El lugar de la ambición piadosa

El lugar de la ambición piadosa
Por Dan Dodds

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dame esta región montañosa… y los expulsaré». Estas son las palabras de Caleb a sus ochenta años, cuando los israelitas irrumpieron en la tierra prometida y se preparaban para enfrentarse a sus enemigos, palabras que fueron registradas en el libro de Josué (14:12). A la luz de los obstáculos frente a Caleb y los peligros que representaban, sería difícil pensar en él como algo menos que ambicioso.

Pero ¿eran buenas o malas las ambiciones de Caleb? Muy a menudo, la palabra ambición evoca la imagen negativa de los banqueros inversionistas de Wall Street racionalizando la codicia egoísta. O quizás uno podría encontrar la palabra impresa en un cartel motivacional con un escalador aferrado a la ladera de una montaña que intenta ascender. Pero ¿cuál de estas dos cosas es la ambición? ¿Es mala o debemos cultivarla en nosotros mismos y en nuestros hijos? ¿La Biblia promueve la ambición?

Cuando buscamos la palabra ambición en distintas versiones de la Biblia, la encontramos en varios pasajes como la traducción de diversas palabras griegas. La palabra ambición se emplea tanto en contextos positivos como negativos. Negativamente, Santiago condena a los que tienen «celos amargos y ambición personal» (Stg 3:14). Positivamente, Pablo expresa que tenía «Mi gran aspiración [ambición] siempre ha sido predicar la Buena Noticia» (Rom 15:20 NTV). La Biblia claramente reconoce tanto la ambición buena como la ambición mala. ¿Cómo podemos diferenciarlas?

Recordemos qué es la ambición. Según la definición del diccionario es simplemente un deseo de lograr un fin particular. Pero esta definición quizás es demasiado débil, ya que puede aplicarse a las decisiones de la vida cotidiana que no se considerarían ambiciosas. Así que, permíteme sugerir la siguiente definición de la ambición: deseo intenso que conduce a la disposición de superar obstáculos para lograr un fin particular. Hay dos observaciones importantes que hacer aquí. Primero hay que notar la relación entre el «deseo» y el «fin». En segundo lugar, observa que la definición también incluye las palabras «superar obstáculos» y «lograr», las cuales indican que se requerirá un cierto grado de esfuerzo y que se emplearán medios en el proceso. Consideremos cada una de estas observaciones con más detalle.

DESEOS Y FINES
Todos nosotros tenemos deseos: deseos de la mente y de la carne. Desear es un aspecto de ser una criatura, un producto de tener mente y cuerpo. El problema es que el pecado distorsiona esta relación de varias maneras. Primero, el pecado genera deseos (codicias, antojos, pasiones) por fines incorrectos. Es decir, nuestra naturaleza pecaminosa distorsiona nuestro pensamiento de tal manera que deseamos alcanzar fines que no agradan a Dios (Stg 4:1-3).

En segundo lugar, el pecado distorsiona la proporción de la relación deseo-fin, llevándonos a desear incluso los fines correctos con un deseo desproporcionado (un deseo débil por las cosas que son mejores y un deseo intenso por lo mediocre o trivial). Recuerda las palabras de Jesús a los fariseos en Mateo 23:23:

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y estas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidar aquellas.

Por esta razón, necesitamos que la Escritura nos recuerde una y otra vez que debemos renovar nuestras mentes para valorar lo que Dios valora y odiar lo que Dios odia. Debemos entrenar nuestra mente (y por lo tanto nuestras emociones) para amar lo que Dios ama. Observa Romanos 12:2 ―«Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto»― y el Salmo 37:4 ―«Pon tu delicia en el SEÑOR, y Él te dará las peticiones de tu corazón»―.

MEDIOS
La segunda parte de la definición de la ambición es el uso de medios para lograr los fines deseados. El pecado nos lleva a desvirtuar los medios revelados por Dios para lograr los fines; a menudo empleamos métodos pecaminosos para alcanzarlos. Sin embargo, los medios utilizados también deben estar de acuerdo con la Palabra de Dios. La Escritura está repleta de mandamientos y principios que nos guían en el uso de los medios, y nos dicen qué es lícito y qué no lo es. Incluso si el deseo es bueno y el fin agrada a Dios, no debemos emplear medios ilícitos para satisfacer ese deseo. Podríamos desear tener un hijo, y eso sería agradable a Dios, pero secuestrar al bebé de alguien como un medio para lograr este fin resultaría pecaminoso.

IMPLICACIONES DE LA AMBICIÓN PIADOSA
Entonces, juntemos estas observaciones y construyamos una perspectiva bíblica de la ambición. Primero, debemos tener ambiciones piadosas. Pablo se describe a sí mismo como ambicioso y nuestro Señor ciertamente fue ambicioso (según nuestra definición anterior) para cumplir Su llamado como Profeta, Sacerdote y Rey. En segundo lugar, la ambición piadosa requiere deseos que estén relacionados correctamente con fines justos. En tercer lugar, la ambición piadosa emplea medios justos para lograr esos fines. Pero ¿cómo desarrollamos una ambición piadosa?

DISCIPLINA, DEBER Y DESEO
Primero, debemos reconocer e implementar las herramientas que Dios nos da. Pablo escribe en 1 Timoteo 4:7: «Disciplínate a ti mismo para la piedad». Necesitamos entender que la disciplina tiene un papel en la vida de cada cristiano para que este supere la pereza y trabaje con el fin de crecer en la piedad.

En segundo lugar, está el deber. Muchos cristianos se estremecen cuando se menciona la palabra deber. Pero el deber debe entenderse como un medio para lograr un fin. El deber es la obediencia disciplinada con miras a desarrollar amor por lo que se practica. El deber es la práctica de deleitarse en lo que deleita a Dios hasta que experimentamos ese deleite verdadero. Mi esposa y yo hemos asignado quehaceres a nuestros hijos, y a menudo se resisten a hacerlos, pero nuestro objetivo es ayudarlos a desarrollar amor por el orden y el trabajo, de tal manera que el deber subyacente les resulte secundario. La disciplina y el deber son caminos hacia el deleite.

IDENTIDAD Y AMBICIÓN CRISTIANA
Otra manera de crecer en la ambición piadosa es que los cristianos comprendan su identidad, su posición y su propósito.

En cuanto a su posición, todo cristiano debería tener un entendimiento bíblico y claro de la naturaleza de su ciudadanía en el Reino de Dios. Entender que somos hijos del Creador y que estamos en pacto con Él es fundamental para comprender quiénes somos. Reflexionar en las prioridades del Reino y el juicio final nos ayudará a forjar una ambición piadosa.

Además de comprender quiénes somos (posición), necesitamos saber por qué somos (propósito). Al principio de la creación, Dios les dice a Adán y Eva lo que deben hacer; a eso lo llamamos el mandato de la creación (Gn 1:28). Estamos llamados a ser fructíferos y multiplicarnos. Lamentablemente, muchos de los que profesan a Cristo han menoscabado la responsabilidad de casarse y tener hijos. En la cultura moderna, ambas cosas se consideran difíciles e incluso contraproducentes para la libertad y el gozo personal. Pero los que buscan cumplir su destino autodesignado en oposición a los propósitos originales de Dios cuando creó la humanidad son como un tren que quiere liberarse de sus rieles. Como cristianos, debemos resistir esta corriente y considerar el matrimonio como un regalo de Dios. A menos que tengamos el llamado excepcional a la soltería específicamente por causa del ministerio, debemos tener la ambición de casarnos, tener hijos y criar familias piadosas.

El mandato de ejercer dominio sobre el planeta aborda el tema de la vocación, del llamado. ¿Consideras que de alguna manera tu trabajo forma parte de ese mandato? Deberías considerarlo así si es un trabajo legítimo. Y cuando en verdad ves tu trabajo como parte del plan de Dios, de Su panorama general, entonces tu ambición de hacer las cosas bien y tener éxito debería crecer.

Los mandatos anteriores se relacionan con la familia y el ámbito civil, pero Dios además nos colocó en la Iglesia. Al hacerlo, también nos prescribe el papel que debemos desempeñar en nuestro llamamiento como hermanos y hermanas. Dios le da dones espirituales a cada creyente (Rom 12; 1 Co 12; Ef 4; 1 Pe 4), mediante los cuales nos ministramos los unos a los otros. También se nos ha dado el mandato de ir al mundo, proclamar el evangelio (Mr 16:15) y hacer «discípulos de todas las naciones» (Mt 28:19). Ambos énfasis, el del ministerio interno en la Iglesia y el de la proclamación externa al mundo, son esenciales para la ambición y la práctica cristiana piadosa.

