El pájaro campana

sábado 20 mayo

(Jesús dijo:) Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Juan 10:27-28

El pájaro campana

Un hombre perdido en la selva en América del Sur buscaba su camino. Sus fuerzas estaban disminuyendo cuando creyó oír a lo lejos el repique de una campana. Se animó pensando que estaba cerca de un pueblo, pero cuanto más avanzaba, más se alejaba el sonido. Al final cayó extenuado y no pudo levantarse más. Los que finalmente lo rescataron, le hicieron saber que había sido víctima del pájaro campana, cuyo canto resuena como repique de campana. Es muy poco sociable y huye apenas los seres humanos se acercan.

El canto de este pájaro era inocente, pero nos recuerda la manera como el diablo actúa para descarriar a los hombres, para conducirlos al mal. Su táctica se resume en impedir que escuchemos la voz de Dios y la de nuestra conciencia. Hace que oigamos todo tipo de ruidos engañosos. Se adapta a las debilidades de cada individuo para proponerle nuevas ocupaciones o diversos placeres. Su objetivo, en definitiva, es privarnos de toda relación con Dios y de su amor, para llevarnos a la muerte, a los tormentos eternos (2 Tesalonicenses 1:9). Los meses y los años van pasando sin que nos tomemos el tiempo para reflexionar sobre el sentido de la vida y el objetivo que perseguimos.

¡Cuidado! ¡No todos los caminos conducen al cielo! Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Cristianos que conocemos la voz de nuestro Salvador, ¡que la Palabra de Dios siempre sea nuestra referencia! Si hay algo que no esté de acuerdo con lo que ella nos enseña, desconfiemos, incluso si parece que suena bien.

1 Reyes 16 – Marcos 15:1-20 – Salmo 60:6-12 – Proverbios 15:27-28

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Una obra cumplida

Jesús… levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado… Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese.

Juan 17:1, 4

Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy.

Juan 18:4-5

Una obra cumplida

“Padre… he acabado la obra que me diste que hiciese”, dijo Jesús a Dios su Padre, horas antes de ser crucificado. “La obra” que su Padre le había confiado era salvar, mediante su muerte en la cruz, a los hombres perdidos. Esta obra todavía era futura, entonces ¿por qué hablaba en pasado?

–Quien habla es Jesús, el Hijo de Dios. Aquí se expresa como el Dios que cumple sus planes, sin que nadie pueda detenerlo. Para un hombre cualquiera eso sería muy pretencioso, pues ninguno de nosotros puede controlar el minuto que viene. ¡Hay tantas cosas que pueden impedir que hagamos lo que hemos decidido hacer! Pero cuando Dios se propone hacer algo, es como si ya estuviera hecho.

–Estas palabras también expresan de forma conmovedora la determinación del Salvador que va a dar su vida. Horas más tarde en Getsemaní Jesús, el Santo, aceptó la copa que su Padre le presentó, imagen del juicio que iba a sufrir en la cruz para expiar nuestros pecados. Salió vencedor de ese terrible combate, con estas sencillas palabras: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11). Y sabiendo todo lo que le iba a suceder, avanzó decidido y se entregó voluntariamente a sus enemigos conducidos por Judas.

“Padre, he acabado la obra…”. Estas son las palabras del Salvador, que ofrece voluntariamente su vida para la gloria de Dios y para la salvación de todos los que creen en él.

1 Reyes 15 – Marcos 14:53-72 – Salmo 60:1-5 – Proverbios 15:25-26

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La carta de Cristo

jueves 18 mayo

Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo.

2 Corintios 3:2-3

Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos.

Juan 11:51-52

La carta de Cristo

Casi todo el mundo ha oído hablar de Jesús, de su bondad, de su humildad, de su abnegación… Los que no creen en él suelen reprochar a los creyentes que no se parecen a él. Es cierto, nosotros los cristianos a menudo somos malos testigos de Cristo. ¡Qué diferencia entre lo que Dios hizo de nosotros, es decir, una carta de Cristo, y lo que mostramos en la vida diaria! Necesitamos volver al Señor, escuchar su palabra y dejarnos formar por su amor.

