La doble obediencia de Cristo

Por Gregory K. Beale

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Los teólogos hablan con frecuencia de la obediencia activa y pasiva de Cristo. Su obediencia activa consistió en guardar la ley de Dios perfectamente a lo largo de Su vida. Su obediencia pasiva consistió en Su recepción voluntaria del castigo que merecían los pecadores por quebrantar la ley. Ambas les son imputadas a los pecadores que confían en Cristo, de modo que ellos son considerados perfectamente justos en Él, sin condena alguna por quebrantar la ley (ver Confesión de Fe de Westminster, cap. 11). El término «obediencia pasiva» es algo inexacto, ya que cuando Cristo soportó la pena del pecado lo hizo activamente.

El pasaje que afirma con más ímpetu la imputación positiva de la justicia de Cristo es 1 Corintios 1:30: «Mas por obra suya estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual se hizo para nosotros sabiduría de Dios, y justificación, y santificación, y redención». La unión de los creyentes con Cristo significa que «en Cristo Jesús» se considera que tenemos la misma «sabiduría… justificación… santificación, y redención» (perfectas) que Cristo posee. Eso no significa que tengamos tales atributos en nuestra existencia personal en esta tierra, sino que Cristo es nuestro representante y que todo eso nos es atribuido gracias a nuestra unión con Él (es decir, a que «estamos en Cristo»). La frase «para nosotros» se refiere a nuestra posición «en Cristo Jesús» y al hecho de que compartimos Sus atributos.

Algunos objetan esta conclusión porque parece difícil entender cómo es que Cristo fue «redimido» de la misma manera en que somos «redimidos» los creyentes. De igual modo, algunos argumentan que las referencias a la «sabiduría», «justificación» y «santificación» tampoco deben interpretarse de forma representativa. Según ellos, el versículo solo se refiere al hecho de que los creyentes se vuelven sabios, santos, justos y redimidos a través de Cristo, y las primeras tres características son cualidades piadosas que deberían caracterizar cada vez más las vidas de los cristianos.

Este problema se mitiga cuando llevamos a cabo un estudio sencillo de las palabras. La palabra que se traduce como «redención» se utiliza a veces en el Antiguo Testamento griego para aludir a la liberación del pecado, pero se usa con mayor frecuencia para hacer referencia a la liberación de la opresión severa. A la luz de esto, parecería normal utilizar la palabra «redención» en 1 Corintios 1:30 para indicar una liberación de la opresión, en particular con respecto a Cristo. Si ese es el caso, hace referencia a Su liberación de la muerte y de la esclavitud a los poderes de Satanás en la resurrección.

La primera parte del versículo refuerza la idea de que los cristianos son representados por estos atributos de Cristo: es por «obra suya» (de Dios) que estamos «en Cristo Jesús», y debido a que estamos «en» Él, compartimos posicionalmente Sus características perfectas. Por lo tanto, no debemos gloriarnos en nuestras propias capacidades (vv. 29, 31), sino en los beneficios resultantes de la representación de Cristo.

En consecuencia, 1 Corintios 1:30 respalda la idea de que los creyentes somos representados por la justicia perfecta de Cristo y, en un sentido posicional, somos tan plenamente justos como Él (ver Rom 5:15-19; Flp 3:9). En 2 Corintios 5:21, Pablo escribe: «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él». Pablo asegura que Cristo asumió una culpa ajena y sufrió un castigo que Él mismo no merecía para que los pecadores por quienes Jesús sufrió el castigo fueran «hechos justicia de Dios en Él [Cristo]». Esto significa que Dios nos ve como «inocentes» que no merecen condena aunque hayamos cometido pecado. Sin embargo, que seamos hechos «justicia de Dios» también significa que estamos identificados con la «justicia de Dios», no solo en la ofrenda de la muerte de Cristo, sino también explícitamente en el Cristo resucitado, de modo que nos es imputado un aspecto positivo de la justicia de Cristo.

Génesis 1:28 y sus reiteraciones a lo largo del Antiguo Testamento nos brindan un trasfondo importante para entender la obra justificadora de Cristo con respecto a Su obediencia activa. La comisión de Génesis 1:26-28 involucraba los siguientes aspectos: (1) «los bendijo Dios»; (2) «sed fecundos y multiplicaos»; (3) «llenad la tierra»; (4) «sojuzgad» la «tierra»; (5) «ejerced dominio sobre… [toda] la tierra». El hecho de que Dios creara a Adán a Su «imagen» y «semejanza» es lo que le permitiría a este último ejecutar los diversos aspectos de la comisión. Como portador de la imagen de Dios, Adán debía reflejar Su carácter, lo que incluía reflejar la gloria divina. Además de la prohibición de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17), la esencia de la comisión consistía en sojuzgar y ejercer dominio sobre la tierra, llenándola de la gloria de Dios, en especial al procrear una descendencia gloriosa de portadores de la imagen divina. Si Adán hubiera obedecido su comisión, habría recibido las bendiciones del fin de los tiempos en magnitud ampliada; en esencia, estas habrían consistido en una incorrupción irreversible y eterna de la vida física y espiritual, que habría tenido lugar en un universo incorruptible, libre de todo mal y toda amenaza pecaminosa.

Sin embargo, Adán desobedeció la comisión al desobedecer la palabra de Dios y no ejercer dominio sobre la creación como debería haberlo hecho, permitiendo que la serpiente irrumpiera y lo corrompiera a él y a su esposa (Gn 3; ver 2:16-17). Pero la comisión de Adán no fue revocada. Hay muchos pasajes bíblicos que indican que la comisión de Adán fue legada a otras figuras semejantes a él, como Noé, los patriarcas y el Israel del Antiguo Testamento. No obstante, todos fallaron al momento de cumplir la comisión. A partir de los tiempos de los patriarcas, las repeticiones de la comisión adánica fueron combinadas con la promesa de una «descendencia» que «bendeciría» a las naciones. Eso indica que, a la postre, la comisión sería cumplida por la «descendencia».

Desde los tiempos de Abraham, las reiteraciones de la comisión de Génesis 1 se presentan como una promesa de un acto positivo que tendría lugar en el futuro o como un mandamiento que resultaría en una obediencia positiva. Tanto las reiteraciones promisorias como las imperativas de la comisión guardan relación con los aspectos positivos de la conquista, la posesión (o herencia), la multiplicación, el incremento y la expansión de la «descendencia». En vista de ello, sería extraño que el Nuevo Testamento nunca se refiriera a Jesús como el último Adán de esa misma manera positiva. En efecto, el Nuevo Testamento ve la sumisión de Cristo a la muerte en la cruz como parte de Su obediencia a la comisión de Adán (ver Rom 5:12-17; Flp 2:5-11; Heb 2:6-10). Jesús no solo hizo lo que el primer Adán debió hacer, sino que también fue obediente hasta la muerte, lo que lo llevó a la victoria de la resurrección y la exaltación.

