LA FASCINACIÓN CON EL DINERO

27 abr 2016

LA FASCINACIÓN CON EL DINERO

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por el Hermano Pablo

a1

—¡Feliz cumpleaños, querida! —dijo el esposo.

—Muchas gracias, amor —respondió la esposa.

El regalo era un auto Ferrari Testarrosa, que vale una fortuna. Y eso no era todo. Dentro de la guantera había un diamante de un valor fabuloso. La fiesta se hacía en un hotel de increíble lujo, en la ciudad de Melbourne, Australia, con ciento diez invitados, todos amigos de la pareja.

El Ferrari Testarrosa se sumó a otros dos Ferrari, cinco Mercedes Benz, tres Rolls-Royce, un Jaguar, un Aston Martin y un Porsche. Danilo Ortiz, de cuarenta y cinco años de edad, y su esposa Sara, de cuarenta y tres, parecían nadar en dinero.

Sin embargo, había un problema. Ese dinero provenía de transferencias ilegales que Danilo había hecho durante diez años en una compañía de metales preciosos donde era empleado. El total del desfalco era siete millones, novecientos mil dólares.

Esa pareja se enriqueció demasiado rápido. Hacían grandes obras de caridad. Poseían muchas casas lujosas. Viajaban por todo el mundo. Sara compró, en un solo año, cuatrocientos mil dólares en joyas y adornos. Pero todo era falso.

Habían hallado la manera de derivar dinero de la empresa a sus propias cuentas, y de ahí el enriquecimiento súbito que tenía asombrados a todos. «Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males» (1 Timoteo 6:10).

La sociedad presente vive fascinada con el dinero. Como que hay una atracción seductora hacia las cosas materiales. Por dinero las mujeres venden su honra. Por dinero los hombres hacen caso omiso de su conciencia. Por dinero se fraguan grandes delitos, e incluso, por dinero gobernantes, servidores públicos y aun clérigos entierran sus convicciones. La utilidad momentánea vale más que el honor, y la conveniencia más que la integridad.

Hubo días en que estrecharse la mano sellaba el negocio más complejo. Hoy hay que firmar contratos complicados hasta para comprar un perro.

«Más vale lo poco de un justo que lo mucho de innumerables malvados», dice la Biblia (Salmo 37:16).

¿Dónde está el antídoto contra ese veneno de las almas? En Jesucristo. Él perdona el pecado de ambición, pone en nuestro corazón los verdaderos valores de la vida, despierta nuestro anhelo por las cosas del espíritu, nos sana de fiebres enfermizas y nos da el verdadero sentido de la vida. Cristo es el antídoto contra ese veneno.

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14. EL RESENTIMIENTO

ESTUDIO BÍBLICO GIGANTES AL ACECHO

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14. EL RESENTIMIENTO

David Logacho
2016-04-26

a1Es un gozo saludarle amable oyente. Reciba una cordial bienvenida al estudio bíblico de hoy. La Palabra de Dios dice en Génesis 6 que cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, había gigantes en la tierra en aquellos días. Seguramente fue de estos gigantes que descendieron los gigantes que mucho tiempo después se encontraron con los doce espías de Israel quienes fueron enviados por Moisés en una misión secreta de reconocimiento de la tierra prometida. Estos gigantes infundieron tanto temor en los israelitas que la mayoría de ellos desistieron de su anhelo de conquistar esa tierra que fluye leche y miel. Qué triste. Estos Israelitas se dejaron dominar por los gigantes y de esa manera no recibieron las grandiosas promesas que Dios les había hecho. Nosotros también amable oyente, podemos dejar de recibir grandiosas promesas de Dios por el solo hecho de dejarnos dominar de algunos gigantes. Los gigantes que amenazan con dominarnos y nos infunden tanto temor no son de carne y hueso como los gigantes del pasado sino que son más bien hábitos o actitudes contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar. Ya hemos visto que estos poderosos gigantes pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad, los malos entendidos y la enfermedad. En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar acerca de otro de estos poderosos gigantes.

Los gigantes acerca de los cuales se habla en las Escrituras eran gigantes literales, eran hombres reales. Los gigantes de quienes estamos hablando nosotros son de diferente clase, pero son igualmente reales, igualmente peligrosos, igualmente amenazadores, igualmente poderosos. Nuestros gigantes son aquellas cosas que nos estorban o impiden conseguir lo mejor, nos impiden ser lo que debemos ser, o lo que queremos ser o lo que Dios quiere que seamos. A menudo somos estorbados, arrinconados, asustados, pisoteados o derrotados por estos gigantes. O aprendemos a conquistarlos o terminarán conquistándonos y alejando de nosotros todas las cosas buenas que Dios tiene para nosotros. Los gigantes que enfrentamos no son inofensivos. Nos atacan sin importar lo que seamos o donde estemos. Si no nos mantenemos alerta, nos privarán del mismo gozo del Señor, el cual es nuestra fortaleza, conforme a lo que dice Nehemías 8:10 donde leemos: porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.

Estos gigantes pueden dejarnos maltrechos, gimiendo y con nuestra vida marchita e inútil. Uno de estos gigantes al acecho se llama resentimiento. El resentimiento es el enojo guardado en nuestro corazón ante una persona, cosa o circunstancia que nos causó algún tipo de malestar. Un joven puede vivir resentido contra sus padres porque cuando era niño sus padres no le prodigaron amor. Una esposa puede vivir resentida contra su esposo porque en algún momento éste le agredió física y verbalmente. Cuando el resentimiento no es confrontado franca y honestamente y erradicado de nuestra vida, corre el riesgo de transformarse en rencor que en esencia es resentimiento arraigado y tenaz. El rencor es condenado en la Palabra de Dios. Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.

Interesante que el resentimiento y el ulterior rencor son un atentado contra el amor. Por eso Pablo al hablar del perfecto amor dice en 1 Corintios 13:5 que el amor no guarda rencor. Cuando nos rendimos ante el gigante del resentimiento nos afligirá sin misericordia. Sufriremos espiritualmente, porque el resentimiento es un obstáculo en nuestra comunión con Dios. Sufriremos emocionalmente, porque el resentimiento es como vivir con una herida abierta que va infectándose más y más a medida que avanza el tiempo. Sufriremos físicamente, porque el resentimiento es el origen de muchas enfermedades. Según los médicos, una de las causas para las úlceras gastrointestinales es justamente el resentimiento. Así que, amable oyente, es altamente peligroso dejarnos dominar por el gigante llamado resentimiento. Lo prudente es conquistar este poderoso gigante. Si tiene a Cristo en su corazón, está en capacidad de derrotar a este gigante en su vida. Existe un arma mortal que el gigante del resentimiento no puede resistir. Esa arma se llama perdón. Al escuchar esta palabra, a lo mejor se pondrá a la defensiva y dirá: La verdad es que no puedo perdonar a esa persona. Lo que esta persona me hizo es imperdonable. Si supiera lo que me hizo esta persona. Por supuesto que yo no sé lo que alguien le ha hecho amable oyente, pero ¿Quiere saber algo? Cualquier cosa que le hayan hecho es nada en comparación con lo que usted y yo hemos hecho en contra de Dios. Lo que nosotros pecadores hicimos a Dios fue tan grave, que costó la vida de su amado Hijo. Pero lo grandioso es que Dios nos perdonó. Efesios 4:30-32 dice: Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.

Eph 4:31 Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.

