HIJOS -El fruto del hogar

HIJOS -El fruto del hogar

Autor: http://www.bbnradio.org/

CAPITULO 4

a1Charles Lamb dijo que no había nada sobre la tierra que él no diese por tener la posibilidad de volver a estar con su madre que había partido de este mundo, y de rodillas, pedirle perdón por cada cosa que habían afligido su gentil espíritu. Seguramente, con el avance de los años, cada hijo pensativo ha caído como éste y ha llegado a darse cuenta de lo que sus padres han hecho por él.

Que nadie suponga que cada hijo es demasiado pequeño para tener una parte real en el desempeño de un hogar. Las rueditas internas en mi reloj son pequeñas, algunas excesivamente pequeñas, pero ellas son todas importantes para el buen funcionamiento de esa máquina de tiempo. Un niño pequeño puede ser de tan mal genio e irritante que él perturbe la familia completa, o puede ser tan amoroso y razonable que brinde paz y buen humor al hogar completo.

Obediencia

Hay 3 cosas que los padres deben hacer: Amar, Disciplinar y Enseñar, pero, ¿cuáles son las responsabilidades de los hijos en el hogar? ¿Cuál es la parte de ellos?

La Biblia no dice, “Hijos, obedezcan a sus padres cuando ellos están en lo correcto”. Dice, “Obedezcan a sus padres en el Señor porque esto es justo”… aun si ellos están equivocados (Efesios 6:1). Algunos tratarían de decir que no tenemos registro de la vida familiar de nuestro Salvador. Solo unos pocos detalles fueron escritos acerca de su vida temprana, pero ellos son reveladores. No hay palabras más hermosas que aquellas que dicen de él, “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos” (eso es, a Su madre y a Su padre adoptivo). ¿Y quién fue Jesús? ¿Quién era este niño que obedecía? El era el eterno Hijo de Dios. El era el Creador del universo, “porque por él fueron hechas todas las cosas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.” El fue el Señor y Maestro de todas las huestes del cielo. ¡Qué lección de obediencia!

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Mucha gente joven tiene la idea de que obedecer y sujetarse a sus padres es una humillación, una especie de restricción auto impuesta, la cual los limita. ¿Tuvo ese efecto sobre Jesús? Sabemos que no. Una vida joven no debería ser impedida ni dejar descarriarse, si sigue cuidadosamente las advertencias de fieles padres cristianos. Ninguna joven persona que fue una vez estudiante, se estorbó o injurió por obedecer las instrucciones implícitas de padres piadosos. Jesús obedeció sus padres terrenales hasta que tuvo 30 años de edad, entonces Él dejó su hogar para llevar a cabo Su obra señalada por Dios.

La obediencia debe ser absoluta; incluye aquellas cosas que son amenas como también las que no lo son. Solamente una cualidad clave es mencionada, “en el Señor”. Los hijos deben obedecer, “en el Señor”. Un padre cristiano puede requerir algo que parece estar equivocado, pero el hijo debe obedecer. “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor (Col. 3:20). De todos modos, debemos recordar que los padres son falibles. Ninguna autoridad humana, de ninguna clase, está en lo correcto cuando ordena a alguien quebrar una de las leyes de Dios. Si un padre no creyente exige a su hijo que desobedezca la palabra de Dios, las consecuencias caerán sobre el padre y no sobre el hijo.
La Biblia dice, “Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le fuera si se le atase una piedra de molino al cuello, y se le arrojase en el mar” (Marcos 9:42).

Amor y Respeto de Padres

En todo esto, tomamos por hecho que los padres guardan delante de ellos la referencia que sigue a “hijos obedeced a vuestros padres en el Señor,” la cual es “padres, no provoqueis a ira a vuestros hijos”. La relación es decididamente a dos puntas. Que un padre no creyente demande que su hijo niegue al Señor acarreará consecuencias sobre los padres y sobre los hijos.

No sé de ninguna otra palabra que necesite ser dicha con mayor énfasis a los jóvenes que ésta. Hay una joven muchacha que se avergüenza de su madre. Ella ve que la belleza de su madre ha empalidecido; sus vestidos no son tan finos como deberían ser; sus manos son rojas y fatigadas de esfuerzo. La joven muchacha se avergüenza de su madre y no le importa cuando tiene sus encuentros con sus jóvenes amigas que vienen a su casa. O la vergüenza está dirigida al padre, cuyos encorvados hombros, su cara curtida y golpeada por el clima y manos lisiadas hablan elocuentemente de años de esfuerzos y penurias que soportó para que sus hijos pudieran tener una mejor oportunidad en la vida que la que él tuvo. La joven muchacha, o el joven varón, con sus jóvenes amigos y sus estrafalarias vestimentas y ropas de estilo, tal vez se avergüenza de ver “al viejo”.

Estos no son casos sacados de nuestra imaginación. Sabemos de muchos casos así. ¿No sabes que esas marcas de esfuerzo, edad, esmero, y privaciones son marcas que hablan elocuentemente de amor por ti? Tu madre y padre recibieron esas marcas derramando la misma sangre de sus vidas por ti.

¿Te avergonzarías de un hombre que tiene solo un ojo, habiendo perdido uno en defensa de tu vida? Bueno, tu padre y tu madre han hecho más que salvar tu vida. Ellos han tenido noches de quebranto y días de ansiedad. Ellos te han cuidado en tus enfermedades. Ellos no han considerado su propio confort y placer, mas bien se negaron a sí mismos las necesidades de la vida para que tu puedas tener algunos lujos. Ellos se levantaron temprano y trabajaron tarde para que tu tengas la oportunidad de estudiar y prepararte para un gran trabajo en el mundo. De allí proceden esas cicatrices, y son santas y sagradas cicatrices. ¿Te avergüenzas de ellas?

Un comerciante en una de las ciudades del oeste medio de nuestro país envió a su hijo al Colegio. El tuvo que hipotecar su negocio para hacerlo. El economizó y ahorró, y tanto él como su esposa llegaron a quedar con ropas inapropiadas en función de que su hijo pudiese tomar su lugar entre los demás estudiantes adecuadamente vestido y provisto con dinero. Pasados unos pocos meses, vino al corazón de la anciana pareja un incontrolable deseo de ver a su hijo. Ataron su viejo caballo a un inseguro carro (ellos habrían tenido un automóvil si no le hubiesen dado el dinero a su hijo) y fueron a la ciudad donde estaba el Colegio, a unos 30 kilómetros de allí. Ellos llegaron justo cuando las clases estaban terminando, y vieron a su muchacho, Harry, con un grupo de amigos viniendo a través del campo escolar. Mientras se aproximaban a él, algunos de sus compañeros ridiculizaron el viejo carro y su caballo, y el ropaje típico de aquel viejo hombre y su esposa. Harry se paró, miró intencionadamente por un momento a su madre y a su padre, se ruborizó profundamente y rápidamente se volvió y alejó, pretendiendo no conocerles. Con sus corazones quebrantados, la vieja pareja comenzó el cansador viaje a casa, y aquella noche la anciana madre murió.

Si estas palabras caen en manos de cualquier chica o muchacho que es tentado a proceder como Harry lo hizo, te suplico, no lo hagas. Si tu madre y padre, o uno de ellos están en vida, anda a ellos, echa tus brazos sobre sus cuellos y diles que los amas y aprecias todo lo que han hecho por ti. Si no están al alcance de tus brazos, ¡entonces escríbeles! Escríbeles una larga carta de amor, regocijo y aprecio.

Un hijo nunca llega a ser demasiado viejo para que él o ella no sean un hijo para sus padres. Por lo tanto, este amor y respeto es para retribuírselos mientras vivan. La vida tiene pocas cosas más hermosas que el devoto pensamiento y amor de un hijo o hija ya crecido, hacia un anciano padre. Esto complace el corazón de Dios.

Cuando nuestros padres envejecen, ellos cambian lugares con nosotros. Una vez nos alimentaron, ahora es nuestro privilegio y alto honor alimentarles. Una vez ellos nos protegieron de la tormenta. Ahora nosotros debemos protegerlos a ellos. Nosotros ahora estamos fuertes, y ellos están débiles. ¡Qué oportunidad de amorosamente pagar una parte de la deuda que tenemos con ellos! Será solamente una parte, de todos modos. Ningún hijo puede jamás pagar completamente el amor y el cuidado de un padre piadoso.

La vida tiene pocas satisfacciones más intensas que pensar que hemos sido justos, amables y gentiles para con nuestros padres en sus tiempos de necesidad y dependencia. Da paz al alma, y hace del cielo y nuestra reunión una expectativa más gloriosa. Estar preparados para decir “adiós” a un padre, sin el pesar de oportunidades perdidas, es una bendición en sí mismo.

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“El marido es cabeza de la mujer”

“El marido es cabeza de la mujer” Ef. 5:21-23, 1 Cor. 11:3

Autor: Juan Ramón Chávez Torres

a1Muchos matrimonios hoy día están pasando por muchas dificultades que hace tambalear su relación matrimonial. Unos tienen conflictos secretos y disimulan ante los demás, están sufriendo en silencio. Pero la expresión de dolor se hace

evidente en sus ojos, y se resignan a vivir así. Otros han pensado que el divorcio es la mejor opción antes de causar mas daño a los niños con sus constantes peleas. Piensan que el divorcio seria mejor que cualquier otra cosa. Pero existe una tercera alternativa que no es ni continuar en el conflicto ni el divorcio: es la de una relación armoniosa donde haya fe, amor y respeto a los roles dados por Dios a cada cónyuge. Y en este caso quiero hablarles del rol dado por Dios al marido que es: el ser cabeza de la mujer. Por tanto miremos: “El marido es cabeza de la mujer”

El concepto de “cabeza” en estos textos indican autoridad, control. La cabeza es la que gobierna todo nuestro cuerpo, es la que nos hace movernos y para donde movernos.

I). Ser cabeza no significa ser superior sino cumplir un propósito. A. La Biblia no enseña que el hombre es superior.

A veces pensamos que los varones somos la cabeza por que somos mejores o superiores a las mujeres: más inteligentes, más fuertes, más capaces. Pero ser cabeza nos significa que somos mejores o superiores a las mujeres. Lea 1 Corintios 11:3

“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza (Es decir, autoridad) de todo varón, y el varón es la cabeza (Es decir, autoridad) de la mujer, y Dios la cabeza (es decir, autoridad) de Cristo”

En este pasaje están involucrados los seres celestiales: Dios y Cristo; y lo seres humanos: el hombre y la mujer. Así como no hay nada inferior en Cristo por estar sujeto a Dios, así no hay nada de inferioridad en la mujer por estar sujeta a su marido. Así como Dios no es superior a Cristo por ser cabeza, así tampoco el marido es superior a su esposa por ser cabeza. ¿Cómo podemos entonces explicar esto? Dios y Cristo son iguales en esencia, en divinidad. Pero Cristo se somete a Dios como salvador, para cumplir el propósito de la redención del hombre. Así también la mujer se somete al hombre no porque sea inferior sino para cumplir el propósito de formar un hogar. Ellos están cumpliendo su papel, su rol.

Ejemplo No. 1. Cuando una congregación tiene ancianos no significa que ellos sean superiores a la congregación, y por tanto la congregación sea inferior, sino que Dios ha ordenado ciertos rangos de autoridad en la congregación, y todo cristiano debe respetarlos. Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso. Heb. 13:17

  1. B. La Biblia no enseña que la mujer es inferior. La mujer es “ayuda idónea”. Gn. 2:18

¿Por qué Dios proporciono “ayuda” al hombre? Porque hay cosas que el hombre no puede hacer. ¿Qué clase de ayuda Dios nos dio? ¿Buena o mala? Note la palabra “Idónea”= Apta, adecuada, apropiada. Simplemente lo que el hombre necesitaba. La mujer fue diseñada para ser “ayuda idónea” y no símbolo sexual o tema de chistes groseros. Y en ser ayuda idónea no hay nada de inferioridad.

  1. La mujer fue echa de una costilla del hombre.

La costilla sostiene y protege los órganos vitales del cuerpo. Aquí no hay nada de inferioridad.

II). Ser cabeza no significa autoridad absoluta sino final. A. En el hogar papa y mama tienen autoridad.

1 Tim. 5:14. Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa; que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia. La palabra “gobernar” aquí es oikodespoteo, de oikos, casa; y despotes, señor, dueño. Literalmente podríamos decir que, “sea señora de su casa” o “que dirija su casa”. La mujer gobierna junto con el marido el hogar y el hombre no debe sentirse amenazado por ello, al contrario debe sentirse apoyado porque lo que la mujer esta haciendo es ayudarlo. Generalmente hablando ella es mejor administradora que los hombres y ella pasa más tiempo con los hijos que el padre, y por eso la disciplina de ellos es una de sus responsabilidades mayores, al gobernar su casa. Note. Tito 2:5 “a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.

Ef. 6:1 Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Note que se les manda a los hijos obedecer a ambos, a papa y a mama, no solo al padre. ¿Por qué? Porque ambos tienen autoridad en el hogar. La Biblia y la experiencia nos enseñan la importancia de que la autoridad sea confiada a más de una persona, de otra manera si solo una tiene la autoridad, la ausencia de ella provocaría un colapso en la dirección. En la mayoría de las empresas y gobiernos existe el presidente y el vicepresidente que es el que le sigue en autoridad. Si llegara a faltar el presidente no quedaría sin dirección dicha empresa. Cuanto más debía ser en la mayor empresa de nuestra vida: nuestro hogar.

  1. B. Es importante que halla una autoridad final.

Aunque el hombre no es la única autoridad en el hogar, si el la autoridad final. El es la cabeza. La mujer esta destinada a ser una ayuda, no un sustituto del hombre. Así como es importante que la autoridad sea confiada a más de una persona, así también es importante que alguien tenga la autoridad de tomar la decisión final. Y Dios le ha dado esa autoridad al marido. Esto no significa que tenga todas las respuestas o soluciones a los problemas que se le presenten y que no deba escuchar a los demás en el hogar. Al contrario debe escuchar las diferentes opiniones de su familia y esposa, pero el deberá tomar la decisión final.

III). Ser cabeza no significa privilegio sino responsabilidad.

  1. A. Es responsable de las necesidades físicas de la familia. 1 Timoteo 5:8

“porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” No estoy diciendo que sea malo que la mujer ayude a su esposo para el sustento del hogar, pero hay algunos hombres que han abusado de esta disposición de la mujer para “arrojar la toalla”. Abandonan su responsabilidad como cabeza y permiten que el peso de la familia recaiga sobre la mujer. Y la mujer le pierde el respeto a su marido por desobligado y sus hijos imitándola hacen lo mismo. Ser cabeza no significa privilegio sino responsabilidad. Al cumplir la responsabilidad se gana el privilegio.

  1. B. Es responsable de la salud espiritual de la familia. Génesis. 3:9-12
  1. De su esposa. “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses? Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí” ¿Quién peco primero? = La mujer. ¿Por qué Dios le reclamo al hombre? =Porque el no la cuido. El no actuó como cabeza, no se responsabilizo de ella. El hombre en lugar de asumir su responsabilidad le echo la culpa a ella. Si una empresa sufre quiebra, nadie culpa a los accionistas aunque todos ellos sufrieron perdidas, la responsabilidad recae sobre el presidente de dicha empresa, por su mal manejo. Tanto mas grande sea tu grado o posición, mayor es tu responsabilidad. El problema no es tomar el volante sino conducir bien.
  1. De sus hijos. Muchos hombres piensan que la responsabilidad de educar a los hijos es de la madre. Piensan que su responsabilidad solo es traer sustento a la casa. Se justifican diciendo: “trabajo tanto pero lo estoy haciendo por mis hijos, para que ellos tengan lo que yo no tuve”. La responsabilidad no solo es de la mujer, sino también nuestra. Jesús dijo: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?(Su hijo) ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?(Hijo)»

 

Conclusión.

Hemos visto que ser cabeza no significa ser superior, sino cumplir un propósito. No significa autoridad absoluta sino final. Y no significa privilegio sino responsabilidad. ¿Es usted la cabeza que Dios quiere que sea? ¿Esta dirigiendo bien la familia que Dios le ha dado? Sino, le sugiero que aprenda de Cristo que es el mejor ejemplo podemos tener de cómo guiar a la familia. El nos lo enseña a través de su relación con su iglesia. Solo así podemos decir “misión cumplida” o como dijera Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:7) Empecemos hoy hacer buenas cabezas, buenos guías de nuestras familias.

Juan Ramón Chávez Torres E-mail: monche91@hotmail.com

http://chaveztorres.wordpress.com/ Apartado Postal 681. H. Matamoros Tam.

ESPOSA -El corazón del hogar

ESPOSA -El corazón del hogar

Autor: http://www.bbnradio.org/

CAPITULO 3

a1Si tu eres una mujer leyendo esto y estás tratando de entender tu rol en el matrimonio, por favor haz una pausa y abre tu Biblia en Proverbios 31 (lee y medita en versículos 10-31). Este es un pasaje bíblico que te ayudará a entender tu rol en el matrimonio. Lo siguiente es dado para ayudarte a edificar sobre este pasaje en una manera práctica, para tu entendimiento de la hermosa relación que Dios inició desde “el principio”.

Yo confío que cada mujer entenderá su propio valor para su futuro esposo. Proverbios 31:10 dice que tu precio para tu esposo va más allá del de los rubíes. Cuando un hombre te pide ser su esposa, has sido elegida por sobre todas las mujeres de la tierra. Esto trae responsabilidad y oportunidad, que los ángeles del cielo bien podrían codiciar. Ella tiene en sus manos el destino y el provecho terrenal de su esposo y sus hijos más plenamente de lo que a menudo se da cuenta. Tú serás, más que cualquier persona o cualquier cosa, el más grande impacto en el futuro de tu esposo, tus hijos y tu hogar. Mucho del desarrollo y el destino de ellos están en tus manos. A menudo se dice, “los hijos son producto del hogar”. Ambos padres estampan su marca en el hogar, pero a causa del tiempo y la enseñanza, una madre invierte en moldear los hábitos del hijo, carácter y pensamientos, y su influencia hace un mayor impacto (Proverbios 31:28).

La palabra “Esposa” significa “tejedora”. Ella es la que teje el hogar en el diseño y la belleza que este intentó ser. Todas las hebras se deben complementar entre sí, y contar una con otra, para expresar la voluntad del tejedor. Un hogar tejido por una esposa cristiana expresará la gracia y la belleza que revela la obra del Espíritu Santo en todas las actividades diarias. Se reflejará claramente en la vida de sus hijos y de su esposo. “Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba: muchas mujeres hicieron el bien; mas tú sobrepasas a todas. (Proverbios 31:28-29)

El hogar es su dominio. Como el Señor Jesucristo es cabeza de la iglesia y el Espíritu Santo es Aquel Guía siempre presente, influenciando, dirigiendo, enseñando y ejecutando reglas establecidas en su Palabra, de ese modo la esposa es como el Espíritu Santo en el hogar. Su influencia en todo avanza en el hogar como la obra del Espíritu Santo en la iglesia. Ella guía, enseña, conforta, anima, da y entiende en función de edificar a su esposo y sus hijos en la Fe.

La descripción de una Buena esposa, la cual fue dada por un escritor de años atrás, es: “Una buena esposa es el mejor y final regalo del Cielo al hombre, su ángel y ministro de gracias innumerables, su joya de mayores virtudes. Su voz es su música más dulce, su sonrisa su día más brillante. Sus besos la guardia de su inocencia, sus brazos su seguridad; su industria su más segura salud. Su economía su más seguro compañerismo; sus labios son sus más seguros consejeros, su pecho es la más suave almohada de sus cuidados, y su oración el más capacitado abogado de las bendiciones del Cielo sobre su cabeza.”

Si esa es la esposa ideal, tal vez algunas preguntas deberían ser hechas antes de entrar al matrimonio con un hombre. Porque una esposa es el corazón del hogar, una mujer debería preguntarse a sí misma si ella podría ser todo lo que se requiere de ella para ser una esposa piadosa. ¿Qué tipo de mujer habrás de ser en función de llegar a ser una buena y verdadera esposa? ¿Es esta la vida que tu deseas? Aquí están algunos de esos requerimientos a considerar para llegar al cumplimiento del diseño de Dios para la esposa en un matrimonio cristiano.

Compañerismo

Yo uso la palabra en su sentido extenso. Lee otra vez la descripción de una buena mujer en Proverbios. “El corazón de su marido está en ella confiado.” El sabe que ella es su más maravillosa amiga y compañera, y ella es suya solamente. El sabe que ella es fiel a todos sus intereses e intenciones; él debe mostrar lo mismo por ella. Ella es consciente de sus necesidades y planes para el futuro. Ella puede pararse a su lado y realzar sus sueños. Nadie puede satisfacer sus necesidades y expandir su visión, sus metas, su futuro y sus compromisos como la hermosa esposa con quien se casó.

Manteniendo el Hogar

Es verdad que con ciertos trabajos, los hombres y las mujeres están igualados, pero hoy encontramos que hombres y mujeres están en competición por trabajos en el mercado. Deberíamos preguntarnos a nosotros mismos cuál es la motivación real para tal empleo. Tal vez sea poder, dinero, ego, aceptación, reconocimiento, derechos, materialismo o muchas otras cosas, no todas estas son correctas ni todas erróneas. Ellos se convencen a sí mismos que si ellos van a trabajar por un tiempo, el incremento en los ingresos les habilitará para tener cosas que ellos necesitan, como una mejor casa, un auto más nuevo, educación privada y la lista se hace interminable. De todos modos, si examinamos esto cuando sucede, una pareja nunca alcanza tranquilamente el estándar de vida que soñaron, porque este avanza mientras sus ingresos se incrementan. Una vez que una pareja establece su estándar de vida, basado en dos ingresos, raramente retornarán a tan sólo un ingreso. Por esta situación, ambos habrán perdido la clara enseñanza bíblica.

Desde el punto de vista bíblico, ¿es esto realmente la intención de Dios para una mujer, especialmente cuando hay niños en el hogar? La Biblia dice que las mujeres mayores deben “enseñar a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos, a ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, buenas, sujetas a sus maridos, para que la Palabra de Dios no sea blasfemada” (Tito 2:4-5).

Si el hogar tiene la prioridad en nuestras vidas como Dios intentó que la tenga, entonces el orden del hogar debe ser acorde con lo que la Biblia enseña. Dios intentó para la esposa que encuentre su propósito en mantener el hogar y los niños, cuidando su casa, amando sus hijos y haciendo del hogar un refugio para su familia. Si no puede guardar su casa, y no puede aprender, o no lo hará, deberá contar con alguien que lo hará por ella. Una limpia y bien cuidada casa es absolutamente indispensable para una feliz vida matrimonial.

Esto puede sonar poco romántico para una pareja joven, pero no lo hace menos verdad. Muchos matrimonios felices han sido destruidos por el febril esquema de ambas personas, especialmente cuando los pisos no están limpios, la comida no está preparada, los hijos no están cuidados, y los sobrantes y retazos no son levantados y puestos en sus apropiados lugares. El esposo viene al hogar desde su trabajo donde la organización es un mandato en función del éxito del negocio. Se requiere de cada persona mantener orden y eficiencia en su trabajo. Si esto es importante en el mercado laboral para obtener éxito, cuánto más es necesario para el éxito en el hogar.

El esposo debe ser un hombre muy paciente, pero cuando constantemente llega a un hogar sucio, a una casa desordenada donde cada cosa está donde no debería estar y nada está donde debería, esto apaga la atmósfera y mata el gozo del hogar. Cuando las cosas están desordenadas y no hay aseo, cuando las cosas son dejadas donde se usaron por última vez en vez de ser colocadas en su lugar apropiado, se genera tensión en el hogar y rápidamente el romance vuela por la ventana.

