Laodicea se había vuelto muy rica gracias a su industria de la confección, a sus ungüentos y a su colirio; desde lejos venían para comprarlos. Sus habitantes eran materialistas y se creían autosuficientes. La iglesia de Laodicea también tenía ese carácter, se creía y decía ser rica, pero estaba ciega en cuanto a su verdadero estado espiritual. Su pecado no era la idolatría, sino la tibieza y la pretensión. ¡Situación muy grave! Es la única iglesia de la que el ángel dice que Jesús está “a la puerta”. Jesús estaba fuera. Muchos vivían “un cristianismo sin Cristo”, sin relación con él. Reducían la fe cristiana al respeto a un conjunto de valores morales.
Hoy igualmente, es una situación incoherente y arriesgada servirse de los valores cristianos sin la fe en el Señor Jesús. Lo que hace de un cristiano un verdadero testigo es la realidad de su vida interior con Cristo. Hoy todo cristiano corre el peligro de promover valores humanistas sacados de la cultura cristiana, como la paz, la caridad, la unidad, la tolerancia, sin tener esta unión vital con Cristo.
“Yo reprendo y castigo a todos los que amo”, dice Jesús a la iglesia de Laodicea. Cristianos, en víspera de su retorno, escuchemos su voz y abrámosle la puerta. Entonces él mismo nos hará gustar algo verdadero, muy dulce… algo de lo que ningún cristiano puede prescindir: la intimidad de su presencia.
“En cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en el Señor mi esperanza” (Salmo 73:28).
«Sus respuestas a mis preguntas me derrotaron porque me parecieron verdaderas y llenas de sentido. Esto despertó en mí una sed de saber más al respecto. Entonces le hice la pregunta: “Admitamos que tu Dios existe, ¿cómo hacer para estar seguro, para conocerlo?”. Él simplemente me respondió: “Dios dice en la Biblia que el que lo busca de todo corazón, lo hallará” (Deuteronomio 4:29). Dios inició un profundo trabajo en mí; comencé a experimentar la verdad de su Palabra, la Biblia. Ella se volvió cada vez más viva para mí; bajo mis ojos podía ver su poder. Hoy estoy en paz, libre de todo mi pasado.
Antes nunca había pensado o querido integrar una asamblea de verdaderos creyentes, y menos aún hacerme bautizar. Pero hice todo esto por convicción. Es milagroso. Porque este camino no es fácil en un mundo donde los valores morales son lo opuesto a lo que Dios ha establecido; donde el diablo ya no se oculta. Pero con Jesús todo cambia. La paz de Dios y el conocimiento de su Hijo Jesucristo vinieron a llenar el vacío que había en mi corazón. Con dulzura y paciencia Dios me transformó poco a poco mediante su Espíritu y su Palabra, a pesar de mis numerosas debilidades y defectos.
Incluso si a veces es difícil permitir que Dios nos libere de nuestro orgullo, él siempre transforma el corazón del que confía en él. No espere para decidirse ante Dios y recibir ese don de Dios: la salvación del alma. Él lo ofrece a todo el que cree en su Hijo Jesucristo».
Thomas
“Les daré corazón para que me conozcan que yo soy el Señor; y me serán por pueblo, y yo les seré a ellos por Dios” (Jeremías 24:7).
El camino de los Romanos hacia la salvación, es una manera de compartir las buenas nuevas de la salvación, utilizando versículos del libro de Romanos. Este es un simple, pero poderoso método para explicar por qué necesitamos la salvación, cómo Dios proveyó la salvación, cómo podemos recibir la salvación, y cuáles son los resultados de la salvación.
El primer versículo del camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 3:23, «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios». Todos hemos pecado. Todos hemos hecho cosas que desagradan a Dios. No hay uno que sea inocente. Romanos 3:10-18 nos da una descripción detallada de cómo luce el pecado en nuestras vidas. La segunda escritura en el camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 6:23, y nos enseña las consecuencias del pecado – «Porque la paga del pecado es muerte…». El castigo que merecemos por nuestro pecado es la muerte. ¡No solamente la muerte física, sino la muerte eterna!