Eph 4:32 Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.

A pesar de que nuestra ofensa a Dios fue tan grave, Él nos perdonó en Cristo. Por tanto, dice Pablo, así mismo perdone a todo aquel que le ofende, sin importar la magnitud de la ofensa. El perdón, amable oyente, es el mejor favor que nosotros podemos hacernos a nosotros mismos. El gigante del resentimiento nos aconseja vivir resentidos como una arma para atacar al que nos ofendió. Nuestro resentimiento hacia esa persona será el permanente recordatorio que fuimos agredidos por esa persona. Llegamos a pensar que la persona que nos ofendió estará sufriendo lo indecible por cuanto nosotros estamos resentidos. Pero es todo lo contrario amable oyente. Cuando estamos resentidos nosotros llevamos la peor parte. Ya hemos señalado que el resentimiento es un lujo que no debemos permitirnos porque el precio que tenemos que pagar no se puede cuantificar en lo espiritual, en lo emocional y en lo físico. Si queremos dejar de estar resentidos, debemos perdonar. No estamos diciendo que sea fácil perdonar. El mismo Señor Jesucristo dijo que no sería fácil. Mateo 16:24 dice: Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

Sin importar como definamos la cruz en este versículo, no podemos reducirla a algo fácil o simple. Es algo muy difícil, arduo y penoso. Dios quiere que perdonemos a otros igual como Él nos ha perdonado a nosotros. Además amigo oyente, el perdón no es una opción que tenemos los creyentes. Ninguno de los que somos hijos de Dios podemos decir: Si quiero perdono y si no quiero no perdono. El perdón es en realidad un mandato del Señor. Marcos 11:25-26 dice: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.

Mar 11:26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.

El guardar resentimientos, o lo que es lo mismo, el no perdonar es lo mismo que andar en desobediencia a la Palabra de Dios, algo condenado por Dios. De modo que, amable oyente, detrás del entre comillas “no puedo perdonar” en realidad lo que se esconde es un “no quiero perdonar” y el que mantiene esta actitud está en franca y abierta rebeldía contra Dios. Otra cosa que debemos tomar muy en cuenta a la hora de perdonar es que el perdón no necesariamente implica olvidar la ofensa recibida. El perdón es en realidad un compromiso que nos hacemos delante de Dios por el cual nos obligamos a nosotros mismos a nunca jamás tratar al ofensor de la misma manera como el ofensor nos trató a nosotros. Si no tenemos este concepto de perdón, siempre nos encontraremos hurgando en las ofensas del pasado para echar más leña al fuego del conflicto. Una esposa que no tiene esta manera de pensar, encontrará que siempre que discute con su esposo saca a colación problemas que se supone ya fueron arreglados y perdonados. Terminando ya, amable oyente, recuerde que es muy peligroso dejar que nos domine el gigante del resentimiento. Para evitarlo tenemos que echar mano del arma llamada perdón. No es fácil perdonar, pero cuando nos decidimos hacerlo ganaremos un cúmulo de beneficios.

CERO VISIBILIDAD

26 abr 2016

CERO VISIBILIDAD

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por Carlos Rey

a1La autopista que une a São Pablo con el puerto de Santos estaba repleta de automóviles. Eran las siete y veinte de la mañana de un día de trabajo. Había niebla, y la niebla comenzó a mezclarse con el humo de las refinerías y las fábricas. La visibilidad cayó de pronto a cero, lo que obligó al chofer de un autobús a frenar en seco.

Esa maniobra desencadenó una serie de choques entre ciento cuarenta vehículos. Un auto con varios pasajeros quedó prensado entre dos camiones enormes. Todos sus ocupantes murieron. Varios vehículos saltaron la baranda que divide las pistas y chocaron con autos que venían en sentido contrario, y treinta choques más se produjeron.

En cuestión de menos de un minuto, había en la autopista un caos de vehículos chocados, hierros retorcidos y cristales rotos, y un saldo de catorce muertos y ciento diez heridos. ¿La causa general del desastre? Cero visibilidad.

¿Cómo es posible evitar un accidente cuando se conduce a toda velocidad y de pronto no se ve nada por delante? Lo mismo ocurre cuando un avión lleno de pasajeros se acerca de noche a una pista de aterrizaje y de pronto se apagan todas las luces; o cuando un barco navega a toda máquina en medio de la niebla, entre arrecifes, y de pronto se apaga la luz del faro; o cuando un tren expreso entra en una estación atestada de tránsito ferroviario y de pronto ninguna señal roja o verde se enciende.

Así anda nuestra vida cuando la conducimos sin una verdadera luz espiritual. Según el libro de Eclesiastés, con semejante falta de visibilidad somos como los necios, que andan a oscuras, y no como los sabios, que tienen los ojos bien puestos.1 Pero peor aún es que con tal ceguera espiritual somos como los malvados, pues según el sabio Salomón: «El camino de los malvados es como la más densa oscuridad; ¡ni siquiera saben con qué tropiezan!»2 Porque vivir sin fe, vivir sin conocimiento de la Palabra de Dios, vivir sin la seguridad de la salvación, es vivir en tinieblas y andar en camino oscuro al borde de la perdición eterna.

Pero podemos remediar esa situación si reconocemos que Jesucristo es la luz del mundo. Todo el que lo sigue sincera y fielmente no anda en la oscuridad porque no vive en tinieblas.3La luz divina de Cristo le proporciona la iluminación necesaria para evitar ciertos errores mortales y equivocaciones suicidas que le pudieran hacer perder el alma eternamente. Jesús dijo: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?»4 Ya que Cristo, y solamente Él, es la luz del mundo, aceptémoslo como Señor, Salvador, Maestro y Guía para que tengamos a quien nos conduzca por los caminos de este mundo, que de un momento a otro pueden tener cero visibilidad.

1 – Ec 2:14

2 – Pr 4:19

3 – Jn 8:12

4 – Lc 6:39

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LA GENEROSIDAD Y LA GRATITUD

25 abr 2016

LA GENEROSIDAD Y LA GRATITUD

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por el Hermano Pablo

a1Nació y se crió en la pobreza. Sus padres eran trabajadores esforzados, y le inculcaron virtudes como gratitud, respeto, cortesía y honor. También le legaron conceptos de vida como generosidad e integridad, y esmero en el estudio y en el trabajo. Vivió todos sus días en su país natal de Suecia, y murió a los ochenta y cinco años de edad.

¿Quién era esta persona? Era Holger Nisson, que a una temprana edad puso en práctica los valores heredados de sus padres.

Consiguió trabajo en una cervecería y, debido a su integridad y su dedicación, con el paso de los años llegó a ser socio de la empresa y posteriormente dueño absoluto. Fue frugal, ahorrativo y ordenado. Al morir, dejó una respetable fortuna de tres millones de dólares.

¿Cómo distribuyó Holger Nisson su fortuna? La dejó toda a los trescientos habitantes de su pequeña aldea, Kracklinge. Cada habitante, entre los dieciocho y sesenta y cinco años de edad, recibió diez mil dólares. «Dios dejó una herencia para todos —expresó Nisson en su testamento—. Yo también deseo dejar la mía para todos.»

Entre todas las virtudes que el ser humano puede tener, las que más satisfacción producen son la generosidad y la gratitud. La persona que es agradecida sabe recrearse con el sol de la mañana, sabe apreciar los favores del día y sabe disfrutar del descanso en la noche. Tal persona vive en armonía con todos.

