Un amor duradero

Domingo 2 Abril

Que (las ancianas) enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos.

Tito 2:4-5

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo… todo lo espera.

1 Corintios 13:4-7

Un amor duradero

Bernardo y Sonia estaban casados desde hacía diez años y tenían cuatro hijos. Al principio estaban muy enamorados, pero con el paso del tiempo, poco a poco, se fueron alejando uno del otro. Bernardo pasaba más tiempo frente al ordenador que con su familia… y la responsabilidad del hogar pesaba cada vez más sobre Sonia.

Un día ella contó su situación a una amiga cristiana de más edad, y terminó diciendo con amargura:

–De todos modos ya no lo amo…

Llena de simpatía, su amiga la escuchó y le respondió:

–¿Crees que amar al marido consiste solo en tener por él los mismos sentimientos del principio? Si así fuera, ¿por qué Dios manda a las mujeres mayores que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos? ¡Amar a nuestro marido es algo que se aprende! No es una actitud pasiva, sino una decisión personal y voluntaria, una búsqueda concreta, práctica y cotidiana. El apóstol Pablo dice que el verdadero amor “no busca lo suyo”. En vez de pensar en lo que te frustra, pide cada día a tu Señor la fuerza para aplicar este simple principio, y que te libere del egoísmo que te hace infeliz. Ora por tu marido; pide a Dios que te ayude a hacerlo feliz; así lo verás de una forma diferente, y tú misma serás más feliz. Dios mismo se encargará de obrar en él para que una feliz relación se restablezca entre ustedes, para el gozo de su hogar y para la gloria de Dios.

Ezequiel 26 – Gálatas 3 – Salmo 38:9-14 – Proverbios 12:23-24

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¿Cuál será el balance de mi vida?

Sábado 1 Abril

(Jesús) por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.

2 Corintios 5:15

¿Cuál será el balance de mi vida?

¡Solo tenemos una vida, y esta terminará un día! Por ello es importante que sea exitosa. Pero, ¿qué significa tener una vida exitosa? ¿Cómo podemos lograrlo? Una publicidad afirmaba que la persona que no hubiese tenido un reloj de lujo a sus 50 años había desperdiciado su vida… Pero Jesús dijo: “¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma (o su vida)?” (Mateo 16:26). Y también afirma: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). Sin embargo, ¡incluso un creyente puede «desperdiciar su vida»!

La Biblia nos muestra el testimonio de dos creyentes que hicieron el balance de su vida.

Jacob declaró: “Pocos y malos han sido los días de los años de mi vida” (Génesis 47:9). ¡A los 130 años dijo que su vida había sido corta! Era creyente; pero con tristeza tuvo que reconocer que había vivido mucho tiempo haciendo su propia voluntad. Sin embargo, había vuelto a encontrar la paz. Y el último día de su vida “adoró apoyado sobre el extremo de su bordón” (Hebreos 11:21).

El apóstol Pablo dedicó toda su vida al servicio de Jesucristo, su Salvador, y escribió: “Para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21). Al final de su vida en la tierra pudo decir: “El tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día” (2 Timoteo 4:6-8). ¡Era feliz de haber servido a su Maestro!

¡Qué gran diferencia hay entre vivir para uno mismo y vivir para Cristo!

Ezequiel 25 – Gálatas 2 – Salmo 38:1-8 – Proverbios 12:21-22

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¡Fuera, pájaros de maligno vuelo! | Charles Spurgeon

31 de marzo
«Entonces Rispa hija de Aja tomó una tela de cilicio, y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche».
2 Samuel 21:10

Si el amor de una mujer hacia sus hijos muertos pudo hacer que ella prolongase su triste vigilia por tan largo tiempo, ¿nos cansaremos nosotros de considerar los sufrimientos de nuestro bendito Señor? Ella ahuyentó las aves de rapiña. ¿No disiparemos nosotros de nuestras meditaciones los pensamientos mundanos y pecaminosos que manchan nuestras mentes y los sagrados temas en los cuales estamos ocupados? ¡Fuera, pájaros de maligno vuelo! ¡Dejad el sacrificio! Rispa soportó sola y sin refugio los calores del verano, el rocío de la noche y las lluvias. El sueño había huido de sus humedecidos ojos; su corazón estaba demasiado lleno como para dormitar. ¡Ved cómo amaba a sus hijos! ¡Así resistió Rispa! ¿Y nos retiraremos nosotros ante el primer inconveniente o la primera prueba? ¿Somos tan cobardes que no podemos resignarnos a sufrir con nuestro Señor? Rispa ahuyentó aun a las fieras con un coraje nada común para su sexo. ¿Y no estaremos nosotros prontos a hacer frente a cualquier enemigo por amor de Jesús? A estos hijos de Rispa los mataron manos extrañas, sin embargo ella lloró y veló. ¿Qué deberíamos entonces hacer nosotros, ya que por causa de nuestros pecados se crucificó a nuestro Señor? Nuestras obligaciones son ilimitadas: nuestro amor debiera ser ferviente y nuestro arrepentimiento completo. Velar con Jesús tendría que ser nuestra ocupación; permanecer cerca de la cruz, nuestro solaz.

