La Suficiencia de las Escrituras

La Suficiencia de las Escrituras

Si hay algo que el pueblo de Dios ha necesitado hacer en cada período de la historia es confiar en Su Dios y Su Palabra solamente. Adán y Eva no lo hicieron y terminaron hundiendo la creación en pecado; Aarón, el hermano de Moisés, no lo hizo y terminó construyendo un becerro de oro; Los jueces de Israel no lo hicieron y terminaron en todo tipo de iniquidad; David no lo hizo cuando hizo el censo de Israel; Los reyes, los príncipes, los sacerdotes y los ancianos de Israel no lo hicieron y trajeron todo tipo de consecuencias sobre el pueblo; Los discípulos no lo hicieron al principio cuando no creyeron la resurrección anunciada por Cristo tres veces y Tomás no la creyó aún después que esta ocurrió.

En la actualidad, muchos hijos de Dios confían en sus finanzas, habilidades, la ciencia, la sociología o la sicología antes que en la Palabra de Dios. Necesitamos ver un grupo de creyentes comprometidos con Su Palabra por encima de cualquier otra cosa y comprometidos con la suficiencia de las Escrituras. Pero para ello, necesitamos un claro entendimiento de lo que significa dicha suficiencia.

Tradicionalmente se ha hablado de que Las Escrituras tienen atributos de la misma manera que Dios tiene atributos. Los cuatro atributos que se han aplicado a las escrituras clásicamente son:

  • Claridad, lo cual implica que el camino de salvación es suficientemente explícito en la revelación de Dios para el hombre.
  • Autoridad: La Palabra de Dios es la última autoridad en cada una de las áreas donde la Biblia habla. Como decía R.C. Sproul, En las áreas donde la Biblia habla, la revelación de Dios está por encima de todo maestro, de toda otra autoridad, de toda ciencia y de toda razón humana.
  • Necesidad, lo cual implica que necesitamos la Biblia para ser salvos, crecer en santidad, saber cómo adorar a Dios y para saber cómo vivir (1 Corintios 2:6-13). La revelación de Dios en la creación no es suficiente para ninguna de esas cosas.
  • Suficiencia: Las Escrituras proveen todo lo que necesitamos conocer acerca de Dios, del hombre, de cómo ese hombre debe relacionarse con Dios, y de cómo adorar a Dios en su diario vivir de una manera que glorifique Su nombre.

Ahora, la suficiencia de Las Escrituras no implica que lo único que necesitamos es la Biblia. John MacArthur afirma que la Biblia es la máxima autoridad en todos los asuntos espirituales.1 Luego agrega que el mayor defensor de Sola Escritura tiene que admitir que La Biblia no dice nada acerca de las estructuras del ADN, de la microbiología, de la gramática del idioma chino o de la ciencia espacial.2 Las Escrituras no nos dicen todo lo que queremos saber, pero sí todo lo que necesitamos saber para nuestra vida de piedad. De ahí es que hablamos de que Las Escrituras son suficientes para hacer santo al hombre que nació de nuevo y para hacerlo perseverar en el camino de la salvación hasta que entre en gloria.

Quizás el mejor texto para comenzar a hablar de la suficiencia de las escrituras es el texto de 2 Timoteo 3:14-17:

14 Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; 15 y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. 16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.

Este texto forma parte de la segunda carta de Pablo a Timoteo donde Pablo está anticipando una muerte cercana, lo cual hace que sea una carta muy personal. En el texto, la enseñanza que Pablo está tratando de enterrar en la memoria de su pupilo es cuan suficiente ha sido para él La Palabra aprendida y por tanto para el resto de nosotros. La carta pone de manifiesto la necesidad de enseñar La Palabra, muestra el origen de Las Escrituras y nos enseña la suficiencia de las mismas Escrituras: desde el nuevo nacimiento hasta nuestra entrada en gloria.

Es interesante que Pablo no solo le dice a Timoteo que recuerde lo que ha aprendido, sino también, de quienes las aprendió. Timoteo tuvo a su abuela Loida y a su madre Eunice como sus primeras instructoras del Antiguo Testamente porque no tenían el Nuevo Testamento y, sin embargo, aún en el Antiguo Testamento había suficiente información para revelar el camino de salvación a través del Cristo que vendría. Timoteo tuvo el privilegio de aprender las sagradas escrituras de los labios y las vidas de tres personas piadosas.3 Quienes nos enseñan las escrituras, influyen en como las recibimos, y como las percibimos tiene una influencia monumental en la manera como ellas nos transforman. Lo que creamos o no acerca de Las Escrituras determinan si ellas terminarán transformándonos.

Si no creo que las escrituras representan la mera palabra de Dios, no me voy a someter a ellas. Si me someto selectivamente, así también será mi transformación, selectiva: áreas de mi vida sometidas y otras en rebelión al Señorío de Cristo. 1 Tesalonicenses 2:13 dice, “…cuando recibisteis la palabra de Dios, que oísteis de nosotros la aceptasteis no como la palabra de hombres, sino como lo que realmente es, la palabra de Dios, la cual también hace su obra en vosotros los que creéis,”. El recibir La Palabra de Dios por lo que es, La Palabra de Dios, determina la clase de discípulo que llegamos a ser.

Pablo enseña que Las Escrituras son suficientes para el camino de salvación y santificación. Cada libro de la Biblia guarda un lugar especial en la historia de la redención y revela a Cristo en Su rol de redentor de tal forma que cada libro es como una pieza de un rompecabezas; cuando se unen todas las piezas, podemos ver el panorama completo. Quizás no entendamos la revelación de Dios por completo, pero no porque haga falta una pieza del rompecabezas, sino porque no tenemos toda la sabiduría, ni todo el discernimiento necesario. Pablo establece que las Sagradas Escrituras son suficientes para mostrar el camino de salvación por su origen ya que, “Toda Escritura es inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16). Eso es lo que le da la autoridad a la palabra.

El versículo 16 y 17 continúa diciendo, que la Escritura es “útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.” Estas palabras nos hablan claramente de cuan suficiente es la palabra de Dios para transformar al hombre o la mujer de Dios. La vida cristiana comienza por fe, pero esa fe viene por el oír la palabra de Cristo. Esa salvación es dependiente del mensaje del evangelio y eso está en la Palabra; de ahí en adelante comienza el trabajo de santificación o transformación. La razón por la cual las Escrituras tienen esa capacidad es porque tienen la autoridad para enseñar, reprender, corregir, e instruir en justicia.

Las escrituras explican el evangelio y el Espíritu Santo aplica ese evangelio a la mente y al corazón del inconverso; en ese entonces, la Palabra se convierte en suficiente para abrir los ojos del ciego espiritualmente y para reprender al que está en pecado y no lo está viendo: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón,” (Hebreos 4:12). Las Escrituras puedes penetrar a áreas del alma insondables para la capacidad humana y revelar cosas que nuestra sabiduría jamás podría.

Si todo eso es verdad, entonces, la palabra de Dios es suficiente para la santificación del hombre. Esto es como Cristo lo dijo, Padre, “Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad,” (Juan 17:17). Jerry Bridges decía, “Es imposible practicar la piedad sin una ingesta constante, consistente y equilibrada de la Palabra de Dios en nuestras vidas.” ¿Por qué? Porque ese es el instrumento de santificación que Dios ha dispuesto y porque Dios impregnó su palabra de Su poder. La experiencia de Saulo camino a Damasco, es una muy buena ilustración. En una sola conversación con Saulo, Jesús demolió todas las creencias que lo habían convertido en un fiel perseguidor de la iglesia y lo llevó a ser un fiel proclamador del evangelio. No necesitamos de ninguna otra instrucción para completar lo que la Palabra enseña y saber cómo vivir. La palabra es suficiente.

Ahora, es necesario aclarar que la Palabra de Dios sin la acción del Espíritu de Dios no es suficiente porque “el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente” (1 Corintios 2:14). El Espíritu de Dios inspiró la palabra; el Espíritu de Dios aplica la palabra al hombre; el Espíritu de Dios es quien transforma al creyente. Pablo escribió en 1 Tesalonicenses 1:5ª, “pues nuestro evangelio no vino a vosotros solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción…”

Quisiera terminar con este pensamiento anónimo acerca del valor de la Biblia: “La Biblia contiene la mente de Dios, la condición del hombre, el camino de salvación, la condenación de los pecadores, y la felicidad de los creyentes. Sus doctrinas son santas; sus preceptos son mandatorios, sus historias son verdaderas, y sus decisiones inmutables. Léela para hacerte sabio, créela para estar seguro, y practícala para ser santo”. Ella es el mapa del viajero, el cayado del peregrino, la brújula del piloto, la espada del soldado, y la constitución del cristiano. En ella el paraíso es restaurado, los cielos abiertos y las puertas del infierno desenmascaradas. [En la Biblia] Cristo es el gran tema, nuestro bien es el diseño y la gloria de Dios, su meta.

Ella debe llenar tu memoria; gobernar tu corazón, y guiar tus pasos. Léela lentamente, frecuentemente y devocionalmente. Es una fuente de riqueza, un paraíso de gloria y un río de placer. Se te da en vida; se abrirá en el juicio y será recordada para siempre. Involucra la más alta responsabilidad; recompensará la más grande labor y condenará a todos aquellos que mofan su contenido sagrado.

[1] John MacArthur, The Sufficiency of the Written Word en Sola Scriptura, The Protestant Position on the Bible (Orlando, Reformation Trust, 2009), 79

[2] Ibid.

[3] R. Kent Hughes & Bryan Chapell, 1-2 Timothy and Titus, To Guard the Deposit; Preaching the Word (Wheaton: Crossway, 2012), 258.

 

El Dr. Miguel Núñez sirve como Pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional en Santo Domingo y es el presidente y fundador del Ministerio Integridad & Sabiduría, que tiene como visión impactar la generación de hoy con la revelación de Dios en el mundo hispano-parlante.

La Suficiencia de las Escrituras

El Sacramento de la Vida

Tozer, A. W.

El Sacramento de la Vida

Si pues, coméis, o bebéis,

o hacéis otra cosa, hacedlo todo a la

gloria de Dios. 1 Corintios 10:31

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantenerlas separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos desequilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir entre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfrutamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de comunión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departamentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfacción, y con la seguridad de que con ellas estamos agradando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reconocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mostrara otro mundo, “una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.”

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre estamos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativamente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pierden las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

El Señor Jesucristo mismo es nuestro perfecto ejemplo. El nunca dividió la vida en dos partes. El vivió toda su vida, desde la cuna hasta la cruz, en la Presencia de su Padre sin esfuerzo alguno. Dios aceptó la ofrenda total de su vida, y no hizo distinción entre un acto y otro. La síntesis de la vida de Jesús podría hacerse con sus mismas palabras,”Yo hago siempre las cosas que le agradan” (8:29” Juan 8:29). Su paso entre los hombres fue siempre tranquilo y reposado. Todo lo que sufrió se debió a su decisión de llevar sobre sí la carga de pecado del mundo, nunca fue resultado de moral incertidumbre o desajuste espiritual.

La exhortación de Pablo de “haced todo para la gloria de Dios” es algo más que un piadoso idealismo. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser aceptada como todo el resto de la verdad revelada. Ella nos abre la oportunidad de hacer que cada acto de nuestra vida sirva para la gloria de Dios. A fin de que no tengamos miedo de incluir todo en la declaración, el apóstol menciona específicamente el comer y el beber. Este humilde privilegio lo compartimos con las bestias que perecen. Si estos bajos y prosaicos menesteres pueden ser hechos para la gloria de Dios, ¿qué no podemos decir de los demás?

Ese odoi al cuerpo y el aspecto físico de la vida, que era característico de los monjes y preeminente en los escritos de algunos místicos cristianos, no tienen ningún apoyo en la Palabra de Dios. En la Biblia se hace referencia a la modestia, sí, pero de ninguna manera se alienta la mojigatería y los remilgos. El Nuevo Testamento asume claramente la posición de que nuestro Señor, en su encarnación, tomó perfectamente la naturaleza humana en su totalidad, y no se preocupa de evitar las implicaciones de este hecho. El vivió dentro de ese cuerpo humano, y nunca realizó un acto que no fuera sagrado. La presencia de Jesús en carne humana anula para siempre la perversa idea de que en el cuerpo humano hay algo ofensivo para la Deidad. Dios ha creado nuestros cuerpos, y no lo ofendemos a El por poner la responsabilidad de su creación en quien corresponde. El no se avergüenza de la obra de sus manos.

