¿Por qué tendría que vivir?

Sábado 18 Febrero
En cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.
Hebreos 2:18

¿Por qué tendría que vivir?

¿Está triste, su vida le parece insoportable? ¿Está pasando por un duelo, una enfermedad, fracasos, o el abandono? ¿Se siente solo… a tal punto que la muerte le parece quizá como una puerta de escape y le seduce?

En medio de su desesperación, quiero darle un mensaje de esperanza: ¡Hay alguien que lo ama! ¡Es Jesús! Él dio su vida en la cruz por usted. ¿Quiere dejarse amar por él, tal como es?

«¡Jesús murió!», me dirá usted. Sí, es verdad; pero resucitó y vive eternamente. Hoy, ahora, usted puede hablarle, él lo escuchará. Vaya a Jesús con total confianza, cuéntele sus penas, todo lo que usted vive. Pida socorro, ¡esa será su oración! Él lo comprenderá y le responderá. Jesús está muy cerca de usted, más cerca que cualquier otra persona, porque es Dios. Él puede y quiere consolarlo. Con Jesús, su vida tiene un sentido; ella no es una gota de agua en el océano, sino que es preciosa para él. Él lo ama, quiere salvarlo y darle una esperanza. Algunas situaciones dolorosas tal vez no cambiarán, pero usted experimentará la paz.

Cristo está conmigo, qué consolación;
su presencia quita todo mi temor.
Tengo la promesa de mi Salvador:
“No te dejaré nunca; siempre contigo estoy”.
No tengo temor, no tengo temor.
Jesús me ha prometido: “Siempre contigo estoy”.
No tengo temor, no tengo temor.
Jesús me ha prometido: “Siempre contigo estoy”.
Original por I. Hörnberg
2 Samuel 11 – Hechos 3 – Salmo 24:1-6 – Proverbios 10:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Nuestras buenas obras son el blanco de los ataques de Satanás | Charles Spurgeon

17 de febrero
«Aunque el SEÑOR estaba allí».
Ezequiel 35:10 (LBLA)

Los príncipes de Edom vieron desolada toda la tierra y creyeron fácil su conquista; pero había en su camino una gran dificultad que ellos no conocían, y era que «el Señor estaba allí». Y en este hecho residía la singular seguridad de la tierra escogida. Cualesquiera que sean las maquinaciones y estratagemas de los enemigos del pueblo de Dios, allí estará siempre la misma barrera eficaz para frustrar sus designios. Los santos son la herencia de Dios, el cual está en medio de ellos para protegerlos. ¡Qué ánimo nos da esta seguridad en las pruebas y los conflictos espirituales! ¡Nos vemos combatidos sin cesar, pero somos perpetuamente preservados! ¡Cuán a menudo lanza Satanás sus dardos contra nuestra fe! Pero nuestra fe desafía el poder de los ardientes dardos del Infierno, los cuales no solo resultan desviados sino apagados por el escudo, porque «el Señor [está] allí».

Nuestras buenas obras son el blanco de los ataques de Satanás: nunca ha tenido un santo alguna virtud o gracia que no haya sido el blanco de los proyectiles infernales. Ya sea la firme esperanza, ya el ferviente amor, ya la paciencia que todo lo soporta o el celo que arde sin cesar, todo lo ha intentado destruir el viejo enemigo de lo bueno. La única causa por que lo virtuoso o amable sobrevive en nosotros es porque «el Señor [está] allí».

Si el Señor está con nosotros en la vida, no tenemos por qué preocuparnos en cuanto a nuestra confianza a la hora de la muerte; porque cuando estemos para morir, hallaremos que «el Señor [está] allí». Donde las olas son más borrascosas y el agua está más fría, tocaremos el fondo y conoceremos que el mismo es bueno, pues nuestros pies estarán sobre la Roca de los siglos cuando el tiempo no exista ya más. Querido amigo, desde el principio hasta el final de la vida de un cristiano, la única razón por que este no perece es porque «el Señor [está] allí». Si el Dios del amor eterno cambiara y dejase perecer a sus escogidos, entonces se podría destruir a la Iglesia de Dios; pero no hasta entonces, porque está escrito: «El Señor [está] allí».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 56). Editorial Peregrino.