Y la persona que agradece cada favor que se le hace es también una persona que sabe dar. Ya sea que tenga mucho o poco, el dar es, para ella, su mayor satisfacción. Esta es la persona que le ha encontrado el verdadero sentido a la vida.

Quizá sea así porque fue Dios quien le enseñó al hombre estas virtudes. El pasaje de la Biblia que más se cita trata sobre este gran don de Dios: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16).

A todos nos conviene adoptar como práctica diaria estas dos grandes virtudes: el dar y el agradecer. Son virtudes que vienen de Dios. Fue Él quien nos enseñó a dar, entregando en sacrificio vivo a su propio Hijo. A nosotros nos toca, ahora, corresponder dándole nuestra vida.

Comencemos hoy mismo a expresar nuestra gratitud. En profundo agradecimiento digamos: «Gracias, Señor, por darnos tu Hijo. Te entrego todo mi corazón, toda mi voluntad y todo mi ser.»

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13. LAS ENFERMEDADES

13. LAS ENFERMEDADES

David Logacho
2016-04-24

a1Reciba cordiales saludos amable oyente. Es motivo de gran gozo para mí contar con su sintonía. Bienvenida o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Gracias por sus oraciones a favor de La Biblia Dice… Gracias por animarnos mediante sus cartas o sus correos electrónicos. Nuestro profundo reconocimiento a aquellos que nos apoyan económicamente. Que el Señor les recompense conforme a sus riquezas en gloria. Este estudio bíblico es parte de la serie que lleva por título: Gigantes al Acecho. Cuando hablo de gigantes no me estoy refiriendo a seres humanos superdotados físicamente. Los gigantes de quienes hablo son hábitos o actitudes contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar diariamente. Ya hemos hablado de algunos de estos gigantes, como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad y los malos entendidos. Todos estos gigantes son muy poderosos y si se lo permitimos, son capaces de someternos bajo sus pies y causarnos gran aflicción. En el estudio bíblico de hoy vamos a tratar sobre otro gigante igualmente poderoso.

Sin temor a equivocaciones, puedo afirmar que el gigante que más nos ha atacado a todos y cada uno de nosotros es el gigante llamado enfermedad. ¿Ha estado alguna vez enfermo? Con toda seguridad su respuesta será afirmativa. Si su respuesta es negativa, seguramente está enfermo de amnesia. Si no tenemos una perspectiva correcta sobre la enfermedad, se tornará en un poderoso gigante que está listo a caer sobre nosotros para destruirnos. Si damos un vistazo a la Biblia para ver que hay detrás de la enfermedad, encontraremos que la enfermedad puede tener al menos tres diferentes orígenes. Primero, puede ser que se trate de alguna consecuencia de algún pecado. Enfermedades como el Sida, cuando resulta del uso del sexo fuera de los parámetros establecidos por Dios, es un buen ejemplo de una enfermedad que es consecuencia del pecado. Obviamente, no siempre el Sida es consecuencia de pecado. Piense por ejemplo en una persona que se contagia de Sida como resultado de una transfusión sanguínea con sangre contaminada con el virus. Pero la Biblia nos advierte muy abierta y francamente sobre la ley de la siembra y la cosecha. Gálatas 6:7-8 dice: No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.

Gal 6:8 Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.

Si el hombre siembra el bien, cosechará el bien, pero si el hombre siembra el mal cosechará el mal. En ocasiones la enfermedad es la cosecha de una siembra de desobediencia a la palabra de Dios. La enfermedad en este caso es vista también como una disciplina por parte de Dios. Algunos creyentes corintios fueron desobedientes a la Palabra de Dios y aún así participaban en la Cena del Señor como si todo estuviera bien en su vida. Por esta falta de integridad moral Dios los disciplinó y note como lo hizo. 1 Corintios 11: 26-30 dice: Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

1Co 11:27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

1Co 11:28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

1Co 11:29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

1Co 11:30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

La disciplina de Dios para estos creyentes corintios fue enfermedad, debilidad y aún la muerte. Si duda del hecho que Dios puede disciplinar con enfermedad a sus hijos descarriados solamente estudie la vida de David a raíz que cometió el pecado de adulterio con Betsabé, para que compruebe como Dios puso su mano sobre el cuerpo de David al punto que David exclamó lo que tenemos en Salmo 32:3-4. La Biblia dice: Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.

Psa 32:4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano. Selah

El segundo origen de la enfermedad, puede ser una prueba para purificar nuestra fe. A veces Dios usa la enfermedad como el fuego que calienta el crisol donde se coloca nuestra fe. El mejor ejemplo de esto lo tenemos en Job del Antiguo Testamento. Según Job 1:1, Job era perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Sin embargo de ello, fue probado como quizá ningún ser humano ha sido jamás probado. Parte de su prueba fue justamente la enfermedad. Al salir airoso de la prueba, Job dijo lo que está registrado en su libro capítulo 42 versículo 5 De oídas te había oído;
Mas ahora mis ojos te ven.

Antes de la prueba, Job conocía a Dios pero su conocimiento de él era limitado, como de oídas, pero después de la prueba, el conocimiento de Dios por parte de Job era mucho más profundo, como si lo viera con sus propios ojos. ¿Qué es lo que hizo cambiar la perspectiva que Job tenía sobre Dios? Pues la prueba, entre lo cual también estuvo la enfermedad. El tercer origen de la enfermedad es simplemente una oportunidad para manifestar el poder de Dios en sanidad. Una vez Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos entonces le preguntaron: ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? La respuesta de Jesús fue: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, luego le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé. El ciego fue y se lavó y regresó viendo. La ceguera que es una enfermedad no fue consecuencia de pecado, tampoco fue una prueba, simplemente fue una oportunidad para que Dios manifieste su poder en sanidad. Si no miramos a la enfermedad como hemos mencionado, corremos el riesgo de que la enfermedad se torne en un poderosos gigante que no solamente afligirá nuestro cuerpo sino también nuestra alma y nuestro espíritu. El gigante de la enfermedad nos aconsejará que Dios nos ha abandonado. Que Dios es injusto con nosotros. Que tenemos el derecho de vivir sanos pero que Dios nos está negando ese derecho. Que Dios no tiene poder para detener la enfermedad o aún pensaremos que a lo mejor tenemos algún pecado oculto que ni siquiera nosotros mismos sabemos y que por eso Dios nos está disciplinando. Si hacemos caso a los consejos del gigante llamado enfermedad llegaremos a vivir amargados, desanimados, confundidos, desesperados, faltos de fe y apesadumbrados. El gigante de la enfermedad quiere justamente vernos en esas lamentables condiciones. Pero no es necesario dejarnos dominar por el gigante de la enfermedad. Para conquistarlo sugiero lo siguiente: Primero, agradezca a Dios por la enfermedad, sin importar el origen de la misma. 1 Tesalonicenses 5:18 dice: Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.

