¿Demasiado bueno para ser verdad?

¿Demasiado bueno para ser verdad?

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Por Robert B Strimple

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Fui bautizado en 1935 y luego me criaron en una de las mayores denominaciones protestantes «principales». Pero a los doce años estaba tan decepcionado con los pastores que nos habían asignado, todos predicando el antiguo liberalismo tan popular en aquellos años, que les pregunté a mis padres si podía transferirme a la Iglesia presbiteriana ortodoxa local. Fui con su bendición, y el Señor me bendijo pronto con una fe bíblica cada vez más profunda.

A medida que examinamos la escena estadounidense actual, las iglesias principales, en lugar de volver definitivamente a la fe bíblica y abrazar el evangelio, simplemente han probado una sugerencia tras otra de «cómo atraer nuevos miembros» y posteriormente han visto cómo su membresía se reduce cada año. Y lo que es aun más triste para mí, el término «evangelicalismo» parece haber perdido todo significado. Las nuevas iglesias «emergentes» continúan llamándose evangélicas, pero para mi asombro han adoptado una teología de «relevancia cultural» que comparte mucho en común con el antiguo liberalismo de hace un siglo.

La mayoría de las iglesias evangélicas, por supuesto, todavía pretenden aferrarse al evangelio bíblico. Pero en lugar de predicar ese evangelio con gozo en toda su riqueza y en el poder del Espíritu Santo, demasiados asumen que sus oyentes ya aceptan ese evangelio y predican sermones sobre asuntos más «prácticos», como ser mejores cónyuges, padres, administradores del dinero, etc. La triste ironía es que sin una base firme en los fundamentos de nuestra fe cristiana, los oyentes de tales sermones no están logrando ni siquiera esos objetivos prácticos.

Hermanos y hermanas en Cristo, si nuestras iglesias han de ser verdaderamente gozosas y glorificar a Dios, creciendo tanto en fe como en número, el evangelio no debe ser asumido, debe ser predicado y creído (ver Ro 10:13-15). Ustedes, las ovejas por las cuales murió el Pastor, deben insistir a través de sus oficiales electos que el evangelio no sea asumido sino predicado en sus iglesias

Todos hemos visto las encuestas aterradoras. La más reciente que vi decía que los que profesaron ser cristianos eran el setenta y cinco por ciento de los llegaron a la edad adulta en la década de 1950 (esta es mi generación), el treinta y cinco por ciento de la siguiente generación (la de mis hijos) y, según proyecta este estudio en curso, será solo el quince por ciento de la generación que ahora está llegando a la edad adulta (la de mis nietos). Este estudio concluyó: «Los jóvenes de dieciocho años criados en la iglesia están rechazando su fe a un ritmo alarmante». ¿Cómo van a ser alcanzados y retenidos? Se les debe predicar el evangelio en el poder del Espíritu.

¿Por qué los llamados sermones de temas «prácticos» han reemplazado al evangelio? Permítanme sugerir lo siguiente: Marshall McLuhan, gurú canadiense de las comunicaciones de la década de 1960, el de la famosa frase de «el medio es el mensaje», declaró que «el problema de la iglesia es que el evangelio es una buena noticia en un mundo en el que las malas noticias son noticias». Pero el mensaje de la Biblia no solo es una buena noticia, ¡es una buena noticia milagrosa, que va más allá de nuestra imaginación! Y seamos realistas, esas noticias son más difíciles de creer que las noticias ordinarias y cotidianas sobre cómo mejorar las relaciones con el prójimo. Sí, el evangelio puede parecer demasiado bueno para creerlo. Pero debemos creer, porque la Palabra de Dios es verdadera y muchas evidencias lo atestiguan (He 2:3-4).

Los invito a leer de nuevo la maravillosa narración de Juan 11:17-45. La pregunta que nuestro Señor le dirigió a Marta, nos la dirige ahora a nosotros por medio de Su Espíritu: «¿Crees esto?» (v. 26). Que el Espíritu nos capacite a cada uno de nosotros para responder como lo hizo Marta: «Sí, Señor; yo he creído».

¿Qué tan perspicaz es la respuesta de Marta? Jesús ha hecho una afirmación impensable, impensable en labios de cualquiera, a menos que sea Dios mismo: «Yo soy la resurrección y la vida» (v. 25). Luego le pregunta: «¿Crees esto?». Y Marta responde: «Sí, Señor; yo he creído que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene…». Marta vio correctamente la resurrección como el gran acto venidero de salvación de Dios. Ella sabía que la resurrección tendría lugar «en el día final» (v. 24). Pero ahora cae sobre ella la verdad adicional de que aquí ante ella está quien es Él mismo el gran acto final de salvación de Dios, ¡y Él ya ha venido! Aquí está el que prometió venir al mundo y marcar el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva era. La resurrección, el don de la vida: esta es la obra del Mesías. «Sí, Señor, creo que la vida está disponible ahora mismo, en ti», es lo que dice Marta en realidad, porque «tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, o sea, el que viene al mundo».

Pero tenemos más que el testimonio autoritativo de Jesús con respecto a Su poder de dar vida. También tenemos la señal autoritativa que Él obró. Jesús gritó: «¡Lázaro, sal fuera!», y el que había muerto en verdad salió (vv. 43-44). Jesús ejerció el poder de la resurrección. Y así Él se manifestó, tanto en obras como en palabras, como el Salvador verdadero y final, el Cristo, el Hijo de Dios.

Albert Camus, el novelista francés, ateo y existencialista, tan popular entre los estudiantes universitarios en mi época, hace que su héroe en La peste diga en un momento: «Salvación es una palabra demasiado grande para mí. No apunto tan alto». ¡Pero no es demasiado alto o maravilloso para Jesús! Las buenas noticias de la vida de la resurrección eterna en Jesús no son demasiado buenas para ser verdad. Nuestro Señor mismo dice: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert B Strimple
El Dr. Robert B. Strimple es presidente emérito y profesor emérito de Teología sistemática en el Westminster California. Es autor de The Modern Search for the Real Jesus [La búsqueda moderna del verdadero Jesús].

Comprometer la verdad y la práctica

Comprometer la verdad y la práctica
Por Walter J Chantry

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

Justo antes de que Jesús fuera llevado al cielo, dijo a Sus discípulos: «recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1:8). Dar testimonio de quién es Jesús y de lo que enseñó debía ser transcultural. A medida que Sus discípulos se enfrentaban a nuevos cambios sociales y culturales, se esperaba que se aferraran a la verdad y a la justicia para ser luces brillantes de Su reino en todo el mundo.

Hoy en día se están produciendo cambios rápidos en el mundo en el que debemos llevar a cabo la gran comisión. El mundo sigue marcado por hombres «amadores de sí mismos», «avaros» o «amadores de los placeres en vez de amadores de Dios» (2 Ti 3). Estas tendencias de la naturaleza humana caída descubren constantemente nuevas formas de manifestarse en cada sociedad de la tierra. Sigue habiendo una necesidad crítica de que los testigos de Jesús sean contraculturales allí donde abunda el pecado.

Los cambios sociales en los Estados Unidos son tan rápidos que pocos son conscientes de las presiones radicales que sufren los cristianos y sus iglesias. En los últimos cincuenta años, incluso el sentido de pertenencia a una comunidad ha desaparecido en gran medida. El atractivo de las zonas rurales atrae a los cristianos a querer criar a sus familias en lugares donde se pueden construir casas bonitas cerca de campos y arroyos. Pero sus trabajos se encuentran en lugares que a veces están a horas de distancia de esos hogares. Al mismo tiempo, puede haber una «buena» iglesia a una hora o más de viaje en una dirección diferente a la del lugar de trabajo.

