El propósito de su Vida

El propósito de su Vida

la-verdad-para-hoy

2/7/2017

Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. (1 Corintios 10:31)

Cuando usted confesó a Jesucristo como Señor, lo hizo para la gloria de Dios. Ahora cualquier otra cosa que usted haga, aun las funciones más comunes de la vida como comer y beber, debe enfocarse en la gloria de Dios. Esa debe ser la actitud fundamental de su vida.

Jesús presentó ese enfoque de esta manera: “Honro a mi Padre… no busco mi gloria” (Jn. 8:49, 50). Usted crecerá espiritualmente cuando siga el ejemplo de Cristo de someter su vida al señorío de Cristo, usted se caracterizará por su humilde deseo de glorificar al Padre.

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Gracia bajo presión

6 Febrero 2017

Gracia bajo presión
por Charles R. Swindoll

Job 24:1-25

Podríamos recorrer toda la lista hasta el final. Hay pecados, hay faltas, hay injusticias. Hay robos, pecados sexuales y maldades ocultas que se realizan en la oscuridad. ¿Y dónde está Dios? Él lo está permitiendo. ¿Por qué razón? “No lo sé”, dice Job. “Creo que Él permite estas cosas con un propósito desconocido para nosotros. ¡Dios lo ha permitido todo!” Quienes cometen el mal muchas veces no reciben castigo. Los que se aprovechan de otros tampoco son castigados. También el sufrimiento inexplicable cae dentro de la misma categoría.

Usted y yo pudiéramos mencionar hechos a lo largo de toda nuestra existencia que el Señor pudo haber impedido, pero no lo hizo. Esto no tiene solamente que ver con el Holocausto de los judíos. Tampoco, simplemente, con las injusticias de la época de las Cruzadas. Tampoco con los sacerdotes de la Iglesia Católica Romana que han abusado sexualmente de jovencitos. Tiene que ver también con toda clase de cosas que pudiéramos nombrar; y Dios pudo haber impedido todas ellas, pero no lo hizo. ¡Esto es un misterio! Ese es el punto. “No puedo justificar el consentimiento de Dios, pero confío en Él”.

Niéguese a creer que la vida está basada en el destino ciego o en la casualidad. Todo lo que sucede, incluso las cosas que usted no puede explicar o justificar, están siendo tejidas como un gigantesco y hermoso tapiz. Desde nuestro lado terrenal todo parece borroso y confuso, extraño y torcido. Pero desde la perspectiva del cielo, es un cuadro increíble. Y lo mejor de todo, es que es para la mayor gloria de Dios. Ahora mismo todo puede parecer confuso, pero un día los detalles convergerán y tendrán perfecto sentido.

Una parte del perfecto plan de Dios se está, entonces, revelando. Usted no puede explicarlo. No puede juntar todas sus piezas aunque lo intentara. No es capaz de entenderlo, y hasta habrá momentos en los que lo rechazará. Pero, como estamos aprendiendo de Job, Dios no le va a pedir permiso. ¿Entonces, qué? Seguimos confiando en Él de todas maneras. Lo escribiré una vez más: Quienes hacen esto descubren, sin tratar de que suceda, que han comenzado a demostrar gracia bajo presión. Conformarse con menos es una existencia miserable.

¿Confía usted en Dios, de todas maneras?

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“lo que sea, será”

“lo que sea, será”

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7 FEBRERO

Génesis 40 | Marcos 10 | Job 6 | Romanos 10

Confiar en la providencia de Dios no debería confundirse con sucumbir a una actitud fatalista. No tiene nada que ver con el suspiro resignado de “lo que sea, será”. Esto José lo comprendía muy bien (Génesis 40).

En el relato del copero y del panadero del faraón no se nos explica quién era culpable de que, si es que alguno de ellos lo era, sino sólo a quién mandó ejecutar el faraón. Tampoco se nos dice nada sobre la naturaleza del crimen. El énfasis cae más bien en sus respectivos sueños, y en el hecho de que, de todos los que estaban en la cárcel, sólo José es capaz de interpretar los sueños. Las interpretaciones son tan dramáticas, y se cumplen con tanta precisión, que su veracidad no se puede poner en tela de juicio.

