En 1957 un joven condenado a muerte por asesinato estaba en la cárcel esperando su ejecución. Había recibido una educación cristiana, pero rechazaba las visitas del capellán. Meses de angustia pasaron en medio del silencio y la soledad. El joven terminó aceptando que el capellán le prestase unos libros. Durante varios meses leyó la Biblia, luego se encontró con un antiguo compañero que se había vuelto cristiano. Esto fue lo que escribió en su diario: “Tengo todo en abundancia, fui salvo sin hacer nada, fui retirado del mundo porque me estaba perdiendo…”.
Al final de este periodo, convencido por el llamado de Dios, escribió: “¡Traté de creer mediante la razón! Y súbitamente, en algunas horas, obtuve la fe, una seguridad absoluta. ¡Creí, y no entiendo cómo había hecho para no creer hasta ese momento! La gracia me visitó, un gran gozo me embargó, y, sobre todo, una gran paz me llenó. Todo se aclaró en unos instantes. Era un gozo muy fuerte, que quizá tengo demasiada tendencia a buscar ahora, pues lo esencial no es la emoción, sino la fe. Ahora sé que todo es gracia, y que no me estoy acercando a la muerte, sino a la vida”.
El joven, lleno de una paz indescriptible, oró toda la noche previa a su ejecución, programada para las cinco de la mañana. Las últimas líneas de su diario revelan la seguridad de su fe en su Salvador: “Dentro de cinco horas veré a Jesús…”.
“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:7).
En Australia, durante una noche especialmente clara, tuve la oportunidad de contemplar un cielo estrellado. La Cruz del sur era una de las constelaciones más visibles. Brillaba tanto que logré distinguirla fácilmente entre la multitud de estrellas. ¡Qué belleza!
Para mí una gran luz también irradia de “la cruz de Cristo”. En los relatos de los evangelios, “la cruz” es el madero donde Jesús fue clavado. En el Nuevo Testamento, la expresión “la cruz de Cristo” presenta este hecho que subsiste eternamente en todo su valor y sus consecuencias: el Señor Jesucristo murió, crucificado por los hombres, pero también castigado por el Dios santo debido a nuestros pecados, los cuales llevó sobre sí mismo.
Esa noche, observando la Cruz del sur, vi brillar la obra del Creador; pero contemplando por la fe “la cruz de Cristo”, veo al Hijo de Dios dando su vida para salvarme. La luz moral que resplandece de la cruz de Cristo viene de Dios. Está formada por sus caracteres divinos: bondad, verdad, justicia y paz (Salmo 85:10).
¿Cómo se manifestó la justicia de Dios? Por medio de la cruz (Romanos 3:21-25). ¿Cómo prueba Dios su amor? Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8). La cruz de nuestro Señor Jesús es la expresión sublime del poder y de la sabiduría de Dios. Así como antiguamente la Cruz del sur indicaba la dirección al viajero, la cruz de Cristo da su sentido a nuestra vida.
Leyendo en los evangelios la vida de Jesús en la tierra, nos impresiona ver que, aunque fue amenazado, abandonado, crucificado, nunca renunció a su objetivo. Fue el único hombre enteramente libre obedeciendo a Dios:
– Libre cuando prefirió estar solo y hambriento en un desierto, en lugar de actuar de forma independiente de Dios.
– Libre de todo miedo: mientras una tormenta asustaba a sus discípulos, él dormía tranquilamente.
– Libre para manifestar amor e interés por los despreciados por la gente de su pueblo: extranjeros, prostitutas, leprosos, invasores romanos… No se escondió de los religiosos que lo espiaban buscando motivos de acusación contra él. ¡No dependía de la opinión de los demás! Denunció claramente su hipocresía, advirtiéndoles sobre la gravedad de su estado.
– La noche en que fue arrestado no trató de huir; al contrario, avanzó al encuentro de sus verdugos.
– Permaneció en la cruz en vez de pedir ayuda a los ángeles para ser librado de sus enemigos, de los sufrimientos y de la muerte.
