Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Una teología de la familia

Un remedio para el decaimiento de la fe cristiana

Oliver Heywood (1630-1702)

Por amor a ustedes, queridos amigos, me atrevo a aparecer de nuevo en público para ser su monitor9 fiel para impulsarlos hacia su deber y fomentar la obra de Dios en sus almas y la adoración de Dios en sus familias. Y no sé cómo puede emplear un ministro su nombre, sus estudios y escribir mejor (además de la convicción y la conversión de almas particula- res) que imponiendo sobre los cabezas de familia que se ocupen de las almas que estén a su cargo. Esto tiene una tendencia directa a la reforma pública. La fe cristiana empieza en los individuos y se transmite a sus parientes, y las esferas relacionales menores componen una entidad mayor: Las iglesias y las mancomunidades están formadas por familias. Existe una queja general por la decadencia del poder de la piedad y la inundación de las cosas profanas y con razón. No conozco mejor remedio que la piedad doméstica: ¿Acaso enseñaron los gobernadores a sus subalternos mediante consejos y ejemplos? ¿Desanimaron severamente y restringieron las enormidades, fomentando con celo la santidad, clamando a Dios en unidad y con fervor, pidiéndole que obrara con eficacia y realizara aquello que ellos no podían hacer, pudiendo decir qué bendita alteración vendría a continuación?
En vano se quejan de magistrados y ministros, mientras ustedes que son padres de familia son infieles a su deber. Se quejan de que el mundo está en mal estado: ¿Qué hacen ustedes para remediarlo? No se quejen tanto de los demás, sino de ustedes mismos, y no se quejen tanto antes los hombres, sino delante de Dios. Suplíquenle a Dios que haga una reforma y secun- den también sus oraciones con ferviente esfuerzo, ocúpense de su propio hogar y actúen para Dios dentro de este ámbito. Conforme vayan teniendo más oportunidad de familiaridad con los que viven dentro de su casa, más autoridad tendrán sobre ellos porque ellos dependerán de ustedes para que influyan en ellos. Y si no mejoran este talento, tendrán terribles cuentas que rendir, sobre todo cuando sus manos tengan que responder de la sangre de ellos, porque el pecado que cometieron se cargará sobre la negligencia de ustedes.
¡Oh, señores! ¿No han pecado ustedes ya bastante, sino que tienen que acarrear sobre ustedes la culpa de toda su familia? Son ustedes los que hacen que los tiempos sean malos y provocan juicios sobre la nación. ¿Prefieren ver las angustias de sus hijos y oírlos gritar en medio de tormentos infernales que hablarles una palabra para su instrucción, escucharlos llorar bajo su corrección o suplicarle a Dios por su salvación? ¡Oh crueles tigres y monstruos bárbaros! Tal vez imaginen que ustedes son cristianos; sin embargo, a mi juicio, un hombre que no mantiene la adoración de Dios como costumbre en su familia no es digno de ser un participante adecuado de la Santa Cena. Merece amonestación y censura por este pecado de omisión, así como por los escandalosos pecados de comisión; y es que traiciona su vil hipo- cresía al pretender ser un santo fuera, cuando es una bestia en su casa porque un cristiano bien nacido, es decir, de buenas maneras y refinado, [respeta] todos los mandamientos de Dios. Es de los que son justos delante de Dios y “andan irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (Lc. 1:6). Que los otros vayan en medio de la manada de los profanos y que les vaya como hagan finalmente, sin conciencia de familia o piedad pertinente. Los que no oren ahora, llorarán más tarde: “Señor, Señor, ábrenos” cuando la puerta se cierre (Mt. 25:11). Sí, los que ahora no quieren clamar por un mendrugo de misericordia, lo harán en el infierno por una “gota de agua que calme sus lenguas abrasadas en los tormentos eternos” (cf. Lc. 16:22-24). A estos hipócritas que se autodestruyen les recomiendo que consideren se- riamente Proverbios 1:24-31; Job 8:13-15; 27:8-10. ¡Oh cuán gran honor que el Rey del Cielo le admita a uno en la cámara de su presencia con la familia, dos veces al día para confesar los pecados; pedir perdón y provisiones de misericordia; para darle la gloria por su bondad y depositar la carga sobre Él y obtener alivio! Espero que no sean nunca reacios a esto ni se cansen de ello, ¡que Dios no lo permita! El que quiere tener buena salud no se queja a la hora de comer. Reconozcan y observen esos momentos designados para venir a Dios. Si uno promete encontrarse con una persona importante a una hora concreta, cuando el reloj da la hora se levanta, pide disculpas y le dice a quién lo acompaña que [alguien] le espera, que debe marcharse. No se tomen más libertad con Dios de la que se tomarían con los hombres y mantengan su corazón continuamente en disposición de hacer su deber.