La perversión de nuestros instintos y el mal uso que hagamos de nuestro cuerpo, eso sí hace que nos avergoncemos de él. Los actos corporales hechos contra la naturaleza, nunca podrán honrar a Dios. En cualquier momen to que la voluntad humana introduce el pecado, entonces perdemos la inocencia conque fuimos dotados en el principio. Habremos desvirtuado y distorsionado las facultades perfectas que Dios nos dio, y lo que hacemos es solo para vergüenza y condenación.

Pero supongamos que no hay ni perversión ni abuso. Pensemos en un cristiano que se ha arrepentido y ha nacido de nuevo. Está viviendo conforme a la voluntad de Dios, así como la entiende en la Palabra escrita. Podemos decir que cada acto de su vida es, o puede ser, tan sagrado como la Santa Cena, o el bautismo, o la oración. Al decir esto, no queremos poner todos los actos de la vida al nivel de la muerte, sino elevar todos esos mismos actos a las alturas del Reino, y transformar toda la vida humana en un sacramento.

Si un sacramento es la expresión externa de una gracia interior, no podemos vacilar en aceptar la tesis expresada arriba. Por un solo acto de consagración de nuestra vida entera a Dios, podemos hacer que cada acto de esa vida sea algo sagrado. Ya no hace falta que estemos avergonzados de nuestro cuerpo —ese siervo material que nos conduce por la existencia— como Jesús no se avergonzó del asnillo sobre el cual entró montado a Jerusalén. “El Señor lo ha menester,” dijeron los mensajeros acerca del asno. Lo mismo podemos decir de nuestro cuerpo. Si Cristo mora en nosotros, bien podemos conducirlo, como lo hizo el pollino de antaño, y dar ocasión a las multitudes para que digan, “Hosana en las alturas.”

El hecho que veamos esta verdad no es suficiente. Si queremos escapar de ese dilema de lo sagrado-secular, debemos sentir esta verdad correr en nuestras venas y condicionar todos nuestros pensamientos. Debemos acostumbrarnos a vivir para la gloria de Dios. Meditando en esta verdad, hablando a menudo con Dios en nuestras oraciones, acordándonos de ella cuando estamos entre la gente, se apoderará de nosotros la potente sensación de que estamos viviendo para la gloria de Dios. La penosa sensación de dualidad desaparecerá, y dará su lugar a una placentera sensación de reposo debido a la esencial unidad de nuestra vida. La convicción de que somos totalmente de Dios, que él lo ha recibido todo y no ha rechazado nada, unificará nuestra vida interior, y hará que para nosotros todo sea sagrado.

Pero esto no es todo. Los hábitos adquiridos de largo tiempo no se abandonan así nomás. Se necesita mucha inteligencia, y mucha reverente oración para despojarse de la psicología sagrado-secular. Por ejemplo, le costará trabajo comprender al cristiano común que todos los actos de su vida diaria pueden convertirse en actos de adoración a Dios. La vieja antítesis volverá una y otra vez sobre su cabeza para robarle la paz mental. Tampoco la serpiente antigua, el diablo, nos dejará tranquilos. Nos atacará cuando viajamos en auto, o estamos en el taller, o en la oficina, para decirnos que no estamos consagrando a Dios lo mejor de nuestra vida. Y si nos descuidamos este astuto diablo nos creará confusión y desaliento.

La única manera de tener éxito es ejerciendo una fe dinámica. Debemos ofrecer todos nuestros actos a Dios, y creer que él los acepta. Después, hacer firme la decisión, y mantener clara la idea de que todos los actos del día y de la noche están incluídos en la dedicación. No cesemos de decirle a Dios, cada vez que oramos, que deseamos que todos los actos de nuestra vida sean para su gloria y honra. Y añadir, a cada hora del día muchos pensamientos como estos mientras estamos ocupados en el trabajo de vivir. Practiquemos el arte fino de hacer de cada acto de nuestra vida un acto sacerdotal. Creamos que Dios está aun en los más simples actos de nuestra vida, y aprendamos a verle a El en ellos.

Otro error concomitante con la antítesis sagradosecular es cuando hacemos diferencias entre lugar y lugar. Nada hay en el Nuevo Testamento que enseñe acerca de lugares santos o no santos. Este error está tan generalizado que uno se siente muy solo cuando empieza a combatirlo. Ha teñido de tal manera el pensamiento de la gente, y coloreado de tal modo sus ojos, que resulta casi imposible hacerles entender lo contrario. Aunque el Nuevo Testamento enseña precisamente lo contrario, los cristianos han hablado y cantado a lo largo de los siglos acerca de lugares santos y edificios santos. Según lo que yo sé, únicamente los cuáqueros se han dado cuenta de este error, y han tenido el coraje de denunciarlo.

He aquí los hechos, según yo los veo. El pueblo de Israel había vivido en Egipto por cuatrocientos años en medio de la más crasa idolatría. Por la mano de Moisés Dios los sacó de allí y los puso en camino de la tierra prometida. Esa gente no tenía la más remota idea de lo que era santidad. Para corregir este estado de cosas, Dios comienza desde abajo. Se presentó a ellos en forma de columna de humo de día y columna de fuego de noche, y más tarde, cuando ya el tabernáculo estuvo concluído, se manifestó en forma de luz brillante, la shekinah, en medio del lugar santísimo. Dios se valió de numerosos medios para enseñar a Israel lo que es santo, y lo que no lo es. Les dio días santos, vasos santos, vestidos santos. Les dio lavamientos, sacrificios y ofrendas de muchas clases. Por todos estos medios Israel aprendió que Dios es santo. Esto era lo que él quería enseñarles. No la santidad de cosas y de lugares, sino la santidad de Jehová era lo que él quería que aprendieran.

Entonces vino el gran día de la aparición de Cristo. Inmediatamente él comenzó a decir, “Oísteis que fue dicho a los antiguos, mas yo os digo.” La enseñanza del Antiguo Testamento había pasado. Cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos, de alto a abajo. El verdadero lugar santísimo, el cielo, quedaba abierto para todos los que quisieran entrar por fe. Entonces recordaron las palabras del Señor, “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:21–23).

Poco después el apóstol Pablo levantó el grito de libertad, y dijo que todas las cosas son santas, todos los días son santos, todas las comidas santas y todos los creyentes santos, y cada acto de la vida aceptable a Dios. La santidad de tiempos y lugares, una media luz necesaria para los tiempos primitivos pasó de largo, y comenzó a brillar la plena luz de la adoración en el espíritu.

La iglesia mantuvo bastante tiempo la bendición de la adoración espiritual, hasta que con el paso de los años se fue perdiendo. Fue entonces cuando el legalismo, tan propio de los corazones no regenerados, introdujo de nuevo las distinciones de antaño. Reaparecieron los días santos, los lugares santos y los objetos santos. Los dos primeros sacramentos (y únicos) el bautismo y la santa cena, fueron aumentados a tres, a cuatro, a cinco, a seis y a siete. Con el triunfo del romanismo fue el acabóse. Todo se volvió santo, menos el verdadero santo.

Con toda caridad, y sin deseo de herir los sentimientos de nadie, tengo que decir que la iglesia católica romana representa hoy en día la herejía sagrado-secular llevada a su máxima perfección. El efecto mortal de esta herejía es hacer una división completa entre religión y vida. Sus maestros intentan disimular esta trampa por medio de muchas notas y explicaciones, pero la lógica irrebatible está ahí. En la vida práctica del católico, la diferencia entre la vida diaria y la religión es evidente.

Los reformadores, los puritanos y los místicos han luchado para librarnos de esta servidumbre. Pero hoy en día en muchos círculos conservadores existe la tendencia de volver a ella. Se dice que un caballo, cuando es librado de un edificio en llamas, puede tener la absurda obstinación de volver a él para quemarse. Debido a una obstinación parecida, algunos cristianos conservadores están regresando otra vez a la esclavitud espiritual. Se están celebrando, con demasiada insistencia “semana santa,” “viernes santo,” “pentecostés,” “navidad” y etc. La verdad es que no sabemos cuando nos vamos a poner bien del todo.

Con el fin de que me entiendan bien, y no me juzguen mal, quiero explicar las implicaciones prácticas de la doctrina que estoy enseñando, es decir, la cualidad sacramental de la vida diaria. Sin dejar de lado su significación positiva, quiero señalar algunas cosas que ella no es.

Por ejemplo, no quiero decir que todo lo que hacemos es de igual importancia. Un hecho en la vida de un buen hombre puede diferir de otro hecho en la vida de ese hombre. Cuando Pablo cosía lonas, hacía un acto agradable a Dios y aceptado por él, pero era bien diferente de cuando escribía la carta a los Romanos. Pero ambas tareas fueron aceptadas por Dios como actos de adoración por sí mismas. Por cierto que es más importante guiar un alma a Cristo que cultivar un jardín, pero cultivar un jardín puede ser un acto tan santo como ganar un alma.

Tampoco quiero decir que un hombre es tan útil como otro. El conserje analfabeto de una iglesia no es de comparar con Billy Graham, pero ambos están haciendo un trabajo que Dios acepta con placer.

El “laico” no debe pensar que su humilde tarea es inferior al ministerio del pastor. Que cada hombre se quede en la vocación en que fue llamado, y haga su trabajo como el más puro acto de adoración a Dios. No es lo que un hombre hace lo que determina si su trabajo es sagrado o secular, sino el por qué lo hace. El motivo es todo. Dejen a un hombre que santifique al Señor Dios en su corazón, y despreocúpense de lo que hace, ya no podrá hacer ningún trabajo común. Todo lo que él haga será aceptable a Dios por medio del Señor Jesucristo. Para ese hombre la vida misma será un sacramento, y el mundo entero un santuario. Toda su vida será un ministerio sacerdotal. No importa cuan simples sean las tareas que desempeñe, siempre oirá a los serafines cantando, “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Señor, yo confiaré en Tí completamente, y seré completamente tuyo. Te exaltaré a Tí por encima de todo. Quiero sentir que, aparte de Tí, no poseo nada. Quiero sentir que me encuentro continuamente bajo la sombra de tu presencia, y que escucho tu voz y que Tú eres el que me habla. Deseo vivir tranquilo, seguro de la sinceridad de mi corazón. Quiero vivir tan lleno del Espíritu que todos mis pensamientos sean como incienso de olor suave para Tí, y que cada acto de mi vida sea un acto de adoración. Por eso oro con las palabras de tu gran siervo de la antigüedad, “Te ruego que purifiques mi corazón con el don inefable de tu gracia, que pueda amarte y ensalzarte como Tú eres digno.” Tengo la seguridad de que me concederás todo esto, porque te lo pido por los méritos de tu Hijo Jesucristo. Amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 119–130). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Mansedumbre y Reposo

Tozer, A. W.

Mansedumbre y Reposo

Bienaventurados los mansos, porque ellos

recibirán la tierra por heredad. Mateo 5:5

Para describir la condición actual de la humanidad uno podría valerse muy bien de las bienaventuranzas, pero tomándolas al revés. Porque las cualidades que distinguen al hombre de hoy son precisamente lo opuesto a las virtudes que ponderan las mismas.

No encontramos nada en la humanidad que se aproxime a las virtudes de que habló el Señor Jesús en el célebre Sermón de la Montaña. En lugar de la pobreza de espíritu hallamos el más vicioso de los orgullos; en lugar de los que lloran hallamos a los eternos buscadores del placer; en vez de mansedumbre, arrogancia; en vez de hambre y sed de justicia, oímos a la gente decir, “Soy rico, mis caudales aumentan, y no tengo necesidad de nada”; en vez de misericordia, vemos crueldad; en vez de pureza de corazón, corrupción general; en vez de pacificadores, resentidos y peleadores; en vez de perdón cuando se los maltrata, hallamos desquite y venganza con qualquier arma al alcance.