La vida de Jesucristo es única. Nos manifestó un amor extremo hasta dar voluntariamente su vida para salvarnos del juicio de Dios.
Él es el Salvador en quien primero debemos creer. Luego, a cada uno de los que creemos en él, nos invita a amar a nuestro prójimo, sirviéndole con todo nuestro corazón.
“Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).
(Jesús dijo:) Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres… Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.
Al hombre le gusta creerse independiente, imaginar que es libre. Piensa que puede hacer lo que quiere, ir a donde quiere y decir lo que quiere. Recordamos el eslogan: “Está prohibido prohibir”. ¡Como si con decir esta frase sus autores fuesen libres! El hombre sigue siendo esclavo de sus pasiones, de sus deseos desenfrenados y de su incurable orgullo. Es esclavo sin darse cuenta, se engaña a sí mismo. Así, por ejemplo, la infidelidad conyugal será considerada como una fuente de realización, los insultos como una libertad de expresión, la violencia como la legítima defensa, la deshonestidad como justa con respecto a las personas que tienen dinero… y podríamos continuar la lista.
Dios nos vio bajo esta esclavitud de la mentira. Vino a nosotros en la persona de Jesucristo para liberarnos. Mediante la fe en él y en su sacrificio, el que recibe a Jesús en su corazón pierde toda ilusión sobre sí mismo y recibe una vida nueva. Entonces descubre que es posible hacer lo que la Biblia enseña, de corazón y con gozo, sin frustración ni amargura. ¡Esta es la verdadera libertad que Dios nos propone!
Jesucristo, el único que solo hizo el bien, vivía en una libertad total. Sirvió libremente a los demás y dio su vida libremente por ellos. Lo hizo por amor a su Padre y a nosotros, para librarnos del juicio de Dios, que es la consecuencia de nuestras malas acciones. Nos abrió un camino de libertad, en el cual podemos hacer lo que agrada a Dios sin ninguna restricción.
Mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.
Cuando se le preguntó a Miguel Ángel (1475-1564) qué método había utilizado para esculpir la estatua de Moisés, respondió lo siguiente: “Tome usted un bloque de mármol y quite todo lo que no se parezca a Moisés”.
Cuando nos convertimos al Señor, al principio somos como bloques de mármol sin forma, como piedras brutas extraídas de una cantera. Pero Dios no quiere que nos quedemos así. Él desea que nos parezcamos cada vez más al Señor Jesús. Para que avancemos moralmente hacia Aquel que es nuestro modelo, quita de nosotros todo lo que no se parece a Cristo.
Imitar a Cristo no significa tratar de copiarlo, sino vivir de él mediante su Espíritu, como un sarmiento vive gracias a la savia que emana del tronco. Porque todo cristiano tiene una vida nueva que proviene de la de Cristo.
Aprender a parecernos a él es emprender un viaje que dura toda la vida. Contrariamente a nosotros, Dios es paciente. El crecimiento es progresivo, es decir, cada día damos un paso. Debemos aceptar que Dios nos moldee y nos transforme a su manera, incluso si este proceso lleva mucho tiempo.
“La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18). “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).
Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.
En Inglaterra había una iglesia en cuya pared frontal se hallaba grabada esta frase: “Predicamos a Cristo crucificado”. Con el paso del tiempo la hiedra empezó a crecer por las paredes. Primero cubrió la última palabra de la frase. Entonces solo se podía leer: “Predicamos a Cristo”. Luego: “Predicamos”, y al final la vegetación cubrió totalmente la inscripción.
Esta historia ilustra la importancia, para todo cristiano, de proclamar un Evangelio completo y acorde con la Biblia. Si omitimos la cruz de Cristo, si ocultamos el pecado del hombre y la necesidad del sacrificio de Jesús para apaciguar la ira de Dios, es como si predicásemos un “evangelio diferente” (2 Corintios 11:4; Gálatas 1:6).
Los hombres aceptan sin problema que se les hable de Jesús como de un hombre de bien; de hecho, ya ha habido otros a lo largo de la historia… Pero muchos se cierran cuando se les dice que Jesús tuvo que morir para borrar sus pecados. No obstante, ¡sin este sacrificio todos estaríamos perdidos para siempre!