José mismo no tiene la menor duda en cuanto al origen de sus poderes. “¿Acaso no es Dios quien da la interpretación?”, pregunta (40:8). Incluso ante el faraón, cuando quizá se podía esperar que hubiese moldeado algo sus explicaciones a fin de embellecer un poco su propia reputación, José insistirá aun con mayor énfasis que él no sabe interpretar los sueños; sólo Dios lo puede hacer (41:16, 25).

No obstante, a pesar de esta lealtad inflexible hacia Dios, de su cándida confesión de sus propias limitaciones, de la pura tenacidad e integridad de su conducta bajo un sufrimiento injusto, José no confunde la providencia de Dios con el fatalismo. Esto se demuestra en este capítulo de dos maneras.

En primer lugar, José está más que dispuesto a explicar su situación al copero (el siervo que será puesto en libertad al cabo de tres días y restaurado a su puesto en la Corte) con la esperanza de que tal vez será liberado (40:14–15). La fe que José ha depositado en Dios no significa que se vuelva pasivo. Toma amplias medidas para lograr mejorar sus circunstancias, con la premisa de que estas medidas deben ser compatibles con la integridad.

En segundo lugar, al describir brevemente las circunstancias que lo condujeron a la cárcel, José no oculta en absoluto la malevolencia de la que ha sido víctima. Insiste en que fue sacado “por la fuerza” del país de los hebreos (40:15). Este punto es importante, puesto que la mayoría de los esclavos llegaron a serlo por circunstancias económicas. Por ejemplo, cuando alguien resultaba insolvente, se vendía a sí mismo como esclavo. Pero este no fue su caso, y quería que Faraón lo supiese. Era una víctima. Además, incluso durante su vida como esclavo en Egipto no había hecho nada por lo que mereciese que se le metiera en la cárcel – lo cual significa que había sido encarcelado injustamente. Por tanto, José no confunde el reino providencial de Dios con la aprobación moral de Dios hacia lo que ocurra.

El fatalismo y el panteísmo carecen de argumentos para distinguir entre lo que es y lo que debería ser. El teísmo bíblico es robusto en cuanto que nos manda confiar en la bondad de Dios mientras que también nos ayuda a confrontar y a oponernos a la maldad que caracteriza a este mundo caído.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 38). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Buscando

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Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.- 1 Pedro 3:18

Testimonio

«Durante mi infancia, mis padres me rodearon de cariño y no me faltó nada. Pero en la adolescencia empecé a hacerme preguntas como: ¿Para qué sirve la vida? Nacemos y crecemos, nos vemos atrapados en un engranaje de una vida que va demasiado rápido para que nos demos cuenta de qué es realmente lo más importante, y vamos tras la felicidad sin poder vivirla nunca.

A los 16 años no tenía respuesta, pero sí una idea precisa: quería vivir la vida al máximo. Consumía drogas y mucho alcohol, de modo que a los 18 años ya tenía una cirrosis. A los 22 años tuve miedo por mi salud y empecé a sentar cabeza. Seguía buscando un sentido para mi vida… Estaba interesado en todas las filosofías que preconizan la paz, la libertad y el amor. Rechazaba las religiones y sus dioses.

A la edad de 25 años, hojeando un evangelio, leí los siguientes versículos: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian” (Lucas 6:27-28). Estas palabras de Jesús resonaron en mi corazón. Al leer los evangelios descubrí que Jesús no era un filósofo, ni un profeta, ni una religión, sino Dios que vino a vivir como un simple hombre para mostrarnos su amor. Sufrió la humillación, el dolor y la muerte. ¡En la cruz dio su vida por mí!

Mi mayor pecado es haberlo ignorado durante tantos años. Para mí Jesús era un extranjero, pero ahora encontré el sentido de mi vida, es decir, amarlo a él y hablar de su amor a mi alrededor».