Pablo escribió en 2 Corintios 5:9: «Ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables». Que esto también sea cierto de nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios.

Serie: Perfeccionismo y control

Planifica el futuro confiando en la provisión de Dios
Por Mike Emlet

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Dios es verdaderamente soberano, y yo soy verdaderamente responsable de vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. Él sostiene todas las cosas con la diestra de Su justicia (Is 41:10; Heb 1:3), y lo que yo hago con mis manos importa (Mt 5:30). Una cosa es afirmar que la soberanía de Dios y la responsabilidad humana son enseñanzas bíblicas, pero ¿cómo vivimos fielmente estas verdades de manera equilibrada en la vida diaria?

La realidad es que vivimos constantemente en la tensión empírica entre la soberanía de Dios y nuestra responsabilidad, entre el llamado a confiar y el llamado a actuar. Aquí hay un ejemplo trivial: configuré mi alarma para que me despertara esta mañana. Probablemente no juzgues eso como un acto de desconfianza total de la providencia de Dios. Hice planes. No asumí que Dios me despertaría sobrenaturalmente a las 5:30 a.m. Ese no fue un acto de incredulidad, sino una aceptación sabia de los medios secundarios. Por el otro lado, dependí de Dios para que me diera un sueño de calidad, mantuviera mi vida mientras dormía y conservara la precisión mecánica de mi despertador y la red eléctrica que lo alimenta. Estoy llamado a vivir en un mundo donde Dios es soberano y mis acciones en verdad importan.

¿PODER, PRESUNCIÓN O PRUDENCIA?
Pero es fácil desequilibrarse y pasar al «modo poder» o al «modo presunción». En el modo poder, nos hacemos cargo de nuestras vidas como si la responsabilidad humana fuera la totalidad de la ecuación. La planificación excesiva es común en este escenario. Hay una ausencia funcional de un Dios soberano; desde luego, reconocemos la soberanía de Dios, pero en la práctica no afecta nuestra vida diaria. Por el otro lado, hay un énfasis excesivo en las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la ansiedad, el miedo, el control excesivo, la responsabilidad excesiva, el perfeccionismo y la ira. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de nosotros.

En el modo presunción, soltamos nuestras vidas como si la soberanía de Dios fuera la totalidad de la ecuación. Es común que haya poca o nula planificación. Aquí hay un énfasis exacerbado en la soberanía de Dios, pero una ausencia funcional de las causas secundarias. Como resultado de estos desequilibrios, podemos vernos tentados a la pereza, la pasividad, el estoicismo, el fatalismo y la indecisión. ¿Por qué? Porque creemos que todo depende de Dios.

Las Escrituras se mantienen alejadas de ambos extremos. No estamos llamados a vivir en nuestro propio poder ni con presunción. La Palabra de Dios ofrece una alternativa: la prudencia. La prudencia implica una planificación sabia y abundante en oración. Se caracteriza por una visión sólida de la soberanía y la providencia de Dios: Él es responsable. Además, mantiene un énfasis adecuado en las causas secundarias: yo también soy responsable. Vemos este énfasis dual en toda la Biblia. Una y otra vez, la Escritura nos llama a confiar en el cuidado providencial de Dios y a planificar bien y trabajar duro en varias esferas de la vida. Quiero profundizar en un área específica: la provisión material para nosotros y nuestras familias mientras confiamos nuestras labores al cuidado del Señor.

LA PROVISIÓN MATERIAL
Un aspecto inherente de nuestro papel como portadores de la imagen de Dios es que participamos en trabajos significativos. Dios plantó el huerto del Edén, pero Adán debía cultivarlo y cuidarlo (Gn 2:8, 15). Si bien la caída hizo que el trabajo fuera fatigoso (3:17-19), trabajar para mantenernos a nosotros mismos, a nuestras familias y a otras personas en necesidad sigue siendo una norma para nosotros.

Incluso en el desierto, cuando Dios proveyó maná de manera milagrosa para los israelitas, ellos estaban llamados a recogerlo y prepararlo todos los días de acuerdo con Su voluntad y mandamientos revelados (Ex 16). Recogían lo suficiente para cada día todas las mañanas, excepto el sexto día, cuando Dios proveía una porción doble porque debían descansar el séptimo día. Los que desconfiaron de la provisión de Dios (ya sea tratando de guardar algo de maná durante la noche en un día laboral o saliendo a recogerlo el día de reposo) experimentaron la reprensión de Dios. Dios proveyó soberanamente, y el pueblo respondió en la obra práctica de la obediencia, administrando lo que Él proveyó. Nuestro trabajo es importante, pero está basado en la obra providencial de Dios.

En nuestro papel como mayordomos, Dios nos advierte sobre la pereza que conduce a la pobreza (Pr 6:6-11), nos dice que trabajemos tranquilamente y nos ganemos la vida (1 Tes 4:11-12; 2 Tes 3:6-12) y nos exhorta a proveer para los miembros de nuestra casa (1 Tim 5:8) y los necesitados (Ef 4:28). Incluso el apóstol Pablo trabajó duro como fabricante de tiendas a fin de no ser una carga para sus iglesias incipientes (Hch 18:3; 1 Tes 2:9).

Al mismo tiempo, Dios llama a Su pueblo a recordar que Él es Su proveedor supremo. Cuando los israelitas llegaron a Canaán, la provisión milagrosa de Dios se detuvo y debieron hacer el trabajo de cultivar la tierra (Ex 16:35). Sin embargo, Dios advirtió: «No sea que digas en tu corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza”. Pero acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas» (Dt 8:17-18). Solo podemos lograr lo que Él nos permite (Sal 127:1-2). Además, Jesús nos recuerda que no debemos estar ansiosos por las provisiones materiales porque el Padre cuida de nosotros, conoce nuestras necesidades y ya nos ha dado el mayor regalo de todos: Su Reino (Lc 12:22-32). Como resultado, Jesús nos anima a ser generosos con nuestras posesiones materiales, confiando en la provisión de nuestro Padre (vv. 33-34).

Por lo tanto, es correcto considerar las necesidades materiales de nuestra familia, presupuestar de acuerdo a ellas y trabajar diligentemente. Abre un plan de ahorro universitario si puedes. Aparta dinero en una cuenta de jubilación individual. Ahorra para el techo nuevo o la remodelación de la cocina. Pero, por otro lado, no acumules tus posesiones de manera autoprotectora, impulsado por el orgullo, el miedo o la codicia, como se describe en la parábola del rico necio relatada por Jesús (vv. 13-21).

PLANIFICA BIEN Y SÉ FLEXIBLE
Dios no nos llama a vivir en nuestro propio poder ni presumiendo neciamente de Su providencia, sino en una prudencia sabia y equilibrada. Haz planes, pero sé flexible. Vive de acuerdo con la voluntad revelada de Dios, encomendándote a ti y a tus seres queridos a Sus planes soberanos. Santiago 4:13-15 refleja bien esta dinámica:

Oigan ahora, ustedes que dicen: Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

Debemos esperar que, en ocasiones, Dios cambie drásticamente nuestros planes y seamos llamados a someternos humildemente a Sus propósitos amorosos y buenos.

¿Cómo puedes saber si estás perdiendo el equilibrio? Primero, busca la sobrecarga de tu corazón: las tentaciones y los estilos de vida específicos que mencioné anteriormente, asociados con un énfasis excesivo en la responsabilidad humana o en la soberanía de Dios. En segundo lugar, presta atención a tu vida de oración. Si es anémica, estás diciendo (funcionalmente, al menos) que tu propia planificación y acciones son lo que en realidad importa (modo poder) o que en verdad no importa lo que hagas (incluso en la oración) porque Dios simplemente hará lo que hará (modo presunción).

Lo que hacemos importa. En ningún caso presuponemos que Dios obrará al margen de nuestra agencia. Al contrario, considerando nuestros propios planes con humildad, reconocemos que: «Muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del SEÑOR permanecerá» (Pr 19:21). Solo Él puede decir: «Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá» (Is 14:24). Y esa es una buena noticia. Los propósitos soberanos e infalibles de Dios nos dan libertad y valor para soñar, hacer planes, trabajar duro, fracasar con valentía, triunfar humildemente y volver a buscar Su rostro.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Mike Emletpropo
El Dr. Mike Emlet es profesor de la Christian Counseling & Educational Foundation Fundación de Consejería y Educación Cristiana. Es autor de CrossTalk [Conversaciones sobre la cruz] y Descriptions and Prescriptions [Descripciones y prescripciones].