Tu buen Espíritu

16 de febrero
«Tu buen Espíritu»
Nehemías 9:20

Común, muy común es el pecado de olvidar al Espíritu Santo. Esto es insensatez e ingratitud. Él merece lo mejor de nosotros, pues es bueno, muy bueno. Como Dios, él es esencialmente bueno. El Espíritu Santo participa de la triple adscripción de «Santo, Santo, Santo», que asciende al trono del trino Señor. Pureza sin mezcla, verdad y gracia, eso es él.

Él es benévolamente bueno: soporta con compasión nuestra desobediencia y contiende con nuestra rebelde voluntad. Nos levanta de la muerte del pecado y, después, nos ejercita para el Cielo, como una amorosa nodriza cría a su hijo. ¡Cuán generoso, perdonador y tierno es el paciente Espíritu de Dios! Él es operativamente bueno: todas sus obras son buenas en el más alto grado. Él sugiere buenos pensamientos, inspira buenas acciones, revela excelentes verdades, aplica buenas promesas, nos ayuda a hacer buenas adquisiciones y nos conduce a buenos resultados. No hay en todo el mundo ningún bien del cual él no sea el Autor y el Sustentador: el Cielo mismo será deudor a la obra del Espíritu, por el carácter perfecto de sus habitantes.

Él es ministerialmente bueno: como Consolador, Instructor, Guía, Santificador, Vivificador e Intercesor, cumple bien su ministerio y todas sus obras están llenas del más elevado bien para la Iglesia de Dios. Los que se rinden a su influencia llegan a ser buenos; los que obedecen a sus impulsos hacen lo bueno; los que viven bajo su poder reciben el bien. Conduzcámonos, pues, ante una persona tan buena, según los dictados de la gratitud. Reverenciemos su persona y adorémosle como Dios sobre todas las cosas, bendito para siempre. Reconozcamos su poder y la necesidad que tenemos de él en todas nuestras santas empresas. Busquemos su ayuda en todo momento y no lo contristemos nunca. Hablemos en su honor siempre que tengamos la ocasión de hacerlo.

La Iglesia nunca prosperará hasta que crea en el Espíritu Santo de un modo más reverente: él es tan bueno y afectuoso que resulta triste que se vea contristado por el descuido y la negligencia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 55). Editorial Peregrino.

Perdona a tus enemigos y recrearás a Cristo

15 de febrero

«Te recrean». Salmo 45:8

¿Quién tiene el privilegio de recrear al Salvador?

Su Iglesia, su pueblo. Sin embargo, ¿es esto posible? Él nos ha recreado a nosotros, mas ¿cómo podemos nosotros recrearle a él? Por nuestro amor. ¡Ay!, nuestro amor es tan frío y tan débil… No obstante, a Cristo le resulta muy agradable. Oye el elogio que él hace de ese amor: «¡Cuán hermosos son tus amores, hermana mía, esposa mía! ¡Cuánto mejores que el vino tus amores!» (Cnt. 4:10). ¡Mira, amante corazón, cómo él se deleita en ti! Cuando reclinas la cabeza en su pecho no solo recibes gozo tú, sino que también se lo das a él; cuando contemplas con amor su glorioso rostro no solamente tú obtienes solaz, sino que le impartes deleite a él.

Nuestra alabanza también le proporciona gozo: no la alabanza de labios, sino la melodía de la profunda gratitud del corazón. Nuestros dones le son igualmente muy placenteros: él se goza también cuando nos ve poner nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes sobre su altar, no por el valor de aquello que damos, sino por el móvil que lo origina. Para él la modesta ofrenda de sus santos es más aceptable que millares de piezas de oro y de plata.

La santidad iguala al incienso y a la mirra. Perdona a tus enemigos y recrearás a Cristo; da de tus bienes a los pobres y él se gozará; sé un medio para la salvación de las almas y le harás ver el fruto de sus trabajos; proclama el evangelio y serás para él olor fragante; ve a los ignorantes y levanta el estandarte de la cruz, y lo honrarás.