La vida cristiana diaria es en sí un mensaje. El evangelio se hace visible por la manera en que los creyentes hacen resaltar los caracteres de Dios (amor, luz, santidad…) en su vida, según leemos en Romanos 12: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. No os venguéis vosotros mismos… Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber” (v. 18-20). No seremos carta de Cristo gracias a técnicas de comunicación, sino viviendo cada uno la vida de Cristo. Entonces el perdón, la ayuda mutua y las palabras de ánimo caracterizarán nuestras relaciones con los demás.

El Señor Jesús unió en una misma familia a todos los hijos de Dios. La Iglesia según la Biblia no es una institución, sino el conjunto de todos los que creen en el Señor Jesús. De este conjunto vivo debería brotar un mensaje poderoso de amor, de compasión y de santidad, pues cada creyente tiene a Cristo como Salvador y Señor.

1 Reyes 14 – Marcos 14:26-52 – Salmo 59:8-17 – Proverbios 15:23-24

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Por qué amamos a Dios

MAYO, 17

Por qué amamos a Dios

Devocional por John Piper

Nosotros amamos, porque Él nos amó primero. (1 Juan 4:19)

Ya que el amor a Dios es la evidencia de que él nos amó y nos escogió (Romanos 8:28, etc.), la seguridad de que Dios nos ama y de que nos escogiera no puede ser el fundamento de nuestro amor a él. Nuestro amor a Dios, que es la evidencia de que hemos sido escogidos, consiste en nuestro entendimiento espiritual de la gloria de este Dios que todo lo satisface.

No se trata en primer lugar de la gratitud por un beneficio recibido. Se trata de reconocer que recibir a Dios produce una la gratitud sobrecogedora, y de deleitarnos en esta verdad. Este reconocimiento y deleite es —o debería ser, según las Escrituras— inmediato, con la certeza de que él en verdad se ofrece a sí mismo para nuestro eterno disfrute.

El llamado del Evangelio (Cristo murió por los pecadores; crean en él y serán salvos) no es primeramente un llamado a creer que él murió por nuestros pecados. El llamado del Evangelio consiste primeramente en creer que, debido a que Dios redime a tal costo y con tal sabiduría y santidad, él es digno de confianza y en él hallamos verdadero descanso, suficiente para satisfacer todos nuestros anhelos.

La consecuencia inmediata de creer esto (es decir, sentir, aprehender) es la convicción de que somos salvos y de que él murió por nosotros, ya que la promesa de salvación es dada a aquellos que creen así.

La esencia del hedonismo cristiano se encuentra, por lo tanto, en el mismo centro de lo que es la fe salvadora y de lo que significa realmente «recibir» a Cristo o amar a Dios.

Hagamos una comparación: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Esto quizá signifique que el amor de Dios, a través de la encarnación, la expiación y la obra del Espíritu Santo, nos da la capadidad de amarlo —no que la motivación de nuestro amor sea el hecho de que él ha obrado grandemente en nosotros—.

O quizá signifique que, al contemplar y aprehender a Dios espiritualmente como el Dios que ama a pecadores como nosotros con una gracia increíblemente gratuita y mediante medios de expiación increíblemente sabios y de gran sacrificio, surge en nosotros el deseo de deleitarnos en este Dios por quien es él, en lugar de considerar que lo amamos primeramente porque consideramos que somos personal y particularmente escogidos por él.

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¿Está satisfecho?

miércoles 17 mayo

¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Marcos 8:36-37

Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Filipenses 4:19

¿Está satisfecho?

El hombre es un perpetuo insatisfecho, y no hay nada que pueda llenar el vacío de su corazón. Sus obras, sus logros (en el ámbito de los negocios, las artes, las ciencias, el deporte…) lo aturden, lo distraen y disimulan sus verdaderas necesidades. A veces los descubrimientos útiles para el bien de todos son el fruto de búsquedas agotadoras, de un trabajo sin fin. Pero esta perseverancia a menudo nutre el orgullo del corazón del hombre sin Dios, quien es dominado por el diablo.