El tercer versículo en el camino de los Romanos hacia la salvación se encuentra en la segunda mitad de Romanos 6:23, «mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». Romanos 5:8 declara, «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros». ¡Jesucristo murió por nosotros! La muerte de Jesús pagó el precio de nuestros pecados. La resurrección de Jesús prueba que Dios aceptó la muerte de Jesús como pago por nuestros pecados.
La cuarta parada en el camino de los Romanos hacia la salvación es Romanos 10:9, «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo». ¡Debido a la muerte de Jesús a favor nuestro, todo lo que tenemos que hacer es creer en Él, confiar en Su muerte como pago por nuestros pecados – y seremos salvos! Romanos 10:13 lo dice nuevamente, «Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Jesús murió para pagar el castigo por nuestros pecados y rescatarnos de la muerte eterna. La salvación, el perdón de los pecados, está disponible para cualquiera que confía en Jesucristo como su Señor y Salvador.
El aspecto final en el camino de los Romanos hacia la salvación es el resultado de la salvación. Romanos 5:1 tiene este maravilloso mensaje, «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». A través de Jesucristo podemos tener una relación de paz con Dios. Romanos 8:1 nos enseña, «Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Debido a la muerte de Jesús a nuestro favor, nunca seremos condenados por nuestros pecados. Finalmente, tenemos esta preciosa promesa de Dios en Romanos 8:38-39, «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».
¿Le gustaría seguir el camino de los Romanos hacia la salvación? Si es así, aquí está una sencilla oración que usted puede hacer a Dios. Hacer esta oración es una manera para declararle a Dios que usted está confiando en Jesucristo para su salvación. Las palabras mismas no van a salvarle. ¡Solamente la fe en Jesucristo es la que le puede dar la salvación! ¡Dios, sé que he pecado contra ti y merezco el castigo. Pero Jesucristo tomó el castigo que yo merecía, de manera que a través de la fe en Él yo pueda ser perdonado. Con tu ayuda, me aparto de mi pecado y pongo mi confianza en Ti para la salvación. ¡Gracias por Tu maravillosa gracia y perdón – el don de la vida eterna! En el Nombre de Jesús, ¡Amén!»
¿Ha hecho usted una decisión por Cristo por lo que ha leído aquí? Si es así, por favor oprima la tecla “¡He aceptado a Cristo hoy!”
La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
Émile Cailliet (1894-1981), profesor de literatura y filosofía, conocedor de Blaise Pascal, venía de una familia atea. Él cuenta cómo, en las trincheras de la guerra de 1914-1918, había soñado con un “libro que lo comprendería”. Después de la guerra emigró a los Estados Unidos y empezó a buscar dicho libro, pero no tuvo éxito. Entonces decidió escribirlo él mismo, a partir de sus lecturas. Al final, Émile abrió su preciosa colección de textos seleccionados. Pero ¡qué decepción! Él no se sentía identificado con ese libro: esos pasajes no hacían más que recordarle obras que lo habían decepcionado.
«En ese mismo momento, afirma él, mi esposa, quien no sabía nada del proyecto sobre el cual yo trabajaba, volvía de la ciudad. Por un extraño encadenamiento de circunstancias, ella traía una Biblia en la mano. ¡Tomé el libro, lo abrí en el instante y “caí” sobre las bienaventuranzas! (Mateo 5:1-12). Leí, leí, y leí, incluso en voz alta, mientras un calor indescriptible me invadía. No encontraba palabras para expresar mi asombro. De repente, tomé conciencia: ¡ese era el libro que me comprendía! Sus páginas estaban como animadas por la presencia del Dios vivo. Por primera vez oré a Dios, a ese mismo Dios del cual hablaba este libro».
Dios quiere revelarse a todo hombre y utiliza los medios adaptados a cada temperamento. Hizo descubrir a Émile Cailliet el libro que buscaba, el que nos permite descubrir al Dios que nos comprende.