Tomado de “The Family Altar” (El altar de la familia), The Works of Oliver Heywood (Las obras de Oliver Heywood), Vol. 4, reeditado por Soli Deo Gloria Publications, una división de Reformation Heritage Books.

Oliver Heywood (1630-1702): Erudito puritano no conformista. Expulsado de su púlpito en 1662 y excomulgado, Heywood predicó principalmente en casas privadas después de la Gran Expul- sión.
¡Bienaventurada la familia que se reúne cada mañana para orar! ¡Bienaventurados los que no permiten que la tarde acabe sin unirse en súplicas! Hermanos, desearía que fuera más habitual, que fuera universal, que todos los que profesan la fe cristiana tengan la costumbre de orar en familia. En ocasiones oímos hablar de hijos de padres cristianos que no crecen en el temor de Dios y se nos pregunta por qué han acabado tan mal. En muchos, muchísimos casos, me temo que existe un descuido tan grande de la adoración familiar que es muy poco probable que a los hijos les impresione ninguna piedad que, supuestamente, posean sus padres.
Charles Spurgeon


¿Te gustaría mantener la autoridad en tu familia? No podrías hacerlo mejor que manteniendo la adoración a Dios en el seno la misma. Si alguna vez, un cabeza de familia ha tenido un aspecto estupendo, realmente extraordinario, es cuando dirige su hogar en el servicio de Dios y preside entre los suyos en las cosas santas. Entonces se muestra digno de doble honra porque les enseña el buen conocimiento del Señor, es la boca de ellos ante Dios en la oración y los bendice en su
Nombre.
Matthew Henry

Porque el SEÑOR cuida el camino de los justos.. Salmo 1:6

Serie: Nada me faltará

«Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los blasfemos, sino que en la ley del SEÑOR se deleita, y de día y noche medita en ella». No existe mejor palabra para iniciar el Li- bro de los Salmos y este primer capítulo que la palabra «dichoso». Extremadamente feliz y afortunado, aquel cuya confianza y deleite no estuvo en el camino de los impíos, sino que encuentra su mayor placer y confianza en la ley del Señor. Son tiempos complicados y difíciles, tiempos donde el mundo corre de un lado para otro. No han encontrado refugio en el ejército, no han encontrado esperanza en la economía y no están encontrando soluciones en la medicina. El mundo corre y grita desesperado y el miedo y el pavor se van apoderando poco a poco del corazón de muchas personas alrede- dor del planeta. Vídeos con soluciones inefectivas, noticias que no auguran que en breve las cosas se solucionen, supermercados sin abastecimiento para suplir las necesidades de todos y los políticos y gobernadores de las naciones sin nada que decir porque no existen soluciones a la vista.
Sin embargo, en medio de todo eso, en medio de toda esa oscu- ridad, existe un brillo especial, un pueblo que refleja paz, un pueblo que refleja confianza, un pueblo que consigue tener un corazón gozoso y lleno de fe en un Dios soberano y todopoderoso, el pueblo del Señor, la Iglesia de Cristo.
Nuestros ojos no están en los sucesos, nuestros oídos no están en los consejos del hombre y nuestro corazón no se apoya en el cami- no del mundo, nuestros ojos están en la Palabra de Dios, nuestros oídos atentos a sus promesas y nuestros corazones practicando y poniendo por obra con cánticos y oraciones todo lo que hemos aprendido de las Sagradas Escrituras.
No tenemos miedo, no estamos asustados, no corremos desespe- rados, sino que hemos encontrado, en la Palabra de Dios, en la cual nos deleitamos, en la cual meditamos de día de noche, una fuente de gozo y confianza, hemos obtenido una paz que sobrepasa todo en- tendimiento y la seguridad de que en todo Dios tiene un propósito.
«Es como el árbol plantado a la orilla de un río que, cuando llega su tiempo, da fruto y sus hojas jamás se marchitan. ¡Todo cuanto hace prospera! En cambio, los malvados son como paja arrastrada por el viento» (vv. 3-4).
Apoyados en la Palabra de Dios, poniéndola por obra, creyéndola de todo corazón, tenemos la seguridad de que el Señor conoce nuestro camino, traza la senda por la que debemos andar y va delante de nosotros.
Tenemos la seguridad de que Dios va como poderoso gigante delante de Su pueblo, que lo guarda, que lo cuida, y por ello, por esa fe, sabemos que nuestro futuro está asegurado, está garantizado, porque el Dios de la historia ya se encuentra allí, trascendiendo el tiempo y el espacio, y en eso nosotros descansamos.
Cobra ánimo, sigue poniendo tus ojos en las noticias que muestra la Escritura y no tanto en las que muestra la televisión; y recuerda, si pones tu corazón en ellas serás, aun en medio de la tormenta, una persona dichosa.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

