La realidad del temor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: El temor

La realidad del temor

Ed Welch

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

En nuestra lista interminable de problemas, el temor y la ansiedad tienden a ocupar los primeros lugares. Son asuntos esencialmente humanos. No se trata de sentimientos que nos atrapan por momentos; son aspectos regulares de la vida diaria que pueden quedarse silenciosamente en un segundo plano o pasar al frente para dominarnos. En estos tiempos, se consideran una parte intrínseca de nuestra humanidad. Nos dicen que somos impotentes y débiles, que nos esperan dificultades, que las cosas preciadas están en riesgo y que no hay mucho que podamos hacer al respecto. Y tienen razón. Sus predicciones específicas a menudo no son correctas, y no cuentan toda la historia, pero son correctas. En este mundo, nosotros y nuestros seres queridos tendremos aflicciones (Jn 16:33).

La Biblia de Estudio de La Reforma

Podríamos desear que todos nuestros temores desaparecieran, pero sabemos que no todos son malos. Su mayor beneficio es que nos recuerdan lo pequeños que somos y lo mucho que necesitamos a Jesús. Depender de Él es vida; la independencia es un mito mortal. El temor también es una alarma que nos advierte del peligro. Sin él, seríamos incapaces de crecer en sabiduría, pues la sabiduría debe distinguir lo que es bueno y seguro de lo que es malo y dañino. No obstante, aunque reconocemos estos beneficios, todos podemos estar de acuerdo en esto: nos gustaría tener menos temores y que fueran menos intensos.

Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío.

Si miras a tu alrededor notarás que tus temores están en todas partes. Viven escondidos en palabras como estréspreocupacióninquietudnerviosismopresión y pavor. Están atados a la culpa y a muchas otras luchas cotidianas. Si nos sentimos culpables, tememos ser juzgados. Si nos sentimos avergonzados, tememos la posibilidad de quedar expuestos ante los demás. Muchas veces nuestro enojo se debe a un temor que está dispuesto a luchar. Vemos que algo que amamos está en riesgo y, en vez de congelarnos o huir, lo enfrentamos. La depresión podría ser un temor que se ha dado por vencido. Vemos el presente como algo oscuro e insoportable. Y el futuro es peor. Es oscuro, insoportable y sin esperanza. O considera el trastorno de estrés postraumático. Describe a aquellos de nosotros que hemos tenido un roce con la destrucción, ya sea en forma de peligro físico o de las acciones malvadas de otros. Tememos que estos recuerdos nos atormenten, o que el pasado se repita en el futuro. Algo malo ha sucedido y algo malo sucederá. Y luego están todas nuestras adicciones. Las adicciones son deseos que rechazan los límites, pero si las examinamos más de cerca, veremos que lo que perseguimos con muchas de ellas es distraernos o anestesiarnos para no tener que lidiar con una mente inestable, un cuerpo inquieto y un futuro que luce sombrío. Las adicciones son poderosas, pero a fin de cuentas son ineficaces cuando se trata de mantener a raya los miedos y ansiedades.

La Escritura está de acuerdo en que hay temor en todas partes. Los Salmos asumen que vivimos en temor. «El día en que temo, yo en Ti confío» (Sal 56:3). La meta de los salmos es reconocer el temor entremezclado con la fe en nuestro Dios quien es digno de confianza. El tema más común en los Salmos es el temor a los enemigos poderosos que calumnian y hacen que la vida sea miserable. Estos enemigos pueden incluso matar. Todas estas son razones válidas para temer. Cuando leemos las Escrituras con el tema del temor en mente, vemos que «no temas» aparece de alguna forma u otra más de trescientas veces. Estas palabras a menudo aparecen como órdenes, pero al igual que las palabras de Jesús a la viuda afligida de Naín («No llores», Lc 7:13), en realidad son palabras de compasión y consuelo. Las encontramos a lo largo de las Escrituras cuando nuestras circunstancias son apremiantes y necesitamos la seguridad de que Dios está cerca (p. ej.: Gn 15:121:1746:3Mt 14:2728:10).

Cuando el Espíritu te dirija a pasajes sobre el temor y la ansiedad, notarás que hay tres verdades que se repiten continuamente. La primera es que Dios habla palabras hermosas y agradables a Su pueblo atemorizado. No esperes reprensión, aunque debe haber confesión y arrepentimiento durante toda nuestra vida. En vez de eso, espera compasión. Espera consuelo.

Lo segundo es que el Señor promete estar con nosotros, nunca nos dejará ni nos abandonará (Heb 13:5). Esta es la promesa que abarca a todas las demás. Jesucristo murió por los pecados «para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). Las personas temerosas estarán más prontas a atesorar el evangelio.

Lo tercero es que, debido a que el Señor está presente y es soberano sobre el futuro, podemos prestar toda nuestra atención a la misión que Dios nos ha dado para hoy (Mt 6:33-34). Hoy tenemos toda la gracia que necesitamos. Hoy tenemos al Espíritu de poder que nos da el valor para dar pequeños pasos de obediencia, aun cuando el futuro nos parezca sombrío. Cuando llegue el día de mañana, el Espíritu nos dará el poder y la valentía que necesitemos. La gracia de Dios es nueva cada mañana.

Los temores y las ansiedades están en todos los aspectos de la vida y en las Escrituras. Al ser tan constantes, estas tres verdades no son simplemente una forma de enfrentar nuestros temores, sino que resumen el patrón del crecimiento cristiano.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Ed Welch
Ed Welch

El Dr. Ed Welch es un miembro de la facultad en el Christian Counseling & Educational Foundation (CCEF). Ha sido consejero por más de treinta años y es autor de varios libros, entre ellos Addictions: A Banquet in the Grave [Las adicciones: Un banquete en la tumba].

La Pobreza Del Hijo La Ganancia De Su Pueblo

HeartCry Missionaty Society

La Pobreza Del Hijo La Ganancia De Su Pueblo

Por: Charles Hodge, Thomas Watson

Tópico: La Encarnación

Escritura: Efesios 3:19, 2 Pedro 1:4

Thomas Watson escribe, “El nació de una virgen, para que pudiésemos nacer de Dios. Él tomó nuestra carne, para que Él pueda darnos Su Espíritu. Él descansó en el pesebre para que nosotros pudiéramos descansar en el paraíso. Él bajó del cielo, para que Él pueda llevarnos al cielo… Si nuestros corazones no fueren rocas, el amor de Cristo debería afectarnos. He aquí el amor que sobrepasa el conocimiento (Efesios 3:19)”. (Traducido de A Body of Divinity, p.196).

Charles Hodge escribe, “Los creyentes son hechos ricos al poseer de la gloria la cual Cristo dejó a un lado, o encubrió. Ellos son hechos participes de la divina naturaleza (2 Pedro 1:4). Esto es la exaltación y dicha de la santidad divina. Esto es divino no solo porque su origen proviene de Dios, sino también por su naturaleza. Por lo cual nuestro Señor dice, “La gloria que me diste, yo les he dado” (Juan 17:22). Por lo tanto se dice que los creyentes son glorificados con Cristo y reinan con él (Romanos 8:17). El precio de esta exaltación y eterna dicha de su pueblo fue Su propia pobreza. Es por Su pobreza que nosotros somos hechos ricos. Si Él no se  hubiera sometido a toda la humillación de Su encarnación y muerte, nosotros habríamos permanecido pobres por siempre, destituidos de toda santidad, felicidad y gloria”. (I y II de Corintios, p. 577)

Cómo aconsejar a las parejas a través del pecado sexual pasado

9Marcas

Consejería

Por Scott Croft 

¿Recuerdas cuando la consejería prematrimonial a las parejas jóvenes en materia de sexo consistía en una breve advertencia sobre la tentación y en complementar su educación sobre los pájaros y las abejas que sus padres, aburridos o avergonzados, habían olvidado mencionar? Sí, yo tampoco.

