La crucifixión de Jesucristo (1)

viernes 14 abril

Jesús… anduvo haciendo bienes y sanando…

Hechos 10:38

(Pilato) les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho este? Ningún delito digno de muerte he hallado en él… Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado… Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían.

Lucas 23:22-24

La crucifixión de Jesucristo (1)

La crucifixión, «ese castigo de los más crueles y viles», según las palabras de Cicerón (autor latino del 1er siglo), era infligido por los romanos a los esclavos fugitivos y a los extranjeros criminales y rebeldes. Miles de condenados lo sufrieron, hasta que el emperador Constantino lo prohibió en el año 320.

Los evangelios relatan que Jesucristo fue condenado a esta muerte horrible. Pero, ¿qué crimen había cometido? Había manifestado compasión por los pobres, los abandonados, había alimentado a las multitudes, sanado a los enfermos, resucitado a muertos… Las multitudes se daban prisa para escuchar sus palabras de sabiduría y gracia. Pero Jesús también desenmascaraba las hipocresías y denunciaba el mal. Entonces, ¿por qué fue condenado? Las autoridades religiosas, celosas de su influencia, lo detuvieron y, después de un simulacro de juicio, lo acusaron de blasfemia porque había declarado que era el Hijo de Dios. Lo entregaron a la autoridad romana para que lo matasen. Pilato, aunque en tres ocasiones reconoció la inocencia de Jesús, cedió a su presión y lo condenó al suplicio de la cruz.

Pero, ¿fue esta la única razón de la muerte del Cristo? ¿Podemos considerarla solo como el resultado de un proceso inicuo, de un error jurídico voluntario? La Biblia nos señala otro aspecto sorprendente: “¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas?” (Lucas 24:26).

(mañana continuará)

Ezequiel 37 – 1 Pedro 1:1-12 – Salmo 44:1-8 – Proverbios 13:16-17

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Oremos por su fama

ABRIL, 14

Oremos por su fama

Devocional por John Piper

Vosotros, pues, orad de esta manera: Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre…
(Mateo 6:9)

Decenas de veces las Escrituras dicen que Dios hace cosas «en honor a su nombre». Pero si nos preguntamos qué es lo que realmente mueve el corazón de Dios en esa declaración (y en muchas otras similares), la respuesta es que Dios se deleita en que su nombre sea conocido.

La primera oración, y la más importante que puede decirse, es: «santificado sea tu nombre». Es una oración a Dios para que él haga que las personas santifiquen su nombre.

Dios ama el hecho de que más y más personas «santifiquen» su nombre, y por eso su Hijo enseña a los cristianos a decir sus oraciones en línea con la gran pasión del Padre.

«Señor, haz que cada vez más personas santifiquen tu nombre», es decir, que lo estimen, lo admiren, lo respeten, lo honren, lo alaben, y se deleiten en su nombre. Es básicamente una oración misionera.

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Un destino incomparable

Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado. Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás, y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle.

Mateo 26:2-4

Un destino incomparable

Nadie sabe de antemano lo que le reserva la vida; nadie, excepto el Hijo de Dios. Jesús sabía perfectamente todo lo que le iba a suceder. Sabía que iba a nacer en medio de la pobreza, que poco después de su nacimiento un rey trataría de matarlo, que durante toda su vida sería incomprendido y odiado por sus conciudadanos, que finalmente sería condenado a morir crucificado. Anunció su suplicio incluso antes de que los jefes religiosos decidiesen qué hacer con él. Él prosiguió su camino hasta aceptar la muerte en la cruz: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8).

¡Su actitud es un misterio para la razón! Solo la fe puede apreciar el amor de Jesús, que lo hizo seguir un camino tan duro para salvar al hombre. Esta vida de sufrimiento hasta la cruz hizo resaltar la obediencia de un hombre totalmente consagrado a la obra que Dios le había encomendado, de un hombre que, con pleno conocimiento de lo que le iba a suceder, nunca dio marcha atrás. Solo él, el hombre sin pecado, tuvo que soportar el juicio de Dios contra nuestros pecados: “El castigo de nuestra paz fue sobre él… El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

Jesús también sabía que la muerte no podía retenerlo, y que debido a su perfección de hombre obediente, Dios lo resucitaría de entre los muertos, lo llevaría al cielo y lo glorificaría: ¡qué final tan glorioso!