Si, como esposa, quieres conservar una vibrante relación de amor, hacer del hogar un refugio para el descanso de tu esposo y para que escape de las presiones del trabajo, colócate entonces en sus zapatos. ¿Cómo quisieras las cosas al llegar a tu hogar? Amor y respeto deben ser las cuerdas que mantengan unida la relación. Sin embargo, el apropiado mantenimiento del hogar establecerá la atmósfera, ya sea para edificar o destruir la relación. Como toda relación, debe tener una base, y una de las piedras importantes de ese fundamento es un buen cuidado hogareño.

Comunicaciones mutuas

La comunicación debe fluir de parte de cada compañero, compartiendo cada cosa y todas las cosas. Entre un esposo y una esposa, ningún tema o incidente está fuera de los límites. Al mismo tiempo, cada cosa compartida en confidencia debe ser guardada confidencialmente. Si se viola esto, severamente se dañará la base de confianza en la relación. Mientras ella le de su confidencia plena a su esposo, no escondiéndole nada y no teniendo secretos para él, será muy cuidadosa acerca de lo que diga concerniente a su hogar fuera de su casa.

Los hombres son a menudo terribles tratando a sus esposas. El encontrará faltas que la fastidiarán y a menudo le causarán dolor. El fallará en este deber o en el otro. Una esposa sabia nunca hablará de estas cosas fuera de su casa, ni en el hogar delante de los niños. Ella solo hablará con su esposo y a su Salvador acerca de esto. Ella puede estar constantemente esforzándose en corregir estas faltas en su esposo, pero debe ser paciente, con amor, guardando su problema en su propio corazón. Proverbios 31 es un capítulo especial de la Biblia para la mujer piadosa. Aquí un versículo para guardar de corazón, “ella abre su boca con sabiduría; y la ley de clemencia está en su lengua”(versículo 26).

Aquí, a veces, se comete un fatal error. Las esposas, necia y engañosamente, parlotean unas con otras acerca de las fallas de sus respectivos esposos. A veces ellas hablan a otros hombres sobre esto, olvidando el hecho de que el amor pasará por alto los defectos. El hombre a quien ella esté hablando acerca de las faltas de su esposo debería asombrarse de que aquel pobre marido nunca vio en una esposa alguien que hablaría en tal manera, y por lo tanto ella solamente brinda falta de respeto sobre su propia cabeza. Guarda tu corazón y tus palabras al hablar a otros acerca de tu familia y tu hogar.

Presentación personal
Física y espiritualmente

Hoy en día, en nuestro mundo de avisos publicitarios, la belleza es el apelativo sexual. Muchas mujeres han comprado la idea del mundo de que la belleza traerá matrimonio, felicidad y éxito, solamente para descubrir que no es verdad. Después de los votos matrimoniales, cuando comienzan a vivir juntos, se revela la verdadera persona. Otra vez, es Dios quien nos da la correcta perspectiva, “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Proverbios 31:30).

Alguien ha dicho, “la belleza está en el ojo del observador”. La belleza real no puede ser alcanzada por pérdida de peso, vestidos elegantes, maquillaje o cualquier otra cosa que el mundo diga que necesitas para estar hermosa. “Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma” (Salmo 90:17). La belleza verdadera y perdurable no es externa, sino interna. ¿Te has encontrado alguna vez con una pareja mayor, quienes están todavía locamente enamorados? Es enteramente posible para una esposa constantemente incrementar su encanto para su esposo. El paso de los años puede quitar la lozanía de sus mejillas, y la musicalidad de su voz, pero el arte del amor y de la gracia en mente y alma puede aun hacerla amorosa a los ojos de su esposo. Para hacer esto, de todas maneras, ella evitará todo lo que sea ofensivo y buscará ser una esposa que constantemente esté cultivando su propia vida con todo lo que sea amable, femenino, de buen agrado y piadoso.

Así que todo regresa al asunto del carácter, el verdadero ser. Una Buena esposa llega a serlo solamente por ser una buena mujer, y una buena mujer llega a serlo solo por ser una piadosa mujer cristiana. La vida matrimonial pone grandes requerimientos sobre ambos, el esposo y la esposa. Es una estricta disciplina y en ella yace mucho de su valor. Los deberes de una esposa son tales que prácticamente no hay mujer, a no ser que sea cristiana, que pueda enfrentarlos. Luchas y perplejidades, cruces y decepciones, tristezas y solicitudes se levantan, y si Cristo no está en el corazón, ellos son demasiado grandes para ser soportados. Tengamos a Cristo en nuestros hogares, y que cada esposa le permita ser su verdadero y familiar amigo.

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ESPOSO -La cabeza del hogar

ESPOSO -La cabeza del hogar

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CAPITULO 2

a1Lo primero que debemos aceptar es que el hombre y la mujer son diferentes. Los hombres tienen cualidades masculinas, y las mujeres tienen cualidades femeninas. La estructura física misma del hombre es diferente desde las células de su cuerpo con sus 23 cromosomas. Hombres y mujeres difieren físicamente, emocionalmente, psicológicamente, mentalmente y relacionalmente. Dios diseñó al hombre primero y determinó que necesitaba una ayuda, entonces creó a Eva. De todos modos, ambos fueron creados a la imagen de Dios. “a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Esto los hace co-iguales bajo Dios.

Dios claramente dio diferentes roles al esposo y a la esposa con un claro mandato al esposo. El es quien “ama a su esposa como Cristo amó a su iglesia” (Efesios 5:25), y él es quien “ama a su esposa como a su propio cuerpo (Efesios 5:28). ¿Qué propósito más alto ha puesto Él delante de un esposo? Está para mostrar el mismo interés por ella en cada aspecto, tales como: nutrirla y apreciarla, protegerla y tener el mismo amor auto-sacrificado que Cristo tuvo por la iglesia. Cuando un hombre trata a su esposa de este modo, encontrará una esposa a quien le será fácil respetarlo y someterse como “al Señor”. El debe entender que una mujer no es propiedad de un hombre, sino su compañera.

De hecho, esta relación determina la efectividad de las oraciones del hombre e impacta tremendamente su vida espiritual. “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (I Pedro 3:7). Esto no es una referencia a la vida moral o espiritual, sino a la estructura física del cuerpo, la cual demanda respeto, honor y amor, si has de ser efectivo sirviendo al Señor.

Aún en el jardín del Edén, Dios dejó claro que el propósito de Su creación fue multiplicar y poblar la tierra. La reproducción ha sido siempre evidencia del plan de creación de Dios. En el mismo versículo siguiente, Dios dio un mandamiento que una vez por todas arregla la perversión concerniente al pensamiento de la sociedad actual. El dijo, “fructificad y multiplicaos” (Génesis 1:28). A pesar de lo que el hombre moderno pueda decir, no cabe duda que la homosexualidad es una malvada perversión contra el plan de nuestro Creador. Ellos no pueden reproducir físicamente. Sodoma y Gomorra trataron de violar esto. Dios les destruyó como un ejemplo de Su juicio por violación de Su Divino plan. Si tienes preguntas sobre esto, lee Romanos 1:26-27.

El esposo es aquel que mantendrá unido y ligado el hogar como una faja o banda para ajustar. Si esa faja se rompiese, el hogar caería. Confiere además la idea de que está para ser un líder, un protector y un proveedor con una gran cuota de tierno y amante cuidado.

Se demanda Sacrificio

Ahora veamos las responsabilidades de un esposo hacia su esposa, las cuales pueden ser sintetizadas en una sola palabra: AMOR. “Maridos amad a vuestras mujeres” (Efesios 5:25). No es una opción, ¿pero cómo podemos medir el peso y la profundidad de esa palabra? A menudo usamos la palabra para describir cosas tales como: “amo mi automóvil,” “amo mi perro”, o “amo cabalgar.” De todas maneras, cuando hablamos de amor en una relación matrimonial, la palabra mueve su significado a un nivel mucho más alto.

La Biblia dice, “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). La medida completa de tal amor es imposible de comprender para cualquier hombre mortal, pero debe ser la meta de cada verdadero esposo porque se le requiere lograrlo. Si un hombre realmente piensa en esto, entonces todo su egoísmo muere dentro suyo ante el altar del matrimonio. ¿Qué incluye el amor en relación a la vida matrimonial? En el matrimonio, la esposa llega a ser muchas cosas para su esposo, pero la más importante es que ella llega a ser su mejor amiga. Los siguientes versículos ponen este amor en perspectiva y nos dan un más claro entendimiento de este amor: “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Jesús estableció este ejemplo para nosotros en la cruz. No podemos hacer menos por nuestra mejor amiga, nuestra esposa. Ahora, veamos cómo esto se relaciona con el matrimonio.

La esposa también puede encontrarse siendo arrastrada hacia un centenar de diferentes direcciones. Tal vez ninguna de ellas sea mala en sí misma, de todos modos, Dios pone una prioridad sobre el hogar, y nosotros debemos hacer lo mismo. El esposo es responsable de establecer guía y ser el ejemplo de liderazgo en el hogar. No es para ser pasado a su esposa. Ella está para seguir y sostener el ejemplo del esposo, siendo guiados juntos por verdaderos principios bíblicos.

El esposo debería ser el líder en oración en las comidas y en el devocional hogareño a la noche con su esposa e hijos. El debe ser un estudiante de la Palabra, aplicando enseñanzas y verdades bíblicas a las muchas situaciones que se presentan en el hogar. El debería llevar a su familia a la iglesia, no solamente enviarles. El hogar y la iglesia deben trabajar juntos edificando un matrimonio en el cual Jesucristo es la cabeza.

Liderazgo físico y espiritual

Hay hombres que pueden ser grandes amantes pero terribles líderes, y hay hombres que pueden ser grandes líderes pero terribles amantes. El ego masculino a menudo se encuentra a sí mismo mentalmente exaltado más allá de su verdadera capacidad. La clave para esto es el equilibrio. Juntos, el hombre y su esposa, deben esforzarse en alcanzar equilibrio en sus roles. Demasiados desafíos pondrán estrés sobre la relación matrimonial y tensión en el hogar. El hogar es la prioridad, y el equilibrio es el ingrediente clave al invertir nuestro tiempo. El esposo podría consumirse con reuniones de negocios, involucrarse en reuniones de iglesia algunas noches a la semana, o ser aficionado a los deportes, y así la lista podría continuar. Ten por seguro que habrá miles de cosas para consumir tu tiempo y mantenerte fuera de tu hogar. De todas maneras, la Biblia claramente enseña priorizar la vida familiar. La clave es “someterse”.

1. Al Espíritu de Dios (Efesios 5:18-19)
2. Unos a otros en el temor de Dios (Efesios 5:21)
3. La esposa al esposo (Efesios. 5:22)
4. El esposo a Cristo (Efesios 5:25)
5. Los hijos a los padres (Efesios 6:1)
6. Los siervos a los amos (Efesios 6:5)
7. Los amos al Señor en el cielo (Efesios. 6:9)

Provisión material

La palabra “amor” incluye muchas responsabilidades y tiene muchas implicaciones. En los votos matrimoniales, el esposo asume la carga del sustento, y ningún hombre verdadero buscará evadir su obligación. La Biblia tiene palabras cortantes para decir sobre los hombres que toman sus responsabilidades livianamente en esta dirección. Dice, “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (I Timoteo 5:8). Normalmente, no es lo mejor cuando la esposa tiene que salir para ganar parte del pan diario, especialmente cuando hay niños en el hogar. Los Psicólogos dicen que el impacto más grande sobre la vida de un hijo es hecho durante los primeros 6 años de su vida. Puede ser la madre, o una cuidadora de niños que moldee la vida de tu hijo. ¿Quién crees que es según la elección de Dios? De todos modos, podrían haber circunstancias, ocasionalmente, donde tal necesidad surja, pero no debería ser la norma. Es responsabilidad del esposo proveer para las necesidades de la familia y así hacerlo, con la mejor de sus habilidades, honrando su responsabilidad ante Dios.

Muchos esposos cometen un error aquí. En su celo por proveer abundantemente para sus hijos y su esposa, ellos olvidan al Señor. Ellos fallan en hacerlo parte del compañerismo. Ellos no dan nada a las obras y los ministerios de Dios, y se asombran cuando Dios no les bendice mas abundantemente. “Él te da el poder para hacer las riquezas (Deuteronomio 8:18). El verdadero y sabio hombre no derramará para sus hijos y su esposa lo que justamente pertenece al Señor de los Ejércitos. II Corintios 8-9 nos da claras instrucciones que el dar debe ser una parte del hogar cristiano. El esposo debe proveer para las necesidades materiales del hogar, pero Dios es el supremo proveedor para nuestras necesidades. Al darle a Él, tu puedes entonces reclamar esta promesa, “Mi Dios suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Filipenses 4:19).

Unicidad

Cuando un hombre ofrece a una mujer su mano en matrimonio, él dice mediante ese acto, que de todas las mujeres sobre la tierra, él la ha elegido a ella. Unicidad en el matrimonio significa que dos llegan a ser como uno, lo que afecta a uno, afecta al otro. Debe haber tierno cuidado amoroso y entendimiento de esta especial persona. Al vivir juntos como uno, Dios da este especial mandamiento: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (I Pedro 3:7). Tratando a tu esposa equivocadamente apagas tus oraciones e impactas toda tu vida. Cuando su belleza física esté disminuyendo, cuando su cara se arrugue, cuando su voz ya no sea tan musical, cuando la enfermedad deje sus rastros, él deberá estar para amarla tan verdaderamente y tan profundamente como siempre. Estás para darte a tí mismo por ella “así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella” (Efesios 5:25). Este es un alto desafío, y para el esposo cristiano es un desafío para ser practicado hasta que el cielo dé la bienvenida a uno de ellos en casa.

Zonas peligrosas…El trato y proceso de pensamiento sobre las mujeres debe ser cuidadoso. Los “deseos de la carne” es una de las tentaciones más fuertes del hombre, y el diablo las usará para destruir tu matrimonio. No digas que no te puede suceder a ti. Lee la historia de David, Salomón y otros. El esposo debe guardar su corazón y su mente en estos asuntos. El hombre debe tratar a las mujeres con pureza (I Timoteo 5:2). Debe evitar cualquier pensamiento o actividad sexual fuera del matrimonio (Efesios 5:3-4 y Hebreos 13:4).

Job hizo “pacto con sus ojos” (Job 31:1). Se comprometió a no mirar (o pensar) en otra mujer, con malas intenciones. Para proteger tu matrimonio, debes proteger tus ojos. Si lo ves en televisión, cambia el canal. Si lo ves en una revista, da vuelta la página. Si aparece en tu computadora, rápidamente bórralo. De nuevo, guarda tus ojos y tu mente, y guardarás tu corazón. Puedes llegar a pensar que puedes manejar el asunto, pero estás equivocado. Dios nos da una sola respuesta: – HUYE – “huye de las pasiones juveniles” (2 Timoteo 2:22).

Plena atención

Muchas veces, los hombres están a menudo descuidados sobre su concentración o atención. El problema es que bajas la guardia, y caes en hábitos libres o fáciles en tu hogar. De compras, o en la calle, eres excedidamente cuidadoso. Estás atento y cortés. Eres cuidadoso de no injuriar los sentimientos de una dama en tu lugar de trabajo, pero cuando llegas al hogar, ventilas todos tus problemas y dices que has sido reprimido todo el día. Puedes ser cortante, brusco y franco en tus comentarios. Respondes preguntas impacientemente y en forma ruda, en un irritado tono de voz. Piensas que porque una mujer es tu esposa, debería saber que la amas, aunque eres rudo con ella. Piensas que ella no debería hacer caso a todo lo que tú haces o dices, aun si eso es algo que ofendería grandemente a otras mujeres. De todos modos, olvidas de que ella tiene sentimientos, y que ella también pudo haber tenido un día escabroso.

Otro error que se comete en el hogar es que no se hacen los mayores esfuerzos en el tema de amabilidad y paciencia. Hay hombres que no dicen nada mezquino, o cortante en el hogar, pero deben confesar que dicen pocas cosas tiernas y amorosas. Su conversación es breve, seca y metódica. La tibieza del amante y recién casado esposo ha desaparecido extrañamente. La promesa de “amar y cuidar” rápidamente ha sido olvidada. El amor hablado necesita ser cultivado como cualquier otra clase de amor, y si no es alimentado, se muere.

Hay veces cuando un hombre debería ser especialmente sensible y atento para con su esposa. Un hijo podría haber estado enfermo todo el día o podría haberla tensionado por su desobediencia; el trabajo de la casa ha sido perturbado y demorado, y el día entero ha estado lleno de inusuales cuidados. Ella puede estar herida y solitaria, pero si su esposo tiene ternura y la demuestra, entonces las memorias de ese día rápidamente se borrarán. Toma poca atención borrar las batallas del día y restaurar el gozo del corazón.

Consejo

Es dado por hecho que si un hombre siente que una mujer es digna de ser su esposa, mirará por ella como un ser maduro, una persona inteligente. Aun después del matrimonio, algunos hombres tratan sus esposas como ellos son, en el mismo nivel mental que los niños. Ellos nunca comparten acerca de sus negocios, o las luchas del día. Ahora bien, una mujer no sabe nada acerca de negocios, pero puede ser una gran consejera, algunas veces viendo el cuadro más amplio. La mujer a la cual se hace referencia en Proverbios 31 revela que es sabio para un esposo buscar el consejo de su esposa. Ella tal vez no tenga los detalles en su cabeza como su esposo los tiene, pero el hecho es que una rápida intuición de la mujer a menudo saltará al punto correcto, mientras la lógica de un hombre es lenta en alcanzarlo. Entonces el hecho mismo de que ella esté mas, o menos, distanciada del inmediato problema, a menudo elaborará sus juicios más claros y más precisos. Es un hombre sabio el que busca el consejo de su esposa en los asuntos de sus negocios. Muchos hombres pueden agradecer el discernimiento de sus esposas por un largo compartir de su fortuna.

Con gran corazón

La cabeza y el corazón deben estar sincronizados. Que nos libre el Cielo de un hombre que es un “nadie” en su trabajo y un pequeño tirano en su hogar. Que ama pararse en el terreno y ser el dominante, ser el tirano matón del círculo del hogar, vociferar mandatos y amenazar a su esposa y sus hijos como algún salvaje animal. De todas las personas despreciables, este hombre es el peor. Esto es una total violación de lo que Dios intentó que los hombres sean para sus esposas. Este tipo de persona no tiene el concepto de lo que significa “Maridos, amad a vuestras esposas”.

Rendición a Cristo

Tal vez este pensamiento quemó sobre tu corazón. Hay hombres que son tiernos para con sus esposas. Ellos proveen cada cosa necesaria para su confort. Ellos son muy atentos y de gran corazón. Ellos les aconsejan muy bien y son bondadosos para con ellas, pero en cuanto a los temas espirituales, ellos se retraen y no toman parte en la adoración con ellas. Ellos se cierran a sí mismos fuera de la más profunda y de la más sagrada parte de la vida de una esposa. Ella va sola a la iglesia. Ella se sienta sola a la mesa del Señor. Sola dobla sus rodillas en oración. Ella sola lleva las esperanzas, adversidades y aspiraciones de su alma. Ella sola quiere que su esposo, mas que nadie en el mundo, venga a Jesucristo y haga de Él su Señor y Salvador. El no tiene parte con ella en todo esto. “Y si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no permanecerá” (Marcos 3:25).

El niega los votos que hizo ante el altar matrimonial. Dios nos hizo cuerpo, alma y espíritu. Negar la parte espiritual de esta sagrada relación es estar ciego a la más importante parte de esta unión. Podríamos decir a cada esposa que, tal vez en esta situación, un matrimonio tal no es un matrimonio como Dios intentó que fuese. Solamente Su gracia la puede ver a través de eso, y ella puede clamar por la promesa de que su consistente testimonio pueda ser el resultado de la salvación de su esposo. “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas” (I Pedro 3:1).

Si juntos no son un alma y un espíritu, entonces este matrimonio no es a la manera que Dios intentó que fuese. Tal acción de parte de un esposo es completamente equivocada y reprensible, y Dios lo llevará a juicio para responder por esto. Es una gran equivocación para la esposa cristiana y familia, y la consecuencia de sus acciones serán reveladas ante el trono del Juicio.

Los corazones están para ser unidos en comunión eterna. Los años aquí en la tierra son tiempos de preparación para una unión que perdurará más allá del valle de las sombras de la muerte y por último a través de toda la eternidad. Creemos que muchas lágrimas serán derramadas en el cielo por matrimonies fallidos que Dios quiso bendecir pero no pudo. El enjugará todas las lágrimas, pero tendremos recuerdos de lo que debería haber sido. Oremos para que Dios ayude a un esposo que no está en esta correcta relación, para pensar sobre sus cosas y someter su vida a su esposa y sus hijos, pero por sobre todo al Señor Jesucristo, haciendo de Él el Señor de su vida.

Si cosas no están correctas y tu quieres arreglarlas, puedes hacerlo ahora mismo. Si un amigo llamara a la puerta de tu casa, abrirías y lo invitarías a entrar. Jesús llama a la puerta de tu corazón, pero te corresponde a ti abrir la puerta e invitarlo a entrar. Él solamente entrará ante tu invitación. Él limpiará tu corazón y lo hará un lugar donde tú y Él puedan tener comunión cada día de tu vida. Él dice, “He aquí estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz (ese serías tú) y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él” (Apocalipsis 3:20).

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MATRIMONIO – Fue Su idea

MATRIMONIO – Fue Su idea

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CAPITULO 1

a1Vamos a pensar juntos acerca del matrimonio cristiano. El matrimonio fue idea de Dios. Vamos a mirar lo que hace a un matrimonio Cristiano y a un hogar Cristiano. ¿Qué significa estar casado desde el punto de vista de Dios? ¿Cual es el deber de cada miembro de la familia? Según la Biblia, ¿qué debe hacer cada miembro para mantener una apropiada perspectiva cristiana y su responsabilidad como parte de la familia? Vamos a comenzar donde Dios comenzó todo. Le llamamos “Matrimonio”.

El Matrimonio es la única Institución que nos ha venido desde el otro lado de la caída del hombre en el Jardín del Edén (Génesis 2:21-25). Dios ordenó el matrimonio antes de que el pecado entrara en el mundo e intentó que fuera la más plena, la más rica y la más gozosa vida en el planeta Tierra. Si falla en serlo, la falla no está en la Institución misma sino en aquellos que entran en ella descuidadamente y fracasan en cumplir sus condiciones. De hecho, el matrimonio es tan importante en el plan de Dios que El hace una comparación en la carta a los Efesios entre el Matrimonio y la Iglesia. “El esposo es la cabeza de la esposa, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia; y El es el Salvador del cuerpo. Por lo tanto, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las esposas deben estar sujetas a sus propios maridos. Esposos, amen a sus esposas así como Cristo amó a la Iglesia y se dio a sí mismo por ella… Así los hombres deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa, a sí mismo se ama” (Efesios 5:23-25; 28). La Iglesia debería ser un reflejo del hogar, y el hogar un reflejo de la Iglesia.

