La Biblia menciona dos tipos específicos de temor. El primer tipo es beneficioso y debe ser fomentado. El segundo tipo es un detrimento y debe ser superado. El primer tipo de temor es el temor del Señor. Este tipo de temor no es necesariamente miedo que signifique estar temeroso de algo. Más bien, es un temor reverencial por Dios; una reverencia por Su poder y gloria. Sin embargo, también es un apropiado respeto por Su ira y enojo. En otras palabras, es un reconocimiento de todo lo que es Dios, lo cual viene a través de conocerlo a Él y todos Sus atributos.
El temor del Señor conlleva muchas bendiciones y beneficios. El Salmo 111:10 dice, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos. Su loor permanece para siempre”. Y Proverbios 1:7 declara, “El principio de la sabiduría es el temor de JEHOVÁ; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Más aún, en Proverbios 19:23 dice, “El temor de JEHOVÁ es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado del mal”. Y de nuevo en Proverbios 14:27 dice, “El temor de JEHOVÁ es manantial de vida, para apartarse de los lazos de la muerte”. Y Proverbios 14:26 declara, “En el temor de JEHOVÁ está la fuerte confianza, y esperanza tendrán sus hijos”.
Por todo esto, se puede ver que el temor del Señor debe ser fomentado. Sin embargo, el segundo tipo de temor mencionado en la Biblia no es beneficioso en absoluto. Este es el “espíritu de cobardía” mencionado en 2 Timoteo 1:7 donde dice, “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder de amor y de dominio propio”. Así que podemos ver desde el principio que este “espíritu de temor” no viene de Dios.
Sin embargo, algunas veces estamos temerosos; algunas veces este “espíritu de temor” nos vence, y para vencer este temor necesitamos confiar y amar a Dios completamente. Primera de Juan 4:18 nos dice, “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”. Sin embargo, nadie es perfecto, y Dios lo sabe. Es por eso que Él ha esparcido generosamente aliento contra el temor a través de la Biblia. Comenzando desde el libro del Génesis y continuando a través de toda la Biblia hasta el libro de Apocalipsis, Dios nos dice “No temas”.
Por ejemplo, Isaías 41:10 nos anima “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. A menudo tememos el futuro y lo que será de nosotros. Pero Jesús nos recuera que Dios se preocupa por las aves del cielo, así que, ¿cuánto más proveerá para Sus hijos? “Así que no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31). Tan solo estos pocos versículos cubren diferentes tipos de temor. Dios nos dice que no temamos estar solos, o estar demasiado débiles, o no ser escuchados, y no temer por nuestras necesidades físicas. Y estas exhortaciones continúan a través de la Biblia, cubriendo los diferentes aspectos del “espíritu de temor”.
En el Salmo 56:11, el salmista escribe, “En Dios he confiado; no temeré; ¿Qué puede hacerme el hombre?”. Este es un asombroso testimonio del poder de confiar en Dios. Lo que el salmista está diciendo es que, a pesar de lo que suceda, él confiará en Dios porque conoce y entiende Su poder. Entonces, la total y completa confianza en Dios, es la clave para vencer el temor. Confiar en Dios es rehusarse a ceder ante el temor. Es acudir a Dios aún en los tiempos más oscuros y confiar en que Él arregle las cosas. Esta confianza procede de conocer a Dios y saber que Él es un Dios bueno. Como dijo Job cuando estaba experimentando unas de las pruebas más difíciles registradas en la Biblia, “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15).
Una vez que hayamos aprendido a poner nuestra confianza en Dios, ya no tendremos temor de las cosas que vengan contra nosotros. Seremos como el salmista que con confianza dijo: “…alégrense todos los que en Ti confían. Den voces de júbilo para siempre, porque Tú los defiendes. En Ti se regocijen los que aman Tu nombre” (Salmo 5:11).
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Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El temor.
El mundo es un lugar peligroso, lleno de riesgos y de gente poco confiable. Hay amenazas, dificultades y trampas acechando en cada esquina porque el mal es real. Como cristianos, entendemos esto porque sabemos cómo el pecado y sus consecuencias entraron al mundo.
Muchas personas no religiosas o ateas no quieren admitir que el mal existe o que los hombres son pecadores. No obstante, cuando hay ataques terroristas o calamidades son prontos para hablar sobre «actos de maldad» o de «personas malvadas». No tienen palabras propias para explicar las miserias y las tragedias de este mundo, por lo que deben tomar prestadas palabras de nuestra cosmovisión bíblica. Solo la Escritura proporciona una explicación coherente del mal, y solo la Palabra de Dios nos indica por qué somos temerosos por naturaleza.
Todos nacemos con temores, clamando por ayuda desde que entramos a este mundo. Hasta los bebés no nacidos experimentan un miedo intenso cuando los abortistas los están destrozando en los vientres de sus madres, lugar en donde antes estaban seguros y protegidos. Los niños pequeños le temen a la oscuridad y quieren una lámpara nocturna que los conforte. No solo sentimos temor por las peores catástrofes que nos suceden a nosotros y a los que nos rodean, sino también por todas las dificultades y tragedias menores que pudiéramos experimentar.
El temor es una emoción primitiva tan poderosa que puede causar estragos en nuestros corazones. La pregunta es: ¿qué hacemos con nuestros miedos? ¿Nos revolcamos en el fango del temor, actuamos como si no lo sintiéramos, intentamos esconderlo o tratamos de enfrentarlo con gran tenacidad? ¿O nos volvemos al Señor? Es solo cuando nos volvemos al Señor que podemos escucharle decir: «No temas». Sin embargo, el Señor nos ordena a no temer, no para que ignoremos nuestros miedos ni para que los superemos a pura fuerza de voluntad, sino porque Él nos ha prometido: «Yo estoy contigo». Debido a que el Señor está con nosotros, nos ha enseñado a temerle solo a Él. Todos los demás temores comienzan a desvanecerse cuando tememos al Señor.
Saber que estamos unidos a Cristo por la fe sola, y que el Espíritu Santo mora en nosotros, marca la diferencia entre tenerle miedo a Dios y temer a Dios. Marca la diferencia entre tenerle miedo a todos los peligros que pudiéramos enfrentar y confiar en nuestro Dios soberano, quien nunca nos dejará ni nos desamparará. El Espíritu Santo, nuestro Consolador, nos permite caminar siendo libres del temor porque hemos sido rescatados por Aquel que nos sostiene en la palma de Su mano. Por eso podemos cantar con John Newton: «Su gracia me enseñó a temer, mis dudas ahuyentó», y con Martín Lutero: «Aunque estén demonios mil prontos a devorarnos, no temeremos porque Dios sabrá cómo ampararnos» ya que Él ha decretado que Su voluntad prevalezca en nosotros.