Ezequiel 36:13-38 – 2 Tesalonicenses 3 – Salmo 43 – Proverbios 13:14-15

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya»

13 de abril

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya».

Levítico 1:4

La verdad de que nuestro Señor fue hecho «pecado por nosotros» se enseña aquí por medio de la muy significativa transferencia del pecado sobre el buey, llevada a cabo por los ancianos del pueblo. El poner la mano no suponía meramente hacer contacto, porque en algunos otros pasajes de las Escrituras la palabra original tiene el significado de apoyarse pesadamente, como en la expresión «sobre mí reposa tu ira» (Sal. 88:7). Sin duda, esta es la misma esencia y naturaleza de la fe: que no solo nos pone en contacto con el gran Sustituto, sino que nos enseña a apoyarnos en él con toda la carga de nuestro pecado. El Señor reunió sobre la cabeza del Sustituto todas las ofensas del pueblo de su pacto, pero a cada uno de los elegidos se le conduce personalmente a ratificar ese solemne pacto cuando, por gracia, mediante de la fe, se le permite poner la mano sobre la cabeza del «Cordero inmolado desde la fundación del mundo». Creyente, ¿recuerdas aquel glorioso día cuando experimentaste el perdón por medio de Jesús, que es quien quita el pecado? ¿No puedes hacer una alegre confesión y unirte al escritor diciendo: «Mi alma recuerda con placer el día de su liberación. Cargado de pecado y lleno de temores vi a mi Salvador como mi Sustituto y puse mi mano sobre él»? ¡Oh, cuán tímidamente hice yo esto al principio! Sin embargo, mi valor fue creciendo y mi confianza se fue afirmando, hasta que apoyé mi alma entera sobre él. Ahora mi incesante gozo es saber que no se me imputan más mis pecados, sino que él ha cargado con ellos. Y, a semejanza de las deudas del que cayó en manos de ladrones, Jesús, como el buen samaritano, ha dicho de mis futuras caídas: «Ponlas a mi cuenta». ¡Bendito descubrimiento! ¡Eterno solaz de un corazón agradecido!

Confieso que culpable soy,

confieso que soy vil;

empero por ti salvo estoy,

seguro en tu redil.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 112). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

13 ABRIL

«Porque la vida de toda criatura está en la sangre»

Levítico 17 | Salmo 20–21 | Proverbios 31 | 1 Timoteo 2

Había dos especificaciones, según Levítico 17, que constreñían a los antiguos israelitas que quisieran mantenerse fieles al pacto.

En primer lugar (17:1–9), los sacrificios estaban limitados a aquello que estuviese prescrito según el pacto mosaico. Parece ser que algunos israelitas ofrecían sacrificios en el campo abierto, allá donde estuviesen (17:5). Sin duda unos estaban ofreciendo genuinamente sacrificios a Yahvé; mientras otros se deslizaban hacia ofrendas sincretistas, consagradas a dioses paganos (17:7). Someter las prácticas sacrificiales a la disciplina del tabernáculo (y más adelante del templo) tenía como propósito eliminar el sincretismo y, al mismo tiempo, adiestrar al pueblo en las estructuras intrínsecas del pacto mosaico. Allí fuera, en el campo, era demasiado fácil dar por sentado que estas prácticas religiosas contaban con la aprobación de Dios (¡o de los dioses!), y asegurarse así unas buenas cosechas y unos hijos bien plantados. Idealmente, el sistema del tabernáculo/templo sujetó al pueblo al tutelaje de los levitas, que enseñaban al pueblo que había un camino mejor. Dios mismo había mandado este sistema. Únicamente serían aceptables los mediadores y los sacrificios prescritos por él. La razón de ser de la estructura en su conjunto era dar mayor énfasis a la trascendencia de Dios, establecer y poner de manifiesto en la mente del pueblo lo feo y vil que era el pecado y demostrar que sólo podían ser aceptables a ojos de Dios si este pecado era expiado. Además, el sistema tenía dos ventajas más. Servía para reunir al pueblo en las fiestas que se celebraban tres veces al año en Jerusalén, lo cual aseguraba la cohesión del pueblo del pacto; y mediante los sacrificios anuales, también preparó el camino hacia el sacrificio supremo, inculcando en la mente de generaciones de creyentes que el pecado debe ser confrontado y absuelto tal como Dios mismo manda, o de otra manera no queda esperanza para ninguno de nosotros.