La humildad en los esposos y padres

Serie: El orgullo y la humildad

Por Erik Raymond

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Hace años, Andrew Murray observó que la humildad es el semillero en el que crecen todas las demás gracias de la vida cristiana. De igual manera, el semillero del orgullo hace brotar todos los vicios del pecado. Por lo tanto, no es exagerado decir que si descuidamos la humildad, no podemos progresar en la vida cristiana. Esto es especialmente importante para los esposos y padres cuando cumplimos con nuestras responsabilidades hacia Dios, nuestras esposas y nuestros hijos (Ef 5:25-33; Col 3:21; 1 Pe 3:7).

Cuando procuramos la humildad, tendemos a pasar a las acciones específicas sin pensar mucho en por qué debemos hacerlo. Antes de entrar en algunos detalles, considera un marco para esas acciones.

Un marco para la humildad
El orgullo es una necedad. Después de todo, nuestro Creador nos da y sostiene nuestras vidas. Qué arrogante es pensar que somos algo aparte de Dios cuando, en realidad, no somos nada. Al estar a la sombra de nuestro Creador, deberíamos ser humildes para adorar y preguntarnos con el salmista: «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?» (Sal 8:4).

Es más, considera que nuestro Señor Jesucristo se humilló haciéndose hombre (Flp 2:6-8) por nosotros y por nuestra salvación. ¿Cuál fue la raíz de nuestro pecado? El orgullo. No es exagerado decir que Cristo se humilló para rescatar a personas orgullosas que no se humillaron, no quisieron ni pudieron hacerlo. Cuando luchamos con la humildad, mirémonos en el espejo y veámonos a nosotros mismos mirándonos, y recordemos: Jesús se humilló para salvarnos cuando estábamos metidos hasta el cuello en una rebelión orgullosa. ¿Cómo entonces podemos persistir en el orgullo?

Un marco para un liderazgo humilde
Si entendemos que Dios es nuestro Creador, abordaremos nuestras responsabilidades desde la perspectiva de la mayordomía. Un mayordomo es alguien que entiende que no es el dueño sino el cuidador. Esposos y padres, ¿cómo cambiarían sus relaciones si recordaran que su esposa no es en última instancia suya? ¿Y que sus hijos tampoco son suyos en última instancia? Dios ha concedido a los esposos y padres la responsabilidad de guiar a sus esposas e hijos con amor. No debemos eclipsar los derechos de Dios para la adoración promoviéndonos a nosotros mismos en Su lugar. Los mayordomos han de ser fieles y tratar bien a quienes están a su cargo (1 Co 4:2). Nada es más infiel que robarle la gloria a nuestro Amo maltratando a los que Él cuida o tratando de ocupar Su lugar en la vida de nuestras familias.

Jesús instruye a Sus seguidores (especialmente a los que dirigen) a reflejar Su servicio, sirviendo a los demás (Mr 10:43-45). La fuente de muchos de nuestros momentos pecaminosos como esposos y padres es nuestro deseo de ponernos la corona en lugar del delantal de servicio. Queremos ser servidos en lugar de servir. ¿Puedes ver cómo este tipo de deseo y acción distorsiona el reflejo del evangelio que estamos llamados a modelar como esposos y padres? Jesús no es solo la motivación de nuestro servicio, sino también el modelo.

Expresiones de un liderazgo humilde
El liderazgo humilde se manifiesta de diversas maneras. He aquí algunas de ellas.

El liderazgo humilde acepta la realidad. En lugar de tratar de vivir en un mundo de fantasía donde somos los héroes y el centro del universo, los hombres humildes abrazan la verdad de que son defectuosos, débiles y necesitados de gracia. Esto nos libera para reflejar el carácter de Dios en lugar de proyectar nuestro propio avatar o identidad.