Pablo habla más de lo que se denomina la obediencia pasiva de Cristo en Su muerte que de Su obediencia activa al salvar a Su pueblo. Sin embargo, hay pasajes que presentan a Jesús como el último Adán sin aludir a Su muerte, sino al hecho de que hizo lo que Adán debió haber hecho. Un ejemplo es Su tentación en el desierto (Mt 4; Lc 4). Allí, Cristo funcionó como el último Adán y también como el verdadero Israel (es decir, como el Adán colectivo) que obedeció en las mismas áreas en que desobedecieron el primer Adán y el primer Israel.

De la misma manera, Pablo presenta a Cristo como el último Adán que recibió la posición triunfante y la recompensa del señorío incorruptible y glorioso como resultado de Su cumplimiento de todas las condiciones de la obediencia que se requerían del primer Adán, en especial, las de posesión y conquista. En 1 Corintios 15:27 y Efesios 1:22, Pablo afirma que Cristo cumplió el ideal del Salmo 8:6 que el primer Adán debió haber cumplido: «Dios ha puesto todo en sujeción bajo sus pies», lo que significa que Cristo mismo, como el último Adán, también ha ejercido el «poder… para sujetar todas las cosas a sí mismo» (Flp 3:21). 1 Corintios 15:45 se refiere claramente a Cristo como el «último Adán» que obtuvo la bendición exacerbada de la incorruptibilidad que el primer Adán no consiguió. Además, 1 Corintios y Efesios identifican a los creyentes ya sea con el hecho de que Cristo tiene todas las cosas en sujeción a Él (Ef 2:5-6) o de que posee bendiciones incorruptibles (1 Co 15:49-57; ver también Heb 2:6-17).

Pablo entiende que Cristo cumplió la comisión adánica del Salmo 8. Esto significa que Cristo ejerció dominio, sojuzgó, multiplicó Su descendencia espiritual (aunque ese elemento está ausente en el Sal 8) y llenó la tierra con la gloria de Dios de forma perfecta, tanto como le es posible a una persona a lo largo de su vida. Esta idea tiene que ver con la inauguración del fin de los tiempos, pues la obediencia fiel de Cristo como el último Adán se tradujo en la recompensa eterna de transformarse en la nueva creación incorruptible y en el Rey de esa creación. En otras palabras, el cuerpo resucitado de Cristo fue el comienzo de la nueva creación del fin de los tiempos y de Su señorío obediente en esa nueva creación. Así como los cristianos estamos identificados con la posición de Cristo en Su resurrección y exaltación real en el cielo, también lo estamos con Su recompensa, que es el señorío exaltado y la obediencia fiel que sigue caracterizando ese señorío. El señorío de Cristo resucitado y exaltado y Su estatus como el Adán obediente constituyen una irrupción de la nueva creación futura en la era presente. No es una nueva creación perfeccionada, pues los cristianos del siglo presente aún no son reyes perfectamente obedientes ni han experimentado la recompensa consumada de la resurrección plena. No obstante, estamos unidos a Cristo, el último Adán que fue perfectamente obediente.

La doctrina que enseña que Cristo fue el sustituto penal de los pecadores que han quebrantado la ley, a fin de que estos puedan ser considerados inocentes, es la doctrina de la obediencia pasiva de Cristo. 2 Corintios 5:21 también alude a esta noción: el hecho de que Cristo se haya transformado en una ofrenda por el pecado para pagar la pena del pecado de los creyentes se traduce en que nosotros somos declarados inocentes; sin embargo, como vimos antes, los creyentes también recibimos la justicia del Cristo resucitado.

Romanos 3:23-26 también se refiere a la obediencia pasiva de Cristo; la palabra «propiciación», en el versículo 25, hace referencia al «propiciatorio», la cubierta del arca del pacto donde se derramaba la sangre de los sacrificios para representar la sustitución de la pena del pecado de Israel. Ahora, Cristo se ha transformado en el «propiciatorio» donde Él vierte Su propia sangre para pagar la pena del pecado a fin de que los pecadores sean declarados «inocentes» o «justos».

De esta manera, la vida y muerte vicaria de Cristo le atribuyen justicia a Su pueblo y nos declaran inocentes de nuestros pecados. Estaríamos perdidos sin nuestro Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Gregory K. Beale
El Dr. Gregory K. Beale es profesor de Nuevo Testamento y teología bíblica y ocupa la cátedra J. Gresham Machen de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de numerosos libros, entre ellos God Dwells among Us [Dios habita entre nosotros].

Representación federal

Por Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

El apóstol Pablo no creía que los seres humanos son básicamente buenas personas que hacen cosas malas. Los primeros capítulos de su epístola a los Romanos están dedicados a la proposición de que, con la excepción de Jesucristo, todo ser humano es por naturaleza injusto, culpable y digno de muerte. Pablo concluye que «tanto judíos como griegos están todos bajo pecado» (Rom 3:9).

Este retrato desolador y despiadado de la humanidad plantea al menos dos preguntas: ¿Por qué no vemos excepciones a la depravación humana universal? ¿Hay esperanza alguna para pecadores que están bajo la justa condenación de Dios y que no pueden hacer nada para librarse a sí mismos del juicio divino?

Pablo responde a ambas preguntas de una manera inesperada en Romanos. Nuestra difícil situación como pecadores se remonta en última instancia a Adán. Nuestra única esperanza como pecadores está en el segundo Adán, Jesucristo. En Romanos 5:12-21, el apóstol nos ayuda a ver cómo la obra de cada hombre, Adán y Jesús, afecta a los seres humanos hoy.

En Romanos 5:14, Pablo dice que Adán «es figura del que había de venir», es decir, Jesucristo. Al igual que Jesús, Adán fue un verdadero ser humano histórico. Aunque Jesús no es un simple hombre, es un verdadero hombre. Aquí Pablo afirma una correspondencia entre Adán y Jesús, pero en 1 Corintios el apóstol usa un lenguaje que nos ayuda a comprender mejor su relación. Si Adán es «el primer hombre», entonces Jesús es «el último Adán» (1 Co 15:45). Adán es «el primer hombre»; Jesús, «el segundo hombre» (v. 47). Adán y Jesús son hombres representativos. Nadie se interpone entre el primer hombre y el último Adán. Y nadie sigue a Jesús, el segundo hombre. Todo ser humano en todos los tiempos y lugares del mundo, nos dice Pablo, tiene una relación representativa con Adán o con Jesús (ver vv. 47-48). Es en el contexto de esta relación que lo que ha hecho el representante pasa a manos del representado.

En Romanos 5, Pablo examina estas relaciones representativas bajo el microscopio. El apóstol quiere que veamos cómo «una transgresión» de Adán afecta a todos los que están en Adán. Lo hace para ayudar a los creyentes (aquellos que están «en Cristo») a ver cómo les afecta la obediencia y la muerte de Cristo.

Algunos de los términos más importantes que usa Pablo en Romanos 5:12-21 se derivan de la sala de tribunal. Contra la «condenación» que pertenece a los que están en Adán está la «justificación» que pertenece a los que están en Cristo (vv. 16, 18). La palabra que a menudo se traduce como «constituidos» en el versículo 19 («Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos» [énfasis añadido]) se traduce más precisamente como «designados». El punto de Pablo en este versículo no es que el pecado de Adán nos transforma personalmente en pecadores, ni que la obediencia de Jesús nos transforma personalmente en justos. Su punto aquí es que, a la luz de la desobediencia de Adán, aquellos a quienes Adán representa pertenecen a una nueva categoría legal (pecador). De manera similar, es debido a la obediencia de Jesús que a Su pueblo se le concede la entrada a una nueva categoría legal (justo).