Patrick

2 Samuel 1 – Mateo 24:1-28 – Salmo 20:1-5 – Proverbios 8:1-11

Confesar a Cristo como Señor

Confesar a Cristo como Señor

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2/6/2017

Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. (Romanos 10:9)

Para dar gloria a Cristo, debemos confesarlo como Señor. Eso es parte de la salvación, no un acto subsiguiente. La salvación es cuestión de confesar que Cristo es Dios y, por lo tanto, que Él es soberano en su vida.

Si nunca ha confesado a Jesucristo como Señor, no puede vivir para su gloria. No puede decir: “Niego a Cristo. Él no es mi Salvador ni Señor”, y luego esperar glorificar a Dios. Si usted no honra al Hijo, no honra al Padre (Jn. 5:23). Así que la salvación es el necesario comienzo de glorificar a Dios y, por lo tanto, para el crecimiento espiritual. No se puede crecer hasta que no se haya nacido.

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Gracia bajo presión

6 Febrero 2017

Gracia bajo presión
por Charles R. Swindoll

Job 24:1-25

Podríamos recorrer toda la lista hasta el final. Hay pecados, hay faltas, hay injusticias. Hay robos, pecados sexuales y maldades ocultas que se realizan en la oscuridad. ¿Y dónde está Dios? Él lo está permitiendo. ¿Por qué razón? “No lo sé”, dice Job. “Creo que Él permite estas cosas con un propósito desconocido para nosotros. ¡Dios lo ha permitido todo!” Quienes cometen el mal muchas veces no reciben castigo. Los que se aprovechan de otros tampoco son castigados. También el sufrimiento inexplicable cae dentro de la misma categoría.

Usted y yo pudiéramos mencionar hechos a lo largo de toda nuestra existencia que el Señor pudo haber impedido, pero no lo hizo. Esto no tiene solamente que ver con el Holocausto de los judíos. Tampoco, simplemente, con las injusticias de la época de las Cruzadas. Tampoco con los sacerdotes de la Iglesia Católica Romana que han abusado sexualmente de jovencitos. Tiene que ver también con toda clase de cosas que pudiéramos nombrar; y Dios pudo haber impedido todas ellas, pero no lo hizo. ¡Esto es un misterio! Ese es el punto. “No puedo justificar el consentimiento de Dios, pero confío en Él”.

Niéguese a creer que la vida está basada en el destino ciego o en la casualidad. Todo lo que sucede, incluso las cosas que usted no puede explicar o justificar, están siendo tejidas como un gigantesco y hermoso tapiz. Desde nuestro lado terrenal todo parece borroso y confuso, extraño y torcido. Pero desde la perspectiva del cielo, es un cuadro increíble. Y lo mejor de todo, es que es para la mayor gloria de Dios. Ahora mismo todo puede parecer confuso, pero un día los detalles convergerán y tendrán perfecto sentido.

Una parte del perfecto plan de Dios se está, entonces, revelando. Usted no puede explicarlo. No puede juntar todas sus piezas aunque lo intentara. No es capaz de entenderlo, y hasta habrá momentos en los que lo rechazará. Pero, como estamos aprendiendo de Job, Dios no le va a pedir permiso. ¿Entonces, qué? Seguimos confiando en Él de todas maneras. Lo escribiré una vez más: Quienes hacen esto descubren, sin tratar de que suceda, que han comenzado a demostrar gracia bajo presión. Conformarse con menos es una existencia miserable.

¿Confía usted en Dios, de todas maneras?

Tomado del libro Buenos Días con Buenos Amigos (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 2007). Con permiso de la Editorial Mundo Hispano (www.editorialmundohispano.org). Copyright © 2017 por Charles R. Swindoll Inc. Reservados mundialmente todos los derechos.

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“inclusión”

“inclusión”

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6 FEBRERO

Génesis 39 | Marcos 9 | Job 5 | Romanos 9

Es totalmente apropiado leer Génesis 39 como una lección de coraje moral, la historia de un hombre temeroso de Dios que acertadamente percibe que una tentación muy atrayente es, en realidad, una invitación a pecar contra Dios (39:9), y para quien, por tanto, es más importante su pureza que sus intereses.