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano?de Juan Calvino.
A pesar de todo su dolor, angustia, y soledad, Job va a rehusarse a abandonar su integridad. Aprendamos juntos, a partir del ejemplo de este gran hombre de Dios, a mantenernos firmes en medio de las dificultades de la vida.
Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin. Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes. Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/
Este ministerio se sostiene gracias a las oraciones y ofrendas de sus oyentes. Si quisiera ofrendar a este ministerio puede hacerlo en nuestra página https://sabiduriaespanol.org/ofrendar/
En cada una de las cinco solas de la Reforma, el énfasis está en el calificativo «solo». Mira este breve video de R.C. Sproul a través de los años enseñando la verdad del evangelio que fue redescubierto durante la Reforma del siglo XVI.
Transcripción
A lo largo de las ‘solas’, el énfasis está en… el calificativo «solo».
El mundo creado está llamado a reflejar la gloria de Dios. El hecho de que Dios crea una criatura coloca a esa criatura en deuda con el Creador. Y la única razón por la que existes… y que existo…. es por Él.
Nada hay inherentemente digno en el polvo y de eso hemos sido formados. La razón por la que vales es porque Dios dice que vales. Y el mundo entero está lleno de Su gloria. Solo Dios puede doblegar la conciencia absolutamente.
Un campesino armado con un versículo de las Escrituras tiene más autoridad que un papa o un directorio de iglesia que no tiene Escritura.
Esto fue tachado por los reformadores. Esto fue tachado por los reformadores. Y mi justicia inherente… está tachada. Para que tengas solo fe, solo gracia, solo Cristo.
La prerrogativa divina de misericordia y gracia es: «Tendré misericordia… del que Yo tenga misericordia». Esa es Su prerrogativa. Dios no le debe gracia salvadora a nadie.
Suelo hablar con mis amigos arminianos acerca de esto y les digo: «Déjenme hacerles una pregunta: ¿Por qué eres creyente y muchos miembros de tu familia o amigos que tienes, no son creyentes, siendo que ambos escucharon el evangelio?».
Jesús no dice que ningún hombre puede venir a él a menos que Dios lo ayude. Él dice que ningún hombre puede venir a él, a menos que Dios no le trajere.
Nadie es salvo solo porque afirma la doctrina de la justificación. ¿Qué pasa si niegas la doctrina de la justificación solo por fe? Eso es un asunto distinto, porque ahora estás negando que eres salvo por Cristo y solo por Cristo, y esa negación podría ser suficiente para condenarte.
Solo Cristo merece la salvación frente a un Dios justo y santo. Porque Él es el único que no tiene pecado.
Toda la doctrina de la justificación por la fe, toda la doctrina de la salvación por la gracia, se basa en el principio de que la ley de Dios se ha cumplido por… Cristo.
Cuando pongo mi confianza en Él, Él me imputa o pone a mi cuenta Su justicia. Y sobre la base de esa justicia imputada, Dios me declara justo ahora. Entonces, si muero ahora mismo, iré al cielo ahora mismo, porque tengo toda la justicia necesaria para llegar allí, es decir, la justicia de Jesucristo. Esas son buenas noticias.
Somos la confraternidad de enseñanza del Dr. R.C. Sproul. Existimos para proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud a tantas personas como sea posible. Nuestra misión, pasión y propósito: ayudar a las personas a crecer en su conocimiento de Dios y Su santidad.
Estaba mirando con detenimiento la vitrina del local. Había un libro sobre la vida de Martín Lutero y, justo al lado, una obra que aseguraba tener los secretos para el éxito en los negocios.
Debajo, otro título afirmaba que, quien lo leyera, podría convertirse en un líder con mucha influencia. Más allá, otro estante tenía obras con “palabras de Dios” para mí, con recetas para lucir más joven o para convertirme en un campeón. Era una librería cristiana. ¿O no?
Ubicando el problema
Lamentablemente, estanterías como las que describí hace un momento no son la excepción, sino la regla, en cuanto a muchas librerías que se autodenominan cristianas. Aunque podamos encontrar en estos lugares algunos libros que tengan doctrina sana, casi la totalidad de los textos que comercializan actualmente tienen el propósito de consentir al hombre y satisfacer sus deseos pecaminosos, además de su curiosidad, con misticismos y mentiras.
Las doctrinas de hombres que intentan dar fórmulas para todo son lo más común: “descubra las fuerzas y habilidades innatas y cómo avanzar para obtener salud, abundancia, importancia y éxito”, plantea una descripción del libro Su mejor vida ahora, de Joel Osteen[1]. Esto no es cristianismo. Es charla motivacional, pseudopsicología, gnosticismo y egoísmo todo junto. Libros como estos olvidan el principal problema que aqueja la humanidad: la muerte espiritual, el pecado y nuestra rebelión contra Dios. Presentan un dios (así, en minúscula) cuya finalidad es cumplir todos nuestros deseos, para lo cual Cristo es una especie de amuleto o llave mágica.
Esta literatura es dañina y ofende a Dios. Se rotulan como cristianas muchas obras que, por el hecho de ser escritas por los que ellos consideran grandes hombres de dios (también en minúscula, porque no sirven al Señor sino a las riquezas y a sus propias concupiscencias), entonces son aptas para la lectura de los creyentes. Son textos maquinados por hombres y mujeres que buscan llenar auditorios y estadios, pero poniéndole una máscara de piedad a la avaricia, el orgullo y la exaltación.
Aquí vale la pena hacer una anotación. Buena parte de quienes consumen estos libros van a ellos para que les digan lo que quieren oír [2], no lo que la Biblia enseña. No son simples víctimas. Esto continúa impulsando una industria que glorifica al ser humano y enriquece a blasfemos como TD Jakes, Joyce Meyer, Benny Hinn o Creflo A. Dollar, y a otros como Cash Luna, Guillermo Maldonado, Claudio Freidzon y Dante Gebel.
Mezclando la verdad con el error
Una de las cuestiones más alarmantes de estas librerías es que mezclan la verdad con el error, poniendo al lado de nombres como el de Charles Spurgeon, R. C. Sproul, Loraine Boettner, Thomas Watson y John Owen, a lobos disfrazados de ovejas. Si bien ningún ser humano es infalible, podemos afirmar rotundamente que sí hay literatura que alimenta espiritualmente y que esta, normalmente, está casi ausente de estos locales. Se deja por fuera gran parte de la doctrina bíblica que ha enseñado la iglesia del Señor durante siglos, reemplazándola por imaginaciones, falsas revelaciones actuales y nuevos movimientos que capturan a los falsos convertidos y a los incautos.
