Córtate la mano, sácate el ojo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Córtate la mano, sácate el ojo

Ray Ortlund

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las palabras duras no son palabras dañinas, cuando vienen de Jesús. Es importante mantener esto en mente cuando leemos lo siguiente:

Y si tu mano o tu pie te es ocasión de pecar, córtatelo y échalo de ti; te es mejor entrar en la vida manco o cojo, que teniendo dos manos y dos pies, ser echado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecar, arráncatelo y échalo de ti. Te es mejor entrar en la vida con un solo ojo, que teniendo dos ojos, ser echado en el infierno de fuego. (Mt 18:8–9)

Aquí, Jesús nos llama a la santidad personal, por costosa y dolorosa que sea, como Su ruta para nosotros “entrar en la vida”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia.

El Señor no nos está diciendo literalmente que nos mutilemos. Después de todo, el apóstol Pablo condenó “la humillación… y el trato severo del cuerpo” (Col 2:23). Pero el punto principal de nuestro Señor es este: debemos decidir que, sin importar cual sea el costo personal, seguiremos el supremo llamamiento de Dios en Cristo (Fil 3:14). Así es, el Señor está obrando en nosotros lo que es agradable delante de Él (Heb 13:21). Estamos confiando en Su mérito y poder. Pero no somos pasivos en nuestra santificación. Nuestra parte consiste en oponernos a nuestros pecados con una disciplina estricta; y no es opcional. Nuestro Señor nos dice: “Cueste lo que cueste, libérate, sígueme y entra en la vida. La única alternativa es el infierno”.

El Evangelio produce gente moralmente decisiva que tiene hambre y sed de justicia, deseos que Dios promete satisfacer (Mt 5:6). “La gracia de Dios se ha manifestado… enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente” (Tit 2:11-12). “Buscad… la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12:14). Disciplino mi cuerpo… para que haga lo que debe hacer” (1 Co 9:27 NTV).  

¿Sería una buena noticia si Jesús dijera “No importa cómo se manifiestan tus peores impulsos, no hablaremos de eso. De lo único que quiero hablar es de lo mucho que te acepto”? ¿Podríamos confiar en un Salvador así? El Jesús verdadero nos ama lo suficiente como para libremente aceptarnos y confrontarnos con honestidad.

Persigamos la santidad, rigurosamente. Por Su gracia y para Su gloria, entraremos en la vida que es verdaderamente vida para siempre.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Ray Ortlund
Ray Ortlund

El Dr. Ortlund es pastor principal de Immanuel Church en Nashville, Tenn., presidente de Renewal Ministries, y autor de varios libros, incluyendo When God Comes to Church.

Comenzar bien no es suficiente

Coalición por el Evangelio

Comenzar bien no es suficiente

OTTO SÁNCHEZ

Al igual que muchos personajes de distintos ámbitos, en las Escrituras encontramos personas dotadas de todo lo necesario para tener éxito según los parámetros de Dios. Uno de esos personajes bíblicos fue uno cuyo nombre significa requerido, o solicitado. Él entra en la escena bíblica con grandes expectativas en torno a su persona, con todas las herramientas necesarias para ser lo que Dios quería que él fuera, y así satisfacer las necesidades de su nación.

Su historia comienza a narrarse en los días donde el pueblo hebreo, ya en la tierra prometida, estaba siendo gobernado temporalmente por jueces hasta que se estableciera el gobierno monárquico que Dios le había prometido (Dt. 17:14-20). Sin embargo, ante la anarquía imperante (Jue. 17: 621: 25) el pecado, la inoperancia de los hijos de Samuel (1 S. 8:1-5), el querer ser como las demás naciones (1 S. 8:5), y las amenazas de los enemigos (1 S. 12:12) motivaron al pueblo a presionar al profeta Samuel para la búsqueda de un Rey.

Las Escrituras nos dicen que la persona elegida por Dios para ser ese rey fue Saúl, quien tenía todas las condiciones para desarrollar una gran gestión. Sin embargo, su éxito como rey estaba condicionado a las normas que el mismo Dios había establecido de cómo debían ser los reyes (Dt. 17: 14-20). Según este pasaje, las gestiones de los futuros gobernantes de Israel estaban reguladas por unas estrictas normas de modestia, prudencia, equidad, justicia y honestidad; y así debía de ser el mandato de Saúl, que dicho sea de paso, por ser el primer rey, tenía mayor responsabilidad, por los precedentes que habría de establecer.

Saúl tenía todo lo que se necesitaba para ser un buen gobernante: temeroso de Dios, justo, amado por su pueblo, y con el potencial para tener gran éxito. En  1 Samuel 9:1-21 podemos ver por lo menos diez cualidades que se reflejan en su carácter y en lo que Dios estaba dispuesto a hacer con él:

  1. Venía de una familia rica e influyente (v. 1).
  2. Buena apariencia física (v. 2).
  3. Sometido a la autoridad de su padre (v. 3).
  4. Diligente (v. 4).
  5. Prudente (v. 5).
  6. Sabía escuchar (v. 6).
  7. Dadivoso (v. 7).
  8. Escogido por Dios (v. 17-19).
  9. Respaldo inmediato de Dios (v. 20).
  10. Humilde (v. 21).

De este Saúl casi no hablamos. Estamos más acostumbrados a escuchar sobre el otro Saúl cuando ya era una persona rebelde y lejos de Dios. Todas estas características en su vida hacían de Saúl tanto una persona íntegra como un rey muy prometedor. Con todas esas cualidades, vemos un éxito asegurado. Un carácter dócil, diligente, buena familia, y el respaldo de Dios… ¡qué más se podía pedir! No había en Israel un candidato como él. Todo lo que se podía pedir de un gobernante, Saúl lo poseía. ¡No podía fallar! El profeta Samuel lo ungió como rey, y esto es lo que dice la palabra de Dios de ese momento:

Tomó entonces Samuel la redoma (frasco) de aceite, la derramó sobre la cabeza de Saúl, lo besó y le dijo: ¿No te ha ungido el Señor por príncipe sobre su heredad?… Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre.  Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo.  (1 Samuel 10:167)

En estos textos vemos algunas características que sobresalen en un Saúl ya ungido como rey, en adición a las que ya poseía. No había duda alguna de que el éxito de Saúl como rey estaba sellado. Después de ser ungido por Samuel, el respaldo de Dios es reiterado en él, y como consecuencia de esto vemos cómo sería la ejecución de Saúl. ¿No era esta una maravillosa oportunidad para Saúl? En muy pocas personas (incluso de renombre) en las Escrituras se observan tantas cualidades juntas:

  1. Fue consagrado por Samuel para ser rey (v. 1)
  2. El Espíritu del Señor estaría sobre él con gran poder (v. 6)
  3. Hablaría en el nombre del Señor (v.6)
  4. Libertad para accionar. (v. 7)
  5. Dios estaría con él (v. 7)

En el campo político, deportivo, artístico o ministerial, la realidad de Saúl se ha repetido muchas veces. Hemos sido testigos de políticos que han llegado al poder por un respaldo masivo de votantes, para después tener una gestión patética. Los titulares de las páginas deportivas de los diarios nos han traído reportajes de las grandes hazañas de ciertos atletas que hoy en día están pasando por procesos judiciales, despojados de sus trofeos y de sus hazañas, sumergidos en las neblinas de la vergüenza. Todos recordamos las voces encantadoras de artistas que tuvieron de rodillas a París con sus encantos, y el mundo de las drogas y de los excesos como arena movediza les ahogaron, apagando sus voces y las luces de su escenario.

Más doloroso es esta realidad cuando se da en el orden ministerial. Hemos visto cómo algunos hombres han sido instrumentos de Dios y nos han edificados desde sus púlpitos, para después ser protagonistas de penosos escándalos que avergüenzan el nombre de Cristo y presentan una mala imagen de la iglesia que Él limpió con su sangre.