Dado que a menudo no se planifican de antemano las consecuencias, hay muchos menos creyentes que pueden asistir a los servicios de culto de la iglesia de forma regular. Hacerlo simplemente exigiría más horas de viaje que de reunión con los santos. Las iglesias cancelan las reuniones de oración porque hoy en día es poco práctico para la mayoría asistir. Así, en lugar de dos o tres sesiones en las que se enseña la Palabra de Dios, el número se reduce a una por semana. Esto ocurre en un momento en que necesitamos más predicación, no menos. Al mismo tiempo, los niños están siendo entrenados por la experiencia y el ejemplo de los padres de que ir a la iglesia durante más o menos una hora a la semana es normal.

Algunos complementan su dieta espiritual escuchando a su(s) predicador(es) favorito(s) en CD, iPod o en línea. Su intercambio de ideas con otros creyentes es frecuentemente en blogs o a través de otros contactos informáticos sin rostro. Estos hábitos están sustituyendo a veces el «congregarnos» (He 10:25) como manda la Escritura. Pero las transmisiones electrónicas no pueden duplicar la presencia del Espíritu Santo en una congregación de santos. Además, hay un descuido de aspectos importantes del cuidado pastoral y de las exhortaciones.

Este aislamiento y la falta de presencia en la propia comunidad no era habitual hace cincuenta años. Es más difícil ser testigos con una vida que transcurre en un hogar que es poco más que un dormitorio y una sala de ordenadores con, quizás, una sala de escuela unifamiliar, al tiempo que se pasan incontables horas en la autopista yendo de aquí para allá.

Otro cambio, del que muchos no son conscientes pero que nos presiona, es la variedad inmensa de enseñanzas dentro de los círculos evangélicos. Debido a que los cristianos enseñan varias doctrinas, a menudo se piensa que es de poca importancia el conjunto de doctrinas que creemos. Deseando la unidad entre el número cada vez menor de cristianos en nuestra nación, no deseamos discutir las enseñanzas conflictivas entre «nosotros». Es bastante satisfactorio engrosar nuestros números siendo muy inclusivos. Con esta actitud de tolerancia, las mismas doctrinas preciosas que hemos afirmado mantener han sido a menudo abandonadas.

El catolicismo romano ha afirmado durante mucho tiempo que sigue otras autoridades además de las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por el contrario, el protestantismo en los días de la Reforma plantó una bandera inscrita con «la Escritura sola». Es esencial para la naturaleza misma de nuestra herencia protestante que cada artículo de fe y conducta cristiana debe establecerse sobre la base de la enseñanza de la Escritura. 2 Timoteo 3:17 enseña que la Escritura hace al hombre de Dios «perfecto, equipado para toda buena obra». Esta piedra fundamental del pensamiento protestante fue proclamada valientemente por Martín Lutero en las famosas palabras: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios». Sin embargo, hoy en día, aunque numerosos cristianos carismáticos sostienen fuentes de revelación distintas de la Biblia, y sin embargo se declaran protestantes o incluso protestantes reformados, muchos los aceptan como si «la Escritura sola» fuera un elemento no esencial de nuestra teología.

Otra teología, desarrollada siglos después de la Reforma, es el «dispensacionalismo». Durante sus enfrentamientos con Roma en el siglo XVI, los reformadores insistieron en que la salvación llega a los pecadores caídos solo por la fe en Cristo. Con el advenimiento del dispensacionalismo, algunos evangélicos empezaron a enseñar que en otras épocas de la historia se ofrecía una forma diferente de salvación, basada en las obras y no centrada en Cristo. Muchos hoy en día incluso enseñan que los judíos pueden ser salvos sin la fe en Cristo o sin el bautismo en Su iglesia, y que el camino de la salvación solo por la fe en Cristo es solo para los gentiles. Sin embargo, una vez más, hay acuerdo con aquellos que sostienen tales enseñanzas y se llaman a sí mismos reformados o protestantes a pesar de que estas enseñanzas son ajenas a la Reforma. ¿Es esta una cuestión menor que hay que dejar de lado para que podamos tener una mayor comunión y cooperación cristiana?

Empezamos a preguntarnos cuáles son los principios que definen la tradición reformada. ¿Cuáles son las cuestiones vitales de las que damos testimonio?

Las iglesias no solo están perdiendo su testimonio al adaptarse a las nuevas tendencias entre los «evangélicos». También se están transformando en conformidad con el mundo. Nada menos que el orden de la iglesia está siendo reestructurado para complacer la voz cada vez más insistente del feminismo. Pero el apóstol dijo: «Yo no permito que la mujer enseñe ni ejerza autoridad sobre el hombre» (1 Ti 2:12). Las grandes denominaciones «reformadas» están haciendo ahora a las mujeres «diáconos», como hicieron los liberales hace años. Cuando estos cambios han ocurrido dentro de las iglesias en el pasado, lo siguiente siempre ha sido la aceptación de las mujeres como ancianas.

Cuando las actitudes seculares tienen tanta importancia para la Iglesia reformada en Europa y Norteamérica, aquellos con actitudes positivas hacia la homosexualidad comienzan a presionar a la iglesia también. El patrón es primero callar sobre Génesis 19, Romanos 1 y 1 Corintios 6. Después de todo, todavía hay mucho de la Biblia para enseñar, así que ¿por qué no dejar de lado las notas que suenan allí? ¿Habrá quien dé un testimonio a los homosexuales para su verdadero bien? ¿O también habrá un acobardamiento ante la demanda de nuestra sociedad sobre este tema?

Hay un cambio constante dentro y alrededor de las iglesias. Se produjeron grandes cambios entre los años 1875-1930, cuando el liberalismo devoró grandes sectores de las iglesias que antes eran reformadas. Desde 1950 hasta el presente hubo un reavivamiento en la enseñanza de la Escritura sola, Cristo solo, la fe sola, la gracia sola y a Dios solo la gloria. ¿Seguirá siendo esta nuestra postura? Ya se han hecho concesiones.

¿Qué nos deparará el futuro? ¿Seremos testigos? ¿Cuánto de la persona, la obra y las enseñanzas de Jesús es vital para nosotros? ¿Y para nuestra iglesia?

«Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes. Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo, por eso el mundo los odia» (Jn 15:18-19). Y a veces también las iglesias desprecian nuestra postura.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Walter J Chantry
El reverendo Walter J. Chantry fue pastor de Grace Baptist Church en Carlisle, Pensilvania, durante treinta y nueve años. Más adelante fue editor de la revista The Banner of Truth [Estandarte de la verdad] durante casi siete años.

Dios en la tierra

Viernes 16 Septiembre

A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Juan 1:18

Dios… nos ha hablado por el Hijo… por quien asimismo hizo el universo.

Hebreos 1:2

Dios en la tierra

A veces oímos decir: “Muéstreme a Dios y creeré en él”. ¿Acaso nuestros pensamientos pueden limitarse a lo que vemos? Dios es espíritu; el ojo humano no puede verlo y su razón no puede comprenderlo. “Mayor es Dios que el hombre” (Job 33:12).

Pero Dios se dio a conocer. Él se reveló en sus obras, en la naturaleza que creó. Yo no necesito ver al relojero para estar seguro de que alguien fabricó mi reloj. Lo mismo sucede con todas las maravillas de la naturaleza, con el cuerpo humano: ellos son la manifestación de su Creador.

Pero Dios hizo más todavía: vino a la tierra en la persona de Jesús. La existencia de Jesucristo es tan cierta como la de Alejandro el Grande o la de Napoleón. Dios se dio a conocer por medio de su Hijo Jesús. Algunos solo quieren ver mitos en los evangelios, pero la autenticidad de los milagros y de los hechos narrados en los evangelios no puede ser puesta en duda: los hechos son relatados por cuatro testigos diferentes. Los evangelios hablan de las obras de poder y de amor que Jesús cumplió por su palabra… Nos presentan su vida pura y santa. Nos exponen sus enseñanzas, las cuales están caracterizadas por el amor, la paz, el perdón, y al mismo tiempo por la verdad y la justicia. Nos muestran que él juzgaba el mal, pero que recibía a todos los desdichados y perdonaba los pecados de los que creían y confiaban en él. Jesucristo fue la revelación del Dios justo y santo. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Corintios 5:19).