La segunda limitación impuesta en este capítulo (17:10–16) es la prohibición de comer sangre. La razón que se da es muy específica: “Porque la vida de toda criatura está en la sangre. Yo mismo os la he dado sobre el altar, para que hagáis propiciación por vosotros mismos, ya que la propiciación se hace por medio de la sangre” (17:11). El texto no atribuye ningún poder mágico a la sangre. Al fin y al cabo, la vida no reside en la sangre aparte del resto del cuerpo, y esta prohibición estricta contra el comer sangre no podía ser ejecutada a la perfección (puesto que, por mucho que intentes drenar la sangre de un animal, siempre queda sangre en el cuerpo). Lo que el texto quiere subrayar es que no hay vida en el cuerpo sin sangre; es el elemento físico más obvio para simbolizar la vida misma. Para enseñar al pueblo que sólo el sacrificio de una vida podía servir como medio de propiciación – puesto que el castigo del pecado es la muerte –, es difícil imaginarse una prohibición más contundente y eficaz. Recordamos su significado cada vez que participamos de la Mesa del Señor.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 103). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Háblenle a sus lágrimas

ABRIL, 13

Háblenle a sus lágrimas

Devocional por John Piper

Los que siembran con lágrimas, segarán con gritos de júbilo. El que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra, en verdad volverá con gritos de alegría, trayendo sus gavillas. (Salmos 126:5-6)

No hay nada penoso en sembrar semillas. No toma más trabajo que cosechar. Los días pueden ser hermosos. Puede haber gran esperanza de una cosecha.

Sin embargo, el salmo habla de «sembrar con lágrimas». Habla de alguien «que con lágrimas anda, llevando la semilla de la siembra». Entonces, ¿por qué está llorando?

Pienso que la razón no es que sembrar sea una tarea penosa o que cosechar sea difícil. Pienso que la razón no tiene nada que ver con sembrar. Sembrar simplemente es el trabajo que tiene que hacerse inclusive cuando haya cosas en la vida que nos hagan llorar.

Las cosechas no esperarán a que terminemos con nuestra pena o a que resolvamos todos nuestros problemas. Si queremos comer en el próximo invierno, deberemos salir al campo y plantar la semilla, estemos sufriendo o no. Si hacemos eso, la promesa del salmo es que segaremos «con gritos de júbilo» y volveremos «con gritos de alegría, trayendo [nuestras] gavillas». No es porque las lágrimas de la siembra produzcan el gozo de la cosecha, sino porque la simple siembra produce cosecha, y tenemos que recordar esto aun cuando nuestras lágrimas nos tienten a dejar de sembrar.

La lección es la siguiente: cuando haya tareas simples y claras que debamos hacer y nos encontremos llenos de tristeza, y las lágrimas fluyan fácilmente, sigamos adelante y hagamos el trabajo con lágrimas. Seamos realistas. Digamos a nuestras lágrimas: «Lágrimas, las estoy sintiendo. Ustedes hacen que quiera renunciar a la vida, pero hay un campo que debo sembrar (platos que lavar, auto que arreglar, sermón que escribir)».

Luego digamos, basándonos en la Palabra de Dios: «Lágrimas, sé que no se quedarán para siempre. El mismo hecho de que simplemente haga mi trabajo (con lágrimas y todo) traerá al final una cosecha de bendiciones. Entonces, continúen cayendo si deben hacerlo, pero yo creo (no lo veo ni lo siento completamente), creo que el simple trabajo de mi siembra traerá gavillas de cosecha». Y nuestras lágrimas se convertirán en gozo.

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Dios con nosotros

12 Abril 2017

Dios con nosotros
por Charles R. Swindoll

Marcos 15:37-38 – Juan 1:14 – 1 Corintios 3:16 – Hebreos 10:19-20 – Apocalipsis 21:22

El plan de Dios a través de los siglos ha sido que Su pueblo se acerque a Él mientras Él habita en ellos. Lo hizo primeramente en la tienda del Tabernáculo, luego en una sección del templo santo, después en la tierra, en la persona de Su Hijo Jesús y ahora viviendo en todos los creyentes en Cristo a través de Su Espíritu.