Una teología de la familia

Motivos para la adoración familiar
J. Merle D’Aubigne (1794-1872)
“Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. —Josué 24:15
“Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea la suya”. —Números 23:10


Hemos dicho, hermanos míos, en una ocasión anterior, que si queremos morir su Muerte, debemos vivir su Vida. Es cierto que hay casos en los que el Señor muestra su misericordia y su gloria a los hombres que ya se encuentran en el lecho de muerte y les dice como al ladrón en la cruz: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). El Señor sigue dándole a la Iglesia ejemplos similares de vez en cuando. Y lo hace con el propósito de exhibir su poder soberano por el cual, cuando le agrada hacerlo así, puede quebrantar el más duro de los corazones y convertir a las almas más apartadas de Dios para mostrar que todo depende de su gracia y que tiene misericordia de quien tiene misericordia. Con todo, estas no son sino raras excep- ciones de las que no pueden depender en absoluto y, mis queridos oyentes, si desean morir la muerte del cristiano, deben vivir la vida del cristiano. Sus corazones deben estar verdade- ramente convertidos al Señor; verdaderamente preparados para el reino y confiar sólo en la misericordia de Cristo deseando ir a morar con Él. Ahora, amigos míos, existen varios me- dios por los cuales pueden prepararse en vida para obtener, un día futuro, un bendito final. Y es en uno de estos medios más eficaces en el que queremos reflexionar ahora. Este medio es la adoración familiar; es decir, la edificación diaria que los miembros de una familia cristiana pueden disfrutar mutuamente. “Pero yo y mi casa [le dijo Josué a Israel] serviremos a Jehová” (Jos. 24:15). Deseamos hermanos, darles los motivos que deberían inducirnos a resolver lo mismo que Josué y las directrices necesarias para cumplirlo.

¿Por qué la adoración familiar?

  1. Para darle gloria a Dios
    Sin embargo, hermanos míos, si el amor de Dios está en sus corazones y si sienten que por haber sido comprados por precio, deberían glorificar a Dios en sus cuerpos y sus espíritus, que son de Él, ¿hay otro lugar aparte de la familia y el hogar en el que prefieren glorificarle? A ustedes les gusta unirse con los hermanos para adorarle públicamente en la iglesia; les agrada derramar su alma delante de Él en el lugar privado de oración. ¿Será que en la presencia de ese ser con el que hay una unión para toda la vida, hecha por Dios, y delante de los hijos es el único lugar donde no se puede pensar en Dios? ¿Será tan solo que no tienen bendiciones que atribuirle? ¿Será tan solo que no tienen que implorar por misericordia y protección? Se sienten libres para hablar de todo cuando están con la familia; sus conversaciones tocan mil asuntos diferentes; ¡pero no cabe lugar en sus lenguas y en sus corazones para una sola pa- labra sobre Dios! ¿No alzarán la mirada a Él como familia, a Él que es el verdadero Padre de sus familias? ¿No conversará cada uno de ustedes con su esposa y sus hijos sobre ese Ser que un día tal vez sea el único Esposo de su mujer y el único Padre de sus hijos? El evangelio es el que ha formado la sociedad doméstica. No existía antes de él; no existe sin él. Por tanto, pa- recería que el deber de esa sociedad, llena de gratitud hacia el Dios del evangelio, fuera estar particularmente consagrada a él. A pesar de ello, hermanos míos, ¡cuántas parejas, cuántas familias hay que son cristianas nominales28 y que incluso sienten algún respeto por la religión y no nombran nunca a Dios! ¡Cuántos ejemplos hay en los que las almas inmortales que han sido unidas nunca se han preguntado quién las unió y cuáles serán su destino futuro y sus objetivos! ¡Con cuánta frecuencia ocurre que, aunque se esfuerzan por ayudarse el uno al otro en todo lo demás, ni siquiera piensan en echarse una mano en la búsqueda de lo único que es necesario, en conversar, en leer, en orar con respecto a sus intereses eternos! ¡Esposos cristianos! ¿Acaso sólo deben estar unidos en la carne y por algún tiempo? ¿No es también en el espíritu y para la eternidad? ¿Son ustedes seres que se han encontrado por accidente y a quienes otro accidente, la muerte, pronto separará? ¿No desean ser unidos por Dios, en Dios y para Dios? ¡La fe cristiana29 uniría sus almas mediante lazos inmortales! Pero no los rechacen; más bien al contrario, estréchenlos cada día más, adorando juntos bajo el techo doméstico. Los viajantes en el mismo vehículo conversan sobre el lugar al que se dirigen. ¿Y no conversarán ustedes, compañeros de viaje al mundo eterno, sobre ese mundo, del cami- no que conduce a él, de sus temores y de sus esperanzas? Porque muchos andan —dice San Pablo— como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo (Fil. 3:18) porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3:20).
  1. Para proteger a los hijos del pecado
    Si tienen el deber de estar comprometidos con respecto a Dios en sus hogares y esto para su propio bien, ¿no deberían también estar comprometidos por amor a los que forman su familia, cuyas almas han sido encomendadas a su cuidado y, en especial, por sus hijos? Les preocupa en gran extremo la prosperidad de ellos, su felicidad temporal; ¿pero no hace esta preocupación que el descuido de ustedes por su prosperidad eterna y su felicidad sea aún más palpable? Sus hijos son jóvenes árboles que les han sido confiados; el hogar es el vivero donde deberían de crecer y ustedes son los jardineros. ¡Pero oh! ¿Plantarán esos jóvenes árboles tier- nos y preciosos en una tierra estéril y arenosa? Y sin embargo es lo que están haciendo, si no hay nada en el hogar que los haga crecer en el conocimiento y el amor de su Dios y Salvador. ¿No están ustedes preparando para ellos una tierra favorable de la que puedan derivar savia y vida? ¿Qué será de sus hijos en medio de todas las tentaciones que los rodearán y los arras- trarán al pecado? ¿Qué les ocurrirá en esos momentos turbulentos en los que es tan necesario fortalecer el alma del joven con el temor de Dios y, así, proporcionarle a esa frágil barca el lastre necesario para botarla sobre el inmenso océano?
    ¡Padres! Si sus hijos no se encuentran con un espíritu de piedad en el hogar, si por el con- trario, el orgullo de ustedes consiste en rodearlos de regalos externos, introduciéndolos en la sociedad mundana, permitiendo todos sus caprichos, dejándoles seguir su propio curso, ¡los verán crecer como personas superficiales, orgullosas, ociosas, desobedientes, insolentes y extravagantes! Ellos los tratarán con desprecio y cuanto más se preocupen ustedes por ellos, menos pensarán ellos en ustedes. Este caso se ve con mucha frecuencia; pero pregúntense a ustedes mismos si no son responsables de sus malos hábitos y prácticas. Y sus conciencias responderán que sí, que están comiendo ahora el pan de amargura que ustedes mismos han preparado. ¡Ojalá que la consciencia les haga entender lo grande que ha sido su pecado con- tra Dios al descuidar los medios que estaban en su poder para influir en los corazones de sus hijos y pueda ser que otros queden advertidos por la desgracia de ustedes! No hay nada más eficaz que el ejemplo de la piedad doméstica. La adoración pública es, a menudo, demasiadovaga y general para los niños, y no les interesa suficientemente. En cuanto a la adoración en secreto, todavía no la entienden. Si una lección que se aprende de memoria no va acompa- ñada por nada más, puede llevarlos a considerar la fe cristiana como un estudio, como los de lenguas extranjeras o historia. Aquí como en cualquier otra parte e incluso más que en otro lugar, el ejemplo es más eficaz que el precepto. No se les debe enseñar que deben de amar a Dios a partir de un mero libro elemental, sino que deben demostrarle amor por Dios. Si observan que no se brinda adoración alguna a ese Dios de quien ellos oyen hablar, la mejor instrucción resultará ser inútil. Sin embargo, por medio de la adoración familiar, estas jóve- nes plantas crecerán “como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae” (Sal. 1:3). Los hijos pueden abandonar el techo parental, pero recordarán en tierras extrañas las oraciones que se elevaban en el hogar y esas plegarias los protegerán. “Si alguna… tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia” (1 Ti. 5:4).
  1. Para producir verdadero gozo en el hogar
    ¡Y qué delicia, qué paz, qué felicidad verdadera hallará una familia cristiana al erigir un altar familiar en medio de ellos y al unirse para ofrecer sacrificio al Señor! Tal es la ocupación de los ángeles en el cielo ¡y benditos los que anticipan estos gozos puros e inmortales! “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Sal. 133). ¡Oh qué nueva gracia y vida le propor- ciona la piedad a una familia! En una casa donde se olvida a Dios, hay falta de educación, mal humor e irritación de espíritu. Sin el conocimiento y el amor de Dios, una familia no es más que una colección de individuos que pueden sentir más o menos afecto natural unos por otros; pero falta el verdadero vínculo, el amor de Dios nuestro Padre en Jesucristo nuestro Señor. Los poetas están llenos de hermosas descripciones de la vida doméstica; ¡pero, desa- fortunadamente, qué distintas suelen ser las imágenes de la realidad! A veces existe falta de confianza en la providencia de Dios; otras veces hay amor a la riqueza; otras, una diferencia de carácter; otras, una oposición de principios. ¡Cuántas aflicciones, cuantas preocupaciones hay en el seno de las familias!
    La piedad doméstica impedirá todos estos males; proporcionará una confianza perfecta en ese Dios que da alimento a las aves del cielo; proveerá amor verdadero hacia aquellos con quienes tenemos que vivir; no será un amor exigente y susceptible, sino un amor misericor- dioso que excusa y perdona, como el de Dios mismo; no un amor orgulloso, sino humilde, acompañado por un sentido de las propias faltas y debilidades; no un amor ficticio, sino un amor inmutable, tan eterno como la caridad. “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos” (Sal. 118:15).
  1. Para consolar durante momentos de prueba
    Cuando llegue la hora de la prueba, esa hora que tarde o temprano debe llegar y que, en ocasiones, visita el hogar de los hombres más de una vez, ¡qué consuelo proporcionará la pie- dad! ¿Dónde tienen lugar las pruebas si no en el seno de las familias? ¿Dónde debería adminis- trarse, pues, el remedio para las pruebas si no en el seno de las familias? ¡Cuánta lástima debe dar una familia donde hay lamento, si no hay esa consolación! Los diversos miembros de los que se compone incrementan los unos la tristeza de los otros. Sin embargo, cuando ocurre lo contrario y la familia ama a Dios, si tiene la costumbre de reunirse para invocar el santo nom- bre de Dios de quien viene toda prueba y también toda buena dádiva, ¡cómo se levantarán las almas desanimadas! Los miembros de la familia que siguen quedando alrededor de la mesa sobre la que está el Libro de Dios, ese libro donde encuentran las palabras de resurrección, vida e inmortalidad, donde hallan promesas seguras de la felicidad del ser que ya no está en medio de ellos, así como la justificación de sus propias esperanzas. Al Señor le complace enviarles al Consolador; el Espíritu de gloria y de Dios viene sobre ellos; se derrama un bálsamo inefable30 sobre sus heridas y se les da mucho consuelo; se trans- mite la paz de un corazón a otro. Disfrutan momentos de felicidad celestial: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Sal. 23:4). “Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol… Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal. 30:3, 5).
  1. Para influir en la sociedad
    ¿Y quién puede decir, hermanos míos, la influencia que la piedad doméstica podría ejercer sobre la sociedad misma? ¡Qué estímulos tendrían todos los hombres al cumplir con su deber, desde el hombre de estado hasta el más pobre de los mecánicos! ¡Cómo se acostumbrarían todos a actuar con respeto, no sólo a las opiniones de los hombres, sino también al juicio de Dios! ¡Cómo aprendería cada uno de ellos a estar satisfecho con la posición en la que ha sido colocado! Se adoptarían buenos hábitos; la voz poderosa de la conciencia se reforzaría: La prudencia, el decoro, el talento, las virtudes sociales se desarrollarían con renovado vigor. Esto es lo que podríamos esperar, tanto para nosotros mismos como para la sociedad. La piedad tiene promesa en la vida que transcurre ahora y la que está por venir.