Alguna vez ingresé a una de estas librerías y pregunté por teología reformada. Los que atendían me miraron como si estuviera hablando en mandarín. Conversaron un momento y luego me señalaron unos títulos que tenían en un rincón polvoriento, entre libros de sanación y milagros. Haciendo un escaneo, encontré algo de historia del cristianismo y unas biografías, que eran físicamente difíciles de alcanzar porque estaban insertados entre las columnas que formaban el resto de textos. En otra ocasión, vi cómo guardaban los libros de sana doctrina entre el techo y la parte más alta de los estantes, donde la vista casi no alcanza a llegar. Sea esto intencional o no, demuestra la aversión que tienen la mayoría de los negocios por aquello que confronte el pecado, llame al arrepentimiento y ponga la mirada en Cristo como debe ser.
¿Qué podemos hacer?
Si quiere comenzar a leer o hacerlo con más frecuencia, tenga en cuenta que nada puede reemplazar la lectura sistemática, cuidadosa y profunda de las Escrituras. Ellas son “ la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento, fe y obediencia salvadores” [3]. Por eso, los siguientes consejos presuponen que usted tiene una vida cristiana en crecimiento y que se congrega regularmente para escuchar la Palabra de Dios, la sana doctrina. Si posee dificultades con alguna de estas cosas, arrepiéntase y pídale perdón al Señor para que le ayude a ser más disciplinado.
Pida al Señor sabiduría y discernimiento para que, con la ayuda del Espíritu Santo, pueda tener la claridad de decidir qué lecturas son adecuadas.
Averigüe quién es el autor, la denominación a la que pertenece y sus posiciones teológicas. Esto le ayudará a hacerse una idea de qué es lo que puede encontrarse.
Consulte con su pastor o algún hermano maduro en la fe para que puedan recomendarle autores que honren a Dios con la vida que llevan (llevaban) y la doctrina que profesan (profesaban). Evite al máximo caer en la trampa de que no importa lo que crean o cómo vivan las personas que usted lee, siempre y cuando lo que escriban sea agradable.
Lea autores considerados clásicos, así como también escritores actuales. Hay muchas enseñanzas que la Iglesia ha defendiendo a lo largo del tiempo, así que no se cierre a conocer lo que dijeron aquellos que nos precedieron.
Busque editoriales y librerías que sean explícitos en la línea que manejan. Normalmente, aquellos que mezclan la verdad con el error son tibios al definir qué venden y qué no. Esto es un mal síntoma. Para conocer algunas, puede volver al punto tres.
¡Lea! Y hágalo con constancia. A veces el tiempo es reducido, pero sabemos que el Señor utiliza la vida y las obras teológicas de hermanos en Cristo para beneficio nuestro.
Estos consejos no pretenden ser una fórmula infalible ni una lista exhaustiva, pero sí nos permitirán, con la ayuda de nuestro buen Dios, asegurarnos al máximo de que lo que leemos está de acuerdo con el Evangelio bíblico, histórico y verdadero. Recordemos que hay muchas doctrinas atractivas y novedosas que prometen cosas que Dios no ha prometido. Debemos rechazarlas con firmeza y no apoyar su difusión. Denúncielas. No compre libros o películas que las promuevan. Pídale al Señor Su divina asistencia para nutrirse con literatura que glorifique al Dios Trino. Tenga celo por la sana doctrina. ¡Cuidado con las librerías “cristianas”!
[1] Este hombre es apoyado por falsos maestros y pastores como la popular Joyce Meyer. Fragmento extraído de: http://bit.ly/2qTdEff (esta librería y editorial comercializa textos como los criticados en este artículo).
[2] 2 Timoteo 4:3
[3] De las Sagradas Escrituras. Confesión Bautista de Fe de 1689. Párrafo 1.
Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.
Al principio del capítulo 12 del Evangelio de Lucas, encontramos a Jesús rodeado de varios miles de personas mientras les advierte contra la levadura de los fariseos (v. 1). De inmediato, Él continúa diciendo una segunda advertencia respecto a quién debemos temer:
Y Yo os digo, amigos míos: no temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no tienen más nada que puedan hacer. Pero Yo os mostraré a quién debéis temer: temed al que, después de matar, tiene poder para arrojar al infierno; sí, os digo: a este, ¡temed! (vv. 4-5).
Hubo además una tercera advertencia de parte de Jesús para todo hombre y mujer: «Y os digo, que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre le confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios» (vv. 8-9).
Jesús vino a salvar lo que se había perdido y a restaurarnos a una vida centrada en Dios, que glorifica a Dios y que está llena de gozo.
Justo en medio de esta rica enseñanza espiritual «uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que divida la herencia conmigo». Pero Él le dijo: «¡Hombre! ¿Quién me ha puesto por juez o árbitro sobre vosotros?»» (vv. 13-14). El Maestro intentaba enseñar a la multitud y a Sus discípulos algunos principios importantes sobre la vida en el Reino de Dios. Pero es obvio que este hombre solo estaba interesado en las cosas relacionadas con el reino de los hombres. El hecho de que se dirigiera a Jesús como maestro, revela que en ese tiempo se esperaba que los maestros con ciertos niveles de autoridad fueran capaces de emitir un juicio justo en casos de esta naturaleza.
Pero Jesús se niega a quedar atrapado en el ámbito terrenal. Después de todo, Cristo había enseñado a Sus seguidores: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18:36). Es posible que quien hace la petición sea el más joven de los dos, ya que en aquellos días el hermano mayor era quien ostentaba el derecho a la propiedad o tenía el permiso necesario para hacer cualquier cosa con la herencia. Independientemente de esto, la misión de Jesús estaba relacionada con el tema más importante de todo el universo: la salvación de la humanidad, así que al parecer el hombre que hace la petición o no prestó atención a las enseñanzas de Jesús o fue incapaz de entender lo que acaba de oír.
El Maestro pasa por alto la petición y aprovecha la oportunidad para narrar una parábola enfatizando de qué se trata la verdadera vida. Veamos las características del hombre de la parábola. No es un hombre agradecido. Su tierra produce abundantemente, y suena como si esto ocurriera de manera natural por la gracia común de Dios. De hecho, en esa primera frase, el sujeto es la tierra y no el hombre, pero no hay evidencia de que este reconociera que el Creador es quien provee los nutrientes a la tierra, la lluvia y el sol que permiten a la tierra producir de la manera en que lo hace.