Jeremías 48:28-47 – 2 Corintios 5 – Salmo 106:1-5 – Proverbios 23:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio

Cómo la cultura del consumismo impulsa el cambio
Por Carl R. Trueman

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

l debate sobre la cultura se ha convertido prácticamente en un shibolet [Jue 12:6] en el evangelismo contemporáneo, tanto en el de izquierda como en el de derecha. Si esto se trata de un imperativo bíblico o de una mera reacción cultural a una época en la que el fundamentalismo dominaba el terreno, eso es un tema de debate. De hecho, una de las cosas desconcertantes de los buitres de la cultura cristiana de moda es que, en general, cuando hablan de «cultura» suelen referirse a lo que podríamos llamar cultura popular, en particular las películas, la Internet y la música, la mayoría de las veces con una orientación juvenil. La «cultura» como las tradiciones, las instituciones y los mecanismos por los que una sociedad transmite una forma de vida a través de las generaciones no suele ser lo que se tiene en cuenta. No, hoy en día «cultura» significa cultura pop y, paradójicamente, eso reduce el concepto a una función del mercado. La música, las películas y otros elementos similares no son tanto un reflejo de la cultura en general según la segunda definición anterior, sino que representan lo que es y lo que no es comercializable en términos de gusto contemporáneo y, de hecho, no solo reflejan el gusto sino que también lo influyen.

Me gustaría sugerir que, si tenemos esto en cuenta al reflexionar sobre la cuestión de la cultura y la rapidez del cambio, tendremos que rechazar uno de los tópicos modernos más comunes: la idea de que la cultura moderna siempre está cambiando. Voy a sugerir que esto no es así. De hecho, la cultura no está siempre cambiando, ni rápido ni lento; más bien, el cambio rápido es la cultura moderna. Los fenómenos de la cultura moderna —las modas, la música, las celebridades— cambian constantemente, pero esto es una función de la base cultural subyacente: el consumismo. Para las sociedades que se basan en el consumo, el cambio es un componente esencial. La obsolescencia intencionada, la necesidad de los mercados de reinventar constantemente los productos, el apetito voraz de todos nosotros por lo nuevo y lo novedoso, son los elementos que impulsan la cultura del cambio rápido. Si no fuera así, todos tendríamos que comprar solo un televisor, un lavaplatos, un automóvil, tener un traje a la moda, etc. Sin embargo, nuestros lavaplatos se estropean cada cinco o diez años —para eso están diseñados— y aunque eso es un poco molesto, también nos permite sustituirlos por modelos que, francamente, no hacen el trabajo mejor que el modelo antiguo, pero que parecen mucho más apropiados para el mundo actual. Incluso los aspectos transnacionales de la cultura popular —la cultura juvenil y el deporte— están sujetos a la misma rapidez de cambio. Después de todo, ¿qué joven quiere llevar la moda del año pasado? Y muchos equipos deportivos parecen cambiar el diseño de sus camisetas con tanta frecuencia hoy en día que uno se siente afortunado si la camiseta que compró en la tienda de recuerdos al comienzo del partido sigue siendo el mismo diseño del equipo cuando suena el silbato final.

Todo este cambio es, como he insinuado anteriormente, una ilusión óptica. Puede parecer que el mundo está en un estado de flujo permanente mientras un interminable desfile de imágenes vertiginosas y caleidoscópicas pasa ante nuestros ojos, pero esto no es más que una ilusión óptica que alimenta el mito que a cada generación le gusta creer sobre sí misma: que este tiempo, aquí y ahora, es único y especial, y que las reglas de antaño ya no pueden aplicarse con credibilidad. En absoluto. Puede parecer que vivimos en un mundo de cambios y flujos, pero bajo todo ello hay una cultura constante que cambia poco, o nada, de año en año: la cultura del consumismo que crea el culto al cambio constante. Es con ese cimiento subyacente que la iglesia se debe enfrentar.

¿Cómo puede la iglesia hacer esto? Solo hay una manera de hacerlo: siendo contracultural. La iglesia, tanto a nivel local como a nivel de sus denominaciones, debe ser el agente de la contracultura. Las «guerras culturales», tan a menudo consideradas por la iglesia en términos de fenómenos culturales como la legislación política, los programas de televisión, etc., deben entenderse a un nivel mucho más profundo. La iglesia tiene que oponerse a la cultura en sus propios fundamentos. De hecho, en esto la iglesia no tiene opción, pues entre las consecuencias más desafortunadas de esta mentalidad consumista están las siguientes, ambas antitéticas a la ortodoxia: En primer lugar, en un mundo en el que nada parece ser sólido o seguro, cuando todo está en constante movimiento, o se disuelve, o se rompe, o se transforma en otra cosa, o incluso se transforma en lo opuesto, la propia noción de estabilidad deja de tener sentido o significado y, podríamos añadir, el propio concepto de significado deja de tener sentido. La conexión entre la forma en que el mundo es en términos de consumo material y la forma en que el mundo piensa en la verdad es compleja, pero hay una conexión muy definida. Cuando se considera que la estética del cambio constante forma parte de cómo es el mundo, inevitablemente llega a afectar a algo más que a la forma en que elegimos qué par de pantalones vamos a comprar; llega a conformar nuestra propia visión del mundo en su conjunto.

En segundo lugar, en un mundo impulsado por el consumismo, todo es un producto o una mercancía, y el juego se convierte en el de averiguar lo que el mercado tolerará y dar forma y orientar el producto según sea necesario. Aunque no se pueda asegurar que la ortodoxia no «venda» en tales circunstancias, sí se puede asegurar que no venderá durante mucho tiempo antes de que sea necesario cambiarla, empaquetarla de nuevo, hacerla más atractiva y ayudarla a competir con los nuevos productos que siempre llegan a las tiendas.

En resumen, el cristianismo, con su afirmación de que la verdad no cambia, de que el Jesús de Pablo es el Jesús de hoy, y de que Dios es el gran sujeto ante el que todos somos objetos… este cristianismo, por su propia existencia, protesta contra la cultura tanto a nivel fenoménico, donde el cambio, y no la estabilidad, es la verdad, como a nivel fundacional, donde la negociación entre el proveedor y el consumidor es la fuerza motriz constante, tanto si hablamos de ideas como de marcas de cafeteras.

Aquí es donde debemos tener cuidado. En su fascinante libro Nation of Rebels: Why Counterculture Became Consumer Culture [Nación de rebeldes: Por qué la contracultura se convirtió en cultura de consumo], Joseph Heath y Andrew Potter demuestran en términos aleccionadores cómo la contracultura de los años sesenta acabó no solo siendo absorbida por el consumismo, sino que incluso llegó a acaparar una parte importante de la cuota de mercado, con eslóganes como «No logo» convertidos en logotipos de diseño. La lección de ese libro es que el consumismo es una de las fuerzas culturales más poderosas jamás desatadas y su capacidad para convertir cualquier cosa en una mercancía, incluso lo que se le opone, es asombrosa. Lo que se convirtió en realidad para los hippies de los años sesenta es seguramente un peligro aun mayor para un evangelicalismo estadounidense que siempre ha estado más cerca del estilo de vida americano que las multitudes que se reunieron en Woodstock.

Por lo tanto, no es suficiente que la iglesia se limite a desafiar el cambio como cambio; tiene que pensar muy cuidadosamente en cómo se relaciona con los motores que impulsan esta cultura: la mercadotecnia comercial, la codicia, las concepciones mundanas del poder y el éxito, la necesidad de encontrar satisfacción en cosas distintas al evangelio. No es fácil ver cómo se puede hacer esto pero, tomando prestada una frase de la política contemporánea, tal vez tengamos que actuar localmente y planificar globalmente. La iglesia local es ciertamente la unidad más básica de la resistencia contracultural. Recitar el Credo de los Apóstoles cada domingo, por ejemplo, es una declaración clara a la iglesia y al mundo de que el cristianismo no se reinventa durante el servicio. La permanencia de los ministros en sus cargos durante más de dos años envía una señal de que el pastorado no es una carrera que hay que escalar a toda velocidad, al igual que (¿me atrevo a decirlo?) dar prioridad a la predicación del evangelio frente a la oferta de ideas vacías sobre las últimas superproducciones de Hollywood o las letras de Bono o las plataformas políticas de tal o cual político. Estos últimos son, en el mejor de los casos, síntomas superficiales de una cultura de consumo a la que hay que resistir, no copiar.