Una actitud de agradecimiento a Dios, a pesar del dolor causado por la enfermedad, abrirá el camino para entender el propósito de Dios para la enfermedad. Segundo, en oración ferviente al Señor y en dependencia plena del Espíritu Santo, haga una evaluación de su propia vida. ¿Existe algún pecado que no lo ha confesado al Señor? Si es así confiéselo inmediatamente y apártese de ese pecado, porque es posible que la enfermedad tenga que ver con aquel pecado. Si luego de una investigación exhaustiva de su propia vida, no hay ningún pecado oculto, debería pensar que a lo mejor su enfermedad es una prueba de parte de Dios para ayudarle a madurar espiritualmente. En oración y en humildad pida a Dios sabiduría para comprender qué es lo que Dios quiere enseñarle a través de esta prueba. No busque desesperadamente la salida de la prueba, porque echará a perder la lección que Dios quiere enseñarle. Con paciencia espere hasta que el Señor mismo le muestre la puerta de salida. También es posible que su enfermedad sea una oportunidad para que Dios muestre su poder sanándole milagrosamente. Pida a Dios por sanidad, pero no sea impaciente o impertinente demandando de Dios sanidad inmediata. Si la voluntad de Dios es sanarle, él lo hará en su tiempo mas no cuando usted quiera. Tercero, no descuide consultar a los médicos. La ciencia médica y los médicos pueden ser canales a través de los cuales Dios puede obrar sanidad. Dios es soberano amable oyente. Él puede sanar con médico o sin médico, pero no debe adoptar una posición de pseudo espiritualismo afirmando que la medicina y los médicos no son necesarios para aquel que tiene su confianza puesta en Dios. Pablo dijo a Timoteo que tomara un poco de vino por causa de su estómago. En esa época se usaba el vino como una medicina, además de una bebida por supuesto. Con eso Pablo estaba diciendo a Timoteo: No descuides tu medicina si quieres sanarte. El gigante de la enfermedad no tendrá poder en alguien que afronta la enfermedad de esta manera.

12. LOS MALOS ENTENDIDOS

12. LOS MALOS ENTENDIDOS

David Logacho
2016-04-23

a1Saludos cordiales amable oyente. Gracias por su sintonía. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada: Gigantes al Acecho. Al hablar de gigantes, me refiero a aquellas cosas contra las cuales todos nosotros tenemos que luchar en nuestro diario vivir. Cosas como el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos, la soledad, y eso sólo para mencionar algunos. Gracias a Dios, los creyentes hemos recibido el poder para conquistar estos gigantes, pero a pesar de ello, muchas veces permitimos que algunos de estos gigantes nos tengan dominados y de esa manera nos arrastramos por la vida a pesar de que pudiéramos volar. En esta oportunidad vamos a tratar acerca de otro gigante, igualmente peligroso. Se llama los malos entendidos.

Un dicho popular afirma que ningún comedido sale con la bendición de Dios. ¿Se ha puesto a pensar en el fundamento de este dicho? Una de las posibles razones es porque no siempre nuestras buenas acciones o buenas palabras son bien interpretadas o bien comprendidas por los demás. Se produce lo que llamamos un malentendido. Una de las más brillantes ilustraciones de lo que es un malentendido lo leí en el libro Tres Pasos Adelante, Dos para Atrás de Charles Swindoll. Este autor cuenta que el jefe de un bufete jurídico acostumbraba en el día de Acción de Gracias, entregar a sus empleados un pavo listo para llevarlo a la casa y prepararlo para la cena de acción de gracias. Uno de sus empleados era un joven abogado, soltero. Como vivía solo, no podía en absoluto aprovechar un pavo tan grande, sin mencionar siquiera que no tenía la menor idea de cómo preparar adecuadamente un pavo. Pero por no desairar a su jefe, año tras año recibía su pavo aunque no sabía que hacer con él. Cierto año, los compañeros de trabajo de este joven abogado, sabiendo que el pavo no significaba nada para él, decidieron jugarle una broma. Sustituyeron el pavo que iba recibir por un paquete de piedras, muy bien envueltas para que parezca un pavo de verdad y para que no sospeche nada, le pusieron un cuello un una cola de un verdadero pavo. Llegó el día de acción de gracias. El joven abogado recibió lo que él creía que era un pavo de verdad y luego de agradecer a su jefe por su regalo se marchó a su casa. Tomó un autobús y se sentó pensando que hacer esta vez con ese pavo tan grande y pesado. De pronto se subió al autobús un hombre que tenía una apariencia bastante cansada.

El único puesto libre que encontró este pobre hombre de mirada perdida fue justo a lado de nuestro joven abogado. Se sentó y los dos empezaron a hablar de la vida. El abogado supo entonces que aquel hombre de figura maltrecha había estado todo el día buscando empleo y no había logrado nada, que tenía una familia muy grande y que se estaba preguntando qué llevaría a su casa por el día de acción de gracias. Fue allí, en ese preciso instante cuando al joven abogado se le ocurrió una magnífica idea. Por fin llegó la hora de hacer una obra de caridad, se dijo: Le regalaré mi pavo a este desdichado. Luego le vino otro pensamiento. Este pobre hombre se puede ofender si le regalo un pavo, será mejor si le ofrezco vender en lo que tenga. Así que preguntó al hombre: ¿Cuánto me daría por este pavo? El pobre hombre dijo: Lo único que tengo es un par de dólares y unos pocos centavos. Vendido, exclamó el abogado. El hombre sacó los dos dólares y las monedas que tenía y con sonrisa en los labios recibió a cambio ese enorme envoltorio que se suponía era un pavo. Se despidió del abogado y se bajó del autobús, no sin antes oír las palabras del abogado: Que Dios lo bendiga. Que se divierta mucho el día de acción de gracias. ¿Puede imaginar lo que sucedió cuando este hombre llegó a su hogar? Quizá entró gritando: Me encontré un hombre que prácticamente me regaló un enorme pavo. La dicha se habrá transformado en tristeza y rabia cuando al quitar la envoltura se encontró con piedras en lugar de pavo.

El lunes siguiente, el abogado regresó a su trabajo. Sus amigos se morían de la curiosidad por saber lo que había ocurrido con el supuesto pavo. Cuando el abogado contó la historia, todos sus amigos quería morirse. Sin quererlo, por bien hacer, el abogado vendió una cuantas piedras envueltas como un pavo por un par de dólares con unos pocos centavos y sus amigos fueron sus cómplices. Esto es un malentendido. Una acción bien intencionada que sin embargo sale mal y causa dolor a alguien. Todos hemos pasado por situaciones parecidas, quizá no tan espectaculares como las del relato, pero ¿Cuándo fue la última vez que usted dijo algo o hizo algo con la mejor de las intenciones y sin embargo todo salió tan mal que se arrepintió de haberlo dicho o haberlo hecho? A lo mejor no fue hace mucho tiempo, porque los malos entendidos suelen ocurrir con bastante frecuencia. Cuando uno es víctima de un malentendido queda malherido, porque inmediatamente uno es criticado o difamado o investigado, o como decimos familiarmente, uno se mete en un lío gordo. A nadie le gusta pasar por esta situación y justamente de esto es de lo que se aprovecha el gigante de los malos entendidos para acorralarnos y dominarnos. Este gigante nos gritará en la cara: ¿Ya ves lo que pasó? ¿Viste que por hacer bien saliste mal parado? No seas necio, la próxima vez no hagas nada aunque estés en condiciones de hacerlo, para que no pases vergüenza una vez más. Dominados por este gigante, nos volvemos apáticos a las necesidades espirituales, emocionales y físicas de los demás. Decidiremos que lo mejor será vivir nuestra vida sin pensar siquiera en los demás. Vive tu vive y deja que otros vivan la suya. Si llegamos a este estado de cosas, el gigante de los malos entendidos habrá logrado una resonante victoria. Y cuántos han llegado a esta lamentable condición.