Aquellos horribles cadáveres bien podían espantar a Rispa, especialmente por la noche; pero en nuestro Señor, al pie de cuya cruz estamos sentados, no hay nada repugnante, sino que todo es atractivo. Nunca hubo una belleza viviente tan encantadora como la del Salvador agonizante. Jesús, nosotros velaremos contigo aún un poco más, y tú revélate benignamente a nosotros: entonces sobre nuestras cabezas no habrá tela de cilicio, sino que estaremos sentados en un pabellón real.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 99). Editorial Peregrino.

La Cena del Señor

Viernes 31 Marzo
(Jesús) habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.
1 Corintios 11:24-25

La Cena del Señor
Durante el culto, nos conmovimos de forma especial cuando la Cena se distribuye entre nosotros. En el momento de tomar el pan, nuestros corazones rebosan de agradecimiento por el amor de Jesús, quien dio su vida por nosotros.

El apóstol Pablo, después de revelar el significado de la cena conmemorativa a la iglesia de Corinto, pronunció palabras poderosas: “Todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1 Corintios 11:26). La Cena del Señor no es un rito, sino una respuesta del corazón de los creyentes al deseo del Señor Jesús. Pone a Cristo en el centro, nos habla de su amor, de su sacrificio, de su cruz. Anuncia a quienes nos ven que Jesús murió por nosotros y por ellos. Tomar el pan y beber la copa son gestos sin palabras, ¡pero muy elocuentes!

Jesús nos pidió que celebrásemos la Cena para que no nos olvidemos de sus sufrimientos, de su muerte y de su sangre derramada, para que su sacrificio siempre esté presente en los pensamientos y en los afectos de los cristianos. Estos gestos manifiestan el amor que Cristo nos mostró al morir en la cruz. ¡Cuán agradecidos podemos estar!

“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:6-7).

Ezequiel 24 – Gálatas 1 – Salmo 37:35-40 – Proverbios 12:19-20

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Examinemos nuestros caminos | Charles Spurgeon

30 de marzo
«Examinemos nuestros caminos y escudriñémoslos, y volvamos al SEÑOR».
Lamentaciones 3:40 (LBLA)

La esposa que tiernamente ama a su esposo ausente ansía su regreso; una prolongada separación de su señor es para su espíritu como media muerte. Así acontece con las almas que aman mucho al Salvador: tienen que ver su faz; no pueden soportar que él esté en los montes de Beter y las deje privadas de su comunión. Una mirada de reproche, un dedo levantado, será penoso para los hijos amantes que temen ofender a su tierno padre y que solo son felices con su sonrisa. Querido amigo, así sucedió una vez contigo. Un texto de las Escrituras, una amenaza, un toque de la vara de la aflicción y, enseguida, fuiste a los pies de tu Padre clamando: «Muéstrame por qué pleiteas conmigo». ¿Pasa lo mismo ahora o estás contento con seguir a Jesús de lejos? ¿Puedes contemplar sin alarmarte que se ha interrumpido tu comunión con Cristo? ¿Eres capaz de tolerar que tu Amado ande en dirección contraria a la tuya, porque tú caminas en dirección opuesta a la de él? ¿Han hecho tus pecados separación entre ti y tu Dios y tu corazón está tranquilo? ¡Oh, permíteme exhortarte cariñosamente!, porque es penoso que podamos vivir en paz sin el presente disfrute del rostro del Salvador. Esforcémonos por sentir lo malas que son estas cosas: el poco amor a nuestro agonizante Salvador, el poco gozo en nuestro precioso Jesús, el poco compañerismo con el Amado… Celebra una verdadera Cuaresma en tu alma mientras te lamentas por la dureza de tu corazón. ¡No detengas el lamento! Recuerda dónde recibiste la salvación. Ve enseguida a la cruz: allí, y solo allí, puedes lograr que tu espíritu se aliente. No importa cuán duros, cuán insensibles, cuán muertos hayamos llegado a estar. Vayamos otra vez con todos los andrajos, la pobreza y la contaminación de nuestra condición natural. Abracemos aquella cruz; fijémonos en aquellos lánguidos ojos; bañémonos en aquella fuente llena de sangre: esto nos hará volver al primer amor; esto restaurará la sencillez de nuestra fe y el afecto de nuestro corazón.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 98). Editorial Peregrino.

Compartir una comida

Jueves 30 Marzo
(Jesús dijo:) He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Apocalipsis 3:20
La comunión (5)
Compartir una comida

Compartir una comida con una persona a menudo tiene un valor simbólico, pues la comida es un momento privilegiado para intercambiar opiniones.