Solo Jesús puede colmar las necesidades más profundas del hombre, a condición de que cambie de dueño. Todo el que se acerca a Jesús, que cree en él, en su obra de salvación, y se arrepiente de su vida pasada, posee la vida eterna. “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). Esta promesa es para todos los que buscan un verdadero sentido a su vida. Jesucristo no promete la prosperidad material, pero llena las aspiraciones más profundas del que busca la verdadera felicidad.

La vida eterna es un don gratuito que responde a todas las necesidades del hombre y apacigua sus temores más secretos. El que acepta ese don descubre el amor de Dios. Al dar a su Hijo, Dios demostró el amor incomparable con el que quiere llenar el corazón de cada uno de nosotros. “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:7-8).

1 Reyes 13 – Marcos 14:1-25 – Salmo 59:1-7 – Proverbios 15:21-22

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El amor más libre

MAYO, 16

El amor más libre

Devocional por John Piper

He aquí, al Señor tu Dios pertenecen los cielos y los cielos de los cielos, la tierra y todo lo que en ella hay. Sin embargo, el Señor se agradó de tus padres, los amó, y escogió a su descendencia después de ellos, es decir, a vosotros, de entre todos los pueblos, como se ve hoy. (Deuteronomio 10:14-15)

El amor electivo de Dios es completamente libre. Es el bondadoso desborde de su felicidad ilimitada, guiada por su infinita sabiduría.

Deuteronomio 10:14-15 describe el deleite que Dios tiene al elegir a Israel de entre los pueblos de la tierra. Observemos dos detalles.

Primero, notemos la diferencia entre los versículos 14 y 15. ¿Por qué Moisés ubica la elección de Israel en medio de la escena de Dios como propietario de todo el universo? ¿Por qué el versículo 14 dice que a Dios pertenecen el cielo, la tierra y todo lo que en ellos hay, y luego el versículo 15 dice que él escogió a Israel para que fuera su pueblo?

Al parecer, el motivo es erradicar la idea de que Dios estaba restringido de algún modo en la elección de su pueblo. Este pasaje busca derribar el mito de que cada pueblo tiene su propio dios y que este dios tiene derechos sobre su propio pueblo y nadie más.

La verdad es que este es el único Dios verdadero. Es dueño de todo lo que hay en el universo y puede tomar a cualquier pueblo que elija para hacer de él su especial posesión.

Por lo tanto, la maravillosa e inefable verdad revelada a Israel es que Dios los eligió. No tenía que hacerlo. Tenía el derecho y el privilegio de elegir a cualquier pueblo que quisiera sobre la faz de la tierra para llevar a cabo su propósito redentor.

Por consiguiente, cuando se llama a sí mismo «Dios de Israel» no quiere decir que está al mismo nivel que los dioses de Egipto o Canaán. Él es dueño de esos dioses y de sus pueblos. Si le hubiera placido hacerlo así, podría haber elegido a un pueblo totalmente distinto para realizar sus propósitos.

La finalidad de vincular de este modo los versículos 14 y 15 es hacer hincapié en la libertad de Dios, sus derechos universales y su autoridad.

El segundo detalle a notar (en el versículo 15) es la forma en que Dios ejerce su libertad soberana: «El Señor se agradó de tus padres, los amó». En su libre elección, le plació amar a los padres del pueblo de Israel.

El amor de Dios por ellos era libre y movido por misericordia, y no estaba restringido a ningún atributo intrínseco de su judaísmo ni por virtud alguna de Israel.

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Una decisión difícil

martes 16 mayo

No seas sabio en tu propia opinión; teme al Señor, y apártate del mal.

Proverbios 3:7

El temor del hombre pondrá lazo; mas el que confía en el Señor será exaltado.