El término teológico técnico que describe esta transacción que involucra al representante y al representado es imputación. El único pecado de Adán es imputado (aplicado) a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Adán» entran en condenación. Es decir, están sujetos a la justicia divina por el único pecado de Adán que se les imputa. Por otro lado, la justicia de Cristo se imputa a todos aquellos a quienes representa. Como resultado de esta transacción, todos los que están «en Cristo» son justificados. Dios los considera justos, no por nada que hayan hecho, estén haciendo o hagan. Dios justifica a los pecadores únicamente sobre la base de la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, que Dios les imputa y que reciben por medio de la fe sola.

Las dos imputaciones de Romanos 5:12-21 proporcionan la respuesta a las dos preguntas que planteamos anteriormente. La razón por la que «no hay justo, ni aun uno» (3:10) se deriva del hecho de que todos los seres humanos, excepto el segundo Adán, están por naturaleza condenados en Adán. Pablo nos muestra que junto con la condenación universal está la depravación universal. Es a la luz de la imputación del primer pecado de Adán a los seres humanos que estos seres humanos culpables, desde el momento de su concepción, heredan una naturaleza caída de sus padres.

Por estas razones, no hay esperanza ni ayuda que se pueda encontrar entre los que están «en Adán». Pero la esperanza y la ayuda están disponibles para los pecadores. Se encuentran solo en Jesucristo, el segundo y último Adán. El pecador recibe la justicia de Cristo solo por medio de la fe en Cristo. El pecador es justificado únicamente sobre la base de esta justicia. Sus pecados son perdonados y se le considera justo en el tribunal de Dios. Unido a Cristo y justificado por la fe en Él, el creyente llega a ser transformado a la imagen de Cristo por el poder del Espíritu Santo.

Una dificultad que la gente ha expresado a menudo con la enseñanza de Pablo en Romanos 5:12-21 se puede resumir en la objeción: «¡No es justo!». Muchos preguntan: «¿Es realmente justo que Dios me castigue por algo que otro ha hecho? Después de todo, nadie me preguntó si quería ser representado por Adán. ¿Cómo puede un Dios justo y bueno condenarme de esa manera?».

Esta objeción es seria y merece una cuidadosa reflexión. La realidad es que la relación representativa que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos destaca la bondad, la soberanía y la justicia de Dios. La bondad de Dios es evidente en Sus tratos con Adán en el jardín del Edén, tratos que se relacionan con cada persona a quien Adán representó. Dios creó a Adán como un hombre justo. Los pensamientos, las elecciones, los sentimientos y el comportamiento de Adán fueron todos sin pecado. Dios puso a Adán en el paraíso y le permitió disfrutar de Su generosidad. Dios le ofreció a Adán la promesa de la vida eterna confirmada y solo le pidió que se abstuviera, por un tiempo, de comer de un solo árbol en el jardín. Es difícil concebir circunstancias más ventajosas para nuestro representante, Adán. Cada detalle del pacto que Dios hizo con Adán refleja la bondad de Dios. Como pecadores que viven entre pecadores en un mundo pecaminoso, ¿habríamos tenido esperanza alguna de hacerlo mejor que Adán como nuestro representante en el jardín del Edén?

La relación representativa que Dios designó entre Adán y su descendencia ordinaria también da testimonio de la soberanía y la justicia de Dios. Tanto Adán como nosotros somos criaturas en las manos de Dios. Dios tiene el derecho de ordenar nuestras vidas de la manera que Él quiera, y nosotros no tenemos derecho a pedirle cuentas (ver Rom 9:19-20). Al actuar como lo hace, no nos hace ninguna injusticia. Al contrario, actúa de acuerdo con Su propio carácter justo.

Al pensar en la relación que Dios instituyó entre Adán y los seres humanos, debemos recordar al menos dos consideraciones adicionales que están relacionadas. Primero, Dios no instituyó tal relación entre los ángeles. Cada ángel es individual ante Dios. Algunos ángeles han permanecido obedientes a Dios, mientras que otros ángeles cayeron en pecado. Dios no ha provisto ningún mediador para estos ángeles caídos y no les ofrece misericordia salvífica. Habiendo abandonado «su morada legítima, los ha guardado en prisiones eternas, bajo tinieblas para el juicio del gran día» (Jud 6).

En segundo lugar, Dios ha redimido a pecadores caídos e indignos a través del mismo tipo de relación representativa en la que caímos en pecado por medio de Adán. Cuando el pecador se une a Jesucristo por la fe sola, pasa de la condenación a la justificación y recibe gratuitamente la justicia de Jesucristo. El pecador no recibe este regalo de justicia por nada que él mismo haya hecho, esté haciendo o haga. Más bien, Dios en Su gracia atribuye esa justicia al pecador, quien la recibe por fe. E incluso esa fe es un don de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29).

Por esta razón, como cristianos miramos la salvación que hemos recibido en Cristo y decimos: «¡No es justo!». Decimos esto no con un puño cerrado que muestra ira y desafío, sino con una mano abierta que muestra alabanza y acción de gracias. La buena noticia del evangelio es que Dios no nos ha dado lo que merecemos. Lo que merecemos es la condenación eterna. Pero Dios cargó nuestros pecados sobre Jesucristo en la cruz, y nos imputó la justicia de Su Hijo cuando creímos (2 Co 5:21). Dios no nos ha dado lo que nos corresponde. Nos ha dado lo que corresponde a Cristo. Él nos ha dado bendición en vez de maldición, justificación en vez de condenación, vida en vez de muerte y esperanza en vez de desesperación. Y al hacerlo, ha mostrado ser justo y el justificador del que tiene fe en Su Hijo (ver Rom 3:26).

En el día del juicio, los pecadores impenitentes no podrán culpar a nadie más que a sí mismos (2:1-11). Serán sentenciados y condenados justamente, y toda boca callará (Rom 3:19). Ese mismo día, los redimidos no nos jactaremos de nosotros mismos. Daremos toda alabanza y gloria a nuestro Salvador, el segundo Adán, el Señor Jesucristo.