Me refiero a personas que alguna vez hicieron algo para ayudar a alguien pero fueron malentendidos y hoy no mueven ni un dedo para ayudar a nadie. La clave está entonces en cómo conquistar a este poderoso gigante. Para ello, primero reconozca que usted no es el único que ha sido víctima de un malentendido. No piense que hay algo raro en usted que hace que los demás no entiendan correctamente sus palabras o sus actos. No hay tal, todos nosotros somos víctimas del malentendido. Es un mal universal. Una cosa es lo que pensamos, otra la que sale de nuestros labios, otra la que llega a los oídos de nuestro interlocutor y otra la que llega a la mente de nuestro interlocutor. Es la falencia de la comunicación y la fuente de todos los malos entendidos. La única forma de evitar malos entendidos sería dejando de hablar con todos.

Pero trate de pasar una sola hora con otros sin decir una palabra. Verá que es imposible. Entonces es perfectamente posible que usted y yo y cualquier otra persona seamos mal entendidos. Los malos entendidos son como algunas bacterias en nuestro organismo. Tenemos que vivir con ellas. Segundo, entregue la situación a Dios. Diga al Señor en oración: Dios, aquí estoy otra vez. He sido mal entendido. Me siento herido. Tengo la razón pero nunca me lo creerían. Encárgate tú de poner en claro mi buena intención en todo este asunto. Esta, amable oyente es la única salida sensata antes los malos entendidos. No trate de aclarar por usted mismo que sus intenciones fueron buenas. Los hombres sólo vemos las acciones. No podemos ver las intenciones. Si usted entra al tortuoso camino de aclarar esto y aquello para que a todos les conste que sus intenciones eran buenas, sólo conseguirá hundirse más y más en el profundo pozo del mal entendido. Tercero, ore al Señor para que le dé sabiduría, discernimiento y tino para hacer o decir cosas. Antes de hacer o decir algo medite en la forma como lo va a hacer o en las palabras que va a decir. Si por alguna razón sospecha que algo que va a decir puede prestarse para ser mal entendido, no lo diga o dígalo de otra manera. El hablar impulsivo o el actuar impulsivo nos puede conducir a los malos entendidos.

Piense antes de hablar. Piense antes de actuar. Cuarto, si a pesar de poner todo su empeño para no ser malentendido igual es malentendido, no se desanime, ponga el asunto en la mano del Señor y siga haciendo cosas buenas. No se quede atado por el gigante del malentendido. Que con la ayuda del Señor logremos conquistar al temible gigante del malentendido.

10 razones por las que algunos predicadores no predican expositivamente

10 razones por las que algunos predicadores no predican expositivamente

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Kevin Halloran

a1La predicación expositiva es la práctica que mejor permite a Dios hablar por Sí mismo a través de Su Palabra. El factor que alimenta el deseo de entrenar donde sirvo, Leadership Resources International, a los pastores en la predicación expositiva es nuestra convicción de que cuando la Palabra de Dios es claramente proclamada y aplicada a la vida, los pecadores son salvos, las vidas son cambiadas, y los creyentes crecen en madurez y conocimiento de Dios.

Para muchos de nosotros que estamos acostumbrados a la predicación expositiva, el practicarla parece obvio. ¿Por qué alguien NO querría predicar su sermón directamente de la Palabra de Dios? Después de todo, ¡Pablo manda a Timoteo a que predique la Palabra (2 Timoteo 4:2)!

Lo que parece obvio para nosotros posiblemente no lo sea para otros. Bajo la superficie de sus titubeos existen varias razones: posiblemente están influidos por diferentes convicciones, por una falta de conocimiento, por un mal entendimiento o mala aplicación de la verdad Escritural, o simplemente por una preferencia personal.

Mientras que no creemos que la predicación expositiva es el único tipo de predicación que Dios usa (la predicación temática bíblicamente fundada puede ser muy útil en ciertos  momentos), creemos que la predicación expositiva debe ser la práctica central de los predicadores y la dieta  principal de las congregaciones. Entonces, ¿por qué no siempre es así? ¿Por qué muchos pastores no predican expositivamente? Aquí 10 razones.

Razón #1: No conocen el deseo de Dios para la predicación.

Dios desea que nosotros hablemos fielmente lo que Él ha comunicado (vea Éxodo 4:10-16; Jeremías 23:9-40; Juan 7:16, 8:28-29). Actuamos como mensajeros que transmiten las palabras que Dios ha dicho, como si Dios rogase por medio de nosotros (2 Corintios 5:20).

Parte del entrenamiento de Leadership Resources se hace a través de traductores a pastores que no hablan inglés. Si nos diéramos cuenta de que un traductor comunicó algo diferente de lo que fue dicho, nos molestaríamos porque el traductor se estaría desviando de su propósito principal. Nuestro papel al predicar es como un traductor: necesitamos recibir y transmitir fielmente el mensaje de Dios.

Razón #2: No consideran a la Biblia como relevante para nuestros días.

Aquellos que piensan que la Biblia no es relevante para el día de hoy no entienden ni el propósito ni lo eterno de las Escrituras. El plan de Dios para las Escrituras es doble: comunicar a unas personas específicas en un tiempo específico y también preservar Su mensaje para las generaciones futuras.Romanos 15:4 dice, “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”. Las modas culturales vienen y van, pero “la Palabra del Señor permanece para siempre” (1 Pedro 1:25).

Razón #3: Tienen una percepción incorrecta de cómo usar la Biblia en la predicación.

Hay un adagio conocido que dice, “Un texto sin un contexto es un pretexto”. Esto significa que uno puede decir cualquier cosa que se quiera cuando se toma un verso o pasaje fuera de sus contextos bíblicos, históricos y literarios. La Biblia no es un libro de hechizos mágicos; ni es una bolsa de nueces mixtas que nos permite escoger lo que nos gusta y evadir lo que no nos gusta. Cuando predicamos la Biblia, o cuando la citamos, tenemos que decir lo que la Biblia está diciendo; nada más y nada menos.

Razón #4: No están equipados para predicar la Palabra.

85% de los pastores alrededor del mundo tienen poco o nada de entrenamiento formal de la Biblia y simplemente no están equipados para predicar la Palabra. Además, la falta de experiencia en escuchar buenas ejemplos de mensajes expositivos contribuyen a esto.

Razón #5: No tienen suficiente tiempo para prepararse.

El ministerio pastoral muchas veces parece ser un trabajo interminable. Algunos predicadores no piensan que tienen tiempo para prepararse en la Palabra cada semana porque otras responsabilidades pastorales les quitan todo su tiempo de preparación. Para pastores solitarios en iglesias pequeñas, esto parece ser especialmente difícil. Si este es usted, reevalúe su horario para que el alimentar a su congregación con la Palabra de Dios desde el púlpito sea la prioridad. El crecimiento, la madurez y productividad espiritual de su congregación dependen de ello.

Razón #6: No quieren prepararse en la Palabra.

Algunos tienen el tiempo suficiente para prepararse en la Palabra, pero simplemente no lo quieren hacer. Tal vez prefieren la facilidad de compartir historias de lecciones que han aprendido, o puede ser que sean muy perezosos para esforzarse en hacer el duro trabajo de manejar la Palabra de Dios correctamente en la predicación. Predicador: siga el mandato de Pablo a Timoteo y, “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

Razón #7: Solo han escuchado malos ejemplos de predicación expositiva.