El liderazgo humilde es comprensivo. Se nos ordena conocer bien a nuestras esposas e hijos. Este conocimiento conduce a la comprensión (Col 3:21; 1 Pe 3:7). La humildad se muestra aquí con paciencia amorosa. Los líderes humildes buscarán aprender sobre sus esposas o hijos a medida que cambian. Considerarán los intereses de los demás más importantes que los propios (Flp 2:3).

El liderazgo humilde confiesa el pecado. Nuestro defecto es dar voz a nuestro abogado defensor interior cada vez que parece que hemos hecho algo malo. Pero este es el fruto podrido que crece en el semillero del orgullo. En cambio, el líder humilde puede confesar su pecado a su esposa e incluso a sus hijos. Sí, esto nos hará parecer menos importantes. Pero enfatizará nuestra necesidad de gracia y misericordia. En nuestro menguar, apuntamos a que Dios aumente (Jn 3:30).

El liderazgo humilde se somete a la autoridad de Dios. Podemos hacerlo reflejando Su diseño para el liderazgo. También podemos hacerlo leyendo la Biblia, instruyendo a nuestra familia en la Palabra, y orando con y por ellos. En esto, no sólo equipamos a otros, sino que modelamos una humilde dependencia de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Erik Raymond
Erik Raymond es el pastor principal de Redeemer Fellowship Church en el área metropolitana de Boston. Él y su esposa Christie tienen seis hijos

La definición de orgullo y humildad

Serie: El orgullo y la humildad

Por Robert M. Godfrey

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

El orgullo y la humildad son dos atributos que pueden ser difíciles de entender correctamente. Un punto de vista típico entre los cristianos establece un claro contraste entre estos dos atributos. Este punto de vista sostiene que el orgullo es una cualidad mala y la humildad es buena. Este punto de vista tiene sentido cuando consideramos la evidencia bíblica. En las palabras de Proverbios 3:34 (citadas tanto en Santiago 4:6 como en 1 Pedro 5:5), «DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS, PERO DA GRACIA A LOS HUMILDES». Este versículo parece establecer un contraste claro y directo entre estos dos atributos. Pero ¿es así de sencillo? ¿Podemos decir realmente que el orgullo siempre es un vicio? ¿La humildad siempre es una virtud?

Aunque podamos desear una respuesta rápida y fácil de que el orgullo siempre es malo y la humildad siempre es buena, debemos darnos cuenta de que el orgullo y la humildad pueden ser una virtud o un vicio dependiendo de las circunstancias. Por lo tanto, primero tenemos que examinar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser considerados vicios. Y segundo, tenemos que considerar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser vistos como virtudes.

El orgullo y la humildad como vicios
¿Qué puede hacer que tanto el orgullo como la humildad caigan en la categoría común de vicio? Para encontrar una respuesta a esta pregunta, tenemos que entrar en el baño y mirarnos en el espejo. Debemos mirarnos primero a nosotros mismos. Cuando el orgullo y la humildad miran al yo como su fuente, ambos son vicios egoístas.

En la Escritura, el orgullo se presenta principalmente como un vicio egoísta. Cuando la Escritura utiliza la palabra orgullo, la mayoría de las veces viene en el contexto de una advertencia o amonestación. El vicio del orgullo se refleja en presumir de nosotros mismos. Podemos presumir de nuestra prosperidad como lo hace el evangelio de salud y riqueza, o podemos atribuirnos el éxito de la evangelización, o podemos darnos palmaditas en la cabeza, por así decirlo, como grandes eruditos. El pecado del orgullo echa raíces cuando dejamos de mirar a Dios (Su providencia, sabiduría y gracia) como la fuente de todos estos beneficios y empezamos a atribuirnos el mérito a nosotros mismos.

El orgullo en el yo es claramente nuestra tendencia natural, y actúa en nosotros como un vicio pecaminoso. Cuando Cristo advirtió a los fariseos sobre el orgullo de la justicia propia, los describió como aquellos «que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás» (Lc 18:9). Sin embargo, cuando reflexionamos verdaderamente sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente. Considera a Pablo, quien, en lugar de jactarse de todos sus logros y méritos, comenzó su escrito diciendo que era «el primero» de los pecadores (1 Tim 1:15). Además, cuando entendemos realmente las buenas nuevas de Jesucristo, el orgullo egoísta y la jactancia no tienen cabida en nuestros corazones. Como declaró Horatius Bonar: «Le amo porque Él me amó, por Él yo vivo hoy». Como quienes debemos nuestra propia vida a la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, debemos resistir la tentación de ser orgullosos de nosotros mismos.