Si estás leyendo este artículo, es probable que estés tratando con parejas en las que al menos una persona ha cometido un pecado sexual repetido y tal vez grave. Ahora, están tratando de navegar a través de esta realidad hacia un matrimonio piadoso y saludable en el que el «banco de confianza» se ha agotado desesperadamente y necesita ser restaurado.

En la práctica, hablemos de cuándo y cómo los pastores pueden guiar a las parejas de novios o parejas comprometidas a través de estas conversaciones difíciles.

¿CUÁNDO?

No hay una respuesta rigurosa, pero mi mejor recomendación es que el pecado sexual pasado se discuta en esa etapa incómoda en la que la relación va bien y probablemente se dirija hacia el matrimonio, pero antes de que la pareja se comprometa formalmente. En nuestra cultura, el compromiso se considera un acuerdo serio que requiere un poco de llanto y crujir de dientes para romperse, aunque ocurre con más frecuencia de lo que se cree. Teniendo en cuenta este hecho, las personas deberían tener la oportunidad de saber, antes de comprometerse para casarse con alguien, que su posible cónyuge ha tenido relaciones sexuales con numerosas personas o hasta la semana pasada estaba en medio de una adicción activa a la pornografía.

Hablaré de las respuestas bíblicas a dicha información a continuación, pero parece prudente que el «autor» del pecado sexual debe confesar antes de que el posible cónyuge haya alcanzado el punto teórico y cultural sin retorno.

Habiendo dicho esto, no deberíamos animar a las parejas a hablar del pecado sexual pasado demasiado pronto. Revelar detalles íntimos de nuestro pecado pasado al principio de una relación generalmente no es una buena idea porque (1) tiende a crear un nivel inapropiado de intimidad en las primeras etapas de una relación, y (2) tiende a imponer una carga injusta sobre una nueva relación pidiéndoles a las personas que lidien con cosas realmente difíciles del pasado de su pareja antes de que realmente conozcan el carácter actual del otro y su caminar con Cristo.

¿CÓMO?

Primero, se debe hablar de los pecados sexuales pasados ​​en términos generales. Confesar el solo hecho del pecado sexual con otras parejas o una lucha pasada con la pornografía puede ser suficiente. Las preguntas de seguimiento razonables podrían discutir la cantidad de parejas sexuales, si han experimentado atracción por personas del mismo sexo o el momento y el nivel de victoria sobre la pornografía. Más allá de eso, los detalles generalmente no suelen ser buenos para el alma de nadie y, por lo general, son inútiles a menos que sean genuinamente relevantes para la sabiduría de una decisión matrimonial. Tampoco es un tema en el que se deba insistir repetidamente si se puede evitar.

Así que este es mi consejo básico: el pecado sexual pasado o presente debe discutirse en una sola conversación en la que ambas personas confiesen lo que necesitan. Quizás a esto le sigan conversaciones adicionales, ya que las personas necesitan procesar lo que han conocido.

Los pecados sexuales pasados ​​deben confesarse con humildad, empatía y probablemente alguna medida de tristeza o arrepentimiento, pero no con culpa o vergüenza, porque el Señor Jesucristo ha dado cuenta de tales pecados en la cruz. No obstante, los hermanos y hermanas que enfrentan el pecado sexual y se lo revelan a alguien que esperan que los ame, pueden sentirse atormentados por la culpa y la vergüenza que no tienen que ser parte de la vida abundante en Cristo.

En el otro lado de la ecuación, un posible cónyuge debería escuchar la confesión de un pecado sexual pasado con tristeza, arrepentimiento e incluso frustración si es ahí donde está el corazón, pero en última instancia con una actitud de gracia.

Para ser claros, la respuesta sabia y piadosa no siempre será seguir adelante con la relación. Ser informado de la adicción previa de un posible cónyuge a la pornografía infantil, por ejemplo, viene a la mente como un tema que puede afectar genuinamente la sabiduría de una decisión matrimonial. Aun así, al lidiar con el pecado pasado, la respuesta piadosa debería ser la voluntad de continuar con la relación si, en conjunto, otros factores ya apuntan en esa dirección [1].

Al mismo tiempo, alguien que escucha tal confesión de un posible cónyuge, especialmente si su propio pecado sexual ha sido comparativamente menos profundo, puede luchar contra la tristeza, la ira, la amargura, el miedo y la justicia propia.

Entonces, ¿cómo aconsejamos a hombres y mujeres en uno o ambos de estos supuestos?

Como sugerí anteriormente, fundamentalmente se trata de mostrar gracia a un hermano pecador perdonado en Cristo. De hecho, la mayoría de los mismos principios bíblicos básicos se refieren tanto al ofensor como al ofendido. Aunque el pecado sexual (como todo pecado) se comete principalmente contra Dios, también es un pecado contra cualquier otra persona involucrada y el futuro cónyuge del pecador, por lo que es perfectamente comprensible que un posible cónyuge responda con sentimientos de dolor y tristeza.

Pero si el pecador está ahora en Cristo, entonces él o ella «nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2Co. 5:17). Si un creyente pecador ha confesado sus pecados pasados ​​a Dios como su hijo, entonces Dios no solo los ha perdonado, sino que lo ha «limpiado de toda maldad» (1 Jn. 1:9); ha arrojado esos pecados al mar para no recordarlos más. Dios no solo perdona; él olvida. Cuando mira a sus hijos, se deleita en nosotros porque ve a su Hijo perfecto. Y por eso nos llama a ver a nuestros hermanos y hermanas en Cristo de la misma manera. Precisamente por eso, Jesús mismo tiene palabras duras y una advertencia severa para aquellos que son perdonados pero no pueden perdonar (Mt. 18:21-35).

Como pastores, debemos recordar a las parejas jóvenes no solo que todos somos pecadores (Ro. 3:23), sino también que todos somos pecadores sexuales. Incluso si un hombre o una mujer no ha pecado sexualmente con otra persona, el uso de la pornografía, la masturbación y los pensamientos lujuriosos cuentan en su contra, arruinando cualquier perfección percibida. Todos hemos caído sexualmente.

Pero hay gracia y sanidad en el evangelio. Anima a los hermanos y hermanas jóvenes a descansar en la gracia que Dios les ha mostrado en Cristo y a mostrar esa misma gracia a sus posibles cónyuges [2].

CONCLUSIÓN

Finalmente, un poco de estímulo práctico: la intimidad emocional, espiritual y sexual que florece en un matrimonio amoroso y piadoso a menudo contribuye en gran medida a sanar las heridas del pasado. Tiene la forma para desplazar los sentimientos relacionados con el pecado pasado.

Recuérdales, pues, a tus ovejas que Dios ordenó el matrimonio; que está a favor de los matrimonios sexualmente saludables; y que todo matrimonio piadoso, amoroso y lleno de gracia, que involucra a dos pecadores sexuales, refleja el evangelio y glorifica a Dios.