Queridos lectores, no se molesten si insistimos tanto en la cruz de Cristo. Ella es el corazón del Evangelio, y sería demasiado grave no mostrarle el verdadero y único camino de salvación.
“La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).
“A los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:24-25).
Soy como el búho de las soledades; velo, y soy como el pájaro solitario sobre el tejado… Mis días son como sombra que se va, y me he secado como la hierba.
¡Qué situación vivía este hombre del Salmo 102! Estaba solo en medio de su dolor, al punto de pensar que no sobreviviría. Se comparaba a un animal del desierto, a un búho, a un pájaro solitario sobre el tejado… Las pocas personas con las que se relacionaba estaban en contra de él y lo insultaban. ¡Qué tristeza! ¡Estaba solo, desesperadamente solo!
Cada uno de nosotros ha podido, un día u otro, sentirse solo, abandonado. Pero cuando una situación de este tipo se prolonga, cuando no sabemos cómo salir de ella, la situación se vuelve trágica.
¿Ha experimentado esta soledad alguna vez? ¿Es esta su situación actual? ¿Está inmerso en ella desde hace mucho tiempo y no ve la salida? Si ese es su caso, le invitamos a continuar leyendo el Salmo 102: Dios nos ama y escucha la oración del desamparado (v. 17). Jesucristo, su enviado, Dios-Hombre, ve, comprende, escucha y sabe qué es lo mejor para nosotros. Él, el único del que nunca hubiésemos pensado que sería abandonado un día, experimentó la más profunda soledad cuando sufrió en la cruz el rechazo de los hombres y las mujeres que no lo querían. Fue abandonado por Dios porque aceptó tomar su lugar y el mío, es decir, el de un ser culpable ante Dios y que merecía la muerte eterna. Ahora, mediante una promesa, responde al desesperado: “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:15).
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.
El relato que leeremos a continuación es de un conocido cristiano que refleja el entusiasmo de un recién convertido.
“Tomé mi decisión; acepté la salvación. Lo confieso: ¡Me convertí en un discípulo de Cristo! Mi pasado ha sido rescatado, mi presente asegurado y mi futuro preparado. Mi antigua vida está crucificada, y la nueva santificada. Ya no ando por vista, sino por fe. Ya no camino en la condenación, sino en la liberación. Ya no estoy en las tinieblas, sino en la luz. Ya no estoy prisionero, sino libre, y sigo adelante.
Empecé la carrera con Cristo, lleno de fuerza, porque me libera de mi debilidad; lleno de esperanza, porque me libera de la desesperación; lleno de fe, porque me libera de la duda; lleno de ánimo, porque me libera de Satanás. Ahora tengo confianza, mi mente está renovada; si me dejo guiar por él, tendré pensamientos santos, diré palabras verdaderas… Fui comprado a gran precio, sellado con el Espíritu Santo, y me convertí en un heredero del reino”.
Dejemos que la Biblia complete:
“El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:3, 7).
“Cristo, cuando aún éramos débiles… murió por los impíos” (Romanos 5:6).
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
“Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú… porque él (Dios) es vida para ti” (Deuteronomio 30:19-20).
Es la historia de una viuda que vivía cerca de Sidón, en la época del profeta Elías (1 Reyes 17:9-16). La hambruna se había extendido por todo el país. Esta mujer se había quedado sin recursos y no podía seguir alimentando a su único hijo. Le quedaba un poco de harina en una tinaja y un poco de aceite en una vasija. La viuda iba a recoger leña para cocer el último pan. Lo comerían y luego morirían de hambre. ¡No tenía nada más que esperar de la vida!
Cuando estaba recogiendo la leña apareció el profeta y le pidió que le diese de comer. Ella le contó su triste situación, pero él insistió: “Hazme a mí primero… una pequeña torta” (v. 13). La mujer obedeció al profeta de Dios y, como él se lo había prometido, el milagro se produjo. La harina no se agotó y el aceite no faltó. La viuda, su hijo, su casa y el profeta fueron alimentados hasta el final de la hambruna.