Algunos igualan el término “predicación expositiva” con conferencias académicas secas, que citan demasiado el griego que no aplican nada a su vida. No debemos permitir que los malos ejemplos de predicación expositiva enturbien el mandato bíblico de predicar la Palabra de Dios (2 Timoteo 4:2). Laverdadera predicación expositiva explica el texto de la Escritura, comunica la intención del autor, y aplica su mensaje a nuestros oyentes.

Razón #8: Piensan que predicar la Palabra estorba la obra del Espíritu en la predicación.

Muchos creen en la falsa dicotomía de que predicar un mensaje de un texto de la Escritura no permite “el mover del Espíritu”. En realidad, los predicadores deben predicar la Palabra en el poder del Espíritu. El Espíritu Santo es el autor de la Escritura y quien ilumina su significado (2 Pedro 1:21). En vez de estorbar, el Espíritu ayuda a los oyentes a recibir la Palabra por la fe (1 Corintios 2:1-5).

Razón #9: Su congregación prefiere otros tipos de predicación.

Un amigo mío recientemente le preguntó a alguien por qué le gusta la iglesia donde asiste. El hombre contestó, “Porque no predican de la Biblia”. Desafortunadamente, esto es algo muy común.

Pablo le advirtió a Timoteo que la gente “no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4). No todos quieren oír la Biblia siendo predicada. Por eso, predicar la Biblia puede que nos lleve al sufrimiento. En tales situaciones, debemos ser sobrios en todo, soportar las aflicciones, hacer la obra del evangelista y cumplir nuestro ministerio (2 Timoteo 4:5).

Razón #10: No ven a las Escrituras como autoridad.

Rechazar la autoridad de las Escrituras deja a los predicadores golpeando al aire en una cultura en constante cambio, con un mensaje que tiene poca o ninguna semejanza con cristianismo bíblico. La autoridad de las Escrituras es lo que le da al predicador y a su congregación la confianza en su mensaje, porque él está proclamando el mensaje de Dios y no el suyo propio.

La tarea del predicador

Si usted ha permitido que cualquiera de estas diez razones le distraigan de explicar y aplicar claramente las Escrituras, comprométase consigo mismo a cambiar. La Palabra de Dios es demasiado importante para que nosotros proclamemos cualquier otra cosa.

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”, 2 Timoteo 3:16-4:2.

«¡ME CELÓ CON SU PROPIA MADRE!»

23 abr 2016

«¡ME CELÓ CON SU PROPIA MADRE!»

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por Carlos Rey

a1En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» de manera anónima en nuestro sitio http://www.conciencia.net y nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

«Hace más de cuatro años terminé con una novia…. Ella se enfermó de celos, y me acosaba con sus comportamientos. Yo… tomé el valor suficiente para terminar la relación….

»Un año después hice amistad con una joven… y poco tiempo después nos hicimos novios. La relación que llevo con ella es única y muy hermosa. Sin duda la amo mucho y no deseo desprenderme de ella. Tenemos planes de matrimonio, y de verdad eso es lo que quiero.

»Pero de hace un año hasta la actualidad ha tenido comportamientos… que muestran sus celos al igual que mi anterior novia. Ha sido muy terrible porque ya ni siquiera conservo mi paz. Me ha celado con sus hermanas… con desconocidas, ¡y el colmo fue cuando me celó con su propia madre!

»Verdaderamente no le he dado motivos para que me cele de esta manera….

»He estado muy cerca de terminar nuestra relación. No sé qué hacer. ¿Seré el culpable de esta situación? ¿O es simple casualidad que dos novias se hayan vuelto celosas extremas?»

Este es el consejo que le dio mi esposa:

«Estimado amigo:

»Es prudente de su parte que se haya preguntado si será culpable de esa situación, ya que siempre que algo nos sucede con frecuencia, debiéramos hacer una evaluación a ver si nosotros somos los causantes. Sin embargo, si todo lo que dice usted es cierto, entonces el único error que ha cometido es la clase de jovencita por la que siente atracción.

»En muchos casos, los celos que no se justifican provienen de una acentuada inseguridad. ¿Lo atraen jovencitas inseguras porque así usted puede convertirse en su príncipe azul? ¿Acaso lo intimidan las jóvenes que se sienten más seguras de sí mismas? Si la respuesta es que no, entonces tal vez esta no sea más que una infeliz coincidencia.

»El apóstol Pablo incluyó los celos en su lista de pecados junto con otros tales como la idolatría y la inmoralidad,1 así que está claro que los celos son un hábito pecaminoso que puede superarse con la ayuda de Dios. Si su novia no está dispuesta a reconocer que los celos que siente son pecaminosos y que ella necesita arrepentirse de ellos, entonces la relación entre ustedes dos no tiene remedio. En cambio, si ella sí está dispuesta, el proceso de sobreponerse a los celos recibirá un gran impulso si ella puede consultar con un consejero acerca de esa inseguridad que la atormenta.

»Esa falta de paz que usted está sintiendo es una clara señal de peligro a la que debe prestar atención. ¿Por qué habría de querer usted casarse con una persona que siempre le produce tensión y ansiedad a causa de lo que ella pudiera hacer en cualquier momento? Ni siquiera considere el casarse con esa jovencita hasta que los celos que ella siente se hayan convertido en un recuerdo del pasado…. Si de veras la ama, usted será capaz de esperar el tiempo que sea necesario.»

Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, puede leerse con sólo pulsar la pestaña en http://www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego buscar el Caso 248.

http://www.conciencia.net/

Orientación para maestros de adolescentes y jóvenes

La formación espiritual del niño

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Betty S. de Constance

Parte 3

Una metodología práctica para la enseñanza bíblica de los niños

Capítulo 17

Orientación para maestros de adolescentes y jóvenes

a1La etapa de la adolescencia es un tiempo caracterizado por los cambios físicos, sociales y cognoscitivos en el desarrollo de la persona. Durante esa fase de la vida, el adolescente tiene como tarea principal la de formar y consolidar su identidad. Con su capacidad de ir independizándose, el adolescente enfrenta el nuevo desafío de tomar decisiones que van a afectar su vida de adulto. Tiene que construir su propia escala de valores, sus identificaciones con lo que espera llegar a lograr, y una definición de sí mismo. No es una tarea fácil, pero le es mucho más leve si puede contar con el respaldo y soporte de adultos cercanos que lo aman y que le ofrecen modelos de vidas íntegras.

La adolescencia es también una etapa muy importante en el desarrollo espiritual. En medio de todos los cambios en su vida, el adolescente puede abrirse a Dios de una forma nueva y genuina, experimentando una relación personal y comprometida con el Señor. Pero la vida del adolescente puede también llevarlo a muchos altibajos en sus emociones y generalmente tiene que enfrentar nuevas dudas, desilusiones y tentaciones. Por eso es importante que la familia y la iglesia estén preparados para guiar al adolescente en una vida auténtica y dinámica en el Señor.

La serie Adolescentes está preparada como herramienta para el desafío de acompañar al adolescente en su vida. Los libros tienen como objetivo que los alumnos puedan conocer personalmente a Jesucristo y crecer en él. Los temas tratados en cada libro apuntan a la vida real del adolescente y le ofrecen una base bíblica para ir tomando decisiones y formando su identidad en Cristo. El adolescente mismo descubre por sí mismo los principios bíblicos mientras aprende a estudiar e investigar la Palabra.