Traducido por Samuel Ortiz

*****

[1]. Cómo lidiar con una adicción actual a la pornografía o el pecado sexual en curso es un tema para otro día.

[2]. Esto puede ser evidente, pero cuando tengas estas conversaciones, mantente atento a aquellas de tus ovejas con problemas relacionados con la sexualidad o problemas más profundos de salud emocional y mental en general. Especialmente en lo que respecta a los problemas de abuso o trauma sexual en el pasado, es probable que se requiera atención amorosa y asesoramiento a más largo plazo.

Mark Deve

Viviendo santamente como siervo

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como siervo

Benjamin Veurink 

Servir a Dios es un privilegio indescriptible tanto como una responsabilidad seria. Es un privilegio porque Dios jamás necesita del hombre. Él «habita en luz inaccesible» (1 Ti. 6:16), «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (He. 1:3), es servido por miríadas de miríadas de ángeles (He. 1:7, 14; Ap. 5:11) y es «bendito por los siglos de los siglos» (Dn. 2:20; cp. Gá. 1:5). Él es dueño de todo el universo (Sal. 24:1). Todo cuanto existe fue hecho por Él (Sal. 146:6). A Él no le falta nada y es perfectamente capaz de suplir sus propias necesidades, si las tuviera. Al mismo tiempo, nadie merece servir a Dios (1 Co. 1:26-31). Pero, aun así, el Todopoderoso, en amor, ha permitido a los hombres servirle. Servir a Dios es un don celestial otorgado a pecadores que no merecen nada. Solo un corazón perdonado, que sabe que fue traído de muerte a vida (Ef. 2:1), podrá servir a Dios con la motivación correcta. Él «no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Además, después de haber lavado los pies de sus discípulos les dijo así: «vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:14-15). Un corazón agradecido, buscará agradar y glorificar a su Señor a través de su servicio, sabiendo que «[será feliz] si lo [practican]» (Jn. 13:17).

Por tanto, dado que Dios ha extendido su misericordia hacia los hombres permitiéndoles servirle, se requiere de la mayor seriedad, porque el servicio al Señor es infinitamente mayor que cualquier otro servicio que se pueda ejercer. Aun siendo una gracia divina, es un asunto sublime y espantoso al mismo tiempo. Así que, vale la pena averiguar qué es lo que Dios requiere de sus siervos. Tal como el título de este artículo enfatiza, la prioridad para servir a Dios es la santidad. Todo cristiano, independientemente de su rol en el cuerpo de Cristo, sirve a Dios y a su prójimo. Por lo tanto, es importante saber que Dios desea que sus siervos sean santos, que vivan vidas santas: «Por tanto, si alguno se limpia de estas cosas, será un vaso para honra, santificado, útil para el Señor, preparado para toda buena obra» (2 Ti. 2:21). Porque Dios exige santidad para servirle, hay tres aspectos que 2 Timoteo 2:21 resalta que nos ayudarán a servir a Dios como Él quiere ser servido: Primero, la santidad complace al Señor; segundo, la santidad conviene al siervo; y tercero, la santidad coincide con el servicio.

La santidad complace al Señor

Primero, la santidad complace al Señor. Hay aquellos que desprecian la importancia de la santidad, pensando que es inconsecuente e irrelevante. Sin embargo, Dios ha decido en su eterna e inmutable voluntad, «[darse] a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras» (Tit. 2:14). Dios escogió a su Iglesia para salvación y para santificación. No existe ningún hijo de Dios que ha sido justificado que no ha sido santificado (1 Co. 6:11). Por un lado, hemos sido apartados para Él y, por el otro, hemos sido hechos nuevas criaturas (2 Co. 5:17), aunque todavía aguardamos la redención futura «de este cuerpo de muerte» (Ro. 7:24). Calvino afirma: «Cristo no justifica a nadie sin que a la vez lo santifique. Porque estas gracias van siempre unidas, y no se pueden separar ni dividir»[1]. Los que quieren divorciar la justificación y la santificación intentan dividir la obra de Jesucristo. Es una imposibilidad, una necedad. Por eso tenemos certeza de salvación en Cristo. Siempre que Dios salva a un pecador lo santifica a través de su Espíritu, capacitándolo para enlistarlo en su servicio. Los hombres que Dios justifica fueron predestinados para ser «hechos conforme a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). Al mismo tiempo, la santificación es también un mandato (1 P. 1:16). Es nuestra responsabilidad obedecer, buscando agradarle en todo y vivir para Él. Por lo tanto, el siervo debe ser santo porque la santidad es la meta celestial, el requisito divino y es lo que complace al Señor.

Así que, sirviendo a Dios en santidad es la respuesta apropiada de su redención. Por eso Pablo nos manda, como resultado de las misericordias de Dios, a que «[presentemos nuestros] cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios […]» (Ro. 12:1). Es cierto que no somos salvos por nuestro servicio, pero somos salvos para servir. Cualquier otra respuesta es inferior y menosprecia categóricamente la redención de Dios; además, desprecia el poder santificador del Espíritu Santo. Las Escrituras son claras en afirmar que la santidad en los hijos de Dios complace a Dios:

  • «Y el Dios de paz […] os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (He. 13:20-21)
  • «¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Ro. 6:2).
  • «No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?» (2 Co. 6:14).
  • «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? […]» (1 Co. 6:9).
  • «Porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta» (Stg. 2:26)?
  • «Dios no nos ha llamado a impureza, sino a santificación» (1 Tes. 4:7).

El Señor nos ha redimido para vivir para su gloria (Ef. 1:12). La única manera de vivir dignamente la salvación otorgada es en santidad, lejos de impiedad, libre del pecado y listo para la justicia. Nada gratifica a Dios más que ver a sus hijos caminando como Jesús caminó.

Es cierto que Dios usa «lo vil y despreciado» (1 Co. 1:28), «lo necio de mundo, para avergonzar a los sabios» (1 Co. 1:27) y poderosos de este siglo. Sin embargo, al ser escogidos por Dios, somos transformados en herramienta sagradas y útiles en sus manos. Somos santos, apartados para Él. Dios mismo ha dicho que: «el que anda en camino de integridad me servirá» (Sal. 101:6b). El siervo santo es aquel a quien el Señor emplea en su obra, mientras que los que impíos son echados fuera. Que sea dicho de nosotros como fue dicho de los servidores de Salomón: «Bienaventurados tus hombres, bienaventurados estos tus siervos que están delante de ti continuamente y oyen tu sabiduría» (1 R. 10:8). Dichosos son los siervos del Señor quienes son revestidos por su santidad y que disfrutan de su santidad.