Quizás estemos, como esta viuda, en una situación aparentemente desesperada. Ya no aguardamos nada de la vida. Pensamos que no hay más esperanza, pronto llegará la muerte…
Pero todavía queda un puñado de harina y un poco de aceite (v. 12), recursos que nos parecen muy insuficientes. Sin embargo, hagamos como esta viuda, utilicemos lo poco que nos queda dando a Dios el primer lugar y depositando nuestra confianza en él. Dios se interesa por las viudas y los huérfanos. Él es poderoso para transformar nuestros pocos recursos en una abundancia suficiente para responder a nuestras necesidades y a las de nuestros allegados (2 Corintios 9:8).
Estoy seguro de que voy a tener algunas reacciones interesantes de nuestra última sesión donde vimos la diferencia entre la forma superficial y externa de la justicia que caracterizó la vida de los escribas y fariseos y la forma auténtica de justicia a la que estamos llamados. Algunas personas van a escribir y decir, «RC, yo estaba tan inmerso en esa lección que para mí el tiempo realmente se detuvo». Otros escribirán y dirán: «Ustedes son tan hipócritas, como los fariseos de los que hablaban, porque usan un reloj aquí que obviamente es un engaño ya que da la misma hora todo el tiempo». ¿Notaron eso? Estoy seguro de que todo tipo de personas estarán enviando cartas. Bueno, quiero que todo el mundo sepa que ese es un reloj de verdad. Es un reloj auténtico. Solo que está dañado, eso es todo. Pero esto podemos decir al respecto: Da la hora correcta dos veces al día todos los días.
Martín Lutero dijo que el cristiano, en su lucha por la obediencia, tiene muchos obstáculos que superar, pero básicamente estamos inmersos en una guerra que se lleva a cabo no en uno o dos frentes, sino en tres frentes y que la tríada de enemigos que se enfrentan a los cristianos es, como Lutero dijo, el mundo, la carne y el diablo. Esa es una cita muy famosa de Lutero, y por supuesto, Lutero entendió que cuando hizo esa lista del mundo, la carne y el diablo que, aunque hizo distinción entre esos tres enemigos particulares, entendió que los tres estaban íntimamente relacionados el uno con el otro – que el espíritu de la carne del cual habla la Biblia es esa parte de nuestra naturaleza que es cautivada y seducida por el espíritu de este mundo, y este mundo es la esfera sobre la cual Satanás tiene un nivel particular de influencia e incluso, a veces, una especie de dominio. Y aunque hay una distinción entre estos tres, no queremos separar el uno del otro, pero veremos cada uno de estos en orden.
Y en esta sesión vamos a considerar la lucha que el cristiano tiene con lo que el Nuevo Testamento llama «el mundo». Ahora, obviamente el término «mundo» en el Nuevo Testamento se utiliza en más de una forma y a veces en algunos casos el término «mundo» simplemente se refiere a este planeta. No hay nada peyorativo, nada negativo en el término cuando se usa de esa manera. Es solo una ubicación geográfica. Este lugar se diferencia de Marte o Júpiter o los cielos de arriba; pero también el término «mundo» se utiliza en el Nuevo Testamento para referirse a la esfera caída de este planeta, a una especie de punto de vista, o perspectiva que es anti-Dios, que está más centrada en el hombre que centrada en Dios. Permítanme leer una breve porción del Evangelio según San Juan para ver cómo Jesús hace este tipo de distinción con respecto al mundo.
Vamos a partir en Juan, en el capítulo 17 versículo 12. Por cierto, al leer esta breve porción del Evangelio de Juan, permítanme recordarles que esto proviene de un segmento muy largo del discurso en el Aposento Alto que Jesús tuvo con sus discípulos la noche antes de que Él fuera muerto, y también incluye un texto de expresiones que Jesús hace en la oración más larga que está registrada y que proviene de Jesús en el Nuevo Testamento. Este es el registro de lo que se llama la «gran oración sumosacerdotal de Jesús» o «la oración intercesora de Jesús». Es la única vez que oran por ti en el Nuevo Testamento porque Jesús ora no solo por sus discípulos que están con Él en ese momento, sino que habla, ora e intercede por aquellos que creerán en las generaciones futuras a través de su enseñanza.