El primer templo de Jerusalén, visualizado por David y construido por Salomón, era el lugar escogido por Dios para que Su gloria habitara. Esa estructura hermosa se convirtió en un símbolo de la presencia de Dios en la tierra, un lugar donde la gente podía ir cuando querían estar cerca de Dios. Ese templo fue destruido en el año 586 a.C. Otro templo fue construido 70 años después por Zorobabel y luego Herodes el Grande, durante la época de Jesús, lo convirtió en una estructura monumental. Sin embargo, para entonces, la presencia de Dios ya había abandonado el templo debido a la incredulidad de Israel.

En la búsqueda incansable por tener una relación con Su pueblo, Dios provee una nueva y mejor alternativa. Sí, algo mejor que el templo. Dios envió a Su Hijo, Jesucristo, para que fuese el «tabernáculo» en medio de nosotros (ver Juan 1:14). En ninguna otra parte de la Escritura esta imagen se muestra de una manera tan clara como en el templo mismo el día que Cristo murió: «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo». De esta forma dramática, Dios le mostró al mundo que Él había aceptado el sacrificio de Jesús por nuestros pecados. Ya no eran necesarios más sacrificios en el templo. Dios ilustró este nuevo plan al permitir que las personas tuvieran acceso directo hacia Él: “Tenemos confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir Su carne».

Para hacer este acceso aún más personal, Dios elige revelar Su presencia a través de Su Espíritu el cual vive en cada creyente. «¿Acaso no saben que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en ustedes?» Además, tenemos la promesa de que un día ya no necesitaremos ningún templo. El apóstol Juan escribió: «Y no vi en ella templo alguno, porque su templo es el Señor, el Dios todopoderoso, y el Cordero». ¡Podremos ver y moraremos con Dios, cara a cara!

No de motivo alguno

4/12/2017

No de motivo alguno

Si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. (1 Pedro 3:14)

No es probable pero, según el apóstol Pedro, hay una remota posibilidad de que usted sufra por ser justo. En realidad, muchos cristianos sufrieron por su obediencia a Cristo en la iglesia primitiva, pero otros sufrieron por su desobediencia. Cuando un cristiano desobedece la Palabra de Dios, el mundo siente una mayor justificación y una mayor libertad para la hostilidad. Ni los cristianos consagrados deben sorprenderse ni temer cuando el mundo los trata con hostilidad.

La pasión por hacer el bien no es ninguna garantía contra la persecución. El hacer lo bueno reduce esa probabilidad. Nadie hizo más bien que Jesús, pero un mundo adverso finalmente lo mató. No obstante, usted debe vivir de modo que los críticos no tengan justificación alguna para acusarlo de nada.

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«El huerto del rey»

12 de abril

«El huerto del rey»

Nehemías 3:15

La mención del huerto del rey por parte de Nehemías trae a nuestra mente el paraíso que el Rey de reyes preparó para Adán. El pecado arruinó completamente aquella hermosa morada de todos los placeres e hizo caer a los hijos de los hombres al suelo, el cual les produce espinos y cardos. Alma mía, recuerda la Caída, pues fue tu caída. Laméntate mucho de que el Señor de amor fuera tan ignominiosamente tratado por la cabeza de la raza humana, de la que tú eres un miembro tan indigno como cualquier otro. Mira cómo los dragones y los demonios residen en esta hermosa tierra, que una vez fuera un huerto de placer.

Mira más allá, a otro huerto del Rey que este riega con el sudor de su sangre: Getsemaní, cuyas amargas hierbas son para las almas regeneradas mucho más agradables que los sabrosos frutos del Edén. Allí se reparó el daño que la serpiente había causado en el primer huerto; allí se quitó la maldición de la tierra, con la cual cargó la simiente prometida de la mujer. Alma mía, piensa mucho en la angustia y en la Pasión; visita el huerto de la almazara y mira a tu gran Redentor, redimiéndote de tu estado de perdición. En realidad, este es el huerto de los huertos, donde el alma puede ver la culpa del pecado y el poder del amor: dos aspectos que sobrepasan a todos los demás.