Proverbios 29:25

Una decisión difícil

La historia de Abdías (1 Reyes 18) tuvo lugar en Israel en el siglo 10 antes de Cristo. Los tiempos eran difíciles: Acab, un rey malo, gobernaba el país, y la reina Jezabel, una pagana, perseguía a los profetas de Dios. Además, la sequía asolaba el país desde hacía tres años. Pero Abdías era un creyente temeroso de Dios. Ocupaba la alta posición de gobernador del palacio real. No aprobaba la política del rey y se dedicó a velar sobre los siervos de Dios. Gracias a él, cien de entre ellos fueron librados de la muerte.

A pesar de esto, cuando Abdías encontró a Elías, el profeta de Dios, este último no le hizo ningún elogio y más bien se mostró frío. ¿Por qué?

Abdías temía a Dios, es cierto, pero su carrera profesional estaba antes que su celo por los intereses de Dios. No tenía la valentía de afirmar su fe ante Acab, ese rey impío, idólatra y perseguidor. Hubiese tenido que abandonar su alta posición social, renunciar a sus privilegios materiales e incluso arriesgar su vida para desligarse del mal. Pero su piedad no iba hasta allí. En cierto modo, su miedo a desagradar a su jefe era mayor que el de desagradar a Dios.

Podemos hallarnos en una situación similar y dejar en segundo plano los intereses de Dios para conservar un privilegio o una posición en el mundo. Pidamos al Señor que nos ayude a tomar una decisión por él. La Biblia nos dice: “Mejor es lo poco con el temor del Señor, que el gran tesoro donde hay turbación” (Proverbios 15:16).

1 Reyes 12 – Marcos 13 – Salmo 58:6-11 – Proverbios 15:19-20

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¿Qué es la mansedumbre?

MAYO, 15

¿Qué es la mansedumbre?

Devocional por John Piper

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

La mansedumbre empieza cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Entonces, porque confiamos en él, le entregamos nuestros caminos y echamos sobre él nuestras ansiedades o frustraciones, nuestros planes, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra salud.

Luego esperamos con paciencia en el Señor. Confiamos en que su tiempo y su poder y su gracia obrarán de la mejor manera para su gloria y para nuestro bien.

El resultado de confiar en Dios y de echar sobre él nuestras ansiedades y de esperar con paciencia en él es que no damos lugar al enojo fácil y quejumbroso. Por el contrario, damos lugar a la ira de Dios: le entregamos a él nuestra causa y dejamos que él nos revindique si fuera su voluntad hacerlo.

Es entonces que por esta apacible confianza en él, como dice Santiago, nos volvemos prontos para oír y tardos para hablar (Santiago 1:19). Nos volvemos más razonables y abiertos a recibir correcciones.

La mansedumbre ama aprender. Además considera que los golpes que pueda recibir de parte de un amigo son invaluables. Y cuando se ve obligada a hacer una crítica a una persona envuelta en el pecado o el error, habla desde la profunda convicción de su propia falibilidad, su propia susceptibilidad al pecado y su absoluta dependencia en la gracia de Dios.

La calma, la predisposición a aprender y la vulnerabilidad propias de la mansedumbre son muy hermosas y también muy dolorosas. Van en contra de todo lo que somos según nuestra naturaleza pecaminosa. Ejercer la mansedumbre exige una ayuda sobrenatural.

Si son discípulos de Jesucristo —es decir, si confían en él y le entregan sus caminos y esperan con paciencia en él— Dios ya ha empezado a ayudarlos y los ayudará aún más.

Y la manera principal en la que los ayudará es confirmando en su corazón que son coherederos con Cristo, y que el mundo y todo lo que hay en él es su herencia.

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Jesús habla a las mujeres

Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, y sentado a la mesa, vino una mujer con un vaso de alabastro de perfume de nardo puro de mucho precio; y quebrando el vaso de alabastro, se lo derramó sobre su cabeza.