Ese día aún no ha llegado. Hasta entonces, los cristianos podemos comenzar la obra de alabar a Cristo con nuestros cuerpos y nuestras mentes, con nuestras palabras y nuestras obras. Y podemos apuntar a otros hacia el Dios que, al ser rico en misericordia y abundante en amor, da vida junto con Cristo a pecadores muertos (Ef 2:4-5).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy Prentiss Waters
El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

La teología de la cruz

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia

Una teología de la familia

La naturaleza, la reivindicación y la historia de la adoración en familia
James W. Alexander (1804-1859)


La adoración en familia, como el nombre lo indica, es la adoración conjunta que se rinde a Dios por parte de todos los miembros de una familia. Existe un impulso irresistible a orar por aquellos a quienes amamos y, no sólo a orar por ellos, sino con ellos. Existe una incitación natural, a la vez que benévola, de orar con aquellos que están cerca de nosotros. La oración es un ejercicio social. La oración que nuestro Señor les enseñó a sus discípulos lleva este sello en cada petición. Es este principio el que conduce a las devociones unidas de las asambleas de iglesias y que se manifiesta de inmediato en las familias cristianas.
Aunque sólo hubiera dos seres humanos sobre la tierra, si tuvieran un corazón santifica- do, se verían atraídos a orar el uno con el otro. Aquí tenemos la fuente de la adoración do- méstica. Hubo un tiempo en el que sólo había dos seres humanos sobre la tierra y podemos estar seguros de que ofrecieron adoración en común. Fue la adoración familiar en el Paraíso.
Que la religión deba pertenecer especialmente a la relación doméstica no es en absoluto maravilloso. La familia es las más antigua de las sociedades humanas. Es tan antigua como la creación de la raza. Los hombres no se unieron en familias por una determinación volun- taria o convenio social de acuerdo con la absurda invención de los infieles: Fueron creados en familias.
No es nuestro propósito hacer ningún esfuerzo ingenioso por forzar la historia del Anti- guo Testamento para nuestro servicio o investigar la adoración familiar en cada era del mun- do. Que ha existido siempre, no lo ponemos en duda; que el Antiguo Testamento pretendía comunicar este hecho ya no está tan claro. Pero sin ninguna indulgencia de la imaginación, no podemos dejar de discernir el principio de la adoración familiar que aparece y reaparece como algo familiar en los tiempos más remotos.
Aunque toda la iglesia de Dios estaba en el arca, la adoración era por completo una ado- ración familiar. Y, después de que las aguas retrocedieran, cuando “edificó Noé un altar a Jehová” se trataba de un sacrificio familiar (Gn. 8:20). Los patriarcas parecen haber dejado un registro de su adoración social en cada campamento. Tan pronto como encontramos a Abra- ham en la Tierra Prometida, le vemos levantando un altar en la llanura de More (Gn. 12:7). Lo mismo ocurre en el valle entre Hi y Betel. Isaac, no sólo renueva las fuentes que su padre había abierto, sino que mantiene sus devociones, edificando un altar en Beerseba (Gn. 26:25). El altar de Jacob en Bet-el era eminentemente un monumento familiar y así fue señalado por lo que él le dijo a su familia y a todos los que estaban con él en el camino: “Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros” (Gn. 35:1-2). El altar se llamó El-Bet-el. Esta herencia de ritos religiosos en el linaje de la familia correspondía con aquella declaración de Jehová con res- pecto a la religión de la familia que debería prevalecer en la casa de Abraham (Gn. 18:19). El servicio de Job en nombre de sus hijos era un servicio perpetuo: “Enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos… De esta manera hacía todos los días” como dice el hebreo, “todos los días” (Job 1:5). El libro de Deuteronomio está lleno de religión familiar y como ejemplo de esto podemos señalar de forma especial el capítulo seis. La Pascua, como veremos de forma más plena más adelante, era un rito familiar.

Por todas partes en el Antiguo Testamento, los hombres buenos tenían en cuenta la unión doméstica en su religión. Josué, aún ante el riesgo de quedarse solo con su familia, se aferra a Dios: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). David, tras su servicio público en el tabernáculo, donde “bendijo al pueblo en el nombre de Jehová de los ejércitos” regresa “para bendecir su casa” (2 S. 6:20). Había aprendido a relacionar el servicio a Dios con los lazos do- mésticos en la casa de su padre Isaí “porque todos los de su familia celebran allá el sacrificio anual” (1 S. 20:6). Y, en las predicciones de la humillación penitencial12 que tendrá lugar cuando Dios derrame sobre la casa de David y los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de súpli- cas, la idoneidad de tales ejercicios para la familia como tal no se pasan por alto: “Y la tierra lamentará, cada linaje aparte; los descendientes de la casa de David por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Natán por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de la casa de Leví por sí, y sus mujeres por sí; los descendientes de Simei por sí, y sus mujeres por sí; todos los otros linajes, cada uno por sí, y sus mujeres por sí” (Zac. 12:12-14).
En el Nuevo Testamento, las huellas de la adoración familiar no son menos obvias. Nos alegra tomar prestado el animado lenguaje del Sr. Hamilton de Londres y preguntar: “¿En- vidias a Cornelio, cuyas oraciones fueron oídas y a quien el Señor le envió un mensajero especial que le enseñara el camino de la salvación? Era un hombre “piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” y que estaba tan ansioso por la salvación de su familia que reunió a sus parientes y sus amigos cercanos para que pudieran estar preparados para escuchar al Apóstol cuando éste llegara y, de esta manera, también beneficiarse (Hch. 10:2, 24 y 31). ¿Admiras a Aquila y Priscila, “cola- boradores [de Pablo] en Cristo Jesús” y tan diestros en las Escrituras que pudieron enseñarle más exactamente el camino de Dios a un joven ministro? Encontrarás que una razón de su familiaridad con las Escrituras era que tenían una iglesia en su casa (Hch. 18:26; Ro. 16:5). Sin lugar a duda, se reconocía con respecto a las cosas espirituales y también a las temporales, que “si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Ti. 5:8). Ese espíritu de oración social que llevó a los discípulos a unirse en súplica o alabanza, en aposentos altos, en cárceles, y al borde del mar se manifestó en las devociones diarias de la familia (Hch. 1:13; 16:25; Gá. 4:12; 2 Ti. 1:3).
Nuestros registros del cristianismo primitivo están tan distorsionados y contaminados por una tradición supersticiosa que no debe sorprendernos encontrar un culto sencillo y espiri- tual como éste bajo la sombra de los ritos sacerdotales13. A pesar de ello, discernimos lo bas- tante para enseñarnos que los creyentes de los primeros siglos no descuidaron la adoración familiar.
“En general —dice Neander14 en una obra que no se ha publicado entre nosotros—, siguie- ron a los judíos en la observancia de los tres momentos del día, las nueve, las doce y las tres como horas especiales de oración; sin embargo, ellos no los usaron de forma legal, como en contra de la libertad cristiana; pues Tertuliano15 afirma, hablando sobre los tiempos para la oración, ‘no se nos exige nada excepto que oremos a toda hora y en todo lugar’. Los cristia- nos comenzaban y terminaban el día con la oración. Antes de cada comida, antes del baño, oraban, ya que, como dice Tertuliano, ‘el refresco y la alimentación del alma debe preceder a los del cuerpo; lo celestial antes que lo terrenal’. Cuando un cristiano del extranjero, tras la recepción y la hospitalidad fraternal en casa de otro cristiano se marchaba, la familia cristiana lo despedía con oración, ‘porque —decían— en tu hermano has contemplado a tu Señor’. Para cada asunto de la vida ordinaria se preparaban mediante la oración”.
A esto podemos añadir las declaraciones de un hombre culto que convirtió las antigüe- dades cristianas en su peculiar estudio: “En lugar de consumir sus horas de ocio en hueca inactividad o derivando su principal diversión del bullicioso regocijo, el recital de cuentos de superstición o cantar las canciones profanas de los paganos, pasaban sus horas de reposo en una búsqueda racional y vigorizante; hallaban placer en ampliar su conocimiento religioso y su entretenimiento en cánticos dedicados a la alabanza de Dios. Esto constituía su pasa- tiempo en privado y sus recreos favoritos en las reuniones de su familia y sus amigos. Con la mente llena de la influencia inspiradora de estas, regresaban con nuevo ardor a sus escenarios de dura tarea y para gratificar su gusto por una renovación de ellas, anhelaban ser liberados de la labor, mucho más que apaciguar su apetito con las provisiones de la mesa. Jóvenes mu- jeres sentadas a la rueca16 y matronas que llevaban a cabo los deberes de la casa, canturreaban constantemente algunas tonadas espirituales.
“Y Jerónimo17 relata sobre el lugar donde vivía, que uno no podía salir al campo sin escu- char a los labradores con sus aleluyas, los segadores con sus himnos y los viñadores cantando los Salmos de David. Los cristianos primitivos no sólo leían la palabra de Dios y cantaban ala- banzas a su Nombre al medio día y a la hora de sus comidas. Muy temprano en la mañana, la familia se reunía y se leía una porción de las Escrituras del Antiguo Testamento, a continuación se cantaba un himno y se elevaba una oración en la que se daba gracias al Todopoderoso por preservarlos durante las silenciosas vigilias de la noche y, por su bondad, al permitirles tener sanidad de cuerpo y una mente saludable y, al mismo tiempo, se imploraba su gracia para defenderlos de los peligros y las tentaciones del día, hacerles fieles a todo deber y capacitarlos en todos los aspectos para caminar dignos de su vocación cristiana. En la noche, antes de reti- rarse a descansar, la familia volvía a reunirse y se observaba la misma forma de adoración que en la mañana con esta diferencia: Que el servicio se alargaba considerablemente, más allá del periodo que se le podía asignar convenientemente al principio del día. Aparte de todas estas observancias, tenían la costumbre de levantarse a medianoche para entrar en oración y cantar salmos, una práctica de venerable antigüedad y que, como supone con razón el Dr. Cave, tomó su origen de las primeras épocas de la persecución cuando, no atreviéndose a juntarse durante el día, se veían obligados a celebrar sus asambleas religiosas de noche”