La santidad conviene al siervo

En segundo lugar, la santidad conviene al siervo. Para que un siervo pueda ser útil en su servicio al Señor hay un requisito: la santidad. Al hablar de requisito es importante afirmar que Dios puede usar a quien Él desee usar. No hay duda de eso. Pero nadie argumentaría que Dios usó a Faraón, Saúl y Nabucodonosor de la misma manera que a Moisés, David y Daniel. Hay vasos de honra y deshonra en la casa de Dios, pero es una vergüenza anhelar ser un vaso de deshonra (2 Ti. 2:20). De ser necesario, las piedras clamarían las alabanzas de Dios (véase Lc. 19:40), pero el Señor prefiere usar a los hombres. Dios pudo escoger a los ángeles para proclamar su evangelio, pero decidió que los labios humanos serían más apropiados. ¡Qué privilegio! Dios puede usar a cualquiera, pero los de mayor utilidad entre sus siervos son los que son santos: «en gran medida, según la pureza y perfección del instrumento, será el éxito […] Un ministro santo es un arma terrible en la mano de Dios»[2]. Dios mismo ha deseado que sus siervos sean vasos de honra, que sean utilizados con excelencia y efectividad, y que sean preparados para toda buena obra.

Es imposible exagerar la importancia de la santidad en el siervo del Señor. La santidad no es opcional, sino esencial para servir al Señor. Es tan esencial que tan pronto como el siervo pierde su santidad, tan pronto como su vida en piedad es comprometida, su servicio es convertido en una desgracia ante el Señor. Es erróneo pensar que la santidad puede faltar sin que le importe a Dios. Vivir en santidad es sumamente importante para Dios, ya que sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14). Al mismo tiempo, sin santidad nadie servirá al Señor. El puritano Thomas Brooks habló de la importancia de la santidad para los hijos de Dios: «La santidad es el vínculo que une a Dios y el alma. Dios se unirá a los que en santidad se unen a él»[3]. Sin santidad no puedes ser su hijo, no porque ganes su aceptación por medio de tus obras, sino porque tu vida en santidad es resultado directo de ser su hijo. Si eres su hijo, darás fruto y querrás servirle. Por eso es completamente ilógico pensar que se puede servir a Dios sin santidad. El mandato es claro y convincente: «sed santos, porque yo soy santo» (Lv. 11:44). No hay lugar para debate ni cláusulas condicionales que permitan que alguien pueda servir a Dios sin ser santo. Cuanto más santo es el siervo cuanto más útil será en el servicio del Señor, y esto es bueno: ¡le conviene!

La santidad caracteriza el siervo

Tercero, la santidad caracteriza al siervo y su servicio. El Señor dijo lo siguiente: «Como santo seré tratado por los que se acercan a mí» (Lv. 10:3a). El único tipo de servicio que es genuino y aceptado por el Señor es aquel que es santo, así como Él es santo. Lo que más caracteriza —y debe caracterizar—el servicio al Señor es la santidad porque estamos sirviendo al «santo de Israel» (Jer. 51:5). Nada puede reemplazar la santidad en el servicio a Dios. No nos engañemos. No se trata de habilidades ni dones, sino de santidad. Dios puede enlistar el menos preparado. No se trata tanto de recursos y posesiones, sino de la santidad. Dios puede encomendar al más pobre, al menos preparado, al menos estimado, al menos esperado, al menos capacitado. No es tanto una cuestión de posición ni prestigio, sino que de santidad. Lo que debe caracterizar al siervo y su servicio hacia nuestro amado Señor es la santidad. Brooks nuevamente da en el clavo al afirmar que «la santidad pone un sabor divino en todos los servicios del hombre»[4]. La naturaleza del servicio requiere que los que lo ejercen sean puros, sin mancha y santos.

Los verdaderos siervos del Señor convierten toda oportunidad en un servicio rendido ante Dios. Esto los caracteriza. Los falsos siervos, por el contrario, pervierten todo servicio al Señor. Los verdaderos siervos buscan cómo pueden servir al Señor en cada situación, mientras que los falsos siervos aprovechan cada oportunidad para servirse a sí mismos. Aquel que sirve a Dios para ser reconocido convierte su servicio en hipocresía y su reconocimiento en desgracia. Nadie puede servir a Dios para su propio beneficio y esperar salirse con la suya. Dios no compartirá su gloria con nadie. Pretender que es posible es una verdadera necedad. De la misma manera como «las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor» (Ec. 10:1), así la impiedad pervierte el servicio al Señor. Dios rechaza toda forma de servicio y adoración que esté salpicada con pecado (Is. 1:11–15; Am. 5:21–23; Mal. 1:10); simplemente, «no son aceptables, y […] no [le] agradan» (Jer. 6:20). Es un peligro mortal ser hallado como el humo que indigna la nariz de Dios (Is. 65:5). Lo que está en juego es de vital importancia.

Además, el servicio no es más aceptable por su nivel de importancia ante los ojos de los hombres, sino por el corazón con el cual es realizado delante del Señor. Por eso, la clase de servicio no dignifica al siervo. Eso remueve la falacia de que hay ciertos servicios en la obra de Dios que son más dignos que los demás. Pero en realidad, es el amo a quien se sirve el que dignifica todo servicio que se puede realizar. Porque cuando Dios es servido, el servicio siempre es digno. Dios es el objeto, el medio y el fin de todo nuestro servicio. Ningún servicio por «inferior» que parezca ser, es realmente inferior, porque Dios jamás es inferior (cp. 1 Co. 12:22–23). Por eso debemos caracterizarnos por vivir vidas santas y servir de una manera que Dios sea agradado a través de todo lo que hagamos (Col. 3:17). Dado que es Dios a quien servimos, debemos apartarnos totalmente de todo lo que Él odia para ser puros para servirle.

Conclusión

En conclusión: ¡gloria a Dios por permitirnos servirle! Como hemos visto, es un enorme privilegio y responsabilidad. Al mismo tiempo, es motivo de gozo saber que nuestro servicio jamás es aceptado por nuestra propia santidad, sino únicamente por medio de Jesucristo. Esto es debido a que «la santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con Él»[5]. Además, solo por medio de Jesucristo podemos «ofrecer sacrificios espirituales» gratos y «aceptables a Dios» (1 P. 2:5). Por eso damos gracias a Dios por el privilegio de servirle y porque nos capacita para vivir vidas santas, apartados para Él como nuevas criaturas que fuimos traídas de muerte a vida. Servimos no porque Dios tiene falta, sino porque nosotros hemos recibido en abundancia. Damos porque se nos ha dado. Es el exuberante favor de Dios hacia nosotros lo que provoca nuestro servicio. No es por obligación, sino por amor. No es por coerción, sino por voluntad. Siempre el servicio genuino brota del agradecimiento.

Sin embargo, el hecho que es Dios quien nos capacita a vivir en santidad no quita la responsabilidad que tenemos de vivir vidas santas que agraden al Señor. Debemos ser constantes, fieles y diligentes, tal como David reflexiona: «Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en su lugar santo? El de manos limpias y corazón puro» (Sal. 24:3–4a). Es una lucha constante, puesto que, aunque hemos sido santificados —apartados para Él— y Él nos ha dado una nueva naturaleza para seguirle y obedecer su voluntad cuando antes nos era imposible hacerlo, lo cierto es que seguimos en un camino progresivo de santificación. Tenemos que constantemente «[limpiarnos] de toda inmundicia […] perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Co. 7:1). No olvidemos que «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts. 4:3). Es vital, fundamental y primordial, porque sin «santidad […] nadie verá al Señor» (He. 12:14), ni podrá servirle adecuadamente. Que el siguiente proverbio nos sirva de advertencia adicional: «El favor del rey es para el siervo que obra sabiamente, mas su enojo es contra el que obra vergonzosamente» (Pr. 14:35). La santidad complace al Señor, la santidad conviene al siervo y la santidad caracteriza al siervo y su servicio. Que al final de nuestros días el Señor diga de nosotros las siguientes palabras: «Bien, siervo bueno y fiel; […] entra en el gozo de tu señor» (Mt. 25:23).