El rápido cambio de la cultura que nos rodea es una muestra del poder de los mercados de consumo para fabricar la verdad, rehacerla, volver a empaquetarla, cambiarla de nuevo y seguir vendiéndola a los clientes cuyo apetito parece indefinidamente maleable e insaciable. Sin embargo, como iglesia no debemos preocuparnos tanto por el hecho del cambio como por las fuerzas oscuras que subyacen a ese cambio. Como la punta de un iceberg, el cambio no es la verdadera amenaza, que en realidad se encuentra bajo la superficie. La iglesia debe comprender que no está llamada simplemente a resistir a una cultura del cambio que hace que todo sea negociable; debe resistir a la fuerza que impulsa estos cambios, y esa es el consumismo que, de forma preocupante, impulsa toda nuestra perspectiva económica y, por tanto, moldea nuestras vidas de una forma que muchos de nosotros desconocemos por completo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Carl R. Trueman
El Dr. Carl R. Trueman es profesor de estudios bíblicos y religiosos en Grove City College en Grove City, Pa. Es autor de varios libros, incluyendo The Creedal Imperative [El Credo Imperativo].

La definición de legalismo

Serie: El legalismo

La definición de legalismo
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Si quieres degradar a alguien en la iglesia, simplemente tienes que utilizar «la palabra que comienza con L» cuando hables con esa persona o sobre ella. El número de veces que un creyente ha llamado legalista a otro es incalculable. Los insultos suelen producirse cuando alguien de la iglesia cree que otro ha dicho o hecho algo que atenta contra la libertad cristiana. Al igual que su término hermano «fundamen…», la etiqueta de legalista se ha convertido en una especie de insulto religioso habitual en las iglesias orientadas a la gracia y centradas en el evangelio. Debemos ser extremadamente lentos a la hora de utilizar esta palabra cuando hablemos con o sobre otros en una comunidad eclesiástica. Puede ser que un creyente simplemente tenga una conciencia más débil o más blanda que otro (Ro 14-15). Además, los que aman la ley de Dios y procuran caminar cuidadosamente de acuerdo con ella siempre serán susceptibles de ser llamados legalistas.

Debemos cuidarnos de no lanzar descuidadamente la acusación de legalismo. Sin embargo, también debemos reconocer que el legalismo, en sus diversas formas, está muy vivo en las iglesias evangélicas y reformadas. También hay que evitarlo con la máxima determinación. Para evitar lanzar una falsa acusación contra un creyente, para evitar abrazar personalmente el legalismo y para ayudar a restaurar a un creyente que ha caído en el legalismo, debemos saber identificar este mal perenne tanto en sus formas doctrinales como prácticas.

LEGALISMO DOCTRINAL
El legalismo es, por definición, un intento de añadir algo a la obra terminada de Cristo. Es confiar en cualquier otra cosa que no sea Cristo y Su obra terminada para la posición de uno ante Dios. La refutación del legalismo en el Nuevo Testamento es principalmente una respuesta a las perversiones de la doctrina de la justificación por la fe sola. La mayoría de los oponentes del Salvador eran los que creían que eran justos por sí mismos, basándose en su celo y compromiso con la ley de Dios. Los fariseos, los saduceos y los escribas ejemplificaban, con sus palabras y sus actos, el legalismo doctrinal en los días de Cristo y los apóstoles. Aunque hacían ocasionales apelaciones a la gracia, con su autojusticia truncaron y tergiversaron el significado bíblico de la gracia. El apóstol Pablo resumió la naturaleza del legalismo judío cuando escribió: «Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:3-4).

Comprender la relación entre la ley y el evangelio en nuestra justificación es primordial para aprender a evitar el legalismo doctrinal. Las Escrituras enseñan que somos justificados por las obras del Salvador, no por las nuestras. El último Adán vino a hacer todo lo que el primer Adán no pudo hacer (Ro 5:12-21; 1 Co 15:47-49). Nació «bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Vino a ser nuestro representante para cumplir las exigencias legales del pacto de Dios, es decir, para rendir a Dios una obediencia perfecta, personal y continua en nombre de Su pueblo. Jesús hizo merecedores de justicia perfecta a todos aquellos que el Padre le había dado. Nosotros, mediante la unión de fe con Él, recibimos un estatus de justicia en virtud de la justicia de Cristo que se nos imputa. En Cristo, Dios proporciona lo que Él exige. Las buenas obras por las que Dios ha redimido a los creyentes, para que andemos en ellas, no intervienen en absoluto en nuestra justificación. Son simplemente la evidencia necesaria de que Dios nos ha perdonado y aceptado en Cristo.

Sin embargo, el legalismo doctrinal también puede introducirse en nuestra mente por la puerta trasera de la santificación. El apóstol Pablo lo dio a entender en Gálatas 3:1-4. Los miembros de la iglesia de Galacia se habían dejado engañar creyendo que su posición ante Dios dependía en última instancia de lo que consiguieran en la carne en su andar cristiano. Es posible que comencemos la vida cristiana creyendo únicamente en Cristo y en Su obra salvadora y que luego caigamos en la trampa de imaginar tontamente que depende de nosotros terminar lo que Él ha comenzado. En la santificación, al igual que en la justificación, son ciertas las palabras de Jesús: «separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5).

El legalismo doctrinal en la santificación a veces es alimentado por predicadores apasionados que hacen hincapié en las enseñanzas de Jesús sobre las exigencias del discipulado cristiano, al tiempo que las separan de la enseñanza apostólica sobre la naturaleza de la obra salvadora de Cristo para los pecadores, o minimizan tal enseñanza. El renombrado teólogo reformado Geerhardus Vos explicó la naturaleza de esta forma sutil de legalismo cuando escribió:

Todavía prevalece una forma sutil de legalismo que quiere robar al Salvador Su corona de gloria, ganada por la cruz, y hacer de Él un segundo Moisés, ofreciéndonos las piedras de la ley en lugar del pan de vida del evangelio… [el legalismo] no tiene poder para salvar.

En Colosenses 2:20-23, el apóstol Pablo aborda otra forma de legalismo doctrinal que se cuela por la puerta trasera de la santificación. Él escribe:

Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: «no manipules, no gustes, no toques», (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres? Tales cosas tienen a la verdad, la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de sí mismo y en el trato severo del cuerpo, pero carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los que han abrazado esta forma de legalismo doctrinal prohíben lo que Dios no ha prohibido y ordenan lo que Él no ha mandado. Se obligan a sí mismos y a los demás a una norma de santidad externa a la que Dios no nos ha obligado en Su Palabra. Esta es una de las formas más prevalentes y perniciosas de legalismo en la iglesia actual. A menudo se presenta en forma de prohibiciones de comer ciertos alimentos y beber alcohol. A veces se cuela a través de convicciones personales sobre la crianza y la educación.

LEGALISMO PRÁCTICO
Hay otro tipo de legalismo ante el que debemos estar en guardia: el legalismo práctico, que puede tomar imperceptiblemente el control de nuestros corazones. Por naturaleza, nuestras conciencias están conectadas al pacto de obras. Aunque los creyentes se han convertido en nuevas criaturas en Cristo, todavía llevan consigo un viejo hombre, una vieja naturaleza pecaminosa adámica. El modo por defecto de la vieja naturaleza es volver a deslizarse mentalmente bajo el pacto de obras. Siempre corremos el peligro de convertirnos en legalistas prácticos al alimentar o pasar por alto un espíritu legalista.

