Edificaré mi Iglesia (1)

Miércoles 25 Abril

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Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.

Efesios 5:25

Edificaré mi Iglesia (1)

En la guía telefónica de mi ciudad, que no es muy grande, hay registradas unas diez iglesias diferentes. A menudo oigo a cristianos hablar de «su» iglesia. Sin embargo, en la Palabra puedo leer que “Jesús había de morir… para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:51-52). Los apóstoles hablan de iglesias (iglesias locales ubicadas en una u otra localidad, pero todas hacen parte de la misma Iglesia). La palabra “iglesia”, traducida también por “asamblea”, suele estar en singular en la Biblia. Y cuando el Señor Jesús anuncia su formación, dice: “Edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18). Al principio de su historia, recopilada en el libro de los Hechos, “todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas” (Hechos 2:44).

¿Qué debo concluir? Sin duda, que las divisiones son obra de Satanás y que nosotros, los cristianos, le hemos ayudado mucho mediante nuestros egoísmos y desvíos con respecto a la enseñanza bíblica.

No obstante me alegra tener la seguridad de que Jesús mismo edifica su asamblea y garantiza su unidad y su futuro. “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella”, “la sustenta y la cuida”, “para santificarla” (Efesios 5:25-29). Él añade cada día nuevas “piedras vivas” (1 Pedro 2:5). Y pronto él mismo vendrá a buscarla (1 Tesalonicenses 4:16) para tenerla junto a él en el cielo.

Sí, tristemente los creyentes dan una imagen muy dividida de la Iglesia, pero yo me esfuerzo en verla como Jesús la ve y ocupar mi lugar de una forma que agrade al Señor.

(mañana continuará)

Isaías 37 – Marcos 1:21-45 – Salmo 48:9-14 – Proverbios 14:13-14

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El amor no tiene precio

Martes 24 Abril

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Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían.

Cantares 8:7

El amor no tiene precio

“Las muchas aguas no podrán apagar el amor”. ¡Cuán cierto es esto con respecto al amor de Dios! Nada pudo apagarlo y nunca habrá nada que pueda hacerlo. Dios dio a conocer su amor por medio de los profetas, pero a menudo estos fueron rechazados y perseguidos. Entonces nos habló a través de su Hijo muy amado, a quien envió a este mundo. ¡Pero él tampoco fue oído! Al contrario, fue odiado, condenado y crucificado. Sin embargo, el amor de Dios no se apagó.

En la cruz, Cristo soportó de parte de Dios el castigo que nosotros merecíamos debido a nuestros pecados. Dios no se vengó porque rechazamos a su Hijo, sino que lo propuso como Salvador a todos los hombres. Jesús, crucificado, oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). El amor lo movía y lo sostenía. Quería honrar la santidad de Dios y dar a los pecadores el perdón de sus pecados.

“Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían”. En efecto, es ofensivo querer comprar el amor, ¡y cuánto más el amor de Dios! ¡No puede ser comprado a ningún precio! Ese amor se expande libremente del corazón de nuestro Señor sobre toda la humanidad. Todos los hombres en la tierra, ricos o pobres, están en una condición de igualdad: son incapaces de dar algo a cambio del amor divino; sin embargo pueden recibirlo gratuitamente y decir: ¡Señor, ven a mi vida!… ¡Gracias, Señor! Él está esperando esta respuesta a su amor.

Isaías 35-36 – Marcos 1:1-20 – Salmo 48:1-8 – Proverbios 14:11-12

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Llevados a Cristo

Llevados a Cristo

4/23/2018

Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. (Juan 6:44)

Jesucristo es el que presenta a los hombres y a las mujeres a Dios. Aquellos a quienes Él lleva a la presencia del Padre todos tienen repugnancia de su pecado, deseo de ser perdonados y anhelo de conocer a Dios. Esas actitudes son la obra de Dios al llevarnos a Cristo. De modo que una respuesta al mensaje del evangelio comienza con un cambio de actitud hacia el pecado y hacia Dios.

Más allá de ese cambio inicial en la actitud está la transformación efectuada en cada creyente en el momento de la salvación. Cristo no murió solamente para pagar el castigo del pecado: murió para transformarnos.

Abandonado por casi todos sus discípulos, Cristo sufría en las tinieblas y la agonía de la cruz mientras clamaba: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Esos fueron momentos en los que Jesús sintió gran rechazo y hostilidad. Pero por esas mismas circunstancias Cristo triunfó al expiar por el pecado y proporcionar una manera de que hombres y mujeres sean presentados a Dios y transformados. Era un triunfo que Él mismo pronto proclamaría (1 P. 3:19-20).

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Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

ABRIL, 23

Procuremos el bienestar de nuestra ciudad

Devocional por John Piper

Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: «Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto… Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al Señor por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar». (Jeremías 29:4-7)

Si esto era cierto para los desterrados de Dios en Babilonia, cuánto más cierto será para los exiliados cristianos de este mundo «babilónico». ¿Qué se supone que hagamos entonces?