Tomado de “Family Worship” (Adoración familiar), disponible en Chapel Library.

J. H. Merle D’Aubigne (1794-1872): Pastor, catedrático de historia de la Iglesia, presidente y ca- tedrático de teología histórica en la Escuela de teología de Ginebra; autor de varias obras sobre la historia de la Reforma, incluido su famoso History of the Reformation of the Sixteenth Century (Historia de la Reforma del siglo XVI) y The Reformation in England (La Reforma en Inglaterra).

«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6)

Salmo 135
«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6).
Si Dios no fuese soberano sobre todo en el universo, entonces no ten- dríamos razones para confiar en Él y atesorar sus promesas. Seguro sería una deidad frustrada e infeliz. ¿Qué sentido tendría adorar a un «dios» incapaz de hacer lo que quiera? ¿Cómo seríamos felices en Él?
Pero el Dios verdadero sí es soberano. «El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (v. 6). La Biblia habla tanto sobre la soberanía de Dios, ¡que sería fácil pensar que este es Su atributo favorito!
La soberanía de Dios consiste en que Él tiene la autoridad y el poder para llevar a cabo todo aquello que Él quiere que ocurra.

Esta soberanía significa que cuando Dios obra algo, no fue porque alguien lo obligó a eso, sino porque Él quiso hacerlo. Y cuando Dios permite algo (trátese de un sufrimiento presente o cualquier otra cosa) fue porque en un sentido Él quiso que eso ocurriera conforme a sus propósitos.
En otras palabras, Dios está detrás de todo lo que pasa, ya sea obrándolo directamente para que ocurra u orquestándolo según sus buenos designios (que no comprendemos completamente desde este lado de la eternidad). Y lo hace de forma tal que Él nunca es au- tor del pecado y las cosas que están mal en el mundo (Stg. 1:13-17).
De manera específica, el Salmo 135 señala que Dios gobierna sobre la naturaleza y las naciones (v. 5-7, 10-12), y que Su soberanía está por encima de cualquier ídolo que tengamos (v. 5, 15-18). Los ídolos en este mundo no pueden hacer nada por nosotros, pero el Dios soberano sí. Al mismo tiempo, en el corazón de este salmo vemos también que Dios es soberano en sus hechos redentores a favor de sus escogidos (v. 4, 8, 12-14).
Esto debe inundarnos de esperanza cuando la duda y el temor nos golpean. Dios fue soberano a nuestro favor en la cruz, en la hora más decisiva de la historia y cuando todo parecía arruinado (Hech. 2:23; 4:27-28). Por lo tanto, aunque en nuestros momen- tos difíciles no tenemos todas las respuestas que quisiéramos, sí tenemos la certeza que más necesitamos: podemos confiar en que Dios gobierna todo en nuestras vidas para nuestro bien (Rom. 8:28, 32).

El gran predicador Carlos Spurgeon decía que la soberanía de Dios es la almohada sobre la que el cristiano puede reposar su cabeza. ¿Estás reposando en esta verdad?

El control de Dios y nuestra responsabilidad

Por Guy M. Richard

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

R.C. Sproul será recordado por muchas cosas, pero quizás la más importante de todas sea su visión elevada de Dios. Durante su vida, R.C. ayudó a iniciar una especie de reforma moderna que invitó a la Iglesia a abrazar lo que bien podría denominarse la «Deidad de Dios». Su ministerio, que continúa a través de la obra de la revista Tabletalk y Ministerios Ligonier, se basó en gran medida en la idea central de que si Dios no es soberano, entonces no puede ser Dios. R.C. nos recordaba frecuentemente que el sentido común demuestra que esta idea debe ser cierta. Es que si hubiera alguien o algo en el universo más poderoso o con más autoridad que Dios, entonces ese alguien o algo por definición sería Dios.

Sin embargo, el sentido común no es lo único que apunta en esta dirección; la enseñanza abrumadora de la Escritura ciertamente también lo hace. R.C. también nos recordaba eso con regularidad. De este modo, leemos en 1 Timoteo 6:15-16 que Dios es llamado el «único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible». En el Salmo 95:3 se nos dice que nada es más poderoso ni tiene más autoridad que Dios. Él es «Rey grande sobre todos los dioses». Nadie puede resistir Su voluntad (Rom 9:19), nadie puede detener Su Mano (Dn 4:35), Él reina sobre las naciones (Sal 22:28) y todos los reyes de la tierra están sujetos a Él (Sal 2).

Pero además, pasajes como Efesios 1:11 y Salmos 115:3 son útiles para demostrar que la soberanía no se trata únicamente de lo que Dios es, sino también de lo que Dios hace. Él es soberano y actúa soberanamente. Él «permanece para siempre» (Sal 9:7), «obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad» (Ef 1:11) y siempre hace «todo lo que le place» (Sal 115:3).