Es totalmente posible que un hombre o una mujer tenga la cabeza llena de doctrina ortodoxa y al mismo tiempo el corazón lleno de autosuficiencia y orgullo. Podemos estar comprometidos intelectualmente con las doctrinas de la gracia y hablar con nuestros labios de la libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, y al mismo tiempo negarlas con nuestras palabras y acciones.

El espíritu legalista es fomentado por el orgullo espiritual. Cuando un creyente experimenta un crecimiento en el conocimiento o algún poder espiritual, corre el peligro de empezar a confiar en sus logros espirituales. Cuando esto ocurre, los legalistas prácticos empiezan a mirar a los demás por encima del hombro y a juzgar pecaminosamente a quienes no han experimentado lo mismo que ellos. En su sermón «Llevar el arca a Sión por segunda vez», Jonathan Edwards explicó que había observado la realidad del orgullo espiritual y el legalismo práctico entre quienes habían experimentado el avivamiento durante el Gran Despertar:

Mientras viven, en los hombres hay una disposición excesiva para hacer una justicia de lo que hay en ellos mismos, y también una disposición excesiva para hacer una justicia de sus experiencias espirituales, así como de otras cosas… un converso es propenso a ser exaltado con pensamientos elevados de su propia eminencia en la gracia.

Quizá lo más perjudicial sea la forma en que el espíritu legalista puede manifestarse en el púlpito. Un ministro puede predicar la gracia de Dios en el evangelio sin experimentar esa gracia en su propia vida. Esto, a su vez, tiende a alimentar un espíritu legalista entre ciertos miembros de una iglesia.

LA CURA PARA EL LEGALISMO
La gracia de Dios en el evangelio es la única cura para el legalismo doctrinal y práctico. Cuando reconozcamos el legalismo doctrinal o práctico en nuestras vidas, debemos huir hacia el Cristo crucificado. Al hacerlo, empezaremos a crecer de nuevo en nuestro amor por Aquel que murió para sanarnos de nuestra propensión a confiar en nuestras propias obras o logros. A diario, necesitamos que se nos recuerde la gracia que ha cubierto todos nuestros pecados, que nos ha proporcionado la justicia desde fuera de nosotros mismos y que nos ha liberado del poder del pecado. Solo entonces perseguiremos con gozo la santidad. Solo entonces amaremos la ley de Dios sin intentar cumplirla para nuestra justificación ante Él. El grito de un corazón liberado del legalismo es este:Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano (Gá 2:20-21).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El legalismo versus la religión del evangelio

Serie: El legalismo

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Por Burk Parsons

En los últimos años la palabra religión ha pasado por momentos difíciles. Muchos han intentado oponer la religión a la fe, diciendo que el cristianismo no es una religión sino una relación. Eso suena bien, pero no es del todo cierto. La fe y la religión no se excluyen mutuamente, sino que se complementan. El cristianismo es una religión fundada en una relación con Jesucristo. De hecho, el cristianismo es la única religión verdadera del mundo porque es la religión establecida por el único Dios verdadero. La religión cristiana es la vida integral de confiar, adorar, seguir y amar a Dios y al prójimo, capacitada por la obra regeneradora y potenciadora del Espíritu Santo, y fundamentada en nuestra relación con Cristo mediante el evangelio por la gracia sola por medio de la fe sola.

Sin embargo, hablamos con razón de la religión en forma crítica cuando hablamos de la religión creada por el hombre. Cuando hablamos de tal religión, o bien nos referimos a todas las falsas religiones del mundo, como el islam y el budismo, o bien hablamos de las normas religiosas que los hombres añaden a la Escritura y con las que intentan atar nuestras conciencias. Este último tipo de religión era la de los fariseos y, más tarde, la de los judaizantes. Sin embargo, el problema fundamental de los fariseos y los judaizantes no fue que eran demasiado celosos de la ortodoxia religiosa, sino que inventaron su propia ortodoxia religiosa. Basándose en sus invenciones legalistas hechas por el hombre, juzgaron los corazones y tiranizaron a aquellos a los que Cristo había liberado. Y ese es precisamente el problema de las formas de legalismo en nuestras iglesias de hoy. Inventamos leyes en torno a la ley de Dios. Intentamos convertir nuestras preferencias en principios de Dios. Decimos «no puedes» cuando Dios dice «puedes».

Al mismo tiempo, también debemos comprender lo que no es el legalismo. El legalismo no es la obediencia a Dios y a Su ley. El legalismo no es aprender a obedecer todo lo que Cristo nos ha ordenado. El legalismo no es perseguir la santidad. El legalismo no es esforzarnos por agradar a Dios y glorificarle en todo lo que hacemos. El legalismo no es ser celosos de nuestras buenas obras y en dar frutos de arrepentimiento.

El legalismo no es un error del cristianismo: es una religión totalmente diferente. El legalismo llama la atención sobre nosotros mismos, pero la religión del evangelio llama la atención sobre Jesucristo. El legalismo nos da gloria, pero la religión del evangelio da gloria a Dios. El legalismo está arraigado en la adoración de uno mismo, pero la religión del evangelio está arraigada en la adoración de Dios. Y lo irónico del legalismo es que no hace que la gente quiera esforzarse más, sino que hace que quiera rendirse.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Confiando en el Dios bueno y soberano en todo tiempo

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Por Timothy Z. Witmer

Mi versículo favorito de mi capítulo favorito de mi libro favorito de la Biblia es Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito». Me «encontré por casualidad» con este versículo hace más de cuarenta años, en mi primer año de creyente, y ha sido de gran consuelo a lo largo de mi vida adulta. Su consuelo radica en el hecho de que nada de lo que sucede en mi vida es aleatorio, sino que el Señor está obrando todo para bien de forma misteriosa. Aunque este versículo ha traído consuelo a muchos, no podemos pasar por alto el principio subyacente si queremos que su promesa nos resulte confiable. Ella solo es posible si Dios es absolutamente soberano sobre todas las cosas. Otra traducción lo expresa de una forma aún más directa cuando dice: «Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien» (Rom 8:28, NTV). Es imposible que haga que todas las cosas cooperen para el bien a menos que todo esté bajo Su dirección soberana. Y no solo se trata de todas las cosas, sino también de toda nuestra vida.

El primer capítulo de Su obra soberana en nuestras vidas comienza incluso antes de que nazcamos. El salmista escribe:

Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra (Sal 139:13-15).

Esto nos recuerda que Él es nuestro Creador y ha demostrado Su gracia al darnos el regalo de la vida misma. Además, a cada uno de nosotros nos ha dado aptitudes, talentos y dones naturales de acuerdo con Su propósito. Pero también debemos reconocer que nuestras deficiencias naturales, ya sean físicas, intelectuales o emocionales, son parte de Su providencia misteriosa, que forma lo que somos para Su gloria. Puede ser difícil creer que algo bueno puede resultar cuando un niño nace con problemas de aprendizaje o síndrome de Down, pero esta es la promesa de Dios: que, incluso en estas circunstancias, Él está llevando a cabo Su plan para nuestro bien.

En los siguientes capítulos de nuestra vida, Su obra soberana a menudo se ve en la apertura y el cierre de puertas. Muchos de los momentos críticos de nuestras vidas surgen como resultado de decisiones importantes que debemos enfrentar. Suelen ser decisiones que debemos tomar entre varias opciones. Los jóvenes deben decidir qué van a hacer con sus vidas. ¿Debería ir a la universidad o no? Si es así, ¿a qué universidad debería asistir? ¿Debería casarme? Si es así, ¿con quién debería casarme? ¿Qué trabajo debo tomar? Por supuesto, debemos aceptar nuestra responsabilidad y emplear la sabiduría dada por Dios cuando abordamos estas preguntas, pero estos son momentos importantes para creer que el Señor tiene un plan para nuestras vidas. Aquí es donde frecuentemente vemos el desarrollo del plan soberano del Señor cuando Él cierra una puerta y abre otra, cuando somos aceptados en una universidad y no en otras, cuando obtenemos este trabajo y no otro.