Esta es la clase de moral que predomina en la sociedad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respiramos en el aire y la bebemos en la leche de nuestras madres. La cultura y la educación refinan esas cosas solo ligeramente; en el fondo las dejan sin tocar. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Esto debiera asombrarnos, y mucho más al pensar que ese orden de cosas es lo que hace nuestra vida amarga y dolorosa. Todas nuestras penurias y la mayoría de nuestras enfermedades provienen directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malicia, maledicencia y codicia, causan más dolor al ser humano que todas las enfermedades que atacan su carne mortal.

En un mundo como este las palabras de Jesús suenan en una manera maravillosa y extraña, como una visitación de lo alto. Bueno es que El haya hablado, porque ningún otro podría haber hablado como El y bueno es que nosotros pongamos atención a lo que El dijo. Sus palabras son la esencia de la verdad. El no nos está ofreciendo una opinion; nunca expuso opiniones; jamás habló sin estar seguro de lo que decía. El sabía lo que decía, y lo sabe ahora. Sus palabras no son como las de Salomón, producto de la observación aguda. El habló con la plenitud de su naturaleza divina, y sus palabras son absoluta verdad. El es el único que puede decir “bienaventurado” con completa autoridad. Porque El es el solo Bendito, que bajó de las alturas para conferir bendiciones a la humanidad. Y sus palabras están sostenidas por los hechos poderosos que realizó, más que ningún otro sobre la tierra. Es sabio para nosotros escucharlas.

Como solía hacerlo a menudo, el Señor usaba la palabra “manso” en su sentido jovial, y no fue sino hasta tiempo más tarde que explicó lo que quería decir. En el mismo libro de Mateo nos dice algo más referente a esa palabra y cómo aplicarla a nuestra vida. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, que os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

Tenemos aquí dos cosas que contrastan la una con la otra, la carga y el descanso. La carga no se refiere solamente a sus oyentes de ese momento, sino que es la carga general que soporta todo ser humano. Esta carga no consiste de opresión política, o pobreza, o trabajo pesado. Es algo más profundo que eso. La siente el rico tan bien como el pobre, porque no es algo de lo que nos pueda librar la riqueza o la desidia.

La carga que lleva la humanidad es pesada y abrumadora. La palabra que usó Jesús significa una carga sumamente agobiadora, que se pone sobre una persona hasta quebrarle las fuerzas. Descanso es simplemente liberación de esa carga. No es algo que nosotros hacemos; es algo que viene a nosotros cuando dejamos de hacer. Su propia mansedumbre, ese es el descanso.

Examinemos lo que es nuestra carga. Es algo interior. Ataca el corazón, y la mente, cubre todo el cuerpo partiendo desde adentro. Primero, está la carga del orgullo. El trabajo de amarse a sí mismo es algo muy pesado. Pensemos en cuanto nos duele y como sufrimos cuando oimos a alguien decir algo despectivo de nosotros. Cuando hacemos un ídolo de nuestro “yo,” nunca faltan los que se deleitan en profanar nuestro idolillo. ¿Cómo podemos, entonces, pretender gozar de paz interior? El esfuerzo que hacemos para proteger nuestro yo de todo ataque y desdoro nunca puede producirnos el anhelado descanso. Y conforme pasan los años esta carga se hace más intolerable. Sin embargo, los hombres siguen llevando a cuestas este oneroso peso, tratando de defenderse de todo lo que se dice, quejándose de toda crítica, sufriendo las actitudes despreciativas, sufriendo insomnio si otro es preferido antes que nosotros.

No es necesario llevar tal carga. Jesús nos invita al descanso, y la mansedumbre es su método. El hombre manso no se afana por las cosas del mundo, porque hace tiempo ha decidido que ellas no merecen el esfuerzo de conseguirlas. Y desarrolla dentro de sí un bondadoso sentido del humor, que le lleva a decir, “¡Ah …! ¿con que te han pasado por alto? ¿Con que han preferido a otro antes que a tí? ¿Has oído que dicen de tí que no vales mucho? ¡Válgame Dios! ¿Es que te inco modas porque otros dicen de tí las mismas cosas que tú dices de tí mismo? ¡Vaya! Si ayer mismo le decías a Dios que no eres nada, que eres un simple gusano. ¿En qué quedamos? Vamos, hombre, deja de preocuparte por eso y aprende a ser un poco más consecuente contigo mismo.”

El hombre manso no es una mosca muerta afligido por completo de inferioridad. Por el contrario, puede ser tan osado en su vida moral como un león y tan fuerte como Sansón. Lo que ocurre es que no se anda preocupando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado, pero al mismo tiempo sabe, paradójicamente, que ante los ojos de Dios él vale más que los ángeles. En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que realmente son. Entonces los justos resplandecerán en el Reino del Padre celestial.

Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la simulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben presentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su corazón como polilla. El hombre de cultura teme hallar algún día un hombre más culto que él. El que tiene algún dinero sufre la humiliación de ver a uno que tiene más que él. El hombre instruído padece el temor de enfrentarse con otro mejor instruído. La que se llama “sociedad” no es otra cosa que esto, y no tiene mejores motivaciones que estas. Las clases pobres son un poquito mejor.

Que nadie se sonría por esto. Estas cargas son reales, y están matando poco a poco a sus víctimas, presas de este modo de vida. Y la psicología creada por años de practicar estas cosas hace a la verdadera mansedumbre tan irreal como un sueño y tan lejana como una estrella. A todas las víctimas atormentadas por estos males Jesús les dice, “Debéis convertiros y ser como niños.” Porque los niños no hacen comparaciones; se gozan con lo que tienen, sin relacionarlo con lo que tienen otros. Solo cuando crecen y se hacen adultos es que el pecado se desarrolla en sus corazones y comienzan a sentir los celos y la envidia. Entonces se vuelven incapaces de gozar lo que ellos tienen si alguien tiene más que ellos. A partir de ese momento se les envenena la existencia, y nunca se ven libres hasta que viene Jesús y les quita la carga.

Otra fuente de cargas es la artificialidad. Yo sé que hay muchísima gente que vive bajo el perpetuo temor de que alguno de sus amigos pueden echar una mirada en su interior y comprobar cuan vacía está su alma. Por eso nunca aflojan su tiesura. Gente brillante vive tensa y alerta, en temor de ser pillados diciendo alguna cosa vulgar o estúpida. Gente que viaja mucho vive con el miedo de hallar algún día algún Marco Polo que ha viajado por donde ellos nunca han ido.

Esta condición antinatural es parte de la triste herencia de pecado que todos tenemos, pero que agravamos cada día por nuestra manera de vivir. La publicidad comercial se basa en este hábito de simulación. Se ofrecen cursos de aprendizaje para brillar en una fiesta o reunión. Se venden libros, y se mercan cosméticos, apelando siempre a este deseo insano de querer aparentar lo que no se es. La artificialidad es una cosa que desaparece en el momento que nos arrodillamos ante Cristo y le pedimos mansedumbre. Entonces ya no nos importa lo que la gente piensa de nosotros, sino solo agradar a Dios. Entonces somos lo que realmente somos, y lo que parecemos ser, nos importa un pepino.

El corazón de la gente se quiebra bajo esta carga de orgullo y simulación. Y no hay ningún alivio para esa carga, a menos que se la encuentre en la mansedumbre de Jesús. El sentido común y la sensatez pueden ocasionalmente ofrecer algún alivio, pero este vicio es tan fuerte que al echárselo de un lado reaparece en otro. Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, “Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os dare descanso.” El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación. Se necesita algún coraje al principio, pero pronto viene la gratia necesaria al comprender que estamos compartiendo el yugo con el fuerte y poderoso Hijo de Dios. El lo llamó “mi yugo,” y él lo toma de un lado cuando nosotros lo tomamos del otro.

Señor, hazme como un niño. Ayúdame a dejar de competir con otros por puesto y figuración. Deseo ser simple y sin artificios como es un niño. Líbrame de la simulación. Perdóname por pensar demasiado en mí mismo. Ayúdame a olvidarme de mí mismo y hallar mi verdadera paz en el hecho de pertenecerte a Tí. Contéstame esta oración que humildemente dirijo a Tí. Pon sobre mí tu yugo fácil de llevar, y haz que halle descanso al olvidarme de mí y de mis problemas, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 111–118). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Tozer, A. W.

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Ensálzate sobre los cielos,

oh Dios; sobre toda la tierra

tu gloria. Salmo 57:5

Es casi una perogrullada decir que el orden en la naturaleza depende de la correcta relación de todas las cosas. Para lograr la armonía es indispensable que cada cosa esté en perfecta relación con respecto a otra cosa. En la vida humana, ocurre lo mismo.

He dicho en capítulos anteriores que la causa de todas nuestras miserias es nuestra radical dislocación moral que trajo enemistad con Dios y con cada uno de nuestros semejantes. Cualquiera haya sido la caída en el pecado, sus efectos han producido un trastorno en las relaciones del hombre con su Creador. El hombre adoptó una actitud equivocada con respecto a Dios, y con eso deshizo los medios de comunicación con su Creador, en la cual, sin que él se diera cuenta, descansaba su felicidad. La salvación es, esencialmente, la restauración de esas relaciones, es decir, el retorno a la relación normal del uno con el otro.

Una vida espiritual satisfactoria debe comenzar con un cambio completo en las relaciones entre Dios y el pecador. No meramente un cambio judicial, sino un cambio conciente y experimental que afecte toda la naturaleza del individuo. La propitiación por la sangre de Jesús hace posible ese cambio judicial, y la obra del Espíritu lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. El hijo más joven se había metido en una cantidad de problemas a causa de haber olvidado los privilegios que tenía como hijo de su padre. Su restauración no fue más que el reestablecimiento de esas relaciones, las cuales existían desde su nacimiento, pero que habían sido temporalmente interrumpidas por el pecado. La parábola pasa por alto el aspecto legal de la redención, para detenerse hermosamente en el aspecto experimental.

Para determinar las relaciones tenemos que comenzar en algún lugar. Debe haber un punto fijo desde el cual todo ha de comenzar a medirse, donde no intervenga la ley de la relatividad, y donde podamos decir “ES,” sin ninguna clase de concesiones. Tal punto fijo es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer su nombre a la humanidad no encontró otro mejor que “YO SOY.” Cuando él habla en primera persona dice, YO SOY; cuando nosotros nos referimos a él decimos EL ES; cuando nos dirijimos a él le decimos TU ERES. Todo lo demás parte de esta base. Dios dice, “Yo Soy el que Soy” o sea “jamás cambio.”

Así como el marino fija su posición en el mar por la altura del sol, nosotros podemos saber cuál es nuestra posición moral mirando a Dios. Debemos comenzar con Dios. Nosotros estamos bien solo cuando estamos en una correcta relación con Dios, y mal cuando estamos en cualquier otra.

Muchas de nuestras dificultades en la vida cristiana se deben a que no queremos tomar a Dios tal como él es, y ajustar nuestras vidas conforme a eso. Insistimos en modificar a Dios y en adaptarlo a nuestra imagen. La carne se resiste contra la inexorable sentencia de Dios, y como Agag, gime por un poco de misericordia, algo más de indulgencia para sus deseos y apetitos. Pero esto de nada sirve. Podemos comenzar bien solo cuando aceptamos a Dios tal como Dios es, y le amamos porque así es. Y cuando le vamos conociendo mejor hallamos una indecible fuente de gozo al darnos cuenta que no puede ser de otra manera. Algunos de los más sublimes momentos de nuestra vida han sido los que hemos pasado en reverente admiración de la Deidad. En estos solemnes momentos no hemos querido ni siquiera pensar en qué pasaría si Dios fuera de distinta manera.

Comencemos, pues, con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, y antes de todo, está Dios. Primero, en orden de secuencia; por encima, en orden de rango y condición; antes que todo, en dignidad y honor. Siendo el único que existe por sí mismo, él ha dado origen y existencia a todo, y todas las cosas existen por él y para él. “Señor, digno eres de recibir gloria, y honra, y virtud, porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas” (Apocalipsis 4:11).