Chequeo Pre-Matrimonial

Las expectativas para el matrimonio varían en muchas maneras. Algunos se casan por motivaciones equivocadas tales como: atracción física, seguridad financiera, seguridad física, estabilidad emocional, compatibilidad sexual, para liberarse de los padres, escapar de un hogar malo, una pobre auto imagen, aprobación, y la lista continúa. Tarde o temprano estos motivos se manifestarán y pondrán el matrimonio en peligro. Cada uno debería ser absolutamente honesto y abierto con el otro antes de casarse. Deberían tener la libertad de hacerse preguntas ya sea de lo social, espiritual, físico o cualquier cosa que pudiese ser una parte del pasado del otro. Honestamente preverán futuros impactos que podrían salvar su matrimonio. De hecho, cada relación romántica requiere la prueba del tiempo, como así también la prueba de una separación ocasional. Esta es una práctica fundamental para determinar la Voluntad de Dios. Tiempo separados hará crecer el corazón más cariñoso, ya sea en aquel con quien planeas casarte o por alguien más. Asegúrate que tu relación ha experimentado la prueba del tiempo.
Dios planeó que muchas de nuestras necesidades individuales se suplan a través del matrimonio. La necesidad de compañerismo, familia, aceptación social, intimidad sexual y muchas otras necesidades son logradas a través del matrimonio. “Por eso dejará el hombre a su padre y su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Efesios 5:31). Dios ordenó el matrimonio para el confort, la felicidad y el beneficio de la humanidad. Es parte del plan original de Dios. No es una relación que ha evolucionado. No es una costumbre en la cual el hombre cayó en los tempranos días de la raza humana. No es un mero arreglo o relación que es temporario y hecho por hombres. Es de orígen Divino como parte de la creación de Dios, que Dios ordenó para ser una obligación de por vida del uno para el otro. “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Marcos 10:9). Es Su Institución Ordenada para que los hombres y mujeres se unan en una relación física y emocional y tengan el privilegio de traer niños a este mundo.

No hay relación sobre la tierra tan cercana y sagrada como la relación de matrimonio. Sobrepasa a la relación de hijo a madre o padre. Nuestro Salvador, Él mismo, determinó que el hombre debe dejar a su padre y a su madre y unirse a su mujer (Génesis 2:24). Esto no debe ser tomado en el sentido de que un hombre sea negligente con su padre o madre, lejos sea de eso. Esto significa que la relación matrimonial y sus obligaciones están primero. Desde el momento en que un hombre y una mujer se paran ante el altar matrimonial, su más alto deber es el uno para con el otro.
Un Ministro del Evangelio debería consumar el matrimonio cristiano. Es una ceremonia tan solemne, tan cargada de posibilidades de bueno o malo, tan ligada con el destino eterno de las vidas de personas, que un modo frívolo o de mal gusto en ella no debería ser tolerado. En el matrimonio, dos corazones y dos vidas se unen, llegando a ser una por el resto de sus vidas. Este fue el plan original de Dios para el matrimonio antes de la caída del hombre en pecado. “Por tanto, dejará el hombre su padre y su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne” (Génesis 2:24). Uno es el único número que no es divisible.
Aquí tenemos una famosa frase que nos da la perspectiva de Dios sobre el matrimonio. “Si Dios hubiera querido que la mujer gobernase sobre el hombre, la hubiera sacado de la cabeza de Adán. Si la hubiera diseñado para ser su esclava, la habría sacado de sus pies. Pero Dios sacó a la mujer del costado de Adán, para que fuese su ayuda idónea y co-igual con él” (Agustín).

Compromiso

El matrimonio es un vínculo que solo puede ser disuelto por la muerte. La ceremonia se enfoca en un pacto entre dos personas que intercambian votos y se prometen uno a otro “amor, honor y cuidado hasta que la muerte los separe”. La ceremonia anticipa exclusivo compromiso de futuros eventos a pesar de lo que pase. “Para mejor o para peor, en enfermedad o en salud, en pobreza o en riqueza.” Estas dos personas se presentan ante Dios y hacen un pacto que solamente la muerte puede anular. No nos resulta difícil pensar que los ángeles del cielo silencian sus canciones y se admiran silenciosamente mientras votos santos son tomados, y dos corazones y vidas son unidos por designios Divinos. Una ceremonia tan santa, tan sagrada, tan llena de destino que como cristianos, debería ser hecha en la presencia de cristianos que entiendan lo sagrado de la ocasión. Que no seamos culpables de tratar livianamente el plan divino.
¿Qué les espera a estas dos personas si para ellos el matrimonio es probar la bendición que Dios intentó que fuese? ¿Qué deben tener ellos en sus corazones? ¿Qué sustentará esta nueva relación? ¿Habrá algunos ajustes o conflictos? Vamos a considerar algunos de ellos.

Flexibilidad y Entendimiento

Cada pastor de una iglesia sabe la verdad de esto. Cuando dos vidas se unen, hay, necesariamente, por un tiempo, un ímpetu de vida contra vida. Todos nosotros procedemos de diferentes trasfondos, familias, temperamentos y personalidades. Muchos ajustes deben ser hechos, y cada uno debe tener mente y corazón entendidos para combinar estas relaciones juntos. Se debe empezar por entender que hay una gran diferencia entre la manera de pensar de un hombre y la de una mujer. Cosas que son importantes para una mujer son insignificantes para un hombre, y cosas que son importantes para un hombre son insignificantes para una mujer. Rápidamente se descubren aquellos hábitos, gustos e inclinaciones que difieren mucho más ampliamente que lo que pensábamos durante aquellos maravillosos días de cortejo de novios. Si ambos fueran idénticos, el matrimonio rápidamente se tornaría aburrido. Dios nos hizo diferentes para que pudiéramos complementarnos uno a otro mientras maduramos.
La mejor manera de hacer estos ajustes es usar frecuentemente las siguientes cinco palabras: “Lo siento, perdóname, te amo.” Un versículo para fortalecernos en esto es: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19). Al descubrir tantas diferencias, algunas parejas a veces crecen descorazonadas y concluyen al fin que su matrimonio fue un espantoso error. Entendamos una vez más, que el matrimonio requiere sacrificio y ajustes del uno para el otro. Es fácil olvidar cuan maravilloso fue y cuánto estabas enamorado antes de casarte. De nuevo, el matrimonio es un plan Divino que fusiona dos vidas en una, y lo va haciendo un día a la vez, comienza a madurar y complementar uno al otro en cada cosa que hagas. Como alguien ha dicho, “Tu nunca conoces realmente una persona hasta que vivas con él o con ella, y comenzar a conocerse es el gozo de la vida matrimonial.”
Déjame ilustrarte cómo funciona todo esto. ¿Has estado parado y observando cómo dos cursos de aguas confluyen para formar uno sólo? Uno puede ser una corriente barrosa y la otra de aguas claras. Donde las dos corrientes se encuentran se observa una línea divisoria. Al seguir la nueva corriente, te sorprenderá encontrar que dentro de una comparativa corta distancia todos los signos de distinción se pierden. Las corrientes han sido completamente fusionadas. Así es cuando dos vidas se fusionan en matrimonio. Unión y perfecta mezcla nunca pueden forzarse. Vienen tranquila y gradualmente – pero vendrá – y sus vidas juntas serán más finas, más nobles y más fuertes que si no hubiera habido diferencias para vencer. Cada uno habrá ganado una victoria moral sobre su propia alma, y la vida unida en el Señor Jesucristo traerá calma y aguas tranquilas a una maravillosa relación.
A veces, en medio de tu frustración y autocompasión, el diablo tratará de destruir la relación. Una palabra que una pareja cristiana nunca debería considerar o discutir es la palabra “divorcio”. Nunca es la respuesta. Es la mentira del diablo para hacerte pensar que todos tus problemas se resolverían. Si has buscado la voluntad de Dios y Él los ha unido, con Su gracia y guía, y tu perseverancia, tu puedes hacer que funcione. Cuando mires atrás, años después, entenderás el vínculo del verdadero amor en el matrimonio y te regocijarás en la maravillosa relación que tienes. Todo lo que se necesita es un poco de sabia paciencia. Si cada uno es paciente y pensativo hacia el otro, el ajuste ocurrirá muy rápidamente, y descubrirás que el matrimonio, cuando estás en el centro de la voluntad de Dios, es la más maravillosa relación sobre la tierra.

Determinación

Edificar una relación matrimonial no es fácil. Deberán haber menos pensamientos de felicidad y más pensamientos del simple y desadornado trabajo de matrimonio. Cuando un científico se mantiene en silencio por años en el laboratorio de investigaciones, cuando un niño nace lisiado y algún corazón de madre es encadenado al pequeño sofá de sufrimiento, no les presionamos con tontas inquisitorias como si son felices o no. Tal pregunta sería un insulto. El matrimonio es una obligación a través de la cual debemos mirar. Debemos mirar antes de saltar, y habiendo saltado, estamos para permanecer comprometidos al poste del deber. Nunca hubo un matrimonio que podría haber posiblemente sido un éxito o un matrimonio que podría haber posiblemente sido un fracaso.
Nadie tiene derecho a la felicidad hasta que la gane por devoción, coraje y autosacrificio. Estas tres cualidades traen la felicidad y el gozo que Dios pensó para dos que llegan a ser uno en Él a través del matrimonio. “Sometiéndose unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21). La felicidad no es una meta motivacional. Ella cambia como el viento. La felicidad es el resultado de la obediencia en hacer la voluntad de Dios de acuerdo a la Palabra de Dios. “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” (Filipenses 2:13-14). Para la pareja cristiana, el matrimonio debería ser una nueva vida existente en dos personas.
Si la felicidad es la primera búsqueda y se la hace la meta final del matrimonio, ella elude la febril búsqueda y escapa. Si, de todos modos, el hombre y la mujer se ciñen a sí mismos a la aventura del matrimonio por convertirse en sacrificiales, pacientes, perdonadores y determinados a hacer un éxito de la aventura a cualquier costo, entonces ellos encuentran felicidad. El matrimonio es un medio de gracia, no una superficial felicidad humana. Recuerda, el matrimonio es un triángulo. En los puntos de la base, estás tu y tu cónyuge. En el punto superior del triángulo está Dios. Si te acercas a Dios, automáticamente se acercarán uno al otro, y si se acercan más uno a otro, automáticamente te acercarás a Él y hallarás que “el gozo de Jehová es tu fuerza” (Nehemías 8:10).

Buen trato y Cortesía

Si estas casado, recuerda como eras antes del casamiento, cuan atento fue tu trato! No podías hacer lo suficiente para complacer uno al otro. Después del matrimonio, cuan propensos somos a dejar caer las pequeñas cosas amenas de la vida. Las palabras “te amo,” “agradezco a Dios por ti,” “tu eres especial” y otra palabras de motivación, son frecuentemente menos usadas. Las pequeñas cortesías que significan tanto al corazón y a la felicidad de cada uno, comienzan a disminuir. Por supuesto, este no es un asunto unilateral. La esposa a menudo es tan negligente en este tema como lo es su esposo. El punto es que estas palabras y reconocimientos son necesarios para el éxito de la vida matrimonial. Márcalo como un punto, de modo que esos refinamientos en el modo del trato uno al otro sean preservados.
Nuestros corazones son amorosos, pero no tanto como para permanentemente resistir mal trato. El mismo hecho de que son corazones hogareños los hace más sensibles a tales negligencias. El corazón hogareño y el amor hogareño son fieles y resistentes plantas, pero no tan resistentes como para nunca necesitar el rocío y la luz solar de las amables, tiernas y corteses acciones. El hecho es que no hay corazones hambrientos tan apasionadamente luego de bondadosa, afectiva y premeditada cortesía, como los corazones hogareños de una pareja casada. Muchos matrimonies han sido destruidos en este punto. “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua; sino de hecho y en verdad” (I Juan 3:18).

Unidad de interés

Es algo muy fácil, incluso para los corazones que se aman unos a otros muy sentidamente, perder el rumbo. Antes del matrimonio, tu hiciste todo lo que podías para alcanzar lo que la otra persona gustaba. Entonces debías estar seguro de proveer esto para ella. Después del casamiento el esposo tiene su oficina, cuidados, responsabilidades profesionales y su diaria fatiga. La esposa tiene sus problemas de la casa, hijos y compromisos sociales. A menudo, antes de que cualquiera de los dos se de cuenta, ellos han separado rumbos, y malentendidos han llegado a ser fáciles, porque sus intereses han sido removidos lejos.
Ahora, hay excelentes maneras para encarar estas contingencias. Conocemos un espléndido hombre y su esposa que han estado casi abrumadoramente ocupados, cada uno en su propia línea de trabajo. De todos modos, ellos no han permitido que esto les cause crecer apartados. Ellos leen juntos. Cada uno se interesa por los problemas y las esperanzas del otro. Ellos adoran juntos y oran juntos. Los años los han entretejido en una perfecta unión de amor matrimonial. Ningún hombre es tan grande como para estar por encima de los asuntos que afectan los intereses de su esposa. Si él es desconsiderado, no es un signo de grandeza sino de insensatez y fracaso en cuidar del más precioso tesoro que Dios le ha dado. El matrimonio es más que encontrar la persona correcta; es ser la persona correcta. Y para ser la persona correcta, debes tener una correcta relación con Jesucristo. Entonces tendrás la correcta relación con el otro. Por favor lee Colosenses 3:12-17.

Visión para Evitar Malentendidos

La vida matrimonial no es un lugar para andar calculando a quien le corresponde o de quién es la obligación. El verdadero amor no conoce tal decisión! Ninguno, excepto un necio, tomará tal curso. La vida matrimonial es para tomar el primer paso hacia la reconciliación, para disculparse primero. Si palabras ofensivas han sido dichas durante el día, deben ser consideradas instantáneamente. Aquí tenemos una buena práctica, si palabras de ofensa o enojo han sido dichas durante el día, este versículo debe ser aplicado: “Airáos, pero no pequéis. No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26). Antes de cerrar tus ojos para dormir, debes estar seguro de que hay una completa restauración de la relación entre ti y tu cónyuge. Las palabras “lo siento” traerán paz al corazón, sumado a un buen sueño nocturno. El verdadero amor se deleita en ser el primero en perdonar. No hay lugar para el orgullo en la vida matrimonial. No debería haber sido permitido antes del matrimonio. No debe ser permitido ahora.

Jesucristo en el Hogar

Dejar a Jesucristo y la Biblia fuera de nuestra diaria conversación es un error fatal. Jesús nunca tuvo un hogar de su propiedad, pero fue un amante del hogar y pasó mucho tiempo en diferentes hogares. Su Presencia en el hogar es indispensable. Él ama tu hogar y quiere ser un huésped bienvenido en todo tiempo. Nunca debes crear una situación en tu hogar o relación con la que no te sentirías confortable invitándole como tu huésped. Realmente no puede haber profundo y permanente amor sin Él. Podría haber acuerdo, de alguna clase. Hombres y mujeres podrían vivir juntos en paz, pero no hay tal cosa como un verdadero hogar sin la permanente presencia del Hijo de Dios. El corazón de cada hogar es la esposa; la cabeza de cada hogar es el esposo; la cabeza de cada marido es Cristo; la cabeza de Cristo es Dios. “Pero esto quiero que sepáis, que Cristo es la cabeza de todo varón; y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (I Corintios 11:3).

 

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¡La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para guiar a nuestros hijos es urgente.!

Autor: Alimentemos El Alma

¡La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para guiar a nuestros hijos es urgente.!

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<<Desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. (2 Ti 3.15).>> Timoteo jamás podría olvidar la instrucción de su abuela Loida y su madre Eunice, estos fueron los cimientos de su fe cuando niño recibía atentamente las enseñanzas de “las Sagradas Escrituras”, que le revelaron y le enseñaron el camino de la salvación, que es por medio de la fe en Cristo Jesús.

Leemos cuán importante y necesario es para nuestros hijos enseñarles desde su niñez “las Sagradas Escrituras”. Nuestro amor debe de estar centrado y dirigido hacia el amor de Cristo, <<por quien todas las cosas fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. Juan 1:3>>.

Debemos luchar con la negligencia de ser padres irresponsables en la formación de nuestros hijos. Vivimos confundidos creyendo que es suficiente el cumplimiento de las obligaciones o las reglas que este mundo secularizado y humanista nos imponen como modelo en nuestros hogares.

Conocer las Sagradas Escrituras es imperativo en la formación de nuestros hijos porque son las únicas que nos darán la sabiduría necesaria para amar a nuestros hijos y criarlos de acuerdo a su propósito, ya que estas serán las que “te pueden hacer sabio para salvación por fe que es en Cristo Jesús”.

<<Y aconsejar a las jóvenes a amar a sus esposos y a sus hijos, (Tito 2.4).>> Hoy desafortunadamente no preparamos a nuestras hijas para que sean la ayuda idónea del hombre. Nuestros prejuicios y nuestra total falta de conocimiento bíblico de como criar a nuestras hijas las convierte en víctimas del feminismo, dentro de un sistema perverso creado para destruir por completo la familia.

Guiamos negligentemente a nuestras hijas para que compitan con el hombre, para que lo superen y no se dejen doblegar ante el machismo irreverente del todopoderoso, abusivo,  manipulador y pervertido «hombre»; pasando a segundo plano las responsabilidades del hogar y de sus hijos. Son princesas con la corona del Rey dispuestas a asumir cualquier rol dentro de esta sociedad sin valores y sin temor a Dios, donde el único objetivo es dominar a la par que el hombre.

La necesidad de buscar la Palabra de Dios como modelo de vida para saber guiar a nuestros hijos es urgente. <<Debemos volver a los tiempos bíblicos donde las costumbres de las mujeres mayores, especialmente la de las madres eran instruir a sus hijas (especialmente a ser buenas madres). Tanto el judaísmo como los moralistas antiguos subrayaban que las esposas debían amar a sus maridos y cuidar de sus hijos. Muchas inscripciones en las tumbas resaltan estas características como la virtud que corona a una mujer. Comentario del Contexto Cultural de la Biblia, Nuevo Testamento, Craig S. Keener.>>

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La Biblia y la sexualidad

Autor: Juan Stam

Agradezco mucho la invitación de participar en este foro y felicito a las entidades que lo patrocinan.  Difícilmente habría un tema más urgente para la problemática de nuestra sociedad hoy.  Voy a organizar mis comentarios bajo dos temas: la teología del cuerpo físico y la teología de la sexualidad.La Biblia y la sexualidad[1]

 

La teología bíblica del cuerpo físico[2] 

a1Desde su primera página, la Biblia insiste en el valor positivo de toda la creación material.  Según el primer relato de la creación (Génesis 1:1-2:4a), siete veces Dios declara “bueno” el mundo material que va creando (la luz 1:3; tierra y mar 1:10; vegetación 1:12; astros 1:18; peces y aves 1:21; animales 1:25; humanidad 1:31).  La última, después de la creación del ser humano, califica “todo lo que había hecho” Dios como “bueno en gran manera”.  Frente a mitologías contemporáneas que atribuían el origen del mundo a pleitos y caprichos de los dioses, o filosofías antiguas que despreciaban la materia y el cuerpo, la tradición hebrea afirmaba enfáticamente lo bueno de la realidad creada.

Esta afirmación de la materia y del cuerpo se refleja a través de las escrituras hebreas en la franqueza y la naturalidad con que tratan los temas biológicos y las funciones fisiológicas, tanto que nuestros modernos traductores a veces lo encubren con eufemismos menos chocantes a la sensibilidad occidental.  Se expresa, también, en una muy simpática anécdota del Talmud.  Parece que un día el Rabí Hilel estaba enseñando a sus discípulos y se le vino la necesidad urgente de ir al baño.  Cuando pidió permiso de ausentarse, sus discípulos, un poco picarescos, le preguntaron, “¿Y a dónde te diriges?”  Su respuesta los sorprendió: “Voy a cumplir un precepto divino”.  “¿Eso es un precepto divino?”, le preguntaron.  Y contestó: “Sí, el de cuidar el cuerpo”, porque Dios lo creó y lo declaró bueno.[3]

Es importante recordar que el pensamiento hebreo no admitía ninguna dicotomía dentro de la persona humana.  El dualismo de cuerpo y alma, o la tricotomía de cuerpo, alma, y espíritu, no vinieron de la enseñanza bíblica sino de filosofías griegas.  Al traducir los términos hebreos de Ruach (viento, aliento) y Nefesh (vida) por pneuma y psujé, respectivamente, en las escrituras cristianas, el dualismo extra-bíblico invadió al cristianismo por la tendencia de entender los términos en su sentido griego en lugar de su original sentido bíblico.[4]  Esa infiltración condujo a una exaltación del espíritu o del alma racional y un desprecio al cuerpo. En la antropología hebrea, cuerpo y espíritu son inseparables y merecen igual respeto.

Un cántico a la vida del cuerpo es el libro de Cantares, en contraste con los constantes esfuerzos de espiritualizar su mensaje.  Describe detalladamente el cuerpo femenino (4:1-5) y masculino (5:10-16) con gran realismo y erotismo.  El libro respira “el placer de saberse cuerpo digno de ser cantado”.[5]  Bien comenta Elsa Tamez que sería imposible imaginar Cantares “sin cuerpos, caricias y besos, pero tampoco se puede deleitar la lectura del texto pasando por alto la fertilidad de la tierra, la frescura de las frutas y la belleza de los animales”.[6]  En las escrituras, la teología de la creación es de una sola pieza.

El cuerpo tiene central importancia también en las escrituras cristianas.  El anuncio de Juan el Bautista y de Jesús de Nazaret era que el Reino de Dios se había acercado.  Los discípulos llegaron a percibir que Dios mismo estaba presente en este extraordinario Galileo, presente de manera única en una vida humana y en un cuerpo físico.  El autor del cuarto evangelio lo describió como una encarnación (“El Verbo era Dios…y el Verbo fue hecho carne”, Jn 1:1,14).  Mucho de la actividad del Mesías consistía en sanar los cuerpos, alimentarlos, y dignificarlos.  En su cuerpo de carne y hueso, según el evangelio cristiano, nos redimió por la entrega de ese cuerpo en la Cruz (cf. Romanos 8:3-4).  Y con su cuerpo resucitó, se presentó a sus discípulos, caminaba con ellos y comía con ellos. San Pablo describe el cuerpo de los fieles como “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 3:16-17; 6:19-20).  Y todo el Nuevo Testamento promete también la resurrección final del cuerpo como triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.  Después el libro de Apocalipsis termina con la promesa de una nueva creación, de cielo y tierra (Apoc 21-22).  Todas esas enseñanzas pueden ser muy discutibles, pero dejan más allá de toda duda la importancia decisiva del cuerpo en las escrituras cristianas.

 

     Especialmente significativo al respecto es el prólogo del cuarto evangelio (Juan 1:1-18).  El autor comienza con una terminología muy familiar y querida por los círculos filosóficos de la época en Asia Menor: la doctrina del Lógos.[7]  El Logos era la primera emanación de dios (theós), junto con sabiduría (sofía), virtud (areté) y otras.  Pero ni dios ni ninguno de ellos tenían la menor relación con la materia, mucho menos la habían creado.  La materia la creó una emanación muy inferior, mal nacida, llamada “el Demiurgo”.  Por eso, en esas filosofías (sobre todo neoplatonismo y después gnosticismo), el Logos servía precisamente para aislar a dios de todo lo material y físico.

 

Pero después de haber apropiado así el lenguaje del Logos, el autor refuta toda esa filosofía con dos contradicciones rotundas.  Primero, afirma que todo fue creado por el Logos (no por el despreciado Demiurgo); nada del mundo material fue creado sin él (Juan 1:3-4,10).  Segundo, y mayor escándalo, ese mismo Verbo no sólo creó todo lo material sino él mismo también se hizo carne, se hizo cuerpo físico y material (Juan 1:14).  Era la refutación más contundente del idealismo anti-materialista de esas filosofías.  Como mucho pensamiento bíblico, este enfoque tan realista podría llamarse una especie de “materialismo histórico”, pero jamás “idealismo anti-materialista”.  Aunque ese idealismo abstracto es en realidad lo más opuesto al enfoque bíblico, lamentablemente a través de los siglos ha dominado mucho de la teología cristiana.

 

La teología bíblica de la sexualidad

 

Los dos relatos de la creación al inicio del Génesis (1:1-2:4a; 2:4b-25) dan un lugar prominente a la sexualidad.  Cuando el relato sacerdotal describe la creación humana a la imagen y semejanza de Dios, agrega que “hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27).  De eso entendemos que la condición sexuada, tanto de la mujer como del hombre, pertenece a la esencia de la imagen de Dios en el ser humano.  En seguida el Creador pronuncia su bendición sobre esa sexualidad y da un mandamiento sexual: “Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla” (1:28).  Es obvio en estos textos que la práctica sexual, única manera de procreación humana, pertenece al plan de Dios y su perfecta voluntad para la humanidad.

