«El que sana todas tus dolencias».

31 de mayo

«El que sana todas tus dolencias».

Salmo 103:3

Aunque esta declaración resulte humillante, el hecho, sin embargo, es cierto: pues todos nosotros de alguna manera estamos sufriendo por la enfermedad del pecado. ¡Qué consuelo da saber que tenemos un gran Médico que puede y quiere sanarnos! Pensemos en él por un momento en esta noche. Sus curas son rápidas: con solo mirarlo, tenemos vida. Sus curas son radicales: él saca el mal de raíz; de ahí que sus sanidades sean seguras y ciertas. Él nunca falla, y la enfermedad jamás vuelve. Donde Cristo sana no hay recaídas. No hay por qué temer que sus pacientes vayan a ser meramente emparchados por algún tiempo. El Señor hace de ellos hombres nuevos; les da también un nuevo corazón y pone un espíritu recto dentro de ellos. Él es muy entendido en toda clase de enfermedades. Los médicos son, generalmente, especialistas en algo. Aunque conocen un poco de casi todas las enfermedades, hay, por lo regular, una enfermedad que han estudiado más detenidamente. Sin embargo, Jesús conoce completamente toda la naturaleza humana. Él conoce a fondo a cada uno de los pecadores, y nunca se ha encontrado con un caso particular que le fuera difícil resolver. Ha tenido que vérselas con raras complicaciones de enfermedades extrañas, pero con una mirada de sus ojos ha sabido cómo tratar al paciente. Él es el único doctor universal, y la medicina que da constituye la única panacea que sana en todos los casos. Cualquiera que sea la enfermedad espiritual que tengamos debemos recurrir enseguida a este Médico divino. No hay quebranto de corazón que Jesús no pueda curar: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado» (1 Jn. 1:7). No tenemos más que pensar en los miles y miles que fueron librados de toda suerte de enfermedades por el poder y la virtud de su contacto, y alegremente nos pondremos en sus manos. Al confiar en él, el pecado muere; al amarlo, la gracia vive; al esperar en él, la gracia es corroborada y, al mirarlo tal cual es, la gracia se perfecciona para siempre.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 160). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡El pacto!

31 MAYO

¡El pacto!

Deuteronomio 4 | Salmo 86–87 | Isaías 32 | Apocalipsis 2

La estructura del libro de Deuteronomio contiene muchos paralelos detallados con antiguos pactos o tratados que los poderes regionales establecían con sus Estados vasallos. Uno de los componentes de estos acuerdos era una especie de prolegómeno histórico, una recapitulación breve y selectiva de las circunstancias históricas que habían llevado a ambas partes a ese punto. Es el tipo de cosa que uno encuentra en Deuteronomio 1–3. Cuando el pueblo del pacto de Dios hizo su segundo acercamiento a la Tierra Prometida, cuarenta años después del Éxodo (1:3), y con toda una generación perdida, Moisés se apresura a grabar en la congregación la naturaleza del pacto, la magnitud del rescate que ahora era su herencia, la triste historia de rebeldía y, por encima de todo, la pura majestad y gloria de Dios a quienes están vinculados en esta relación sorprendentemente generosa del pacto.

Los tres capítulos de historia selectiva preparan el camino para Deuteronomio 4. Aquí, el repaso histórico ya ha acabado en gran parte; ahora las lecciones principales de dicha historia se hacen más evidentes. Revisar siempre y recordar lo que Dios ha hecho. Dios no nos debe a nosotros su asombrosa salvación. Ni mucho menos: “El Señor amó a tus antepasados y escogió a la descendencia de ellos; por eso te sacó de Egipto con su presencia y gran poder.” (4:37). Pero existen vínculos: “A ti se te ha mostrado todo esto para que sepas que el Señor es Dios, y que no hay otro fuera de él” (4:35). “Reconoce y considera seriamente hoy que el Señor es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro.” (4:39). “Tened, pues, cuidado de no olvidar el pacto que el Señor vuestro Dios ha hecho con vosotros. No os fabriquéis ídolos de ninguna figura que el Señor vuestro Dios os haya prohibido, porque el Señor vuestro Dios es fuego consumidor y Dios celoso.” (4:23–24). En otras palabras, debemos servir a Dios; pero solo él es Dios. Todas las generaciones de creyentes deben tener en cuenta esta verdad o enfrentarse a la ira de Dios.