Así, en varios pasajes de la Biblia, las comidas ofrecen la oportunidad para hablar, pero también para reconciliarse y hacer alianzas (Génesis 18:8; 31:54; 2 Samuel 9:13).

El Señor quiere hablar con nosotros, llama a nuestra puerta, se acerca a cada uno de nosotros para decirnos: ¡Ábreme la puerta de tu corazón! Entonces, simbólicamente, el Señor Jesús puede comer con nosotros. Y su presencia hace arder nuestros corazones con un gozo indecible.

¡Así se expresa nuestra comunión con él! Pero no fuerza al que no desea su presencia. El día de su resurrección caminó con dos discípulos, y esperó que lo invitasen para quedarse con ellos. Entonces, en el momento de la comida, sus ojos se abrieron y lo reconocieron como el Señor resucitado (Lucas 24:13-33).

Esta comunión se vive, sobre todo, cuando se celebra la Cena durante el culto (1 Corintios 10:16). Existe la comunión «horizontal», que une a los que participan: disfrutan de los mismos privilegios con respecto al Señor y están unidos entre ellos. También existe, y ante todo, la comunión «vertical», que une a cada uno con el Señor, y que une el conjunto (imagen de la Iglesia) a Cristo (el Esposo).

La Cena del Señor es el recuerdo de Aquel que dio su vida por nosotros. ¡Qué gozo poder participar en ella!

(fin. Primera parte el 2 de marzo)
Ezequiel 23:28-49 – Hechos 28:17-31 – Salmo 37:30-34 – Proverbios 12:17-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Lo llamé, y no me respondió | Charles Spurgeon

29 de marzo
«Lo llamé, y no me respondió».
Cantares 5:6
La oración a veces aguarda, a semejanza de un peticionario que está a la puerta, hasta que el Rey sale a colmar su seno de las bendiciones que busca. Cuando el Señor ha dado una gran fe, por lo general la ha probado con grandes demoras y permitido que las palabras de sus siervos volvieran a sus propios oídos como si estuvieran llamando a un Cielo de bronce. Sus siervos han golpeado en la puerta de oro, pero esta ha permanecido cerrada, como si sus goznes se hubiesen aherrumbrado; y, al igual que Jeremías, han clamado: «Te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra» (Lm. 3:44). Así, los verdaderos santos han continuado por mucho tiempo en paciente espera, sin recibir contestación, no porque sus oraciones no fuesen fervorosas, ni porque fuesen inaceptables, sino porque así le agradó a él, que es soberano y da según su voluntad. Si a él le place ordenar que nuestra paciencia sea ejercitada, ¿no hará como guste con los suyos? Los mendigos no deben elegir el momento, el lugar o la forma en que se les concederá el favor. Sin embargo, debemos tener cuidado de no considerar las demoras en la oración como negativas: los cheques de Dios con fechas atrasadas se pagarán puntualmente. No podemos permitir que Satanás debilite nuestra confianza en el Dios de la verdad, señalando nuestras oraciones no contestadas. Las peticiones no contestadas no indican que no hayan sido oídas. Dios tiene nuestras oraciones en un archivo: no se las llevará el viento, sino que están bien guardadas en los archivos del Rey. Es este un registro en la corte celestial donde cada oración queda asentada. Creyente que has sido probado, tu Señor tiene una redoma en la cual guarda las costosas lágrimas de dolor sagrado, y un libro en donde tus santos gemidos quedan recogidos. Pronto tu súplica prevalecerá. ¿No puedes conformarte con esperar un poco? ¿No será el tiempo del Señor mejor que el tuyo? Él aparecerá pronto para gozo de tu alma, te quitará el cilicio y la ceniza de tu larga espera, y te vestirá con el lino escarlata y fino del deleite pleno.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 97). Editorial Peregrino.

Compartir una comida

Jueves 30 Marzo
(Jesús dijo:) He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
Apocalipsis 3:20
La comunión (5)
Compartir una comida

Compartir una comida con una persona a menudo tiene un valor simbólico, pues la comida es un momento privilegiado para intercambiar opiniones.

Así, en varios pasajes de la Biblia, las comidas ofrecen la oportunidad para hablar, pero también para reconciliarse y hacer alianzas (Génesis 18:8; 31:54; 2 Samuel 9:13).

El Señor quiere hablar con nosotros, llama a nuestra puerta, se acerca a cada uno de nosotros para decirnos: ¡Ábreme la puerta de tu corazón! Entonces, simbólicamente, el Señor Jesús puede comer con nosotros. Y su presencia hace arder nuestros corazones con un gozo indecible.