Al igual que Saúl, muchos comienzan bien, pero terminan mal. ¿Por qué es esto así? Porque comenzar bien no es suficiente. ¿Dónde está el fallo? ¿Por qué lo que comienza bien no necesariamente termina bien? La vida de Saúl responde estas interrogantes. De hecho, cuando examinamos la historia bíblica y la historia secular, nos podemos dar cuenta que hay comunes denominadores entre Saúl y la de muchos actores de eventos del pasado y del presente.

¿Qué pasó con Saúl? ¿Cómo pudo llegar a degenerar en la manera que registran las Escrituras? ¿Cómo podemos evitar repetir su triste historia en nuestras vidas y ministerios? La ruina espiritual de una persona no es algo abrupto. No es algo que se da de forma repentina, sino más bien es un proceso. La vida de Saúl así lo indica. Comenzó a gobernar a los treinta años (1 Samuel 13:1)[1], y ya establecido como rey, Saúl comienza a dar evidencias de ser una persona distinta a la que había sido ungida. Comenzó a confiar en sus propias capacidades más que en Dios que se las había dado. Veamos brevemente el proceso de su decadencia:

Impaciencia. (1 Samuel 13: 8-15)

Su orgullo y confianza en sí mismo lo llevó a ser impaciente. Samuel le había dicho que esperara por él. Saúl, no sometido a las indicaciones del profeta y (según él) presionado por las circunstancias y el pueblo (1 S. 13: 5-7), usurpa las funciones sacerdotales de ofrecer sacrificios (Nm. 3: 10).

De esta manera, Saúl no pasa lo que pudiera parecer una prueba de Samuel de tardar intencionalmente para verificar su carácter, y termina pecando contra Jehová. Esto mismo sucedió con el pueblo hebreo cuando Moisés estuvo hablando con Dios. Ellos interpretaron que tardaba demasiado, desobedecieron en contubernio con Aarón, y terminaron haciendo y adorando un becerro de oro (Éx. 32).

A pesar de haber pecado, Saúl no da muestra de arrepentimiento, y con esta acción da el primer paso para dañar su relación con Dios, que nunca volvería a ser la misma a partir de ese momento. Los capítulos siguientes a los eventos del capítulo trece no son menos dramáticos e ilustrativos de la decadencia de Saúl:

Desobediencia (1 Samuel 15).

Desobedeció flagrantemente contra Dios en la confrontación contra los amalecitas. Algunos eruditos piensan que Saúl tal vez pudo haber preservado la vida del rey de Amalec para presentarlo como botín de guerra, y así buscar popularidad y reconocimiento del pueblo en vez de buscar honrar a Dios.

 Autosuficiencia (1 Samuel 17:1124)

Confianza en él mismo en vez confiar en Dios. Los desafíos de Goliat llenaron de miedo a Saúl y a todo Israel. Se llenó de miedo porque creía que era en él que estaba la victoria. Olvidó que podía hacer lo que quisiera siempre que fuera guiado por el Señor (1 Samuel 10: 6-7).

 Envidia (1 Samuel 18:6-9)

Dios desechó a Saúl por su desobediencia, que acarreó a su vez otros pecados. Dios entonces escoge a David (1 S. 16:1-13), quien derrota a Goliat (1 S. 17: 48-51). Saúl, al ver el recibimiento que le hicieron a David por todo Israel, se llenó de celo y envidia. A partir de ese momento comenzó un repudió que terminó en odio y en reiterados intentos por matar a David, quien ya era el verdadero ungido de Jehová (1 S. 19).

Cuando vemos el desarrollo de la vida de Saúl entonces confirmamos que todo aquello que le fue puesto en sus manos no lo supo retener y terminó su gestión de una manera muy diferente a cómo comenzó. 1 Samuel 31 nos dice cómo terminaron los días de Saúl: aquel dotado de todo lo que se necesitaba para tener una gran gestión como rey de Israel y siervo del Altísimo a la vez, ahora muere junto con sus hijos y rodeados de los mismos temores que le acompañaron siempre, por confiar en él en vez de Jehová que lo llamó.

Comenzar bien no es suficiente. Debemos cuidar en el transcurso de nuestros ministerios lo que Dios quiere de nosotros. Debemos cuidar lo que se nos ha entregado porque no es nuestro, y al no ser nuestro, tenemos que rendir cuenta por eso.

Pienso que aunque los seres humanos somos muy complejos, y a veces actuamos de maneras inexplicables, servir al Señor y ser fieles a Él está claramente plasmado en su Escritura. Saúl escogió el camino de la desobediencia, la soledad, y la confianza en sí mismo. Comenzó bien pero terminó mal. Todos nosotros tenemos a nuestro alcance prevenir las acciones de Saúl.

En lo particular he pecado en mis años de ministerio, pero Dios en su gracia ha tenido misericordia de mí y por eso estoy de pie. Dios ha puestos hombres a nuestros alrededor para que nos amonesten en amor. Al igual que Saúl, tenemos nuestros propios Samueles para que le rindamos cuenta, y aunque hayamos comenzado mal (como es mi caso) podamos terminar bien.

Las palabras de nuestro Dios por medio del profeta Samuel todavía tienen vigencia. Han surcado con su eco el tiempo y el espacio para recordarnos lo que Saúl olvidó:

Entonces el Espíritu del Señor vendrá sobre ti con gran poder, profetizarás con ellos y serás cambiado en otro hombre. Cuando estas señales te hayan sucedido, haz lo que la situación requiera, porque Dios está contigo (1 Samuel 10: 6,7).

[1] Según la BLA. Algunos señalan que es más exacto sugerir que tenía cuarenta puesto que Jonatán su hijo era ya comandante de tropas según lo indica I Samuel 13: 2

​Otto Sánchez es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama (IBO) en Santo Domingo, República Dominicana. Es además director del Seminario Teológico Bautista Dominicano. Está casado con Susana Almánzar, y tienen dos hijas, Elizabeth y Alicia. Puedes encontrarlo en twitter.

Y los violentos lo conquistan por la fuerza

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Y los violentos lo conquistan por la fuerza

David E. Briones

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Jesús dijo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo conquistan por la fuerza» (Mt 11:12). Aquí, dos interrogantes han dejado a los lectores rascándose la cabeza: primero, ¿qué quiere decir que el reino está sufriendo violencia? Y segundo, ¿quiénes son los que conquistan el reino por la fuerza? Para ir aclarando un poco este asunto, comencemos con la segunda pregunta para luego regresar a la primera.

Así como el reino enfrentó hostilidad en aquel entonces, también lo hace ahora.

¿Quiénes son «los violentos» que «conquistan [el reino] por la fuerza»? La palabra traducida como«los violentos» siempre tiene una connotación negativa. Por lo tanto, no puede describir una acción positiva, como en la traducción «hombres ansiosos se esfuerzan por entrar en él» (J.B. Phillips). Debe referirse a aquellos que se opusieron al reino. Esto se hace aún más obvio cuando reconocemos que la palabra traducida como «conquistan» (o «arrebatan») casi siempre implica malas intenciones. Las personas malvadas que encajan en esta descripción incluyen a Herodes Antipas, quien encarceló a Juan el Bautista (Mt 11:2), y los líderes judíos que se opusieron al ministerio de Jesús (9:34; 12:22-24).

¿Qué quiere decir que el reino está “sufriendo violencia”? El verbo griego usado aquí puede traducirse correctamente de dos maneras: «sufriendo violencia» «avanzando con fuerza». Ambas traducciones son admisibles. La primera opción considera que el reino está bajo ataque de las fuerzas de las tinieblas (Herodes Antipas, líderes judíos, etc.). La opción dos proyecta una imagen del reino de Dios como avanzando poderosamente contra esa misma oposición. Si bien cada una destaca un elemento verdadero del reino de los cielos, la opción uno es más convincente. Porque si «los violentos conquistan [el reino] por la fuerza», entonces tendría más sentido ver el reino como «sufriendo violencia» a manos de «los violentos». En ambas cláusulas de Mateo 11:12, el reino de Dios es el objeto directo de la hostilidad incrédula.