Del mismo modo, también debemos estar en guardia contra la humildad que tiene sus raíces en nosotros mismos y no en Dios. La interpretación principal de la humildad en las Escrituras nos dice que es una virtud, como consideraremos en breve. Sin embargo, cuando la humildad se basa en nosotros mismos, cae en la misma trampa que el orgullo egoísta. Si la humildad está centrada en nosotros mismos, entonces encontramos una virtud que se convierte rápidamente en un vicio.

El vicio de la humildad egocéntrica aparece de muchas maneras. El autodesprecio, la cobardía y la falsa humildad pueden tener lugar en nombre de la humildad. Considera este ejemplo. Si a un cristiano maduro se le pide que sirva como anciano o diácono en su iglesia, puede responder: «Con toda humildad, no soy apto para servir». Sin embargo, el hombre puede no tener ninguna razón bíblica para esta respuesta humilde, y puede simplemente estar confundiendo el autodesprecio con la humildad. Debemos ser vigilantes de no odiarnos a nosotros mismos en nombre de la humildad.

Un vicio de humildad también puede verse en la cobardía que nos lleva a callar incluso cuando deberíamos hablar. Podemos decirnos a nosotros mismos que al no abrir la boca cuando nos encontramos con el mal, estamos siendo pacificadores o amadores del prójimo o estamos dependiendo de Dios. Sin embargo, este silencio puede convertir rápidamente la virtud de la humildad en un vicio de cobardía. Así, cuando un miembro de la familia se burla del cristianismo o cuando un viejo amigo de la escuela dice que todas las religiones son iguales, a menudo nos callamos en nombre de la humildad cuando en realidad estamos motivados por la cobardía.

También debemos cuidarnos de la humildad fingida, que es aún peor que el orgullo. El vicio del orgullo es al menos honesto en su error. Sin embargo, la humildad fingida es orgullo disfrazado. Por ejemplo, un pastor conocido podría decir: «Nunca pensé que podría escribir cinco libros en el lapso de un año, pero estoy agradecido de que mi familia me haya apoyado en esta difícil tarea». A primera vista, esta afirmación podría parecer humilde, pero en realidad, podría tratarse no tanto de mostrar agradecimiento como de promocionar el logro y buscar la aclamación.

Como aquellos que estamos vivos en Cristo, debemos desechar el vicio de la humildad que se enmascara como autodesprecio, cobardía o arrogancia. Debemos huir de este vicio y confiar en el Señor. Solo entonces podremos reflexionar sobre el orgullo y la humildad como virtudes.

El orgullo y la humildad como virtudes
Mientras que mirar al yo hace que tanto el orgullo como la humildad sean vicios, mirar lejos del yo hacia Cristo convierte estos atributos en virtudes. Cuando miramos al Señor, tanto el orgullo como la humildad pueden convertirse en verdaderas virtudes.

En las Escrituras, vemos ejemplos apropiados de orgullo como virtud. Por ejemplo, Pablo escribió: «En Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios» (Rom 15:17). Observa que este ejemplo de orgullo está basado en el fundamento de Cristo y tiene la motivación de servir a Dios. Por lo tanto, nosotros como cristianos estamos llamados a estar orgullosos de todo lo que el Señor nos ha dado. Debemos sentir orgullo de Su soberanía y salvación.

Primero, cuando consideramos la soberanía de Dios, nunca debería llevarnos a estar orgullosos de nosotros mismos y de nuestros logros. Más bien, debemos estar orgullosos de nuestro Señor, el proveedor. Como cristianos, podemos sentirnos legítimamente orgullosos cuando terminamos una carrera o en una discusión con amigos en la que defendemos la fe o en el momento en que nuestro hijo se casa con una creyente. Sin embargo, este sentimiento de orgullo no debería estar basado en nuestra propia sabiduría, nuestro propio ingenio o nuestros propios consejos matrimoniales. Nuestro orgullo debe encontrarse siempre y solo en el Señor. Pablo citó a Jeremías cuando proclamó: «EL QUE SE GLORÍA, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR» (1 Co 1:31). La Palabra soberana de Dios nos dirige y guía, y Su voluntad soberana provee todo lo que ocurre en nuestras vidas. Así pues, sintamos orgullo de nuestro Señor.