¡Así se expresa nuestra comunión con él! Pero no fuerza al que no desea su presencia. El día de su resurrección caminó con dos discípulos, y esperó que lo invitasen para quedarse con ellos. Entonces, en el momento de la comida, sus ojos se abrieron y lo reconocieron como el Señor resucitado (Lucas 24:13-33).

Esta comunión se vive, sobre todo, cuando se celebra la Cena durante el culto (1 Corintios 10:16). Existe la comunión «horizontal», que une a los que participan: disfrutan de los mismos privilegios con respecto al Señor y están unidos entre ellos. También existe, y ante todo, la comunión «vertical», que une a cada uno con el Señor, y que une el conjunto (imagen de la Iglesia) a Cristo (el Esposo).

La Cena del Señor es el recuerdo de Aquel que dio su vida por nosotros. ¡Qué gozo poder participar en ella!

(fin. Primera parte el 2 de marzo)
Ezequiel 23:28-49 – Hechos 28:17-31 – Salmo 37:30-34 – Proverbios 12:17-18

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No puedes ser aceptado sin Cristo | Charles Spurgeon

28 de marzo
«Como incienso agradable os aceptaré».
Ezequiel 20:41
Los méritos de nuestro gran Redentor son como olor suave para el Altísimo. Ya sea que hablemos de la justicia activa de Cristo o de su justicia pasiva, hay en ellas la misma fragancia.

Su vida activa, por la cual honró la ley de Dios e hizo que cada precepto brillase como preciosa joya en el puro engaste de su propia persona, desprende un suave olor. Así es también con su obediencia pasiva: cuando soportó con callada sumisión hambre y sed, frío y desnudez y, al fin, sudor de grandes gotas de sangre en Getsemaní; cuando dio su espalda a los heridores y sus mejillas a los que le mesaban la barba, y fue colgado en el cruel madero para que sufriese la ira de Dios en nuestro lugar.

Estas son dos cosas fragantes delante del Altísimo; y, en consideración de sus obras y de su muerte, de sus sufrimientos en lugar del pecador y de su obediencia vicaria, el Señor nuestro Dios nos acepta.

¡Qué dulce aroma debe de haber en él para superar nuestra carencia de aroma! ¡Qué suave olor para quitar toda nuestra hediondez! ¡Qué poder purificador en su sangre para borrar pecados como los nuestros! ¡Y qué gloria en su justicia para hacer que criaturas tan inaceptables como nosotros fuesen aceptas en el Amado! ¡Observa, creyente, cuán segura e inmutable debe de ser nuestra aceptación cuando se encuentra en él! Cuídate y no dudes nunca de tu aceptación en Jesús. No puedes ser aceptado sin Cristo; pero una vez que has recibido sus méritos no puedes dejar de serlo.

A pesar de todas tus dudas, temores y pecados, el ojo bondadoso del Señor nunca te mirará con ira. Aunque él vea pecado en ti —en ti mismo—, sin embargo, cuando te mira a través de Cristo, no descubre ninguno. Siempre eres acepto en Cristo; siempre eres bendito y amado para el corazón del Padre. Eleva un cántico, pues, y a medida que veas el humeante incienso de los méritos del Salvador subir delante del Trono de zafiro en esta noche, deja que el incienso de tu alabanza ascienda también con él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 96). Editorial Peregrino.

El arrepentimiento

Martes 28 Marzo
Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.
Hechos 3:19
El arrepentimiento

Aquí no nos referimos al arrepentimiento individual o colectivo ante los hombres por haber cometido graves faltas en el ámbito político o religioso. Se trata del arrepentimiento respecto a Dios. La palabra “arrepentimiento” ocupa un lugar importante en la Biblia. Efectivamente, para cada uno de nosotros, arrepentirse es el punto de partida de una relación con Dios. Esta fue la esencia de la predicación de Juan el Bautista, de Jesús mismo, y luego de los apóstoles (Marcos 1:4, 15; Lucas 24:47).

El arrepentimiento es una obra que Dios hace en el alma. Es un cambio de pensamiento con respecto a uno mismo y a Dios. Por un lado, el hombre toma conciencia de que es un pecador, y por el otro, que Dios no quiere condenarlo, sino perdonarlo y darle la vida eterna.

El arrepentimiento conduce a la conversión, la cual no es un simple cambio superficial de comportamiento. Es un cambio decidido del corazón, para acercarse a Dios. El apóstol Pedro hace este llamado: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”.

¿Quién tiene que arrepentirse? ¡Todo ser humano! En efecto, “Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). Y “su benignidad te guía al arrepentimiento” (Romanos 2:4).

“Arrepentíos… Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:2, 8). Producir tal fruto es cambiar de conducta: mis prioridades son diferentes, trato de agradar a Dios y no a mí mismo.

Jesús dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lucas 5:32).

Ezequiel 22 – Hechos 27:13-44 – Salmo 37:16-22 – Proverbios 12:13-14

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