Cuando llegamos al avivamiento de la piedad evangélica en la Reforma, nos encontramos en medio de tal corriente de autoridad y ejemplo que debemos contentarnos con declaracio- nes generales. Cualquiera que pudiera ser la práctica de sus hijos degenerados, los Reforma- dores primitivos son universalmente conocidos por haber dado gran valor a las devociones familiares. Los contemporáneos de Lutero y sus biógrafos, recogen sus oraciones en su casa con calidez. Las iglesias de Alemania fueron bendecidas, en mejor época, con una amplia prevalencia de la piedad familiar. Se recogen hechos similares en Suiza, Francia y Holanda.
Pero en ningún país ha brillado la luz hogareña con mayor resplandor que en Escocia. La adoración familiar en toda su plenitud fue simultánea con el primer periodo reformador. Es probable que ningún territorio tuviera jamás tantas familias orando en proporción a sus habi- tantes; tal vez ninguno tenga tantas hoy. En 1647, la Asamblea General19 emitió un Directorio para la adoración familiar en la que hablan como sigue:
“Los deberes corrientes abarcados en el ejercicio de la piedad que deberían llevarse a cabo en las familias cuando se reúnen a tal efecto son estos: Primero, la oración y las alabanzas realizadas con una referencia especial, tanto a la condición del Kirk (la Iglesia)20 de Dios y su reino, como al estado presente de la familia y cada miembro de la misma. A continuación, la lectura de las Escrituras, con la instrucción en la doctrina de una forma clara para posibilitar de la mejor manera la com- prensión de los más simples y que se beneficien bajo las ordenanzas públicas y se les pueda ayudar a ser más capaces de entender las Escrituras cuando estas se lean; junto con conferencias piadosas que tiendan a la edificación de todos los miembros en la fe más santa; así también la amonestación y la reprensión por razones justas de quienes tengan la autoridad en la familia. El cabeza de fami- lia debe tener cuidado de que ninguno de los miembros se retire de ninguna parte de la adoración en familia y, viendo que el ejercicio ordinario de todas las partes de esta adoración le pertenecen al cabeza de familia, el ministro debe instar a los que son perezosos y formar a los que son débiles para que sean adecuados en la realización de estos ejercicios”.
“Tantos como puedan concebir la oración, deberían hacer uso de ese don de Dios, aunque los que sean toscos y más débiles pueden comenzar con una forma establecida de oración; esto se hace con el fin de que no sean perezosos en despertar en sí mismos (según sus necesidades diarias) el espíritu de la oración que han recibido todos los hijos de Dios en cierta medida; a este efecto, deberían de ser más fervientes y frecuentes en la oración secreta a Dios para que capacite sus corazones para con- cebir y expresar peticiones legítimas a favor de sus familias”. “Estos ejercicios deberían llevarse a cabo con gran sinceridad, sin demora, dejando a un lado todos los asuntos mundanos o estorbos, a pesar de las burlas de los ateos y de los hombres profanos, teniendo en cuenta las grandes mercedes de Dios sobre esta tierra y las correcciones mediante las cuales Él nos ha disciplinado últimamente. Y, a este efecto, las personas de eminencia y todos los ancianos de la Iglesia, no sólo deberían esti- mularse ellos mismos y sus familias a la diligencia en todo esto, sino también contribuir de forma eficaz para que en todas las demás familias que estén bajo su influencia y cuidado, se realicen estos ejercicios mencionados con plena consciencia”.
La fidelidad del cristiano individual con respecto a este deber se convirtió en cuestión de investigación por parte de los tribunales de la Iglesia. Mediante el Acta de Asamblea de 1596, ratificado el 17-18 de diciembre de 1638, entre otras estipulaciones para la visitación de las iglesias por parte de los presbíteros, se propusieron las siguientes preguntas para que les fue- ran formuladas a los cabezas de familias:
“¿Visitan los ancianos a las familias dentro del barrio y de los límites que se les ha asignado a cada uno de ellos? ¿Son cuidadosos de que se establezca la adoración de Dios en las familias de sus zo- nas? Se le sugiere al ministro que también pregunte, en sus visitas pastorales, si se adora a Dios en la familia mediante oraciones, alabanzas y la lectura de las Escrituras. En cuanto a la conducta de los siervos hacia Dios y hacia los hombres, ¿se aseguran de que también participen de la adoración en familia y en público? ¿Catequizan a su familia?”