En cada lección hay actividades que procuran que el alumno adquiera conocimientos bíblicos. Se busca confrontar lo que la Biblia enseña con la práctica de la sociedad o con la opinión personal. Las Escrituras tienen un mensaje para hoy, el que en muchas ocasiones contradice la enseñanza popular. Es necesario que el adolescente descubra el mensaje de Dios y que, de esta manera, sea transformado por las Escrituras.

Una característica importante del adolescente es el valor que tiene para él la pertenencia a un grupo. Las lecciones están escritas para que los alumnos puedan crecer también como grupo y compartir sus experiencias, ideas y pensamientos. Pueden ser usadas tanto para el discipulado como para la enseñanza de una clase. Las lecciones son participativas y prácticas, enfocadas a las necesidades y a la vida del adolescente.

Las partes de la clase

La incentivación o introducción

Ésta es la primera y, según algunos expertos en educación, la parte más importante de la clase, ya que del éxito de esta actividad depende que el resto de la clase tenga algún afecto en la vida de los alumnos. En la incentivación se busca atraer la atención de los alumnos. Pero, por otro lado, una buena incentivación predispone al alumno a integrar los conocimientos adquiridos en el desarrollo de la lección con su vida diaria. El maestro, entonces, preparará esta parte de la clase con mucho cuidado y atención, utilizando los distintos métodos sugeridos.

El desarrollo de la lección o los tiempos de estudio y reflexión

Esta sección hace hincapié en la adquisición de conocimientos bíblicos. Se busca que el alumno conozca nuevas verdades de la Palabra de Dios. El mensaje de las Escrituras siempre es pertinente a nuestra situación, pero debemos encontrar formas nuevas para aplicar estas verdades bíblicas a la vida. Para cumplir correctamente la Palabra de Dios, debemos conocer la realidad en la cual estamos inmersos; por ello, en casi todas las actividades, el alumno deberá reflexionar acerca de su situación y su entorno.

En las lecciones se utiliza una Hoja de Trabajo (HT) que se fotocopia para cada alumno. El maestro funciona como una guía para lograr que cada pequeño grupo de trabajo, analice y descubra por sí mismo cuáles son las enseñanzas bíblicas. Todos los alumnos deben tener la oportunidad de participar en clase. Una persona aprende mucho más cuando descubre las cosas por sí misma. Por otra parte, el adolescente necesita interactuar con el grupo y confrontar sus ideas y creencias con los demás. De esta manera, va definiendo y afirmando sus valores y su fe en Dios. Además, las lecciones sirven para fortalecer el sentido de grupo y lograr que ellos tengan un lugar para ser escuchados y aceptados mientras comparten el crecimiento espiritual.

La aplicación y conclusión

No es suficiente conocer las verdades de Dios, hay que vivirlas. Esta sección apunta a la aplicación práctica de estos principios. El alumno descubre cómo ponerlos en práctica en su vida. Usando varios métodos, la conclusión engloba los elementos manejados durante la clase, llevando al alumno a un compromiso de vida con el Señor Jesús.

Bibliografía recomendada

Benson, C. A. El arte de enseñar. Miami, Editorial Caribe, 122 páginas.

Benson, C. H. La escuela dominical en acción. San José, Editorial Caribe, 1971. 122 páginas.

Bolton, Barbara. Ayudando a los pequeños. Terrassa, Editorial CLIE, 1982. 202 páginas.

Bolton, Barbara y Charles Smith. Trabajando con los niños. Terrassa, Editorial CLIE, 1982. 202 páginas.

Campbell, Ross. Si amas a tu hijo. Caparra Terrace, Editorial Betania, 1986. 144 páginas.

Dobson, James. Atrévete a disciplinar. Miami, Vida, 1976. 223 páginas.

——— Cómo criar a un niño especial. Terrassa, Editorial CLIE, 1979. 250 páginas.

——— La felicidad del niño. Miami, Editorial Vida, 1978. 206 páginas.

——— El amor debe ser firme. Miami, Editorial Vida, 1990. 288 páginas.

Drescher, John. Siete necesidades básicas del niño. El Paso, Editorial Mundo Hispano, 1983. 112 páginas.

Gangler, Kenneth. 24 Ideas para mejorar su enseñanza. Puebla, México, Ediciones Las Américas, 1992. 166 páginas.

Hancock, Maxine. Vidas en formación. Los años preescolares. Miami, Editorial Vida, 1979. 222 páginas.

Haytead, Wesley. No se puede empezar demasiado pronto. Terrassa, Editorial CLIE, 197. 144 páginas.

Hendricks, Howard G. Enseñando para cambiar vidas. Editorial Unilit, 1990. 142 páginas.

Larson, Jim. Disfrute enseñando. Terrassa, Editorial CLIE, 1978. 118 páginas.

LeBar, Lois y Miguel Berg. Llamados a enseñar. Miami, Editorial Caribe, 1977. 159 páginas.

LeBar, Lois. Rosita asiste a la clase de prepárvulos. Puebla, México, Ediciones Las Américas, S/F. 223 páginas.

Martin, William. Fundamentos para el educador evangélico. Miami, Editorial Vida, 1987. 112 páginas.

Mijares, L. y V. Campbell. Manual para el departamento cuna. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1960. 100 páginas.

Mow, Anna. Tu hijo, del nacimiento al nuevo nacimiento. Terrassa, Editorial CLIE, 1975. 109 páginas.

Pearmar, Myen. Enseñando con éxito en la escuela dominical. Miami, Editorial Vida, 1991. 127 páginas.

Perez, Humberto. El maestro y la forma de la verdad. Editorial Caribe, 1995. 240 páginas.

Somoza, Ana. Aprendiendo a enseñar la Biblia. Buenos Aires, Publicaciones Alianza, 1990. 174 páginas.

Strauss, Richard. Hijos confiados y cómo crecen. Caparra Terrace, Editorial Betania, 1977. 183 páginas.

Stuckland, Jenell. Cómo guiar a los preescolares. El Paso, Casa Bautista de Publicaciones, 1988. 240 páginas.

Town, Elmar. La escuela dominical dinámica. Miami, Editorial Vida, 1979. 175 páginas.

Willis, Wesley R. La enseñanza eficaz, Puebla, México, Ediciones Las Américas, 1993. 119 páginas.

Zuck, Roy B. Poder espiritual en la enseñanza. Puebla, México, Ediciones Las Américas, 1973. 126 páginas.

De Constance, B. S. (2004). La formación espiritual del niño (3a edición, pp. 165–170). Buenos Aires, Argentina: Publicaciones Alianza.

11. LA SOLEDAD

11. LA SOLEDAD

David Logacho
2016-04-22

a1Saludos cordiales amable oyente. Es motivo de gran gozo para mí darle la bienvenida al estudio bíblico de hoy. Este estudio bíblico es parte de la serie titulada Gigantes al Acecho. Cuando hablo de gigantes no me refiero a alguna raza de superhombres sino a cosas contra las cuales todos tenemos que luchar en nuestra vida cristiana. Estas cosas pueden ser el desánimo, la crítica, el temor, el chisme, la culpa, la dureza de corazón, el complejo de inferioridad, los celos. Todas estas cosas son como poderosos gigantes que si llegan a dominarnos nos causarán gran aflicción. En nuestros estudios bíblicos anteriores sobre este mismo tema, ya hemos visto como podemos librarnos de al menos los gigantes que he mencionado. El problema es que existen más de esos gigantes y es así como en el estudio bíblico de hoy vamos a hablar acerca de otro poderoso gigante que se llama soledad.