Aunque esta visión de Dios es tremendamente alentadora, nunca debería llevarnos a tener una actitud fatalista hacia la vida que nos haga negarnos a asumir la responsabilidad de nuestras acciones y decisiones. La Biblia dice con claridad que los seres humanos somos genuinamente responsables. Romanos 14:12, por ejemplo, nos dice claramente que cada ser humano «dará a Dios cuenta de sí mismo». Y la Escritura nos manda constantemente a arrepentirnos (Hch 17:30), creer (16:31), obedecer (Mt 28:20), ocuparnos en nuestra salvación (Flp 2:12), hacer el bien (Gal 6:9), poner nuestra mente en las cosas de arriba (Col 3:2), orar en todo tiempo (1 Tes 5:17) y hacer discípulos en todas las naciones (Mt 28:18). Estas cosas indican que nuestros pensamientos, palabras y acciones realmente importan.

Pero, ¿cómo conciliamos estas dos verdades? ¿Cómo es posible que Dios sea soberano a tal grado que todo lo que sucede ocurra «conforme al consejo de su voluntad», y que al mismo tiempo los seres humanos puedan ser genuinamente responsables por sus acciones y decisiones? Para responder a esta interrogante, los teólogos se han basado en dos distinciones principales. Por un lado, han distinguido entre la voluntad oculta y la voluntad revelada de Dios, y por el otro, han distinguido entre la causalidad primaria y la secundaria. Examinaremos cada una de ellas.

Cuando hablamos de la voluntad oculta de Dios, enfatizamos el hecho de que Dios sabe muchas cosas que tú y yo no sabemos. Nos referimos a lo que algunos han llamado Su voluntad decretiva, esa voluntad por la cual, en palabras de la Confesión de Fe de Westminster, Dios «ordena todo lo que acontece». Tú y yo no podemos conocer esta voluntad; está escondida de nosotros. Pero, afortunadamente, Dios no nos ha ocultado todo. Él nos ha revelado muchas cosas en Su Palabra y a través de ella, y estas cosas constituyen Su voluntad revelada para nuestras vidas. Puede que no sepamos lo que nos sucederá mañana, el próximo mes o el próximo año, pero sí sabemos que debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mr 12:29-31). Sabemos que no debemos tener otros dioses delante de Él (Ex 20:3). Y sabemos que debemos obedecer todo lo que Dios nos ha mandado (Mt 28:20). Estas cosas nos han sido reveladas claramente. Como dice Deuteronomio 29:29, las cosas ocultas o «secretas pertenecen al SEÑOR nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre».

Por lo tanto, como R.C. solía decir con franqueza, la soberanía de Dios, en cierto sentido, «no es asunto nuestro». Necesitamos dejar que Dios sea Dios. Necesitamos dejar que Él se preocupe por lo que sucederá o dejará de suceder. Nuestro deber no es prestar atención a las cosas ocultas o secretas de Dios, sino a las que son reveladas. Nuestras acciones y decisiones, en cuanto son regidas por la Palabra de Dios, son las que «nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre».

Hechos 27:13-44 presenta un precedente interesante acerca de la voluntad oculta y la voluntad revelada de Dios, y el modo en que la soberanía divina opera junto con la responsabilidad humana. En este pasaje, Dios le revela a Pablo algo que normalmente sería parte de Su voluntad oculta. En medio de una feroz tormenta en el mar en la que fueron «abandonando toda esperanza» (v. 20) de salvarse, Dios le dice a Pablo que no perecerá en la tormenta y que tanto él como todos los demás a bordo del barco saldrían con vida. Pero, incluso con este conocimiento de la voluntad oculta de Dios, Pablo igualmente les ordena a los soldados a bordo que eviten que los marineros abandonen el barco cuando intentan escapar en el bote salvavidas (vv. 30-31); de todas maneras insta a «todos» a comer algo de alimento para preservar sus vidas (vv. 33-34), y el centurión de todos modos se anticipa a los planes de los soldados, que eran matar a Pablo y al resto de los prisioneros, liberando tempranamente a los presos (vv. 42-44).

Lo interesante en este caso es que tanto Pablo como el centurión conocen la voluntad oculta de Dios. Ambos saben que Dios ha decretado la supervivencia de todos los del barco (v. 21). Pablo, al menos, confía en que el decreto de Dios se cumplirá en sus vidas y que todos se salvarán. Sin embargo, a pesar de esta confianza, Pablo y el centurión se comportan como si sus acciones y decisiones realmente importaran. La explicación más probable para esto es que por lo menos Pablo debe haber entendido que la voluntad decretiva de Dios se cumpliría en y a través de sus acciones y decisiones, y las del centurión. La soberanía de Dios, en lugar de hacer que sus acciones y decisiones sean innecesarias, las emplea y las usa para lograr exactamente lo que Dios quiere que suceda.

Y eso nos lleva a la segunda distinción que queremos hacer: entre la causalidad primaria y secundaria. Cuando nos referimos a Dios como la causa principal o última de todas las cosas, simplemente estamos reconociendo que Dios es soberano y que actúa soberanamente. Estamos diciendo que nada lo toma por sorpresa, que nada sucede por accidente, que no hay una «molécula suelta» ni una fuerza suelta en el universo que esté más allá del poder y control de Dios, y que todo lo que sucede es parte de la voluntad decretiva de Dios.

Pero aunque Dios es la causa primaria o final de todo lo que sucede, no es la única causa. En Hechos 27, por ejemplo, vemos varias causas secundarias por las que Pablo y los demás se salvan. Vemos que Pablo advierte al centurión y a los soldados que mantengan a los marineros a bordo, vemos que el centurión y los soldados cortan la cuerda del bote salvavidas, vemos que Pablo exhorta a la gente a comer y vemos que el centurión frustra el plan de los soldados de matar a los prisioneros. Ninguna de estas causas es la fundamental, porque solo Dios es la causa fundamental de todas las cosas. Sin embargo, todas son causas secundarias; son medios que Dios usa para cumplir Sus propósitos. Y también son causas reales, como se evidencia en la advertencia de Pablo a los soldados: «Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros» (v. 31).

R.C. Sproul pasó su vida invitándonos a abrazar la «Deidad» de Dios, junto con los muchos beneficios que la acompañan, y al mismo tiempo nos desafió a vivir de acuerdo con la voluntad revelada de Dios. R.C. sabía que nuestras acciones y decisiones realmente importan. Sabía que el soberano y glorioso Dios del universo realmente cumple Sus propósitos perfectos en y a través de nuestras acciones y decisiones imperfectas. Y, por eso, sabía que el ahora en verdad cuenta para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy M. Richard
El Dr. Guy M. Richard es director ejecutivo y profesor adjunto de teología sistemática en el Seminario Teológico Reformado de Atlanta. Es autor de varios libros, entre ellos Baptism: Answers to Common Questions [El bautismo: Respuestas a las preguntas más comunes].

La humildad en la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias

SERIE: El orgullo y la humildad

Por Thomas R. Schreiner

Nota del editor:Este es el décimo y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

C.S. Lewis dijo famosamente: «Si pensais que no sois vanidosos, es que sois vanidosos de verdad». Ciertamente, eso se aplica a la humildad: si crees que eres humilde, probablemente estés saturado de orgullo. En este artículo, consideraremos brevemente cómo la oración, el arrepentimiento y la acción de gracias están relacionados con la humildad.

Oración y humildad
¿Cómo se relaciona la oración con la humildad? Podemos responder a esa pregunta considerando la naturaleza de la oración. Cuando oramos, expresamos nuestra completa dependencia de Dios. La oración reconoce lo que Jesús dijo en Juan 15:5: «separados de mí nada podéis hacer». Cuando oramos y pedimos ayuda a Dios, estamos admitiendo que no somos «suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios» (2 Co 3:5). La oración testifica que somos «pobres en espíritu» (Mt 5:3), que no somos fuertes sino débiles, y que, como dice el himno, «te necesitamos cada hora». Una de las oraciones más humildes del mundo es: «Ayúdame, Señor». Recordamos la oración sencilla de la mujer cananea cuando todo parecía estar en su contra. Ella clamó a Jesús: «¡Señor, socórreme!» (Mt 15:25). La oración es humilde porque, cuando oramos, estamos diciendo que Dios es misericordioso y poderoso, que Él es sabio y soberano y que Él sabe mucho mejor que nosotros lo que es mejor para nosotros.