Además, el hombre es muy egocéntrico. Se refiere a sí mismo más de diez veces usando los pronombres personales «yo» y «mi». Su estilo de vida egocéntrico también puede verse en la idea de almacenar «todo mi grano y mis bienes». No lo comparte con nadie ni lo vende a otros que lo necesiten.
Este hombre también es ignorante; cree que rige su vida. Se dice a sí mismo que ha almacenado lo suficiente para vivir durante muchos años, pero sin tener garantía alguna de que esto sucederá. Su cosmovisión refleja su narcisismo. Él dice: «Y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes depositados para muchos años; descansa, come, bebe, diviértete.» (v. 19). Solo piensa en deleitarse en placeres mientras otros mueren de hambre.
Además, este hombre vive como un necio, como alguien que no cree en Dios o que vive como si Dios no existiera. «El necio ha dicho en su corazón: “No hay Dios”» (Sal 14:1). Él es ajeno a la soberanía de Dios. «Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclaman el alma; y ahora, ¿para quién será lo que has provisto?”. Así es el que acumula tesoro para sí, y no es rico para con Dios» (Lc 12:20-21).
Esta parábola es corta y simple, pero al mismo tiempo es rica y profunda. Después de la caída, los descendientes de Adán adoptaron una cosmovisión egocéntrica, terrenal y centrada en el «aquí y ahora». Jesús vino a salvar lo que se había perdido y a restaurarnos a una vida centrada en Dios, que glorifica a Dios y que está llena de gozo. Abrazar esto debe ser nuestra prioridad.
El Dr. Miguel Núñez es pastor principal de la Iglesia Bautista Internacional, es presidente y fundador de Ministerios Integridad & Sabiduría en Santo Domingo, República Dominicana. Es autor de varios libros, incluyendo El poder de la Palabra para transformar una nación y Una Iglesia conforme al corazón de Dios.
Hoy realicé las tareas domésticas que imagino que mujeres más hacendosas y dedicadas al hogar hacen todo el tiempo: la limpieza que requiere separar los muebles de la pared, pasar la aspiradora debajo de las camas y aplicar ferozmente un paño a los travesaños de las sillas y los recovecos de los estantes.
Las rutinas hogareñas son la música de fondo detrás de todo lo que hago. El estudio ministerial va acompañado del sonido de la lavadora y de la cadencia de la preparación continua de la comida. En invierno, hay que alimentar la estufa con abundante leña y; en verano, es necesario ocuparse del jardín.
Este ritmo constante de actividad es lo que mantiene unido un hogar, y sorprendentemente he descubierto que es posible encontrar una existencia plena y significativa en medio de una tediosa rutina. En la vida no es más importante lo qué haces sino porqué lo haces. Nadie me enseñó esa lección mejor que Elisabeth Elliot.
Escritora y ama de casa
Hace veintisiete años, empaqué mi taza de café favorita, archivos personales, algunas muestras de trabajo y abandoné mi carrera en recursos humanos. Cuatro bebés en ocho años, la escuela en la casa, el ministerio de la iglesia y un enorme huerto dejaban poco tiempo para el estudio profundo. Pero desde el principio me sumergí con fervor en los libros de Elliot y encontré una mentora en ella.
Pronto descubrí que Elliot se apresuró en encontrar la conexión entre las rutinas de la vida doméstica y los misterios de la práctica espiritual. Aunque se convirtió en una oradora pública muy solicitada, y sus palabras llegaron (y aún llegan) a millones a través de los ministerios de la radio y la prensa; afirmó que disfrutaba mucho más las tareas domésticas, porque sabía cómo hacerlo y (a diferencia de escribir un libro) sabía cuáles serían los resultados.
Su minuciosidad fue fomentada en parte por su directora de internado, que decía: «No andes con una Biblia debajo del brazo si aún no has barrido bajo la cama» (Becoming Elisabeth Elliot, 34). No quería escuchar hablar de espiritualidad a alguien con el suelo sucio.
Con su dicción perfecta, humor irónico y su expresión sensata y nítida de la palabra de Dios, Elliot ha influido en mi forma de enseñar y cómo criar a mis hijos como nadie. Además ha transformado enormemente mi actitud hacia las tareas domésticas.
Mezcla de gracia y valentía
Aunque no llego al nivel de Elliot, me motiva su afirmación de que la autodisciplina, en el hogar o en cualquier otro sitio, es una alegre entrega, un «gran sí al llamado de Dios» que ante todo encuentra su camino en una vida a través del fiel desempeño de pequeñas tareas invisibles (Joyful Surrender, 16).
Ella me ayudó a ver las tareas domésticas en analogía con nuestra vida espiritual en general. Así como quitar las migajas de la mesa del comedor nunca será asunto de una vez (al menos en mi casa), tampoco lo son las prácticas de formación espiritual. Al ocuparnos de la salud e integridad de nuestras almas, todos los días habrá «migajas» que retirar, lo que es bueno, porque nos mantiene conscientes de nuestra dependencia de Dios.
La fuerte base evangélica de Elliot me ha ayudado a mantenerme alejada de una mentalidad autosuficiente, porque ella me recuerda que “la disciplina no es mi reclamo sobre Cristo, sino la evidencia de Su reclamo sobre mí»(Joyful Surrender, 28). Practicamos el autocontrol en la tierra por milagro de la gracia, según las pautas de las Escrituras y a través de la inspiración y el poder del Espíritu de Dios. Nuestra propia voluntad es lo que ofrendamos a Dios, un “sacrificio vivo” (Romanos 12: 1).
Poseía Elliot una mezcla de valentía y gracia tal que es imposible determinar (e inútil preguntarse), dónde termina una y comienza la otra. Hablaba con la certeza de alguien que siempre ha elegido el camino de la obediencia y la fe, para aprender que el gozo y la profunda intimidad con Dios no tienen precio, incluso cuando obedecer se siente como una acción pequeña e invisible.
Compromiso diario con la fe
En una vida marcada por grandes dificultades y oportunidades tanto para la gloria como para el dolor, es evidente que Elliot se convirtió en alguien impresionante al establecer un compromiso diario con la fe en lugares invisibles. Una fe brutalmente práctica y claramente mística la llevó al ministerio de decir la verdad con audacia, forjada en un crisol de soledad y admiración por los caminos de Dios. Apoyándose en sus dudas, encontró la lealtad de Dios y lo acogió al mismo tiempo “como viaje y destino” (Becoming Elisabeth Elliot, 253).