Cuando la Iglesia de Escocia adoptó la Confesión de Fe de la Asamblea de Teólogos de Westminster, contenía esta estipulación que sigue siendo válida entre nosotros: “Dios ha de ser adorado en todo lugar, en espíritu y en verdad, en las familias privadas a diario y también en secreto, cada uno por sí mismo”.
En conformidad con estos principios, la práctica de la adoración en familia se convirtió en algo universal por todo el cuerpo presbiteriano de Escocia y entre todos los disentidores23 de Inglaterra. Especialmente en Escocia, las personas más humildes de las chozas más lejanas honraban a Dios mediante la alabanza diaria y no hay nada más característico de las perso- nas de aquella época que esto. “En ocasiones he visto la adoración en familia en grandes casas —dice el Sr. Hamilton—, pero he sentido que Dios estaba igual de cerca cuando me he arrodillado con una familia que oraba, sobre el suelo de tierra de su choza. He conocido la adoración en familia entre los segadores en un granero. Solía ser algo común en los barcos de pesca en los estuarios24 y los lagos de Escocia. He oído que esto se observaba incluso, en las profundidades de un pozo de carbón”.
Los padres de la Nueva Inglaterra, habiendo bebido del mismo espíritu, dejaron el mismo legado a sus hijos.
La adoración en familia es altamente honorable, especialmente cuando el servicio espi- ritual languidece y decae en tiempos en los que el error y la mundanalidad hacen incursio- nes en la Iglesia. Éste ha sido el caso notable entre algunas comunidades protestantes del continente europeo. En términos generales, debemos decir que la adoración en familia no se practica tan extensamente allí y, por supuesto, no se le valora tan altamente como en las iglesias de Gran Bretaña y de los Estados Unidos. Esto es cierto, incluso cuando se hace la comparación entre las que están en los respectivos países, cuyo apego al evangelio parece ser el mismo. Hay muchas, sobre todo en Francia y Suiza, que le dan tan alto valor y mantienen con regularidad la adoración diaria a Dios como muchos de sus hermanos en Inglaterra o en los Estados Unidos. Sin embargo, constituyen excepciones a la declaración anterior sin ser una refutación de la misma. Los viajeros cristianos observan, no obstante, que las mejores opiniones sobre este tema, como en la observancia del Día de reposo, están creciendo deci- didamente en Francia y Suiza, y, probablemente, en cierta medida también en Alemania y en otros países del Continente. Esto se le debe atribuir a la traducción de muchas obras excelen- tes del inglés al francés y a su circulación en esos países en los últimos años.
De lo que se ha dicho, queda de manifiesto que, la voz universal de la Iglesia en sus mejores épocas, se ha pronunciado a favor de la adoración en familia. El motivo de esto también se ha manifestado. Es un servicio que se le debe a Dios con respecto a su relación abundante y mi- sericordiosa para con las familias como tales, algo que se ha hecho necesario por las carencias, las tentaciones, los peligros y los pecados del estado de la familia y, en los más altos niveles, es algo adecuado y correcto, dadas las oportunidades que ofrece la misma condición de la familia.
Tomado de Thoughts on Family Worship (Pensamientos sobre la adoracion familiar), reeditada por Soli Deo Gloria, una división de Reformation Heritage Books, http://www.heritagebooks.org.


James W. Alexander (1804-1859): Hijo mayor de Archibald Alexander, el primer catedrático del Seminario Teológico de Princeton. Asistió tanto a la Universidad de Princeton como al Seminario de Princeton y, más tarde, enseñó en ambas instituciones. Su primer amor, sin embargo, fue el pastorado y trabajó en iglesias de Virginia, Nueva Jersey y Nueva York, EE. UU., hasta su muerte.

«¿Por qué voy a inquietarme? ¿Por qué me voy a angustiar?» (Sal. 42:5).

El Salmo 42 es un salmo de un hombre piadoso que está atravesando pantanos y oscuridad. Y, aunque no encontramos la palabra depre- sión en la Escritura, podemos deducir fácilmente que el salmista estaba atravesando por ella.
Tal vez tú te identificas con este salmo. Crees en el Señor, sa- bes que Él es suficiente para tu salvación, pero has pasado o estás pasando por un momento oscuro en tu vida. Tal vez sea por inse- guridad del futuro o tal vez sea por una crisis financiera. Una de las razones por las cuales este salmo es tan conocido, es porque el salmista es muy honesto en cuanto a su vulnerabilidad. Si le pre- guntas al salmista qué le sucede, él te lo dirá en este salmo. ¿Cuáles son los síntomas del salmista? Sequía (vv. 1-2), falta de apetito (vv. 3), confusión (vv. 5, 6, 11), nostalgia (v. 4), abandono (vv. 3, 9, 10) y opresión (vv. 3, 9-10).
Al analizar lo que le sucede al salmista, es seguro deducir que lo que está experimentando es una fuerte y dura depresión espiri- tual—no come, está confundido, se siente abandonado, oprimido, nostálgico. En palabras propias del salmista, se siente como un ciervo que brama por agua en la sequía (v. 1).
Aquí vemos a un hombre piadoso cuyo estado de ánimo es de- presivo, pero no lo vemos derrotado, sino luchando consigo mismo para poder apreciar la mano de Dios en su vida y para poder ver esperanza en medio de sus circunstancias. Si tú te encuentras en este día en una etapa oscura de la vida, estás en buena compañía, y el hecho de que estás leyendo este devocional me indica que estás luchando por ver esperanza en medio de tu oscuridad.
El Dr. Martyn Lloyd-Jones solía decir que la mayoría de nuestras depresiones son causadas debido a que pasamos mucho tiempo escuchándonos a nosotros mismos, en vez de hablarnos a noso- tros mismos. ¿Te habías puesto a pensar en eso? Escucharse a uno mismo es dejar pasivamente que nuestra mente vaya a la deriva y comience a caer cada vez más profundo en el hoyo. Hablarse a uno mismo requiere diligencia activa; requiere hablarle a nuestra alma con las verdades que sabemos sobre Dios. En otras palabras, requiere predicarse a uno mismo. Eso es precisamente lo que el salmista hace en los versículos 5 y 11: «¿Por qué voy a inquietarme?

¿Por qué me voy a angustiar?». Él se habla a sí mismo, se confronta y cuestiona. «¿Por qué me voy a angustiar?». ¡Conoces a Dios! ¡Es- pera en Él! ¡Él es tu roca, Él es tu salvación! ¿Por qué te angustias?
Así que, este salmo está en la Biblia porque Dios lo diseñó así, y si escuchamos con cuidado y vemos cómo lucha este salmista, y si meditamos en esta instrucción día y noche, si meditamos en nuestras emociones por un lado y en lo que sabemos del otro, nuestro carácter será más piadoso, y seremos como un árbol que da fruto y su hoja no cae cuando es abofeteado por los vientos del desánimo y la opresión.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

El peligro de la falsa modestia

Nota del editor:Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Por Robert VanDoodewaardrobert

La falsa modestia es un pecado difícil de reconocer porque se presenta revestido de piedad. Puede introducirse en nuestras oraciones y en nuestra manera de hablar. Puede ser la razón por la que evadimos los cumplidos en lugar de simplemente dar las gracias. Puede ser la razón por la que nos sentimos tentados a hablar demasiado de nuestros sacrificios o fracasos. Tal vez la falsa modestia sea incluso un motivo para nuestro humor autocrítico. El reto es que algunos de estos patrones también podrían estar arraigados en nuestra forma de ser, la cultura o las costumbres. Sin embargo, debemos considerar si nuestros hábitos están arraigados en la humildad genuina. El peligro de la falsa modestia es que es profundamente engañosa y, en última instancia, no da gloria a Dios.