[1] Juan Calvino, Institución de la religión cristiana (Barcelona: Fundación Editorial de Literatura Reformada, 1994), 1:619.

[2] Andrew A. Bonar, Memoirs of McCheyne (Chicago, IL: Moody, 1978), 95.

[3] Thomas Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks (Edinburgh: Banner of Truth, 2001), 4:54.

[4] Brooks, The Complete Works of Thomas Brooks, 4:357.

[5] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 69.

Benjamin Veurink

Benjamin Veurink

Benjamin M. Veurink (MMB, MDiv Candidate) es estadounidense, sirviendo como misionero en Cali, Colombia, junto con su amada esposa, Diana. Ellos tienen tres hijos: Abigail, Eleanor y Josiah (quien está con el Señor). Benjamin es licenciado en Estudios Bíblicos; además tiene una Maestría en Ministerio Bíblico y actualmente está cursando una Maestría en Divinidad en The Master’s Seminary.

Aspectos de la Cena del Señor

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

 Keith A. Mathison

Aspectos de la Cena del Señor

Cuando Dios instituyó la Pascua, Moisés le dijo al pueblo de Israel:

Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: «¿Qué significa este rito para vosotros?», vosotros diréis: «Es un sacrificio de la Pascua al SEÑOR, el cual pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas» (Ex 12:26-27).

Dios sabía que esta cena ceremonial traería preguntas a las mentes de los espectadores. La Cena del Señor provoca el mismo tipo de preguntas. ¿Sabemos nosotros cómo responder a esas interrogantes? ¿Sabemos qué decir cuando nuestros hijos nos preguntan: «¿Qué es la Cena del Señor?»?

Nuestros ancestros ​​en la fe nos han legado muchas ayudas para esta tarea, incluyendo nuestras confesiones y catecismos. Por ejemplo, la pregunta 168 del Catecismo Mayor de Westminster (CMW), aborda este tema «¿Qué es la Santa Cena?», y la responde de esta manera:

La Cena del Señor es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual, por medio de dar y recibir pan y vino, según lo establecido por Jesucristo, se declara Su muerte; y quienes participan dignamente se alimentan de Su cuerpo y Su sangre, para su sustento espiritual y crecimiento en gracia; se les confirma así su unión y comunión con Él; testifican y renuevan su gratitud y compromiso con Dios, y su amor mutuo unos con otros como miembros del mismo cuerpo místico.

Lo primero que notamos acerca de la Cena del Señor es que es un sacramento. Pero, ¿qué es un sacramento? 

Un sacramento es una santa ordenanza instituida por Cristo en Su Iglesia, para señalar, sellar y manifestar los beneficios de Su mediación, a quienes están dentro del pacto de gracia; a fin de fortalecer y aumentar su fe y todas las demás cualidades; para obligarlos a la obediencia; para testificar y mantener el amor y la comunión del uno con el otro; y para distinguirlos de quienes están fuera (CMW 162).

El catecismo continúa explicando que los sacramentos tienen dos partes: un elemento externo visible y la realidad espiritual representada por el elemento (CMW 163). Solo hay dos de estos sacramentos instituidos por Jesucristo: el bautismo y la Cena del Señor.

La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes.

La Cena del Señor, como sacramento, representa los beneficios de la mediación de Cristo. El pan y el vino representan a Cristo crucificado y Sus beneficios (Confesión de Fe de Westminster —CFW— 29.5, 7). Más específicamente, el pan es el signo del cuerpo de Cristo, y el vino es el signo de Su sangre (Mt 26:26-281 Co 10:16). De manera significativa, se dice que estos elementos están unidos a las realidades que representan. Hay «una relación espiritual, o unión sacramental, entre el signo y la cosa significada» (CFW 27.2). Y debido a esta unión sacramental, el signo se distingue de lo que significa, pero no está separado de él.

La Cena del Señor es un sello porque confirma la promesa de Dios respecto a la realidad de los beneficios recibidos por aquellos que participan de la Cena del Señor en fe. Aquellos que participan en fe realmente «se alimentan de Su cuerpo y de Su sangre» (CMW 168). La Cena del Señor exhibe los beneficios de Cristo en el sentido de que esos beneficios son ofrecidos verdaderamente a los creyentes. Esto no significa que el pan y el vino tengan algún tipo de poder inherente. La exhibición de los beneficios de Cristo depende completamente de la obra del Espíritu Santo y de la promesa de Dios en las palabras de la institución. Pero ¿cuáles son los beneficios exhibidos?

Los recipientes dignos, al participar externamente de los elementos visibles de este sacramento, en ese momento también participan interiormente por la fe, real y verdaderamente, aunque no carnal y corporalmente, sino espiritualmente, reciben y se alimentan del Cristo crucificado y de todos los beneficios de Su muerte. Por lo tanto, el cuerpo y la sangre de Cristo no están carnal y corporalmente en el pan y el vino; sino que están real pero espiritualmente presentes en aquella ordenanza para la fe de los creyentes, tal como los elementos lo están para sus sentidos externos (CFW 29.7).

La confesión indica que existe un paralelo entre lo que está sucediendo externa y visiblemente y lo que está sucediendo interna e invisiblemente. Los creyentes realmente «reciben y se alimentan del Cristo crucificado», pero no «carnal o corporalmente». Esto sucede espiritualmente porque el cuerpo y la sangre de Cristo están presentes en la fe de los creyentes en lugar de estar corporalmente presentes en el pan y el vino. Este es el aspecto vertical de la Cena del Señor, la unión sacramental entre las realidades celestiales, que son invisibles, y las acciones y los elementos terrenales, que son visibles.

Cuando participamos de Cristo en la cena, nos nutrimos espiritualmente y crecemos en gracia. Además, al participar espiritualmente del cuerpo y la sangre de Cristo, nuestra unión con Él se fortalece. La Cena del Señor es también una ocasión para «testificar y renovar nuestra gratitud y compromiso con Dios». Debemos recordar la muerte de Cristo en la cruz por nuestros pecados y agradecer a Dios por Su obra expiatoria a nuestro favor.

También existe un aspecto horizontal en la cena. Como explicaron Agustín y Juan Calvino, la Cena del Señor es un «vínculo de amor» entre los creyentes. Al participar de la cena, debemos comprender que todos somos miembros del mismo cuerpo místico de Cristo. Si todos los cristianos están unidos a Cristo como su única Cabeza, todos los cristianos están unidos entre sí en el único cuerpo de Cristo. Esta comprensión de nuestra unión con Cristo y nuestra comunión entre nosotros debe dar como resultado el amor mutuo y la comunión, todo para la gloria de Cristo (1 Co 11:17-34).

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison
Keith A. Mathison

El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, incluyendo From Age to Age.

Dinero y posesiones en Proverbios

Alimentemos El Alma

Dinero y posesiones en Proverbios

Por Kevin DeYoung sobre Dinero

Traducción por Misael Susaña

La Biblia dice mucho acerca del dinero y las posesiones. Hay muchos versículos acerca de la riqueza y la pobreza. Con algunos temas, podemos salirnos del camino ya que la Biblia dice muy poco. ¿Qué deberíamos pensar sobre el curtido? Bien, no tenemos mucha instrucción específica, así que no hay mucho para ser dogmáticos sobre el tema.