Y noten lo que Él dice en el versículo 11 del capítulo 17. De ahí vamos a partir, y Él dijo: «Ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti». Aquí ves que «mundo» se refiere claramente a este lugar, ¿cierto? Él dijo: «Estoy a punto de salir de este lugar, del mundo, pero ahora, Padre, estoy orando por mis amigos y mis discípulos que se van a quedar aquí, activos en este mundo». Pero, sin embargo, continúa diciendo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, el nombre que me has dado, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera. Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos. Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo».
Ahora, ¿ven cómo el término «palabra» – o «mundo» – está empezando a asumir ese matiz ligeramente diferente para referirse no solo a la ubicación geográfica, sino a la perspectiva o al punto de vista de uno con respecto a las cosas de Dios? El mundo es esa esfera, o ese grupo de personas, que no tiene afecto por las cosas de Dios. El mundo existe en este sentido, en antítesis y oposición y tensión contra el reino de Dios, por lo que Él dice: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en la verdad, tu palabra es verdad». Es una declaración muy cargada, ¿cierto? Jesús dijo: «No estoy pidiendo, Padre, que los saques del mundo». Ah, ojalá prestáramos atención a la oración de Cristo en esa parte, porque en cada generación de la historia cristiana siempre hay ese tira y jala dentro de la comunidad cristiana para distanciarnos de todo lo que tiene que ver con este mundo, que terminamos retirándonos en aislamiento a fin de mantenernos puros.
Si solo leyéramos atentamente, por ejemplo, el Evangelio según San Lucas. Porque en el Evangelio de Lucas vemos un motivo que Lucas recalca una y otra vez, en términos de la enseñanza de Jesús, contra, de nuevo, los fariseos. Una de las doctrinas que surgió entre los fariseos fue esta doctrina: salvación por segregación. Recuerden, una de las cosas de la cual los fariseos se indignaron tanto con Jesús fue que Jesús, según creían ellos, se contaminó a sí mismo al pasar tiempo con publicanos y recaudadores de impuestos y pecadores, algo que los fariseos no harían ni en sueños. Recuerdo una vez, caminando por la calle, que conversaba con un amigo mío que era un sacerdote anglicano y estaba bastante orgulloso de su consagración al sacerdocio; y estábamos en las calles de Filadelfia, y un niño apareció. Estaba vendiendo periódicos o algo así. Era como un niño de la calle. Estaba muy sucio.
Ya se imaginan, tenía helado o algo por toda la cara y su camisa estaba sucia y tenía puesto unas prendas rotas y él se acercó, y tomó una manga del sacerdote y comenzó a tirar de ella diciendo, «Señor, señor», y ya saben, estaba tratando de venderle una revista o algo así, y estaba tirando de su manga. Y de repente el sacerdote se dio la vuelta y le quitó la mano al niño y le dijo: «¡Cómo te atreves a tocar el brazo de un sacerdote de Dios!». Y yo quería detenerme ahí mismo y mirar a mi amigo el sacerdote y decirle: «¿Cómo te atreves a actuar como si el brazo de un sacerdote fuera intocable para un ser humano?» Es decir, Jesús hubiera abrazado a ese chico en la calle. Él jamás habría aceptado esta idea de separación tan radical del mundo donde uno, de cierta manera, manifiesta un espíritu de desprecio hacia el mismo entorno que es el punto central de la redención de Dios. Jesús dijo: «No te ruego que los saques del mundo». Jesús no estaba iniciando una nueva comunidad de Esenios.