Debemos hacer las tareas ordinarias que hacen falta llevar a cabo: edificar casas, vivir en ellas, plantar huertos. Nada de esto nos contamina si uno lo hace para el verdadero Rey y no solo para que los demás lo vean, como hacen los que quieren agradar a los hombres.

Procuremos el bienestar del lugar adonde Dios nos envió. Pensemos que somos enviados de Dios a ese lugar, porque en verdad lo somos.

Oremos al Señor por nuestra ciudad. Pidamos que cosas grandes y buenas sucedan ahí. Es evidente que Dios no es indiferente respecto al bienestar de ese lugar. Una razón para creerlo es que, en el bienestar de la ciudad, su pueblo también halla bienestar.

Esto no significa que debemos dejar de vivir como exiliados. De hecho, le hacemos más bien a este mundo al mantenernos libres de sus atracciones y deseos, perseverando en nuestra posición. Servimos más a nuestra ciudad tomando nuestros valores de la ciudad «que está por venir» (Hebreos 13:14). Le hacemos el mayor bien cuando llamamos a tantos ciudadanos como nos sea posible a convertirse en ciudadanos de «la Jerusalén de arriba» (Gálatas 4:26).

Vivamos de un modo que haga que los habitantes de nuestra ciudad deseen conocer a nuestro Rey.

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La reconciliación y el perdón

Lunes 23 Abril

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Nosotros también éramos en otro tiempo… aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó.

Tito 3:3-5

La reconciliación y el perdón

«Un día me volví cristiano, pero un peso cargaba mi corazón. Comprendí que Dios me decía: Ve a reconciliarte con tu suegro. Nuestra relación era mala desde hacía tiempo. A pesar de mi temor, decidí ir a verlo. Me recibió con frialdad, pero yo di largas explicaciones y al final le dije: Todo eso pasó, ahora conozco a Jesús como mi Señor. Él me perdonó. Perdóname tú también; te lo suplico… Al cabo de un momento nos dimos un abrazo.

Desde ese día nos hemos abierto sinceramente el uno al otro, y el amor triunfó sobre el odio».

F. K.

“Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).“Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13).

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

“Todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Corintios 5:18-20).

Isaías 34 – 2 Pedro 3 – Salmo 47 – Proverbios 14:9-10

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Sufrimiento con propósito

Sufrimiento con propósito

4/22/2018

Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre. (Hebreos 6:20)

El propósito de Cristo al llevar nuestros pecados en la cruz y soportar las tinieblas de la muerte fue abrir el camino hacia Dios. El apóstol Pedro dijo que Cristo murió “para llevarnos a Dios” (1 P. 3:18). Dios mostró simbólicamente esa verdad al rasgar el velo del templo de arriba abajo, abriendo el lugar santísimo al acceso inmediato de todos los adoradores (Mt. 27:51). Como sacerdotes, todos los creyentes pueden entrar a la presencia de Dios (1 P. 2:9; He. 4:16).

El verbo griego traducido como “pueda llevarnos” (1 P. 3:18) expresa el propósito de la obra de Jesús. Se empleaba a menudo el verbo cuando se estaba presentando a alguien. La forma nominal de la palabra se refiere al que hace la presentación. En la época de Cristo, los funcionarios de las cortes antiguas controlaban el acceso al rey. Una vez que estaban convencidos del derecho de ese acceso de una persona, el funcionario llevaba a esa persona a la presencia del rey. Y esa es precisamente la función que Jesucristo desempeña por nosotros ahora. Como Él dijo: “Nadie llega al Padre sino por mí” (Jn. 14:6). Él vino para llevarnos a la presencia del Padre.

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El culpable

Domingo 22 Abril

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No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia (la de Dios); antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.

Hebreos 4:13

Los caminos del hombre están ante los ojos del Señor, y él considera todas sus veredas.

Proverbios 5:21

El culpable

Esta mañana escuché en la radio que un ex ministro había sido llamado a rendir cuentas de sus actividades. Al mediodía un diputado de su movimiento político precisó: «El ministro simplemente es examinado; esto solo significa que tendrá que responder a algunas preguntas del magistrado. Por ahora no es culpable».

Efectivamente, en la mayoría de los países, en derecho una persona es presuntamente inocente mientras su culpabilidad no haya sido establecida por un tribunal. Pero ante Dios, si cometemos un acto ilegal, somos culpables, estén o no estén establecidos los hechos por la justicia de los hombres. La falta puede permanecer oculta y no ser demostrada nunca, pero de todas maneras fue cometida.

Lo principal, piensan algunos, es que no me descubran. ¡Pero esto es ver las cosas a corto plazo! Pues habrá un día en que “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:14). “Ha establecido un día en el cual juzgará al mundo” (Hechos 17:31).