“Por el gozo puesto delante de él”, Jesús “sufrió la cruz”. ¿Cuál era ese gozo cuya perspectiva sostenía a Jesús en medio de semejante sufrimiento? Este contiene tres aspectos, unidos unos a otros:
– El gozo del Salvador: Jesús se compara a sí mismo con un pastor, y compara a los hombres con ovejas perdidas que él busca. Cuando encuentra una oveja, el pastor “la pone sobre sus hombros gozoso”. Nuestro Salvador Jesucristo se goza por cada persona salvada, y el cielo también se goza por cada pecador que se arrepiente (Lucas 15:5-7).
– El gozo del Esposo: muriendo en la cruz, Jesús adquirió una Esposa: su Iglesia, formada por todos los verdaderos creyentes. Pronto, él se presentará su Esposa “gloriosa… santa y sin mancha” (Efesios 5:27), y la llevará junto a él. Este gozo será compartido por todo el cielo (Apocalipsis 19:6-7).
– El gozo del Hijo: el primer hombre, Adán, dudó de Dios, le desobedeció y lo deshonró. Jesús, el Hijo de Dios, enviado a la tierra por su Padre, vino como hombre. Confió en Dios y le obedeció hasta la muerte, dando su vida en la cruz. Allí satisfizo las exigencias de la justicia y de la santidad de Dios, quien debía castigar el pecado. Demostró el amor de Dios, quien sacrificó a su Hijo unigénito para salvar a los pecadores. Jesús llevó a cabo la obra de la cruz. Dios lo acreditó resucitándolo y sentándolo a su diestra. La presencia y la aprobación del Padre hacen el gozo del Hijo.
La ciudad de Filadelfia controlaba una de las rutas más grandes del imperio romano, uniendo Europa al Oriente. Su situación geográfica daba a la iglesia local una posición estratégica para propagar el Evangelio, pero allí había muchos adversarios religiosos, “la sinagoga de Satanás”. En esas condiciones, el testimonio y el servicio de esos cristianos eran difíciles. Entonces, desde el principio de esta carta, el Señor les muestra que él los conoce: “Tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”; les hace esta promesa animadora: “He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”. Esta aprobación de Jesús hasta su regreso -“Vengo pronto” –, nos alienta. Jesús es la puerta por la cual él nos lleva a Dios el Padre. Él abre a los cristianos una puerta para servirle, para anunciar el Evangelio y para congregarse de una manera que lo honre, guardando su Palabra.
“Retén lo que tienes”: recomendación dirigida a la iglesia local, pero también a cada uno de nosotros. ¿Cuál es esta “puerta abierta, la cual nadie puede cerrar”? Cuando en todos los aspectos de nuestra vida (relaciones familiares, laborales, escolares, entre vecinos, etc.) retenemos firme lo que hemos aprendido de Cristo, y permanecemos aferrados a él, descubrimos que ningún obstáculo puede impedir que lo sigamos y testifiquemos de él.
Jesús también es la puerta abierta para salir de nuestros propios pensamientos, de nuestros fracasos, de nuestro pasado, de las tradiciones que nos paralizan. Su amor nos ayuda cada día, mediante la fuerza de su Palabra y de su Espíritu.
El regalo más maravilloso que Dios hizo al hombre, con la vida, es la palabra. Y para revelarse al hombre, Dios le habla. En todas las épocas Dios ha transmitido su mensaje de manera comprensible, por medio de diversos siervos y profetas, cada uno en su estilo propio. Ese mensaje ha sido transcrito en la Biblia, la Palabra de Dios. Ese libro es una palabra viva, eterna. Al leerla, nos enteramos de lo que Dios dice.