Segundo, podemos estar orgullosos del don de la salvación que se nos ha dado. Como se nos dice en Hebreos 3:6: «Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios». Somos de Su casa si, de hecho, nos aferramos firmemente a nuestra confianza y a la esperanza de la que nos sentimos orgullosos. Sentir orgullo por nuestro Salvador es bueno. Debemos estar orgullosos de la nueva identidad que tenemos como profetas, sacerdotes y reyes. Debemos estar orgullosos de que los que pertenecen al Señor Jesucristo al final nunca perderán su salvación. Debemos estar orgullosos de proclamar la verdad de la salvación solo en Cristo. Ninguno de estos ejemplos de orgullo implica mirarnos a nosotros mismos. Como cristianos, estamos llamados a sentir orgullo en nuestro Salvador, Jesucristo. Y así como el orgullo virtuoso mira al Señor, también una humildad virtuosa debe mirar al Señor.

Siempre que reconocemos la grandeza de nuestro Dios, somos conducidos a la verdadera humildad. Tanto la culpa por nuestro pecado como la gracia que nuestro Señor nos ha concedido nos llevan a una humildad virtuosa. Cuando reconocemos el peso de nuestro pecado, crece el fruto de la humildad. Venimos de la línea caída de Adán y seguimos luchando con el pecado en este lado de la gloria. Qué verdad tan humillante. Pero no debemos tomar esto como un llamado a volver al autodesprecio de la humildad fingida. Más bien, debemos darnos cuenta de que estamos unidos como una comunidad de pecadores que son santos. Ningún cristiano verdadero es de mayor o menor valor que otro. La humildad es el atributo común que compartimos con Moisés, Pablo y el propio Cristo (Nm 12:3; 2 Co 10:1). Por eso Pedro nos llama a «[revestirnos] de humildad en [nuestro] trato mutuo» (1 Pe 5:5). Como pecadores salvos por gracia, todos recibimos este llamado a revestirnos de humildad. Como Isaac Watts dijo: «Benditas son las almas humildes que ven su vacío y su pobreza; se les dan tesoros de gracia, y coronas de alegría guardadas en el cielo». Estamos llamados, como aquellos que están vivos en Cristo, a caminar en humildad.

Conclusión
Escuchemos el llamado de dejar de ser orgullosos y humildes de manera egocéntrica y comencemos a ser orgullosos y humildes de manera piadosa. Debemos cuidarnos del vicio mientras crecemos en la virtud. Una de las mejores maneras de dejar estos vicios y revestirnos de estas virtudes nos viene a través de la oración. Cuando hablamos con nuestro soberano Señor, se nos da una verdadera perspectiva de nosotros mismos. Debemos acudir como humildes penitentes. Nuestro orgullo está fundamentado en nuestro Padre Soberano, que nos escuchará por amor a Su Hijo. La oración nos humilla como pecadores, y la oración nos da confianza al acercarnos al trono de la gracia. Por tanto, sigamos acudiendo a nuestro Padre celestial, por el poder del Espíritu Santo, por amor a Cristo, con orgullo en el Dios trino y con humildad porque Él nos llama Su pueblo.

Cuando realmente reflexionamos sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Robert M. Godfrey
El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.

Polvo al polvo

Serie: El orgullo y la humildad

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad.

La Palabra de Dios nos dice que el Señor formó al hombre del «polvo de la tierra» y «sopló en su nariz aliento de vida» (Gn 2:7). Después de la caída del hombre en pecado, el Señor le dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás» (3:19). Nos humilla recordar que somos polvo y que al polvo volveremos. Pero comprender también que el Señor nos formó y nos hizo a Su imagen debería hacernos regocijar con sincero agradecimiento.

A causa de nuestro pecado, no somos tan humildes ni tan agradecidos como debiéramos. La humildad y el agradecimiento no pueden separarse, son los compañeros más cercanos. El agradecimiento nace de la humildad, pero el sentido de derecho propio nace del orgullo. En el corazón del pecado de Eva y Adán estaba su sentimiento de derecho propio enraizado en su orgullo, porque creían que podían ser como Dios. No se conformaban con ser lo que Dios quería que fueran; creían que sabían más que Dios. Este mismo pecado está en el corazón de nuestro propio pecado y en mucho del pecado que vemos en el mundo de hoy. Cuando no vivimos tal y como Dios nos ha diseñado y llamado a vivir, es porque creemos que sabemos más que Él. Cuando los del mundo viven como quieren, cometen el mismo pecado. La diferencia es que mientras el mundo exhibe su orgullo, nosotros como cristianos debemos despreciar el orgullo que acecha en nuestros corazones y arrepentirnos de él.