Toda alma pertenece a Dios y existe para complacerle a él. Siendo Dios quien es, y siendo nosotros quienes somos, la única relación que debe existir es de completo señorío por parte de él y de completa sumisión por parte de nosotros. Nosotros le debemos a él todo el honor de que somos capaces de darle. Darle algo menos es causa de nuestra desdicha.

La búsqueda de Dios debe incluir el afán de darle a él todo lo que somos. Y esto no solo judicialmente, sino real y positivamente. No me estoy refiriendo aquí al acto de justificación por la fe mediante Cristo. Estoy hablando de una voluntaria exaltación de Dios a su legítimo estrado sobre nosotros, y el deseo de someter nuestro ser entero al culto y adoración que corresponde a la criatura dar al creador.

No bien hacemos la decisión de exaltar a Dios por encima de todo, nos apartamos de la procesión del mundo. Nos damos cuenta que estamos en desacuerdo con el mundo, y ese desacuerdo se hará más evidente a medida que avancemos en el camino de la santidad. Veremos las cosas desde un nuevo punto de vista; una nueva psicología se formará dentro de nosotros; un nuevo poder vendrá a nuestras vidas.

Nuestro rompimiento con el mundo será el resultado directo de nuestra nueva relación con Dios. Porque el mundo de los hombres caídos no da honra a Dios. Millones hay sí, que se llaman a si mismos cristianos, y pagan algún respeto a su Nombre, pero una simple prueba demostrará cuan poco El es honrado entre ellos. Pregunte a cualquier cristiano nominal quién es el que predomina en su vida. Pídale que haga una elección entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y sus ambiciones personales, entre Dios y el yo humano, entre Dios y el amor humano, y Dios siempre tomará el segundo lugar. Todas esas otras cosas serán exaltadas por encima. No importa lo que el hombre diga, la prueba de su elección se verifica día tras día.

“Seas tú exaltado,” es el lenguaje de la vida espiritual victoriosa. Es la llavecita que abre la puerta de los tesoros de la gracia. Es el punto central de la vida de Dios en el alma. Dejad que el que busca a Dios pueda decir continuamente con la vida y con los labios, “Seas tú exaltado,” y habrá dado con la solución de mil de sus problemas. Su vida cristiana dejará de ser la cosa complicada que era antes, y vendrá a ser la misma esencia de la simplicidad. Por el ejercicio de su voluntad habrá marcado el curso que desea seguir, y lo seguirá como si fuera guiado por un piloto automático. Si por algún momento un viento contrario llegara a apartarlo de la ruta, no tardará en volver al buen rumbo por una inclinación secreta de su alma. Los impulsos internos del Espíritu luchan a su favor y “las estrellas en sus cursos” pelean por él. En su alma está resuelto el problema de su vida, y todos los demás se resuelven por el mismo camino.

Que nadie piense que la entrega absoluta de la voluntad a Dios rebaja la personalidad humana. El hombre no se degrada por esto, sino al contrario, se eleva a su verdadera y primitiva dignidad de ser hecho a la imagen de Dios. Su desgracia yace en el hecho de su descomposición moral, en haber usurpado, en forma antinatural, el lugar que le corresponde a Dios. Su honor será demostrado por devolver el trono usurpado. Al exaltar a Dios por sobre todas las cosas, el hombre vuelve a hallar su propio perdido pedestal.

Todo aquel que se resiste a entregar su voluntad a otro, debe recordar las palabras de Jesús, “Todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado” (Juan 8:34). Tenemos necesidad de ser siervos de alguien, o del pecado, o de Dios. El pecador se vanagloria de su independencia, sin darse cuenta que es un esclavo de los pecados que dominan sus miembros. El hombre que se entrega a Cristo cambia un amor cruel y despiadado por uno suave y gentil, un Maestro cuyo yugo es fácil y ligera su carga.

Habiendo sido hechos a la imagen de Dios, no debe sernos difícil reconocerle y aceptarle como nuestro dueño. Dios fue nuestra primera habitación, y nuestros corazones no podrán menos que sentirse en casa al retornar a nuestro antiguo recinto.

Espero que se entenderá fácilmente que es lógico que Dios reclame la preeminencia. Ese lugar es suyo por derecho propio en el cielo y en la tierra. Cada vez que nosotros ocupamos el sitio que a El le corresponde, toda la vida se desconcierta. Nada puede ponerse en orden mientras no hagamos, de puro corazón, la firme decisión de exaltar a Dios por sobre todas las cosas.

“Al que me honra, yo lo honraré” dijo Dios a un antiguo sacerdote en Israel. Y esa antigua ley espiritual ha permanecido inmutable, no importa el paso del tiempo o el cambio de las dispensaciones. Toda la Biblia y toda la historia proclaman la perpetuidad de esa ley. “Si alguno me sirve, mi padre le honrará,” dijo el Señor Jesús, enlazando lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de sus tratos con los hombres.

Muchas veces la mejor manera de entender una cosa es mirando su opuesto. Eli y sus hijos fueron colocados en el sacerdocio con la estipulación de que honrarían a Dios en su ministerio y en su vida. Ellos fallaron en hacerlo y Dios les envió a Samuel a anunciarles las consecuencias. Sin que Eli se diera cuenta esta ley de reciprocidad había estado siempre en vigor, y ahora había venido el tiempo para el castigo. Ofni y Finees, los sacerdotes depravados, cayeron en la batalla, la mujer de Ofni murió al dar a luz, el arca de Dios fue capturada por los filisteos, y el anciano Eli cayó hacia atrás y se quebró el cuello. Así cayó la tragedia sobre la casa de Eli por haber faltado en darle el honor a Dios.

En contraste con este cuadro tomemos cualquier otro personaje bíblico que procuró honrar a Dios en su vida terrenal. Veremos que Dios pasó por alto sus flaquezas, y derramó sobre ellos gracia y bendición. Ya se trate de Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o cualquier otro, el honor sigue al honor como la cosecha sigue a la siembra. El hombre de Dios se propone exaltar a Dios sobre todo; Dios acepta su intención como un hecho, y actúa de acuerdo con eso. No es la perfección, sino la santa intención lo que hace la diferencia.

El cumplimiento de esta ley se pudo ver en el Señor Jesucristo con toda perfección. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y dio la gloria a su Padre en los cielos. Nunca buscó su propia gloria, sino la de Dios que lo había enviado. Dijo en cierta ocasión, “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica.” Los fariseos se habían apartado tanto de esta ley que no podían comprender a una persona que buscaba solo la gloria de Dios. “Yo honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado” (Juan 8:49).

Otro de los dichos de Jesús, y uno de los más perturbadores, fue puesto en forma de pregunta: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que solo de Dios viene?” Si entiendo bien lo que Jesús quiso decir, fue que el deseo de recibir honores que domina a los hombres les impide creer lo que dice Dios. ¿Será este pecado la raíz de toda incredulidad? ¿Podría ser que esas “dificultades intelectuales” que alegan algunos, sean solo una cortina de humo para disimular la causa real de su incredulidad? ¿Será este codicioso deseo de recibir honor de los hombres lo que hizo a los hombres fariseos, y a los fariseos deicidas? ¿Es este el secreto que está detrás de toda autojustificación y hueca religiosidad? Yo creo que sí. Todo el curso de la vida se altera cuando fallamos en poner a Dios en el primer lugar. Nos exaltamos a nosotros mismos, en lugar de a Dios, y el resultado es maldición.

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hombres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cristo Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede rezagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la decisión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfacción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Nadie que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Ninguno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que a mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodidades. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exdltate sobre mi reputación. Hazme ambicioso solo de agradarte a Tí, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma. Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mí, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un pollino, hijo de asna, y permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, “¡Hosana en las alturas!”

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 99–109). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La Mirada del Alma

Tozer, A. W.

La Mirada del Alma

Puestos los ojos en el autor y consumador

de la fe, en Jesús. Hebreos 12:2

Pensemos en el hombre sencillo e inteligente que mencionamos en el capítulo seis, que se detiene por primera vez a leer las Sagradas Escrituras. Se acerca a la Biblia sin ningún conocimiento previo de lo que contiene. No tiene ningún prejuicio; nada tiene que probar, nada que defender.

Este hombre no leerá por mucho tiempo sin darse cuenta que algunas verdades comienzan a destacarse nítidamente. Son los principios espirituales con que Dios ha tratado a los hombres, que aparecen entretejidos en los escritos de varones santos que fueron “movidos por el Espíritu de Dios.” Según prosiga en la lectura deseará hacer un resumen de las verdades que está entendiendo. Estos resúmenes vendrán a ser los principios de su credo bíblico. Y si lee por más tiempo, las nuevas lecturas no afectarán estos principios; por el contrario los aumentarán y fortalecerán. Nuestro hombre está descubriendo lo que la Biblia enseña.

Muy arriba en las enseñanzas de la Biblia se encuentra la doctrina de la fe. Es tanta la importancia que la Biblia asigna a la fe, que es imposible que pase desapercibida. El tendrá que reconocer muy pronto que la fe es de vital importancia para la vida del alma. “Sin fe, es imposible agradar a Dios.” Por la fe es posible adquirir cualquier cosa; ir a cualquier parte en el reino de Dios, pero sin fe nadie puede allegarse a Dios, ni ser librado de sus culpas, ni tener libertad, ni salvación, ni comunión, ni nada. Nunca tener vida espiritual.

Cuando nuestro amigo haya llegado al capítulo once de la Epístola a los Hebreos, no le será extraño el elocuente encomio que se hace allí de la fe. Antes de eso habrá leído la brillante defensa de la fe que hace Pablo en Romanos y en Gálatas. Más adelante, si lee la historia de la iglesia, podrá ver el asombroso poder espiritual que tenían los reformadores debido a su fe inalterable en la religión cristiana.

Pues bien, si la fe es algo tan importante en la vida cristiana, si es algo imprescindible en la búsqueda de Dios, es perfectamente natural que deseemos cerciorarnos si en verdad tenemos este don. Y siendo nuestra mente como es, tarde o temprano ha de querer investigar cual es la naturaleza de la fe. ¿Qué es fe? Junto a esta pregunta viene enseguida otra. ¿Tengo yo fe? Y debemos encontrar alguna respuesta dondequiera esta se halle.

Casi todos los que predican o enseñan acerca de la fe dicen más o menos lo mismo. Nos dicen que es creer en una promesa, que es aceptar lo que Dios dice, que es reconocer la verdad de la Biblia, y actuar conforme a ella. El resto de lo que ellos dicen en sermones o en libros son relatos acerca de personas que por fe hallaron respuesta a sus oraciones. Esas respuestas son por lo general bendiciones materiales, tales como sanidad, dinero, protección física o éxito en los negocios. O si el maestro es un filósofo, nos llevará en excursión por los ámbitos de la metafísica, o nos sumergerá en los hielos de la jerga psicológica, definiendo y redefiniendo conceptos, partiendo delgados pelillos hasta hacerlos desaparecer por completo. Cuando finaliza la exposición nos damos cuenta que hemos salido por la misma puerta por la cual entramos. Sin duda, debe haber algo mejor que eso.

La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe. Aparte de una breve definición en la Epístola a los Hebreos, en la cual se emplean diecinueve palabras (Hebreos 11:1), yo no sé de ninguna otra definición bíblica, y si la hay, la fe no es definida filosóficamente, sino en manera funcional. Se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Es bueno y sabio llegar hasta aquí, y no pretender saber más. Se nos dice de dónde procede, y por qué medios viene. “La fe es un don de Dios” y “la fe viene por el oir, y el oir por la Palabra de Dios.” Hasta aquí todo va claro, y parafraseando a Tomás de Kempis, “Prefiero ejercer la fe, antes que definirla.”

De aquí en adelante, cada vez que en este capítulo aparezca la palabra “fe” debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre verdaderamente creyente. Dejamos de lado la idea de definir la fe, y vamos a pensar en ella como se la siente cuando se pone en acción. La naturaleza de nuestros pensamientos será pues práctica, y no teórica.