No obstante, Génesis 39 debe leerse también a otros niveles, cada uno de los cuales tiene sus lecciones importantes que enseñarnos.

En primer lugar, el capítulo comienza y se concluye en términos muy similares. Esta “inclusión” literaria sirve para señalar que los temas planteados al inicio y a la conclusión del capítulo lo controlan por completo. Al comienzo, José es vendido al servicio de Potifar. Dios está con él hasta tal punto, que con el tiempo llega a convertirse en el principal esclavo de esta considerable mansión. No debemos sacar la conclusión que esto ocurriese de la noche a la mañana; la cronología sugiere que transcurrieron unos 8 ó 9 años. Durante este tiempo, José habría tenido que aprender el idioma e ir subiendo desde el primer peldaño. Pero esto estaba vinculado a la bendición de Dios sobre su vida y a la consiguiente integridad personal de José. Al final del capítulo, José se ve arrojado a la cárcel a causa de una acusación falsa, pero aun aquí Dios sigue con él y hace que el guardia de prisión tenga una buena opinión de él, hasta que es puesto a cargo de todos los prisioneros. Así, el capítulo demuestra que, a veces Dios escoge bendecirnos haciéndonos gente íntegra en medio de circunstancias abominables, en lugar de transformar las circunstancias.

En segundo lugar, Génesis 39 sirve de contrapunto con respecto al capítulo 38. Judá es un hombre libre y próspero, pero, tras la muerte de su esposa, acaba acostándose con su nuera. Utiliza un doble rasero y trae la vergüenza sobre sí mismo y sobre su familia. (El hecho de que inicialmente quiere hacer ejecutar a Tamar por un pecado que él también había cometido demuestra que le interesa menos castigar a los culpables por cuestión de principios, que a los que han sido pillados en el acto.) José es esclavo, pero, bajo la bendición de Dios, conserva su integridad y pureza sexual. ¿Cuál de ellos es más feliz a ojos del mundo? ¿Cuál de ellos es más feliz a la luz de la eternidad?

En tercer lugar, Génesis 39 forma parte del desfile de sucesos que lleva a la elevación de José a una posición de liderazgo sobre todo el país. A través de las circunstancias desgraciadas relatadas en el capítulo 37; 39–40, José llega finalmente a ser Primer Ministro de Egipto y salva a mucha gente de la muerte por hambre – incluida a su propia familia y, por tanto, también a la línea mesiánica. Pero José no podía saber cómo sucedería todo esto mientras padecía en su situación personal. Lo único que podía recordar eran los relatos transmitidos desde Abraham, y sus propios sueños de niño (Génesis 37). Pero José camina por fe, y no por vista.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 37). Barcelona: Publicaciones Andamio.

¿No me conoce?

¿No me conoce?

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Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. – Juan 14:9

Desde que Jesús le dijo: “Sígueme” (Juan 1:43), Felipe lo siguió y dio testimonio de que había hallado al Mesías. Luego vivió en compañía de Jesús durante tres años. Escuchó sus enseñanzas y vio sus milagros. Incluso escuchó a Pedro declarar a Jesús: “Tú eres… el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).

Pero Felipe no captó lo esencial del mensaje de Jesús y el valor de su presencia, y le dijo: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta” (Juan 14:8). Jesús le respondió: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Esta pregunta se dirige a nosotros: ¿Cómo conocemos a Jesús? ¿Lo consideramos como un gran hombre, fundador de una religión? Esto no es suficiente, pues lo fundamental es conocerlo como el Hijo de Dios, que está vivo, el Señor.

Felipe no había captado que Jesús revela a Dios perfectamente. Al ver a Jesús percibimos a Dios, el Padre, tal y como se dio a conocer. El que desea acercarse a Jesús con toda humildad y verdad descubre quién es Dios. Ir a Jesús es el único camino hacia Dios. Jesús es el único intermediario, el único mediador entre Dios y los hombres. Es el hombre Jesucristo, quien se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Timoteo 2:5-6).