De las muchas lecciones que surgen de este recuento histórico, surge silenciosamente un tema relativamente menor, doloroso para Moisés e importante para nosotros. El líder recuerda una y otra vez al pueblo que a él mismo no se le permitirá entrar en la tierra. Está aludiendo a la ocasión en que golpeó la roca en lugar de hablarle (Números 20; ver también la meditación del 9 de Mayo). Pero, ahora, señala con sinceridad que su pecado y castigo sucedieron, según él, “por causa vuestra” (Deuteronomio 1:37; 3:23–27; 4:21–22). Por supuesto que Moisés era responsable de su propia acción, pero, de haberse tratado de un pueblo piadoso, él no habría sido tentado. Su incredulidad persistente y sus quejas lo agobiaron.

Medite en una articulación de este principio en el Nuevo Testamento: Hebreos 13:17.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 151). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El ancla de la realidad

Palabras Para Vivir

31 Mayo 2017

El ancla de la realidad
por Charles R. Swindoll

Hechos 27:39-44

Todos los que están en medio de una tormenta necesitan hacer algo en el proceso. A nadie se le ha prometido una cláusula de evasión mágica. La pasividad es la enemiga de la fe. Cruzarnos de brazos y esperar que la tormenta pase no es una opción aceptable.

Esto puede significar que habrá que trabajar duro. Podrá requerir que usted se humille delante de Dios y de otros. Puede significar un período de terapia espiritual bajo la dirección de una persona entrenada y comprensiva que le ayude a reordenar su vida. Es posible que ella le pida que reconozca ciertas acciones equivocadas y que busque la reconciliación mientras hace restitución. Cualquiera que sea el caso, necesitará ser parte del proceso. La realidad exige ese tipo de respuesta madura. Es parte de lanzar el anda de la realidad y confiaren que Dios le traerá a la playa.

El mejor plan para sobrevivir a una tormenta es la preparación. Ningún pescador veterano o capitán responsable se lanza a alta mar sin tener un conocimiento completo de los equipos de la embarcación, y sin asegurarse de que todo podrá funcionar perfectamente. Rara vez parten sin primero haber pasado suficiente tiempo examinando las cartas náuticas, estudiando los patrones climáticos y familiarizándose con las rutas peligrosas.

Y nunca salen del puerto sin las anclas, eso es seguro. Nadie quiere sufrir un naufragio. Pero la realidad es que los naufragios suceden, no solo en alta mar, sino también en la vida.

El secreto para sobrevivir es lo que usted hace antes cuando las aguas están tranquilas. Si mientras usted lee este libro su vida está libre de tormentas, le aconsejo que aproveche este período de calma. Dedique tiempo a la Palabra de Dios. Estudie las cartas inspiradas que el Señor le ha dado para el viaje de la vida. Profundice su andar con él por medio de la oración y de devoción personal.

Luego, cuando comiencen a soplar los inevitables vientos de la adversidad, que soplarán con toda seguridad, usted estará listo para responder con fe, no con temor. Revise esas anclas mientras el mar esté tranquilo. En el futuro se alegrará de haberlo hecho.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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La ganancia de servir a Dios

MAYO, 31

La ganancia de servir a Dios

Devocional por John Piper

Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países. (2 Crónicas 12:8)

Servir a Dios es totalmente diferente que servir a cualquier otra persona.

Dios es extremadamente celoso de que entendamos esto —y que lo disfrutemos—. Por ejemplo, nos manda: «Servid al Señor con alegría» (Salmos 100:2). Hay una razón para sentir esta alegría, y se encuentra en Hechos 17:25: « [Dios] no es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas».

Lo servimos con alegría porque no cargamos con la responsabilidad de suplir sus necesidades. Al contrario, nos regocijamos en un servicio en el que él suple nuestras necesidades. Servir a Dios siempre significa recibir gracia de Dios.