Arrepentimiento y humildad
No es difícil entender que el arrepentimiento —admitir que estábamos equivocados y prometer vivir de una manera nueva— no es posible sin humildad. El orgullo muestra su horrible cabeza cuando nos negamos a admitir que estamos equivocados, cuando nos negamos a decir que lo sentimos, cuando nos negamos a arrepentirnos. El mejor ejemplo de esta verdad es la parábola del fariseo y recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Jesús nos dice que el fariseo se ensalzó a sí mismo (v. 14) y confió en sí mismo (v. 9), y por lo tanto no sintió ninguna necesidad de arrepentirse. En cambio, se hizo notar a todo el mundo y se jactó ante Dios de su bondad y justicia. Su orgullo se manifestó en su afirmación de que era moralmente superior a otras personas, y nosotros caemos en esta misma trampa cuando nos comparamos con otros cristianos o incluso con no cristianos y nos sentimos orgullosos por nuestra justicia.

El recaudador de impuestos, sin embargo, era verdaderamente humilde, y Jesús dijo que los humildes serían exaltados (v. 14). Al igual que el apóstol Pablo en Romanos 7:24, se sintió miserable en la presencia de Dios, y expresó esa miseria a través del arrepentimiento, al pedirle a Dios que fuera misericordioso con él como pecador (Lc 18:13). Vemos la misma conexión entre la humildad y el arrepentimiento en la parábola del hijo pródigo. El hijo menor muestra su humildad al confesar su pecado y reconocer que no era digno de ser el hijo de su padre (15:21). La verdadera humildad existe cuando sentimos que somos el primero de los pecadores (1 Tim 1:15), cuando vemos rebelión y justicia propia en nuestros corazones y nos volvemos a Dios por medio de Jesucristo para purificación y perdón.

Acción de gracias y humildad
Puede que no pensemos a primera vista que la acción de gracias y la humildad están relacionadas, pero en verdad hay una relación profunda. El pecado raíz, como nos dice Romanos 1:21, es no glorificar a Dios ni darle gracias. Pensemos en un ejemplo de acción de gracias y humildad. Las Escrituras nos dicen que demos gracias antes de participar de la comida, y al hacerlo confesamos la bondad de Dios hacia nosotros (1 Tim 4:3-4). Escuché de un cristiano que asistía regularmente a la iglesia, y había invitado a comer a su casa a un predicador que había venido de visita a su iglesia. Le dijo al predicador que la familia no oraba antes de comer, diciendo: «Trabajamos duro por nuestra comida, por lo que no tiene sentido agradecer a Dios por lo que trabajamos para adquirir». No reconoció el verdadero estado de las cosas; el hecho de que no quisiera orar era una expresión de su orgullo. No se daba cuenta de la verdad de Deuteronomio 8:18, de que «el Señor tu Dios… es el que te da poder para hacer riquezas». Cuando estamos agradecidos, alabamos a nuestro gran Dios porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto» (Stgo 1:17). Reconocemos que no hay razón para jactarnos de cualquier cosa porque todo lo que tenemos es un don de Dios (1 Co 4:8), que Él es el que suple todas nuestras necesidades (Flp 4:19). Ya sea que estemos hablando de oración, arrepentimiento o acción de gracias, estamos diciendo en todos los casos que somos niños y que dependemos de nuestro buen Padre para todo, y ese es el corazón y el alma de la humildad.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas R. Schreiner
El Dr. Thomas R. Schreiner es el Profesor James Buchanan Harrison de Interpretación del Nuevo Testamento, profesor de teología bíblica y decano asociado de la escuela de teología del Seminario Teológico Bautista del Sur en Louisville, Ky. Es autor de numerosos libros, entre ellos Spiritual Gifts [Dones espirituales].

Lo que Dios es para las familias

Serie:Una teología de la familia

Lo que Dios es para las familias
Thomas Doolittle (1632 – c. 1707)

Propuesta 1
Dios es el Fundador de todas las familias; por tanto, estas deberían orar a Él. La sociedad familiar suele estar formada por estas tres combinaciones: Marido y mujer, padres e hijos, amos y siervos, aunque puede haber una familia donde esto no sea así, aun estando dentro de estos parámetros, todas estas combinaciones son de Dios. La institución de marido y mujer viene de Dios (Gn. 2:21-24) y también la de padres e hijos, y amos y siervos. La autoridad de uno sobre otro y la sujeción del otro al uno están instituidas por Dios y fundadas en la ley de la naturaleza, que es la ley de Dios. Él no sólo creó a las personas consideradas por separado, sino también a esta sociedad. Y, así como la persona individual está sujeta a dedicarse al servi- cio de Dios y orar a Él, así también la sociedad familiar está sujeta conjuntamente a lo mismo, porque la sociedad es de Dios. ¿Acaso ha designado Dios a esta sociedad sólo para el consuelo mutuo de sus miembros o del conjunto de la familia, o también para que el grupo mismo le brinde su propia gloria? ¿Y puede darle gloria a Dios esta sociedad familiar si no le sirve y ora a Él? ¿Le ha dado Dios autoridad a aquel que manda y gobierna, y al otro el encargo de obedecer, sólo en referencia a las cosas mundanas y no en las espirituales? ¿Puede ser el con- suelo de la criatura el fin supremo de Dios? No; el fin es su propia gloria. ¿Acaso alguien, por la autoridad de Dios y el orden de la naturaleza, es el paterfamilias25, “el amo de la familia”, así llamado en referencia a sus sirvientes y también a sus hijos, por el cuidado que debería tener de las almas de los siervos y de que adoren a Dios con él, como también lo hacen sus hijos? ¿No debería mejorar el poder que ha recibido de Dios sobre todos ellos, para Él y para el bienestar de las almas de ellos, llamándolos conjuntamente a adorar a Dios y a orarle? Que juzguen la razón y la fe.


Propuesta 2
Dios es el Dueño de nuestras familias; por tanto, deberíamos orarle a Él, que es nuestro Dueño y Propietario absoluto; no sólo por la supereminencia27 de su naturaleza, sino tam- bién por medio del derecho de creación al habernos dado el ser y todo lo que tenemos. No- sotros mismos y todo lo que es nuestro (siendo nosotros y lo nuestro más suyo que nuestro), estamos incuestionablemente sujetos a entregarnos a Dios en lo que pudiéramos ser más útil para el interés y la gloria de nuestro Dueño. ¿De quién son, pues, sus familias, sino de Dios? ¿Desmentirán ustedes a Dios como Dueño suyo? Aunque lo hicieran, en cierto modo siguen siendo suyos, a pesar de que no sería mediante la resignación ni consagrándose por completo a Él. ¿De quién prefieren que sean sus familias, de Dios o del diablo? ¿Tiene el diablo algún derecho a sus familias? ¿Servirán estas al diablo que no tiene derecho alguno sobre ustedes ni sobre la creación, la preservación o la redención? ¿Y no servirán ustedes a Dios que, por medio de todo esto, tiene derecho sobre ustedes y una propiedad absoluta y completa en us- tedes? Si dicen que sus familias son del diablo, sírvanle a él. Pero si afirman que son de Dios, entonces sírvanle a Él. ¿O acaso dirán: “Somos de Dios, pero serviremos al diablo”? Si no lo dicen, pero lo hacen, ¿no es igual de malo? ¿Por qué no se avergüenzan de proceder así y sí se abochornan de hablar y decirle al mundo lo que hacen? Hablen, pues, en el temor de Dios. Si sus familias como tales son de Dios, ¿no sería razonable que le sirvieran y le oraran a Él?


Propuesta 3
Dios es el Amo y Gobernador de sus familias; por tanto, como tales, ellas deberían servirle y orar a Él. Si Él es su Dueño, también es su Soberano y, ¿acaso no le da leyes por las que cami- nar y obedecer, no sólo como personas particulares, sino también como sociedad combinada? (Ef. 5:25-33; 6:1-10; Col. 3:19-25; 4:1). ¿Es, pues, Dios el Amo de su familia, y no debería ésta servirle? ¿Acaso no le deben obediencia los súbditos a sus gobernantes? “El hijo honra al pa- dre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?” (Mal. 1:6). Sí, ¿dónde? Desde luego no en las familias impías que no oran.