En diversas etapas de su vida la estuvo escribiendo idiomas no escritos, actuando como madre soltera, planchando las camisas de su marido, recibiendo visitas en su casa de Nueva Inglaterra, viajando por todo el mundo como oradora y luchando con la tecnología para producir más de dos docenas de libros. Ella volcó fielmente su vida al servicio de Dios, convencida de que todo era parte de su llamado. Nunca le otorgó mayor importancia a las «tareas ministeriales» sobre las tareas domésticas.
Ella sabía (y me ha enseñó a ver) que el ministerio de la mantención y cuidado siempre fue parte del buen plan de Dios para la humanidad. Desde el principio, Adán y Eva fueron los colaboradores designados por Dios y, como portadora de su imagen, imito a Dios cuando me dedico a la tarea que mantiene a mi familia alimentada, vestida, y estoy en el lugar correcto a la hora correcta. Por lo tanto, todas las tareas mundanas que se repiten en esta vida maternal tienen significado.
Imitamos a Dios al realizar tareas ordinarias y organizar el desorden. Arreglar un armario desordenado, desinfectar la bandeja de una silla de bebé , distribuir la ropa limpia y doblada por toda la casa son tareas tan discretamente rutinarias como el trabajo que Dios hace en nuestro tiempo para regar sus árboles con lluvia o, en la historia, para preparar el maná que alimentó a una generación de israelitas (Éxodo 16).
Los quehaceres domésticos y la Gran Obra
La misericordia, la justicia y la preparación de sándwiches comparten el mismo territorio en el sistema de valores del cielo, porque el Dios que trabaja y ha trabajado en nuestro nombre nos invita a unirnos a él en la Gran Obra.
Manifiéstese tu obra a tus siervos, y tu majestad a sus hijos, y sea la gracia del Señor nuestro Dios sobre nosotros. Confirma, pues, sobre nosotros la obra de nuestras manos; sí, la obra de nuestras manos confirma. (Salmo 90: 16-17)
Dejemos que continúe el trabajo de las tareas domésticas y que encontremos satisfacción en la más pequeña tarea realizada con el mayor amor en una vida enfocada en ganar lo que nunca podemos perder.
Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.
El ideal del humanismo secular es que la humanidad se reconozca como parte de la naturaleza no creada y eterna; su objetivo es auto remediar al hombre sin referencia a o ayuda de Dios. El humanismo secular surgió de la Ilustración del siglo XVIII y el libre pensamiento del siglo XIX. Algunos cristianos se sorprenderán al saber que en realidad comparten algunos compromisos con los humanistas seculares. Muchos cristianos y humanistas seculares comparten un compromiso con la razón, la investigación libre, la separación de la iglesia y el estado, el ideal de la libertad, y la educación moral; sin embargo, se diferencian en muchas áreas. Los humanistas seculares basan su moralidad e ideas sobre la justicia en la inteligencia crítica sin ayuda de las Escrituras, en la que los cristianos confían para el conocimiento de lo verdadero y lo erróneo, el bien y el mal. Y aunque los humanistas seculares y los cristianos desarrollan y utilizan la ciencia y la tecnología, para los cristianos estas herramientas son para utilizarse en el servicio del hombre para la gloria de Dios, mientras que los humanistas seculares ven estas cosas como instrumentos para alcanzar fines humanos sin referencia a Dios. En sus investigaciones sobre el origen de la vida, los humanistas seculares no admiten que Dios creó al hombre del polvo de la tierra, habiendo primero creado la tierra y todas las criaturas vivientes en ella de la nada. Para los humanistas seculares, la naturaleza es una fuerza eterna, que se autoperpetúa.
Los humanistas seculares pueden sorprenderse al saber que muchos cristianos comparten con ellos una actitud de escepticismo religioso y están comprometidos con el uso de la razón crítica en la educación. Siguiendo el patrón de los de Berea, los humanistas cristianos leen y escuchan la instrucción, pero nosotros examinamos todas las cosas a la luz de las Escrituras (Hechos 17:11). Nosotros no simplemente aceptamos cualquier declaración o percepción mental que entra en nuestras mentes, sino que probamos toda idea y «conocimiento» contra la norma absoluta de la Palabra de Dios para obedecer a Cristo nuestro Señor (ver 2 Corintios 10:5; 1 Timoteo 6:20). Los humanistas cristianos entienden que todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento están escondidos en Cristo (Colosenses 2:3) y buscan crecer en el conocimiento completo de todo lo bueno para el servicio de Cristo (Filipenses 1:9; 4:6; cf. Colosenses 1:9). A diferencia de los humanistas seculares, que rechazan la noción de la verdad revelada, nos adherimos a la Palabra de Dios, que es el estándar contra el cual medimos o comprobamos la calidad de todas las cosas. Estas breves observaciones no dilucidan plenamente el humanismo cristiano, pero añaden vida y relevancia a la definición clínica dada en léxicos (por ejemplo, El Tercer Nuevo Diccionario Internacional de Webster que define el humanismo cristiano como «una filosofía que aboga por la realización del hombre en el marco de los principios cristianos»).
Antes de considerar una respuesta cristiana al humanismo secular, debemos estudiar el término humanismo en sí mismo. El humanismo generalmente recuerda el renacimiento o el avivamiento del antiguo conocimiento y cultura que se llevó a cabo durante el tiempo del Renacimiento. Durante este tiempo, los «humanistas» desarrollaron modos rigurosos de erudición basados en modelos griegos y romanos, y trataron de construir un nuevo estilo latín (en las artes literarias y plásticas) y las instituciones políticas basadas en ellas. Sin embargo, mucho antes del Renacimiento, el «Humanismo cristiano» prosperó en las obras y el pensamiento de San Agustín, Aquino, Erasmo y otros. Algunos incluso ven en Platón, un filósofo pagano, un tipo de pensamiento que es compatible con la enseñanza cristiana. Mientras que Platón ofrece mucho de lo que es provechoso, sus hipótesis y conclusiones ciertamente no eran bíblicas. Platón, al igual que Nietzsche, creía en la «eterna recurrencia» (la reencarnación); él, y los griegos en general mostraron respeto superficial a sus dioses, pero para ellos el hombre era la medida de todas las cosas. Expresiones contemporáneas del humanismo secular rechazan los elementos cristianos nominales de sus precursores, y las verdades bíblicas esenciales, como el hecho de que los seres humanos llevan la imagen de su Creador, el Dios revelado en la Biblia y en la vida terrenal y ministerio del Señor Jesús.