Conocer al Señor Jesús es el principio y, a la vez, el objetivo de la vida cristiana. ¿Qué progresos he hecho en el conocimiento de Jesús desde que él me salvó? ¿Me dejo transformar a su imagen? (2 Corintios 3:18).

1 Samuel 31 – Mateo 23 – Salmo 19:11-14 – Proverbios 7:24-27

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Por qué damos testimonio?

¿Por qué damos testimonio?

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2/5/2017

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. (Juan 15:8)

Es probable que la mayoría de las personas piensen que debemos ser salvos por otras razones que no sean glorificar a Dios. Muchos cristianos por lo general darán las siguientes como las razones de que den testimonio:

     •   Mantener a las personas fuera del infierno. (Quieren que no sufran el castigo eterno.)

     •   Manifestar el amor de Dios.

     •   Obedecer el mandato de Cristo.

En Mateo 28:18-20 y en Hechos 1:8, Jesús nos dice que evangelicemos.

Todas esas son razones válidas y bíblicas para la evangelización, pero la principal razón de que debamos predicar el evangelio es para la gloria de Dios.

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El Siervo Sufriente

El Siervo Sufriente

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5 FEBRERO

Génesis 38 | Marcos 8 | Job 4 | Romanos 8

Al ser preguntados, los discípulos de Jesús confiesan quién es él (Marcos 8:27–30). Cristo es la forma griega de Mesías, que tiene un trasfondo hebreo. Esta confesión desata un aluvión de nueva revelación por parte del Señor Jesús (8:31–38). Ahora enseña que el Hijo del Hombre “tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que a los tres días resucite” (8:31). Tal como señala Marcos, Jesús “Habló de esto con toda claridad” (8:32). Al parecer, con anterioridad había comentado este asunto de una manera más encubierta.

Viviendo como lo hacemos de este lado de la cruz, nos resulta fácil ser un tanto condescendientes con la reacción de Pedro y la reprensión del Maestro (8:32). El discípulo consideraba sencillamente que Jesús debía estar equivocado en esto. Después de todo, no se mata a los mesías: ellos ganan siempre. ¿Cómo podía ser que el Mesías ungido de Dios, que hacía milagros como Jesús, pudiera ser derrotado? Por supuesto, Pedro estaba en un error; era una gran equivocación. Y es que ni siquiera los discípulos habían llegado a entender aún que Jesús, el Mesías, era el Rey conquistador y, a la vez, el Siervo Sufriente.

Pero aún había más. Jesús no solo insistió en que él mismo iba a sufrir, morir y resucitar, sino que advirtió: “Si alguien quiere ser mi discípulo —les dijo—, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga” (8:34). Para un oyente del siglo I, este tipo de lenguaje sonaría desconcertante. “lleve su cruz” no significaba soportar un dolor de muelas, perder el trabajo o una discapacidad personal. La crucifixión se consideraba, universalmente, el tipo de ejecución romano de mayor barbarie, y apenas se mencionaba entre la gente educada. El criminal condenado “llevaba su cruz”, es decir, cargaba con el travesaño y lo llevaba hasta el lugar de la ejecución. Cuando a uno le tocaba llevar su cruz, no había esperanza para él. Solo le esperaba una muerte ignominiosa y espantosa.

A pesar de todo, este es el lenguaje utilizado por Jesús, porque lo que todos sus discípulos deben aprender es que ser un seguidor suyo implica una dolorosa renuncia al interés personal para buscar de todo corazón los intereses del Señor. El abrupto lenguaje utilizado no es una invitación al masoquismo espiritual, sino a la vida: la norma infalible del reino es que centrarse en uno mismo desemboca en muerte, mientras que “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará” (8:35). Este compromiso sólo acarreará la pérdida de la vida física para unos cuantos; para todos nosotros, significa morir a uno mismo y ser discípulo de Jesús. Y esto incluye confesar a Jesús con alegría y negarse por principio a avergonzarse de él y de sus palabras, en esta generación adúltera y pecadora (8:38).

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 36). Barcelona: Publicaciones Andamio.