¿No hay otro huerto más del Rey? Sí, corazón mío, tú eres ese huerto, o debieras serlo. ¿Cómo florecen en ti las flores? ¿Hay algunos frutos selectos? ¿Anda el Rey en ese huerto y descansa en los cenadores de mi espíritu? ¡Asegúreme yo de que las plantas estén podadas y regadas, y de que se cacen las dañinas zorras! Ven, Señor, y permite que el viento celestial sople con tu venida para que las fragancias de tu huerto lo llenen todo. Tampoco debo olvidar ese otro huerto del Rey que es la Iglesia. ¡Oh Señor, prospérala! Reedifica sus muros, nutre sus plantas, madura sus frutos, y del dilatado desierto desmonta el yermo estéril y conviértelo en «el huerto del Rey».

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 111). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

¡Autorrevelación!

12 ABRIL

¡Autorrevelación!

Levítico 16 | Salmo 19 | Proverbios 30 | 1 Timoteo 1

Dios es maravilloso en su autorrevelación. Ha sido generoso en las maneras en las que se ha dado a conocer, lo ha hecho por la naturaleza, por su Espíritu, por su Palabra, en los grandes acontecimientos de la historia redentora, por las instituciones que ordenó para desvelar sus propósitos y su naturaleza, e incluso por la manera como los seres humanos estamos hechos. (Somos portadores de la Imago Dei.) El Salmo 19 presenta dos vías de la autorrevelación de Dios.

La primera de estas vías es la naturaleza o, para ser más preciso, una parte de la naturaleza, es decir “las huestes celestiales”, observadas y disfrutadas por todos nosotros. “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos. Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber” (19:1–2). Pero, de la misma manera que los pueblos de la antigüedad inventaron mitos complejos para explicar el sol, la luna y los astros, la vergüenza de nuestra cultura es que nos inventamos complejos mitos “científicos” para explicarlos también. Por supuesto, nuestro conocimiento de cómo son las cosas en realidad es mucho más avanzado y preciso que el de los antiguos. No obstante, su compromiso enraizado con la noción de una organización ciega, fortuita, sin propósito de un universo infinito es lamentablemente perversa – cualquier esquema funciona mientras excluya la conclusión más patente de un Dios supremamente inteligente, capaz de componer un diseño espectacularmente asombroso. La evidencia está aquí: “Un día comparte al otro la noticia, una noche a la otra se lo hace saber”.

La segunda vía es “La ley del Señor, es perfecta: infunde nuevo aliento. El mandato del Señor es digno de confianza: da sabiduría al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos: traen alegría al corazón. El mandamiento del Señor es claro: da luz a los ojos. El temor del Señor es puro: permanece para siempre. Las sentencias del Señor son verdaderas: todas ellas son justas. Son más deseables que el oro, más que mucho oro refinado; son más dulces que la miel, la miel que destila del panal. Por ellas queda advertido tu siervo; quien las obedece recibe una gran recompensa” (19:7–11). Aquí también logramos recortar y minar lo que Dios ha revelado. Teólogos académicos desperdician sus vidas socavando su credibilidad. Mucha gente escoge secciones y temas aquí y allá, y con ellos construyen planteamientos que sirven para excluir el conjunto. Las tendencias de la cultura hacen que se construyan nuevas epistemologías que relativizan las palabras de Dios de modo que estas solo sean consideradas al mismo nivel que documentos originales de cualquier otra religión. Y peor aún, los creyentes invierten tan poco tiempo y energía para aprender lo que dicen que es la Palabra de Dios, que va perdiendo influencia por defecto. No obstante, sigue siendo una revelación inimaginablemente gloriosa.

Levítico 16 nos muestra otra vía de revelación. Dios, movido por la gracia, instituyó un rito anual, bajo el antiguo pacto, que sirvió para reflejar algunos principios fundamentales de su naturaleza, y de lo que le es aceptable. Los pecadores culpables pueden acercarse a él gracias a un mediador y un sacrificio sangriento que él ha prescrito: el Día de la Propiciación es tanto un ritual como una profecía (ver Hebreos 9:11–10:18).

Respondamos con el salmista: “Sean, pues, aceptables ante ti mis palabras y mis pensamientos, oh Señor, “roca mía y redentor mío” (19:14).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, pp. 102–103). Barcelona: Publicaciones Andamio.