La Biblia advierte que las personas religiosas pueden construir una fachada de falsa humildad. El Señor Jesús habló de los hipócritas que ayunaban y ponían una cara triste para parecer piadosos (Mt 6:16). Expuso el orgullo de los fariseos, que pensaban que el ayuno y el diezmo eran logros dignos del favor de Dios (Lc 18:12). Estas prácticas revelaban que no estaban interesados en honrar a Dios, sino en honrarse a sí mismos. Es este tipo de falsa modestia farisaica la que conduce a varias trampas.

Primero, la falsa modestia es engañosa. Requiere emociones enmascaradas, pensamientos engañosos y una realidad tergiversada. Lleva a vivir una mentira al pretender ser más pobre, más triste, menos dotado o más sacrificado de lo que se es. Estos hábitos pueden tener cierta apariencia de religión, pero no pueden ayudar contra los apetitos de la carne (Col 2:23). Existe el peligro de que este engaño conduzca al egoísmo. Los que practican estos hábitos pueden convertirse en avaros, quizás no en lo económico, pero sí en otros aspectos de la vida. Su amor por el prójimo se atrofiará; fracasarán en compartir sus talentos. «Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5:16).

La falsa modestia es también peligrosamente orgullosa. El apóstol Pablo advierte que los que se deleitan en la falsa humildad se han «hinchado sin causa» con sus mentes carnales (Col 2:18). No nos equivoquemos; la falsa modestia está centrada en sí misma y no en Dios. Olvida que caminamos delante del rostro de Dios y que Él conoce todos los pensamientos e intenciones de nuestros corazones. Aunque este orgullo puede estar bien escondido de los demás, sigue siendo una «abominación» ante el Señor (Pr 16:5). Dios no se deja engañar por las apariencias externas.

Lo peor de todo es que la falsa modestia le roba a Dios Su gloria. Dios nos ha dado a cada uno de nosotros varios dones, talentos, circunstancias y posesiones. Un cristiano fuerte debería ser capaz de disfrutar incluso de las bendiciones de la prosperidad como un regalo de Su mano. Colosenses 2:20-23 nos da una pista de que los hábitos de falsa modestia pueden conducir a una especie de gnosticismo, la antigua herejía que enseñaba que la creación es intrínsecamente mala. Si nos involucramos en la falsa modestia, en algún lugar de la raíz de ella hay un problema con nuestra teología. Deberíamos alabar a Dios por las posesiones, los cuerpos y las habilidades que nos ha dado (Sal 139:14). Como el publicano, debemos presentarnos ante el Señor como humildes pecadores. Pero eso no excluye que también nos presentemos ante Él con profunda gratitud por todos Sus dones.

Por último, la falsa modestia es un pecado complicado de discernir. Es un área particularmente peligrosa para tratar de identificar en otros cristianos. Puedes leer un artículo como este y pensar, «Conozco a una persona así; podría conducir fácilmente un Cadillac y en cambio conduce un Corolla». O «Conozco a un hombre que ora y habla de esta manera». Ten mucho cuidado con tratar de leer el corazón de los demás. Es posible que no conozcas sus razones, motivos o historias. Es genuinamente modesto evitar la jactancia o la exageración (Mt 6:2). Lo que puede parecerte una falsa modestia puede decir más sobre tu propio corazón que sobre el de ellos. La clave para combatir este pecado es caminar delante del rostro de Dios y saber que Él conoce tu corazón. Si ves este pecado en ti mismo, confiésalo ante Él y mira al Señor Jesucristo, quien se humilló hasta la muerte en la cruz (Flp 2:8). La verdadera humildad comienza en la cruz de Cristo y en la confesión de nuestra fe en Él. «Humillaos en la presencia del Señor y Él os exaltará» (Stg 4:10).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert VanDoodewaard
El reverendo Roberto VanDoodewaard es pastor de la Iglesia Reformada Esperanza en Powassan, Ontario, Canadá.

La humildad en las redes sociales

Serie: El orgullo y la humildad

Por Tim Challies

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

Cada moneda tiene una cara detrás un sello, cada dado un seis detrás de un uno, cada estampilla un adhesivo detrás. Y del mismo modo, cada tecnología tiene una virtud detrás de un vicio, un beneficio y un inconveniente, algo beneficioso detrás de algo muy perjudicial. La televisión que suministra noticias importantes también promueve el entretenimiento vil; el motor que proporciona propulsión también produce contaminación; la energía nuclear que ilumina una ciudad también corre el riesgo de destruirla. Así es la vida y la tecnología en un mundo manchado por el pecado.

Y precisamente en ese sentido, las redes sociales pueden utilizarse para bien y para mal. Pueden mostrar lo mejor y lo peor de los seres humanos, lo más amable y lo más condescendiente, lo más humilde y lo más orgulloso. La mayor parte de la culpa no es de la tecnología en sí, sino de los que la utilizan, porque las redes sociales no hacen más que mostrar quiénes somos realmente y repetir lo que realmente creemos. Son nuestros corazones y nuestras mentes volcados al exterior en pequeños textos, elaborados vídeos y fotografías cuidadosamente filtradas.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no simplificar demasiado, ya que las redes sociales han sido diseñadas deliberadamente para aprovechar nuestras debilidades más que nuestras fortalezas, para premiar el orgullo más que la humildad. Fomentan la lectura rápida más que la lectura profunda, la impulsividad más que la reflexión, la indignación más que la sabiduría. Salomón pregunta: «¿Ves a un hombre precipitado en sus palabras? Más esperanza hay para el necio que para él» (Pr 29:20). Pero Facebook pregunta a cada usuario en cada momento: «¿Qué estás pensando?». Salomón advierte que «En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente» (10:19), pero Twitter sugiere en todo momento y en todas las ocasiones: «Tuitea tu respuesta». Salomón dice que «El sabio heredará honra» (3:35), pero en la mayoría de las plataformas de redes sociales son los fanfarrones y combativos, los descorteses y lascivos los que son vistos y escuchados, los que son honrados y seguidos. El que gobierna su espíritu puede ser mejor que el que toma una ciudad, pero el vicio se convierte tan fácilmente en virtud en las plataformas que premian la indignación más que el autocontrol, la dureza más que la amabilidad, la arrogancia más que la mansedumbre.

Twitter y Facebook, Instagram y TikTok, un sinfín de tecnologías menores y aún por inventar: cada una de ellas proporciona un mecanismo ideal para la creación de plataformas y el engrandecimiento personal, para promocionarse a sí mismo mientras se desprecia a los demás, para mostrar todo tipo de altanería y toda clase de tonterías. Pero aunque veamos tan fácilmente los inconvenientes de estas nuevas tecnologías, también tienen muchos beneficios. Ninguna está tan lejos de la redención que no pueda ser utilizada de manera que bendiga a los demás y glorifique a Dios. Detrás de todos los vicios hay muchas virtudes genuinas, ya que a través de las redes sociales podemos decir palabras que sequen los ojos llorosos, podemos compartir citas que levanten las manos caídas, podemos subir vídeos que fortalezcan las rodillas debilitadas. Podemos comprometernos amablemente con los perdidos y los que sufren, podemos desafiar suavemente a los extraviados y a los descarriados, podemos apuntalar cuidadosamente a los inseguros y a los inexpertos. Podemos estar presentes y activos en estos foros donde se enseña a la gente, donde se discuten las ideas, donde se debaten las grandes preocupaciones de nuestra época. Podemos estar donde se reúnen las personas de este mundo para que podamos decir la verdad de Dios con nuestras bocas mientras mostramos el amor de Dios en nuestras vidas.