Marcos 14:3

Jesús habla a las mujeres (3)

 “Esta ha hecho lo que podía”

Juan 12:1-8

Poco tiempo después de la muerte y resurrección de Lázaro, Marta y María estarían nuevamente tristes debido a la muerte de Jesús. Pero algunos días antes de su crucifixión, todavía pudieron compartir con él una cena. Parece que solo María comprendió que el Señor iba a morir. ¿Qué podía hacer? Estaba sola ante el poder de los que habían decidido su muerte… Sola en medio de los discípulos, quienes no la comprendían… ¿Cómo podría expresar su simpatía a Jesús y su adoración?

Dios puso en su corazón el deseo de hacer algo por Jesús. Superó los obstáculos, sus temores y la reprobación de los demás. Hizo lo que estaba dentro de sus posibilidades al ofrecerle un perfume de gran precio. Jesús dijo: “Esta ha hecho lo que podía; porque se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura” (Marcos 14:8).

El gesto de María no fue comprendido, ni siquiera por los discípulos, quienes la criticaron por tener esa iniciativa. Por dolorosas que fuesen sus palabras, María no se defendió, pero el Señor, en quien ella creía, la aprobó delante de todos.

Este gesto fue un acto de adoración y de fe. Jesús estaba en el centro, “y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3).

Sucede lo mismo hoy en día. Cuando expresamos nuestra adoración a Jesús, él es el centro, y todos los creyentes presentes pueden asociarse a ella.

1 Reyes 11:23-43 – Marcos 12:28-44 – Salmo 58:1-5 – Proverbios 15:17-18

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Las ideas tienen consecuencias

MAYO, 14

Las ideas tienen consecuencias

Devocional por John Piper

El propósito de nuestra instrucción es el amor. (1 Timoteo 1:5)

Viktor Frankl fue un prisionero judío en los campos de concentración nazi de Auschwitz y Dachau durante la Segunda Guerra Mundial. Como profesor de neurología y psiquiatría, obtuvo renombre a nivel mundial por su libro El hombre en busca de sentido, del que se vendieron más de ocho millones de ejemplares.

En esa obra despliega la esencia de la filosofía a la que llamó logoterapia —que consiste en que la motivación humana más primitiva es la de encontrarle sentido a la vida—. En medio de los horrores de los campos de concentración, pudo observar que el hombre puede tolerar casi cualquier cómo que la vida le presente si cuenta con la respuesta del por qué. Pero la frase que más me impactó en los últimos días es la siguiente:

Estoy absolutamente convencido de que las cámaras de gas de Auschwitz, Treblinka y Maidanek, en última instancia, no nacieron en algún ministerio de Berlín, sino en los escritorios y salas de conferencias de científicos y filósofos nihilistas. («Victor Frankl a los noventa: entrevista», de la revista First Things, Abril 1995, p. 41.)

En otras palabras, las ideas tienen consecuencias: bendicen o destruyen. El comportamiento de las personas —bueno o malo— no surge de la nada. Surge de los puntos de vista acerca de la realidad que en determinado momento se vuelven predominantes, echan raíces en la mente y dan a luz el bien o el mal.

Una de las formas en que la Biblia deja en claro la verdad de que las ideas tienen consecuencias prácticas se observa en frases como: «Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados… se escribió a fin de que… tengamos esperanza» (Romanos 15:4). Las ideas que las Escrituras nos presentan tienen la consecuencia práctica de la esperanza.

Pablo lo repite en otra carta: «El propósito de nuestra instrucción es el amor» (1 Timoteo 1:5). La transmisión de las ideas por medio de la «instrucción» produce amor.

La esperanza y el amor no surgen de la nada. Emanan de las ideas —formas de percibir la realidad— reveladas por las Escrituras.

Otra de las formas en que las Escrituras nos muestran que las ideas tiene consecuencias es mediante el uso de la frase por tanto y otras variantes con el mismo significado (1039 veces en la versión NASB, una traducción de la Biblia al inglés). Algunos ejemplos son: «Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5:1); «Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1); «Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana» (Mateo 6:34).

Si queremos vivir en el poder de estos grandiosos y prácticos por tanto, debemos sujetarnos a las ideas —formas de percibir la realidad— que los preceden y someternos a los mandatos que conllevan.

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