¿Recuerdan a los Esenios, que fueron aquellos cuya obra se encontró en los Rollos del Mar Muerto? Eran personas que se alejaba de la civilización para vivir en total aislamiento a fin de mantenerse puros para la venida del Mesías, y mientras se escondían allí en las cuevas a lo largo del Mar Muerto, llegó el Mesías y no lo vieron. Estaban tan ocupados manteniéndose fuera del mundo que no vieron al Mesías cuando el Mesías vino al mundo para redimir al mundo, por eso Jesús dijo: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno». – es decir, que los preserves mientras viven su fe y viven sus vidas en medio del mundo. Ahora, creo que eso es coherente con lo que el apóstol Pablo enseña en el punto cumbre de su aplicación práctica del libro de Romanos luego de este extenso despliegue de doctrina pesada y de teología.
¿Recuerdan cómo empieza el capítulo 12? Donde dijo: «Por consiguiente, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios que es vuestro culto racional». Y luego ¿qué dice? «Y no os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente». Echemos un vistazo a esas dos palabras: conformidad y transformación. Vemos la misma raíz en ambas palabras: la palabra ‘forma’, que se refiere a la estructura o el sistema, y la única diferencia realmente que encontramos en estas palabras es el prefijo, ¿cierto? ¿El prefijo «con» significa ¿qué? «Chili con carne» significa «frijoles con carne», ¿verdad? Así que «con» aquí significa «junto», por lo que «conformarse» es literalmente «estar con algo» – ser parte de las principales estructuras aceptables del sistema mundial actual.
Recuerdo cuando estaba en sexto grado, creo, que mi madre me llevó al centro de Pittsburgh a comprar un par de zapatos. No sé por qué esto está grabado en mi mente, pero mientras el vendedor me probaba estos zapatos elegantes. . . y uno solía mirar por una pequeña máquina de rayos X. Mirabas y veías tus dedos al final de los zapatos. Creo que ya no existen los fluoroscopios, pero eso era grandioso cuando era niño. Eso era alta tecnología; y este vendedor de zapatos era muy agradable, y me estaba hablando de la escuela y del sexto grado, y lo miré, y me dijo: «Bueno, ¿cómo va todo en la escuela?» Medio que me paré de la silla. «Bueno», le dije: «Soy el chico más popular de mi clase». ¡Mi madre estaba absolutamente horrorizada!
Es decir, tan pronto como ese hombre se fue, ella me tomó a un lado, y me dijo: «¡No puedes hablar así con la gente!» Ella dijo, «¡Eso es terrible! Eso es tan egoísta, arrogante y grosero. Nunca, nunca debes hablar así». Y ella me dio esta gran cátedra sobre las virtudes de la humildad, pero ¿saben qué? No me importaba porque mi objetivo en la vida cuando estaba en sexto grado no era ser humilde. Mi objetivo cuando estaba en sexto grado era el mismo que el de cualquier otro chico de sexto grado en este mundo, y ¿cuál era ése? Ser la persona más popular que pudiera llegar a ser; porque cuando entramos en la adolescencia, y en nuestros años juveniles, cuando finalmente nos damos cuenta de que hay un mundo más allá de nuestros padres, tíos y tías y demás, y que hay una sociedad en la que estamos siendo evaluados y juzgados y aceptados o rechazados, la popularidad entre nuestros compañeros a los 13 años se convierte en una de las pasiones más importantes de nuestras vidas, y si no recibimos una cierta medida de popularidad, eso es tan aplastante para el espíritu humano que puede afectar nuestra psique el resto de nuestras vidas.
Todo el mundo anhela ser querido por otras personas, pero aprendemos de niños – como aprendí cuando estaba en sexto grado – que si iba a ser popular había un precio que debía ser pagado y el precio más importante para la popularidad era la conformidad. Si yo iba a ser el señor Popularidad en mi escuela, tenía que saber todas las letras de las últimas canciones, los últimos éxitos en el ranking musical. Tenía que saber todas las estadísticas deportivas y cosas así. Tenía que ser capaz de hacer las cosas que haces para probar que realmente eres un hombre.