Otro poderoso gigante es la soledad. Casi a cualquier lugar donde dirijamos nuestra mirada encontramos personas solitarias. Millones de personas sufren de aislamiento, pensando que nadie les ama, o peor aun pensando que no tienen ningún valor. Personas así viven atormentadas porque se encuentran completamente solas en el mundo a pesar que probablemente tengan a mucha gente a su alrededor. Alguien que trabaja con jóvenes ha dicho que probablemente un 95% de ellos se encuentra en un estado de soledad. Quizá esto explique el alto índice de suicidios entre la juventud. La soledad es un gigante terrible, puede hacer que nos sintamos tan miserables, deprimidos y desanimados que pensamos que lo mejor sería morir. Quizá valga la pena pensar en cómo una persona puede quedar atrapada en las temibles garras de ese gigante llamado soledad. Existen varias puertas que este poderoso gigante utiliza para entrar a nuestra vida y arruinar nuestra existencia. La primera se llama rechazo. Si por algún motivo hemos sufrido algún tipo de rechazo en el pasado, es posible que sintamos que no valemos nada, lo cual nos conducirá al desconsuelo y a la autocompasión. Con una mentalidad así marcada, evitaremos el contacto con la gente para evitar el tan temido rechazo. La soledad aunque sea dolorosa será una especie de autoprotección para evitar mayores heridas. La segunda puerta por donde puede entrar el gigante de la soledad se llama burla. Si alguien se burla de nosotros, ya sea de lo que somos o de lo que hacemos o de lo que decimos, nos sentiremos profundamente heridos en nuestro amor propio. Para evitar seguir siendo heridos echaremos mano de la soledad como mecanismo de autodefensa. Los padres somos muy propensos a burlarnos de nuestros hijos. Al hacerlo estamos abriendo una gran brecha en su amor propio, por la cual perfectamente podría entrar el gigante de la soledad. La tercera puerta por la cual puede entrar el gigante de la soledad es la separación. Un cambio de casa nos puede separar de nuestros mejores amigos y potencialmente nos puede sumir en la soledad. La muerte de un familiar puede separarnos de la persona que tanto hemos amado y arrojarnos a una terrible soledad. Un divorcio puede separar a dos personas que han estado juntas por años y conducir al profundo abismo de la soledad. La cuarta puerta por la cual puede penetrar el gigante de la soledad a nuestra vida es el pecado no confesado. Un pecado no confesado crea un fuerte sentimiento de culpa. En el huerto de Edén, la desobediencia no sólo erigió una barrera entre Dios y el hombre, sino entre el hombre y su mujer. Una vez que cayeron en pecado se convirtieron en seres egoístas y corruptos. Su maldad creció a partir de ese acto y continuó separándolos. El pecado separa, aísla, conduce a la soledad. Si la soledad ya ha entrado a su vida, debe haber atravesado por alguna de estas puertas. Quizá usted podría identificar por cuál de esas puertas entró ese poderoso gigante llamado soledad. Pero en realidad, lo que más le interesa a usted es saber como sacar a ese poderoso gigante de su vida. Bueno, permítame sugerir estas ideas. Primero, establezca o fortalezca su relación personal con Dios. Si usted no es creyente, está separado de Dios y eso puede ser la fuente de su soledad. Pero Cristo murió en la cruz del Calvario para que usted no continúe separado de Dios. Si quiere estar unido a Dios, lo único que debe hacer es recibir a Cristo como su Salvador. Si usted ya tiene a Cristo como su Salvador y aún así sigue sintiéndose solo, necesita fortalecer su comunión con el Señor. A lo mejor existe algún pecado no confesado en su vida. Algo que solamente usted y Dios lo saben. Si ese es el caso, confiese ese pecado al Señor y apártese del mismo. A lo mejor siente amargura contra los que le han rechazado o contra los que se han burlado de usted, o aún contra Dios por haber permitido cosas que le han causado tanto dolor. Si es así, decídase a perdonar a los que le han causado daño y si su amargura es contra Dios, recuerde que él no puede fallar. Si Dios permitió aquello que le ha causado tanto sufrimiento es porque de alguna manera que tal vez no pueda entender por ahora, eso es para su propio bien. Segundo, procure establecer relaciones significativas con otros. ¿Por qué no puede hacer amistades con facilidad? Quizá está ahuyentando a otros por sus actitudes y sus acciones. Nadie desea relacionarse con una persona amargada, enojada, egoísta y centrada en sí misma. Evalúe cuáles son sus motivaciones a la hora de entablar una amistad con alguien. ¿Busca amistad para obtener algún provecho personal? Si es así, está mal motivado y eso puede ser la causa de su soledad. La amistad no es para sacar algo sino para dar algo. Tener amigos significa correr riesgos, como vernos traicionados o desilusionados, pero no hay otra manera de disfrutar de sus recompensas. Debemos estar listos a tender puentes de amistad y caminar sobre estos puentes confiadamente. Encontraremos que es muy satisfactorio pues el proceso llena nuestras necesidades sociales. Tercero, identifique si su soledad está de alguna manera relacionada con la amargura. Si ha sido lastimado de alguna manera en el pasado, probablemente no desee arriesgarse buscando otra amistad. Pero si persiste en actuar de esta forma negativa, estará impidiendo el proceso sanador que necesita llevarse a cabo. Si continúa abrigando sus resentimientos, quedará incapacitado para actuar con la honestidad y apertura que requieren para llenar sus vacíos sociales. Confiese este sentimiento a Dios y confíe en que él permitirá que tenga buenas relaciones con otros. Cuarto, no se abandone a la autocompasión. Si se pasa la vida sintiendo lástima de usted mismo, nunca saldrá de su soledad. Entre más tiempo se pase lamentando su desdicha, más profundas se harán sus heridas emocionales. La autocompasión es el recurso de los débiles. Deje de mirar hacia el pasado. Cúbralo con la sangre de Cristo y mire el futuro con esperanza. Quinto, evite recluirse en la soledad. Si es una persona con tendencia a la soledad, minimice el tiempo que pasa solo o sola. Busque la comunión con otras personas. Aunque sus emociones le aconsejen a quedarse en su cama todo el día, no se deje dominar de este sentimiento. Fortalézcase en el Señor y busque la compañía de otros. Sexto, busque maneras de ayudar a otros. No hay mejor terapia para salir de la soledad que el ocuparse en el servicio a otros. Cuando está sirviendo a otros, dejará de mirarse a usted mismo y estará forzado a poner su mirada sobre otros. Esto le ayudará a vencer su soledad. Séptimo, busque promesas en la palabra de Señor, que le motiven mirar a Dios como un ser personal, interesado aún en los detalles más insignificantes de su vida. Si Dios conoce aun el número de cabellos de nuestra cabeza, ciertamente que nuestra soledad no le será desconocida. La palabra infalible de Dios le mostrará que en realidad no está solo o sola, a pesar que usted así lo sienta. Note por ejemplo lo que dice la palabra del Señor en relación con su pueblo escogido Israel. Leo en Isaías 43:1-5 Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.

Isa 43:2 Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.

Isa 43:3 Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador; a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.

Isa 43:4 Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida.

Isa 43:5 No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré.

Si Dios cuida así de su pueblo Israel, ¿Piensa que lo hará menos con nosotros que somos sus hijos?