Propuesta 4
Dios es el Benefactor de sus familias, por tanto, deberían servir a Dios en oración y ala- banza a Él. Dios no los hace buenos y les da misericordias como personas individuales sola- mente, sino también como una sociedad conjunta. ¿No es la continuidad del padre de familia una merced hacia toda la familia y no sólo hacia él? ¿No es la continuidad de la madre, los hijos y los siervos en vida, salud y existencia, una clemencia para toda la familia? Que tengan ustedes una casa donde vivir juntos y comida para compartir en familia ¿no son para ustedes misericordias familiares? ¿No clama esto a gritos en sus oídos y su consciencia para que den gracias, juntos, a su espléndido Benefactor, y para orar todos por la continuidad de estos así como para que se concedan más cosas según las vayan necesitando? No tendría fin declarar de cuántas formas Dios es el Benefactor de sus familias de manera conjunta y serán ustedes unos desvergonzados si no le alaban juntamente por su generosidad. Una casa así es más una pocilga de cerdos que una morada de criaturas racionales.
¿No llamará Dios a dar cuentas a estas familias que no oran como lo hizo en Jeremías 2:31? “¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a ti?”. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? Hablen familias impías que no oran. ¿Se ha olvidado Dios de ustedes? ¡No! Cada bocado de pan [que] comen les dice que Dios no se olvida de ustedes. Cada vez [que] ven su mesa puesta y la comida sobre ella, comprueban que Dios no se olvida de ustedes. “Entonces, ¿por qué —dice Dios— no vendrá esta familia a mí? Cuando tienen con qué alimentar a sus hijos y estos no lloran pidiendo pan, [de manera que] el padre no se ve obligado a decir: “¡Te daría pan, hijo mío, pero no lo tengo!”. ¿Por qué no vienen a mí? Viven juntos y comen juntos a mis expensas, cuidado y custodia y, a pesar de ello, pasan los meses y nunca vienen a mí. Y que sus hijos estén en su sano juicio, tengan ropa, miembros, no hayan nacido ciegos ni tenido un nacimiento monstruoso, y les haya hecho bien de mil maneras, puede decir Dios, ¿por qué, pues, viven años enteros juntos y, sin embargo, no vie- nen a mí juntos? ¿Han encontrado a alguien más capaz o más dispuesto a hacerles el bien? Jamás lo hallarán. ¿Por qué son, pues, tan ingratos que no vienen a mí?”.
Saben cuando Dios es el Benefactor de las personas (y existe la misma razón para las fami- lias) y no le sirven, ¡qué monstruosa perversidad! Dios los ha mantenido a salvo en la noche y, sin embargo, por la mañana no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha preservado? ¡Vengan, vengan, alabémosle juntos!”. Dios les ha hecho bien a ustedes y a sus familias durante tantos años; pero no dicen: “¿Dónde está el Señor que ha hecho tan grandes cosas por nosotros? ¡Vengan! Reconozcamos juntos su misericordia”. Dios los ha acompañado en la aflicción y en la enfermedad de la familia: La plaga ha estado en la casa y, a pesar de ello, están vivos —la viruela y las ardientes fiebres han estado en sus casas y, con todo, ustedes siguen vivos—, su compañero/a conyugal ha estado enfermo/a y se ha recuperado; los niños casi han muerto y se han curado. Pero ustedes no dicen: “¿Dónde está el Señor que nos ha salvado de la tumba y nos ha rescatado del abismo para que no nos pudramos entre los muertos?”. Pero no oran a él ni alaban juntos a su maravilloso Benefactor. ¡Que se asombren de esto los muros mismos entre los cuales viven estos ingratos desgraciados! ¡Que tiemblen las vigas y las columnas de sus casas! ¡Que los travesaños mismos del suelo que pisan y sobre el que caminan se asusten horriblemente! ¡Porque aquellos que viven juntos en semejante casa se van a la cama antes de orar conjuntamente! ¡Que la tierra se sorprenda porque las familias que el Señor alimenta y mantiene son rebeldes y desagradecidas, y son peores que el buey mismo que conoce a su dueño y tienen menos entendimiento que el asno (Is. 1:2-3)!
De lo que se ha dicho razono de esta manera: Si Dios es el Fundador, Dueño, Gobernador y Benefactor de las familias, que estas le adoren conjuntamente y oren a Él.

Tomado de “How May the Duty of Family Prayer Be Best Managed for the Spiritual Benefit of Every One in the Family?” (¿Cómo puede el deber de la oración familiar ser mejor administrado para el bene- ficio espiritual de cada uno en la familia?), Puritan Sermons 1659-1689. Being the Morning Exercises at Cripplegate (Sermones puritanos 1659-1689. Estando en los ejercicios matutinos en Cripplegate), Vol. 2, Richard Owen Roberts, Editor.

Thomas Doolittle (1632 – c. 1707): Fue convertido siendo joven, tras leer el libro de Richard Baxter, The Saints’ Rest (El descanso de los santos); escritor de talento y predicador, y uno de los puritanos más conocidos de su tiempo. Nació en Kidderminster, Worcestershire, Inglaterra.

«Te exaltaré, mi Dios y Rey; por siempre bendeciré tu nombre» (Sal. 145:1).

«Te exaltaré, mi Dios y Rey; por siempre bendeciré tu nombre»
(Sal. 145:1).

Hay momentos en la vida donde no tenemos palabras para expresar nuestras emociones, momentos cuando tenemos sentimientos en lo más profundo de nuestro corazón que perdemos la habilidad de comunicar cómo nos sentimos. Sean alegrías o tristezas, nuestros corazones buscan y necesitan ayuda para expresarse. Donde las palabras faltan, la música nos ayuda. Victor Hugo lo explicó de esta manera: «La música expresa aquello difícil de explicar y sobre lo que es imposible guardar silencio». La fe cristiana siempre ha tenido afinidad con la música. Jonathan Edwards explicaba que «la mejor, más hermosa y perfecta forma que tenemos para expresar nuestra relación con Dios es a través de la música». El Salmo 145, obra de arte como tal, fue compuesto y diseñado para auxiliar nuestra memoria y nuestros corazones en dichos momentos.
Este salmo ha sido descrito como una joya que se destaca sobre los demás tesoros en los Salmos, ya que sirve como punto de referencia: de ahora en adelante nuestros cánticos serán aleluyas y más aleluyas. David hace hincapié en la grandeza de Dios y en la gracia que Él nos muestra al extender su mano para cuidar de nosotros y de Su creación. Hablando por experiencia, el autor nos dice que a diferencia de Dios quien puede examinar nuestros corazones y pensamientos, Su grandeza es inescrutable. Pero, no sea que busquemos excusa para abstenernos del conocimiento de Dios, David afirma que sus obras pueden ser contadas y sus hechos recordados. Spurgeon nos ayuda: «¡Qué Dios tan glorioso tenemos! ¡Cuán fácilmente satisface las necesidades de Su pueblo! Tan solo con abrir Su mano, y ya está. No debemos tener miedo de acudir a Él, como si nuestras necesidades fueran demasiado grandes para que Él las supla». Dios nos dice que Su gracia es suficiente. Aunque esta gracia nos proporciona el contexto para descubrir nuestras insuficiencias, las experiencias de debilidad, tristeza y confusión no nos separan del amor de Dios en Cristo. Más bien, nos recuerdan que Dios alcanzó lo más profundo de nuestros corazones y transformó tal abismo de corrupción por amor y misericordia. Por lo tanto, siempre tendremos razón y motivación en deleitarnos en sus obras: Su fidelidad, cuidado, amor y señorío. Este salmo provee llamados a la acción:
• Exaltaremos y bendeciremos Su nombre
• Celebraremos sus obras
• Meditaremos en sus hechos
• Proclamaremos la memoria de Su inmensa bondad
Cuando meditamos en Su palabra, postrémonos delante de Él, y al contemplar sus obras, especialmente la muerte de nuestro Señor Jesús, levantemos nuestras voces en Su presencia. Sean gratos los dichos de nuestras bocas y le meditación de nuestros corazones delante de Él.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

Expiación y propiciación

Por L. Michael Morales

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

En el mundo del primer siglo, la crucifixión romana no solo era una forma horrenda de tortura, reservada para las escorias más bajas de la clase criminal, sino que también estaba asociada con una verguenza extrema. No solo se eximía a los ciudadanos romanos de esta muerte humillante, sino que incluso se evitaba la palabra crucifixión en las reuniones sociales. En la mentalidad judía, la crucifixión se veía a través del lente de Deuteronomio 21:23, donde se declara que cualquiera que cuelgue de un árbol es maldecido por Dios (ver también Gal 3:13). Dada tal realidad, ¿cómo es que el apóstol Pablo, junto al resto de los autores del Nuevo Testamento, determinaron no saber nada más sino «a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2:2), incluso hasta exhibir públicamente a Jesús como crucificado en la predicación (Gal 3:1) y, verdaderamente, gloriarse en nada más excepto «en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (6:14)?