Así como el reino enfrentó hostilidad en aquel entonces, también lo hace ahora. Pero los creyentes pueden descansar confiadamente en el triunfo de Dios sobre el mal, el pecado y la muerte misma a través del Señor Jesucristo. Cualquiera que sea la oposición que el reino y sus súbditos puedan enfrentar, la declaración de Job al Señor sigue siendo cierta: «Yo sé que Tú puedes hacer todas las cosas, y que ningún propósito tuyo puede ser estorbado» (Job 42:2).

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].

Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

Ministerios Ligonier

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Una introducción a las duras declaraciones de Jesús

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Las llamadas duras declaraciones de Jesús se incorporaron al léxico cristiano en 1983 con la publicación del libro de F.F. Bruce que lleva el mismo nombre. Sin embargo, individuos han estado lidiando con las enseñanzas de Jesús mucho antes de que el padre de la erudición bíblica evangélica británica del siglo veinte escribiera su ahora famosa obra.

Luego del discurso de Jesús sobre el pan de vida en Juan 6, muchos seguidores profesantes de Cristo abandonaron Su grupo de discípulos porque se sintieron ofendidos por lo que denominaron como Sus «duras declaraciones» (vv. 60-65). No todos estaban desconcertados por las palabras de Cristo. El apóstol Pedro respondió a las mismas palabras «ofensivas» con confianza, exclamando: «Tú tienes palabras de vida eterna» (v. 68). ¿Cómo responderemos a las duras declaraciones de Jesús?

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna.

Incluso una lectura rápida de Juan 6:22-71 revelará una serie de desafíos interpretativos. El sermón de Jesús aborda doctrinas tan amplias como la Trinidad, la elección y la reprobación, el propósito de Su misión, la naturaleza de la fe, la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el lugar de Israel dentro de la historia de la redención y la obra del Espíritu Santo. Como lo ilustra esta lista, las dificultades en la interpretación bíblica no se limitan a las duras declaraciones de Jesús, sino que están presentes en toda la Biblia.

Una de las razones por la que nos esforzamos por entender de manera correcta las duras declaraciones de la Biblia es porque creemos, como Pedro, que ellas contienen las palabras de vida eterna. En muchos sentidos, luchar con estas duras declaraciones es la quintaesencia de la ocupación evangélica. Dado que creemos que la Biblia es la inerrante Palabra de Dios, examinamos detenidamente cómo es interpretada cada «iota y tilde». La vocación más básica de cada cristiano es ser un buen exégeta de la Palabra de Dios. La razón por la cual nos preocupa tanto la tarea de la hermenéutica es porque creemos que la interpretación correcta de la Sagrada Escritura es esencial para la fe y la práctica. Nuestro compromiso con la inspiración y la autoridad de la Biblia requiere el estudio, la explicación, la defensa y la aplicación cuidadosa de la revelación bíblica.

El vínculo entre la autoridad bíblica y la interpretación es un sello distintivo del pensamiento protestante. Un subproducto de la doctrina de la Reforma de la sola Scriptura, con su insistencia en una lectura literal de la Biblia, fue el desarrollo de recursos tales como concordancias y guías de estudio, para ayudar a los lectores a ser más diestros en la exposición de las Escrituras. Basándonos en las ideas de los reformadores, aquí hay cuatro herramientas útiles de hermenéutica para ayudarte a «manejar con precisión» las duras declaraciones de la Biblia (2 Tim 2:15).

Primero, conoce el contexto. La regla más fundamental en la interpretación bíblica es la analogía de la Escritura. Deja que la Escritura interprete la Escritura. Cada texto bíblico está situado en un contexto bíblico. Toma el tiempo para definir palabras difíciles, localizar lugares desconocidos y resumir el punto principal del pasaje. Pregúntate cómo el versículo en cuestión contribuye a la lógica del capítulo y a la trama del libro. Compara pasajes poco claros con porciones más claras de la Biblia que se refieren a la misma enseñanza o evento. Volviendo a Juan 6, los comentarios de Jesús sobre el pan de vida no solo deben leerse en el contexto de la alimentación de los cinco mil, sino también en referencia a la provisión de Dios de maná para Israel en Éxodo 16 y Números 11.

Segundo, revisa tu teología. Los reformadores también enfatizaron la analogía de la fe. Ninguna interpretación debe contradecir la teología general de la Escritura. Aunque tu análisis gramatical-histórico pueda ser completo, si esta interpretación compromete las verdades de la fe cristiana, puedes estar seguro de que has interpretado el texto incorrectamente. Una sólida confesión de fe y una teología sistemática confiable son recursos invaluables para delinear los límites ortodoxos dentro de los cuales florece la exégesis bíblica.

Tercero, escucha a los santos. Si bien la historia de la iglesia y la erudición bíblica actual no son inherentemente autoritativas y en ocasiones pueden reflejar un consenso doctrinal mínimo, la exégesis no ocurre en un vacío histórico. Los mejores exégetas aprenden de la comunión de los santos. El Cristo que ascendió ha dado maestros y predicadores con el propósito de ayudar a Su pueblo a entender mejor Su Palabra. Los comentarios, las Biblias de estudio y los sermones están entre los mejores amigos de los exégetas. Verifica tus interpretaciones comparándolas con los hallazgos de los mejores intérpretes bíblicos tanto en el pasado como en el presente.

Finalmente, confía en el Espíritu. La interpretación bíblica es un ejercicio espiritual. Debemos depender de la obra iluminadora del Espíritu Santo para evitar el error y para interpretar correctamente la Palabra de Dios. Como Jesús dice: «El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha» (Jn 6:63). Las palabras de Jesús son difíciles, no porque sean oscuras, sino porque son imposibles de creer sin el Espíritu Santo.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Qué podemos aprender de los liberales

The Master’s Seminary

Qué podemos aprender de los liberales

Nathan Busenitz

Cada primavera, en mi clase de historia de la iglesia, nos toca estudiar una breve descripción de los teólogos alemanes del siglo 19 y principios del siglo 20.

Es una especie de cátedra deprimente, ya que vemos la triste historia de la intersección entre el escepticismo y la erudición, podemos ver la catástrofe que desató la duda y la incredulidad desenfrenada. Y cómo a pesar de vivir en el mismo país de la Reforma, muchos teólogos protestantes alemanes abandonaron las doctrinas históricas del cristianismo bíblico debido a la popularidad del racionalismo de la Ilustración. Al hacerlo, naufragaron sus propias almas y devastaron la fe de millones de personas.

Promotores de la alta crítica, como Johann Eichhorn y David Strauss, negaron la inspiración y la infalibilidad de la Biblia. Según ellos, Moisés no escribió el Pentateuco y los cuatro evangelios no fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Para empeorar las cosas, sugirieron que el Jesús de la Biblia no es el mismo que el Jesús real de la historia. En su «búsqueda del Jesús histórico,» los críticos crearon un «Jesús» de su propia imaginación, y en esencia trataron de reducirlo a un buen tipo que nunca pudo hacer un milagro, nunca afirmó ser Dios y fue mal interpretado en gran parte por el judaísmo del primer siglo.

Por otra parte, teólogos liberales como de Friedrich Schleiermacher a Albrecht Ritschl, trataron desmantelar las verdades de la Biblia. En gran parte buscaban una nueva base sobre sobre la cual basar su nueva versión artificial del cristianismo. Algunos encontraron tal base en la experiencia personal de la filosofía del romanticismo mientras que otros lo encontraron en la ética moral del evangelio social. Pero al negar las principales doctrinas del cristianismo (como la muerte sustitutiva de Cristo y su resurrección corporal), el liberalismo negó la esencia misma del mensaje del evangelio (cp. 1 Corintios 15:3-4). Como Richard Niebuhr lo explicó al resumir el derrumbe de la teología liberal, el liberalismo afirma que: «Dios sin ira trajo hombres sin pecado a un reino sin juicio a través de las ministraciones de un Cristo sin cruz» (The Kingdom of God in America, 193).