Recuerdo una ocasión en que era joven y me ofrecieron dos puestos laborales muy buenos. No podía decidirme y no quería salir de la voluntad de Dios. Me reuní con un ex profesor muy piadoso que me aseguró que ambas opciones eran buenas y que no podía salirme de la voluntad de Dios si buscaba Su sabiduría a través de la oración. Esos son los momentos en los que las siguientes palabras cobran vida: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Pr 3:5-6). A medida que los capítulos de nuestra vida se van desarrollando y nos enfrentamos a los desafíos de la edad adulta que sigue avanzando, mirar en retrospectiva con frecuencia revela la sabiduría del plan de Dios, permitiéndonos ver lo que antes no podíamos ver: el camino por el que Él nos condujo paso a paso.

Al llegar al capítulo final de nuestras vidas, sabemos que Él también es el Señor soberano sobre nuestra muerte. Volviendo al Salmo 139, leemos: «Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos» (v. 16). Como pastor, he tenido el privilegio de estar junto a miembros amados de la iglesia en momentos de gran dolor, a veces cuando un ser querido ha fallecido de forma repentina, inesperada o siendo muy joven. Ha sido una experiencia conmovedora ver cuánto reconforta a esos preciosos enlutados el comprender que, aunque los caminos del Señor son misteriosos, de algún modo Él está ejecutando Su plan. En esos tiempos, es difícil ver cómo algo así puede cooperar para bien. Coopera para bien porque la promesa se basa en el hecho de que Dios es bueno.

En la primavera del año 2000, James Montgomery Boice fue diagnosticado con un cáncer de hígado terminal. En el último sermón que pronunció ante su congregación de la Tenth Presbyterian Church [Décima Iglesia Presbiteriana] en Filadelfia, expresó su confianza en su Señor bueno y soberano. Antes que nada, le recordó a su rebaño lo que les había enseñado durante treinta años. Dijo: «Si tuviera que reflexionar sobre lo que está sucediendo teológicamente aquí, enfatizaría dos cosas. Una es la soberanía de Dios. Eso no es novedoso. Aquí hemos hablado de la soberanía de Dios siempre. Dios está a cargo. Cuando llegan a nuestras vidas cosas como esta, no son accidentales. No es como que Dios de alguna manera se hubiera olvidado de lo que estaba pasando y se le hubiera escapado algo malo».

Pero luego expresó su convicción sobre la bondad de Dios en medio del sufrimiento humano. «Lo que más me ha impresionado es algo adicional a eso. Es posible concebir a Dios como soberano pero indiferente, ¿no es cierto? Dios está a cargo, pero no le importa. Sin embargo, no es así. Dios no solo es quien está a cargo; Dios también es bueno. Todo lo que hace es bueno».

Cuán importante es recordar que, incluso cuando caminamos por el valle de sombra de muerte, nuestro Señor sigue siendo nuestro Buen Pastor. El Dr. Boice agregó a la ecuación una eventualidad hipotética. «Si Dios hace algo en tu vida, ¿lo cambiarías? Si lo cambiaras, lo empeorarías. No sería tan bueno. Así que esa es la forma en que queremos aceptarlo y seguir adelante, ¿y quién sabe qué hará Dios?». En estas palabras, no debes escuchar una actitud de pasividad respecto a algo que puedes cambiar, sino de aceptación y confianza en el Señor respecto a las cosas que no puedes cambiar. Como escribió John Owen: «No podemos disfrutar de la paz en este mundo a menos que estemos dispuestos a ceder a la voluntad de Dios con respecto a la muerte. Nuestros tiempos están en Su mano, a Su disposición soberana. Debemos aceptar eso como lo mejor».

El Catecismo de Heidelberg, en su primera pregunta y respuesta, expresa bellamente el consuelo que la soberanía de Dios brinda al creyente en toda época de su vida:

P. ¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?

R. Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación. Por lo tanto, mediante Su Espíritu Santo, también me asegura que tengo vida eterna y me prepara y dispone de corazón para que viva para Él, de aquí en adelante.

Estas palabras nos recuerdan que hay una página en el libro de la vida de cada creyente, ya sea tarde o temprano en su historia, donde hay un marcador carmesí que marca el plan soberano de Dios de llamarnos a Él y alinearnos con Su propósito salvador mediante la fe en nuestro Salvador resucitado. Aunque el libro de esta vida se cerrará un día, el libro de la vida eterna se abrirá. Ese libro no tiene fin. Mientras tanto, debido a que este Autor divino no necesita un editor, podemos saber que Él está obrando todas las cosas para bien.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Timothy Z. Witmer
El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.

La fuente del gozo es el Señor Jesucristo

Serie: Legado, Ser dueño de mí influencia

David Logacho

Saludos cordiales amigo oyente. Bienvenido al estudio bíblico de hoy. ¿Es posible experimentar gozo en medio de circunstancias difíciles? Bueno, la respuesta depende de lo que sea la fuente de nuestro gozo. Si la fuente de nuestro gozo es una determinada persona o una determinada situación, el gozo estará presente cuando todo marche bien con esa determinada persona o esa determinada situación. Pero si algo va mal con esa determinada persona o esa determinada situación, el gozo dejará de existir. Un hombre de negocios levantó de la nada una cuantiosa fortuna. Su fortuna era la fuente de su gozo, pero en cierta ocasión invirtió casi toda su fortuna comprando acciones muy prometedoras en la bolsa de valores. Desafortunadamente para él, la cotización de esas acciones se vino abajo ante su estupefacta mirada. En cuestión de semanas su cuantiosa fortuna se estaba desvaneciendo. El gozo se había extinguido porque la fuente de su gozo había desaparecido. Se sintió tan frustrado y desesperado que prefirió terminar con su vida a vivir en la miseria. Otro caso, esta vez una mujer, cuya fuente de su gozo era su única hija, a la vez el único recuerdo de su amado esposo quien había fallecido cuando la hija era muy tierna. La madre volcó toda su esperanza e ilusión en su hija, pero cuando la hija llegó a su juventud, se metió en drogas, le expulsaron del colegio y terminó huyendo de la casa con un muchacho. Hoy esa madre vive en permanente tratamiento psiquiátrico. Sus nervios están destrozados, su vida es un tormento. Gozo es una palabra ajena a su vocabulario. ¿Por qué? Porque la fuente de su gozo se esfumó. Así por el estilo podríamos dar ejemplo tras ejemplo de lo peligroso que es depender de la-a personas o las cosas para nuestro gozo. ¿Se puede experimentar gozo en medio de circunstancias adversas? Sí, pero cuando la fuente del gozo no son personas o cosas sino única y exclusivamente el Señor Jesucristo. Justamente de esto tratará el estudio bíblico de hoy.

Abra su Biblia en la epístola del apóstol Pablo a los Filipenses, capitulo 2 versículos 17 y 18.

En este corto pasaje encontramos la excelencia del gozo verdadero y la exhortación a experimentar el Gozo verdadero.

En cuanto a lo primero, la excelencia del gozo verdadero, Filipenses 2:17 dice: «Y aunque sea derramado en libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y regocijo con todos vosotros»

Recuerde que Pablo estaba como prisionero en una cárcel romana mientras escribía estas palabras, no por haber hecho algo indebido, sino porque proclamó el mensaje del evangelio con denuedo. Todavía no había recibido su sentencia porque el juicio no había concluido, pero la posibilidad de una sentencia de muerte era muy real.

Es en estas condiciones que Pablo habla de la excelencia del gozo que había en su ser. Para ello, hace referencia a una ofrenda del Antiguo Testamento, llamada libación.

La libación consistía en derramar vino o aceite sobre el holocausto y la ofrenda de flor de harina, también llamada oblación. La libación simbolizaba a Cristo en su vida inmaculada y muerte voluntaria, lo cual era la fuente del gozo para Dios y para el hombre. Pablo se veía a sí mismo como el vino o el aceite que era derramado sobre el sacrificio y el servicio de la fe de los Filipenses (con lo cual traería gozo a Dios y a los hombres. Interesante que la fe de los Filipenses no era una fe muerta. Era una fe que se manifestaba en sacrificio y servicio).