En una dramática narración que se halla en el libro de Números se le va fe en acción. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. “Estas mordían a las gentes, y muchos murieron.” Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enroscada en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. “Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá.” Así lo hizo Moisés. “Y fue que cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía” (Números 21:4–9).

En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor Jesucristo. El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15).

El hombre inteligente que lee esto no tardará en hacer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra “mirar” que se emplea en el Antiguo Testamento tiene idéntico significado que la palabra “creer.” Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cristo. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israelitas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón. La conclusión es que la fe es la mirada del alma que se dirige a un Dios Salvador.

Después de haber entendido esto, habrá de recordar otros pasajes cuyo significado comenzará a serle más claro. Por ejemplo, “A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no se avergonzaron” (Salmo 34:5). “A tí, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que haya misericordia de nosotros” (Salmo 123:1–2). He aquí el hombre que busca misericordia, y mira rectamente al Dios de misericordia hasta que halla la misericordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, “Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos” (Mateo 14:19). La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre estaba con su mirada interior puesta en su Padre (Juan 5:19–21).

El tenor de toda la Biblia está en completo acuerdo con lo que dejamos dicho. Y todo se resume en la exhortación de la Epístola a los Hebreos cuando nos dice que corramos la carrera “puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús.” Todo lo cual enseña que la fe no es un acto que se realiza una sola vez, sino una actitud continua del corazón que se mantiene mirando a Dios.

Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada a “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo,” y nunca dejar de mirar por el resto de nuestra vida. Al principio podrá parecer difícil, pero dicha actitud se hace más fácil con el contínuo mirar a la maravillosa personalidad de Cristo. Podremos distraernos a veces, pero al haber encomendado nuestro corazón a él, cada vez que nos apartemos un poco, sentiremos el fuerte deseo de retornar al igual que un pajarillo que vuelve a su nido.

Insisto en que es necesaria esta entrega personal y voluntaria a Cristo, que hace que el alma fije para siempre su mirada en Jesús. Dios acepta esta intención como la elección nuestra, y tolera las distracciones que sufrimos al vivir en este mundo malo. Dios sabe que hemos encaminado nuestro corazón a Jesús, y nosotros también lo sabemos, y nos consolamos al saber que nuestra alma está adquiriendo un hábito que no tardará en formar parte de nuestra naturaleza, de modo que pronto no ha de requerir ningún esfuerzo de nuestra parte.

La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente conciente de que existe. Igual que el ojo, que ve todo lo que tiene delante de sí, pero él no se ve nunca, la fe se ocupa del Objeto sobre el cual ella descansa, y no pone nunca atención en sí misma. Mientras estamos mirando a Dios, no nos estamos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Unico que es perfecto. Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de él todas aquellas cosas que deseó por tanto tiempo. Dios estará dentro de él, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad.

La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mismos para mirar a Dios. El pecado ha torcido nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios, y se halla peligrosamente cerca del pecado de Lucifer, que dijo, “Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:14). La fe mira hacia afuera, y no hacia adentro, y sobre esto reposa la vida entera.

Todo esto podrá parecer demasiado sencillo. Pero no pedimos disculpa por ello. A aquellos que quieren subir al cielo en busca de ayuda, o descender al infierno, Dios les dice, “Cercana está la palabra de fe” (Romanos 10:8). La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo, y allí comienza la bendita vida de fe.

Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos estar seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ver a los que tienen corazón perfecto para con él. La grata expresión de la experiencia es, “Tú, oh Dios, me ves.” Cuando los ojos del alma se encuentran con el Señor a quien buscan, se puede decir que el cielo ha comenzado a existir en la tierra.

Nicolás de Cusa en su obra “Visión de Dios,” escribió esto hace más de quinientos años: “Cuando todo mi afán es dirigirme hacia ti, porque tú haces todo para dirigirte hacia mí; cuando solo miro hacia tí con entera atención, sin despegar de tí los ojos de mi mente, porque tú me abrazas con tu constante cariño; cuando dirijo mi amor únicamente a tí, porque tú que eres amor, te has tornado hacia mí, ¿qué es mi vida, Señor mío, sino todo dulzura por tu amoroso abrazo?”

Me gustaría decir más de este antiguo varón de Dios. El es muy poco conocido entre los cristianos corrientes, y entre los fundamentalistas, menos. Creo que ganaríamos mucho si nos relacionáramos un poco con hombres de la escuela cristiana de la que Nicolás de Cusa es uno de los representantes más genuinos. Pero para que los líderes denominacionales de hoy aprueben la literatura que el pueblo ha de leer, esta debe ser enteramente del gusto partidista de ellos. Medio siglo transcurrido en América con esta misma actitud nos ha hecho a todos presumidos y satisfechos con nosotros mismos. Nos imitamos unos a otros, y repetimos los unos las frases de los otros, y buscamos excusas pueriles para disimular nuestra falta de originalidad.

Nicolás fue fiel seguidor de Cristo; amaba a nuestro Señor, su devoción era brillante y radiante. Su teología era ortodoxa, pero fragante y dulce como todo lo que emana de Jesús. Por ejemplo, su concepto de la vida eterna no podía ser más encantador. Si no me equivoco, era lo más parecido posible a Juan 17:3, que es lo corriente entre nosotros hoy en día. “La vida eterna —decía Nicolás— no es otra cosa que la manera bendita en que miras constantemente, penetrando hasta lo más secreto de mi alma. Tu mirada imparte vida, incesantemente; imparte tu amor; me alimentas inflamándome; y mientras me alimentas, despiertas en mí mayores deseos de tí; me das a beber del rocío de la felicidad, y al mismo tiempo abres en mí una fuente de vida cuya corriente tú abasteces y haces permanente.”

Pues bien, si la fe es la mirada que el corazón dirige a Dios, y si dicha mirada no es otra cosa que el levantar los ojos del alma para que se encuentren con los de Dios, que todo lo ve, se comprenderá que dicha operación es bastante fácil. Dios siempre hace fácil el desempeño de las cosas vitales, y las pone al alcance de los más débiles y pobres de nosotros.

De todo esto se pueden sacar varias conclusiones. Su simplicidad, por ejemplo. Desde que creer es mirar, eso se puede hacer sin necesidad de ninguna aparatosidad rereligiosa. Dios ha dispuesto que lo esencial para la vida o para la muerte esté sujeto al capricho o al accidente. El mobiliario puede romperse o perderse; el agua puede escurrirse, los registros consumirse por el fuego, el pastor puede tardar en llegar o el edificio incendiarse. Todas estas cosas son externas y pueden sufrir accidentes. Pero el mirar es una actitud del corazón que puede asumirla cualquiera, ya sea de pie, de rodillas, o reclinado en su última agonía, aunque se encuentre a miles de millas de cualquier templo.

En vista que el creer es mirar, dicha mirada se puede efectuar en cualquier momento. Ningún instante es mejor que otro para realizar el más noble de los actos. Nadie se encuentra más cerca de Cristo el domingo de resurrección que lo está el sábado 3 de agosto o el lunes 4 de octubre. Mientras Cristo esté sentado en el trono como Mediador, un día es tan bueno como cualquier otro, y todos los días son días de salvación.

Tampoco tiene importancia, en esta obra bendita de salvación, el lugar en que estemos cuando creemos en Dios. Levantad vuestro corazón a Cristo, e inmediatamente os sentiréis en un santuario, sea que estéis en un coche de ferrocarril, en una fábrica o en una cocina. Podéis ver a Dios en cualquier parte, con tal que vuestro corazón haya decidido amarle y obedecerle.

Tal vez alguno preguntará: “¿No es esto cosa propia de monjes o de ministros, que de por sí están acostumbrados a tener momentos reposados de meditación? Yo soy obrero, y dispongo de poco tiempo para eso.” Me alegra poder decir que esta clase de vida es accesible a cualquier hijo o hija de Dios. De hecho, es practicada diariamente por miles de personas muy ocupadas, y no está fuera del alcance de cualquiera.

Muchos han hallado el secreto de lo que vengo diciendo, y sin preocuparse demasiado por lo que ocurre dentro de ellos, practican continuamente el hábito de mirar a Dios desde su templo interior. Ellos saben que algo muy profundo en sus almas contempla a Dios. Aun en los momentos cuando exigencias terrenales les obligan a apartar la vista de ello, no por eso interrumpen la comunión con Dios. No bien se ven libres de lo que impedía vuelven a concentrarse en él. Este es el testimonio de muchísimos cristianos, y mientras escribo, tengo la sensación de estar simplemente transcribiendo lo que ellos me han dicho.

No quiero dejar la impresión de que los medios comunes de gracia son de poco valor. Ciertamente, ellos valen mucho. La oración privada debe ser practicada por todo cristiano. Largos períodos de lectura de la Biblia y meditación purificarán nuestra vista interior, y la dirigirán; la asistencia a la iglesia amplía nuestros conocimientos, y nos mantiene en comunión con los hermanos. Servicio, trabajo, actividad, todos son buenos, y debieran ocupar a todo cristiano. Pero en el fondo de todas estas cosas, y dándoles verdaderamente significado, debe estar el hecho de mirar constantemente a Dios. Un nuevo par de ojos (para hablar así) han de desarrollarse dentro de nosotros, capacitándonos para contemplar a Dios, mientras los ojos físicos siguen mirando el mundo que pasa ante nosotros.

Tal vez haya alguno que diga que estamos magnificando la religión privada, que el “nosotros” del Nuevo Testamento está siendo desplazado por un egoísta “yo.” ¿Se les ha ocurrido pensar alguna vez que cien pianos afinados todos con el mismo sintonizador, están automáticamente sintonizados unos con otros? Tienen el mismo tono, no porque hayan sido sintonizados unos con otros, sino porque todos fueron sintonizados por el mismo sintonizador. Del mismo modo cien personas, que están todas adorando a Dios con la mirada fija en Cristo, están perfectamente unidas unas con otras, mucho más que otras cien que al parecer adoran “unidas” pero cada una con sus pensamientos puestos en cualquier parte. La religión social se perfecciona al purificarse la religión individual. El cuerpo se hace fuerte cuando todos sus miembros están en perfecta salud. La iglesia de Dios gana cuando todos y cada uno de sus miembros tratan de vivir mejor y más elevadamente.

Todo lo que antecede presupone sincero arrepentimiento y entrega completa a Cristo. Apenas es necesario decir esto, porque solamente personas muy consagradas habrán seguido la lectura hasta aquí.

Cuando hayamos adquirido el hábito de mirar interiormente a Dios nos sentiremos llevados a un nivel de vida espiritual más alto, en conformidad con las promesas de Dios y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El Dios Trino y Unico será nuestra morada, aun cuando nuestros pies pisen el prosaico sendero de los deberes cotidianos. Habremos hallado en verdad el summun bonum de la existencia. “Hay una fuente de deseos que podemos codiciar. Son estos de la clase que ni los ángeles ni los hombres pueden comprar, pero pueden adquirirlo aquellos que posean las cualidades que dejamos expuestas, pues ellas satisfacen plenamente todos los deseos racionales, y no puede haber mayor satisfacción que esa” (La Visión de Dios).

¡Oh, Señor! He oído una buena palabra invitándome a que mire a tí, y me asegura que si así lo hago, hallaré satisfacción. Mi alma anhela esa satisfacción, pero el pecado ha nublado mi visión a tal punto que apenas puedo distinguirte. Te ruego que me purifiques con tu preciosa sangre, limpiándome interiormente para que pueda mirarte sin velo ninguno, todos los días de mi peregrinaje. Solo así podré contemplarte en todo tu esplendor el día que aparezcas para ser glorificado con tus santos y admirado por todos aquellos que te esperan, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 85–98). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La Voz que Habla

Tozer.A.W

La Voz que Habla

En el principio era el Verbo,

y el Verbo era con Dios, y el

Verbo era Dios. Juan 1:1

Cualquier persona inteligente, aún no instruida en las enseñanzas del cristianismo, leyendo este texto llegaría a la conclusión que lo que Juan quiere decir es que Dios desea hablar, y comunicar sus pensamientos a otros. Y estaría en lo cierto. La palabra es el medio por el cual se expresan los pensamientos, y al aplicar este término al Hijo de Dios nos lleva a pensar que el deseo de expresarse es inherente a la Divinidad, y que Dios desea hablar con los seres que ha creado. Toda la Biblia apoya esta creencia. Dios está hablando. No solo que ha hablado, sino que está hablando. Habla continuamente por medio de la naturaleza; el mundo está lleno de su voz.