Durante la revolución científica, las investigaciones y descubrimientos de científicos ampliamente capacitados que pueden ser considerados humanistas (hombres como Copérnico y Galileo) desafiaron el dogma católico. Roma rechazó los resultados de las nuevas ciencias empíricas y emitió pronunciamientos contradictorios sobre asuntos fuera del dominio de la fe. El Vaticano dijo que, ya que Dios creó los cuerpos celestes, éstos deben reflejar la «perfección» de su Creador; por lo tanto, rechazó los descubrimientos de los astrónomos que las órbitas de los planetas son elípticas y no esféricas, como previamente se creía, y que el sol tiene «manchas» o zonas más frías, más oscuras. Estos hechos empíricamente verificables, y los hombres y mujeres que los descubrieron, no contradijeron las enseñanzas bíblicas; el verdadero cambio de la verdad bíblicamente revelada hacia el humanismo naturalista — caracterizado por el rechazo de la autoridad y la verdad bíblica, y que conduce hacia una forma de humanismo abiertamente secular — se produjo durante la Ilustración, que abarcó los siglos XVIII y XIX y echó raíces en toda Europa, floreciendo especialmente en Alemania.
Numerosos panteístas, ateos, agnósticos, racionalistas y escépticos, persiguieron varios proyectos intelectuales que no estaban sujetos a la verdad revelada. En sus formas separadas y distintas, hombres como Rousseau y Hobbes buscaron soluciones amorales y racionales al dilema humano; además, obras como La Fenomenología Del Espíritu de Hegel, La Crítica De La Razón Pura de Kant, y La Ciencia Del Conocimiento de Fichte, pusieron las bases teóricas para futuros humanistas seculares. Consciente o inconscientemente, los académicos contemporáneos y los humanistas seculares construyen sobre esa base cuando promueven exclusivamente enfoques «racionales» a las cuestiones sociales y éticas, y formas antinomianas de libre determinación, en ámbitos tales como la autonomía individual, la libertad de elección en las relaciones sexuales, la reproducción y la eutanasia voluntaria. En el ámbito cultural, los humanistas seculares dependen de métodos críticos al interpretar la Biblia y rechazan la posibilidad de una intervención divina en la historia humana; en el mejor de los casos, consideran la Biblia una «historia sagrada».
Con el nombre de «alta crítica «, el humanismo secular se difundió en las escuelas de teología y promovió su enfoque antropocéntrico o racionalizado de estudios bíblicos. A partir de Alemania, la «alta crítica» a las finales del siglo XIX intentó «ir detrás de los documentos» para disminuir el énfasis del mensaje autoritario del texto bíblico. Como ha observado Darrell L. Bock, el carácter especulativo de la alta crítica trató la Biblia «como un espejo brumoso hacia el pasado» y no como el registro histórico inerrante de la vida y las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles («Introducción», Roy B. Zuck y D. L. Bock, Una Teología Bíblica Del Nuevo Testamento, 1994, p. 16). Por ejemplo, en su Teología Del Nuevo Testamento, Rudolf Bultmann, un exponente de la alta crítica, depende en gran medida de suposiciones críticas. Como señala Bock, el autor es «tan escéptico sobre el retrato de Jesús en el Nuevo Testamento que apenas habla de una teología de Jesús» (ibid).
Si bien la alta crítica debilitó la fe de algunos, otros, como B. B. Warfield del Seminario de Princeton, William Erdman y otros, persuasivamente defendieron la Biblia como la Palabra de Dios. Por ejemplo, en respuesta a los escépticos que cuestionaron la fecha temprana y autoría joánica del cuarto evangelio, Erdman y otros fieles siervos del Señor han defendido estos puntos esenciales con argumentos críticos y con igual erudición.
Asimismo, en la filosofía, la política y la teoría social, académicos cristianos, juristas, escritores, formuladores de la política y artistas, han usado armas similares al defender la fe y convencer corazones y mentes para el Evangelio. Sin embargo, en muchas áreas de la vida intelectual, la batalla está lejos de terminar. Por ejemplo, en los círculos literarios más allá del mundo académico, las ideas de Ralph Waldo Emerson siguen teniendo gran influencia. El panteísmo de Emerson equivale a una negación de Cristo; es sutil y puede engañar a los incautos a alejarse del Evangelio. Emerson sostuvo que el «Over Soul» dentro de las personas, (un término genérico, no sectario que significa «presencia perdurable sobre»), hace de cada persona la fuente de su propia salvación y verdad. En la lectura de escritores como Emerson y Hegel, los cristianos (especialmente aquellos que contenderían ardientemente por la fe una vez dada a los santos [Judas 3]) deben ejercer prudencia y mantener la Palabra de Dios en el centro de sus pensamientos y humildemente seguir siendo obedientes a ella en sus vidas.
A veces, los humanistas seculares y cristianos han participado en un diálogo honesto sobre la base o fuente de orden en el universo. Si lo llaman razón o la fuerza motriz de Aristóteles, algunos racionalistas seculares deducen correctamente que la Verdad moral es un prerrequisito para el orden moral. Aunque muchos humanistas seculares son ateos, generalmente tienen una alta opinión de la razón; por lo tanto, los apologistas cristianos pueden dialogar con ellos racionalmente acerca del Evangelio, como Pablo lo hizo en Hechos 17:15-34 cuando se dirigió a los atenienses.
¿Cómo debería responder un cristiano al humanismo secular? Para los seguidores del Camino (Hechos 9:2; 19:19,23), cualquier forma legítima del humanismo debe ver la plena realización del potencial humano en la sumisión de la mente y la voluntad humana a la mente y la voluntad de Dios. El deseo de Dios es que ninguno perezca, sino que todos se arrepientan y hereden la vida eterna como Sus hijos (Juan 3:16; 1:12). El humanismo secular pretende hacer ambos mucho menos y mucho más. Su objetivo es sanar a este mundo y glorificar al hombre como autor de su propia salvación progresiva. En este sentido, el humanismo «secular» se siente muy a gusto con ciertos substitutos religiosos para el verdadero Evangelio de Dios — por ejemplo, las enseñanzas de Yogananda, el fundador de la Sociedad de la Auto-Realización. Por el contrario, los humanistas cristianos siguen al Señor Jesús en el entendimiento que nuestro reino no es de este mundo y no puede ser plenamente realizado aquí (Juan 18:36; 8:23). Fijamos nuestras mentes en el reino eterno de Dios, no en las cosas terrenales, porque hemos muerto y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo — quien es nuestra vida — vuelva, seremos manifestados con Él en gloria (Colosenses 3:1-4). Esto es verdaderamente una gran visión de nuestro destino como seres humanos, porque somos Su descendencia, como han dicho incluso los poetas seculares (ver el poema de Arato «Phainomena»; CF. Hechos 17:28).