Es importante insistir en que según este relato, la sexualidad existe antes del pecado y totalmente aparte del pecado.  Es más bien la intención pura y original del Creador.  Además, según la Biblia, el sexo no tuvo nada que ver con el origen del pecado en la humanidad. El relato de Génesis refuta dos de los “mitos” que creen muchas personas: que la sexualidad comenzó con la caída en pecado, y que el trabajo fue castigo por la desobediencia.  Al contrario, la bendición y mandamiento de Génesis 1:28 sitúa la procreación sexual dentro del mismo orden de la creación, y el contexto (1:26—30) implica que el trabajo también antecedía al pecado.  El segundo relato lo hace explícito: Adán, aun antes de desobedecer, está llamado a labrar la tierra y guardarla (2:15).

Ni el sexo ni el trabajo comenzaron con el pecado.  La sexualidad, en el estado de inocencia que describe el Génesis, era pura y perfecta; el sexo en sí, en todas sus dimensiones, es santo.  Lo que el pecado introdujo fue el desorden (3:13,16), el abuso del sexo, el usar la otra persona en vez de amarla.  En  forma parecida, la esencia del trabajo humano en el plan de Dios era creatividad y libertad, a la imagen del mismo Creador.  El pecado cambió el trabajo de creatividad a fatiga y carga pesada.

Mientras el primer relato de la creación relaciona la sexualidad con la procreación, el segundo lo enfoca en términos del amor, el compañerismo, y la solidaridad de la pareja.  En esta versión, muy diferente del primer capítulo, Yahvé crea primero a Adán de la tierra (hebreo Adamah) y le prepara un huerto (2:7-8).  Pero por primera vez en la Biblia se dice que algo no está bien: “No es bueno”, dijo Dios, “que el hombre esté solo” (2:18).  El ser humano es un ser social, creado para el compañerismo con otros seres humanos. Entonces, con un simbolismo curioso, frente a la soledad de Adán Dios crea los animales.  Dios los lleva a Adán, quien les da nombre (2:19).  “Sin embargo, no se encontró entre ellos la ayuda adecuada para el hombre” (2:20).  A continuación, Yahvé crea a la mujer del mismo ser del hombre.  Igual que antes, Dios la lleva a Adán y Adán le da nombre (mujer, ishá).  Ahora ha aparecido la compañera para hacer completa la vida humana sobre la tierra, y Adán la declara “hueso de mis huesos y carne de mi carne” (2:23).  En el perfecto designio de Dios, “los dos se funden en un solo ser” (2:24) y ninguno sentía vergüenza de su desnudez (2:25).  Llama la atención que todo este relato yahvista se concentra en la relación humana como realización y comunidad de la pareja, sin la menor referencia a la procreación de hijos e hijas.

Otro texto que destaca, mucho más eróticamente, la relación de pareja es Cantar de los Cantares.  Es un drama muy sensual, sin pudores ni tabúes, sobre el amor apasionado de la sulamita y su muy enamorado novio.  Los primeros renglones introducen el tono de intenso deseo físico que caracteriza todo el libro. Dice la sulamita a su amado:

 

Ah,, si me besaras con los besos de tu boca…

¡grato en verdad es tu amor, más que el vino!

Grata es también, de tus perfumes, la fragancia;

tú mismo eres bálsamo fragante.

¡Con razón te aman las doncellas!

¡Hazme del todo tuya!

Date prisa!

¡Llevame, oh rey, a tu alcoba!

 

Sucesivos pasajes describen con gran detalle la belleza del cuerpo femenino (4:1-5; 6:5-12; 7:1-9) y del masculino (5:10-16).  Hay invitaciones a encuentros amorosos en el jardín, en la alcoba, y en el campo.  Y lo sorprendente en todo este largo poema es que nunca relaciona el amor erótico con la familia ni con los hijos.  El amor sexual, con todos sus anhelos y deleites, se trata en Cantares como un valor en sí mismo, que no necesita ninguna otra justificación.

En ese aspecto, el Cantar de los cantares puede verse como un extendido comentario sobre la palabra “bueno” en el primer capítulo del Génesis.  Cuando Dios bendice la sexualidad humana, y ordena la práctica sexual de la pareja, está bendiciendo el mismo proceso de deseo y deleite que se experimenta también hoy.  El relato implica que todo el sistema fisiológico de la sexualidad fue creado bueno y santo por nuestro Dios, antes de que mediara el pecado.  Todo el sistema nervioso asociado con la experiencia sexual, las diversas zonas erógenas del cuerpo, las hormonas y las glándulas y todos los demás aspectos de esta maravillosa “máquina de placer” (por expresar así este aspecto de la fisiología sexual), no es un producto del pecado, ni una trampa maliciosa de Dios para probar nuestra resistencia, sino una parte esencial de la creación primigenia y de la imagen de Dios en los seres humanos.  Como tal, es “bueno en gran manera” (Génesis 1:27-31).

Algunas corrientes de ascetismo cristiano (p.ej. unos extremos del pietismo protestante) han enseñado que el sexo es necesario y bueno como medio de procreación, pero que cualquier placer sensual anexo al acto sería pecado.  Llama la atención que las escrituras hablan con mucha naturalidad del orgasmo femenino (“el deleite”, Génesis 18:12) y hasta emplea los mismos términos para el deleite del alma en Dios (Salmos 36:9; cf vocablos parecidos en Salmos 1:2; 16.11).  En ningún momento las escrituras separan el acto sexual (como bueno) del placer que conlleva (como malo).

En la larga historia de la teología cristiana, con lamentable frecuencia se ha denigrado el sexo y específicamente a la mujer como causa de pecado mediante el deseo erótico.  En ese contexto es muy interesante, y bastante sorprendente, un pasaje de la Suma Theologica, Parte Primera, cuestión 98, primera parte.  Aquí el “Doctor angelicus” plantea dos preguntas curiosas: Si en el estado de inocencia había procreación, y si dicha generación hubiera sido mediante el coito.  A la primera pregunta Aquino contesta que sí, porque el mandamiento de reproducción sexual fue dado a la pareja antes de pecar, y al contrario el pecado hubiera sido necesario para la bendición que Dios pronunció sobre la procreación humana. A la segunda pregunta, del coito, Santo Tomás explica que precisamente la dualidad sexual es en orden a dicho acto sexual.  Entonces sigue a preguntar si en el paraíso el coito se hubiera acompañado del placer sensual (el orgasmo).  Aquino reconce que la concupiscencia desordenada es consecuencia del pecado, pero en seguida afirma que “en el estado de inocencia el deleite sensual no hubiera sido menos sino tanto mayor en proporción a la mayor pureza de la naturaleza [humana] y la mayor sensibilidad del cuerpo”.[8]

Las escrituras cristianas afirman también el valor positivo del sexo y exhortan a “tener todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado” (Hebreos 13:2 BJ).  Aunque San Pablo, por situaciones pastorales y por sus perspectivas escatológicas, tiende más hacia cierto ascetismo, también afirma los valores del matrimonio y lo pone como figura de la relación de Cristo y la iglesia.  En el contexto de consejos pastorales, expresa la mutualidad corporal del sexo en términos de deberes y derechos: “El hombre debe cumplir su deber conyugal con su esposa, e igualmente la mujer con su esposo.  La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo.  Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa” (1 Corintios 7:3-4).

 

Conclusión

 

Encontramos en las sagradas escrituras una valiosa teología de la sexualidad, y quizá aun más, una espiritualidad (o una mística) de la sexualidad humana.  Es desde el incio una valoración muy positiva del sexo, dentro de perspectivas humanizadoras de esta dimensión tan importante de la existencia.  Podemos resumir esta visión de la sexualidad bajo los tres propósitos del sexo que hemos encontrado en nuestro recorrido por la Biblia:

 

1) El fin primordial de la sexualidad humana es la unión y comunión de dos seres en amor (Génesis 2; Cantares).  Según Génesis 2 hemos sido creados para comunidad, con la tierra y con el reino animal pero sobre todo con el sexo opuesto.  Génesis 1 distingue la creación de los animales y su reproducción de la creación y la sexualidad humana.  Aunque los procesos fisiológicos son casi idénticos (aparte de los estros de muchas hembras animales), el sentido existencial y teológico es cualitativamente distinto.  Y es precisamente la profunda dimensión afectiva de la sexualidad humana, plasmada en una entrega total e incondicional, la que marca el carácter interpersonal de nuestra sexualidad como seres humanos.

 

Sin el amor genuino, la relación sexual se vuelve egoísta y frustrante, sin realizar su verdadero propósito y sentido.  Muchos pasajes bíblicos insisten en esta realidad.  Muy dramático es el relato de Amnón, hijo de David, que se enamoró locamente de su hermana Tamar (2 Samuel 13).  Como ella no respondió a sus avances, Amnón la engañó con un truco y después la violó a la fuerza.  Una vez logrado su vil propósito, dice el texto, “el odio que sintió por ella después de violarla fue mayor que el amor que antes le había tenido” (13:15). Sexo sin amor termina en desprecio y odio; sexo con amor sincero y compromiso mutuo, es la voluntad de Dios y trae bendición y vida.

 

2) Un segundo propósito del sexo, que debe reconocerse y respetarse, es el placer erótico.  En su sabiduría Dios ha asociado dos funciones fisiológicas humanas, el comer y la reproducción, con grandes estímulos sensuales.  El Creador no hubiera diseñado un sistema tan complejo de estímulos y respuetas, de anhelos y satisfacciones, si el placer que produce fuera contra su propia voluntad.  Dentro del debido compromise personal, este placer debe disfrutarse en su plenitud, con acción de gracias al Creador.

 

3) Un tercer propósito del sexo es, obviamente, la procreación.  Sin embargo, lejos de ser el definitivo “fin natural” que justificara los demás fines, es de hecho el menos importante.  Un matrimonio, debidamente casado y que produce cada año un niño, pero que no se aman ni disfrutan mutuamente del placer sexual, es un matrimonio que no está realizando la voluntad de Dios.  En cambio, una pareja por alguna razón impedida de tener hijos o que por razones justificadas planifica su procreación, pero que se aman sincera y profundamente, no sufre ningún desmedro debido sólo a la falta de los hijos.  Por otra parte, una pareja que se ama pero que se cierra al deleite mutuo que tanto ensalza el Cantar de Cantares, tengan o no hijos, no está realizando la visión bíblica del sexo.  Se les recomienda leer juntos el libro de Cantares, de noche en la cama, a la luz de una romántica candelita.

 

 

[1] ) Esta ponencia fue escrita para una consulta del Fondo de Poblacion (Naciones Unidas) y la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión (Universidad Nacional de Costa Rica) sobre «Espiritualidad y Sexualidad» (2002).

[2] ) Para este inciso remito al reciente artículo de la joven teóloga cubana, Cristina García Alfonso, “Lenguaje del Cuerpo, Lenguaje de Dios” en Journal of Hispanic/Latino Theology VII:3, febrero 2000, pp. 35-45.

[3] ) Jaime Barylko, El Talmud (BsAs: Ediciones Lumen, 1991), p.97.

[4] ) G.Bof en Nuevo Diccionario de Teología, eds. G. Barbaglio y S. Dianich (Madrid: Cristiandad, 1982), I:673-676; Hans Walter Wolff, Antropología del Antiguo Testamento (Salamanca: Sígueme, 1975).

[5] ) Elsa Tamez, “Cuerpos para admirar, amar y cuidar”, Salud es salvación integral (Quito: CIEMAL-CLAI 1991) p.36; García Alfonso op.cit. p.39.

[6] ) Elsa Tamez, “Dador de Vida, Mantén tu Creación” en Ven Espíritu Santo, renueva tu creación (Quito: CLAI 1990), p.73.

[7] ) Debe tomarse en cuenta que todo este pasaje tiene raíces también en las escrituras hebreas, además del marco de referencia filosófico expuesto aquí.

[8] ) Para Tomás, el sexo era tan parte de la naturaleza humana como el comer.  Por eso, en el Edén todos se hubieran casado.  Ya que eso requería igual número de muchachos que de muchachas, Tomás afirmaba que los padres hubieran podido determinar el sexo de sus hijos; Walter Farrell, A Companion to the Summa (London: Sheed & Ward 1941) I:357.  ¡Pareciera que el “Doctor Angelicus” anticipaba, sin darse cuenta, la ingeniería genética de hoy!

http://www.juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryID/278/Default.aspx

ESPOSAS

ESPOSAS

Autor: David F. Burt

Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. COLOSENSES 3:18
DEBERES DOMÉSTICOS (3:18)

a1Es bastante obvio que, con estas palabras, el apóstol comienza una nueva sección de la Epístola a los Colosenses. En la primera parte de la carta (1:1–2:19), ha exaltado la persona de nuestro Señor Jesucristo en contraste con los falsos maestros, que estaban devaluando la supremacía de su señorío y el carácter absolutamente único y suficiente de su obra salvadora. En la segunda parte (2:20–4:18), se dedica a explicar la clase de comportamiento que debe caracterizar a los creyentes. Hasta aquí ha hablado en términos generales, exponiendo principios aplicables a todos. Pero ahora se dirige a seis grupos sociales —esposas y maridos, hijos y padres, siervos y amos— para explicarles los especiales deberes domésticos que les atañen y cómo la nueva vida en Cristo debe manifestarse en cada una de estas áreas.
Hay un evidente cambio, entre el 3:17 y el 3:18, desde la «vida en iglesia» hacia la «vida en familia» y desde lo general hacia lo particular; pero también hay una clara continuidad. Pablo acaba de decirnos que «el nombre del Señor Jesucristo» debe caracterizar «todo lo que hacemos de palabra o de hecho»; o sea, que no existe ninguna área de nuestras vidas que no deba ser tocada y transformada por Cristo. Ahora procede a explicarnos cómo la presencia de Cristo cambia radicalmente nuestras relaciones y responsabilidades en el hogar.
Esta continuidad se nota bien por cuanto, en esta sección (3:18–4:1), las referencias «al Señor» son constantes. Las mujeres deben estar sujetas «como conviene en el Señor» (3:18). Los hijos deben ser obedientes «porque esto es agradable al Señor» (3:20). Los amos deben ser justos «sabiendo que tienen un Señor en el cielo» (4:1). Y, en cuanto a los siervos, deben «temer al Señor» (3:22), «hacerlo todo como para el Señor» (3:23), y «saber que del Señor recibirán recompensa, porque es a Cristo el Señor a quien sirven» (3:24). Aquí, pues, tenemos ejemplos prácticos de lo que significa «hacer todo en el nombre del Señor Jesús» (3:17).
De hecho, sólo es posible guardar las instrucciones de estos versículos si se ven como el resultado natural de la nueva vida en Cristo. En nuestra carnalidad egocéntrica no somos capaces de someternos a nadie ni nos gusta la obediencia. Intentamos salirnos siempre con la nuestra, hacer el mínimo de trabajo y esfuerzo y abusar de los demás desde nuestras posiciones de autoridad. En cambio, en Cristo tenemos:

1. Un modelo a seguir
Cristo es Rey de reyes y Señor de señores y, no obstante, estuvo dispuesto a humillarse y asumir un papel de esclavo. Si los maridos, padres y amos sufren alguna vez la tentación de utilizar su posición egoístamente, que recuerden que Cristo nunca abusó de su señorío, sino que lo utilizó siempre en bien de los demás. Si a las esposas, los hijos y los siervos les cuesta obedecer y someterse a la autoridad de otros, que recuerden que Jesús, aunque era Hijo, aprendió obediencia (Hebreos 5:8), que asumió voluntariamente forma de siervo, despojándose y humillándose a sí mismo (Filipenses 2:7–8), y en todo se negó a buscar su propia voluntad, sino que se sometió a la voluntad de Dios y vivió para su gloria (Juan 4:34).

2. Un nuevo poder y una nueva capacitación
Jesucristo no sólo no nos pide nada que él mismo no haya hecho, sino que nos da su propio Espíritu para capacitarnos para llevarlo a cabo. Separados de él no podemos hacer nada (Juan 15:5); pero, unidos a él por su Espíritu, «todo lo podemos en Cristo que nos fortalece» (Filipenses 4:13). Pablo no dirige estas instrucciones al público en general, sino a personas que han muerto y resucitado con Cristo y ya no viven ellas mismas, sino que Cristo vive en ellas (Gálatas 2:20).

3. Un Señor a quien dar cuentas
Jesucristo es también a quien tendremos que dar cuentas. Cuando ejercemos autoridad, debemos recordar siempre que estamos también bajo autoridad. El marido dará cuentas a Cristo de cómo ha tratado a su esposa, el padre a sus hijos y el amo a sus empleados. A mayores privilegios, mayores responsabilidades.

Así pues, asesorados y potenciados por Cristo y viviendo en el temor de Dios, descubrimos que son posibles la sumisión, la obediencia y el ejercicio sabio y desinteresado de la autoridad. En realidad, las órdenes prácticas de estos versículos no son más que el fruto en nosotros de la abundante vida de resurrección, el resultado normal de la eliminación en nosotros de la avaricia y la malicia (3:5–8) y de la adquisición de humildad, mansedumbre y amor por obra del Espíritu (3:12–14).
La relación entre la nueva vida en Cristo y el espíritu sumiso se ve aún más claramente en el texto paralelo de Efesios; porque, allí, Pablo dice explícitamente que la sumisión es una de las evidencias de la plenitud del Espíritu Santo en la vida del creyente: Sed llenos del Espíritu, … sometiéndoos unos a otros en el temor de Cristo, las mujeres a sus propios maridos como al Señor … (Efesios 5:18–22). O sea, la sumisión de la esposa a su marido sólo se puede entender y practicar como una extensión y consecuencia de la obra del Espíritu en su vida. O, para expresar la misma idea en términos negativos, la mujer que no se somete a su marido no puede ser, por definición, llena del Espíritu Santo.
LA SUMISIÓN DE LA MUJER (3:18)

El tema de la sumisión de la mujer es especialmente delicado en nuestros tiempos. En torno a él, los creyentes occidentales nos encontramos entre la espada y la pared. Por un lado, vivimos en una sociedad «post-cristiana», secularizada y humanista, sujeta a fuertes influencias feministas, donde predomina la enseñanza de la igualdad de hombres y mujeres a todos los efectos. En esta sociedad nuestra se considera que la mujer, lejos de someterse a su marido, debe emanciparse de semejante idea retrógrada. Ninguno de los dos cónyuges debe someterse al otro, sino que deben resolver todas las cuestiones mediante el diálogo y el consenso.
Por otro lado, estamos viendo el crecimiento rápido del islam en occidente. Además, los gobiernos europeos parecen desvivirse por hacer amplias concesiones a los inmigrantes musulmanes. Pero nuestra sociedad no parece entender que el humanismo occidental y el islam son ideológicamente incompatibles en sus conceptos acerca de la mujer y el matrimonio. Debemos recordar que el Corán dice explícitamente: Los hombres son superiores a las mujeres a causa de las cualidades mediante las cuales Dios los ha dotado a aquéllos por encima de éstas … Las mujeres virtuosas son obedientes y cuidadosas … Pero castigad a aquellas en las que sospecháis rebeldía. Alejadlas de vuestros lechos y azotadlas. Esta enseñanza es explicada por el islamista Yusuf Qaradawi, en su libro Lo lícito y lo ilícito (publicado en el año 2000), en estos términos: El hombre es el señor indiscutible, el dueño absoluto de la familia. La mujer no puede rebelarse a su autoridad y si osa hacerlo hay que castigarla. Esta enseñanza ayuda a explicar, a su vez, el episodio de hace un año cuando el imán Mohammed Kamal Mustafa, consejero de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, escribió un documento en el que dio consejos acerca de cómo hay que pegar a las mujeres: Utilizar una vara delgada y ligera, útil para golpearla incluso de lejos. Golpearla sólo en el cuerpo, en las manos, en los pies; nunca en la cara, porque se ven las cicatrices y los hematomas. Recordar que los golpes deben hacer sufrir psicológicamente, no sólo físicamente. En medio del furor social provocado por la publicación de este texto, el imán Mustafa fue a parar a la cárcel. Salió a su defensa el imán de Valencia, Abdul Majad Rejab: El imán Mustafa es islámicamente correcto; pegar a la mujer es un recurso; así como el imán de Barcelona, Abdelaziz Hazan: El imán Mustafa se limita a referir lo que está escrito en el Corán; si no lo hiciese, sería un hereje.
En medio de esta polarización entre feministas y machistas, que promete dar lugar a mucho debate y mucha crispación en los años próximos, los creyentes bíblicos seremos acusados por los feministas de sostener conceptos tan aberrantes como los musulmanes, y por los musulmanes de ser peligrosamente feministas. Necesitamos entender y definir con mucho cuidado la postura bíblica y no permitir que ésta sea identificada con ninguno de estos extremos. Más bien debemos entender que ambas posturas se alejan de la correcta relación entre marido y esposa en la voluntad revelada de nuestro Creador.
Tristemente, sin embargo, muchos cristianos han tragado sin contemplaciones la «corrección política» de nuestros días, es decir, el concepto humanista-feminista de la relación entre hombre y mujer. Aceptan sin cuestionarla la idea de que la esposa no debe someterse al marido salvo en la misma medida en que el marido se somete a la esposa. Suprimen de los votos matrimoniales toda referencia a la sumisión u obediencia de la esposa. Esta tendencia viene reforzada por la mayoría de pastores, consejeros matrimoniales y «ministerios a la familia», que excluyen de sus sermones y conferencias toda referencia a la autoridad del marido y a la sumisión de la esposa.
¿Cómo es esto posible, si la enseñanza bíblica es clara y contundente? ¿Cómo ha entrado entre nosotros el pensamiento humanista de nuestros días? Sin duda por muchas razones. Seguramente, la principal de ellas es que muchos creyentes se dejan llevar por sus propios intereses carnales y mundanos y se preocupan poco, en realidad, por lo que dice Dios. Pero entre estas muchas razones, destacan dos de tipo hermenéutico:

• Algunos comentaristas hacen auténticas piruetas de exégesis para hacer que el texto no diga lo que en realidad dice. Por ejemplo, afirman que, cuando Pablo dice que el marido es «cabeza» de la mujer, no tiene nada que ver con la autoridad y la sumisión. O nos aseguran que el verbo «sujetar» se refiere a la fidelidad matrimonial, no a la sumisión de la mujer, etc.

• Otros cortan por lo sano y proponen que esta clase de enseñanzas sólo tenía una vigencia limitada en el tiempo por razones del testimonio cristiano de aquel momento, pero que ahora está superada. Se trata de enseñanzas necesarias en su día, pero ahora desfasadas.

Sin embargo, existen muchas razones por las que es imposible sostener esta clase de argumentos sin hacer violencia a la buena hermenéutica:

• Las muchas formas en las que el tema de la sumisión de la mujer se presenta en el Nuevo Testamento hacen que el primero de estos argumentos sea insostenible. El vocablo empleado con más frecuencia para referirse a la sumisión es «sujeción» (′upotagë; 1 Timoteo 2:11) y «sujeto» (′upotassö; 1 Corintios 14:34; Efesios 5:24; Colosenses 3:18; Tito 2:5; 1 Pedro 3:1, 5). Por mucho que algunos quieran desvincular estas palabras de la idea de subordinación, una sola mirada al uso de ellas en las Escrituras indica que esto es imposible: se emplean en muchos contextos y muchas situaciones, pero la idea de sumisión está siempre presente. Estar «en sujeción» es lo mismo que estar bajo autoridad. Pero nos encontramos también con otros vocablos, como «respetar» (literalmente «temer» o «reverenciar»; Efesios 5:33) u «obedecer» (1 Pedro 3:6), que no dejan lugar a dudas acerca del énfasis general de la enseñanza apostólica acerca de las esposas. Asimismo nos encontramos con casos ejemplares, como el de Sara, recomendado como modelo a seguir a causa de su obediencia a Abraham y la manera respetuosa en que le llamaba «señor» (1 Pedro 3:6). Un peso tal de evidencias, con un énfasis tan unánime, hace trizas la noción de que la enseñanza bíblica no tenga que ver con la autoridad del marido y la sumisión de la esposa.