El sacrificio tiene que ver con una negación de uno mismo para que se manifieste Cristo en nosotros. El sacrificio de la fe de los Filipenses les movió a ceder sus derechos en beneficio de Cristo y de los demás lo cual a su vez resultó en un servicio a Cristo y a los demás. Esta es la manera como se manifiesta una fe genuina.

Cuánto nos hace falta esta manifestación de la fe en la actualidad. En la mayoría de los creyentes vemos una fe barata en el mejor de los casos o una fe muerta en el peor de los casos. Personas que dicen que tienen fe y que son salvos por fe, pero viven como quieren, viven para ellos mismos, hacen respetar sus derechos y miran a los demás como objetos para satisfacer sus intereses personales.

Hablar de servicio a personas así es como lanzar un insulto, porque piensan que están en este mundo para ser servidos por los demás. Jamás se han detenido a pensar que el mismo Señor de la Gloria en sus días en este mundo dijo que no había venido para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.

¿Cómo es su fe amigo oyente? Es una fe viva que se manifiesta en sacrificio y servicio o es una fe muerta o enferma de muerte que se manifiesta en buscar su propio beneficio y considera el servicio a los demás como algo indigno.

Los Filipenses tenían una fe viva y por eso se sacrificaron y sirvieron. Cuando Pablo miró aquello, Pablo comparó su posible muerte con la libación u ofrenda de vino o aceite que produciría un grato olor a Dios y a los demás. Este pensamiento traía un gozo indescriptible a Pablo, por eso dice: me gozo y me regocijo con todos vosotros.

¿No le parece algo maravilloso? Allí está Pablo, encarcelado, lejos de su tierra, solo con pocos amigos, enfrentando una posible sentencia de muerte y sin embargo diciendo: Me gozo y como sí eso no fuera suficiente: Me regocijo. ¿Cuál fue su secreto para sentirse así?

Sin lugar a dudas que fue porque la fuente de su gozo era el Señor, su palabra, sus promesas. Cuando la fuente de nuestro gozo es la persona de Cristo, no importa cómo están las circunstancias externas, igual tendremos el gozo que necesitamos para vivir.

Puede ser que no nos vaya bien en los negocios, puede ser que un hijo se descarríe, puede ser que un ser querido enferme, puede ser que las cosas no salgan como esperábamos que salieran, puede ser cualquier cosa, nos afectará en mayor o menor grado, pero no nos quitará el gozo porque simplemente la fuente de nuestro gozo no son las circunstancias sino la persona de Cristo quien es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Una vez que hemos considerado la excelencia del gozo verdadero, consideremos la exhortación a experimentar el gozo verdadero. Filipenses 2:18 dice: «Y asimismo gozaos y regocijaos también vosotros conmigo»

Interesante que el gozo es cuestión de la voluntad de uno, sino no tendríamos mandatos como este. Gozaos y regocijaos está en modo imperativo indicando una orden. Dios no quiere hijos apesadumbrados, derrotados, desanimados, frustrados. Dios quiere hijos que se gozan y se regocijan y por eso nos manda a gozamos y regocijamos.

Quizá Ud. me dirá: Pero hermano, cómo puedo yo gozarme y regocijarme si me acaban de despedir del trabajo, o si mi hija está enferma en un hospital o si los planes que hice se acaban de hacer pedazos. ¿Pero sabe qué, amigo oyente? Pablo está diciendo: Y asimismo gozaos y regocijaos también vosotros conmigo. ¿Cuál fue la fuente del gozo de Pablo? ¿No fueron las circunstancias, verdad? Fue la persona de Cristo. Pablo encontró su gozo en Cristo, asimismo, Ud. y yo tenemos también que encontrar nuestro gozo en Cristo Jesús.

Hace algún tiempo visité a una hermana que tenía serios problemas con su esposo. El esposo no estaba satisfaciendo ninguna de las necesidades de la esposa y esto producía profunda angustia y desesperación en la esposa. Luego de hablar con ella acerca de que la fuente de su satisfacción no tiene que ser exclusivamente su esposo, sino también Cristo Jesús, ella prometió refugiarse en él. Tiempo después, le pregunté cómo le estaba yendo. Me dijo que su esposo seguía igual pero que ella ya no se sentía abatida como antes sino gozosa sabiendo que Dios tiene un propósito para lo que estaba pasando. Esta hermana había aprendido a encontrar en Cristo Jesús la fuente de su gozo. Ud. y yo debemos hacer lo mismo.

Quizá hoy mismo, Ud. amigo, amiga oyente se encuentra en medio del fuego despiadado de la prueba. Su carne tiende al lamento, a la auto conmiseración, a sentirse abandonado, despreciado y confuso. Ha perdido el gozo de vivir. No siga así. Levante la cabeza, refúgiese en Cristo, él es la fuente inagotable de gozo. Búsquelo en su Palabra y en oración, deposite sobre él su ansiedad y le garantizo que el gozo volverá a su vida. Se lo digo porque yo he experimentado exactamente eso. Si funciona conmigo, funciona con cualquier persona.

Gracias por su gentil sintonía. Si lo que hemos compartido le ha ayudado en su vida espiritual que tal si usted nos ayuda con sus oraciones y su ofrenda. Para informarle como hacernos llegar su ofrenda escríbanos a La Biblia Dice… Casilla 1708-8208 Quito Ecuador o al correo electrónico: labiblia@labibliadice.org o visite nuestro sitio en internet: http://www.labibliadice.org Pero antes quiero dejar con ustedes la PREGUNTA DEL DIA.

¿Sabe usted qué es la misión Bautista?

Busque la respuesta en nuestra página a, la dirección en Internet es: labibliadice.org. Bendiciones y le esperamos en nuestra próxima edición.

«Dios nos tenga compasión y nos bendiga; Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros»(Sal. 67:1).

Este salmo comienza con uno de los anhelos mas esenciales de las personas que se saben pecadoras: el anhelo de recibir la misericordia de Dios (v. 1); la certeza de que, en el día de la calamidad, Dios nos muestre Su bondadoso rostro y no nos de la espalda (ver Jer. 18:17). Esta era la petición del salmista en favor del pueblo, y esta es también la realidad de aquellos que hemos experimentado la gracia del evangelio. El apóstol Pablo nos dice que es en el evangelio donde hemos recibido esta «misericordia»; en el evangelio, Dios, “que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4:1, 6). Es en el rostro de nuestro Salvador donde Dios ha hecho resplandecer Su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de «toda bendición espiritual en Cristo» (Ef. 1:3). Por lo tanto, la petición del salmista nos ha sido ya otorgada. Por esta razón, al enfrentar como creyente cualquier tipo de aflicción o necesidad, no necesitas vivir en incertidumbre. Por el contrario, tienes la plena certeza de la bendición de Dios por causa de la obra de Jesús consumada en la cruz a tu favor. ¡Sublime gracia!