La respuesta se encuentra, en parte, en el sistema de sacrificios del templo del antiguo pacto. Dios, para alabanza de Su inescrutable sabiduría, le dio los sacrificios al antiguo Israel para que sirvieran como herramientas teológicas, instruyendo a Su pueblo sobre el remedio para el pecado y la necesidad de reconciliación con Dios. Después de la resurrección de Jesús y el derramamiento de Su Espíritu Santo, los apóstoles fueron habilitados para discernir en las páginas del Antiguo Testamento cómo el sistema de adoración sacrificial había sido divinamente ordenado con el fin de revelar las maravillas de Cristo y Su obra cumplida en la cruz (p. ej.: Rom 3:21-26; Heb 9:16 – 10:18). Las categorías del sacrificio habilitaron el cambio de paradigma para ver la cruz de Cristo no como una fuente de profunda vergüenza, sino más bien, y maravillosamente, como el mayor regalo de Dios a la humanidad y Su más alta demostración de amor por pecadores (Rom 5:8).

Hay dos conceptos teológicos del sacrificio que son esenciales para el entendimiento de la muerte de Jesús en la cruz como el único sacrificio capaz de asegurar el perdón de nuestros pecados y una reconciliación definitiva con Dios: expiación y propiciación. El primero, expiación, significa que el sacrificio de Jesús nos limpia de la contaminación del pecado y nos quita la culpa del pecado. La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios mediante el sacrificio de Jesús, lo cual satisface la justicia de Dios y da como resultado Su disposición favorable hacia nosotros. Ahora consideraremos estos conceptos más profundamente al ver sus raíces en los sacrificios del Antiguo Testamento.

EXPIACIÓN
La expiación se refiere a la limpieza del pecado y la eliminación de la culpa del pecado. En el sistema de sacrificios de Israel se sacaba la sangre de las arterias cortadas de un animal y esta luego se manipulaba de diversas maneras. La sangre era untada, rociada, lanzada y derramada. En Levítico 17:11, el Señor declaró que puesto que «la vida de la carne está en la sangre», le había dado a Israel la sangre sobre el altar «para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación», subrayando la idea de la sustitución: la sangre derramada de un sustituto intachable representaba una vida por una vida, un alma por un alma. La importancia de la sangre fue resaltada más notablemente a través de la ofrenda por el pecado. Mediante el derramamiento y la manipulación de la sangre de la ofrenda por el pecado, Dios le enseñó a Israel su necesidad de limpiarse del pecado y de eliminar la contaminación y la culpa del pecado, haciendo posible el perdón divino (ver Lv 4:20, 26, 31, 35). Por un lado, la sangre significaba muerte: exhibir la sangre ante Dios demostraba que una vida, aunque fuera la vida de un sustituto animal intachable, había sufrido la muerte, la paga del pecado. Por otro lado, la sangre representaba la vida de la carne: conforme al principio de que la vida conquista la muerte, la sangre se utilizaba ritualmente para borrar, por así decirlo, la contaminación del pecado y la muerte.

En esencia, el día de la expiación era una elaborada ofrenda por el pecado (Lv 16). En este día de otoño, el sumo sacerdote llevaba la sangre del sacrificio al lugar santo, y la rociaba ante el propiciatorio del arca de expiación, el estrado terrenal de Dios. La sangre también se rociaba en el lugar santo y se aplicaba en el altar exterior, purificando a los israelitas y la casa de Dios, el tabernáculo, para que Él pudiera continuar habitando en medio de Su pueblo.

La ofrenda única por el pecado del día de la expiación implicaba dos machos cabríos. Después de que el primero era sacrificado por causa de su sangre, el otro macho cabrío era cargado simbólicamente con la culpa de los pecados de Israel cuando el sumo sacerdote presionaba ambas manos sobre la cabeza del animal y confesaba esos pecados sobre él. Llevando sobre sí la culpa de Israel, la cual era digna de juicio, el macho cabrío era entonces conducido hacia el oriente, lejos de la faz de Dios hacia el desierto, una demostración de que «como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones» (Sal 103:12). La ofrenda por el pecado, entonces, ofrecía a los apóstoles una profunda comprensión de la muerte de Cristo. Mientras que la sangre de los toros y los machos cabríos nunca pudo quitar los pecados (Heb 10:4), la sangre de Jesús, el Dios-hombre, derramada en la cruz y aplicada por el Espíritu a aquellos que confían en Él, limpia a pecadores de sus pecados. Las espinas presionadas en Su frente, una imagen de la condición maldita de la humanidad (Gn 3:18), no eran más que una muestra de cómo Él llevó el peso de la culpa de Su pueblo sobre Su cabeza, lo que demuestra aún más que Él soportó nuestro juicio abrasador para proveernos una verdadera expiación.

PROPICIACIÓN
La propiciación se refiere a la mitigación de la ira de Dios y la obtención de Su favor. En la doctrina de la propiciación encontramos un retrato vivo de la ira de Dios al reflexionar en el holocausto. La adoración de Israel se basaba en el holocausto, tanto así que el altar, el foco central de la adoración, incluso fue apodado «el altar del holocausto» (Ex 30:28).

El primer episodio en la Escritura en el que aparece el holocausto se encuentra en la historia del diluvio en Génesis 6 – 9. Al principio se nos dice que el Señor Dios, el personaje principal de la narración, se entristeció «en su corazón» por la corrupción de la humanidad (6:6), y que decidió castigar a los impíos mientras salvaba a Noé y a su familia. Así que la crisis de la historia es el corazón agraviado de Dios. Las aguas del juicio divino se calmaron, pero la situación no cambió. Dios no había sido apaciguado. Su ira justa no se aplacó hasta que Noé, al amanecer de una nueva creación, construyó un altar y ofreció holocaustos. Usando el lenguaje instructivo que atribuye características humanas a Dios, la narración describe al Señor oliendo «el aroma agradable» de los holocaustos de modo que Su corazón fue consolado (8:21). Como resultado del aroma agradable, Dios habló a Su propio corazón, prometiendo que nunca volvería a destruir a toda la humanidad de esa manera, y bendijo a Noé. Como incienso aromático, el humo del holocausto ascendió al cielo, la morada de Dios, y Él, oliendo Su aroma tranquilizante, fue apaciguado. El corazón de Dios fue consolado, es decir, Su ira justa fue satisfecha. Más tarde, a través de Moisés, Dios ordenó que el sacerdocio ofreciera corderos diariamente como holocaustos (Ex 29:38-46). Estas ofrendas matutinas y vespertinas servían para abrir y cerrar cada día, de modo que todos los demás sacrificios, junto con la vida diaria de Israel, quedaban encerrados en el humo ascendente de su agradable aroma.

El impacto divinamente ordenado que el holocausto tuvo en Dios lleva a uno a preguntarse su significado teológico. La característica que es única de esta ofrenda es que todo el animal, excepto su piel, era ofrecido a Dios en el altar; nada era retenido. De esta manera, el holocausto significaba una vida de total consagración a Dios, refiriéndose a una vida de obediencia abnegada a Su ley. En las palabras de Deuteronomio, esta ofrenda representaba y solicitaba que uno ame al Señor Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas (6:5). La ofrenda de una vida así, vivida solo por Jesús, asciende al cielo como un aroma agradable y satisface a Dios.

Jesús cumplió el sistema de sacrificio levítico solo porque se ofreció a Sí mismo a Dios en la cruz como Aquel que había cumplido la ley. En Su noche atormentada de oración en Getsemaní, Él había orado: «Padre mío… no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt 26:39), y luego bebió la copa del juicio divino como el sustituto intachable. La vida de Jesús, Su completa y amorosa devoción a Dios, ofrecida al Padre por el Espíritu y a través de la cruz, satisfizo la ira de Dios.

Debido a que el sufrimiento de Jesús fue un sustituto penal vicario, los pecadores pueden encontrar descanso para sus almas. La inminente tormenta de juicio divino que siempre nos amenaza, eclipsando nuestros intentos vanos de alcanzar la felicidad, no puede disiparse con pensamientos optimistas ni con afirmaciones infundadas. Un cristiano descansa tranquilo bajo los cálidos rayos del favor del Padre únicamente porque esa tormenta de juicio ya ha estallado con toda su furia sobre el Hijo crucificado de Dios. Su sangre derramada nos limpia de nuestros pecados, quitando nuestra culpa ante los ojos de Dios. Su vida obediente y comprometida, ofrecida a Dios a través de la cruz al recibir nuestro castigo, se eleva hasta el cielo como un aroma agradable. Aquí, por fin, el mayor de los pecadores se jacta exclusivamente en Aquel que nos «amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef 5:2).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
L. Michael Morales
El Dr. L. Michael Morales es profesor de estudios bíblicos en el Greenville Presbyterian Theological Seminary y un anciano docente PCA. Él es el autor de Who Shall Ascend the Mountain of the Lord?