Tuve que escuchar a los que me desafiaban y aceptar sus desafíos y ver si podía robar algo en la farmacia sin ser atrapado e involucrarme en esas cosas que juegas por la noche, donde la policía te persigue por la ciudad y te aseguras de que no te atrapen. Y pasé por todos esos juegos porque eso es lo que tenías que hacer para ser popular y recuerdo que la cátedra que recibí de mi padre todo el tiempo cuando era adolescente fue, «Hijo», escucha, «se necesita más coraje para decir ‘No’, que para decir, ‘Sí’». ¿Alguna vez te sermonearon así? O el que el director solía dar siempre: «Joven, ¿no sabes que estás apuñalando a tu madre por la espalda?». Ya saben, y todo este tipo de cosas. Y yo dije, «Pero no lo entiendes, no estoy tratando de complacer a mi madre. No estoy tratando de ajustarme a los valores de mi madre. Aquí es donde me juzgan, en la esfera de mis compañeros».
Así que, como niños jugamos todos esos juegos con el fin de lograr el tan buscado objetivo de la popularidad. Pero, por supuesto, ese es solo uno de esos fenómenos adolescentes a corto plazo que tan pronto nos convertimos en adultos guardamos las cosas infantiles, y ya no nos preocupamos por ser populares, ¿cierto? Saben, dicen que la única diferencia entre hombres y niños es… ¿qué? El precio de sus juguetes. Los juegos cambian, y los precios cambian, pero el objetivo de ser aceptados por nuestros compañeros es algo que nos atrae todos los días de nuestras vidas. Y así el poder seductor de este mundo es conformarse, conformarse a él. Pero ¿qué es lo que nos atrae a la conformidad? Los alemanes tienen una palabra para eso.
Ya saben cómo dicen los alemanes. . . El idioma alemán es… Ellos toman dos buenos sustantivos concretos y simplemente los estrellan entre sí y sacan una palabra de ahí. Sin ánimo de ofender, Olga, a la lengua holandesa, nunca pensaría en hacer algo así; pero los alemanes toman dos palabras y las ponen juntas y obtienen la palabra «Zeitgeist». Todos han oído la palabra «Geist», estoy seguro, en el idioma español, porque han oído hablar de poltergeist. Los poltergeists son como fantasmas que hacen ruido en la noche. Bueno, «Zeit» es la palabra alemana para «tiempo» y «Geist» es la palabra alemana para «espíritu»; entonces, esta palabra compacta «Zeitgeist» significa literalmente «el espíritu de los tiempos» o «el espíritu de la era». Y lo que quieren decir los alemanes por zeitgeist es básicamente esto: ¿En qué estamos ahora? ¿Qué está de moda? ¿Qué es aceptable? ¿Qué es lo que hay que hacer?
Ahora, en el siglo XIX un hombre se volvió muy importante, no solo como una figura literaria en Alemania, sino como filósofo, y llegó a ser uno de los críticos más importantes de su generación, y su nombre era Friedrich Nietzsche, y ya saben que Nietzsche es famoso por su declaración de la muerte de Dios y por su defensa de lo que llamó heroísmo biológico, en el que buscaría la construcción de una súper raza, y Hitler fue tras eso y lo llevó a un extremo. Pero Nietzsche se quejó de la decadencia de la Europa del siglo XIX y en esa queja dijo que básicamente la gran mayoría de la gente vive, lo que él llamó, «según el dictamen de una moralidad de rebaño». Es decir, la crítica de Nietzsche fue la siguiente: «En su mayor parte, la gente es como las ovejas, y se limitan a seguir sin criticar y sin osadía alguna, lo que sea que se espera de ellos en su situación actual».