Para mostrar cuán celoso es Dios de que comprendamos esto y nos gloriemos en ello, observemos la historia en 2 Crónicas 12. Roboam, el hijo de Salomón, quien gobernó el reino del sur luego de la rebelión de las diez tribus, «abandonó la ley del Señor» (12:1). Escogió no servir al Señor y servir a otros dioses y otros reinos. El castigo de Dios fue enviar a Sisac, el rey de Egipto, a subir contra Roboam con mil doscientos carros y sesenta mil hombres a caballo (12:3).

En su misericordia, Dios envió al profeta Semaías a darle a Roboam el siguiente mensaje: «Así dice el Señor: “Vosotros me habéis abandonado, por eso también yo os abandono en manos de Sisac”» (12:5). El feliz resultado de tal mensaje fue que Roboam y sus príncipes se humillaron arrepentidos y dijeron: «Justo es el Señor» (12:6).

Cuando el Señor vio que se habían humillado, dijo: «Se han humillado; no los destruiré, sino que les concederé cierta libertad y mi furor no se derramará sobre Jerusalén por medio de Sisac» (12:7). Pero la disciplina fue: «Pero serán sus siervos para que aprendan la diferencia entre servirme a mí y servir a los reinos de los países» (12:8).

El punto es claro: servir a Dios es un regalo y una bendición y una fuente de gozo y un beneficio.

Por eso digo con tanto celo que la alabanza del domingo por la mañana y la alabanza de la obediencia cotidiana no son en el fondo un servicio gravoso a Dios sino un recibir con gozo de parte de Dios.

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¿Qué es el hombre?

miércoles 31 mayo

El Señor miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.

Salmo 14:2-3

¿Qué es el hombre?

«¿El hombre está condenado a hacerse ilusiones sobre sí mismo?». ¿Qué respuesta hubiésemos dado a este tema de filosofía propuesto a los estudiantes de bachillerato?

El cristiano recuerda esta pregunta que hicieron dos hombres de la Biblia: “¿Qué es el hombre?” (Job 7:17). Se trata de Job, cuando estuvo agobiado por la tristeza, y de David, quien tuvo conciencia de su pequeñez (Salmos 8:4; 144:3). En Dios encontraron la respuesta. Solo él puede instruirnos para que no nos hagamos ilusiones sobre nosotros mismos. El versículo de hoy nos muestra cómo Dios nos evalúa. El hombre es una criatura insignificante si lo comparamos con la inmensidad del universo, y sobre todo está moralmente alejado de Dios. “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La constatación es terrible y sin maquillaje, ¡pero hay un remedio!

Dios nos muestra en Jesucristo un hombre nuevo que satisface perfectamente su corazón. Él descendió del cielo, se encargó de nuestra causa y cumplió la obra que nos acercaba a Dios. Resucitó y subió al cielo, y desde allí nos ofrece compartir la misma vida y la misma gloria suya (Juan 14:3-4).

No estamos condenados a permanecer en la ilusión. Creamos lo que Dios nos revela. Consciente de la inmensa gracia de Dios, el apóstol Juan exclamó: “Amados, ahora somos hijos de Dios”. Esta es la seguridad de todos los que han creído en Jesucristo y esperan verle “tal como él es” (1 Juan 3:2).

2 Reyes 2 – Romanos 8:18-27 – Salmo 66:1-7 – Proverbios 16:15-16

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El ancla de la renovación

30 Mayo 2017

El ancla de la renovación
por Charles R. Swindoll

Hechos 27:33-38

Piense por un momento en lo que le estaba sucediendo a Pablo, ¿Imagina usted lo que es luchar contra una tormenta durante dos semanas y no comer nada durante ese tiempo? Eso fue lo que experimentaron los hombres que iban en el barco con Pablo.  Pero más extraordinario aun es como responder la mayoría de las personas a las tormentas de la vida. Nos quedamos sin combustible dando las batallas por nuestra propia cuenta, y terminamos físicamente debilitados, emocionalmente consumidos y sin poder conciliar el sueño.  El ancla de la renovación nos protege contra esa clase de agotamiento. Por eso Pablo animo a los hombres a comer y a renovar sus fuerzas. Pero primero oró. ¡Todos oraron!