Una de las grandes realidades que debemos considerar es la Voz de Dios hablando en este mundo. La cosmología más breve y más satisfactoria es ésta: “Dios dijo, y fue hecho.” El por qué de la ley natural es la voz viviente de Dios inmanente a toda la creación. Y esta palabra de Dios que dio vida a todas las cosas no puede entenderse que es la Biblia, porque no es palabra escrita o impresa, sino la expresión de la voluntad de Dios hablando en la estructura de todas las cosas. Esa palabra de Dios es el aliento divino, que llena todo con potencia viva. La voz de Dios es la energía más poderosa en la naturaleza, pues toda energía parte del hecho de que Dios ha hablado.

La Biblia es la palabra escrita de Dios, y porque es escrita, está confinada a los límites del papel, tinta y cuero. En cambio la voz de Dios es viva, libre y soberana. “Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida.” La vida está en las palabras habladas. La palabra de Dios en la Biblia puede tener poder solo si corresponde con la palabra de Dios en el universo. Es su Voz presente, lo que hace a la palabra escrita tan poderosa. Si no fuera así, la palabra estaría encerrada entre las tapas de un libro.

Sería una concepción muy primitiva de Dios imaginarlo en la creación usando sierras, martillos y clavos a la manera de un carpintero que fabrica un mueble. La Biblia enseña otra cosa. “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmos 33:9). “Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos, por la palabra de Dios” (Hebreos 11:3). Tengamos en cuenta que Dios no se refiere aquí a su palabra escrita, sino a su palabra hablada. La voz de Dios que llena el mundo antecede a la Biblia por siglos incontables. Es una voz que no ha dejado de oirse desde los albores de la creación, y sigue resonando de un extremo a otro del universo.

La palabra de Dios es rápida y poderosa. En el principio de todas las cosas habló hacia la nada, y la nada se convirtió en algo. El caos oyó esa voz, y se convirtió en orden; la oscuridad la oyó, y nació la luz. “Y dijo Dios sea, y fue.” Estas palabras gemelas, como causa y efecto, ocurren a todo lo largo del relato bíblico de la creación. El dijo vale por el así. Y el así, es el dijo puesto en continuo presente.

Que Dios está aquí, y está hablando, son verdades que respaldan otras verdades bíblicas: sin ellas no podría haber revelación. Dios no escribió un libro y lo envió por medio de mensajeros a personas sin ayuda. Dios habló un Libro, y vive en sus palabras habladas, hablando continuamente sus palabras y haciendo que perduren a través de los años. Dios sopló sobre un muñeco de barro y ese vino a ser un hombre. El sopla sobre los hombres y vuelven a convertirse en barro. “Volveos, hijos de los hombres” —fue lo que Dios dijo después de decretar la muerte de todo hombre, y no fue necesario que dijera una sola palabra más. La triste procesión humana desde la cuna hasta la sepultura es prueba suficiente de que su primera palabra fue verdad.

Todavía no hemos dado la atención necesaria a esa profunda declaración en el evangelio de Juan que dice, “Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.” No importan los cambios de puntuación que se hagan, la verdad permanece firme: la palabra de Dios afecta el corazón de todo hombre, como la luz lo hace al alma. En el corazón de todos los hombres brilla la luz y resuena la palabra, y no hay manera de escapar. Algo así debe ser necesario, si es cierto que Dios vive y está en el mundo. Juan afirma que así es. Aun las personas que nunca han leído la Biblia han recibido en sus conciencias mensajes suficientemente claros, de manera que no pueden decir que no han oído su voz. “Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles, o defendiéndoles, sus razonamientos” (Romanos 2:15). “Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas, de modo que son inexcusables” (Romanos 1:20).

Los hebreos de la antigüedad le daban el nombre de Sabiduría a esa voz de que estamos tratando, pues decían que se oía en todas partes y que recorría la tierra en busca de respuesta de parte de los hijos de los hombres. El capítulo octavo del libro de Proverbios comienza así: “¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligencia?” Entonces describe la sabiduría como una hermosa mujer que “se para en las alturas y en las encrucijadas de los caminos; dirige su voz a todas partes, para que nadie deje de oírla y dice: ‘Oh, hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres.’ ” Seguidamente se dirige a los simples y faltos de cordura y les aconseja que escuchen lo que les dice. Lo que pide la sabiduría de Dios es atención espiritual, pero rara vez este pedido es escuchado. La tragedia consiste en que nuestro bienestar eterno depende de nuestro oir, y hemos enseñado a nuestros oídos a no escuchar.

Esta voz universal ha resonado siempre, y a menudo atribulado a los hombres, aun cuando estos no se daban cuenta de donde provenían sus temores. ¿No será esa voz que se cierne como niebla vital sobre los corazones de hombres y mujeres, lo que ha despertado sus conciencias y sus anhelos de inmortalidad en millones de seres humanos desde los albores de la historia? No tenemos por qué temer eso. La voz hablando es un hecho. Como los hombres han reaccionado ante ella, es algo que se debe observar.

Una vez que Dios habló a nuestro Señor desde el cielo, algunos que oyeron atribuyeron la voz a causas naturales. “Ha sido trueno,” dijeron. Este hábito de explicar la voz por causas naturales es la vera raíz de la ciencia moderna. En el soplo de vida del cosmos hay algo misterioso, algo sumamente pavoroso, que la mente humana no alcanza a comprender. El creyente no pretende comprenderlo, simplemente cae de rodillas y exclama “¡Dios!” El hombre común también cae de rodillas, pero no lo hace para adorar, sino para investigar, escudriñar, en su afán de hallar explicación natural a todas las cosas. Estamos viviendo en un siglo secularizado. Nuestros pensamientos y hábitos son los del científico, no los del adorador. Estamos más dispuestos a explicar que a adorar. “Es un trueno” decimos, y seguimos nuestro camino indiferentes. Pero todavía la Voz sigue resonando y escudriñando. El orden y la vida del mundo dependen de esa Voz, pero los hombres están demasiado ocupados, o demasiado obstinados para escuchar.

Cada uno de nosotros ha tenido alguna experiencia imposible de explicar: un súbito sentido de soledad, un sentimiento de maravilla o de pavor, al contemplar la vastedad del infinito. O tal vez un fugaz relámpago de luz, como venido de otro sol, que nos ha dejado la sensación de pertenecer a otro mundo, que nuestro origen es divino. Lo que hemos visto entonces, o sentido, o aprendido, es diferente a todo lo que enseñan las escuelas, y en una amplia gama, distinto de todas nuestras anteriores experiencias y opiniones.

Nos vimos entonces forzados a suspender nuestras dudas cuando, por un breve momento, las nubes se retiraron y pudimos ver y oir por nosotros mismos. Cualquiera sea la explicación que demos a estos casos, no seríamos justos si excluyéramos completamente a Dios, negando que nos estuvo hablando en ellos. Nunca tengamos tal petulancia.

Es mi propia creencia (y no me enojo si alguien opina de distinta manera), que todo lo bueno y bello que hay en el mundo, producido por el hombre, es el resultado de su falaz y pecaminosa respuesta a la Voz creativa que resuena por toda la tierra. Los filósofos moralistas, que soñaron sueños de virtud; los pensadores religiosos, que especularon acerca de Dios y la inmortalidad; los poetas y artistas, que crearon de la materia común obras de imperecedera belleza, ¿cómo se pueden explicar? No es suficiente con decir “Se trata del genio.”

¿Qué es el genio? El genio podrá ser un hombre perseguido por esa Voz, que trabaja afanándose como un poseído, por ver si logra alcanzar un fin que vagamente comprende. El hecho de que el genio, sea hombre o mujer, no crea en Dios, y aún hable o escriba en contra de él, no contradice lo que estoy diciendo. La revelación de la obra redentora de Dios que se halla en las Escrituras es necesaria para la obtención de la fe salvadora y la paz con Dios. La fe en el Salvador resucitado es necesaria para la obtención de paz y tranquilidad y para adquirir fe en nuestra propia inmortalidad. Para mí todo esto es una adecuada explicación de todo lo bueno que existe fuera de Cristo. Pero usted puede ser un buen cristiano sin aceptar mi tesis.

La voz de Dios es amistosa. Nadie necesita asustarse al oirla, a menos que antes haya hecho la decisión de no obedecerla. La sangre de Cristo ha cubierto no solo la raza humana, sino toda la creación también. “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por él reconciliar todas las cosas consigo, así las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:19–20). Podemos predicar con toda confianza acerca de un cielo amistoso. Los cielos y la tierra están llenos de la buena voluntad de aquel que habitó en la zarza. La sangre perfecta del sacrificio expiatorio asegura esto para siempre.

Quienquiera que desee detenerse a escuchar oirá hablar a los cielos. Esta no es la hora en que los hombres están dispuestos a escuchar, porque el escuchar no es parte de la religión popular de hoy en día. Nos encontramos en el polo opuesto. La religión ha aceptado la monstruosa herejía de que el ruido, el tamaño, la actividad y el estrépito hacen estimable al ser humano delante de Dios. A un pueblo que está sumido en un clima de violencia Dios le dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios.” Hoy en día Dios quiere que aprendamos que nuestra fortaleza y seguridad no dependen del ruido, sino del silencio.

Es necesario que estemos tranquilos y en silencio para oir la voz de Dios. Lo mejor es que estemos con nuestra Biblia abierta ante nosotros. Entonces, si así lo deseamos, podemos acercarnos a Dios y escuchar lo que está hablando a nuestro corazón. Pienso que para la mayoría de las personas el procedimiento será algo como esto: primero un sonido, como de una Presencia caminando en el jardín. Después una voz, algo más inteligible, pero todavía algo lejos. Luego, el momento feliz cuando el Espíritu comienza a iluminar las Escrituras, y eso que al principio fue solo un sonido, y después una voz, llega a ser una palabra clara, cálida, íntima y amable como la del mejor amigo. Enseguida vendrá la vida y la luz, y lo mejor de todo, la capacidad de ver y descansar, abrazando a Cristo como el Salvador y Señor de todo.

La Biblia no podrá nunca ser un libro vivo hasta que no reconozcamos que Dios habla en el universo. Saltar de un mundo impersonal y muerto a una Biblia dogmática es algo demasiado para muchas personas. Ellos pueden admitir que deberían aceptar la Biblia como la Palabra de Dios, pero de ahí a creer que cada palabra es para ellos, media un gran trecho. Un hombre puede decir, “Esas palabras son para mí,” pero todavía seguir pensando en su corazón que no lo son. El es víctima de una psicología dividida. Trata de pensar de que Dios está mudo en todas partes y que habla solo en un libro.

Creo que mucha de nuestra incredulidad religiosa se debe a que tenemos una equivocada concepción de las Escrituras de Verdad. Un Dios silencioso comienza a hablar súbitamente en un Libro, y cuando éste queda terminado, vuelve a guardar silencio por el resto de los siglos. Y ahora leemos el libro como si fuera solo el registro de lo que Dios dijo en los tiempos que hablaba. Con nociones como estas en nuestra cabeza, ¿cómo podemos creer? El hecho es que Dios no está mudo y silencioso, que nunca lo ha estado. Está en la naturaleza de Dios hablar. La segunda persona del Dios Trino es llamada la Palabra. La Biblia es el resultado del continuo hablar de Dios. Es la declaración infalible de su mente dicha para nosotros en palabras comprensibles y familiares.

