03

Por qué tenemos un cuerpo

Devocional por John Piper

Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo. (1 Corintios 6:20)

Dios no creó el universo físico y material de un modo arbitrario. Él tenía un propósito: agregar maneras para que su gloria sea externalizada y hecha manifiesta. «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1).

Nuestro cuerpo entra en la misma categoría de cosas físicas que Dios creó por esta razón. Él no va a volverse atrás en el plan de glorificarse por medio de los seres humanos y cuerpos humanos.

¿Por qué Dios decidió tomarse la molestia de ensuciarse las manos, por así decirlo, con nuestra carne decadente y manchada de pecado, a fin de reestablecerla como cuerpo de resurrección y vestirla de inmortalidad? La respuesta es: porque su Hijo pagó el precio de la muerte para que el propósito del Padre respecto al universo material se cumpliera, o sea, que Dios fuera glorificado en él por siempre y para siempre, incluyendo nuestros cuerpos.

Eso es lo que el texto bíblico dice: «Por precio habéis sido comprados [por la muerte de su Hijo]; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo». Dios no desestimará ni deshonrará la obra de su Hijo. La honrará al levantar nuestros cuerpos de entre los muertos, y nosotros haremos uso de nuestro cuerpo para glorificarlo por los siglos de los siglos.

Ese es el motivo por el que tenemos un cuerpo ahora. Y ese es también el motivo por el que ese cuerpo será resucitado para ser como el cuerpo glorioso de Cristo.

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No más temor a la muerte

AGOSTO, 02

No más temor a la muerte

Devocional por John Piper

Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida. (Hebreos 2:14-15)

¿Cómo nos libera Cristo del temor a la muerte y nos hace libres para vivir totalmente rendidos en un amor capaz de decir, «nos pueden despojar de bienes, nombre, hogar; el cuerpo destruir»?

Por cuanto los hijos participan de carne y sangre…

El término «hijos» se toma del versículo anterior y se refiere a la descendencia espiritual de Cristo, el Mesías. Estos también son los «hijos de Dios». En otras palabras, al enviar a Cristo, Dios tiene especialmente en vista la salvación de sus «hijos».

Él igualmente participó también de lo mismo [carne y sangre]…

El Hijo de Dios, quien existió antes de la encarnación como el Verbo eterno (Juan 1:1), se hizo carne y sangre, y vistió su deidad con humanidad. Se hizo completamente hombre y permaneció completamente como Dios.

Para… mediante la muerte…

La razón por la que Cristo se hizo humano fue para morir. Dios no podía morir por los pecadores antes ser encarnado; pero unido a carne y sangre podía hacerlo. Su objetivo era morir. Por lo tanto, tenía que nacer como humano.

Para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo…

Al morir, Cristo le quita el poder al diablo. ¿Cómo lo hizo? Cubriendo todo nuestro pecado (Hebreos 10:12). Esto quiere decir que Satanás ya no tiene fundamentos legítimos para acusarnos delante de Dios. «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Romanos 8:33). ¿En base a qué nos justifica? A través de la sangre de Cristo (Hebreos 9:14; Romanos 5:9).

El arma más eficaz de Satanás contra nosotros es nuestro propio pecado. Si la muerte de Jesús lo suprime, el arma principal del diablo ha sido arrebatada de la mano. Él ha quedado sin poder alguno en ese sentido.

Y librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida.

Por los tanto, somos libres del temor de la muerte. Dios nos justificó. Tenemos por delante todo un futuro de gracia. Satanás no puede anular ese decreto. Y Dios desea que nuestra seguridad final tenga un efecto inmediato en nuestra vida. Él anhela que el final feliz acabe con la esclavitud y el temor del presente.

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Nuestra debilidad revela el valor de Cristo

AGOSTO, 01

Nuestra debilidad revela el valor de Cristo

Devocional por John Piper

Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. (2 Corintios 12:9)

El plan de Dios en el sufrimiento es engrandecer el valor y el poder de Cristo. Esto es gracia, porque el gozo más grande de los cristianos es ver a Cristo magnificado en nuestras vidas.

Cuando Jesús le dijo a Pablo que no le quitaría «el aguijón en la carne», él sustentó la fe de Pablo explicándole el porqué. El Señor le dijo: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Dios determinó que Pablo fuera débil, para que Cristo pudiera verse fuerte a través de la vida de Pablo.

Si nos sentimos y parecemos autosuficientes, nosotros recibiremos la gloria y no Cristo. Por eso, Cristo escoge lo débil del mundo «para que nadie se jacte delante de Dios» (1 Corintios 1:29). A veces debilita a los que parecen fuertes, de modo que el poder divino sea más evidente.

Sabemos que Pablo experimentó esto como gracia, porque se regocijó en ello: «Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:9-10).

Vivir por la fe en la gracia de Dios equivale a estar satisfechos con todo lo que Dios es para nosotros en Jesús. Por lo tanto, la fe no retrocede ante aquello que revela y magnifica todo lo que Dios es para nosotros en Jesús. Eso es lo que nuestra propia debilidad y el sufrimiento hacen.

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