Hay una guerra dentro de nosotros entre la carne y el espíritu, entre la humildad producida por el Espíritu contra el orgullo. Como cristianos, debemos humillarnos ante Dios y orar diariamente para que nos haga humildes. Esta es una de las oraciones más aterradoras que podemos hacer, porque Dios a menudo responde con una prueba que nos humilla y nos hace totalmente dependientes de Él.

Oramos por una humildad genuina para que Dios reciba la gloria, no para que nosotros recibamos la gloria por ser vistos como humildes. La humildad genuina no es hacernos parecer humildes, sino olvidarnos de nosotros mismos por el bien de los demás. El hombre verdaderamente humilde es aquel a quien los demás ven como humilde, pero que no siempre se ve a sí mismo de esa manera porque sus ojos están muy fijos en nuestro humilde Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La respuesta a la pregunta más importante

Serie: Cómo entender el propósito de Dios

R.C. Sproul

«¿Por qué?». Esta simple pregunta que hacemos varias veces al día, está cargada de supuestos de lo que los filósofos llaman teleología. La teleología es el estudio del diseño y el propósito. Proviene de la palabra griega telos, que aparece repetidas veces en el Nuevo Testamento.

Buscamos descubrir la razón por la que las cosas suceden como lo hacen. «¿Por qué llueve?»; «¿Por qué la tierra gira sobre su eje?»; «¿Por qué dijiste lo que dijiste?». Cuando planteamos la pregunta del propósito, es porque nos preocupa el fin, el objetivo y la meta. Todos estos términos sugieren intención. Suponen un significado y no un sinsentido.

El cínico puede responder a la pregunta «¿Por qué?» replicando de forma simplista: «¿Por qué no?». Sin embargo, incluso en esta respuesta se observa un compromiso ligeramente encubierto con el propósito. Si damos una razón para no hacer algo, entonces estamos diciendo que lo opuesto tiene un propósito o cumple un fin. Los seres humanos son criaturas comprometidas con el propósito. Las intenciones informan nuestras acciones.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
¿Cómo afecta el propósito a tu vida diaria, a tus prioridades, planes y actividades?

Para estudiar más a fondo
Efesios 3:8-11

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo entender el propósito de Dios

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Redescubrir la ley

Serie: Cómo aprender las leyes de Dios

Por R.C. Sproul

La reforma de Israel se llevó a cabo por medio del redescubrimiento de la ley, la cual despertó brevemente a esta nación corrupta y le permitió ver su bancarrota espiritual. Siendo joven, el rey Josías inició el proceso de reforma con una depuración espiritual, una limpieza de los elementos paganos de la vida religiosa de la nación.

Pocos años después, Hilcías encontró el libro de la ley del Señor dada por medio de Moisés. Un escriba la trajo al rey Josías y la leyó. El resultado fue dramático: «Y sucedió que cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestidos» (2 Re 22:11).

Josías fue despertado a la grandeza de la ira de Dios. Se dio cuenta de que Dios había derramado Su ira sobre la nación de Israel. Entendió que este juicio divino sobre la nación era el resultado directo del pecado.

El cambio inmediato más visible en la reforma nacional de Israel fue la restauración de la adoración verdadera, una adoración libre de idolatría y fundamentada en un entendimiento sano del carácter de Dios y Su ley.

Necesitamos un nuevo descubrimiento de la ley de Dios y de la Palabra de Dios en nuestra tierra. Sí, la Palabra de Dios necesita ser redescubierta en la plaza pública, pero sobre todo necesita ser redescubierta en la casa de Dios.

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Renueva tu compromiso personal con la Palabra de Dios. ¡Empieza hoy!

Para estudiar más a fondo
2 Crónicas 35:3 – 2 Crónicas 34:3 – Salmo 119:92

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo aprender las leyes de Dios


R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Inclina a mí Tu oído, rescátame pronto; sé para mí roca fuerte, fortaleza para salvarme (Sal. 31:2)