Creo que un nuevo mundo surgirá de la actual niebla religiosa cuando nos acerquemos a la Biblia con la idea de que no solo es un libro que una vez ha hablado, sino uno que habla todavía. Los profetas decían habitualmente “Así dice el Señor.” Y daban a entender a sus oyentes que Dios estaba hablando siempre en tiempo presente. Podemos usar el tiempo pasado para hacer ver que en algún momento, en el tiempo pasado, Dios habló, pero lo que Dios dijo una vez, sigue repitiéndose, como la criatura que ha nacido sigue viviendo, y un mundo que fue creado, sigue existiendo. Pero estas ilustraciones son insuficientes, porque las criaturas mueren, y los mundos se consumen, mas la Palabra del Dios nuestro permanece para siempre.

Si queréis proseguir en conocer a Dios, abrid vuestra Biblia, en la seguridad de que ella os hablará. No la leáis pensando que es una cosa que podéis desechar en cualquier momento, porque ella es algo más que una cosa; es una voz, una palabra, la palabra del Dios vivo.

Señor, enséñame a escuchar. Los tiempos son ruidosos, y mis oídos están hartos de griteria y sonidos estridentes. Dame el espíritu del niño Samuel, que dijo, “Habla, Señor, que tu siervo oye.” Permíteme que te oiga hablándome al corazón. Haz que me acostumbre al sonido de tu voz, y que lo oiga cuando todos los de la tierra hayan desaparecido; haz que los únicos sonidos que oiga en esos momentos sean los de la música de tu Voz, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 73–85). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La Presencia Universal

Tozer.A.W

La Presencia Universal

¿Adónde me iré de tu espíritu?

¿Y adónde huiré de tu

presencia? Salmo 139:7

En toda enseñanza cristiana hay ciertas verdades básicas, ocultas a veces, y más bien asumidas que afirmadas, pero que son necesarias a toda verdad como los colores primarios son necesarios para componer cualquier cuadro. La divina inmanencia es una de esas verdades.

Dios mora en su creación, y está indispensablemente presente en todas sus obras. Esto lo enseñan firmemente profetas y apóstoles y está aceptado por la teología cristiana general. Dicha verdad consta en los libros de teología, pero por alguna razón no ha entrado aun en el corazón de los creyentes, para que llegue a ser parte de su fe. Muchos predicadores y maestros cristianos hacen tímidas menciones de ella, y más bien parecen esquivarla para eludir sus implicaciones. Me imagino que proceden así por el temor de ser tildados de panteístas. Pero la doctrina de la divina inmanencia nada tiene que ver con el panteísmo.

El error panteísta es tan palpable que nadie debería dejarse engañar por él. Sostiene que Dios es la suma de todas las cosas creadas. La naturaleza y Dios son la misma cosa, de modo que cualquiera que toque a la una toca también al otro. Esto es una degradación de la gloria divina. Los panteístas, al atribuirle divinidad a todo, han hecho desaparecer del mundo toda divinidad.

La verdad es que aunque Dios habita en su mundo, está separado de él por un abismo infranqueable. Por mucho que Dios se identifique con la obra de sus manos, éstas son sus obras, y nunca pueden ser El. Dios es anterior a sus obras e independiente de ellas.

¿Qué significa, entonces, la divina inmanencia en la experiencia cristiana? Significa simplemente que Dios está aquí. Dondequiera estemos nosotros, Dios está. No hay lugar, ni lo puede haber, donde Dios no esté. Diez millones de inteligencias, situadas en igual número de puntos del espacio, separadas por incalculables distancias, pueden todas decir al mismo tiempo, “Aquí está Dios.” No hay un solo sitio del espacio que esté más cerca de Dios que cualquier otro. Ningún hombre está, en cuanto a distancia se refiere, más cerca o más lejos de Dios que otro hombre.

Hay ciertas verdades que cree todo cristiano medio instruído en la doctrina. A nosotros toca examinarlas y meditar en ellas, hasta que empiecen a resplandecer en nosotros.

“En el principio Dios.” Aquí no hay materia, porque lo material requiere siempre una causa que lo preceda. Dios es esa causa. No se trata de ninguna ley, porque ley es simplemente el nombre que le damos al curso que sigue todo lo creado. Ese curso ha sido planeado, y fue Dios quien lo planeó. Tampoco se trata de ninguna mente, porque la mente es también una cosa creada, y debe tener un creador que la respalde. En el principio Dios, la Causa de las causas, el principio originador de la materia, de la ley y de la mente. Por ahí debemos comenzar.

Adán pecó, y presa del pánico, trató de hacer lo imposible: ocultarse de la presencia de Dios. David también pensó un tiempo poder escapar de la presencia de Dios, pero tuvo que escribir, “¿Adónde me iré de tu espíritu, y adónde huiré de tu presencia?” (Salmo 139:7). Y luego prosiguió, en uno de sus más preciosos salmos, alabando la divina inmanencia: “Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el abismo hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra.” Y él sabía que la existencia y la videncia de Dios eran una sola y misma cosa. Que Dios, que todo lo ve, había estado con él antes que naciera, y había observado el misterio del florecer de su vida. Salomón exclamó, “¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener, ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1 Reyes 8:27) Pablo les aseguró a los atenienses que “Dios no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:27, 28).

Si Dios está presente en todo punto del espacio, si no podemos ir a ningún lugar donde él no esté, si ni aun podemos concebir lugar alguno donde Dios no se encuentre, ¿por qué entonces dicha Presencia universal no es la más celebrada verdad del mundo? El patriarca Jacob, en la soledad del desierto, nos ha dado la respuesta a esta interrogación. El tuvo una visión de Dios, y asombrado por ella, exclamó, “Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía” (Genesis 28:16). Jacob no había estado nunca, ni siquiera una fracción de segundo, fuera del círculo de esa Presencia que todo lo penetra, pero no se había dado cuenta de ello. A eso se debieron sus inquietudes, y a eso se deben las nuestras. Las gentes no saben que Dios está aquí. íQué diferente sería todo si lo supiesen!

La Presencia de Dios, y la manifestación de esa Presencia no son la misma cosa. La una puede ocurrir sin la otra. Dios está presente aunque estemos completamente inconcientes de él; Dios se manifiesta únicamente cuando estamos concientes de su presencia. Por nuestra parte debemos rendirnos al Espíritu de Dios, porque su obra es hacernos manifiesta la presencia del Padre y del Hijo. Si cooperamos con él y le obedecemos amorosamente, Dios se nos manifestará, y esa manifestación hará la diferencia entre un cristiano meramente nominal, y otro cristiano lleno de la luz que emana del rostro del Padre.

Dios está presente en todas partes, y siempre trata de darse a conocer. No solo revela su existencia, sino que pone de manifiesto lo que él es. No fue necesario persuadirle que se revelara a Moisés. “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová” (Exodo 34:5). Dios no solo hizo una declaración verbal de su naturaleza, sino reveló su propio Ser a Moisés, de modo que el rostro de Moisés brilló por el fulgor de la presencia divina. Para algunos de nosotros será un gran momento cuando comencemos a creer que es cierto que Dios revela su presencia, y que él ha prometido mucho, pero no más de lo que intenta cumplir.

Si logramos éxito en nuestra búsqueda de Dios se deberá a que él siempre quiere revelarse. La revelación de Dios al hombre no es una simple visita de tierras lejanas por un breve momento al alma humana. El que así cree equivoca toda la verdad. La aproximación de Dios al alma, o la del alma a Dios, no es algo intermitente y espaciado. No hay en ellos ningún concepto de distancia física. No es problema de kilómetros, sino de experiencia.

Hablar de estar cerca o lejos de Dios es emplear un lenguaje comprensible para todos. Un hombre puede decir: “Conforme mi hijo se va haciendo más grande, lo siento más allegado a mí.” Esto no obstante el hecho de que ha tenido su hijo pegado a él desde que nació. ¿Qué es lo que quiere decir ese padre al expresarse así? Obviamente está hablando de experiencia. Quiere decir que su hijo lo está conociendo más íntimamente, que ahora hay más afinidad entre ambos. Las barreras que antes existían, debido a las grandes diferencias en el modo de pensar y de sentir, van desapareciendo. Padre e hijo están ahora mucho más unidos en mente y corazón.

Cuando, pues, cantamos “Cerca, más cerca, oh Dios, de tí” no estamos pensando en la proximidad de lugar, sino en la proximidad de relación. Lo que pedimos al cantar es una más clara conciencia de relación íntima, de alma con alma; queremos estar más concientes de la Divina Presencia. No hace falta gritar a través del espacio llamando a un Dios lejano. El está más cercano a nosotros que nuestra propia alma, más íntimamente ligado a nosotros que nuestros mismos pensamientos.

¿Por qué algunas personas hallan a Dios en una manera que otros no pueden? ¿Por qué Dios manifiesta su Presencia a algunos pocos, y deja inmensas multitudes en la media luz de una experiencia cristiana imperfecta? Por supuesto, Dios desea lo mismo para todos. El no tiene favoritos dentro de su familia. Lo que hace por una de sus criaturas, puede hacerlo por cualquier otra. La diferencia no la hace Dios, sino nosotros.

Escojamos al acaso una veintena de grandes santos cuyas vidas son conocidas de todos. Estos pueden ser personajes bíblicos o de la historia de la iglesia. Nos llamará la atención el hecho de que siendo todos ellos santos, no todos son iguales. En algunos casos la diferencia es tan notable que llama poderosamente la atención. Por ejemplo, cuán diferente fue Moisés de Isaías, Elías de David, Pablo de Juan, San Francisco de Asís de Martín Lutero, Tomás de Kempis de Carlos Finney. La diferencia entre ellos es tan grande como la vida humana: diferencia de raza, de nacionalidad, de cultura, de temperamento, de costumbres, de cualidades personales. Sin embargo todos ellos, día tras día, anduvieron en la elevada senda de la vida espiritual, por encima del camino común de los demás.

La diferencia entre ellos era puramente incidental, y nada significaba a los ojos de Dios. En alguna cualidad vital, ellos eran idénticos. ¿Cuál era esa?

Me aventuraría a decir que la cualidad vital que los unía era la receptividad espiritual. Había en ellos algo que siempre estaba abierto para el cielo; algo que los impelía hacia Dios. Sin intentar hacer ningún análisis de ellos, diré únicamente que tenían comprensión espiritual, y que la cultivaron de tal modo que llegó a ser lo más grande de sus vidas. La diferencia entre ellos y el resto de los mortales consistió en su deseo de vivir en comunión con Dios, e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para lograrlo. Durante toda su vida tuvieron el hábito de responder a lo espiritual. No desobedecieron la visión celestial. Como lo dice el salmista David, “Mi corazón ha dicho de tí, Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová.”

Como en todo lo bueno de la vida humana, detrás de esa actitud receptiva está Dios. La soberanía de Dios está allí, y la sienten aun aquellos que le dan mayor importancia teológica.

Importante como es el hecho de que Dios está trabajando con nosotros, quiero advertir que no pongamos demasiada atención en ello. Puede conducir a una estéril pasividad. Dios no nos exige que comprendamos los misterios de la elección, predestinación ni la divina soberanía. La mejor manera de encarar estas verdades es levantar los ojos al cielo y decir: “¡Oh, Señor, tú lo sabes!” Son cosas que pertenecen a la profunda y misteriosa omnisciencia de Dios. La investigación de estos misterios podrá formar teólogos, pero jamás santos.

La receptividad no es una cosa simple, es más bien una cosa compleja, una mezcla de varios elementos dentro del alma humana. Es una afinidad con, una propensión hacia, una respuesta simpática a, y un deseo de tener tal cosa. Por eso se puede tener más o menos de ella, dependiendo de la calidad del individuo. Puede aumentar con el uso y debilitarse con el desuso. No es una fuerza irresistible que se nos impone desde arriba. Mas bien es un don de Dios, pero uno que debe ser reconocido y cultivado, como cualquier otro don, si va a realizar el propósito para el cual ha sido dado.

El desconocimiento de este hecho es causa de graves fallas en el evangelismo moderno. La idea de cultivarlo y ejercitarlo, tan cara a los santos de antaño, ha desaparecido de los cristianos de hoy. Es demasiado lento, demasiado común. Ahora reclamamos brillo y acción dramática. La generación de cristianos que ha crecido entre botones eléctricos y computadoras se impacienta cuando se le pide que emplee métodos más lentos. La verdad es que hemos estado tratando de emplear métodos mecánicos en nuestras relaciones con Dios. Leemos apresuradamente la porción bíblica marcada en el cuaderno, y luego salimos corriendo a la reunión evangélica para escuchar a un aventurero religioso venido de lejanas tierras, pensando que eso aliviará nuestros problemas espirituales.