Como se puede imaginar, el material en esta clase es como ver un choque de trenes catastrófico…vemos cómo teólogo tras teólogo se salen y abandonan los rieles de los fundamentos más básicos del cristianismo bíblico.

Pero en medio del caos y la carnicería doctrinal, existen lecciones que podemos aprender de los teólogos liberales alemanes y promotores de la alta crítica, incluso si la mayoría de lo que podemos aprender es un ejemplo negativo.

7 lecciones que debemos aprender de los teólogos liberales alemanes:

1. La forma de evangelizar a los escépticos no es mediante el diluir el evangelio. Muchos de los teólogos liberales pensaron que podrían hacer el cristianismo más atractivo a luz de la filosofía racionalistas de la Iluminación si abandonasen la autenticidad histórica del texto y si llegasen a redefinir el evangelio como otra cosa que salvación del pecado por medio de Jesucristo (para hacerlo así menos ofensivo para las mentes modernas). Pero al hacerlo, terminaron deshicieron el mismo evangelio que pensaban que estaban ayudando a preservar.

2. La verdadera religión se puede perder en una sola generación. La mayoría de los liberales alemanes fueron los hijos de ministros protestantes ortodoxos. El hecho de que dieron la espalda a la fe de sus padres es trágico. Es por eso que yo le recuerdo a mis estudiantes en el seminario que en primer lugar necesitan asegurarse de que están pastoreando sus propias familias.

3. El liberalismo alemán no representa una forma divergente del cristianismo, sino que en realidad es una nueva religión. Si decimos que el evangelio no es histórico entonces ya no es el evangelio. El apóstol Pablo hace este punto claro en 1 Corintios 15, donde afirma que si Jesús realmente no hubiese resucitado de los muertos, entonces seríamos necios y nuestra fe vana.

4. Los liberales honraron la duda al llamarla noble y honestidad intelectual. En realidad, dudar la palabra de Dios es un pecado atroz, un pecado que Satanás mismo ha estado promoviendo desde el Jardín del Edén (Génesis 3). Dudar de la Palabra de Dios es hacer de Dios un mentiroso y es intercambiar el evangelio verdadero por un evangelio imaginario. Como Agustín dijo el hereje Fausto, «Usted debe decir claramente que no cree que el evangelio de Cristo. Pues el creer lo que le place y no creer lo que le place, es creerse a usted mismo y no en el evangelio» (Contra Fausto, 17.3).

5. El liberalismo alemán nos enseña que las ideas tienen consecuencias, y que las malas ideas tienen muy malas consecuencias. Millones de personas en los últimos siglos fueron trágicamente desviados a través de la influencia de los teólogos liberales. La advertencia de Santiago 3:1 ciertamente parece apta: «Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.»

6. El evangelio social de los liberales todavía está vivo  en muchas iglesias protestantes. El escepticismo de los críticos sigue siendo una parte muy importante de los estudios bíblicos en el mundo académico. Futuros pastores deben estar preparados a hacer frente a este tipo de errores con la verdad bíblica (Tito 1:9).

7. La alta crítica se basa en la noción de que la sabiduría del hombre supera a la sabiduría revelada por Dios. Éste es el colmo de la arrogancia, pero no es de sorprendernos, ya que el mismo Pablo señaló que la sabiduría de Dios parece locura al mundo (1 Corintios 1:18). Debemos protegernos contra la tentación de desear la alabanza mundana y elogio académico. Al ser fieles al evangelio seremos necesariamente considerados fuera de moda a los ojos de muchos de los principales pensadores filosóficos del día de hoy. Si bien debemos evitar el anti-intelectualismo, por un lado también debemos protegernos contra el encanto de todo lo que es popular en la comunidad académica secular.

Nathan Busenitz (Ph.D.) es profesor de teología histórica en The Master’s Seminary. Después de haber servido como asistente personal de John MacArthur, Nathan llegó a formar parte del profesorado de TMS en el 2009. Él y su familia viven en Los Ángeles, California.

Publicado originalmente en ingles aquí.

Nathan Busenitz

Nathan Busenitz

Nathan Busenitz is the Dean of Faculty and Associate Professor of Theology at The Master’s Seminary. He is also one of the pastors of Cornerstone, a fellowship group at Grace Community Church.

La perspicuidad de las Escrituras

Ministerios Ligonier

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La perspicuidad de las Escrituras

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie «Las duras declaraciones de Jesús», publicada por Tabletalk Magazine.

Una de las partes más importantes, pero a menudo la más olvidada, de nuestro orden de servicio en Saint Andrew’s Chapel es la oración de iluminación. En nuestra liturgia, la oración de iluminación se sitúa entre la lectura de la Escritura y el sermón. En nuestra oración, pedimos humildemente a Dios que ilumine Su Palabra para nosotros por el Espíritu Santo para que podamos escuchar, entender y aplicar correctamente lo que el Señor nos dice en Su Palabra. La razón por la cual es uno de los elementos más importantes de nuestro servicio es porque necesitamos desesperadamente que el Espíritu Santo nos ayude a entender Su Palabra. La razón por la que es quizás la parte más pasada por alto de nuestro culto es porque olvidamos con demasiada facilidad lo dependientes que somos del Espíritu Santo para ayudarnos a captar las gloriosas verdades de la sagrada Palabra de Dios.

Cuando decimos que creemos en la perspicuidad de las Escrituras, la gente a veces tiene la impresión equivocada de que estamos implicando que todo en las Escrituras es completamente claro y fácil de entender.

El Espíritu Santo mora en nosotros y nos permite interpretar y aplicar Su Palabra, y es el Espíritu Santo quien nos conduce a toda verdad. Somos totalmente dependientes del Espíritu Santo. Sin Él, no podemos entender correctamente nada en Su Palabra. No necesitamos ser grandes eruditos para entender la Palabra de Dios, simplemente necesitamos ser niños nacidos de nuevo y humildes, en quienes habita el Espíritu Santo. Sin embargo, incluso como creyentes, sabemos que no todo en la Escritura es fácil de entender.

En teología, hablamos de la perspicuidad de la Escritura. La palabra perspicuidad, en pocas palabras, significa «claridad». Curiosamente, la palabra perspicuidad es una de las palabras más confusas que podríamos usar para hablar de claridad. Es más, cuando decimos que creemos en la perspicuidad de las Escrituras, la gente a veces tiene la impresión equivocada de que estamos implicando que todo en las Escrituras es completamente claro y fácil de entender. Pero ese no es el caso. Lo sabemos por experiencia y porque la misma Palabra de Dios nos dice que no todo en ella es fácil de entender. La Confesión de Fe de Westminster (1.7) explica lo que creemos cuando hablamos de la perspicuidad de las Escrituras: «Todas las cosas en las Escrituras no son igualmente evidentes en sí mismas, ni igualmente claras para todos. Sin embargo, todas aquellas cosas que son necesarias obedecer, creer y observar para la salvación están claramente propuestas y expuestas en uno u otro lugar de las Escrituras, para que no solo los eruditos, sino también los que no son eruditos lleguen a una comprensión suficiente de ella mediante el debido uso de los medios ordinarios». En otras palabras, no todo en la Escritura es fácil de entender, pero lo que debemos entender para ser salvos es claro. Las declaraciones duras de Jesús no sólo se encuentran en los Evangelios, sino en toda la Escritura, ya que Jesús es el autor definitivo de la Escritura en Su calidad de Verbo eterno de Dios.