Pero cuando se trata del dinero y las posesiones hay un problema opuesto. Porque la Biblia dice tanto acerca del dinero, es tentador desarrollar una desequilibrada teología del dinero.

Por un lado, es fácil ver de dónde viene la Teología de la Prosperidad. Toma unas pocas promesas del pacto mosaico fuera de su contexto nacional, toma la promesa de Malaquías 3 acerca de abrir las ventanas de los cielos, mézclalo con las declaraciones de Jesús sobre recibir todo lo que pidas con fe, y puedes hornear un poco el evangelio de la salud y la riqueza.

Por otro lado, es posible venir con una desequilibrada Teología de la Austeridad. Señala que Jesús no tenia dónde recostar su cabeza, recurre a la historia del joven rico, agrega la parábola del rico necio, y tendrás una teología que dice que el dinero es malo y así también los que lo tienen.

Tú podrías hacer un argumento bíblico de que Dios ama a los chicos ricos. Basta con mirar a Abraham, Job, y Zaqueo. Mira la manera en la cual El bendice a los reyes obedientes. Mira a la visión del deleite cósmico en el jardín y en el siglo venidero.

Así también tú puedes hacer un argumento bíblico de que Dios odia a los chicos ricos. Basta con mirar al rico y Lázaro. Mira el libro de Santiago. Mira la versión de Lucas del Sermón del Monte.

Así que, ¿cómo deberíamos pensar acerca del dinero y las posesiones? ¿Qué principios bíblicos deberíamos mantener en mente mientras miramos la riqueza y la pobreza, mientras manejamos nuestra propia riqueza o pobreza? Hay pocas cosas de las que la Biblia habla con tanta frecuencia. Lo cual es bueno, porque hay pocas cosas tan relevantes para todas las personas en todo lugar como obtener una buena teología del dinero.

Un lugar para empezar

Proverbios es un buen lugar para empezar en el desarrollo de una teología bíblica de las posesiones materiales. Para empezar, hay muchos versículos sobre el tema. Más importante, hay diversos aspectos de doctrina sobre el tema. Si comenzaste con Génesis, podrías concluir que Dios siempre prospera a su pueblo. Si comenzaste con Amós, podrías pensar que todas las personas ricas son opresoras. Pero Proverbios mira a la riqueza y la pobreza desde varios ángulos. Y porque Proverbios es un libro de máximas generales, los principios en proverbios son más transferibles fácilmente al pueblo de Dios de diferentes tiempos y lugares.

En la noche del domingo pasado le di a mi congregación diez principios de Proverbios sobre el dinero y las posesiones materiales. No te daré el sermón completo aquí, pero pensé que podría valer la pena al menos listar los puntos principales. Tal vez pueda entrar en más detalles la semana que viene sobre los puntos específicos.

Te daré los puntos aproximadamente de acuerdo a cuánto Proverbios dice acerca de un principio en particular. De esa manera terminaremos con los temas más importantes.

Diez principios sobre el dinero y las posesiones en Proverbios

1. Hay extremos de riqueza y pobreza que proveen tentaciones únicas a aquellos que viven en estos extremos (Pro. 30:7-9).

2. No te preocupes por las riquezas de otros (Pro. 12:9; 13:7).

3. El rico y el pobre son más parecidos de lo que ellos creen (Pro. 22:2; 29:13).

4. No puedes dar más que Dios (Pro. 3:9-10; 11:24; 22:9).

5. La pobreza no es bella (Pro. 10:15; 14:20; 19:4).

6. El dinero no puede darte completa seguridad (Pro. 11:7; 11:28; 13:8).

7. El Señor odia a aquellos que se hacen ricos injustamente (Pro. 21:6; 22:16, 22-23).

8. El Señor ama a aquellos que son generosos con los pobres (Pro. 14:21, 31; 19:7; 28:21).

9. El trabajo duro y el tomar buenas decisiones por lo general resultan en un aumento de la prosperidad (Pro. 6:6-11; 10:4; 13:11; 14:24; 21:17, 20; 22:4, 13; 27:23-27; 28:20).

10. El dinero no lo es todo. Éste no satisface (Pro. 23:4-5). Es inferior a la sabiduría (Pro. 8:10-11, 18-19; 24:3-4). Es inferior a la justicia (10:2; 11:4; 13:25; 16:8; 19:22; 20:17; 28:6). Es inferior al temor del Señor (Pro. 15:16). Es inferior a la humildad (Pro. 16:19). Es inferior a las buenas relaciones (Pro. 15:17; 17:1).

Llegando a conclusiones delicadas y encontrando a Cristo

No puedes entender la visión bíblica del dinero a menos que estés preparado para aceptar un número de verdades mantenidas en tensión.

Probablemente adquirirás más dinero si trabajas duro y estás lleno de sabiduría. Pero si todo lo que te importa es conseguir más dinero, eres el necio más grande. El dinero es una bendición de Dios, pero serás más bendecido si tú lo das. Dios te da dinero porque El es generoso, pero El es generoso contigo para que puedas ser generoso con otros. Y si tú eres generoso con tu dinero, Dios así mismo será generoso contigo. Es sabio ahorrar dinero, pero nunca pienses que el dinero te da real seguridad. La riqueza es más deseable que la pobreza, pero la riqueza no es tan buena como la justicia, la humildad, la sabiduría, las buenas relaciones, y el temor del Señor. 1 Corintios 1:30-31 dice que Cristo es para nosotros sabiduría de Dios, justificación, santificación y redención, para que tal como está escrito: “el que se gloría, que se gloríe en el Señor”. El dinero no puede darte ninguna de las cosas que tú necesitas en última instancia. Éste no puede hacerte santo. No puede hacerte justo. No puede salvarte de tus pecados. La riqueza es una señal de bendición, pero es también una de las tentaciones más grandes, ya que ésta te atrae a gloriarte en ti mismo. Promete ser tu autoestima y promete hacerte autosuficiente. Te invita a gloriarte en algo o alguien más aparte del Señor.

Así que, por los cuatro costados el dinero es un asunto de fe. Cree que hacer las cosas a la manera de Dios es la mejor manera para ti. Cree que si das tu dinero, El puede dártelo de vuelta. Cree que el dinero puede ser bueno. Pero no te atrevas a creer que lo es todo. El dinero es un regalo de Dios, pero los regalos que tú realmente necesitas sólo pueden ser encontrados en Dios.

Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

¿Qué dice la Biblia acerca del endeudamiento de un cristiano? ¿Puede un cristiano pedir o prestar dinero?

Got Questions

¿Qué dice la Biblia acerca del endeudamiento de un cristiano? ¿Puede un cristiano pedir o prestar dinero?

Pablo nos encomienda no deber a nadie nada sino el amor en Romanos 13:8. Este es un poderoso recordatorio del desagrado de Dios por toda forma de endeudamiento que no ha sido pagada de manera puntual (ver también Salmo 37:21). Al mismo tiempo, la biblia no ordena explícitamente contra todas las formas de deuda. La biblia advierte contra la deuda, y ensalza la virtud de no endeudarse, pero no prohíbe la deuda. La biblia tiene duras palabras de condena para los prestamistas que abusan de los que están atados a ellos en deuda, pero no condena al deudor.