Luego Dios quiso acercarse más a su criatura, por lo que envió a su Hijo al mundo para hablarle. Jesús, el Verbo hecho carne, vino a la tierra (Juan 1:14; Hebreos 1:2). Jesucristo fue la revelación de Dios en el mundo, y todo su comportamiento manifestó la verdad de Dios: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
Mientras vivía entre los hombres, Jesús hablaba el arameo, la lengua de los que lo rodeaban. De su boca salían palabras de gracia (Lucas 4:22); las multitudes se asombraban al oír sus poderosas palabras (Mateo 7:28-29). Incluso sus opositores dijeron: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). Era el cumplimiento de lo que el profeta Isaías había anunciado unos 700 años antes: “El Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado” (Isaías 50:4). Solo él comunicó la palabra apropiada a la situación de quien lo escuchaba; esta palabra es comparada a “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11).
Cristianos, parezcámonos más a nuestro modelo. Velemos para que nuestra forma de hablar muestre que somos discípulos de Cristo.
Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz Por Trillia Newbell
Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.
¿Es Dios una especie de cuco? Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?
Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.
Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).
Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?
Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.
Camina en la luz Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.
Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.
Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.
Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.
Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Trillia Newbell Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].
Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe.
La escena se desarrolló en África del sur, durante una competencia de surf. Repentinamente uno de los participantes percibió algo bajo su tabla, sintió un golpe y luego vio surgir un alerón triangular. No había duda: un tiburón lo atacaba. En un reflejo, el hombre golpeó la espalda del animal y se alejó lo más rápido posible; fue recogido in extremis por un barco cercano.
Este animal que rondaba en busca de una presa nos hace pensar en un adversario temible que ataca a los hombres: el diablo, llamado Satanás, “la serpiente antigua” (Apocalipsis 12:9). La Biblia confirma su existencia y le da varios calificativos: adversario y león rugiente (ver el versículo del día), el malo (Mateo 13:19), mentiroso y homicida (Juan 8:44), seductor (Génesis 3:13), etc. Dios nos pone en guardia contra este enemigo y nos revela sus intenciones: trata de confundir y extraviar a los creyentes, los empuja al mal bajo todas sus formas, morales o físicas, los induce a oponerse a Dios de diferentes maneras. Satanás desvía a los hombres del evangelio; quiere la desgracia de la humanidad.
Aunque no siempre sea consciente, el que rehúsa poner su confianza en Jesús todavía es esclavo de ese amo despiadado y cruel. Pero Satanás fue vencido en la cruz: el que cree en Jesús es librado de Satanás y tiene a Jesucristo como Salvador y Maestro, y puede decir:
No temeré nada. Ni Satanás ni el mundo pueden arrancarme de los brazos del buen Pastor… Con él estoy al abrigo del peligro para siempre.
Nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
“Crecí en Egipto, en una familia cristiana, amparándome en la fe de mis padres. Cuando llegué a la adolescencia, esto no me satisfacía más. En mi espíritu crecía un vacío, pero, ¿por qué?
En cierta ocasión mi hermano asistió a un campamento cristiano y volvió irreconocible. Su mal carácter había dado lugar a una actitud amable, y con dulzura me invitó a asistir al siguiente campamento.
El primer día el predicador habló de alguien que se parecía mucho a mí. “¿Se considera bueno, e incluso cree ser un buen cristiano, sin tener a Jesucristo en su vida?”. Ese hombre, ¿me hablaba a mí, o a personas que hacían mal? Me sentí confundida… Una tarde nos propuso: “Los que quieran entregar su vida a Jesucristo, levántense y oremos juntos”. Algunos se levantaron, pero yo me quedé sentada, diciéndome en voz baja: “Soy una buena cristiana”. Un poco más tarde el predicador nos invitó una vez más a ir a Jesús. Entonces comprendí que debía decidirme. Mi lengua se desató y oré: “Señor Jesús, quiero conocerte. Gracias por haber muerto en la cruz por mí. Te pido que vengas a mí y seas mi Salvador. Gracias por amarme, por haber perdonado mis pecados y por darme la vida eterna. Ayúdame a ser la persona que tú quieres que yo sea. Amén”.
Cuando volví a la casa, ¡qué cambio en mi vida! Y mi Biblia, que yo no leía, empecé a devorarla para saber más de Dios y hablarle todos los días. Mi vida tomó un sentido. Al fin comprendí en qué consistía la fe de mis padres”.