En otras palabras, se convierten en esclavos del Zeitgeist o el espíritu de la era, y es por eso que pidió un superhombre, el «Ubermensch». Él dijo: «El Ubermensch será conocido como una persona que dejará la manada y se atreverá a pensar por sí mismo». En otras palabras, el superhombre de Nietzsche sería el supremo inconformista. Ahora, al menos eso, el Nuevo Testamento tiene en común con el nihilismo de Nietzsche. Ambos nos llaman a una especie de inconformidad. No es el mismo tipo de inconformidad, les adelanto, pero Pablo dice: «No os conforméis a este mundo». Ahora, si alguna vez hubo un pasaje de las Escrituras deformado por los cristianos, es ese; porque miramos eso y solo leemos la mitad del pasaje, y decimos: «Oh, bueno, lo que Dios quiere de nosotros es que, si vamos a ser realmente justos, vamos a ser conocidos por nuestra inconformidad». ¿Te das cuenta, por un lado, cuán difícil es no conformarse, tal como ya lo he indicado? Somos atraídos por la aceptación de grupo, y cosas así.
Por otro lado, ¿te das cuenta de lo fácil que es ser un inconformista cualquiera? Lo que pasa, lo que tiende a suceder entre los cristianos es que dicen: «Bueno, vamos a mostrar al mundo que somos diferentes y lo que vamos a hacer es que vamos a mostrar lo diferentes que somos del mundo al negarnos a participar en la mundanalidad del mundo, lo que quiere decir que no bailaremos y no usaremos maquillaje y no iremos al cine y no jugaremos a las cartas». Recuerdo cuando fui a mi primer trabajo, a enseñar en una universidad cristiana. Me contrataron para enseñar la Biblia y antes de que las clases iniciaran, hacían un picnic en la playa, y algunos estudiantes sacaron una baraja de cartas y empezaron a jugar Bridge, y el decano vino y confiscó las cartas; y esa fue mi iniciación para descubrir, para mi horror, que el único juego de cartas que este grupo de cristianos tenía permitido era Rook, el juego de cartas cristiano. Le dije, «¿Rook?» Dije, «¿Rook? Dejé de jugar Rook cuando tenía ocho años», y le dije: «¿Qué van a hacer cuando se enteren de que su profesor de biblia juega en torneos de bridge duplicado?».
Nunca se me ocurrió que había algo espiritual o poco espiritual en el bridge de contrato. ¡Imagínate! Es absolutamente increíble que ese tipo de cosas surjan en una subcultura, pero lo que sucede es que miramos a nuestro alrededor y vemos cosas que la gente en el mundo secular hace, y queremos asegurarnos de que no lucimos de ninguna manera como personas seculares, entonces establecemos estas formas artificiales de no-conformidad. Damas y caballeros, el reino de Dios no tiene nada que ver con Rook. Esos son tipos superficiales de no-conformidad. Si quieres no conformarte en el sentido bíblico, sé alguien de cuya palabra se puede confiar. Sé alguien que hará lo correcto, aunque eso cueste dinero. Eso es diferente.
No se trata de que, si todo el mundo está usando sombreros blancos, empezamos a usar rojos. Ese no es el no conformarse del que está hablando el Nuevo Testamento, pero leemos el resto del versículo y vemos que no se trata simplemente de no conformarse por el hecho de no conformarse, sino que debemos transformarnos. Y aquí el prefijo lo dice todo. Transformarse significa «ir por encima, por arriba, más allá» de las estructuras del mundo actual. Cuando recién me convertí en cristiano, el amigo que me llevó a Cristo me hizo una declaración en las primeras dos semanas. Le dije: «¿Qué significa para ti ser cristiano?» Él dijo, «Lo que significa para mí el ser cristiano es que voy a superarte en trabajo, a superarte en esfuerzo, y a superarte en amor». Ya saben, él entendió que ser cristiano significaba un llamado a la excelencia, un llamado a la excelencia que iba más allá de los estándares de lo que era aceptable en el mundo.
La mayoría de los cristianos de hoy toman su guía ética de lo que es legal o de lo que es aceptado en el resto del mundo; o queremos que los magistrados civiles hagan cumplir la ética cristiana. ¡Ves espera un minuto! ¡La ética cristiana es la misma sin importar lo que la Corte Suprema haga o lo que la Corte Suprema diga! No voy al compás de ese ritmo. Tenemos un Señor que nos da nuestra ética y Sus mandamientos. Él dijo: «Obedeced mis mandamientos». Esa es nuestra responsabilidad –
R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.