Uno no tiene que ser un cristiano para apreciar que el humanismo impulsado por la razón sola no puede tener éxito. Incluso Emmanuel Kant, escribiendo su Crítica de la Razón Pura durante el apogeo de la Ilustración alemana, entendió esto. Los seguidores de Cristo no deberían caer víctimas de la falsedad de la filosofía y la tradición humana, o ser tomados cautivos por formas del humanismo basadas en la fe romántica en la posibilidad de la auto realización humana (Colosenses 2:8). Hegel basó el progreso humano en el ideal de la razón como espíritu mismo “instanciando” a través de etapas dialécticas progresivas en la historia; pero si Hegel hubiese vivido para ver las guerras mundiales del siglo XX, es dudoso que hubiese persistido en detectar el progreso humano en esta debacle de la historia. Los cristianos entienden que cualquier forma de humanismo puesta aparte de una redención de origen divino, es condenada al fracaso y es falsa a la fe. Basamos una visión elevada del hombre en una visión elevada de Dios, ya que la humanidad ha sido creada a la imagen de Dios, y estamos de acuerdo con la Escritura acerca de la situación desesperada del hombre y el plan de Dios de la salvación.
Como observó Alexander Solzhenitsin, el humanismo no ofrece ninguna solución a la condición desesperada de la humanidad. Él escribe: «Si el humanismo fuera correcto en la declaración que el hombre nace para ser feliz, no nacería para morir. Ya que su cuerpo está condenado a morir, su tarea en la tierra claramente debe ser de una naturaleza más espiritual”. Desde luego. La tarea de la humanidad es buscar y encontrar a Dios (Hechos 17:26-27; cf. 15:17), nuestro Redentor verdadero que nos ofrece una herencia mayor que la terrenal (Hebreos 6:9; 7:17). Cualquiera que abra la puerta a Cristo (Apocalipsis 3:20) heredará ese mejor lugar que Dios ha preparado para aquellos que le aman y son llamados según Sus propósitos (Efesios 1:11; Romanos 8:28; Hebreos 11:16; cf. Mateo 25:34; Juan 14:2). ¿Cuánto más excelente es esto que todos los objetivos orgullosos y elevados contenidos en los manifiestos humanistas seculares?
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Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Las parábolas de Jesús.
El tema del Reino de Dios ocupó un lugar importante en las enseñanzas de Jesús desde el principio de Su ministerio terrenal (Mt 4:17; Mr 1:15; Lc 4:43). Él proclamó que Su venida a la tierra significaba que el Reino de Dios se había acercado. Estaba inaugurando el reino de Dios en medio de Sus oyentes. Los milagros y la enseñanza acompañaban y demostraban esta inauguración. Su enseñanza tomó diferentes formas, pero la más importante de ellas fueron las parábolas, que usó para enseñar a Sus oyentes algo sobre la naturaleza del Reino. Las parábolas del grano de mostaza (Mt 13:31-32; Mr 4:30-32; Lc 13:18-19) y la levadura (Mt 13:33; Lc 13:20) revelan algo del avance misterioso y lo imperceptible del Reino de Dios. Miraremos brevemente a cada una por separado.
Jesús comparó el Reino de Dios con un grano de mostaza, cuya pequeña forma inicial comparada con su impresionante forma final le proporcionaba a Jesús una ilustración adecuada del avance del Reino de Dios desde su inauguración hasta su consumación. Siendo una de las semillas más pequeñas de Palestina, la semilla de mostaza con el tiempo produciría un árbol parecido a un arbusto que alcanzaría más de tres metros de altura. La diminuta semilla llegaría a ser tan grande que las aves del cielo la encontrarían propicia como morada.
Cuando Cristo regrese para consumar el Reino de Dios, nadie podrá negar Su gloria.
Esta descripción se remonta al rey Nabucodonosor de Babilonia. Él soñó con un árbol que había crecido tanto que las aves del cielo se posaban en él. Sin embargo, el árbol fue cortado en un instante. La interpretación de Daniel reveló que todos los reinos de los hombres colapsarán, incluso el del poderoso Nabucodonosor (Dn 4). Pero el Reino de Dios es diferente. Aunque la inauguración de este Reino no fue impresionante, crecería hasta alcanzar su forma final y gloriosa, hasta que las aves del cielo anidaran en sus ramas (Ez 31:6).
Para que Sus oyentes entendieran el mensaje, Jesús contó otra parábola para ilustrar virtualmente la misma idea sobre el Reino de Dios. En esta parábola, una mujer esconde levadura de la masa de la semana pasada en tres medidas de harina. El poquito de levadura tiene su efecto en toda la masa. Como la levadura, el Reino de Dios comienza pequeño, y su obra es a menudo oculta e invisible, hasta que su resultado final es materializado.
Estas parábolas gemelas ilustran el crecimiento del Reino de Dios a ocurrir entre la primera y la segunda venida de Jesús. En ellas, Jesús demostró que la manera en que inauguró el Reino de Dios no tiene por qué sembrar dudas sobre el poder y la legitimidad de Su oficio mesiánico y del Reino. La humilde inauguración no fue un error; fue planificada por Dios. Juan Calvino señaló: «El Señor abre Su Reino con un comienzo frágil y despreciable, con el propósito expreso de que Su poder sea ilustrado más plenamente por su inesperado progreso».
Desde que Jesús pronunció estas parábolas, la semilla de mostaza ha echado raíces y ha florecido. El pan leudado se ha expandido exponencialmente. Aquellos que se opusieron a Jesús y a Sus seguidores después de Su ascensión trataron de aplastar la naciente Iglesia —cortar el árbol— antes de que llegara más allá de Jerusalén. Sin embargo, sus intentos fueron inútiles. De hecho, mientras más cortaban, más crecía el árbol. El martirio de Esteban es un ejemplo, ya que aceleró la dispersión que llevó el evangelio más allá de Jerusalén, a Judea, a Samaria y hasta los confines de la tierra (Hch 8:4). La historia de la Iglesia es el cumplimiento de la promesa de Jesús de que ni siquiera las puertas del infierno prevalecerían contra ella (Mt 16:18).
Pero el Reino que Jesús inauguró espera Su regreso para su consumación completa y final. Mientras tanto, caminamos por fe y no por vista (2 Co 5:7). Somos ciudadanos de este Reino que no puede ser conmovido (Heb 12:28). Cuando Cristo regrese para consumar el Reino de Dios, nadie podrá negar Su gloria (Mt 25:31; Mr 14:62). Aquel que se encarnó y nació en un estado humilde volverá en esplendor y juicio (1 Tes 4:16; Ap 1:7) para consumar el Reino. Y finalmente, el tabernáculo de Dios estará con el hombre (Ap 21:3-4).