• Después, debemos tomar nota de la frecuencia con la que este tema es repetido en el Nuevo Testamento. Además de en nuestro texto, la idea de la sumisión de la mujer se encuentra implícita o explícitamente cada vez que sale en el Nuevo Testamento el tema de la relación entre hombres y mujeres:

La mujer casada está ligada por la ley a su marido mientras él vive (Romanos 7:2).
La cabeza de la mujer es el hombre … La mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre; pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre (1 Corintios 11:3–9).
Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar, antes bien, que se sujeten como dice también la ley. Y si quieren aprender algo, que pregunten a sus propios maridos en casa (1 Corintios 14:34–35).
Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia … Así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo … Que la mujer respete a su marido (Efesios 5:22–24, 33).
Que la mujer aprenda calladamente con toda obediencia. Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el nombre, sino que permanezca callada (1 Timoteo 2:11–15).
Que [las ancianas] enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, … a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos (Tito 2:5).
Vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos … y que vuestro adorno no sea externo … sino … interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios. Porque así también se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos. Así obedeció Sara a Abráham, llamándole señor, y vosotras habéis llegado a ser hijas de ella (1 Pedro 3:1–6).

Resulta difícil relegar el tema de la sumisión de la mujer a un lugar insignificante o tratarlo como de vigencia sólo transitoria si resulta que sale a relucir cada vez que el Nuevo Testamento aborda las relaciones matrimoniales. Es evidente que, para los apóstoles, no era una enseñanza marginal y sin importancia, sino una que ocupa un lugar central en su enseñanza acerca de la familia y la iglesia.

• Por otro lado, el evidente paralelismo entre los tres grupos de esta sección de nuestra epístola (esposas y maridos, hijos y padres, esclavos y amos) hace que sea muy difícil eludir la idea de que nuestro texto enseñe realmente la sumisión de la esposa. Porque en cada pareja, el apóstol menciona en primer lugar la figura subordinada (esposas, hijos y esclavos), y le da instrucciones acerca de cómo debe sujetarse u obedecer; luego, en segundo lugar, menciona la figura dominante (maridos, padres y amos) y le da instrucciones de cómo debe mostrar consideración a sus subordinados.

• Tanta insistencia en este tema da a entender que la sumisión de la mujer era un problema serio en la iglesia primitiva. A veces se oye decir que «esta enseñanza refleja los valores del siglo I, porque en aquel entonces se esperaba que la mujer fuera sumisa»; pero, en realidad, la frecuencia de las exhortaciones bíblicas sugiere todo lo contrario: que las mujeres del siglo primero, igual que las del siglo XXI, tenían mucha dificultad en aceptar esta enseñanza, la cual era tan controvertida en aquel entonces como lo es ahora. A este respecto conviene tener en cuenta lo siguiente:

— En ciertos círculos del imperio romano se daba mucho protagonismo a las mujeres, tanto en el hogar como en la vida social. Esto era cierto especialmente en la vida religiosa: en algunas sectas religiosas había sacerdotisas además de sacerdotes, adivinas además de adivinos, brujas además de brujos, sibilas además de profetas. Es cierto que el cristianismo, con su énfasis en el liderazgo masculino en el hogar y en la iglesia, seguía en la línea del judaismo y de otras religiones de la época; pero no lo es que ésta fuera la línea seguida por todas las religiones de aquel entonces.

— Si bien la emancipación de la mujer en Cristo se entendía con la debida moderación en las comunidades hebreas, era malentendida en las gentiles, que no habían sido formadas en los conceptos del Antiguo Testamento.

— Es posible que las doctrinas de los falsos maestros de Colosas tuvieran rasgos «feministas». Al menos hay una clara tendencia feminista en algunos de los evangelios apócrifos de fechas posteriores. Obras gnósticas como el Evangelio de Santa María [Magdalena] o la Pistis Sophia dan a entender que María Magdalena fue la más íntima de los discípulos del Señor, que ella recibió de sus labios unas enseñanzas esotéricas que los demás discípulos eran incapaces de entender (¡doctrinas gnósticas, naturalmente!), que, después de la resurrección, ella fue la principal portavoz de los apóstoles en asuntos de fe y doctrina y que esto incluso despertó la envidia de Pedro. Queda claro que los gnósticos del siglo II envolvieron sus doctrinas en vestimentas «feministas» a fin de ganar prosélitos a través de las mujeres (cf. 2 Timoteo 3:6) en detrimento del evangelio apostólico con sus posturas aparentemente «machistas».

• Pero aún más importante que esos argumentos puntuales es el hecho de que esta enseñanza sobre la sumisión de la esposa encaja perfectamente en el conjunto de la enseñanza bíblica acerca del hombre y la mujer, enseñanza que se puede resumir en tres ideas principales:

—Antes de la caída en pecado, el hombre y la mujer fueron creados iguales en dignidad. Ambos fueron creados a imagen de Dios. Ambos ostentaron señorío sobre el mundo natural. Ambos disfrutaron de la comunión con Dios. Pero, aun así, fueron creados con diferencias de orientación y papel: Adán estaba orientado hacia la agricultura, Eva hacia el hogar; Adán tenía talante para dirigir y asumir responsabilidad, Eva para seguir y apoyar. Los dos asumieron esta diferencia con total naturalidad.

—La caída significó, entre otras cosas, el trastorno del orden establecido por Dios: en vez de escuchar la mujer la voz del hombre, Adán obedeció la voz de Eva (Génesis 3:17). Entonces, Dios anunció a Eva que la consecuencia sería la «guerra» entre los sexos: Tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti (Génesis 3:16). A partir de aquel momento, la mujer intenta dominar el matrimonio con manipulaciones emocionales y victorias dialécticas. El varón responde con fuerza, violencia y en imposición tiránica.

—La nueva vida en Cristo pone fin tanto a la agresividad masculina (3:19) como a la manipulación femenina. La esposa cristiana debe asumir gozosamente el orden establecido por Dios antes de la caída y someterse voluntariamente al liderazgo del marido. El marido cristiano renuncia a todo uso de la agresión y la fuerza al ejercer su autoridad.

Éste no es el lugar para entrar más ampliamente en estos puntos. Pero esta visión del conjunto de la enseñanza bíblica sobre la mujer es la que apoya con más peso la idea de que, cuando los apóstoles hablan de la sumisión de la esposa, están diciendo realmente que la esposa cristiana debe someterse.

• Luego debemos considerar la clase de argumentos que los apóstoles emplean en torno a este tema. No apoyan su enseñanza sobre la sumisión de la mujer con argumentos acerca del testimonio cristiano en momentos y lugares puntuales, sino con argumentos que brotan del conjunto de las Escrituras. Las razones empleadas no son culturales ni temporales, sino bíblicas y universales. Arrancan de la historia de la creación y de la caída del ser humano y encuentran su clímax en Cristo. El matrimonio, según la Biblia, fue instituido por Dios en el momento de la creación, se desfiguró a causa de la caída del hombre, fue redimido por obra de Cristo y debe reflejar la relación entre Cristo y la iglesia. Las razones aducidas por los apóstoles por las cuales la mujer debe someterse a su marido tienen que ver con el orden y el propósito de la creación de la mujer (1 Corintios 11:8–10; 1 Timoteo 2:13), con la caída de Eva (1 Timoteo 2:14), con el ejemplo de las mujeres santas del Antiguo Testamento (1 Pedro 3:1–6) y con la relación de la iglesia con Cristo (Efesios 5:22–33), pero nunca con factores culturales contemporáneos.

Por todas estas razones, me parece improcedente intentar eludir las implicaciones de nuestro texto aduciendo argumentos lingüísticos o culturales. Pablo quiere decir justo lo que parece decir y, puesto que nuestro Creador es quien mejor entiende el don y el ministerio de cada uno de nosotros, no hacemos ningún favor a la mujer ni al matrimonio intentando hacer que la Biblia enseñe otra cosa diferente de la que enseña de verdad.
Sin embargo, antes de considerar lo que el texto quiere decir, es de suma importancia observar lo que no dice:

• No dice que la mujer es inferior al hombre. En esto, la Biblia se desmarca de lo que enseña el Corán. En el mundo antiguo en general, como en gran parte del mundo de hoy, la mujer era tratada como un ser inferior. No así en la revelación bíblica. Según ésta, la mujer fue creada a imagen de Dios, igual al varón en dignidad y entidad. Si preguntamos: ¿cómo puede no ser inferior si tiene que someterse?, nuestra respuesta arranca desde la misma esencia de nuestra fe cristiana, desde nuestra comprensión de la naturaleza de Dios: creemos que el Padre y el Hijo son «iguales» en dignidad y en esencia, pero que son diferentes en sus funciones y que el Hijo se somete al Padre (nunca se nos dice que el Padre se somete al Hijo). Quien dice que la igualdad y la sumisión son incompatibles está negando, en última instancia, la doctrina de la Trinidad.

• El texto no dice: Maridos, sujetad a vuestras esposas. La enseñanza del Corán acerca de las mujeres se dirige a los hombres: éstos son los que tienen que lograr la sumisión de sus esposas. Pero la enseñanza bíblica sobre este tema se dirige siempre a las mujeres. Ellas son las responsables, no sus maridos. Es así porque cualquier sujeción impuesta por el marido no es una auténtica sumisión, sino una subyugación, una represión. Para que la sumisión sea sumisión de verdad, tiene por definición que ser voluntaria.12

• El texto no dice: Maridos, azotad a vuestras esposas si son insumisas. El texto bíblico, en contraste con el Corán, no autoriza al marido a tomar medida disciplinaria alguna si la esposa no se somete a su autoridad. Al contrario, enseña que el marido no debe levantar siquiera la voz (3:19), ni mucho menos la mano.

• El texto no sugiere que la sumisión de la mujer puede servir al hombre como pretexto para tratar a su esposa como si fuera una esclava. Algunos maridos cristianos se olvidan de sus propias obligaciones y sacan provecho de esta clase de versículos, como si enseñasen que la esposa no existe más que para criar hijos y gratificar los deseos, las necesidades y los caprichos del marido.

• De hecho, el texto no habla (ni en el caso de las mujeres, ni en el de las cinco categorías restantes) de derechos, sino de responsabilidades. Esto no significa que nuestros derechos no existan o que carezcan de importancia. Pero es obvio que el hogar no funcionará bien si todos estamos mirando nuestros propios derechos y nadie está considerando los derechos de los demás. A la esposa le corresponde considerar los derechos de su marido, no los suyos propios. Al marido le corresponde atender a los derechos de la esposa, como Pablo está a punto de decir.

• El texto no dice: Mujeres, anulad vuestra personalidad. Puesto que la sumisión de la esposa es una decisión voluntaria y responsable de la mujer, no una imposición del marido, de ningún modo presupone la inferioridad de la mujer, ni la negación de su inteligencia ni de su personalidad.

• El texto no significa que la esposa tenga que soportar los malos tratos sin protestar ni tomar ninguna clase de medidas. Ella es una hija de Dios, creada a su imagen. Cristo está en ella tanto como en su marido (1:27). Tiene todo el derecho a exigir ser tratada con dignidad y respeto como alguien igual a su marido ante los ojos de Dios.

Habiendo visto, pues, algunas de las cosas que nuestro texto no dice, ahora podemos considerar lo que el texto sí viene a confirmar:

• En primer lugar, volvamos a insistir en lo que ya hemos dicho: que el texto se dirige a las mujeres, no a los maridos. Es decir, trata a la mujer como persona madura, capaz de asumir sus propias decisiones, no como una mera propiedad de su marido sin entidad propia. Ella es responsable por su propia sumisión. Si no está dispuesta a someterse voluntariamente, pocas medidas hay que el marido pueda tomar, aparte de la persuasión firme y cariñosa. Le es vetada toda acción violenta o forzada. Por eso mismo es muy importante que estas cosas se establezcan claramente en los votos nupciales y que la novia declare libre y voluntariamente ante los testigos presentes que ella está dispuesta a someterse a su marido en obediencia y respeto. Si no se ha comprometido a someterse, ¿cómo puede recriminarle su marido si ella, en lo sucesivo, no se somete? Por otro lado, la novia es necia si se casa voluntariamente con un hombre cuya autoridad y cuyo liderazgo no respeta y a quien no está dispuesta a someterse. Los votos nupciales no son mera palabrería o mero papel mojado, sino que establecen en qué consiste el compromiso matrimonial. En la boda, la novia creyente se entrega gozosamente a la autoridad de su novio como cabeza de familia.

• En segundo lugar, el texto da a entender que el orden en la sociedad y en la familia, establecido por Dios en el momento de la creación, debe ser respetado y restaurado en Cristo. Es apropiado que la mujer que «está en el Señor Jesucristo» acate el orden de Dios para el matrimonio. La sumisión de la mujer «conviene». No es aberrante. No es ofensiva. Está en armonía con el conjunto de las Escrituras y se corresponde con la voluntad del Señor. No es una mera exigencia temporal para el siglo I, sino un acatamiento de lo establecido por Dios en la creación:

Por tanto, una esposa cristiana tratará gustosamente de regular su conducta en armonía con este mandamiento; y no comenzará a pensar que la igualdad en su estado espiritual delante de Dios y la gran libertad que ahora posee como creyente (Gálatas 3:28) le dan derecho a olvidarse de que, en su sabiduría soberana, Dios ha hecho a la pareja humana de tal forma que es natural para el esposo guiar, y para la esposa seguir … Cualquier intento de cambiar este orden es desagradable a Dios. ¿Por qué debe incitarse a la mujer a hacer cosas contrarias a su naturaleza? Su propio cuerpo, lejos de preceder al de Adán en el orden de la creación, fue tomado del cuerpo de Adán. Su mismo nombre («Ish-sha») se derivaba del nombre de él («Ish»; Génesis 2:23). Sólo cuando la esposa reconoce esta distinción básica y actúa en conformidad con ella, puede ella ser una bendición para su esposo y puede ejercer una influencia benigna, muy poderosa y benéfica sobre él, y puede promover no sólo la felicidad de él, sino también la suya propia.

Por tanto, la esposa cristiana debe reconocer y respetar la autoridad de su marido como cabeza de familia. Si el marido es sabio, dará mucho lugar al diálogo, escuchará atentamente los criterios de su esposa y, en muchos casos, se dejará guiar por sus consejos. Pero, en última instancia, él es el responsable ante Dios de las decisiones tomadas en familia, no ella.

• Sin embargo, la sumisión de la esposa cristiana no se caracteriza sólo por la sujeción y la pasividad, sino que es altamente positiva y activa. Ella le trae bien y no mal todos los días de su vida (Proverbios 31:12). Una parte importante de esa sumisión es que ella ya no busca sus propios intereses, sino que se preocupa por … cómo agradar a su marido (1 Corintios 7:34).

• Tanto la autoridad del marido como la sumisión de la esposa tienen un límite determinado por lo que «conviene en el Señor». Si el marido le pide a su esposa algo que contravenga su conciencia cristiana, ésta debe negarse a obedecerle, dando prioridad a su obediencia a Cristo. Safira no pudo esquivar la culpa de su decepción aduciendo que sólo había seguido sumisamente las pautas establecidas por Ananías (Hechos 5:29).

• La contrapartida de la sumisión de la mujer es el amor abnegado del marido. La Biblia no enseña solamente la sumisión de la esposa, sino también el espíritu sacrificado con el que el marido debe amarla a ella. Desde luego, si el marido es arisco y antipático, esto no exime a la esposa cristiana de la responsabilidad de someterse a él (de la misma manera que la insubordinación de la esposa no exime al marido de la obligación de seguir amándole); pero, evidentemente, se le hace mucho más fácil y tolerable esta responsabilidad cuando el marido cumple su parte y es amante, solícito y cariñoso.

En resumidas cuentas, la enseñanza bíblica sobre la sumisión de la mujer, de la cual encontramos un breve sumario en nuestro texto, no es en absoluto equiparable a la enseñanza del islam:

• El Corán enseña: Los hombres son superiores a las mujeres. La Biblia nunca enseña la inferioridad de la mujer.

• El Corán dirige a los hombres las instrucciones acerca del comportamiento de las esposas. La Biblia las dirige a las mismas mujeres como personas responsables y capaces de tomar sus propias decisiones.

• El Corán supone que el hombre debe sojuzgar a la mujer. La Biblia enseña que la mujer debe someterse ella misma de forma voluntaria y libre, sin coacción alguna por parte del marido.

• El Corán dice con respecto a las esposas recalcitrantes: Castigadlas, … alejadlas de vuestros lechos y azotadlas. La Biblia nunca autoriza al hombre a que castigue a su esposa, sino que le exhorta a tratarla con el amor, el respeto y la dignidad que se merece como hija de Dios, coheredera de la gracia de la vida y hermana en Cristo.

Pero, igualmente, la enseñanza bíblica se distancia de lo «políticamente correcto» de la sociedad occidental de hoy:

• La sociedad moderna piensa que el hombre puede experimentar a su gusto con diferentes modelos de pacto matrimonial, convivencias y conceptos de familia. La Biblia enseña que el matrimonio y la familia fueron instituidos por Dios y deben llevarse de acuerdo con las instrucciones del Creador.

• La sociedad moderna entiende que la igualdad en dignidad de los seres humanos y la diferenciación en sus funciones son dos conceptos incompatibles. La Biblia presupone que entre los seres humanos existe una gran diversidad de dones, papeles y funciones; pero que estas diferencias no atentan contra la esencial igualdad de todos, pues todos han sido creados a la imagen de Dios.

• Por tanto, nuestros contemporáneos suponen que la sumisión de la esposa al marido es degradante (y abrigan cada vez más la idea de que toda enseñanza acerca de la sumisión de la esposa debe ser penalizada). En cambio, la Biblia enseña que la sumisión de la mujer «conviene» porque es la voluntad de Dios, quien ha dado al varón la capacidad para dirigir a la familia y a la mujer la capacidad para apoyarle y ser su ayuda idónea en esa dirección.

• La sociedad moderna supone que la sumisión es siempre humillante y que, lejos de someternos, debemos imponernos y defender nuestros derechos. En cambio, la Palabra de Dios nos enseña que el mismo Hijo de Dios nos dejó ejemplo humillándose y sujetándose a la voluntad del Padre (1 Corintios 11:3).

• En consecuencia, la sociedad moderna elimina del compromiso matrimonial toda referencia a la autoridad o la dirección de la familia por parte del marido y toda referencia a la obediencia o la sumisión de la esposa. En cambio, éstas son ideas básicas en el compromiso matrimonial tal y como lo entiende la Biblia.

En contraste tanto con el islam como con el humanismo occidental, la Palabra de Dios espera que la esposa cristiana asuma el papel de ayuda idónea, sometiéndose libre y voluntariamente al señorío de su marido: Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.
Burt, D. F. (2006). Deberes Domésticos y otros Asuntos: Colosenses 3:18-4:18 (pp. 9–28). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La Carrera Más Difícil: Ser Madre

La Carrera Más Difícil: Ser Madre

Autor: M.Gayo

a1La maternidad es una hermosa etapa que todas las mujeres pasan. Las chicas solteras suelen soñar con ser madres algún día, y las casadas que fueron madres por primera vez, recuerdan con dulzura ese tiempo.
Te estoy hablando a ti, mujer. ¿Qué dirías si al llegar a esta etapa, muchas personas te preguntasen si volverías al trabajo que dejaste por cuidar a tu bebé? ¿Alguna vez lo hicieron?  ¿Lo harían? Y de hacerlo, ¿cuál sería tu reacción?, ¿tristeza, enojo o desearías que la tierra te tragase en ese momento?… Nadie más que tú tiene las herramientas para criar a tus hijos.

Poca gente considera la labor de ser madre una Carrera; sin embargo, no es solamente una carrera, es una labor que impacta en todas las generaciones; no existe trabajo más difícil ni de mayor influencia. Mira la siguiente historia:

Una amiga tuvo una incómoda conversación en la que se le preguntó, si ya había vuelto a trabajar (su chiquito apenas tenía dos meses de vida). Le dijo que no, que no había vuelto a trabajar pues tenía la determinación de amamantar a su bebé y éste se rehusaba a tomar biberón; luego, con una “sonrisa”, le llegó la segunda pregunta: “¿Pero, sí se plantea regresar a trabajar, no?” No pudo negarse a sí misma, en que lo que más quería era alejarse de esa mujer. Se sintió apenada, enojada, y desechando cualquier sentimiento de culpa, pensó: ¿acaso el ser madre no es un trabajo?, o ¿acaso ella creía que no hacía nada durante el día? Respiró profundo y le dijo que con el tiempo regresaría, pero que pretendía que fuera solo dos días a la semana, ya que su responsabilidad más importante era su hijo. La conversación terminó en ese momento, pero no dejó de pensar en ella, ya que no era la primera vez que se le preguntaba si iba a regresar a trabajar. Ahora, con más experiencia y seguridad, puede afirmar que el ser madre es un trabajo, y un trabajo mucho más importante del que puede hacer dentro de su oficina.
Es mucho más fácil desarrollar nuestro trabajo que el ser madre; por lo tanto, ninguna respuesta a la pregunta «a qué se dedica» debería decirse con más orgullo que «soy madre».
Algunos intelectuales feministas ven la ciencia del hogar con rotundo desprecio, argumentando que degrada a la mujer y que las implacables exigencias de criar a los hijos son una forma de explotación machista. Ellas ridiculizan a las mujeres que optan por quedarse en casa para criar a sus hijos. Ni es justo ni correcto.
Quizá te has sentido muy juzgada al decidir emprender la carrera como madre en lugar de ampliar tu carrera profesional. No se trata de infravalorar los logros que las mujeres logran en cualquier empresa o carrera, sino de reconocer que no hay nada que sea de más beneficio que la maternidad…No hay oficio superior, y ninguna cantidad de dinero, titulación o distinción pública excede a las recompensas de atención a la familia.
Puede ser que existan otras personas que desarrollen tu trabajo, pero recuerda que nadie en el mundo criará a tus hijos como tú lo harías.
No cabe duda que el ser madre es una carrera, y una carrera que requiere de toda tu energía, inteligencia, motivación, paciencia y determinación. Es tiempo de que las mujeres no devalúen lo que hacen dentro de las paredes de su hogar, sino que lo expresen con orgullo y no den explicaciones ni justificaciones de su decisión de ser madres.
No te intimides por aquellas personas que tienen una carrera fuera del hogar, porque ninguna carrera requiere tanto de lo que una persona es como lo es ser madre; exprésalo con orgullo y no dudes en manifestar este mensaje a otras madres.
A veces ellas mismas degradan lo que hacen durante el día, pensando que no es suficiente o importante; pero la labor de criar a los hijos es tan importante que la sociedad misma depende de sus esfuerzos, lo que evidencia la suma importancia de esta labor. Tú estás criando a futuros abogados, ingenieros, doctores, etc., con valores y principios importantes ¡Qué gran responsabilidad!
Nunca dejes de explicarles a tus hijos, sean niños o niñas, la importancia de ser madre, pues este es el mensaje que se transmitirá a generaciones por venir.
Vuestros esfuerzos como madres son dignos de considerarse una carrera, pues tenéis que estar mejorando y aprendiendo continuamente. Y además, hacéis esto sin ninguna remuneración monetaria, aunque vuestro pago es mucho mayor: múltiples besos, abrazos y caricias; ver crecer a nuestros pequeños, verlos algún día, convertirse en un buen hombre y una buena mujer, dignos de llevar nuestro legado a las siguientes generaciones. Sin lugar a duda, ellos os lo agradecerán mucho.
Es un gran privilegio ser madre, pero implica una gran responsabilidad: sufrir, gozar, esperar, confiar, anhelar,… es la carrera más difícil, pero con Dios todo se puede.
http://iglesiaevangelicabautistaourense.blogspot.com/

AUTOESTIMA

Autoestima

Autor: W.J. Prost, M.D.


a1El material básico de este artículo fue dado originalmente en forma de cuatro conferencias para jóvenes en Lassen Pines, California, en agosto de 1991. Debido a que el material ha sido considerablemente retocado y revisado, no se ha retenido el formato original, sino que se ha dividido en varias secciones menores.