¿Puede usted imaginar la escena? La tormenta rugía alrededor de ellos, mientras que casi 300 hombres tenían inclinados sus cabezas en oración mientras Pablo daba gracias por la poca comida que tenían; luego todos participaron juntos de la comida.

Su alimentación espiritual es crucial durante los períodos de tormenta. En los momentos de pánico, usted querrá comer menos. Asímismo, no dormirá lo suficiente.  No pasará mucho tiempo sin que deje de orar por completo, y se verá vacío espiritualmente. El cada vez mayor dolor emocional combinado con la cada vez menor renovación espiritual, puede ser fatal para su fe.

La renovación espiritual se logra fundamentalmente por medio de la oración. Pocas disciplinas tienen mayor importancia que la oración cuando todo se ve tétrico. Simplemente, dígale a Dios lo que le está sucediendo. Luche por saber cuál fue la razón de la tormenta. Busque la dirección de Dios, y no desista hasta estar satisfecho con la respuesta del Señor. Pablo fue ejemplo de eso en la cubierta de aquella tosca embarcación.

En cuanto a los hombres que se encontraban a bordo, estoy seguro de que fue la primera vez en sus vidas que oraron. ¡Fue, sin lugar a dudas la primera vez que oraron al Todopoderoso! Y es posible que fuera la primera vez en toda su vida que escucharon orar dando gracias por una comida. En medio de una rugiente tormenta de lluvia y vientos, hicieron  una pausa para ver a un hombre reverente y humilde ofrecer una oración de gratitud al Señor Dios, Creador del cielo y de la tierra, Capitán de los vientos y de las olas. Eso los animó. Fue algo sencillo, pero el efecto fue profundo. Pablo les había mostrado el ancla de la renovación, un destello de esperanza.

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmh.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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Goce anticipado de la gloria

30 de mayo

Goce anticipado de la gloria

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Efesios 1:3

En la actualidad no vivimos físicamente en el cielo, pero en cierto sentido sí vivimos en el reino celestial. Aunque no estamos en el cielo, estamos experimentando la vida celestial. Tenemos la vida de Dios en nosotros. Estamos bajo el gobierno de un Rey celestial, y obedecemos las leyes del cielo.

Como resultado, recibimos «gracia divina, santo poder», como escribiera Fanny Crosby en el himno «Dulce consuelo», es decir, un goce anticipado de la gloria divina. Estamos viviendo en una nueva comunidad, disfrutando de una nueva comunión que llegará a su cumplimiento en un lugar llamado cielo.

Disponible en Internet en: http://www.gracia.org
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Algo para gloriarse

MAYO, 30

Algo para gloriarse

Devocional por John Piper

Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe. (Efesios 2:8)

El Nuevo Testamento establece una correlación entre la fe y la gracia para dejar en claro que no nos podemos jactar de lo que la gracia sola logra.

Uno de los ejemplos más conocidos dice: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe» (Efesios 2:8). Por gracia, por medio de la fe. Existe una correlación que protege la libertad de la gracia.

La fe es el acto del alma que nos lleva a alejarnos de nuestras propias carencias y a buscar los recursos libres y absolutamente suficientes de Dios. La fe se centra en la libertad de Dios para conceder gracia a los indignos; confía en la abundancia de Dios.

Por consiguiente, la fe, por su propia naturaleza, anula la jactancia y se ajusta a la gracia. Dondequiera que la fe mire, ve la gracia detrás de todo acto digno de elogio. Así que no podemos jactarnos, excepto en el Señor.

Por eso Pablo, después de decir que la salvación es por gracia por medio de la fe, agrega: «Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9). La fe no puede gloriarse en la bondad o competencia o sabiduría humanas, porque la fe se enfoca en la gracia libre y abundante de Dios, que satisface todas nuestras necesidades. Toda bondad que la fe ve, la ve como fruto de la gracia.