Sin embargo, si queremos ser humildes a través de las redes sociales, tendremos que ser humildes antes de aparecer en ellas. Tendremos que ser conscientes de sus ideologías arraigadas, conscientes de las muchas maneras en que premian lo que Dios desprecia, conscientes de sus muchas tentaciones de promover la necedad por encima de la sabiduría. Tendremos que acercarnos a ellas con cautela, con oración y siempre con humildad.

No hay ninguna época en la historia de la humanidad en la que haya sido fácil mostrar humildad y ninguna época en la que haya sido difícil mostrar orgullo. El reto de las redes sociales es nuevo solo por la rapidez con la que podemos mostrar esa locura y solo por el alcance del daño que podemos hacer con ella. Las redes sociales no han creado el orgullo, sino que solo han creado nuevas vías para expresarlo. Sin embargo, el Dios que se opone a los soberbios y da gracia a los humildes, ciertamente se deleita en concedernos la humildad que nos falta para que podamos ser luz cuando estamos rodeados de oscuridad, redimir lo que se ha roto, y aprovechar cada oportunidad para profesar las grandes verdades de nuestro gran Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Tim Challies (@Challies) es bloguero fundador de Challies.com y cofundador de Cruciform Press. Es autor de varios libros, entre ellos: Haz más y mejor, una guía práctica para la productividad y la próxima historia: fe, amigos, familia y el mundo digital.

La humildad y la unidad de la iglesia

Serie: El orgullo y la humildad

Por Melton L. Duncan

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.

Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.

El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.

En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».

En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:

Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.

La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Melton L. Duncan
Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.

La humildad en los pastores y líderes

Serie: El orgullo y la humildad

Por C.N. Willborn 

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

La humildad es una cualidad, una actitud o un sentimiento de ausencia de importancia personal, que no hace que uno sea mejor que otro. Conlleva la idea de modestia, mansedumbre e incluso dulzura. La palabra tiene un pedigrí en francés antiguo y en latín. En el latín eclesiástico, encontramos algunas raíces de «tierra» o «terrenal». Sin embargo, debemos tener claro que la humildad no debe identificarse con alguien que camina con una apariencia abatida, que se estremece en cada encuentro. No es andar vestido con cilicio y ceniza.

Vivir la humildad bíblica comienza con el reconocimiento de la propia deuda con Dios como autor y consumador de nuestra fe. Para los pastores y ancianos, significa vivir con una conciencia aguda de que todo lo que tienen es un regalo de Dios y que todo lo que hacen depende de la gracia de Dios.

Vivir esta humildad implica imitar los buenos ejemplos. En la Biblia tenemos varios. Después de todos los logros de José en los altos niveles políticos, concluyó que los puntos bajos, así como los más destacados de su vida, eran singularmente atribuibles a Dios y a Su plan soberano y a la disposición de todas las cosas (Gn 50:19-21). Algún tiempo después de que David fuera ungido como sucesor de Saúl como rey, escuchamos la autodescripción de David mientras Saúl lo persigue: «¿Tras quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigues? ¿A un perro muerto? ¿A una pulga?» (1 Sam 24:14). El rey David también se describió a sí mismo en toda su gloria real como un gusano (Sal 22).

Jesús llamó a Juan el Bautista el más grande de los profetas, y sin embargo Juan resumió su propia postura de esta manera: «Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya» (Jn 3:30). ¿Y el apóstol Pablo? Un hebreo de hebreos. Con respecto a la ley, intachable. Sin embargo, no reclamó ninguna fama, sino que se subordinó a la fama de Cristo Jesús (Flp 3). Con todo, Pablo nos recuerda que nuestro Salvador es el modelo a seguir y que, por tanto, cada uno de nosotros debe «[considerar] al otro como más importante que a sí mismo» (2:3). Eso es humildad.

Todo esto nos dice cómo debe afectarnos la vida bajo el plan soberano de Dios. No tenemos ninguna razón para ser orgullosos. La arrogancia nunca debe aferrarse a nosotros, sino la dulzura de nuestro Salvador. Después de todo, Pedro dijo que «todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» ha venido de Él (2 Pe 1:3). La nuestra debe ser la humildad del gran Rey Jesús, que se sometió a la humillación de este mundo lleno de pecado, incluso a una muerte injusta y cruel en la cruz. Vivir bajo la bandera del plan soberano de Dios para nuestras vidas produce la misma vida humilde.

¿Qué pasa cuando el orgullo surge en nosotros? Después de todo, todos luchamos con él. La respuesta, por supuesto, es el arrepentimiento. Así como Martín Lutero llegó a ver, el arrepentimiento no es un acto único u ocasional, sino una vida continua de contrición: el reconocimiento, el dolor y el abandono del pecado. Para los ministros y ancianos, esto seguramente incluirá la confesión a uno mismo, a los demás y a Dios de nuestros pecados de palabra, pensamiento y obra. Los ministros y ancianos se encontrarán pidiendo perdón a Dios y a aquellos a los que sirven cuando su pecado sea expuesto ante ellos. De hecho, debemos predicar con el ejemplo (1 Pe 5:3). Dios llama a nuestros feligreses a imitar nuestra fe (Heb 13:7). ¿Nos atreveremos a dejar que imiten nuestra arrogancia, orgullo y rudeza, en una palabra, nuestra pecaminosidad? Más bien, ¿qué tal si ponemos ante ellos el dulce aroma de nuestro Salvador? Cuando pecamos y el aroma se sustituye por un hedor, debemos arrepentirnos rápidamente; la humildad bíblica lo exige.

Hace muchos años, Albert N. Martin escribió un folleto de una profunda convicción titulado Las implicaciones prácticas del calvinismo. Estaba repleto de puntos de sabiduría bíblica, pero uno que ha permanecido conmigo a lo largo de los años es este: no se puede creer en la soberanía de Dios y ser un cristiano orgulloso. Un cristiano es alguien que se ha encontrado cara a cara con el Dios vivo y tres veces santo. ¿La respuesta de Isaías en ese caso? Cayó sobre su rostro en humilde dolor por su pecado y solo después se levantó con la voluntad de servir a Dios. La arrogancia no tiene cabida en la vida cristiana. Mucho menos, entonces, el orgullo y la arrogancia no tienen buen lugar entre los ministros y ancianos cuando viven y dirigen. Apoyémonos todos en el Espíritu del Dios vivo mientras perseguimos la mansedumbre que conduce a una herencia inestimable de nuestro Señor y Salvador.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

C.N. Willborn
El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.