Prefacio

La cuestión de la «autoestima» es un tema de gran actualidad en el mundo en nuestros días, especialmente en América del Norte y en Occidente en general. Hace menos de veinte años, este tema apenas si se mencionaba. Ahora se nos bombardea con esté término por todas partes, e incluso se da a niños muy pequeños cursos de autoestima en las escuelas. Se supone que la carencia de la misma es la razón subyacente a casi cada mal humano, y se supone que la restauración de la autoestima es la curación para casi cada falta.

Hace un tiempo, mientras esperaba ser visitado, tomé un ejemplar de la revista Selecciones de la sala de recepción. Me llamó la atención un artículo titulado «Palabras que hacen milagros», y querría citar dos párrafos de aquel artículo.

Cada uno de nosotros tenemos una imagen mental de nosotros mismos, la propia imagen. Para que la vida sea razonablemente satisfactoria, esta propia imagen ha de ser tal que podamos convivir con ella, que nos pueda gustar. Cuando nos sentimos orgullosos de nuestra propia imagen, nos sentimos confiados y libres para ser nosotros mismos. Funcionamos de una manera óptima. Cuando nos avergonzamos de nuestra propia imagen, tratamos de ocultarla en lugar de expresarla. Nos volvemos hostiles y difíciles para la convivencia.

Es un milagro lo que le sucede a una persona a la que le ha subido su autoestima. De repente le gustan más los demás. Es más amable y cooperador con los que le rodean. La alabanza es el pulimento que ayuda a mantener su propia imagen brillante y resplandeciente.

Esta cita representa la manera actual de pensar en el mundo, y también entre muchos cristianos. Aunque en esas palabras hay ideas que son muy ciertas, también hay cosas erróneas.

Una parte del problema para afrontar esta cuestión reside en que hasta ahora no hay un verdadero acuerdo acerca de cuál es el significado de la «autoestima». Se han propuesto varias definiciones, pero incluso en círculos educados no hay un acuerdo general. Es evidente que este término significa cosas distintas para distintas personas.

Como sucede con todas las cuestiones morales y espirituales, los cristianos deben apartarse de la sabiduría humana, y escudriñar la Palabra de Dios. Pedro nos dice que «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder» [el de Dios] (2 Pedro 1:3). Pablo dijo a los corintios que «la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios» (1 Corintios 3:19). Con la ayuda del Señor querría acudir a la Palabra de Dios, donde encontramos la respuesta a todo lo que atañe a nuestro andar como cristianos en este mundo. La sabiduría del hombre no puede añadir nada a la Palabra de Dios.

Esta cuestión es difícil, y soy bien consciente de mi falta de una comprensión total del tema. El hombre es un ser complejo, y algunas de las consideraciones relativas a este tema tienen que ser experimentadas más que plenamente explicadas. Asimismo, 1 Corintios 13:12 nos dice: «Ahora vemos por espejo, oscuramente», y aquí la palabra «oscuramente» comunica el concepto de algo que es enigmático. En tanto que la Palabra de Dios nos da una perfecta luz para cada paso de nuestra senda, no siempre da satisfacción a nuestra curiosidad ni da respuesta a todas nuestras preguntas. Recordemos esto cuando encontremos aspectos de este tema que puedan estar más allá de nuestra comprensión.

Hay muchos temas que la Palabra de Dios nos presenta que están más allá de la comprensión humana. La mente del hombre puede solamente llegar hasta cierto punto, y luego nos damos cuenta de que estamos en el ámbito de lo infinito. Generalmente, esas cuestiones se componen de dos verdades que deben mantenerse en equilibrio, y que sin embargo la mente humana no puede conciliarlas de una manera plena. Creo que la dignidad humana en la creación y la depravación humana como resultado de la caída son dos de esas verdades. El hombre natural intenta reducir esas verdades a un nivel que podamos comprender, y con ello siempre cae en un error de un lado o del otro. Es triste tener que admitir que caen en ello incluso verdaderos creyentes, al tratar de imponer una estructura de factura humana sobre una verdad que Dios nos ha dado en Su Palabra. La respuesta correcta que debemos dar es adorar con humildad a Aquel que ha querido revelarnos tales cosas, dándonos cuenta de que nuestras mentes finitas no pueden abarcar lo infinito en su totalidad. Podemos apreciar esas verdades, y equilibrarlas en nuestras vidas, pero sólo en tanto que caminemos en comunión con Aquel que nos las ha querido revelar.

Para dar una cierta estructura al tema que vamos a tratar, querría considerar al hombre en tres posiciones o estados. Primero, el hombre en la creación antes de la caída; segundo, el hombre como criatura caída; y tercero, el hombre en Cristo. Según vayamos avanzando se desarrollarán otras consideraciones en relación con esas tres posiciones.


El hombre en la creación

En Génesis 1 tenemos la maravillosa historia de la creación, que culmina con la creación del hombre en el día sexto. El versículo 26 dice: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.» La palabra «imagen» tiene aquí el sentido de representante, de modo que el hombre debía ser el representante de Dios sobre la tierra. «Semejanza» comporta el sentido de parecido moral, en que el hombre estaba en relación directa con Dios y que tenía unos afectos en relación con el resto de la creación que eran consonantes con el hecho de ser la cabeza de la misma.

Al final del día sexto, leemos: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31). En este contexto, debemos reconocer en el hombre a la obra de Dios, y el hecho de que Dios lo pronuncia como «bueno en gran manera». La elevación del hombre por encima del resto de la creación es sumamente pronunciada, y le fueron dadas unas cualidades que le hacían especialmente idóneo para una posición tan exaltada en la creación de Dios. En tanto que a causa de la caída el hombre ha perdido gran parte de la «semejanza» de Dios, sigue siendo el representante de Dios en la tierra. Sigue habiendo una dignidad inherente al hombre por su posición en la creación, incluso tras haber caído.

Parte de la dignidad y posición del hombre como cabeza de la creación incluye las diversas capacidades que Dios le ha dado, y que no han sido concedidas a la creación inferior. Una persona, por ejemplo, puede tener una enorme capacidad matemática. Es indudable que esto ha sido dado por Dios, y que estaría presente incluso si el hombre no hubiera pecado. Otro puede tener capacidad para la música, o quizá una gran destreza manual, cosas éstas que el hombre habría poseído sin la caída. Es apropiado y justo que se dé reconocimiento a esas cualidades, tanto por parte de la misma persona que las posee como por los demás. En este sentido, el término «autoestima» no es malo, pero quizá sería mejor el término «propia imagen» o «propia valoración». Decir que soy indigno con respecto a lo que Dios me ha hecho, o depreciar las cualidades que he recibido de parte de Dios, es encontrar falta en la obra de Dios, y viene a ser una acusación contra Él.

De nuevo, esto pone en evidencia la dificultad del término «autoestima», porque no significa lo mismo para todos. Me parece que se trata de un término deficiente, porque hace que nuestros pensamientos se centren en nosotros mismos. Como veremos más adelante, Dios quiere que volvamos nuestros pensamientos a un Objeto fuera de nosotros mismos: el Señor Jesucristo. Pero, si se usa el término en relación con el hombre en su creación, puede suceder que no comunique un sentido totalmente desacertado.

Pablo pensaba en algo parecido al escribir a los filipenses, cuando dijo: «No mirando cada uno por lo suyo propio [sus propias cualidades], sino cada cual también por lo de los otros [las cualidades de los demás]» (Filipenses 2:4). Solemos ser muy conscientes de nuestras propias cualidades, y a la vez muy propensos a no reconocer las que puedan poseer los demás. Por otra parte, los hay que no se dan cuenta ni siquiera de las propias cualidades con las que Dios les ha dotado.

En Mateo 25:14-30 encontramos la parábola de los talentos. Pone ante nosotros la soberanía de Dios al dar diferentes capacidades a diferentes personas. (En la parábola de las minas en Lucas 19 encontramos el equilibrio a esto, donde se nos presenta la responsabilidad del hombre.) En tanto que los talentos pueden incluir dones espirituales, creo que también nos presentan nuestras capacidades naturales con las que nos ha dotado Dios, y por cuyo uso cada uno será considerado responsable. Apocalipsis 4:11 dice: «Señor … tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.» Por esa causa fuimos creados y recibimos las capacidades que poseemos. El hombre con sólo un talento representa claramente a un alma que fue a una eternidad de perdición, pero Dios le consideró responsable por no usar para provecho aquello que le había sido encomendado. No había usado su energía y capacidad en la voluntad de Dios.

Resumiendo, vemos entonces que Dios ha creado al hombre para Su agrado, y que le ha dado una dignidad como cabeza de la creación. Asimismo, Él nos ha dado unas capacidades específicas, que no tenían nada que ver con la caída, y que somos responsables de reconocer y usar para Él. En este sentido, debemos tener de nosotros mismos la imagen que Dios tiene de nosotros. No hacerlo es menospreciar al mismo Dios y tener pensamientos erróneos acerca de Dios. Usar el término «autoestima» para describir esto no es algo totalmente erróneo, pero sugiero que hay un mejor lenguaje que podemos utilizar para comunicar este pensamiento. Esto nos lleva a la siguiente consideración.


Amor y comprensión

Todos hemos sido creados con unas ciertas capacidades que hemos recibido de Dios, y con una necesidad básica de amor y comprensión. Sin embargo, la mayoría de nosotros conocemos o hemos oído hablar de personas a quienes se ha dicho, quizá desde su más tierna infancia, que no valían para nada, que nunca podrían hacer nada bien, que no tenían nada que ofrecer. Esto sucede con frecuencia en el mundo en general, y, triste es decirlo, también con frecuencia entre los creyentes. Esta clase de actitud es claramente contraria a la Palabra de Dios, como hemos visto. Sabemos que las vidas de tales personas a menudo acaban de manera desastrosa, a no ser que se ponga remedio al mal.

En 1 Juan leemos: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor» (1 Juan 4:7, 8). La necesidad de ser amado y comprendido forma parte de cada uno de nosotros. Cuando una persona no recibe amor y comprensión, se suscitan dificultades en su vida. Algunas veces, esas dificultades se vuelven abrumadoras, de modo que la necesidad de amor llega a ser más importante que la vida misma.

En verano de 1980, una mujer llamada Judith Bucknell fue asesinada en Miami. Su asesinato hubiera podido llegar a ser un dato más de una larga estadística excepto por su diario. Aparentemente, era joven, atractiva y llena de éxitos, pero su diario se levanta como un monumento a la terrible soledad que experimentaba. «¿Quién va a amar a Judith Bucknell? —escribía ella—. Me siento tan vieja. No amada. No deseada. Abandonada. Utilizada. Quiero llorar y dormir para siempre.» Su apariencia externa era de felicidad; gozaba de un buen trabajo, de vestidos elegantes, y una hermosa vivienda: todos los accesorios de «una buena vida». Pero escribía: «Me encuentro sola, y quiero compartir algo con alguien.» El dolor de su corazón no podía quedar satisfecho con cosas materiales ni con relaciones superficiales, porque estaban ausentes el verdadero amor y la verdadera comprensión.

Sin duda alguna, este es el pensamiento que se expresa en el Salmo 63:3, donde se dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El salmista había aprendido que la misericordia, la inclinación favorable hacia uno, era más importante para él que la vida, y la había encontrado en el mismo Señor. Si reducimos la mayor parte de nuestros problemas a un común denominador, es probable que los ingredientes ausentes sean el amor y la comprensión. A veces se identifica la autoestima con la necesidad de ser amado y comprendido, pero de nuevo el término es deficiente. El término «propia imagen» es más preciso, pero también tiende a llevarnos a pensar en nosotros mismos.

Un joven, al crecer, debe darse cuenta de que Dios le ha dado capacidades que no estaban relacionadas con la caída. Por ejemplo, quizá un niño exhibe una capacidad con sus manos, y puede trabajar bien con herramientas. Unos padres sabios y amantes observarán esto, y alentarán esta capacidad. Quizá le comprarán herramientas y le facilitarán un medio donde pueda desarrollar sus capacidades. Elogiarán sus esfuerzos, incluso si inicialmente sus trabajos son algo burdos. Otro niño puede mostrar dotes para la música; unos buenos padres reconocerán esto y lo alentarán con unos medios adecuados. Todo esto es bueno y legítimo, y se encuentra en la Palabra de Dios.

Proverbios 22:6 dice: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» Para llevar esto a cabo, debemos reconocer que cada niño es diferente, y que no podemos tratarlos de manera idéntica. Esto involucra conocer «al niño» y reconocer el tenor de «su camino». Los padres deberían amar a todos sus hijos por igual, pero tratarlos como si fuesen iguales es un error, y es contrario a la sabiduría de la Palabra de Dios.

Los elogios forman una parte importante de este aliento, y a menudo nos olvidamos de la gran importancia que tienen para un niño. He conocido a padres que nunca elogiaban a sus hijos por miedo a que se volvieran orgullosos. Debemos recordar que los niños pequeños, como Samuel, pueden no conocer aun al Señor. Ellos contemplan el mundo con los ojos de aquellos que más significan para ellos, generalmente sus padres, y a veces otros adultos como parientes cercanos o maestros. La mayoría de nosotros podemos recordar cuán grande ha sido la influencia que han tenido estas personas sobre nosotros durante nuestros años formativos.

Así, podemos ver que todos hemos sido creados con una necesidad básica de amor y comprensión, y que es justo que se dé provisión de lo uno y de lo otro en cualquier esfera donde hay influencia y autoridad. Allí donde están ausentes el amor y la comprensión, hay siempre dificultades, y a menudo calamidades.

Algunos preguntarán de inmediato: «¿Y qué sucede con aquellos que no reciben este ingrediente tan importante en sus vidas? ¿Están acaso abocados a las dificultades y a las calamidades a las que hemos hecho referencia?» Antes de responder a esta pregunta, debemos considerar al hombre como una criatura caída.


El hombre como criatura caída

Hemos visto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, desconocedor del mal, y que Dios pudo declarar el producto de Su obra como «bueno en gran manera». Sin embargo, este hermoso estado de cosas persistió sólo por un tiempo muy breve, y el hombre introdujo el pecado en este mundo al transgredir la única prohibición que Dios le había puesto. El pecado se introdujo en la creación de Dios y estropeó todo lo que Él había hecho. Toda la creación ha padecido como resultado de la caída del hombre, su cabeza, pero el hombre, como ser más exaltado, ha sentido quizá el efecto de la misma más que el resto de la creación.

Es importante que cada uno de nosotros se dé cuenta de que hemos nacido en este mundo con naturalezas pecaminosas y caídas como resultado de la introducción del pecado en este mundo. David se refería a este hecho cuando dijo: «En pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5). También leemos en Romanos 5:12: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.»

¿Qué relación tiene esta solemne verdad de la caída del hombre con nuestro tema? En el siglo pasado, un joven acudió a un cristiano mayor que había andado con el Señor durante muchos años. El joven le preguntó si tendría un consejo para un joven que estaba justo comenzando en la vida cristiana. Su respuesta fue breve y al punto, porque le dijo: «Aprende bien cinco palabras: ìLa carne para nada aprovechaî.» Esta cita, de Juan 6:63, presenta de manera muy sucinta una verdad de importancia capital. El pecado, habiendo entrado en este mundo, ha afectado a cada parte y parcela de nuestro ser.

Este efecto del pecado en todas las facetas de nuestras vidas se ilustra con lo que le sucedió a un hermano en Cristo que gestiona una vaquería y que tenía una excelente manada de vacas. Compraba su pienso a una gran compañía que también fabricaba pesticidas. Una vez algo del pesticida se mezcló en fábrica con el pienso, y esta mezcla la vendieron en una bolsa sencillamente etiquetada como pienso para ganado. Era un potente veneno, y el resultado fue que toda su manada de vacas tuvo que ser sacrificada y enterrada. Lo más perturbador fue que no hubo suficiente con librarse del pienso envenenado. Había afectado a la descendencia de las vacas que no habían muerto y había contaminado el granero y muchas cosas en el granero. Apenas si había algo que no hubiera quedado afectado por aquel tóxico, y se precisó de mucho tiempo para normalizar las cosas. El pecado en este mundo es algo parecido. No es algo que afecte aisladamente a algunas cosas, como quizá nos gustaría pensar. No, sino que ha afectado a todo, a cada parcela de nuestro ser.

Sabemos que todos hemos pecado y que tenemos una naturaleza pecaminosa, pero, ¿nos damos cuenta de que el pecado ha llegado a cada parte de nosotros, como personas individuales naturales?

Muchos de vosotros sois conscientes de que hay diferentes tipos de personalidad, y que de una manera general todos podemos encuadrarnos en uno de esos diferentes tipos (o en una combinación de ellos). Por ejemplo, hay algunos que son muy trabajadores, disciplinados y buenos organizadores. Esas son las personas que pueden dirigir cualquier cosa, y que generalmente hacen mucho en este mundo. Es indudable que esas cualidades les fueron dadas por Dios, y es correcto decir que habrían poseído esas cualidades incluso si no hubieran caído. Pero esas personas suelen tener un aspecto negativo, porque a menudo son arrogantes e intolerantes con los demás. Pueden ser sarcásticas, y a menudo no trabajan bien con otros. Puede que lleguen a la cima del mundo de los negocios y que accedan a posiciones directivas, pero a veces no son queridas por sus subordinados.

Luego hay aquellas personas mucho más abiertas y amistosas, y que son lo que podríamos designar como «personas orientadas a la gente». Son intuitivas, pueden sentir los sentimientos de los demás y reaccionar de una forma apropiada. Generalmente, tienen muchos amigos y caen bien. De nuevo, tenemos aquí un rasgo dado por Dios, y habría formado parte de ellos aparte de la caída. La faceta negativa es que esas personas suelen tener un problema de autodisciplina, y encuentran difícil disciplinar a otros. Encuentran mayores dificultades para mantener puntualidad en sus compromisos, para gestionar sus asuntos de una manera ordenada, y para tomarse sus responsabilidades en serio.

Lo que vemos en las personalidades humanas, incluyéndonos a nosotros mismos, es en parte lo que Dios creó en Su sabiduría, y en parte lo que el pecado ha introducido. Vemos belleza en la naturaleza, y reconocemos la obra de la mano de Dios, pero luego vemos la ruina que el pecado ha introducido. El hombre natural, sin la sabiduría de la Palabra de Dios, no puede relacionar esas dos cosas. Encuentra que el mundo es una mezcolanza inextricable de bien y mal. Sólo la Palabra de Dios puede hacernos ver cómo esas cosas pueden coexistir en el mundo.

Esos aspectos negativos de nuestras personalidades forman parte del efecto de la caída del hombre. Cuando tiene que ver con nosotros mismos, ¡cuántas veces presentamos excusas diciendo, «es que soy así»! La implicación es que se me tiene que aceptar como soy, porque así es como el Señor me ha hecho. Pero eso no es conforme a la Palabra de Dios. «Formidable y prodigiosamente he sido hecho» (Salmo 139:14, RVR97), y esto incluye nuestra constitución mental además de la física. Sin embargo, los efectos del pecado son demasiado evidentes en nosotros, mental y físicamente. Deberíamos reconocer las capacidades con las que Dios nos ha dotado, pero nunca atribuir a la mano de Dios aquellas cosas que el pecado ha introducido en este mundo.

El pecado no ha arruinado toda la creación por un igual. Mientras que la creación entera ha sentido los terribles efectos del pecado, Dios ha preservado este mundo de los plenos efectos de la caída del hombre. Recordemos al joven rico que acudió al Señor Jesús, queriendo conocer qué debía hacer para heredar la vida eterna. Cuando le dijo al Señor que había guardado todos los mandamientos desde su juventud, se registra que «Jesús, mirándole, le amó» (Marcos 10:21). Aquí no tenemos el mismo pensamiento que el amor de Dios hacia este mundo tal como se expresa en Juan 3:16. Es cierto que el amor de Dios se dirige a todos en este mundo, pero este versículo en Marcos 10 muestra más bien el amor que el Señor Jesús sintió por un hermoso carácter, uno que tenía un verdadero deseo de hacer lo recto. A veces nos encontramos con aquellos que de natural tienen una disposición muy atrayente, así como nos encontramos también con los que son lo muy contrario de esto. Aquí el Señor amó a este joven por lo que era de natural. Pero la conversación que siguió con él reveló lo que realmente estaba en su corazón.

Cuando el Señor le dijo claramente lo que le faltaba, quedó desvelado su verdadero estado delante de Dios. Pensaba él que podría alcanzar la vida eterna guardando la ley, pero las palabras del Señor pusieron en evidencia que estaba faltando a la misma esencia de la ley. Cuando le preguntaron al Señor Jesús cuál era el primer mandamiento de la ley, contestó:

«El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Marcos 12:29-31).

Si el joven rico hubiera amado a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, habría seguido gustoso al Señor Jesús. Si hubiera amado a su prójimo como a sí mismo, habría dado con agrado sus bienes a los pobres.

Es humillante darse cuenta de que a menudo Dios no escoge a las personalidades más agradables, sino más bien a aquellos que parecen más gravemente afectados por el pecado. Pablo nos dice en 1 Corintios 1:27, 28: «Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es.» Nos sentimos atraídos a aquellos como el joven rico que presentan de natural las personalidades más atrayentes, pero a menudo los tales no sienten interés por el evangelio. Luego, quizá encontramos al Señor salvando a aquellos a los que de natural menospreciaríamos. Todo esto tiene el efecto de cumplir 1 Corintios 1:29, que dice: «A fin de que nadie se jacte en su presencia.» La gracia de Dios se magnifica al llevar a los peores de este mundo a Cristo y exhibirlos por toda la eternidad como trofeos de Su gracia.

Esto nos lleva a otro punto, de lo más importante. ¿Qué hay acerca de aquellos aspectos de nuestras personalidades que no son malos, de aquellas capacidades que hemos recibido de parte de Dios? ¿No podemos acaso ufanarnos algo por ellas, y en este sentido estimarnos a nosotros mismos? Podemos admitir que somos pecadores, y sin embargo sentir que hay cosas buenas en nosotros que podemos desarrollar.

Tenemos que darnos cuenta de que incluso aquellas capacidades que Dios nos ha dado están afectadas por el pecado, debido a que nuestra naturaleza pecaminosa, indudablemente bajo el control de Satanás, emplea esas capacidades para el mal. En tanto que las capacidades mismas no son malas, se les puede dar un mal uso.