Si pudiera algún día conversar con David, el rey autor de muchos salmos, esto es algo de lo que quisiera decirle: «Gracias por ser real». No sé si en la eternidad será posible; pero si lo fuera, creo que esas serían mis palabras. Al menos, algunas de ellas.
El Libro de los Salmos está entre los favoritos de la mayoría de los cristianos, y creo que se debe al hecho de que nos podemos identificar mucho con esos versos. Los salmos fueron escritos por personas tristes, alegres, frustradas, a veces solitarias, temerosas, valientes, llenas de amor, llenas de rabia. Sí, así es. Aquí no tengo espacio suficiente, pero si estudias los salmos con cuidado verás que todas estas emociones figuran entre sus páginas.
Por estos días el mundo vive momentos oscuros, bajos; días en el valle de la tribulación, la incertidumbre, el temor, la ansiedad. Y, ¿sabes?, los momentos oscuros de la vida pueden llevarnos a muchos lugares, nosotros tenemos que decidir a cuál iremos. He llegado a la conclusión de que el único lugar seguro es la Palabra de Dios y Su presencia. En cuanto me salgo de allí el momento dif ícil se vuelve todavía más bajo y oscuro.
Así que, leyendo el libro de Salmos, llegué al 31, un salmo donde su autor, David, suplica a Dios protección y ayuda. Si leemos el ver- sículo 2 encontramos una oración suplicante: «Inclina a mí Tu oído, rescátame pronto; sé para mí roca fuerte, fortaleza para salvarme» (NBLA). Estas son las palabras de alguien que sabía dónde acudir en momentos de angustia y debilidad. Dios escucha. Nuestras oraciones no se quedan en el techo. En días como estos que hoy vivimos, la preocupación solo produce más preocupación y ansiedad. Corramos a Dios y abrámosle nuestro corazón, no solo porque nos escucha, sino porque es nuestra roca, Él permanece firme, nos sostiene.
Además, David dice: «Me gozaré y me alegraré en Tu misericor- dia, porque Tú has visto mi aflicción; has conocido las angustias de mi alma» (Sal. 31:7). ¿Te percataste? En medio de circunstancias difíciles, había un motivo de alegría: la misericordia de Dios. Esa nunca se agota, es nueva cada mañana, ¡y de ahí que podamos ale- grarnos! Es una alegría que no depende de las circunstancias, sino de Dios, que domina las circunstancias y que no solo nos escucha, sino que ve nuestra angustia. ¡No estamos solos en esta situación!
Nuestras vidas están seguras en Dios: «Y no me has entregado en manos del enemigo; tú has puesto mis pies en lugar espacioso» (v. 8). David escribió este salmo en medio de la angustia de la perse- cución. En esta pandemia nos «persigue» un enemigo microscópico, dañino y poderoso. Pero nuestro Dios es el mismo; incluso si nos tocara atravesar una enfermedad temible, ¡tenemos Su promesa de llevarnos más allá de la muerte porque Cristo la venció! Por su obra en la cruz sabemos que pase lo que pase, el Señor nos pondrá en ese lugar espacioso, hermoso, perfecto que es Su presencia eterna.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

Salir del lodo

Serie: Cómo aprender las leyes de Dios

Por R.C. Sproul

Nuestras almas no pueden salir solas del lodo del pecado porque están muertas. La salvación viene no a aquellos que claman: «Muéstrame el camino al cielo», sino a aquellos que dicen: «Llévame porque no puedo solo».

Para cuidarnos de ver la oración del pecador como una mera técnica, debemos recordar que Cristo levanta a los muertos para que puedan caminar. No pronunciamos las palabras mágicas y luego esperamos morir. El cristianismo también involucra el crecimiento espiritual. Requiere trabajo, el arduo trabajo de la santificación. La regeneración es monergista, obra exclusiva de Dios. La santificación, el proceso mediante el cual somos hechos santos, es sinergista, Dios obra junto con nosotros.

La parte de Dios es fácil para Él. Él no necesita atajos porque Él nunca se cansa. Por el contrario, nosotros debemos estar luchando continuamente contra la tentación de buscar atajos. Ninguna técnica nos hará santos. Sin embargo, ninguna técnica del diablo puede detener el proceso de Cristo conformarnos a Su Imagen. A aquellos a quienes Él llama también los santifica.

Nuestra santificación requiere del Espíritu de Dios y, ya que Él ha ordenado Su mundo como lo ha hecho, la santificación requiere el uso disciplinado y repetitivo de los medios de gracia. Cinco minutos al día de estudio bíblico huele a técnica. Algo seco que seguramente está destinado al fracaso. Debemos sumergirnos en la Palabra de Dios. Entonces, tal como Jesús prometió, conoceremos la verdad y la verdad nos hará libres. Entonces seremos Sus discípulos (Juan 8:31-32).

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
Recuerda, Dios está obrando en ti. Él nunca se cansa. Da gracias por este proceso que está en marcha.

Para estudiar más a fondo
Juan 8:31-32 – Juan 8:36 – Salmo 40:2

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo aprender las leyes de Dios

R.C. Sproul
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.