Aún puedes quebrar el alabastro de ungüento y derramar sobre su cabeza el precioso óleo de gozo, como lo hizo aquella mujer de la antigüedad, cuyo recuerdo se hace presente hasta el día de hoy dondequiera que el evangelio es predicado. ¿Te mostrarás entonces negligente? ¿No quieres perfumar a tu amado Señor con la mirra, el óleo y la casia de la alabanza de tu corazón? Sí, palacios de marfil, vosotros oiréis los cánticos de los santos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 54). Editorial Peregrino.

Lleve el nombre de Jesús con usted

Jueves 16 Febrero

Torre fuerte es el nombre del Señor; a él correrá el justo, y será levantado.

Proverbios 18:10

Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Romanos 10:13

Lleve el nombre de Jesús con usted

Así empieza un poema escrito por Lydia Baxter, una inglesa que estuvo enferma gran parte de su vida. Su enfermedad nunca apagó su gozo, al contrario; Lydia siempre fue una fuente de ánimo para las personas que la rodeaban. «Tengo una armadura muy especial, decía ella a sus amigos, tengo el nombre de Jesús. Cuando estoy tentada a hundirme en el desánimo, echo mano del nombre de Jesús, y la tristeza desaparece».

Llevar el nombre del Señor Jesús con ella significaba primero confiar en él para la salvación de su alma, era creer que Su muerte en la cruz había satisfecho la justa ira de Dios que ella merecía debido a sus pecados.

Luego significaba contar con él en la vida cotidiana, orar y pedir su misericordia. El ciego de Jericó (Marcos 10:46-52) y los diez leprosos (Lucas 17:12-19) no sabían el impacto que tendría sobre el corazón de Cristo el hecho de que ellos invocaran su nombre. “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:14).

Sí, Señor, enséñame a llevar tu nombre conmigo, a confiarte mi vida: pasada, presente y futura. ¡Tú eres mucho más grande que yo, me amas y tienes toda mi vida en tus manos!

De Jesús el nombre invoca,

heredero del dolor,

dulce hará tu amarga copa

con el néctar de su amor.

2 Samuel 9 – Hechos 1 – Salmo 22:25-31 – Proverbios 9:13-18

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Descubrimiento

Miércoles 15 Febrero
Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.
Isaías 55:6
Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.
Santiago 4:8

Descubrimiento
El 3 de agosto de 1492 tres carabelas salieron del puerto español de Palos. Cristóbal Colón, el comandante de esos barcos, tomó rumbo al oeste con la intención de descubrir una nueva ruta hacia la India y la China, países de las especies, de la seda, del oro y de los elefantes. Los navegantes de esa época salían hacia el este y daban vuelta a África. ¡Si Colón lograba encontrar un trayecto más corto, haría fortuna!

Para los expertos, buscar el este al oeste era una locura, porque para ellos la tierra era plana como un disco. Pero para Colón era redonda como una bola. En vano se multiplicaron los esfuerzos para disuadirle.

Obstinado, Colón suplicó al rey de España hasta que este le proporcionó tres navíos. Después de miles de dificultades, Colón desembarcó el 12 de octubre en el archipiélago de las Bahamas, muy cerca de Cuba y Florida.

Hoy más que nunca se sueña con nuevos mundos; se va cada vez más lejos en los dominios del conocimiento y de la aventura, sobre el globo y en el espacio. Se persiguen riquezas, poder y placeres… En realidad, bajo esta búsqueda de lo desconocido, se oculta el deseo universal de colmar un vacío interior y de responder a las preguntas que cada uno se hace con inquietud, a veces con angustia:

¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cuál es mi razón de vivir? ¿Qué hay después de la muerte? Las respuestas existen; Dios las da en la Biblia, allí es donde debemos buscarlas.

“Respondió Jesús… el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4:13-14).