Cuando la fe observa nuestra «sabiduría de Dios, justificación y santificación y redención», declara: «El que se gloría, que se gloríe en el Señor» (1 Corintios 1:30-31).

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Nuestras cargas

Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará.

Salmo 55:22

En quietud y en confianza será vuestra fortaleza.

Isaías 30:15

Nuestras cargas

Parece que en Arabia, en algunos palmerales, existe la costumbre de colocar sobre la corona de hojas de las pequeñas palmeras una piedra pesada para impedir que crezcan demasiado. Así el tronco se vuelve más grueso, la madera más dura y los frutos más abundantes.

Las pruebas que el Señor permite que atravesemos siempre son para nuestro bien espiritual. Si las atravesamos con él, nos hacen más fuertes, más capaces de resistir a las malas influencias. Las pruebas hacen que oremos más a menudo. Tal vez no comprendamos la utilidad de esa carga, pero más tarde veremos el progreso, un resultado, un “fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:11).

También se dice que en algunas tribus de África central, los que tienen que atravesar a pie un río, lo hacen llevando una carga pesada en la cabeza. Ese peso hace que sus pasos sean más seguros; les ayuda a mantener el equilibrio y a no ser arrastrados por la corriente. ¡Es justo lo que a veces experimentamos cuando pasamos por una prueba! La carga no nos aplasta, sino que incluso nos mantiene de pie en medio de la corriente de una vida a veces muy agitada, porque la compañía del Señor nos es indispensable. En vez de tratar de deshacernos lo más rápido posible de nuestros problemas y preocupaciones, pidamos más bien al Señor que nos dé la fuerza y la paciencia necesarias para soportarlas y atravesarlas con él.

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:28-30).

2 Reyes 1 – Romanos 8:1-17 – Salmo 65:9-13 – Proverbios 16:13-14

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A fin de que no sirvamos más al pecado

30 de mayo

«A fin de que no sirvamos más al pecado».

Romanos 6:6

Cristiano, ¿qué tienes que ver tú ya con el pecado ¿No te ha costado lo suficiente? Niño que te has quemado, ¿deseas jugar otra vez con el fuego? ¡Qué, habiendo estado ya entre las quijadas del león, entrarás otra vez en su caverna! ¿No sabes bastante de la antigua serpiente? ¿No envenenó en otro tiempo todas tus venas? ¿Y vas a jugar sobre la cueva del áspid y poner tu mano, por segunda vez, sobre la caverna de la víbora? ¡Oh, no seas tan loco, tan necio…! ¿Te proporcionó el pecado alguna vez un placer real? ¿Hallaste en él verdadera satisfacción? Si es así, vuela a tu antigua tarea, y ponte otra vez la cadena, si es que te da placer. Sin embargo, ya que el pecado nunca te proporcionó aquello que te prometía, sino que te engañó con la mentira, no caigas otra vez en la trampa del viejo cazador: sé libre, y que el recuerdo de tu antigua esclavitud te impida entrar nuevamente en la red. El pecado es contrario a los designios del amor eterno, los cuales tienen por objeto tu pureza y santidad. Por tanto, no vayas contra los propósitos del Señor. Este otro pensamiento debiera impedirte pecar: a los cristianos el pecado nunca les sale barato; pagan un costoso precio por su iniquidad. La transgresión destruye la paz del espíritu, debilita la comunión con Jesús, impide la oración, trae tinieblas sobre el alma. Por tanto, no seas siervo ni esclavo del pecado. Y hay un argumento aún mayor: Cada vez que «sirves al pecado [crucificas] de nuevo [para ti mismo] al Hijo de Dios, y [lo expones] a vituperio» (He. 6:6). ¿Puedes soportar este pensamiento? ¡Oh, si has caído hoy en algún pecado particular, el Señor quizá te envíe la presente admonición en esta noche para hacerte volver antes de que te alejes del todo! Vuelve de nuevo a Jesús; él no ha olvidado su amor por ti. Ven a sus pies con lágrimas de arrepentimiento y otra vez te recibirá en su corazón. Se te pondrá nuevamente sobre una roca, y tu vida quedará restablecida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 159). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.