Fundamentalmente, lo que es tan difícil acerca de las duras declaraciones de Jesús no es nuestra incapacidad de entenderlas plenamente, sino de creerlas plenamente y obedecerlas plenamente. Es por eso que necesitamos la obra iluminadora del Espíritu Santo para ayudarnos no solo a entender la Palabra de Dios, sino también a obedecerla, amarla, aplicarla y proclamarla al vivir coram Deo, ante el rostro de Dios, para Su gloria.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La práctica de la mortificación

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

La práctica de la mortificación

Sinclair B. Ferguson

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Las consecuencias de una conversación pueden cambiar nuestra opinión sobre su importancia.

Mi amigo, un ministro más joven, se sentó conmigo en su iglesia al terminar una conferencia y me dijo: «Antes de que nos retiremos esta noche, solo muéstrame los pasos necesarios para ayudar a alguien a mortificar o hacer morir el pecado». Estuvimos sentados hablando de ésto por un poco más de tiempo y luego nos fuimos a descansar; espero que se haya sentido tan bendecido como yo con nuestra conversación. Todavía me pregunto si estaba haciendo su pregunta como pastor o simplemente para sí mismo, o ambos. 

¿Cuál es la mejor manera de responder a su pregunta? Lo primero que debes hacer es: ir a las Escrituras. Sí, recurrir a John Owen (¡nunca es una mala idea!) o a algún otro consejero vivo o muerto. Pero recuerda que tenemos más que solo buenos recursos humanos en este tema. Necesitamos ser enseñados desde «la boca de Dios» para que los principios que estamos aprendiendo a aplicar lleven consigo tanto la autoridad de Dios como la promesa de Dios de hacerlos eficaces en nosotros.

No puedes «mortificar» el pecado sin experimentar el dolor de la muerte. ¡No hay otra manera!

Varios pasajes vienen a la mente para este estudio: Romanos 8:13Romanos 13:8-14 (texto de Agustín); 2 Corintios 6:14-7:1Efesios 4:17-5:21Colosenses 3:1-171 Pedro 4:1-111 Juan 2:28-3:11. Es importante destacar que solo dos de estos pasajes contienen el verbo «mortificar» («dar muerte»). De igual manera es importante notar que el contexto de cada uno de estos pasajes va más allá de la  exhortación a mortificar el pecado solamente. Como veremos, esta es una observación que resulta ser de gran importancia.

De estos pasajes, Colosenses 3:1-17 es probablemente el mejor lugar para comenzar.

Aquí vemos cristianos relativamente jóvenes que habían disfrutado de una maravillosa experiencia de conversión del paganismo a Cristo; entrando así al mundo de la gracia, gloriosamente nuevo y liberador. Tal vez, si leemos entre líneas, podríamos decir que ellos sintieron por un momento como si hubiesen sido liberados no solo del castigo del pecado, sino también de su influencia en sus vidas; tan maravillosa fue su nueva libertad. Pero luego, por supuesto, el pecado volvió a asomar su horrenda cabeza. Habiendo experimentado el «ya» de la gracia, ahora estaban descubriendo el doloroso «todavía no» de la santificación progresiva. ¡Suena familiar!

Al igual que en nuestra subcultura evangélica de soluciones rápidas para problemas de largo plazo, si los colosenses no tenían una comprensión firme de los principios del Evangelio, entonces ahora se encontraban en peligro; pues justo en este momento los nuevos creyentes tienden a ser presa relativamente fácil para los falsos maestros con nuevas promesas de una vida espiritual más elevada. Eso fue lo que Pablo temió (Col 2:816). Los métodos para “producir santidad” estaban ahora en boga (Col 2:21-22) y parecían ser muy espirituales, justo lo que los nuevos creyentes necesitaban. Pero, de hecho, «carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne» (Col 2:23). No son los métodos nuevos, sino es el entender cómo obra el Evangelio lo único que puede proporcionar el fundamento y el patrón de conducta adecuados para enfrentar el pecado. Este es el tema de Colosenses 3:1-17.

Pablo nos da el patrón y el ritmo que necesitamos. Al igual que los saltadores de longitud olímpicos, no tendremos éxito a menos que volvamos del punto de acción a un punto en el cual podamos recobrar energía para el arduo trabajo de luchar contra el pecado. ¿Cómo, entonces, nos enseña Pablo a hacer esto?

En primer lugar, Pablo enfatiza lo importante que es para nosotros el estar familiarizados con nuestra nueva identidad en Cristo (3:1-4).  Muy a menudo, cuando fallamos espiritualmente, lamentamos el haber olvidado quiénes realmente somos: somos de Cristo. Tenemos una nueva identidad. Ya no estamos «en Adán» sino «en Cristo»; ya no estamos en la carne, sino en el Espíritu; ya no estamos dominados por la vieja naturaleza, sino que vivimos en la nueva naturaleza (Rom 5:12-218:92 Co 5:17). Pablo toma tiempo para explicarlo de esta manera: hemos muerto con Cristo (Col 3:3; incluso, fuimos sepultados con Cristo, 2:12); hemos sido resucitados con Él (3:1), y nuestra vida está escondida en Él (3:3). Ciertamente estamos tan unidos a Cristo que también seremos manifestados con Él en gloria (3:4).

Nuestra incapacidad de lidiar con la presencia del pecado a menudo es consecuencia de una amnesia espiritual, olvidamos nuestra nueva, verdadera y real identidad en Cristo. Como creyente, soy alguien que ha sido liberado del dominio del pecado, por lo tanto, soy libre y estoy motivado a luchar contra el ejército del pecado que batalla en mi corazón. 

Por consiguiente, el principio número uno es: conocer, confiar, pensar y actuar según tu nueva identidad: estás en Cristo.

En segundo lugar, Pablo continúa exponiendo cómo trabaja el pecado en cada área de nuestras vidas (Col 3:5-11). Si vamos a luchar contra el pecado bíblicamente, no debemos cometer el error de pensar que podemos limitar nuestro ataque a una sola área de debilidad en nuestras vidas. Todo pecado debe ser tratado, así que, Pablo habla en contra de la manifestación del pecado en la vida privada (v. 5), en la vida pública y cotidiana (v. 8) y en la vida en la iglesia (v. 9-11, «los unos a los otros», refiriéndose a la comunión en la iglesia). El desafío de la mortificación es similar al desafío de una dieta (¡en sí misma una forma de mortificación!): cuando comenzamos, descubrimos que hay todo tipo de razones por las que tenemos sobrepeso. Realmente estamos luchando contra nosotros mismos, no solamente con el controlar las calorías. ¡Yo soy el problema, no las papas fritas! Mortificar el pecado produce un cambio que impacta todas las áreas de la vida.

En tercer lugar, la exposición de Pablo nos proporciona una guía práctica para mortificar el pecado. A veces parece como si Pablo diese exhortaciones («Haced morir …», 3:5, RV60) sin dar ayuda «práctica» para responder a nuestras inquietudes de cómo aplicar esas verdades a nuestras vidas. A menudo, hoy en día, los cristianos van a Pablo para que les diga qué hacer, pero luego se dirigen a una librería cristiana para descubrir cómo hacerlo. ¿Por qué este desvío? Probablemente porque no nos detenemos lo suficiente para analizar lo que Pablo está diciendo. No meditamos profundamente ni nos sumergimos lo suficiente en las Escrituras. Digo esto porque, usualmente, cada vez que Pablo emite una exhortación, la rodea con pistas sobre cómo podemos y debemos ponerla en práctica.

Esto es absolutamente cierto aquí. Observa cómo este pasaje ayuda a responder nuestro «¿cómo lo hago?”

1. Aprende a reconocer el pecado por lo que realmente es. Llama las cosas tal como son; llámalo «inmoralidad sexual» no «estoy siendo tentado un poco», llámalo «impureza» y no «estoy luchando con mis pensamientos», llámalo «malos deseos, que es idolatría» en vez de «creo que necesito organizar mis prioridades un poco mejor». Este patrón corre a través de toda esta sección. ¡Qué manera tan poderosa de desenmascarar el autoengaño y ayudarnos a quitarle la máscara al pecado que acecha en lo recóndito de nuestros corazones! 