Aaron L. Garriott es editor principal de Tabletalk Magazine, profesor adjunto residente en la Reformation Bible College de Sanford, Fla., y graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.
Soy un millennial. No es que esté orgulloso de ese calificativo, dado su uso durante la última década. De todos modos, nunca he conocido un mundo sin televisión, teléfonos móviles y computadoras, pero he podido experimentar lo que sería vivir en un mundo así. Recuerdo haber trabajado como consejero en un campamento en Maryland hace algunos años. Este campamento no tenía internet inalámbrico, y los teléfonos inteligentes todavía no existían. Solíamos quedarnos despiertos hasta tarde en la noche en el vestíbulo, conversando y riéndonos con otros miembros del personal. Cuando mi hermana menor fue a trabajar allí un par de años después, el campamento ya había instalado Internet inalámbrico. Le pregunté sobre el vestíbulo. Ella dijo que por las noches, prácticamente ya nadie lo usaba. Muchos se quedaban en sus habitaciones para ponerse al día con el correo electrónico y navegar por Internet.
Es extraño que la tecnología pueda cambiar la forma en la que vivimos, pero lo ha hecho, y lo sigue haciendo. Somos criaturas físicas, y nuestro entorno no solo nos rodea. Somos parte de él, y él es parte de nosotros. Algo de nuestro medio ambiente —y, por lo tanto, de nosotros— ha cambiado en los últimos años. Robert D. Putnam, en su estudio histórico sobre la conexión social en los Estados Unidos, Solo en la bolera, escribe:
Las últimas décadas han sido testigos de una sorprendente disminución del contacto regular con nuestros amigos y vecinos en una amplia gama de actividades. Pasamos menos tiempo conversando durante las comidas, intercambiamos visitas con menos frecuencia, participamos con menos frecuencia en actividades recreativas que fomentan la interacción social informal, pasamos más tiempo mirando (aunque a veces se haga en presencia de otros) y menos tiempo haciendo. Conocemos menos a nuestros vecinos, y a nuestros viejos amigos no los vemos tan seguido.
En su muy estudiado libro, Putnam destaca el verdadero declive de la participación política, cívica y religiosa en las últimas décadas. Y, por supuesto, cuando hay más aislamiento —es decir, menos conexión social— hay más soledad. Un par de encuestas recientes, incluyendo una realizada por el proveedor de atención médica Cigna, junto con otra de The Economist y la Kaiser Family Foundation, resaltan la omnipresencia de la soledad en el mundo occidental. Esta última halló que el 22 por ciento de los adultos en los Estados Unidos a menudo o siempre se sienten solos, carecen de compañía o se sienten excluidos. Según los expertos, los jóvenes son más propensos a sentirse solos que las personas mayores, y la soledad parece estar aumentando entre todos. Varios estudios, como uno de la Sociedad Americana del Cáncer, incluso han relacionado la soledad con la mala salud y con un mayor riesgo de muerte. Algunos han tomado estos datos y le han dado un nombre: «la epidemia de la soledad».
¿Qué es lo que ha causado nuestra soledad? No podemos señalar a una sola cosa, porque el problema es complejo. Putnam lo reconoce, pero también sugiere algunos factores que contribuyen, como la tecnología. Sin embargo, la tecnología, como el Internet inalámbrico, de alguna manera ha traído más conectividad. Permite que personas de diferentes lugares del mundo se comuniquen entre sí. Las redes sociales, por ejemplo, han permitido que mucha gente se vuelva a conectar. No obstante, al mismo tiempo, las redes sociales no pueden ofrecer el mismo nivel de involucramiento que la presencia personal. Es decir, no se compara con invitar a un amigo a cenar. Otras tecnologías ofrecen una experiencia similar. La televisión puede parecer genial cuando estamos solos, pero también puede parecer vacía. Igualmente podríamos apuntar a una tecnología como el automóvil, el cual nos ha brindado una mayor libertad de movimiento, pero a menudo a costa de aislarnos. Los humanos ahora viven más distanciados que nunca, lo que resulta en menos oportunidades de verse. Y cuando viajamos, cada uno está aislado en su propio auto.
También podríamos apuntar a los cambios sociales y religiosos ocurridos durante el siglo pasado. Putnam señala que las mujeres que ingresaron a la fuerza laboral moderna a mediados del siglo XX cambiaron significativamente nuestra conexión social. Reconoce que las mujeres suelen estar más comprometidas socialmente que los hombres, y si ambos en la pareja están trabajando, simplemente hay menos tiempo para involucrarse en la comunidad. (Eso no quiere decir, por supuesto, que las mujeres nunca deberían ingresar al mercado laboral. Después de todo, antes de que los hombres ingresaran a la fuerza laboral moderna, también estaban en casa, en la granja familiar). Además, también podemos reconocer el creciente número de estadounidenses que se han desvinculado de la religión organizada. En general, y al no pertenecer a un grupo religioso particular que se reúna regularmente, nuestra conexión social ha disminuido. En cualquier caso, independientemente de las causas del aumento de nuestro aislamiento, estamos más aislados que nunca.
Tal vez tú no te sientas aislado. Si no te sientes así, probablemente conozcas a alguien que sí. La soledad está en todas partes hoy. Los estudios lo dejan claro. Así que ¿cómo deberíamos vivir? Como cristianos, estamos llamados a seguir el ejemplo de Jesucristo y vendar a los quebrantados de corazón (Is 61:1). Si conoces a muchas personas, tienes amigos y estás conectado socialmente, comparte esa abundancia con las personas solitarias y los necesitadas. Identifícalos en tu iglesia para que sean amigos y recíbelos, porque Cristo nos recibió a nosotros (Rom 15:7). Las personas solitarias suelen ser fáciles de detectar porque se sientan solas en la iglesia y no hablan con nadie. Si estás solo y aislado, recuerda que Dios está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los abatidos de espíritu (Sal 34:18). El cristiano nunca está realmente solo, porque Dios está con él (Jn 14:16-17). Ora para que Dios te conceda amigos y una comunidad, y cuando lo haga, compártelos con otros.
En una era solitaria y aislada, tenemos la gran oportunidad de reflejar la luz de Jesús en nuestro mundo, pues Jesús nos ha dicho que todos sabrán que somos Sus discípulos si nos amamos unos a otros (Jn 13:35). ¿Y qué otra solución tiene el aislamiento que no sea el amor de Cristo?