2 Samuel 8 – Mateo 28 – Salmo 22:22-24 – Proverbios 9:10-12

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¡Ten coraje, tú que eres tímido! | Charles Spurgeon

14 de febrero
«Al instante había sido sanada».
Lucas 8:47 (VM)

Tenemos esta noche delante de nosotros uno de los milagros más conmovedores e instructivos del Salvador. La mujer era muy ignorante: se imaginó que había salido poder de Cristo naturalmente, sin su conocimiento o inmediata voluntad. Por otra parte, ella desconocía la generosidad del carácter de Jesús, de lo contrario no hubiera ido detrás de él a robar la sanidad que él estaba dispuesto a darle. La miseria debiera colocarse siempre frente a la misericordia. Si la mujer hubiese conocido el amor del corazón de Jesús, habría dicho: «Solo tengo que ponerme donde me pueda ver. Su omnisciencia le hará conocer mi caso, y su amor obrará enseguida mi cura». Admiramos su fe, pero nos maravillamos de su ignorancia.

Cuando hubo obtenido la cura, se regocijó con temblor: estaba alegre porque el poder divino había obrado en ella una maravilla, pero temió que Cristo le quitara la bendición y le negara su gracia. ¡Poco conocía la plenitud de su amor! Nosotros no tenemos un concepto tan claro de él como quisiéramos, no conocemos las alturas y profundidades de su amor, pero sabemos, con seguridad, que él es demasiado bueno para quitarle a un alma temblorosa el don que esta ha obtenido.

No obstante, aquí está lo maravilloso: aunque el conocimiento de ella era limitado, su fe (porque era fe verdadera) la salvo, y la salvó al instante. No hubo una demora tediosa; el milagro de la fe fue instantáneo. Si tenemos fe como un grano de mostaza, entonces la salvación es nuestra posesión presente y eterna. Aunque en la lista de los hijos de Dios estemos inscritos como los más débiles de su familia, sin embargo, siendo herederos por la fe, ningún poder humano o diabólico es capaz de privarnos de la salvación. Aunque no podamos tomar en nuestros brazos al Señor, como lo hizo Simeón, aunque no nos atrevamos a reclinar nuestras cabezas en su seno, como Juan, sin embargo, si nos aventuramos a abrirnos paso detrás de él y a tocarle el borde de su manto, seremos eternamente sanos.

¡Ten coraje, tú que eres tímido! Tu fe te ha salvado; ve en paz. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios» (Ro. 5:1).

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 53). Editorial Peregrino.

¡Oh, cuán grande es la deuda de amor y de gratitud que tienes con tu Salvador! | Charles Spurgeon

13 de febrero
«Ahora, pues, ninguna condenación hay…».
Romanos 8:1

Ven, alma mía, piensa en esto: al creer en Jesús te libras real y efectivamente de la culpa, sales fuera de la prisión. No permaneces más en cadenas como un esclavo. Ahora estás libre de la esclavitud de la ley y del pecado, y puedes andar libremente, pues la sangre de tu Salvador ha logrado tu absolución completa. Tienes el derecho de acercarte al trono de tu Padre. Ninguna llama de venganza hay ahora allí que te espante; ninguna espada encendida.

La justicia no puede castigar al inocente. Tus inhabilitaciones ha sido quitadas: en tiempos estabas inhabilitado para ver el rostro de tu Padre, pero ahora lo puedes ver; no podías hablar con él, pero actualmente tienes acceso con confianza; en otro tiempo había en ti un temor al Infierno, mas ahora no lo temes ya, pues ¿acaso puede haber castigo para el inocente? El que cree no es condenado, no puede sufrir castigo. Y, a más de todo eso, los privilegios de que hubieras gozado en caso de no haber pecado, ahora —que estás justificado— son tuyos.

Todas las bendiciones que habrías tenido si hubieses guardado la ley, y muchas más, te pertenecen porque Cristo las ha reservado para ti.

Todo el amor y la aceptación que la obediencia perfecta hubiera podido conseguirte de Dios son tuyos, porque Cristo fue perfectamente obediente por ti y te ha imputado todos sus méritos: para que seas muy rico por medio de él, quien por tu causa se hizo muy pobre.