2. Mira tu pecado por lo que realmente es ante la presencia de Dios. «Por causa de estas cosas vendrá la ira de Dios» (3:6). Los maestros de la vida espiritual hablaron de arrastrar nuestros deseos (aunque griten y pataleen) hasta la cruz, al Cristo que llevó la ira de Dios sobre Sí mismo en nuestro lugar. Mi pecado me conduce no solo a un placer efímero, sino también a un disgusto espiritual. Mira la verdadera naturaleza de tu pecado a la luz del castigo que merece. Con mucha facilidad pensamos que el pecado es menos serio en los cristianos que en los no creyentes: «Es perdonado, ¿no es así?» ¡No si continuamos en él (1 Jn 3:9)!  Ve el pecado desde una perspectiva celestial y siente la vergüenza de aquello en lo que una vez caminaste (Col 3:7; ver también Rom 6:21).

3. Reconoce la inconsistencia de tu pecado. Tú has desechado al «viejo hombre» y te has vestido del «nuevo hombre» (3:9-10), así que ya no eres el «viejo hombre». La identidad que tenías «en Adán» se ha ido. El viejo hombre fue «crucificado con Él [Cristo] para que nuestro cuerpo de pecado [probablemente «la vida en el cuerpo dominado por el pecado»] fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado» (Rom 6:6). Las nuevas criaturas viven vidas nuevas; cualquier cosa que me lleve fuera de esa verdad es una contradicción a la realidad de quién soy «en Cristo».

4. Mortifica al pecado (Col 3:5). Es tan «simple» como eso. Rehúsalo, haz que muera de hambre y recházalo. No puedes «mortificar» el pecado sin experimentar el dolor de la muerte. ¡No hay otra manera!

Pero nota que Pablo establece esto en un contexto muy importante y más amplio. La tarea negativa de mortificar el pecado no se logra sin cumplir con el llamado positivo del Evangelio de «revestirse» del Señor Jesucristo (Rom 13:14).  Pablo explica esto en Colosenses 3:12-17. Barrer y limpiar la casa simplemente nos deja disponibles para una nueva invasión del pecado. Pero cuando verdaderamente comprendemos el principio del «intercambio glorioso» en el Evangelio de la gracia, entonces comenzamos a experimentar un avance real en la santidad. El nombre y la gloria de Cristo son manifestados y exaltados en y entre nosotros (3:17) porque los deseos y hábitos pecaminosos no solo se rechazan, sino que se intercambian por gracias (3:12) y acciones (3:13) Cristocéntricas, ya que estamos revestidos del carácter de Cristo y Sus gracias se mantienen unidas a través del amor (v. 14) tanto en nuestra vida privada como en la comunión con la iglesia (v. 12-16).

Estas son algunas de las cosas que mi amigo y yo hablamos aquella noche inolvidable. No tuvimos la oportunidad de preguntarnos el uno al otro «¿cómo te ha ido?» porque fue nuestra última conversación; él murió unos meses después. A menudo me he preguntado cómo fueron los meses en su vida luego de esta conversación. De cualquier manera, la seria preocupación personal y pastoral de su pregunta aún resuena en mi mente. Tiene un efecto similar a lo que Charles Simeon dijo que veía transmitido en los ojos de su amado retrato del gran Henry Martyn: «¡No juegues con eso!»

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Con premeditación y alevosía

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Con premeditación y alevosía

Kris Lundgaard

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

Cuando Genoveva le dijo a Liz que se había puesto la blusa al revés, Liz estaba mortificada. El verbo mortificar proviene de una palabra en latín que significa muerte, por lo tanto aplica en la situación de Liz, ella quería morirse. Hoy en día, rara vez usamos la palabra en otro sentido que no sea el de esta vergüenza común que sienten los adolescentes, pero hubo un tiempo en que los creyentes usaban “mortificar” y su sustantivo mortificación para referirse a nuestro deber de hacer morir el pecado (Rom 8:13Col 3:5). Si empleamos el significado original, la mortificación resulta ser una perspectiva renovada para la vida cristiana, dándonos una comprensión más profunda de lo que significa seguir a Cristo. En otras palabras, se puede pensar en cualquier práctica o deber bíblico en términos de la mortificación.

Pongamos a prueba mi teoría. Empecemos desde arriba: ¿Qué pasaría si amáramos a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas? De seguro que mientras más lo amamos, más disminuye el pecado. La segunda prueba es como la primera: ama a tu prójimo como a ti mismo y el egoísmo se desvanece. Sigamos: honra a tu padre y a tu madre y terminarás matando de hambre tu deseo de rebelarte. Pon las necesidades de una hermana antes que las tuyas y tu orgullo muere. Regocíjate en la esposa de tu juventud y calmarás el deseo de regocijarte en la esposa de tu vecino. Comparte tus bienes con un amigo en necesidad y la avaricia menguará. Debido a estas verdades es que no puedo imaginarme una vida cristiana saludable sin la mortificación, tal como no me puedo imaginar una moneda con una sola cara.

Alguien que está determinado a matar su carnalidad debe analizar todo como lo hace un asesino, estudiando los hábitos de su víctima para planificar su destrucción.

Podrías pensar: “Si no puedo evitar mortificar la carne cuando vivo fielmente, entonces, ¿por qué no solo concentrarme en la fe, la esperanza y el amor, y así dejar que la mortificación ocurra por su propia cuenta? (siendo esta una manera positiva de enfrentar el problema)”. Es cierto que si crecemos en fe, esperanza y amor, el pecado disminuye; sin embargo, Dios dice claramente que Él quiere que hagamos morir el pecado (Rom 8:13Col 3:5), un llamado que requiere atención (Rom 8:5-8). El lente de la mortificación nos permite apuntar a pecados específicos para debilitarlos, herirlos y hasta matarlos de una manera más directa. Piensa en cómo cuidas tu jardín: desyerbándolo y alimentándolo. Alimentar tu jardín representa el cultivar la fe, esperanza y el amor; mientras que desyerbar es encontrar esa mala yerba del pecado y arrancarla desde sus raíces.

Aun así, algunos consideran que la mortificación es como una cirugía opcional, como si el doctor hubiera dicho que puedes pasar tu vida entera sin hacértela aunque pudiera ser que experimentes algunas molestias. Sobre la base de esta premisa, algunos sopesan los supuestos beneficios de mortificar el pecado contra el trabajo duro y obvio que representaría, y deciden que la recompensa es demasiado pequeña. Podrían declararse “cristianos carnales”, sellar sus boletos para ir al cielo y continuar con vida a la ligera: comiendo, bebiendo y divirtiéndose.

Pero considera esto: “Si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Rom 8:13); “todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica” (1 Jn 3:3); y “ninguno que es nacido de Dios practica el pecado” (1 Jn 3:9). Esta cirugía no es electiva; ninguno que espera vivir en Dios puede rechazarla.

No me malinterpreten, no estoy diciendo que la mortificación es una manera de justificarnos a nosotros mismos. Decir eso me convertiría en un hereje, y también en un tonto. Lo que tengo en mente es más bien esto: la mortificación es algo que la vida de Dios hace en nosotros. Haber nacido de Dios nos hace criaturas nuevas viviendo vidas nuevas en el Espíritu, y un aspecto esencial de esa nueva vida es darle golpes de muerte al pecado que aún permanece. No matamos la carne para ganarnos la salvación; debemos nacer de nuevo antes de poder siquiera levantar un dedo en contra del pecado. “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne…”

Otros artículos en esta serie nos ayudarán a refinar más nuestro enfoque en la mortificación, pero comencemos echando un vistazo a nuestra lucha contra la carne para empezar a entrenar nuestras manos para la batalla.