Los resultados trágicos de estas cosas los vemos en todas partes: en la vida superficial que viven muchas personas tituladas cristianas, en la filosofía hueca que sostienen y el elemento frívolo y burlesco que predomina en las reuniones evangélicas; en la exaltación del hombre y en la fe que se pone en los actos puramente externos; en los “compañerismos” religiosos y parecería con enemigos del evangelio, y en los medios comerciales que se emplean para hacer la obra de Dios. Todos estos son síntomas de una grave enfermedad, una enfermedad que afecta la misma alma del cristiano.

Ninguna persona es responsable directa de esta enfermedad. Mas bien, todos somos un poco culpables de ella. Todos hemos contribuído, directa o indirectamente, a este estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para hablar, o demasiado egoístas para no desear otra cosa que esa pobre dieta con la cual otros parecen quedar satisfechos. Para decirlo de otro modo, aceptamos las ideas de unos y otros, imitamos las vidas de otros, y aceptamos lo que ocurre a otros como el modelo para nosotros. Por toda una generación hemos estado descendiendo. Nos encontramos ahora en un sitio bajo y arenoso, donde solo crece un pasto pobre, y hemos hecho que la Palabra de Dios se ajuste a nuestra condición, y todavía decimos que este es el mejor alimento de los bienaventurados.

Se requiere firme determinación, y bastante esfuerzo, para zafarse de las garras de nuestro tiempo y volver a los tiempos bíblicos. Pero es posible hacerlo. Los cristianos del pasado tuvieron que hacerlo así. La historia relata algunos de esos regresos en gran escala, encabezados por hombres tales como San Francisco, Martín Lutero y Jorge Fox. Desgraciadamente, en estos días no parece vislumbrarse ningún varón de la talla de estos. Si vendrá o no vendrá un hombre de estos, es algo en que los cristianos no están bien de acuerdo, pero eso no importa.

No pretendo saber todo lo que Dios hará con este mundo, pero creo saber lo que hará con el hombre o la mujer que individualmente le busca, y puedo decirlo a otros. Dejad a cualquier hombre volverse a Dios, dejadle que se ejercite en la santidad; que trate de desarrollar sus facultades espirituales con fe y humildad, y ya veréis los resultados, mucho mayores que en los días de flaqueza y debilidad.

Cualquier cristiano que sinceramente se vuelve a Dios, rompiendo el molde en el cual ha estado encerrado, y recurre a la Biblia con el objeto de hallar en ella sus normas espirituales, será dichoso con sus hallazgos.

Digámoslo otra vez: la Presencia Universal es un hecho. Aquí está. No se trata de un Dios extraño y desconocido, ¡se trata de nuestro Padre! Padre nuestro y del Señor Jesucristo cuyo amor se ha manifestado siempre, a través de los siglos, a todos los pecadores. Y Dios siempre está tratando de llamar nuestra atención, de revelarse a nosotros y de establecer comunión con nosotros. Tenemos dentro de nosotros las facultades suficientes para comunicarnos con él. Basta que oigamos su voz. A esto llamamos la búsqueda de Dios. Y lo reconoceremos a él en un grado creciente, a medida que nuestras facultades se afinan y perfeccionan y nuestra receptividad mejora acuciada por la fe y el amor.

¡Oh Dios y Padre! Me arrepiento de mi excesiva preocupación por las cosas materiales. He estado demasiado enredado en las cosas del mundo. Tú has estado aquí, y yo no me he dado cuenta de ello. He estado ciego, y no te he visto. Abre mis ojos, para que pueda verte en mí y alrededor de mí. Por amor de Jesús, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 61–71). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Madurez en el sufrimiento

Marzo 4

Madurez en el sufrimiento

El Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. (1 Pedro 5:10)

Un llamado del cristiano a la gloria tiene que ir por la senda del sufrimiento. El versículo de hoy explica por qué. El sufrimiento es el método de Dios para que su pueblo madure espiritualmente. Lo complace cuando soportamos con paciencia la prueba que afrontamos en el camino. El sufrimiento es parte del plan de Dios a fin de preparar a su pueblo para la gloria.

El apóstol Pedro dijo esto respecto al valor del sufrimiento: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (1 P. 1:6-7). Dios permite el sufrimiento como una confirmación de nuestra fe. También produce paciencia, aunque la paciencia es una virtud que no necesitaremos en la eternidad; no habrá razón alguna para la impaciencia allí. Pero además de esos beneficios, el sufrimiento aumenta nuestra capacidad de alabar, honrar y glorificar a Dios, y eso es algo que usaremos por toda la eternidad.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

¿Soy Evangélico o soy Legalista?

¿Soy Evangélico o soy Legalista?

Los herbívoros comen hierbas; los carnívoros, carne; los Evangélicos comen evangelio y los Legalistas comen leyes o reglas religiosas. Hay, pues, una gran diferencia en la lucha espiritual contra el pecado entre el Evangélico y el Legalista. Dicho de otra manera, que uno y otro difieren en los principios espirituales de donde proceden.

El apóstol lo revela con meridiana claridad, nótese: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Ro. 8:13). La vida Cristiana es sustentada por el Espíritu de Gracia: “Si por el Espíritu hacéis”, no por una obediencia a las obras de la ley o normas religiosas. En cambio, la lucha contra el pecado del Legalista se sustenta en principios legales, tales como el aplauso y alabanza de los hombres. Obedecen por miedo al infierno, o por los impulsos de una conciencia no regenerada, o por el buen ejemplo de otros. Siendo así, no sería extraño que sean tan celosos por las tradiciones de su denominación, o por los dictados de sus líderes, sean estos modernos o pertenezcan al pasado.

¿Cómo diferenciar al Evangélico del Fariseo?

Tanto uno como el otro están sintonizados en esto: luchar con el pecado y hacer el bien. La diferencia se vería en lo que los energiza. A saber, en sus armas, su objeto, sus razones, y motivaciones.

Sus armas de lucha

El Evangélico lucha contra el pecado con las armas de la gracia, esto es, la Sangre de Cristo, la Palabra de Dios, las promesas del Pacto, y en el poder de la Cruz. Oigámoslo: “Jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal. 6:14). En cambio, el Legalista parece sacar fuerzas de normas y amenazas de la Ley. En eso él piensa que vivirá mejor haciendo esto o aquello, o que fortalece su esperanza haciendo así. Le parece que su obediencia le libraría del infierno al cumplir ciertos requisitos. En breve: Sus armas surgen de su propio poder, votos o resoluciones, y eso le hace sentir seguro. La seguridad del Legalista nace en su mente al leer o recordar ciertos versículos, no de la confianza en la obra de la Cruz.

Su objeto

Es cierto que el Fariseo lucha contra su pecado, y le molesta el pecado ajeno, pero su lucha es contra los pecados de su conducta. En cambio, el verdadero Creyente lucha contra los impulsos carnales de su corazón. Uno cuida su imagen; el otro su corazón. El Creyente no ve tanto si su pecado es grande o pequeño, sino que son contra su Rey y Salvador, a quien ama fielmente. Enfoquemos este caso: “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24). Pablo no miraba su conducta, sino las corrupciones dentro de su pecho. Ya no más Fariseo, sino Cristiano. No sería la obediencia a las normas de la ley que le librarían del cuerpo de pecado, sino que el Capitán de nuestra Salvación, Cristo Jesús, es el Único que podía librarle. El Fariseo se esforzaría aún más para librarse, como si la letra de la ley tuviese algún poder liberador.

Las razones del combate.

El Evangélico o Creyente, a quien la Gracia le enseña a renunciar a la impiedad y deseos mundanos, lucha contra el pecado porque deshonra a Dios, se opone a Cristo, contrista el Espíritu Santo, y le separa de Su Salvador. En cambio el Fariseo o Legalista lucha contra el pecado porque le roba su paz, atribula su conciencia y afecta su reputación religiosa. Mientras la gloria del Creyente es la Cruz, el Fariseo se gloría en su obediencia, o lo que él llama pureza de vida; nótese: “El Fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Luc. 18:1). Su vida es obedecer la Ley. No así el Creyente, ya que su vida es Cristo.

Sus motivaciones

El Creyente o Evangélico no sirve al pecado, porque está vivo para Dios y muerto al pecado: “Nuestro viejo hombre fue crucificado con El, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido” (Ro. 6:6). En cambio, el Fariseo o Legalista renuncia al pecado, no porque esté espiritualmente vivo, sino para poder vivir por su obediencia a la ley. El Evangélico mortifica al pecado porque Dios lo ama, pero el Legalista abandona al pecado para queDios lo ame, para ganar aprobación divina. Enfoquemos de nuevo al Fariseo: “El Fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”, esto es, que obedecía para que Dios le amara. Su obediencia a la Ley es el fundamento de su gloria, confort y esperanza. Su íntimo pensamiento fue que Dios le aprobara su conducta.

Otra diferencia entre el Evangélico y el Legalista es cómo atacan contra el pecado. enfoquemos este verso: “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”   (Gal. 5:24). El Creyente empieza a luchar contra el pecado en el mismo lugar donde el Espíritu le indica, “en las pasiones y deseos del corazón”. En cambio el Legalista inicia tal obra cuando se asoma o puede salir en su conducta externa. Este signo no solo es como individuo, sino también de manera colectiva. Nuestro Salvador lo reveló así: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí” (Mt. 15:28). Como congregación adoraban a Dios correctamente en lo que se veía o en lo externo, pero no de corazón. Eran Legalistas: la norma que motorizaba su adoración era sustentada en principios legales, tales como el aplauso y alabanza de los hombres. Así fue Pablo antes de su conversión.

En conclusión

El poder de Cristo para renunciar al mal y hacer el bien no viene por una mera obediencia a las normas bíblicas, o Ley, como pretendería un Fariseo o Legalista, sino por medio de la fe o confianza en las promesas del Nuevo Pacto, como hacen todos los Creyentes o Evangélicos: “Por la fe… siendo débiles, fueron hechos fuertes”  (He. 11:34). ¡Dios nos ayude! Amén.

Buscando la verdadera vida (2)

Sábado 2 Marzo

(Jesús dijo:) De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 5:24

Buscando la verdadera vida (2)

«En el transcurso del viaje le expliqué al cristiano, que tan gentilmente me llevó en su vehículo, que yo conocía un poco la Biblia pero que mis preguntas seguían sin respuesta. Entonces me citó algunos versículos de la Biblia, me habló del problema del pecado y me mostró claramente lo que me impedía encontrar el camino de la vida eterna: Entre tú y Dios hay un muro, es todo el mal que has hecho. Lo que Dios te pide es que te arrepientas.

Entonces comencé a confesar mis pecados a Dios. Eso duró aproximadamente una semana. Mientras tanto oí hablar de condenación, y eso me angustió mucho debido a todo el mal que había hecho… ¡No sería perdonado! Poco después volví a ver al cristiano que me había anunciado las buenas nuevas de salvación. Me dijo: Jesucristo fue crucificado por nuestros pecados, mas resucitó, y todo aquel que cree en él es perdonado y recibe gratuitamente la vida eterna… ¡De gozo no podía creerlo!

Al día siguiente, después de leer un pasaje de las Escrituras, oré y entregué mi vida al Señor. Por la fe me refugié en sus promesas divinas, especialmente en esta: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47). En ese momento nací de nuevo (cap. 3:7), es decir, comencé una nueva vida con el Señor Jesús en mi corazón. Sé que Dios es mi Padre y que nada me puede separar de él. Pasaré la eternidad con él, en una felicidad perfecta, en compañía de todos los que han puesto su confianza en Jesús, nuestro único Salvador».

Según P. Danis

2 Samuel 22:1-30 – Hechos 10:25-48 – Salmo 28:6-9 – Proverbios 10:26

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