Supongamos que alguien tenga capacidad para las matemáticas. Como hemos visto, no hay nada malo con esta capacidad, e indudablemente fue dada por Dios. Pero Satanás, usando el pecado como palanca, quiere tomar esta capacidad y usarla para un mal fin. Así, los hombres han empleado sus capacidades para la física y las matemáticas para construir bombas que tienen ahora la capacidad de destruir el mundo. Otro puede que tenga capacidad para la música, mientras que algunos que puedan no tener capacidad para la misma tienen sin embargo oído para apreciarla. Es indudable que esto es también parte de la bondad de Dios para con el hombre. Una vez más, el diablo usa la música para ocupar las mentes de los hombres con placer y para apartarlos de pensar acerca de cuestiones eternas. Es algo solemne que la primera mención de música en la Biblia tiene relación con la familia de Caín. Caín salió de delante de la presencia del Señor, edificó una ciudad y procedió a rodearse de todo lo que pensaba que le haría feliz, pero dejó a Dios fuera. Fue uno de los descendientes de Caín (Jubal) el que «fue padre de todos los que tocan arpa y flauta» (Génesis 4:21). Esto no significa que la música sea nada malo, pero subraya el hecho de que el pecado usurpa incluso aquellas cualidades que Dios ha dado, y nos lleva a usarlas para malos fines.

Vayamos un paso más allá. Supongamos que las capacidades de que Dios nos ha dotado son empleadas de una manera correcta. ¿Estamos entonces haciendo lo que agrada a Dios? ¿Podemos entonces recibir algún crédito nosotros mismos? No, porque incluso al hacer lo que es recto, como criaturas caídas sin Cristo, el motivo será siempre malo. Entrará el orgullo, incluso si uso mi capacidad con un buen propósito. Esto nos conduce a nuestra siguiente consideración.


Autoestima y orgullo

Hemos visto que cuando el hombre fue creado, Dios pudo decir del producto de su obra que era «bueno en gran manera». Así, el hombre era bueno, en el sentido de que era desconocedor del mal, y de que poseía una semejanza moral con Dios. Esto no significa que fuese santo, o siquiera justo, porque ambas cosas implican un conocimiento y aborrecimiento del pecado. Había una hermosura moral en el hombre en su inocencia, y hasta este punto había una semejanza moral con Dios, pero en ningún sentido era igual a Dios.

Soy consciente de que a muchos de vosotros os dan cursos en autoestima, tanto en la escuela como en el mundo laboral. En muchos casos, se mezcla con ello algo de filosofía de la Nueva Era. Para los que no estéis familiarizados con ella, todo el énfasis de la llamada filosofía de la Nueva Era es la ocupación con nosotros mismos, hasta el punto de declarar que todos somos dioses, y que la misma esencia de Dios está dentro de cada uno de nosotros. Se nos induce a pensar muy bien de nosotros mismos, diciéndonos que somos, de hecho, realmente dioses. Este es el trágico fin de mucho del actual pensamiento acerca de la autoestima. Cuando es el hombre, y no Dios, quien deviene el punto de referencia, el hombre acaba deificándose a sí mismo.

Cuando el hombre fue creado, todo era hermoso porque era la obra de Dios. El hombre no había hecho nada para producir el bien del que estaba rodeado, y en su estado de inocencia y de bondad moral no había orgullo. Es indudable que podría reconocer las cualidades y capacidades de que Dios le había dotado, pero en su comunión incólume con Dios no había todavía surgido el orgullo en su ser. Con la introducción del pecado, se ha introducido la soberbia, y la Palabra de Dios no nos deja lugar a dudas de que se trata de uno de los peores pecados. «Los ojos altivos» encabezan la lista de cosas que el Señor aborrece (Proverbios 6:17), y más adelante el mismo libro nos dice que «abominación es a Jehová todo altivo de corazón» (Proverbios 16:5). Luego, en el Nuevo Testamento leemos que «la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» (1 Juan 2:16). Muchos otros versículos de la Palabra de Dios nos muestran que la soberbia es un pecado de enorme gravedad.

El pensamiento erróneo básico que colorea la mayor parte de los actuales conceptos de la autoestima es que una apropiada autoestima incluye orgullo, y que el orgullo mismo es bueno. Nuestra anterior cita de la revista Selecciones hablaba de que debíamos estar «orgullosos de nuestra propia imagen» para poder sentirnos «confiados y libres para ser nosotros mismos». El espíritu del orgullo ha impregnado tanto de nuestro mundo actual que entra en casi todos los departamentos de la vida, quizá sin que nos demos demasiada cuenta de ello. Debemos comprender a la luz de la Palabra de Dios que cada forma de soberbia es mala, y un pecado contra Dios.

Para comprender el tema de la autoestima de una manera apropiada, debemos darnos cuenta de que el orgullo es una falsa respuesta al éxito. Tenemos tendencia a sentirnos orgullosos de nuestras capacidades naturales, pero debemos ser conscientes de que todas ellas las hemos recibido de Dios. Somos susceptibles al orgullo incluso de nuestros caminos de pecado, quizá creyendo que hay en ellos algo de bueno.

¡A menudo defendemos nuestra naturaleza pecaminosa y caída y sus acciones, en lugar de condenar la una y las otras! Si alguien me dice que tengo mal genio, probablemente lo negaré, o encontraré algún defecto en la persona que me lo dice, a fin de esquivar el intento de alcanzar mi conciencia. Si alguien me dice que exagero en lugar de decir la verdad, lo negaré vigorosamente, y quizá diré a otros que el que me ha dicho tal cosa es un calumniador y maldicente. Es una treta bien conocida en el mundo que cuando se nos acusa de algo, tratamos de desenterrar toda la «suciedad» que podemos acerca de nuestro acusador, para evitar hacer frente a algo que pueda ser cierto. Raras veces estamos dispuestos a admitir que estamos en un error, incluso ante nosotros mismos. Nos hiere en lo más vivo de nuestro orgullo. Creo que el mayor obstáculo para avanzar en nuestras vidas cristianas es nuestra mala disposición para admitir cuán malo es realmente el pecado en nosotros, mientras que el primer paso a la felicidad es darnos cuenta de la ruina que el pecado ha introducido, y con ello no tener confianza en nosotros mismos.

Yendo un paso más allá, somos aun más propensos a enorgullecernos de aquello que la gracia ha obrado en nosotros. Los corintios se habían hecho culpables de ello, de modo que Pablo les dice: «Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4:7).

Hablamos acerca de los que tienen una «deficiente autoestima» y de otros que tienen una «elevada autoestima». A menudo se trata de caras opuestas de la misma moneda, la moneda del orgullo. El que tiene una «deficiente autoestima» se siente deprimido y molesto porque su propia imagen no es la que él cree que debería ser. En realidad, tiene una autoestima muy elevada: lo que le sucede es que la realidad no se ajusta a sus ideales. No acepta la forma en que Dios le ha hecho. (Nos estamos refiriendo ahora a las aptitudes que ha recibido de Dios, no acerca del pecado.) ¡Cuántas veces no nos habremos mirado en el espejo y deseado de corazón ser más altos, con un color diferente de cabello, ser más listos, o quizá que tuviéramos otras cualidades que el Señor no nos ha dado! ¡Cuántas veces no he contemplado a otros participando en actividades deportivas, y he deseado poseer algo de su capacidad! Según proseguía la vida, descubrí que muchos de los que eran tan buenos en actividades atléticas deseaban una mejor actuación en los círculos académicos, donde quizá algunos de nosotros nos sentíamos algo más cómodos. Parece que siempre deseamos lo que no poseemos. Triste es decirlo, Satanás obra en nosotros a través de nuestras naturalezas pecaminosas para hacernos sentir desgraciados acerca de lo que Dios nos ha dado, y para consumirnos con deseos por talentos que Él no nos ha dado.

El que tiene una «elevada autoestima» cree que ha llegado a un cierto punto, cuando no ha llegado en absoluto. Tiene una propia imagen irreal, ¡mientras que otros lo evalúan de una manera generalmente mucho más realista! Ya conocéis a esta clase de persona: se trata de alguien que está siempre pensando en sí mismo y en lo que puede hacer. La encontramos inaguantable, y no queremos tenerla a nuestro alrededor.

Pero quizá me dirás: «Me siento satisfecho de mí mismo. Estoy justo en medio—no tengo una autoestima excesiva ni baja.» Esto es lo que está intentando comunicarnos el artículo deSelecciones: que debemos ser conscientes de cuál es nuestra propia imagen, y estar orgullosos de ella. Esto también es malo, porque el orgullo, como hemos visto, está siempre condenado en la Palabra de Dios. En tanto que debemos reconocer las capacidades que hemos recibido de Dios, debemos darnos cuenta de que nunca seremos felices si nos ocupamos con nosotros mismos, porque el orgullo siempre entrará. Se dice que en la actualidad hay una epidemia de deficiencia en autoestima en nuestra sociedad. Seamos sinceros, y reconozcamos que lo que hay es una epidemia de orgullo. Es el resultado de centrarse en el hombre, en lugar de en Dios.

La sabiduría de este mundo dice que tenemos que edificar la autoestima del individuo. Se nos dice que debemos tomar a las personas y mostrarles que tienen buenas cualidades, que son personas valiosas, que tienen capacidades que pueden desarrollar, y que pueden estar orgullosos de sí mismos. Que debemos mostrarles que son miembros útiles de la sociedad, que tienen algo que hacer en este mundo, y una contribución importante que dar. Esto está muy bien hasta cierto límite, porque muchos no llegan a ser conscientes de sus capacidades naturales debido a la carencia de un aliento, amor y comprensión apropiados. Pero si esta manera de actuar me lleva a centrarme en mí mismo, estaré siempre ocupado con mi yo, bien de una manera positiva, bien negativa. Y el orgullo siempre tendrá tendencia a introducirse, si yo soy el objeto de mi propio corazón.

Antes de abandonar mi práctica clínica, solía llevar a cabo muchas operaciones de cirugía. Y hubiera podido dejar que mi capacidad como cirujano llegase a ser mi fuente de autoestima: eso es lo que el mundo nos dice que hagamos. En tanto que cualquier capacidad que tuviera era dada por Dios, y por ello algo que reconocer y usar, hubiera sido un error que fuese una causa de orgullo. Un colega mío, que era anestesista y colaboraba mucho en mis operaciones, descubrió que yo tenía una motosierra, y que la usaba con frecuencia para cortar leña para nuestro hogar. Me dijo que era un insensato, que un solo desliz con aquella motosierra me podría arruinar una de las manos, o ambas, y poner fin a mi carrera. Esto era verdad, y si mi autoestima hubiera residido en mi capacidad como cirujano, entonces la pérdida de mis manos hubiera significado no sólo el fin de mi carrera como cirujano, sino también el fin de mi autoestima.

Todo lo que poseemos en este mundo, sea salud, capacidad, posesiones o cualquier otra cosa, es muy frágil, y podemos perderlo con suma facilidad. ¿Vamos a edificar sobre cosas temporales, y que se pierden tan fácilmente? Muchos hacen precisamente esto, y por esto se pone tanto énfasis en la autoestima. Pero el problema no desaparece con ello. Más bien, parece estar empeorando. Esto se debe sencillamente a que todo el concepto de autoestima tiende a basarse en lo que el hombre pecaminoso es, y en cosas que no sólo no pueden dar satisfacción en ningún caso, sino que además se pueden perder con facilidad.

¿Qué hay acerca del peligro de hacer un cumplido y que con ello la persona se enorgullezca? Algunos padres pocas veces dan ninguna alabanza a sus hijos, por temor a que se enorgullezcan de sí mismos. Todos hemos tenido a personas con autoridad sobre nosotros que nunca nos hablaban sino para decirnos que habíamos hecho algo mal. Los hijos en este tipo de hogares, o las personas que trabajan bajo supervisores así, no encuentran un buen ambiente en el que crecer o en el que trabajar. ¿Está mal entonces que un marido diga a su mujer que es hermosa, o a su hija que su nuevo vestido le sienta muy bien? ¿Es peligroso hacer una observación sobre el traje nuevo de alguien, o decirle que ha hecho un buen trabajo?

Aquí tenemos un punto de enorme importancia. Hemos visto que todos necesitamos amor y comprensión. Cuando decimos a alguien: «De veras me gusta tu cabello; te cae muy bien», o «has hecho un gran trabajo; no creo que nadie lo hubiera podido hacer mejor», ¿qué es lo que estamos comunicando? Sugiero que la persona a la que se le han dicho esas cosas se va complacida porque ha agradado a alguien a quien quería agradar. Los hijos buscan el amor y la aprobación de sus padres, y cuando sus padres los elogian, son conscientes de que han agradado a aquellos que más significan para ellos. No hay nada de malo en ello, y tenemos ejemplos de eso en la Escritura. Pablo elogia a los corintios cuando dice: «nada os falta en ningún don» (1 Corintios 1:7). En la segunda epístola, donde trata de la cuestión de las dádivas cristianas, les dice que se había jactado a los de Macedonia, «que Acaya está preparada desde el año pasado» (2 Corintios 9:2). Es indudable que esto significó un aliento para ellos, porque ellos habían complacido a su padre espiritual. El Señor mismo nos alienta de vez en cuando en la senda cristiana al dejar que otros nos digan que lo que hemos hecho por ellos ha tenido un efecto benéfico.

Quizá el ejemplo más hermoso del uso recto de los cumplidos aparece en el Cantar de los Cantares. Allí la esposa no tiene altos pensamientos acerca de sí misma, pero luego se regocija en la estima que el esposo tiene de ella. Él la inunda con su amor y con todo lo que ve en ella, mientras que ella, como respuesta, sólo tiene amor hacia él, y habla de él. El gozo de él reside en ella, y lo expresa de una manera plena, pero todo esto sólo hace que él sea más encantador para ella, y así ella habla sólo de él. La única queja que ella tiene es que no tiene una mayor capacidad para gozar de él. Todo esto es un ejemplo maravilloso del uso apropiado de los cumplidos, y de la reacción correcta ante ellos.

Satanás querría, usando nuestra naturaleza de pecado, corromper todo esto. Él toma este cumplido o aquella palabra de aliento, y nos sugiere: «¡Qué persona más maravillosa debes ser, para ser tan hermosa!», o «¡Qué personaje más notable debes ser, para poder hacer un trabajo como este!» Luego comienza a arder la llama de la soberbia, y todo queda estropeado, porque el orgullo es pecado. Agradar a alguien de una manera correcta no es malo, pero estar orgulloso de ello es nuestra naturaleza caída convirtiéndolo en pecado.

A veces puede que sea muy fina la línea entre ambas cosas, pero esta línea está siempre ahí. Existe el peligro de hacer demasiados cumplidos y también el de no hacer ninguno. He conocido a los que nunca hacían un cumplido porque tenían miedo que resultase en orgullo en la persona a la que iba dirigido. El resultado era que la persona citada comenzó a pensar: «No puedo hacer nada bien, ¡porque siempre que intento alguna cosa, todo lo que consigo son críticas!» Esta no es la manera divina de actuar, porque la manera divina es la de alentarnos. Nos es necesario recibir la reacción del otro para saber cuando lo estamos haciendo bien, y cuando no. Por otra parte, es igualmente cierto que Dios quiere apartar el yo de mi centro de atención, de modo que me ocupe de agradarle a Él. Cuando hacemos algo agradable para el Señor, es sólo debido a que aquello que Él nos ha dado mana de nuestras vidas. Me gustó un comentario que me hizo una hermana mayor en Cristo hace algunos años: «Un poco de elogio para elevarte, pero no suficiente para hincharte.» Expresó muy bien con ello lo que enseña la Palabra de Dios.

Alguien me dio recientemente un folleto de Care Lines [Líneas Solícitas] para el mes de agosto de 1991, y su mensaje se ajusta mucho a nuestro tema. El versículo citado era: «No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios» (2 Corintios 3:5). Luego el comentario era como sigue:

La autoconfianza respecto a que puedo hacer cualquier cosa porque soy bueno no es un pensamiento escriturario. La confianza en Dios, porque Cristo me da precisamente lo que necesito para usarlo para Él y para Su gloria, es la forma que debería adoptar nuestra confianza. No se basa en nosotros mismos, sino en Dios. Él es la fuente que da el don, y el poder para llevar las cosas a cabo. No nosotros. Jesús es Aquel que murió para limpiarnos de nuestros pecados; no lo hicimos nosotros. Cerciorémonos de que otros ven que nuestra confianza es realmente confianza en Dios, y que yo, como persona, no tengo confianza en mí mismo.

El orgullo es siempre mencionado de manera negativa en la Palabra de Dios, y es siempre condenado; la confianza es casi siempre mencionada como algo positivo, por cuanto lo que se tiene a la vista es la confianza en Dios. ¡Pero esto se tratará más adelante!


Versículos mal empleados

A menudo es necesario desaprender conceptos errados antes que podamos aprender las cosas bien. En la actualidad se están enseñando muchos conceptos errados acerca de la autoestima, a veces incluso en un contexto escriturario. Antes que empecemos a tratar conceptos más positivos acerca de esta cuestión, es necesario mencionar dos versículos que han sido mal empleados, incluso por parte de creyentes, para dar unos conceptos erróneos acerca de la autoestima.

Efesios 5:28 dice: «Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.» Este versículo ha sido tomado por algunos como significando que uno no puede amar a su mujer (o a ninguna otra persona) de manera apropiada excepto si se ama a sí mismo. Pero no es este el sentido del versículo. Lo que se nos expone aquí es sencillamente la preciosa verdad de que cuando un hombre y una mujer están casados, Dios los contempla como una carne. Que un hombre ame a su mujer debería ser cosa tan natural como amarse a sí mismo. ¿Acaso Dios tiene necesidad de mandarnos que nos amemos a nosotros mismos? No, eso lo hacemos sin necesidad de que se nos impulse a ello. Todos de natural nos cuidamos bien a nosotros mismos, y Dios está sencillamente diciendo aquí que si amas a tu mujer, te amas a ti mismo, porque ambos sois una carne, y que si destruyes a tu mujer por cualquier medio —la crítica, la infidelidad o cualquier otra forma—, te estás destruyendo a ti mismo. Se debe decir de manera enfática: no tenemos aquí ninguna justificación escrituraria para el amor propio.

Luego tenemos Mateo 22:39: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», pasaje que ha sido tomado como una justificación escrituraria para el amor propio. Una vez más, el amor a uno mismo se da por supuesto, y lo que la ley ordenaba al hombre era amar a su prójimo como a sí mismo. No hay mandamiento a amarse a uno mismo. Este pensamiento no se encuentra en la Palabra de Dios.

Luego, Filipenses 2:3 dice: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.» He oído a algunos decir que está bien que uno se estime a sí mismo siempre y cuando estime a los demás como mejores que uno mismo. Si llevamos esto a su conclusión lógica, esta interpretación resultaría en los casos peores en una baja autoestima, porque en último término tendríamos que considerar que todos los demás son mejores en todas las formas que nosotros mismos. Una vez más, no me parece que éste sea el significado del versículo. El pensamiento es que todos nosotros, sean cuales fueren nuestras capacidades naturales, nuestros dones espirituales o nuestra fidelidad al Señor, podemos siempre contemplar a otro creyente y ver una cualidad, un don o un rasgo deseable de carácter que nosotros no poseemos. También podemos mirarnos a nosotros mismos y contemplar un pecado que nos acosa y que otros no tienen. Si estamos caminando con el Señor, veremos el bien en otros, y a la vez reconoceremos nuestras propias faltas. No tendremos problema alguno para estimar a otros como mejores que nosotros mismos, porque buscaremos lo mejor en los demás. Si pensamos en nosotros mismos, será más bien para juzgar nuestros fracasos que para hincharnos por lo que somos o por lo que hemos hecho. Este versículo, desde luego, no es la justificación escrituraria para la autoestima tal como este término está siendo actualmente interpretado. Deberíamos permanecer ocupados con Cristo y los demás, y no con nosotros mismos.


Cristo—Su amor y comprensión

Hasta este punto, hemos tratado mayormente acerca del aspecto negativo de la autoestima, señalando cómo la presencia del pecado lo ha arruinado todo en la creación de Dios. Hemos visto que incluso aquellas cosas que Dios ha dado se usan para un mal fin, y que el orgullo entra fácilmente y estropea incluso los sentimientos más rectos. ¿Cuál es entonces la respuesta para todo esto? ¿Hay alguna manera de poner todas estas consideraciones en una perspectiva correcta? Creo que sí la hay. Como con todas las otras cuestiones de la vida, tenemos que introducir a Cristo. En Él, mediante Su Palabra, encontramos la respuesta para todo. Como alguien me dijo: «La respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz.»

En nuestras observaciones bajo el encabezamiento «Amor y comprensión», hemos señalado que ser amado y comprendido son cosas esenciales para cada ser humano, y que la privación de esas cosas ha provocado graves dificultades, y ocasionalmente calamidades. ¿Qué sucede con aquellos que no han recibido esos importantísimos factores en sus vidas? Sabemos demasiado bien que el pecado ha arruinado incluso este aspecto de nuestras vidas en muchas ocasiones. Quizá algunos de nosotros proceden de hogares cristianos donde se daba el amor en gran medida, e incluso en hogares en los que Cristo no es conocido está presente con frecuencia el amor. Pero sabemos que tristemente está ausente de muchos hogares, haciendo las cosas muy difíciles para los niños que crecen en medio de tal ambiente. Éstos tienden a contemplarlo todo a través del color de sus experiencias.

He hablado con algunos que encontraban difícil creer que Dios les amaba, debido a que habían conocido tan poco amor en sus vidas. Habían buscado amor y comprensión en sus padres, y, al no recibirlo, encontraron difícil creer que nadie más les amase. A otros se les había dicho toda la vida que carecían de valía y que no eran buenos para nada, y con ello encontraron difícil creer que nadie pudiera apreciarlos, o que tuvieran capacidad alguna para hacer nada. Aun otros habían vivido tanto de sus vidas bajo la sombra de una terrible experiencia, quizá desde su infancia, y habían sido incapaces de recuperarse de aquello.

Hemos visto que la sabiduría humana propone una respuesta para este problema, e intenta convencer a la persona acerca de su propia valía, de su capacidad y de su importancia en este mundo. Este enfoque puede tener un cierto mérito al hacer consciente a la persona de sus capacidades que ha recibido de Dios. Sin embargo, no llega suficientemente lejos, porque el resultado lógico es sólo orgullo por una parte, o frustración por la otra.

El año pasado, mientras mi mujer y yo disfrutábamos de un viaje en automóvil por la costa occidental de los Estados Unidos, me volví a ella y le dije: «Sabes, una necesidad básica de cada ser humana es amor y comprensión.» Ella respondió: «¿Qué sucede si no lo recibes? ¿Qué sucede si creces en un ambiente duro?» Puede que algunos de los lectores de estas líneas procedáis de hogares así, y (¿me atreveré a decirlo?) algunos de vosotros podéis proceder de asambleas donde parece haber poco amor y comprensión. Puede que intentéis hacer algo de todo corazón, y sólo conseguís críticas por ello, bien en casa, bien fuera. ¿Habéis tenido la experiencia de intentar ayudar y que os hayan rechazado, diciéndoos que no podéis hacerlo bien? Quizá comencéis a preguntaros cuál es vuestro papel, y qué debierais estar haciendo.

Ya nos hemos referido al Salmo 63:3, que dice: «Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán.» El versículo 1 dice: «Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas.» Dios provee amor y comprensión a aquellos que han estado privados de lo uno y de la otra, no debido a lo que somos, ¡sino debido a lo que Él es! Es Su misericordia, Su disposición favorable, lo que necesitamos más que todo, ¡y Él nos la dará incluso si nadie más lo hace!

«Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar» (Hebreos 12:2, 3).

Dios nos ha dado un ejemplo, y este ejemplo es el Señor Jesús. Aquí el énfasis recae en el andar práctico del creyente, y el Señor Jesús nos es presentado como un ejemplo. Hubo Uno, nuestro Señor Jesucristo que (lo digo con reverencia) estuvo satisfecho con la aprobación de sólo Uno. El Salmo 88:18 dice: «Has alejado de mí al amigo y al compañero, y a mis conocidos has puesto en tinieblas.» El Salmo 69 es uno de los Salmos Mesiánicos, que hace referencia profética al Señor. El versículo 20 afirma: «El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé.»