La mortificación es exasperante. Aprendemos esto primero, y nos desconcierta tanto que puede desafiar el fundamento de nuestra esperanza. Pero escuchemos a Pablo decirnos con espíritu fraternal: “Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino que lo que aborrezco, eso hago” (Rom 7:15). ¿Está Pablo aquí describiendo su vida antes o después de estar en Cristo? Estoy convencido de que está quejándose de un aguijón que perforó su corazón después de ser cristiano, no porque logra expresar perfectamente la confusión de mi alma, ni porque cada creyente que he conocido tiene la misma queja, sino porque tal irritación solo tiene sentido en aquel que ha nacido de Dios. Pablo le dijo a los de Galacia que lo que los detenía de hacer lo que querían hacer era una batalla entre su carne y el Espíritu dentro de ellos (Gál 5:17). De hecho, solo los esclavos del pecado están libres de esta batalla (Rom 6:20).

Pensamos que el pecado no debería dominarnos con tanta frecuencia porque el Espíritu reside en nosotros. Confundidos y frustrados, cuestionamos la obra de Dios en nosotros. Nuestras expectativas deben ser reajustadas a las de Pablo: así es, el pecado no tiene dominio sobre nosotros (Rom 6:14), y será completamente removido de nosotros (Rom 7:24), pero no hasta que seamos glorificados con Cristo; así que debemos continuar luchando por purificarnos hasta nuestro último día (1 Jn 3:2-3). Irónicamente, esta misma lucha nos asegura que hemos nacido de Dios.

La mortificación es intencional. Empecé diciendo contemplativa: eso implica un pensamiento profundo y suena espiritual. Pero quise sugerir la idea de asesinato, tal como en la frase “con premeditación y alevosía”. Alguien que está determinado a matar su carnalidad debe analizar todo como lo hace un asesino, estudiando los hábitos de su víctima para planificar su destrucción. Ya que nuestros corazones son engañosos (Jer 17:9), nuestra única esperanza es preparar nuestras mentes para tomar acción (1 Pe 1:13) y ser tan vigilantes contra las artimañas de la carne como lo estamos contra Satanás (1 Pe 5:8).

Tal como estudiamos las Escrituras para conocer a Dios, así mismo debemos escudriñarnos a nosotros mismos para conocer nuestro pecado. Todos tenemos diferentes grietas en nuestra armadura. Por ejemplo, nunca he sido tentado a embriagarme; mi placer por el vino se limita a la santa cena y una copa de vino tinto que tomo de vez en cuando con un amigo. Pero con los años he aprendido que cuando me siento agotado o estresado, soy un campo de minas: exploto con la más mínima provocación y le grito a mi esposa e hijos. Reconociendo esto, ahora puedo tomar la delantera a mi carne. Cuando sin razón le hablo mal a mis seres queridos, me reviso: ¿estoy cansado? ¿estoy estresado? Y cuando le presto atención al Espíritu, entonces confieso que estoy de mal humor y que necesito descansar un poco antes de poder hablar. Tales lecciones no se aprenden sin cicatrices.

La mortificación es radicalMi equipo de trabajo verifica software de fábrica antes de entrar en producción. Las fallas de fábrica son costosas, así que cuando algún error se nos escapa, investigamos para poder implementar medidas preventivas; no podemos permitirnos el mismo error dos veces. Sabemos que tenemos que encontrar la causa principal, la raíz. Si no cavamos profundamente, terminamos jugando el “Machaca-el-Topo”, martillando un topo solo para ver que aparecen tres más.

Tal mortificación puede ser el resultado de la ignorancia —no sabiendo cómo ver más allá de los síntomas para llegar a las fuentes más profundas del pecado— o de pereza espiritual. Cuando Pablo dice que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tim 6:10), él da por sentado que hay otras raíces del mal, y que una raíz puede producir diferentes males. Por ejemplo, la falta de dominio propio de un niño frente a una lata de galletitas puede convertirse en la falta de dominio propio de un hombre ante la pantalla de su computadora. Si no identificamos estas raíces, no las podemos desarraigar; y si no sacamos al pecado desde sus raíces bueno, espero que hayan leído El Principito y sepan de los árboles de baobab: “un baobab es algo de lo cual nunca, nunca podrás librarte si te ocupas de él muy tarde”.

La mortificación es colaborativaLa oración y meditación privada son esenciales, pero si fueran nuestras únicas armas contra la carne, nuestro enemigo estaría más armado que nosotros. “Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo” (Gál 6:1). Pablo no quiere decir “si alguien es atrapado con las manos en la masa”, no,  él quiere dar a entender “si alguien está atrapado, embrollado en la arena movediza del pecado”. Tarde o temprano todos nos enredamos; hay momentos en que no podemos lograr desenredarnos a menos que confesemos humildemente nuestro pecado a un hermano.

Dietrich Bonhoeffer conocía el poder de la confesión mutua y lo expuso en el libro Vida en Comunidad, desarrollando la enseñanza de Santiago 5:16. Él entendía que un hombre podía arrepentirse en privado y confesar su pecado ante Dios una y otra vez, año tras año, y nunca lograr debilitar el dominio del pecado sobre su vida. Pero que si se atrevía a sacar su pecado a la luz ante un hermano en Cristo de confianza, este pecado se secaría y moriría. Escuchar las confesiones uno del otro es una manera en la que “llevamos los unos las cargas [más pesadas] de los otros” (Gál 6:2).

Al final, Dios nos librará de este desesperante “cuerpo de muerte”  (Rom 7:24-25). Hasta entonces, por el Espíritu, libremos esta guerra —esta guerra santa intencional, radical y colaborativa— con premeditación y alevosía.

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Kris Lundgaard
Kris Lundgaard

El Rev. Kris Lundgaard es un misionero de Mission to the World (Misión al Mundo), una agencia de la Iglesia Presbiteriana en América, actualmente sirve en Slovakia. Él es el autor de The Enemy Within (El enemigo que llevamos dentro).

Libres para morir

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Libres para morir

Joseph A. Pipa Jr.

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie «La mortificación del pecado«, publicada por la Tabletalk Magazine.

La unión del creyente con Cristo Jesús es primordial en la práctica de la mortificación. En Romanos 6:1-13 específicamente, Pablo muestra la relación entre nuestra unión con Cristo y nuestro deber de hacer morir la carne. En Romanos 6, el apóstol refuta la idea de que la justificación promueve el pecado. Él enseña que la obra de Cristo en la cruz, la cual es la base de la justificación, también es la base para la santificación.

Pablo basa su argumento en la unión del creyente con la muerte y resurrección de Cristo. Él dice: “Porque si hemos sido unidos a Él en la semejanza de Su muerte, ciertamente lo seremos también en la semejanza de Su resurrección” (Rom 6:5).

Cuando te encuentras frente a la tentación, cuando la lujuria se levanta en tu interior para atacarte, considérate muerto al pecado.

La Biblia establece esta unión de dos maneras: el creyente está unido a Cristo a través de un pacto y a través de su conversión. En primer lugar, el creyente está unido a Cristo por medio de un pacto. En 1 Corintios 15:21-22, Pablo establece que toda la humanidad fue llevada al pecado y a la condenación porque estaba en pacto con Adán. De manera similar, todos los elegidos son salvos porque están en unión con el Señor Jesucristo.

Cuando Cristo vino al mundo, Él obedeció la ley de Dios perfectamente y ofreció Su vida sin pecado como sacrificio por los pecados de Su pueblo. Debido a que Cristo es la Cabeza federal de Su pueblo, actuó por todos Sus elegidos, y ellos actuaron en Él. Cuando Él obedeció, ellos obedecieron; cuando Él murió, ellos murieron; cuando Él resucitó de entre los muertos, ellos resucitaron también. De este modo, la culpa de sus pecados le fue imputada a Él mientras colgaba en la cruz, saciando así la ira de Dios; y en consecuencia, sus pecados les son perdonados (Rom 3:24-26). Además, ya que Cristo obedeció perfectamente la Ley, Su obediencia perfecta les es imputada, y Dios los declara justos (Rom 6:72 Co 5:21). Este perdón e imputación de Su justicia es la justificación del creyente.