Algunas personas cuestionan el cobro de cualquier interés sobre préstamos, pero muchas veces en la biblia vemos que es de esperarse el recibir una tarifa justa de interés sobre el dinero prestado (Proverbios 28:8, Mateo 25:27). En el antiguo Israel, la ley prohibía cargar intereses en una categoría de préstamos – aquellos hechos a los pobres (Levítico 25:35-38). Esta ley tenía muchas implicaciones sociales, financieras y espirituales, pero hay dos en especial que vale la pena mencionar. Primero, esta ley ayudaba genuinamente a los pobres al no empeorar su situación. Era ya bastante malo el haber caído en la pobreza, y pudiera ser humillante el tener que buscar asistencia; pero si adicionalmente al pago del préstamo, una persona pobre tenía que ser aplastada por el pago de intereses, la obligación resultaría más perjudicial que benéfica.

En segundo término, la ley enseñaba una importante lección espiritual. Para un prestamista, el hecho de no cargar los intereses del préstamo a una persona pobre era un acto de misericordia, porque estaría perdiendo el uso de ese dinero mientras estaba prestado. Sin embargo, esa sería una manera tangible de expresar gratitud a Dios por Su misericordia, al no cobrar a Su pueblo “intereses” por la gracia que Él les había concedido a ellos. Así como misericordiosamente Dios había sacado a los israelitas de Egipto cuando ellos no eran nada sino esclavos sin dinero y les había dado una tierra para que la poseyeran (Levítico 25:38), de igual manera, Él esperaba que ellos practicaran una bondad similar hacia sus propios compatriotas pobres.

Los cristianos se encuentran en una situación paralela. La vida, muerte y resurrección de Jesucristo ha pagado nuestra deuda de pecados con Dios. Ahora, mientras tengamos la oportunidad, podemos ayudar a otros en necesidad, particularmente a quienes son nuestros hermanos en la fe, con préstamos que no aumenten sus problemas. Jesús aún enseñó este principio en la parábola acerca de dos deudores y su actitud hacia el perdón de la deuda (Mateo 18:23-35).

La biblia no expresa ni prohibiciones ni permisos sobre el préstamo de dinero. La sabiduría de la biblia nos enseña que usualmente no es buena idea endeudarse. Las deudas nos hacen esencialmente esclavos de aquel a quien debemos. Al mismo tiempo, en algunas situaciones, el endeudarse es un “mal necesario”. En tanto que el dinero sea manejado de una manera sabia, y los pagos de la deuda sean manejables, un cristiano puede tener la carga de una deuda financiera si es absolutamente necesario.

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La parábola de los dos deudores

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Las parábolas de Jesús.

La parábola de los dos deudores

 Gerald Bikes

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.

¿Cuántas veces debemos perdonar a un hermano cristiano que peca contra nosotros? Esta pregunta viene a nuestra mente, así como vino a los labios de Pedro un día mientras Jesús hablaba a Sus discípulos sobre la vida de iglesia, la salvación, la disciplina y el arrepentimiento (Mt 18:1-35). 

La sugerencia de Pedro de perdonar hasta siete veces luce bastante generosa (v. 21). Pero Jesús le responde diciendo, no hasta siete veces, sino «hasta setenta veces siete» (v. 22). Jesús usa esta forma de hablar para decir que nuestro perdón a un hermano o hermana que se arrepiente debe ser como el perdón que Dios concede a los pecadores: sin límite. En otras palabras, debemos perder la cuenta al perdonar a los demás.

La historia que contó Jesús es fascinante. Un rey rico generosamente perdona a un sirviente que le debe una cantidad exorbitante: diez mil talentos. Para los oyentes de entonces, esto es como si nos hablaran hoy de varios miles de millones de dólares. Perdonado, el sirviente atraviesa las puertas del palacio y se encuentra con un hombre que le debe una cantidad comparativamente insignificante (cien denarios, que equivalen a unos pocos miles de dólares). Agarrando al hombre por el cuello, está dispuesto a recurrir a la violencia física y ante las súplicas por misericordia del hombre, el sirviente «perdonado» lo encierra en la cárcel por deudor y el rey se enfurece cuando se entera de la grave inconsistencia de este hombre. Debemos entender que esta parábola nos juzga si tenemos un espíritu no perdonador (v. 35). 

Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar.

Cristo no está diciendo que somos perdonados en base a los méritos que obtenemos al perdonar a otros. Tampoco está diciendo que es posible que las personas puedan perder su salvación una vez que han sido verdaderamente perdonados. En este pasaje Cristo no entra en una discusión profunda sobre soteriología. No menciona la imputación, la justicia o la fe, como lo hace el apóstol Pablo en Romanos 3-5. Cristo no está hablando aquí de la manera de ser salvo, sino más bien del resultado de la salvación. 

Además, en un contexto más amplio de Mateo 18, Jesús les está enseñando a Sus discípulos cómo confrontar, disciplinar y recibir de vuelta a los hermanos y hermanas ofensores. Recibir el perdón nos constriñe internamente a perdonar. Cuando David recibió misericordia de Dios, él a su vez buscó a alguien a quien pudiera mostrar la «misericordia de Dios» (2 Sam 9:3, RVR1960). La misericordia nos convierte en canales de misericordia. 

Cuando Cristo expuso esta parábola, iba camino a la cruz. Es solo por Su sacrificio único en la cruz que puede haber perdón para cualquier pecador. Y del Salvador crucificado fluye el poder de manifestar ese perdón a otros en la comunidad de fe. 

La buena noticia del evangelio es que, como dice el Salmo 130:4: «En Ti (Jesucristo) hay perdón, para que seas temido (o, reverenciado)». No todo el que piensa que está perdonado realmente lo está, pero eso no se debe a una falta de perdón por parte de Cristo. A nosotros nos resulta muy difícil perdonar a la misma persona tres veces, mucho más siete veces, pero en Su misericordia, Jesús arroja todos los pecados de Su pueblo a «las profundidades del mar» (Miq 7:19). 

Sin embargo, observa que la misericordia sin juicio no es bíblica. Esto se ve claramente en el trato final que el rey le dio al primer siervo. Dios es un Dios de profunda misericordia, pero «no tendrá por inocente al culpable» (Ex 34:7). Aquellos que abusan de Su evangelio para continuar en pecado y dureza de corazón se encontrarán con la ira de un Cordero menospreciado. 

Esta parábola sirve para recordarnos cuán grande es en verdad nuestra deuda con Dios. Por naturaleza, quebrantamos la ley de Dios constante, consistente y fácilmente. Para usar los términos de nuestra parábola, nuestra deuda asciende a miles de millones y es impagable. Este hecho en sí mismo es parte de lo que abre la fuente de la misericordia de Dios. Al entenderlo, rápidamente aflojaremos la presión que hacemos sobre la garganta de nuestro hermano creyente. Nuestra única esperanza es ser verdaderamente perdonados por la misericordia gratuita de Dios en Cristo. Su perdón es generoso, deslumbrante, glorioso, rico, nos lleva a temer a Dios y produce en nosotros gratitud. En este Dios hay más que suficiente para perdonar a los otros deudores por los que pedimos al orar el Padrenuestro (Mt 6:12). La misericordia de Cristo es una ola poderosa y veloz que no debe detenerse en nosotros. Apoyémonos firmemente en la gracia capacitadora de Dios para perdonar de manera ilimitada.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gerald Bikes
Gerald Bikes

El Dr. Gerald M. Bilkes es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica en el Puritan Reformed Theological Seminary en Grand Rapids, Michigan. Es autor de varios libros, entre ellos Glory Veiled [La gloria velada] y Unveiled: A Heart-Searching Look at Christ’s Parables [Desvelada: una mirada profunda a las parábolas de Cristo].