¡Oh, cuán grande es la deuda de amor y de gratitud que tienes con tu Salvador!
Un Dios soberano es mi Dios,
grande y poderoso al salvar,
es siempre fiel para librar,
sonríe y hay consolación.
Su gracia, cual lluvia, veré
y muros de amor rodearán
al alma que defienda él.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 52). Editorial Peregrino.

Todo va bien

Lunes 13 Febrero
El mismo Jesucristo Señor nuestro… nos amó y nos dio consolación eterna.
2 Tesalonicenses 2:16
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Hebreos 4:16
Todo va bien
Leer 2 Reyes 4:8-37

Una mujer rica y su marido prepararon una habitación en su casa para recibir al profeta Eliseo. Agradecido por la generosa hospitalidad de esta mujer sin descendencia, Eliseo le anunció el nacimiento de un hijo. Según la palabra del profeta, esta pareja tuvo un hijo, el cual creció bajo los tiernos cuidados de su madre.

Pero una mañana, estando en los campos con su padre, el niño se quejó de un fuerte dolor de cabeza. Su padre mandó que lo llevaran a casa. Su estado se agravó rápidamente, y al mediodía murió en las rodillas de su madre. Ella lo acostó en la cama del profeta, cerró la puerta y salió. A las preguntas de su marido que la veía partir, ella respondió: “Paz”, es decir, todo va bien. Al criado de Eliseo que fue a su encuentro, también respondió que todo iba bien.

Pero ante Eliseo, “el varón de Dios”, manifestó su dolor y su confusión. ¡Hubiese preferido no tener nunca un hijo que perderlo ahora! El profeta Eliseo la escuchó, luego fue a su casa y resucitó al niño.

¿Tiene usted un sufrimiento que nadie comprende? ¿Es algo tan personal que no se atreve a contárselo a nadie? Si se siente triste o amargado, haga como esta mujer de fe: vaya directamente a Jesús. Él es más grande que Eliseo, sin embargo, no rechaza a nadie. Expóngale todo mediante la oración, incluso sus resentimientos. ¡Él lo conoce, comprende su sufrimiento y dará paz a su corazón, aunque las circunstancias no cambien necesariamente!

2 Samuel 6 – Mateo 27:1-31 – Salmo 22:12-15 – Proverbios 9:1-6

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El justo en su muerte tiene esperanza

Domingo 12 Febrero

Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.

Salmo 22:9

Los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían… Confió en Dios.

Mateo 27:41-43

El justo en su muerte tiene esperanza.

Proverbios 14:32

Jesús – su confianza (6)

Adán desconfió de Dios, y tras él, la humanidad también desconfió de su Creador. El mundo se organizó sin Dios; así, la desconfianza y la rebeldía hacia él forman parte de la atmósfera donde vivimos. El pecado y sus consecuencias reinan, y el hombre acusa a Dios por ello…

Jesús vino a este mismo mundo y vivió en él como un hombre totalmente confiado en Dios:

– Dios era su Dios desde el vientre de su madre. También veló sobre él en el momento de su nacimiento. Durante su infancia, Jesús siempre confió en Dios.

– En plena tempestad durmió tranquilamente en la popa de una barca (Marcos 4:38). Y pudo decir: “Yo confiaré en él” (Hebreos 2:13).

– Antes de resucitar a su amigo Lázaro, lleno de confianza en Dios su Padre, le dijo: “Yo sabía que siempre me oyes” (Juan 11:42).

– Confió totalmente en la sabiduría de su Padre: “Sí, Padre, porque así te agradó” (Mateo 11:26).

– Cuando estaba clavado en la cruz y sus enemigos se burlaban de él, cuando Dios lo abandonó (Mateo 27:46), su confianza permaneció (Proverbios 14:32).

– Por último, en el momento de morir, entregó su espíritu a su Padre (Lucas 23:46). Confiaba en que Dios velaría sobre él y no lo abandonaría en la muerte (Salmo 16:9-10). Y su confianza no fue defraudada. ¡Dios lo resucitó y lo sentó a su diestra! (Efesios 1:20).

2 Samuel 5 – Mateo 26:47-75 – Salmo 22:6-11 – Proverbios 8:32-36

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