Ese día aún es futuro, pero seguro que vendrá, y el juicio será justo. Por ello es urgente ponernos en regla con Dios. Él prometió perdonar y olvidar los pecados de todos los que se arrepienten y creen en Jesucristo, su Hijo. Él pagó el precio de este perdón al dar su vida por nosotros los culpables.

¡No tarde en reconocer su culpabilidad y acepte la gracia que Dios le ofrece!

Isaías 33 – 2 Pedro 2 – Salmo 46:8-11 – Proverbios 14:7-8

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El amo, los siervos y el hijo

Sábado 21 Abril

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(Jesús) vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Juan 1:11-12

El amo, los siervos y el hijo

Algunas parábolas (8): Mateo 21:33-46

Resumen: Un propietario plantó una viña. La alquiló a unos labradores y se fue lejos. En la época de la cosecha envió a unos siervos a recibir sus frutos, pero los labradores golpearon a unos y mataron a otros. Luego envió otros siervos, quienes sufrieron la misma suerte. Por último envió a su propio hijo, a quien también mataron. El amo se vio obligado a matar a esos labradores y alquilar la viña a otros.

Significado: La viña representa al pueblo de Israel que Dios había escogido para ser su testigo entre las naciones (Isaías 5:7). Los labradores son los responsables de ese pueblo; los siervos son los profetas; y el hijo es Cristo rechazado y crucificado. Después del rechazo de Jesús, el pueblo fue dispersado y Dios confió su testimonio a la Iglesia (los otros labradores).

Aplicación: La Iglesia está compuesta por todos los que han creído y recibido al Hijo de Dios, Jesucristo. Dios lo estableció para que fuese el fundamento de la Iglesia. Hoy cada persona puede conocerlo leyendo la Biblia o escuchando el mensaje del evangelio.

Cada uno de nosotros debe tomar una decisión con respecto a Jesús. Puedo rechazarlo y hacer como los que lo crucificaron. Pero si lo acepto como mi Salvador, me da la vida para que esté unido a él eternamente. Esta actitud individual con respecto a Cristo marca la diferencia entre los hombres: por un lado están los que lo aman; por el otro los que lo rechazan. Es el Salvador de los primeros, pero será el Juez de los segundos.

(continuará el próximo sábado)

Isaías 32 – 2 Pedro 1 – Salmo 46:4-7 – Proverbios 14:5-6

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El triunfo de Cristo

El triunfo de Cristo

4/20/2018

También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. (1 Pedro 3:18)

Es increíble pensar que alguien que era perfectamente justo muriera por los injustos. Pilato tenía razón cuando dijo de Jesús: “Ningún delito hallo en este hombre” (Lc. 23:4). Las acusaciones presentadas contra nuestro Señor fueron inventadas. Los testigos fueron sobornados, y el fallo condenatorio era ilícito.

Pero Cristo triunfó en medio de ese injusto sufrimiento al llevarnos a Dios. Y aunque los creyentes nunca sufrirán como sustitutos ni redentores, Dios puede usar nuestra reacción cristiana ante el sufrimiento injusto para atraer a otros a Él.

Así que, cuando el Señor nos pida que suframos por su causa, debemos comprender que solo se nos pide que soportemos lo que Él mismo soportó de manera que podamos llevar a otros a Él.

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Creo en Dios

Viernes 20 Abril

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No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.

Juan 14:1

Estas (señales) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

Juan 20:31

Creo en Dios

«El conocimiento de la existencia de Dios, sin Jesucristo, es inútil y estéril», escribió Blaise Pascal, matemático y filósofo cristiano.

Hoy en día mucha gente dice ser creyente. Pero cuando se les interroga sobre lo que esto significa para ellos, afirman que creen en la existencia de un ser supremo llamado Dios. Para ellos, ser creyente es simplemente lo contrario de ser ateo.

Como hay tantas religiones en la tierra, dicen que es difícil saber cuál es la buena. Ser deísta evita decidirse por una religión y permite estimarse tolerante. Algunos piensan que con solo creer en la existencia de Dios es suficiente para que él los apruebe.

Sería bueno detenerse en la declaración de Blaise Pascal. Ella es conforme a lo que dice la Palabra de Dios, pues hace la distinción entre la fe en Dios y la fe que salva.

Creer en la existencia de Dios no basta. No soluciona nada en cuanto al mal o al pecado que contamina el corazón del hombre.

La fe que salva no solo es una fe en Dios, sino la fe o la plena confianza en la obra de Jesucristo, el Hijo de Dios muerto en la cruz para borrar los pecados.

¿Qué clase de fe es la suya? ¿Puso usted su confianza en Jesucristo como su Salvador?

Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Isaías 30-31 – 1 Pedro 5 – Salmo 46:1-3 – Proverbios 14:3-4

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