¿Te sucede, nos sucede, que a veces nos encontramos diciendo: «Nadie me comprende; parece que nadie me ama ni se cuida de mí»? Creo que a veces el Señor Jesús nos lleva, a ti, a mí, al punto en nuestras vidas en el que nos pregunta si estamos dispuestos a seguir si tan sólo tenemos Su aprobación y Su amor. ¿Cuál fue el gozo que fue puesto delante de Él, en Hebreos 12:2? Creo que fue el gozo de hacer la voluntad del Padre, y Él es un ejemplo para nosotros. Dios le privó en la cruz de todo posible consolador. ¿Para qué? En parte, para mostrarnos que nuestro bendito Salvador podía pasar por todo aquello sin apoyos humanos. ¿Estamos dispuestos a ello? ¿Estás dispuesto a decir: «Señor, tu amor y tu aprobación son suficientes»? Yo no soy responsable de la falta de amor y comprensión que pueda haber experimentado en mi infancia, pero Dios me considera responsable como persona madura en lo que atañe a mi reacción ante tales experiencias, porque me ha dado todo lo necesario para capacitarme para vencerlas.

Me doy cuenta de que esto es más difícil para unos que para otros. Algunas personas son de natural más resistentes, y pueden capear las críticas con mayor facilidad. Otras parecen poder sobrevivir a la carencia de amor y comprensión, mientras que otras quedan totalmente devastadas. Que cada uno de nosotros aprenda a decir: «Señor, ayúdame a aprender viviendo a la luz de tu amor y comprensión.» Nunca seremos plenamente felices en nuestra vida cristiana hasta que podamos decir: «Me sentiré satisfecho si tan sólo gozo del amor del Señor en mi corazón, y tengo en mi alma la conciencia de que estoy haciendo Su voluntad.»

Cuando hemos alcanzado el punto de necesitar sólo de Su aprobación, de Su amor, de Su comprensión, sucede entonces una cosa maravillosa. Descubrimos que el Señor nunca nos deja del todo sin compañerismo, amor, cuidado y aliento. No: Él sabe que necesitamos la ayuda y el aliento mutuos, y nunca nos dejará totalmente a solas.

Ha habido ocasiones en mi vida en que he sido llevado al punto de decir: «Señor, tu amor es suficiente.» No me refiero a que haya jamás experimentado un rechazamiento total de parte de todos aquellos de los que esperaba amor y comprensión, pero ha habido tiempos en mi vida en los que he sentido que el problema que estaba experimentando difícilmente podía compartirlo con nadie más. Quizá hayas pasado por esta experiencia. Es maravilloso, bajo esas circunstancias, sentir al Señor casi tocando tu hombro con Su mano y alentándote a proseguir, diciéndote que Él comprende, que Él te ama y que se cuida de ti. Pero en cada una de esas situaciones, Dios ha enviado a alguien a darme ánimo, una palabra de aliento, un empujón, como solemos decir. A veces era sólo una palabra bondadosa, pero era precisamente lo que necesitaba. El Señor sabe cuánto necesitamos este impulso, y Él nos lo dará, justo en el momento adecuado. Luego nos ocupamos con Él, dándonos cuenta de que el estímulo, aunque haya venido de nuestros compañeros cristianos, procede en último término de Él mismo. Lo miramos a Él, no a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Al considerarlo a Él, y todo lo que Él padeció, nos ocupamos con Su perfección, y nos damos cuenta de que Él nos compensará por aquello de que el pecado nos haya privado.


«Un hombre en Cristo»

Hemos considerado al hombre en la creación, y al hombre como criatura caída. Consideremos ahora al hombre en Cristo. Ya hemos visto que el pecado entró en el mundo por la desobediencia del hombre, y que ha afectado a cada parte de nuestro ser. Debido a la entrada del pecado en este mundo, cada uno de nosotros tiene una naturaleza pecaminosa, caída. Hemos visto que el pecado toma incluso aquellas capacidades que hemos recibido de Dios y las usa en mal sentido. En la última sección hemos dicho que la respuesta a todo para el creyente se encuentra junto a la cruz. A fin de comprender esta declaración, debemos considerar la verdad que se expone en Romanos, capítulos 6, 7 y 8.

En el libro de Romanos hasta el versículo 12 del capítulo 5 tenemos el examen de la cuestión de los pecados. Queda establecida la culpabilidad absoluta de todo el mundo, y luego se presenta la obra acabada de Cristo como el único remedio. Luego, desde Romanos 5:12 hasta el fin del capítulo 8, se presenta ante nosotros la cuestión del pecado en su raíz y principio. Debemos ver con claridad el problema del pecado si queremos ver la respuesta escrituraria a la cuestión de la autoestima.

Es importante ver que cuando Dios nos salva, Én no perdona nuestra naturaleza pecaminosa y caída, y tampoco la quita. El Señor Jesús dijo a Nicodemo: «Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:7). Cuando acudimos como pecadores culpables, Dios perdona nuestros pecados y nos da una nueva vida en Cristo. Ahora el creyente tiene dos naturalezas: una que es desesperadamente pecaminosa y que no puede agradar a Dios, y una nueva naturaleza que es verdaderamente vida en Cristo y no puede pecar. La presencia de estas dos naturalezas es causa de conflicto en nuestras vidas.

La vieja naturaleza de pecado nunca mejora a lo largo de toda nuestra vida. Está siempre con nosotros, y es igual de mala después que he sido salvo durante veinte años que como lo era antes de ser salvo. Dios quiere que yo exhiba mi nueva vida y su naturaleza en mi andar cristiano, pero, ¡cuántas veces intenta reafirmarse la vieja naturaleza! Por eso pecan los cristianos, y la ocupación en el yo y el orgullo son parte de esos pecados.

En Romanos 5 tenemos la verdad de que la sangre de Cristo ha quitado mis pecados. En Romanos 6 aprendemos la verdad adicional de que en la muerte de Cristo Dios vio la muerte de nuestro «viejo hombre». «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado» (Romanos 6:6). Ahora, el mandamiento es: «Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Antes de la muerte de Cristo, nunca se mandó a nadie que se considerase a sí mismo (es decir, el viejo hombre) como muerto. Más bien, había sido puesto bajo la ley hasta la venida de Cristo. «La ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo» (Gálatas 3:24). Ahora Cristo ha muerto y resucitado. El creyente, identificado con Cristo, puede decir que él también ha muerto al pecado, y con ello el pecado ya no tiene más dominio sobre él. Ahora Dios nos contempla no como pecadores caídos, sino como aquellos que tenemos nueva vida en Cristo. Debemos permitir que la nueva vida y naturaleza caractericen nuestro caminar cristiano, y debemos reconocer que hemos muerto al pecado.

El acto del bautismo nos expone esta nueva posición. Al pasar por el bautismo, el creyente confiesa su identificación con la muerte, sepultura y resurrección de Cristo. Ya no está identificado con un mundo pecaminoso que ha rechazado al Señor Jesús, sino que forma parte ahora de la familia de Dios. Ha muerto al pecado. Ya no ha de andar más en sus antiguos caminos de pecado; ha de andar ahora «en novedad de vida» (Romanos 6:5). El pecado en mí —mi naturaleza vieja y pecaminosa— ya no tiene más derechos sobre mí. «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).

Este conflicto entre la naturalezas vieja y la nueva queda expuesto de una manera práctica en Romanos 7. Aquí tenemos al hombre verdaderamente renacido y gozando de una nueva vida, pero todavía no ha experimentado la liberación del pecado. Igual que en el caso de muchos de nosotros, el hombre en Romanos 7 descubrió que en tanto que tenía una nueva vida y quería hacer lo bueno, no tenía poder para ello. ¿Cuántos de nosotros hemos querido sinceramente vivir la vida cristiana, pero encontrando constantemente que pecábamos a pesar de nosotros mismos? ¿Cuántos de nosotros no hemos encontrado, en palabras de Romanos 7:15, que «lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago»?

¿Cuál es la razón de que somos incapaces de conseguir la victoria? Encontramos la respuesta en el versículo 18. Debemos llegar a la conclusión escrituraria de que «en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien». Tantas veces estamos dispuestos a admitir que hemos pecado, pero no estamos dispuestos a admitir que no hay nada en nosotros que tenga mérito alguno delante de Dios. No estamos dispuestos a reconocer que no hay absolutamente nada en nosotros en la carne que Dios pueda aceptar —todo ha quedado arruinado por el pecado—. Más aún, debemos llegar a la triste conclusión a la que llega el Apóstol en el versículo 24, cuando dice: «¡Miserable de mí!» No sólo es la vieja naturaleza incorregiblemente mala, sino que nuestra condición es increíblemente desgraciada. Es penoso reconocer esta realidad, pero es esencial, si queremos ser liberados del pecado. Es sólo cuando esto se hace realidad en nuestras almas que dejamos de tener ninguna confianza en nuestra vieja naturaleza de pecado y que nos volvemos a Cristo. Por eso dice la última parte del versículo 24 y el versículo 25: «¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.» La liberación viene no mediante la ocupación con nuestro yo y tratando de mejorarnos a nosotros mismos, sino mirando fuera de nosotros mismos, a Cristo. Entonces encontramos liberación inmediata, porque estamos ocupados con lo que Cristo es, y no con lo que nosotros somos.

A menudo retrocedemos horrorizados al darnos cuenta de lo verdaderamente terrible que es nuestra naturaleza pecaminosa. No queremos admitirlo, de modo que defendemos nuestra vieja naturaleza de pecado, o la excusamos, en lugar de admitir que es tan mala como parece. El camino a la liberación es admitir plenamente lo que Dios ya nos ha dicho en Su Palabra, que «Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso» (Jeremías 17:9). Que nuestra naturaleza sea tan mala como Dios declara que es: Dios la ha condenado en la cruz, y en la muerte de Cristo he muerto al pecado. «Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne» (Romanos 8:3).

Romanos 8 nos presenta la bendita posición del creyente que ha sido liberado del pecado. No sólo son lavados mis pecados, sino que he sido liberado de la ley (o, del principio) del pecado y de la muerte. Ya no estoy ante Dios como un pecador arruinado, sino que estoy «en Cristo Jesús» (Romanos 8:1), no andando «conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Romanos 8:4). En lugar de tratar de mejorar la naturaleza de pecado, sencillamente me aparto de ella, reconociendo que ante Dios estoy «en Cristo» y que tengo una nueva vida en Él.

Hace años había más gente que quemaba leña y carbón para calentar sus casas, y los deshollinadores eran muy numerosos. Como puede que sepáis, al quemar leña y carbón, se acumula en las chimeneas una sustancia que se llama creosota, y si no se limpia de manera periódica, finalmente el resultado es que la chimenea se enciende. Esos deshollinadores pasaban por las casas con regularidad y limpiaban chimeneas para ganarse la vida. A veces, las chimeneas eran lo suficientemente grandes como para que chicuelos y hombres entrasen en ellas para hacer la limpieza, y podemos imaginarnos cuánto se ensuciaban. Se quedaban cubiertos de hollín de la cabeza a los pies. Veías a esos hombres ir de casa en casa, todos ennegrecidos, con sus escobones y otros utensilios sobre el hombro.

Ahora, dejad que os haga una pregunta: «¿Cómo os ensuciaríais más: abrazando un deshollinador, o luchando con él a brazo partido?» Si reflexionáis un momento, estaréis de acuerdo en que no habría mucha diferencia: de una manera o de la otra os ensuciaríais sin remedio.

Si comparamos el deshollinador con nuestra vieja naturaleza pecaminosa, la aplicación se hace evidente. Al diablo no le preocupa si abrazamos el pecado o si estamos constantemente luchando con él, porque de una manera o de la otra quedamos contaminados. Lo que hemos de hacer es apartarnos del deshollinador, mantenernos bien lejos de él. Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios que debemos hacer cuando nuestra naturaleza pecaminosa intenta actuar: sencillamente, debo apartarme de ella, y dejar que el Espíritu de Dios ponga a Cristo ante mí. Cada verdadero creyente tiene al Espíritu de Dios morando en él, y el Espíritu de Dios es el poder de la nueva vida. Volveremos a esto más adelante.


«Vive Cristo en mí»

Hemos visto que la verdadera posición cristiana es la de estar muerto, sepultado y resucitado con Cristo. Por lo que atañe al pecado, Dios lo ha condenado en la cruz. En la muerte de Cristo, Dios vio la crucifixión de mi viejo hombre, y la cruz fue el fin de todo aquello que yo era como criatura pecaminosa de la raza de Adán. Ahora tengo derecho a asumir esta posición en la práctica, y a considerarme como «muerto al pecado, pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Romanos 6:11). Con esta bendita verdad en mente, podemos pasar a ver la verdadera respuesta, la respuesta escrituraria, a la autoestima.

El título de esta sección procede de un versículo en Gálatas: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).

La sabiduría de este mundo, como ya hemos visto, nos dice que debemos desarrollar nuestras buenas cualidades, y hacernos conscientes de nuestro potencial. Debemos darnos cuenta de que somos personas valiosas, y de que tenemos una contribución que hacer. Se nos dice que debemos tener fe en nosotros. Ya hemos comentado que hay un cierto mérito en llevarnos a reconocer aquellas capacidades que hemos recibido de Dios, pero si no se expone y trata de manera explícita el factor del pecado, esta enseñanza nunca resolverá el problema de la autoestima.

La ocupación con nuestro propio yo siempre acabará o bien en orgullo o en abatimiento. Todo ha quedado manchado por el pecado, y o bien nos hincharemos por lo que somos, o nos deprimiremos por lo que no somos. Es indudable que en algunos casos esa enseñanza desarrollará en alguna persona una cualidad o capacidad, de modo que la gente dirá que funciona. Sin embargo, este enfoque nunca puede llevarnos más allá del ámbito de nosotros mismos. La base para la autoestima es sumamente frágil y puede perderse con suma facilidad. El que se ocupa de sí mismo nunca es verdaderamente feliz.

Lo que necesitamos es dejar que Gálatas 2:20 se apodere de nuestras almas. Necesitamos ser conscientes de qué significa ser «crucificados con Cristo». El «yo» aquí es lo que yo era antes de ser salvo, el «yo» que yo era como hijo de Adán, y como miembro de una raza pecaminosa y caída. Al poseer una nueva vida en Cristo, tengo derecho a decir que el viejo «yo» ya no es más lo que yo realmente soy. Ante Dios, estoy «en Cristo», y debo dejar que la nueva vida que Cristo me ha dado sea el «yo» desde ahora en adelante. Por cuanto ésta es realmente la vida en Cristo, puedo decir con verdad que «vive Cristo en mí».

Dios puso a prueba al hombre a lo largo del Antiguo Testamento, y toda esta prueba demostró sólo la total ruina del hombre en su condición caída. Ahora Dios ha acabado con el «primer hombre», y comienza de nuevo con Su Hombre, el Señor Jesucristo. La maravillosa verdad es que cuando el primer hombre (Adán, y en último término nosotros) falló en todo lo que Dios le había encomendado, Dios presentó a Su Hombre, el Señor Jesucristo. Cristo fue fiel en cada una de las áreas en las que había fracasado el primer hombre, y todos los propósitos de Dios serán cumplidos en un hombre, Su propio Hijo amado. Este es el significado del Salmo 8:4-5, que dice: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.» ¡Con una maravillosa gracia, Dios ha querido asociarnos a ti y a mi con Él, y nos ha dado nueva vida en Él! En lugar de esperar algo de parte del hombre, Dios está poniendo algo en él. ¡La respuesta de Dios no es la autoestima, sino la «Cristo-estima»!

Leí una historia hace algo de tiempo, que creo que ilustra muy bien este extremo. Había una mujer joven que había tenido una infancia y juventud muy dura. Algunos de vosotros tendréis una experiencia de esto. Sus padres y otros le habían dicho continuamente que no podía hacer nada a derechas; como resultado, tuvo problemas graves cuando llegó a las primeras etapas de la vida adulta. Para un observador casual, todo parecía venirle de cara. Era atractiva, tenía buenas capacidades naturales y era una verdadera cristiana, pero sencillamente parecía no poderse quitar de la cabeza la idea de que no valía para nada. Acudió a psiquiatras y a toda especie de grupos de autoayuda, pero parecía que nada le servía. Finalmente acudió a un cristiano que estaba dispuesto a escuchar su historia y a tratar de ayudarla. Le contó su situación, cómo parecía que nunca podía hacer nada bien, y acabó diciendo: «Sencillamente, tengo constantemente la sensación de que no valgo nada.»

Después de escucharla atento durante largo rato, la miró y le dijo con voz suave y gentil: «Quizá es que no vale nada.» Él se estaba refiriendo, naturalmente, a su naturaleza pecaminosa, no a las capacidades de que Dios la había dotado. Podréis imaginaros su reacción. Lo miró de hito en hito con los ojos llameantes, y le dijo: «¡Nadie me ha hablado nunca antes de esta manera! Mi psiquiatra me dice siempre que soy una persona valiosa, que debo creer en mí misma, que …» Entonces él la interrumpió con esta pregunta: «¿Y ha funcionado?» «¡No!,» le repuso ella, «¡pero no estoy dispuesta a desistir de mí misma, todavía!»

Debemos estar dispuestos a desistir de nosotros mismos en cuanto a nuestra naturaleza pecaminosa, si ha de vivir Cristo en nosotros. Para ser salvos, tuvimos que llegar a desistir de nosotros mismos, y tenemos que hacernos conscientes de la ruina total del «viejo hombre» si vamos a caminar como cristianos en el camino derecho. En tanto que nos centremos en nosotros mismos, las cosas nunca estarán bien. Dios quiere que nuestra nueva vida en Cristo tenga una expresión práctica en nosotros.

Quizá digamos: «¡Oh, lo he intentado, pero no me ha valido. Sencillamente, parece que no me es posible!» Entonces somos como el hombre de Romanos 7, que estaba intentando hacerlo con sus propias fuerzas. Siempre habrá una lucha, y siempre perderemos hasta que nos apropiemos de lo que Cristo ha hecho por nosotros en la cruz. Así como tuvimos fe de que la sangre de Cristo fue suficiente para quitar nuestros pecados, así debemos tener fe de que nuestro «viejo hombre» fue crucificado con Cristo. En ambos casos, la fe cuenta con la estimación por parte de Dios de la obra acabada de Cristo. La fe cree aquello que, a la vista de Dios, es un hecho ya consumado: que en la muerte de Cristo yo morí al pecado. Entonces tengo poder para actuar sobre la base de Romanos 6:9, y me considero como muerto en la práctica. Entonces adopto la perspectiva que Dios tiene de mí mismo, que el «yo» real es ahora el nuevo hombre, la nueva vida que poseo en Cristo.

Si tengo una nueva vida en Cristo, ¿es posible que yo pueda fracasar en algo que Dios dé al nuevo «yo» para llevarlo a cabo? No, porque todos los recursos de Dios están a disposición de quien esté andando por el camino de la obediencia, y dejando que la nueva vida de Cristo se exprese. Esto parece algo elemental, y sin embargo es algo asombroso. La nueva vida, que siempre actúa para agradar a Dios, no puede fallar en nada de lo que haga.

Pero el reto de dejar que la nueva vida se exprese en nuestras vidas es probablemente la mayor dificultad con que se encuentra cada cristiano. Lo mismo que la joven a la que he hecho referencia, no estamos dispuestos a desistir de nosotros mismos y a reconocer que nuestra naturaleza pecaminosa no puede hacer nada para agradar a Dios. Queremos ser más como Cristo. Hablamos acerca de ello, quizá cantamos acerca de ello, pero la realidad subyacente es que nos gustamos demasiado tal como somos. No es amor propio lo que necesitamos, porque esto sólo me llevará a ocuparme con lo que soy por naturaleza. El antídoto es estar ocupados con Cristo y gozar de Su amor en nuestros corazones. Entonces mi ocupación será con lo que Él es y no con lo que yo soy.

En la vida de Gedeón vemos un ejemplo de aprender a apartar la mirada de uno mismo para fijarla en el Señor. El Señor había liberado a los hijos de Israel en manos de los madianitas debido a sus pecados. Cuando el ángel del Señor acudió a Gedeón y le dijo que el Señor iba a usarlo para liberar a Israel, su respuesta fue: «Ah, Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre» (Jue. 6:15). Pero estaba dispuesto a ser obediente, y el Señor le condujo gentilmente. Cuando todavía no podía ser persuadido de ir adelante, el Señor le respondió bondadosamente cuando puso el vellón de prueba en dos ocasiones separadas. Luego, para mostrar que la misión debía llevarse a cabo en Su poder, el Señor redujo su ejército a sólo trescientos hombres. Finalmente, mandó a Gedeón que descendiera al campamento de los madianitas, y allí al acecho oyó una conversación dentro de una de las tiendas que le convenció de que el Señor iba a darle la victoria. Gedeón obtuvo la victoria, pero de una manera que el Señor recibió toda la gloria. Gedeón no tenía nada de qué jactarse, porque era evidentemente la mano del Señor. Con esto ilustró la Escritura: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Corintios 12:10).

Después de la victoria, cuando los hombres de Efraín mostraron su enfado con él porque pensaban que no les había dado el puesto de honor, la actitud recta de Gedeón se manifestó en su respuesta a ellos. En lugar de exhibir orgullo, la gracia les dio crédito por lo que habían hecho, mientras que Gedeón adoptaba el puesto inferior. Los malos sentimientos quedaron anulados porque Gedeón no quería fama para sí, y estaba dispuesto a dársela a otros. Más tarde, cuando los hombres de Israel quisieron que Gedeón fuera rey sobre ellos, rehusó, diciendo que era el Señor quien debía reinar sobre ellos.

Contrastemos esto con Jefté unos años después, que evidentemente tenía un verdadero problema con su orgullo. Rehusó acaudillar al pueblo en batalla contra los hijos de Amón, a no ser que prometieran hacerle su jefe si los libraba. Luego, cuando los mismos hombres de Efraín volvieron a molestarse, Jefté les respondió con dureza, y siguió una guerra civil en la que murieron cuarenta y dos mil. El mundo diría que tanto Jefté como los hombres de Efraín tenían una deficiente autoestima, pero la palabra correcta a usar aquí es orgullo.

«Oh,» dirás quizá, «pero es que si no tengo un cierto orgullo en mí mismo, no me preocuparía por mi apariencia, por cumplir bien en mi trabajo, por cuidar de mi casa, etc.» Mi difunto suegro me contó una vez que de joven le había hecho a su padre esta misma pregunta. La respuesta de su padre fue: «Hijo, si cada vez que sales de la puerta y vas a la calle, cada vez que vas a trabajar, cada vez que te relacionas con otros en cualquier manera, te acuerdas de que eres un hijo de Dios, y que todo lo que haces y dices afecta a Aquel a quien perteneces, esto se cuidará de todas las cosas como tu apariencia, trabajo, etc., pero sin dejarte lugar alguno para el orgullo. Si recuerdas que has sido enviado al mundo para agradar al Señor, harás todas estas cosas bien, pero con un Objeto fuera de ti mismo.»


Ocupación con Cristo

El verdadero cristianismo hace todo de Cristo, y nada del yo, y es en el yo donde está la esencia de cada problema en la vida cristiana. ¿Por qué hay (y lo digo avergonzado) tantas divisiones en la actualidad entre los cristianos? ¿Por qué no se mantuvo la Iglesia unida como al principio? Se debe a que el hombre quería tener un puesto, en lugar de dejar que Cristo lo fuera todo. Cada falsa enseñanza, sin excepción alguna, da alguna gloria al hombre y resta de la gloria de Cristo.

Traducción del inglés:
Santiago Escuain

http://www.sedin.org/propesp/Autoest.html

http://www.recursosteologicos.org/Apologetica-posmodernismo.htm