En segundo lugar, el creyente está unido a Cristo por su conversión. Lo que Cristo hizo por nosotros legalmente, mientras estuvo en la tierra, llega a ser nuestro personalmente cuando nacemos de nuevo, nos arrepentimos y creemos en Él (conversión). Cuando nos convertimos somos injertados en Cristo personalmente ya que Su Santo Espíritu mora en nosotros. Esta unión personal con Cristo es la base de nuestra santificación.

En cuanto a la santificación, dos cosas ocurren en el momento de nuestra conversión. Primero, debido a nuestra unión con Cristo, cuando nacemos de nuevo, el viejo hombre muere (Rom 6:6). En la conversión, la muerte de Cristo es aplicada a nosotros, provocando así la muerte de nuestra naturaleza pecaminosa, por lo tanto, estamos muertos al pecado. Aunque Dios en Su providencia ha dejado un remanente de pecado en nosotros y debemos luchar para matarlo (mortificación), nuestra unión con Cristo en Su muerte garantiza la victoria en esta lucha.

Segundo, cuando nacemos de nuevo, somos librados del poder del pecado. Pablo dice que el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos es el mismo poder que nos regenera y que está obrando continuamente en nosotros (Rom 6:8-9Ef 1:18-20). Así que, vivimos por el poder de Su resurrección (Gál 2:20); y por lo tanto, nuestra unión con Cristo certifica que la obra de la mortificación no fallará.

¿Cómo, pues, utilizamos la realidad de nuestra unión en la muerte y resurrección de Cristo para luchar contra el pecado? Primero, Pablo nos llama a practicar el deber del pensamiento espiritual  positivo (Rom 6:11). La doctrina sobre el poder del pensamiento positivo es errónea, pero hay poder en el pensamiento espiritual. Pablo nos exhorta a pensar espiritualmente sobre nuestra unión con Cristo y considerarnos muertos al pecado.

Cuando te encuentras frente a la tentación, cuando la lujuria se levanta en tu interior para atacarte, considérate muerto al pecado. Cuando te lamentas por tu falta de amor a Dios y falta de crecimiento en Su gracia, debes recordarte que vives una nueva vida en Cristo y que por Él puedes crecer en santidad. Desarrolla el poder del pensamiento espiritual.

Segundo, practica el deber del enlistamiento espiritual. Pablo utiliza un concepto militar en los versículos 12-13. Como el pecado ya no es nuestro amo, no debemos permitirle gobernar nuestros cuerpos para obedecer sus lujurias. Él usa el término cuerpo porque las perversidades del pecado en el alma normalmente se manifiestan en los apetitos del cuerpo, y así el cuerpo se convierte en un instrumento del pecado: nuestros ojos, lengua, manos y pies.

Pablo dice: deja de enlistar a los miembros de tu cuerpo para servir al pecado; más bien, ofrécete a Dios como uno que ha resucitado de entre los muertos y que le pertenece. La mortificación es el resultado de nuestra consagración a Dios. 

Tercero, haz uso de tu bautismo. Debido a la unión con Cristo, el bautismo es una herramienta dada por Dios para ayudarnos a mortificar el pecado. En los versículos 3-4, Pablo usa el bautismo para comprobar que no debemos continuar en el pecado.

El Catecismo Mayor de Westminster (#167) da respuesta a la pregunta “¿Cómo debemos aprovechar nuestro bautismo?”  con lo siguiente:

“El deber muy indispensable (pero muy olvidado) de aprovechar nuestro bautismo debemos cumplirlo a lo largo de toda nuestra vida, especialmente en tiempos de tentación, y cuando estemos presentes en el bautismo de otros; por medio de una consideración seria y agradecida acerca de su naturaleza y los propósitos por los cuales Cristo lo instituyó, los privilegios y beneficios que por consiguiente confiere y sella, y de nuestro voto solemne que en ello hemos hecho. Mediante el humillarnos por nuestra suciedad pecaminosa, por estar lejos de y caminar contrario a la gracia del bautismo y nuestros compromisos; mediante el crecimiento hacia la seguridad del perdón del pecado, y en todas las demás bendiciones con las cuales hemos sido sellados en el bautismo; mediante el fortalecerse de la muerte y resurrección de Cristo (en quien hemos sido bautizados) para la mortificación del pecado y el avivamiento de la gracia; y mediante el esforzarse por vivir por fe, a fin de vivir en santidad y justicia, como los que en su bautismo han rendido sus nombres a Cristo; y para andar en amor fraternal, como corresponde a quienes hemos sido bautizados por un mismo Espíritu en un solo cuerpo”.

“Aprovechar” quiere decir apropiar el bautismo a nuestra vida. Nota de manera particular que nos apropiamos de los beneficios del bautismo “mediante el fortalecerse de la muerte y resurrección de Cristo (en quien hemos sido bautizados) para la mortificación del pecado y el avivamiento de la gracia”. El bautismo nos recuerda que estamos unidos a Cristo y que hemos muerto al pecado y a su poder en nosotros. A medida que reflexionamos en el bautismo y su significado, obtenemos fuerzas por la muerte y resurrección de Cristo. Además, el bautismo nos recuerda nuestra obligación de arrepentirnos, mortificar nuestro pecado y buscar la santidad. Por lo tanto, el bautismo es un puente útil para conectar lo que somos en Cristo con nuestra lucha contra la tentación y el pecado.

Nuestra unión con Cristo garantiza nuestra mortificación. Debemos recordarnos del poder que tenemos en Cristo, enlistar nuestros cuerpos al servicio de la justicia y usar nuestro bautismo como el medio para lograr estos fines. 

Este artículo fue publicado originalmente en la Tabletalk Magazine.
Joseph A. Pipa Jr.
Joseph A. Pipa Jr.

El Dr. Joseph A. Pipa es presidente y profesor de teología sistemática e histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary (Seminario Teológico Presbiteriano de Greenville) en Greenville, Carolina del Sur. Él es el autor de Did God Create in 6 Days? [¿Creó Dios todo en 6 días?].

¿De qué manera unifica el reino de Dios a toda la Biblia?

The Master’s Seminary

¿De qué manera unifica el reino de Dios a toda la Biblia?

Lucas Alemán

Hay muchos temas importantes en la Biblia: la gloria de Dios, el pacto, la salvación, la ley, la promesa, el pueblo de Dios, el juicio, etc. Aunque todos estos temas son importantes y merecen ser estudiados de manera seria, hay un gran tema que predomina y le da coherencia a todos los demás temas y ese es el reino de Dios.

Todos los otros temas explican partes del reino de Dios, pero solo el reino de Dios explica el todo. Desde el primer capítulo de la Biblia, se presenta a Dios como el rey que crea un reino y dos ciudadanos, Adán y Eva, más específicamente, para que «ejerzan dominio» sobre la creación (Gn. 1:26–28). Sin embargo, en Génesis 3, un «insurrecto» los engaña para que quebranten su lealtad al rey y se rebelen contra Dios. Este episodio en el plan de redención marca la caída de la humanidad y, como resultado, toda la creación es sometida a los efectos devastadores del pecado que existen hasta el día de hoy. En el versículo 15 de ese mismo capítulo, Dios promete que solo la «simiente» de la mujer derrotará a este «insurrecto» y revertirá los efectos de la caída, haciendo que los ciudadanos de su reino «ejerzan dominio» sobre su creación de una vez por todas.

Desde ese entonces, los ciudadanos han estado esperando a esta “simiente”, que en el Nuevo Testamento se identifica como Jesucristo, el rey (Lc. 1:32–33; 22:29; 1 Ti. 6:15). Su redención a través de la expiación es la base para la restauración del reino, donde «ya no habrá más maldición» y todos los ciudadanos «reinarán [juntamente con él] por los siglos de los siglos» (Ap. 22:3, 5). Así es como el reino de Dios unifica a toda la Biblia de manera orgánica con Jesucristo como el punto más alto del plan de redención.

Lucas Alemán

Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.