¿Qué dice la Biblia acerca del temor?

Got Questions

¿Qué dice la Biblia acerca del temor?

La Biblia menciona dos tipos específicos de temor. El primer tipo es beneficioso y debe ser fomentado. El segundo tipo es un detrimento y debe ser superado. El primer tipo de temor es el temor del Señor. Este tipo de temor no es necesariamente miedo que signifique estar temeroso de algo. Más bien, es un temor reverencial por Dios; una reverencia por Su poder y gloria. Sin embargo, también es un apropiado respeto por Su ira y enojo. En otras palabras, es un reconocimiento de todo lo que es Dios, lo cual viene a través de conocerlo a Él y todos Sus atributos.

El temor del Señor conlleva muchas bendiciones y beneficios. El Salmo 111:10 dice, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos. Su loor permanece para siempre”. Y Proverbios 1:7 declara, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Más aún, en Proverbios 19:23 dice, “El temor de JEHOVÁ es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado del mal”. Y de nuevo en Proverbios 14:27 dice, “El temor de JEHOVÁ es manantial de vida, para apartarse de los lazos de la muerte”. Y Proverbios 14:26 declara, “En el temor de JEHOVÁ está la fuerte confianza, y esperanza tendrán sus hijos”.

Por todo esto, se puede ver que el temor del Señor debe ser fomentado. Sin embargo, el segundo tipo de temor mencionado en la Biblia no es beneficioso en absoluto. Este es el “espíritu de cobardía” mencionado en 2 Timoteo 1:7 donde dice, “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder de amor y de dominio propio”. Así que podemos ver desde el principio que este “espíritu de temor” no viene de Dios.

Sin embargo, algunas veces estamos temerosos; algunas veces este “espíritu de temor” nos vence, y para vencer este temor necesitamos confiar y amar a Dios completamente. Primera de Juan 4:18 nos dice, “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”. Sin embargo, nadie es perfecto, y Dios lo sabe. Es por eso que Él ha esparcido generosamente aliento contra el temor a través de la Biblia. Comenzando desde el libro del Génesis y continuando a través de toda la Biblia hasta el libro de Apocalipsis, Dios nos dice “No temas”.

Por ejemplo, Isaías 41:10 nos anima “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. A menudo tememos el futuro y lo que será de nosotros. Pero Jesús nos recuera que Dios se preocupa por las aves del cielo, así que, ¿cuánto más proveerá para Sus hijos? “Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31). Tan solo estos pocos versículos cubren diferentes tipos de temor. Dios nos dice que no temamos estar solos, o estar demasiado débiles, o no ser escuchados, y no temer por nuestras necesidades físicas. Y estas exhortaciones continúan a través de la Biblia, cubriendo los diferentes aspectos del “espíritu de temor”.

En el Salmo 56:11, el salmista escribe, “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”. Este es un asombroso testimonio del poder de confiar en Dios. Lo que el salmista está diciendo es que, a pesar de lo que suceda, él confiará en Dios porque conoce y entiende Su poder. Entonces, la total y completa confianza en Dios, es la clave para vencer el temor. Confiar en Dios es rehusarse a ceder ante el temor. Es acudir a Dios aún en los tiempos más oscuros y confiar en que Él arregle las cosas. Esta confianza procede de conocer a Dios y saber que Él es un Dios bueno. Como dijo Job cuando estaba experimentando unas de las pruebas más difíciles registradas en la Biblia, “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).

Una vez que hayamos aprendido a poner nuestra confianza en Dios, ya no tendremos temor de las cosas que vengan contra nosotros. Seremos como el salmista que con confianza dijo: “…alégrense todos los que en Ti confían. Den voces de júbilo para siempre, porque Tú los defiendes. En Ti se regocijen los que aman Tu nombre” (Salmo 5:11).

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Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

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Libres del temor

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El Blog de Ligonier

Serie: El temor

 Burk Parsons 

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.

El mundo es un lugar peligroso, lleno de riesgos y de gente poco confiable. Hay amenazas, dificultades y trampas acechando en cada esquina porque el mal es real. Como cristianos, entendemos esto porque sabemos cómo el pecado y sus consecuencias entraron al mundo.

La Biblia de Estudio de La Reforma

Muchas personas no religiosas o ateas no quieren admitir que el mal existe o que los hombres son pecadores. No obstante, cuando hay ataques terroristas o calamidades son prontos para hablar sobre «actos de maldad» o de «personas malvadas». No tienen palabras propias para explicar las miserias y las tragedias de este mundo, por lo que deben tomar prestadas palabras de nuestra cosmovisión bíblica. Solo la Escritura proporciona una explicación coherente del mal, y solo la Palabra de Dios nos indica por qué somos temerosos por naturaleza.

Todos nacemos con temores, clamando por ayuda desde que entramos a este mundo. Hasta los bebés no nacidos experimentan un miedo intenso cuando los abortistas los están destrozando en los vientres de sus madres, lugar en donde antes estaban seguros y protegidos. Los niños pequeños le temen a la oscuridad y quieren una lámpara nocturna que los conforte. No solo sentimos temor por las peores catástrofes que nos suceden a nosotros y a los que nos rodean, sino también por todas las dificultades y tragedias menores que pudiéramos experimentar.

El temor es una emoción primitiva tan poderosa que puede causar estragos en nuestros corazones. La pregunta es: ¿qué hacemos con nuestros miedos? ¿Nos revolcamos en el fango del temor, actuamos como si no lo sintiéramos, intentamos esconderlo o tratamos de enfrentarlo con gran tenacidad? ¿O nos volvemos al Señor? Es solo cuando nos volvemos al Señor que podemos escucharle decir: «No temas». Sin embargo, el Señor nos ordena a no temer, no para que ignoremos nuestros miedos ni para que los superemos a pura fuerza de voluntad, sino porque Él nos ha prometido: «Yo estoy contigo». Debido a que el Señor está con nosotros, nos ha enseñado a temerle solo a Él. Todos los demás temores comienzan a desvanecerse cuando tememos al Señor.

Saber que estamos unidos a Cristo por la fe sola, y que el Espíritu Santo mora en nosotros, marca la diferencia entre tenerle miedo a Dios y temer a Dios. Marca la diferencia entre tenerle miedo a todos los peligros que pudiéramos enfrentar y confiar en nuestro Dios soberano, quien nunca nos dejará ni nos desamparará. El Espíritu Santo, nuestro Consolador, nos permite caminar siendo libres del temor porque hemos sido rescatados por Aquel que nos sostiene en la palma de Su mano. Por eso podemos cantar con John Newton: «Su gracia me enseñó a temer, mis dudas ahuyentó», y con Martín Lutero: «Aunque estén demonios mil prontos a devorarnos, no temeremos porque Dios sabrá cómo ampararnos» ya que Él ha decretado que Su voluntad prevalezca en nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.