Ahora, la misericordia que Dios nos ha otorgado como Su pueblo, nos ofrece mucho más que una simple certeza personal e individual en tiempos de necesidad. En realidad, Su bondad misericordiosa nos ha dado un propósito y una responsabilidad eternos y trascen- dentes. Los versículos 2 al 7 lo expresan en términos que crean una imagen maravillosa. En primer lugar, el versículo 2 nos señala que la misericordia que hemos recibido es «para que se conozcan en la tierra sus caminos, y entre todas las naciones su salvación». Cada vez que el rostro de Dios ilumina a una persona, su propósito se revela una vez más como evangelístico, misional y salvífico. Porque que cuando la salvación de Dios llega, otras bendiciones espirituales se añaden también. Y cada una de ellas debe ser nuestro anhelo y petición a Dios a favor del mundo a nuestro alrededor. El salmista pide en el versículo 3: «Que te alaben, oh Dios, los pueblos; que todos los pueblos te alaben». Tan grande es su anhelo de que el Dios Salvador sea alabado, que lo repite en el versículo 5. La obra misericordiosa de Dios por nosotros es por lo tanto primeramente teocéntrica. Su intención primaria es que Dios reciba la adoración que solo Él merece y que en el presente está ausente en muchos confines de la tierra. Pero observa el versículo 4, en el centro del doble anhelo de alabanza a Dios, descubrimos que Dios consuma nuestra dicha: «Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque tú las gobiernas con rectitud…». ¡La adoración a Dios es para la alegría y el gozo de toda la tierra! Finalmente, el versículo 7 nos anuncia que toda esta bendición busca aquello que es el principio de la sabiduría: el temor de Dios.
Cuando te enfrentes a pruebas y tribulaciones, recuerda siempre que, en el evangelio, tienes la certeza de la misericordia y la ben- dición de Dios. Y que esta bondad se te ha dado para que todas las naciones conozcan, alaben, y teman a Dios, y como resultado, se regocijen en Su salvación.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

Ordena el hogar sin ser controlador

Serie: Perfeccionismo y control

Ordena el hogar sin ser controlador
Por Paul David Tripp

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Estoy cada vez más convencido de que solo hay dos formas de vivir: (1) confiar en Dios y vivir en sumisión a Su voluntad y Su gobierno o (2) tratar de ser Dios. No hay muchas opciones entre medio. Como pecadores, parece que somos mejores en la segunda que en la primera. Esta dinámica espiritual golpea directamente el corazón de la crianza y el matrimonio.

LA CRIANZA
La crianza exitosa se trata de una pérdida de control legítima y ordenada por Dios. El objetivo de la crianza es criar hijos que una vez dependieron totalmente de nosotros para que sean personas maduras e independientes que, con confianza en Dios y un vínculo adecuado con la comunidad cristiana, sean capaces de valerse por sí mismos.

En los primeros años de crianza, tenemos el control de todo y, aunque nos quejamos del estrés de todo el proceso, nos gusta tener el poder. Es poco lo que los bebés y los niños muy pequeños eligen hacer. Les elegimos la comida, los tiempos de descanso, la forma en que hacen ejercicio físico, lo que ven y oyen, adónde van y quiénes son sus amigos… la lista podría seguir y seguir.

Sin embargo, la realidad es que, desde el primer día, nuestros hijos se van independizando. El bebé que antes no podía darse vuelta sin ayuda ahora puede gatear hacia el baño sin nuestro permiso y desenrollar un rollo completo de papel higiénico. Ese mismo niño pronto saldrá conduciendo de la casa hacia lugares totalmente ajenos a nuestro alcance parental.

¿Cuántos padres han luchado con los amigos que sus hijos han elegido? Sí, la elección de compañeros es un asunto muy serio, pero también es un área en la que cedemos control a un niño que va madurando. El objetivo de la crianza no es mantener un control estricto sobre nuestros hijos en un intento por garantizar su seguridad y nuestra cordura. Solo Dios puede ejercer ese tipo de control. En cambio, el objetivo es que Él nos use para inculcar en nuestros hijos un dominio propio cada vez mayor a través de los principios de la Palabra y permitirles ejercer la elección, el control y la independencia en círculos cada vez más amplios.

Como consejero y pastor, trabajé regularmente con padres que querían retroceder en el tiempo. Pensaban que la única esperanza era volver a los antiguos días de control total. Intentaban tratar a su hijo adolescente como a un niño pequeño. Terminaron pareciendo más carceleros que padres, y se olvidaron de ministrar el evangelio, que era la única esperanza en esos momentos cruciales de conflicto.

Es vital que recordemos tres verdades del evangelio en lo que respecta a estos conflictos de la crianza:

  1. No hay ninguna situación que no esté bajo control, porque Cristo reina sobre todas las cosas por amor a la Iglesia (Ef 1:22).
  2. La situación no solo está bajo control, sino que Dios también está obrando en ella, haciendo el bien que ha prometido hacer (Rom 8:28). Por lo tanto, no necesito controlar todos los deseos, pensamientos y acciones de mi hijo que está madurando. En cada situación, él o ella está bajo el control soberano de Cristo, quien está logrando lo que yo no puedo.
  3. El objetivo de mi crianza no es conformar a mis hijos a mi imagen, sino trabajar para que sean conformados a la imagen de Cristo. Mi objetivo no es clonar mis gustos, opiniones y hábitos en mis hijos. No busco que mi imagen esté en ellos; mi anhelo es ver la de Cristo.

No podemos pensar en la crianza sin considerar honestamente lo que nosotros como padres aportamos al conflicto. Si nuestros corazones están dominados por el éxito, el reconocimiento y el control, anhelaremos inconscientemente que nuestros hijos cumplan con nuestras expectativas en lugar de atender sus necesidades espirituales. En vez de ver los momentos de conflicto como puertas de oportunidades dadas por Dios, los consideraremos irritantes, frustrantes y decepcionantes, y experimentaremos una ira creciente contra los mismos hijos a los que hemos sido llamados a ministrar.

EL MATRIMONIO
Lo mismo ocurre con el matrimonio. Nuestros matrimonios viven en medio de un mundo que no funciona como Dios quiso. De una manera u otra, nuestros matrimonios se ven afectados todos los días por un mundo quebrantado. Tal vez, el asunto simplemente se trate de la necesidad de vivir con las complicaciones ordinarias de un mundo quebrantado, o tal vez estemos enfrentando problemas mayores que han alterado el curso de nuestras vidas y nuestros matrimonios. Pero hay una cosa segura: no escaparemos del entorno en que Dios ha elegido que vivamos.

No es accidental que estemos viviendo nuestros matrimonios en este mundo quebrantado. No es accidental que tengamos que lidiar con las cosas con que lidiamos. Nada de esto es azar, casualidad o suerte. Todo es parte del plan redentor de Dios. Hechos 17 dice que Él determina el lugar exacto donde vivimos y la duración exacta de nuestras vidas.

Dios sabe dónde vivimos y no se sorprende por lo que enfrentamos. Aunque enfrentemos cosas que no tienen sentido para nosotros, todo lo que enfrentamos tiene un sentido y un propósito. Estoy convencido de que comprender nuestro mundo caído y el propósito de Dios para mantenernos en él es fundamental para construir matrimonios de unidad, comprensión y amor.

Verás, la mayoría de nosotros tenemos un paradigma de felicidad personal. Ahora bien, no es malo querer ser feliz y tampoco es malo esforzarnos por la felicidad conyugal. Dios nos ha dado la capacidad de disfrutar y ha puesto cosas maravillosas a nuestro alrededor para que las disfrutemos. El problema no es que esta sea una meta errónea, sino que es una meta demasiado pequeña. Dios está trabajando en algo profundo, necesario y eterno.

Dios tiene un paradigma de santidad personal. No te dejes intimidar por este lenguaje. Estas palabras significan que Dios está obrando a través de nuestras circunstancias diarias para cambiarnos. En Su amor, Él sabe que no somos todo lo que fuimos creados para ser. Aunque sea difícil de admitir, todavía hay pecado dentro de nosotros, y ese pecado se interpone en el camino de lo que estamos destinados a ser y de lo que estamos diseñados para ser (y, por cierto, ese pecado es el mayor obstáculo de todos para un matrimonio de unidad, comprensión y amor).

Dios está usando las dificultades del aquí y el ahora para transformarnos, es decir, para rescatarnos de nosotros mismos. Y debido a que nos ama, interrumpirá o comprometerá deliberadamente nuestra felicidad momentánea a fin de dar un paso más en el proceso de rescate y transformación, al que está inquebrantablemente comprometido.

Cuando comenzamos a aceptar el paradigma de Dios, la vida cobra más sentido: las cosas que enfrentamos no son problemas irracionales, sino herramientas transformadoras. Y hay esperanza para nosotros y nuestros matrimonios, porque Dios está en medio de nuestras circunstancias y las está usando para moldearnos, dándonos la forma de lo que Él nos creó para que fuéramos. Cuando Él hace eso, no sólo respondemos mejor a la vida, sino que nos convertimos en personas mejores con las que convivir, lo que se traduce en mejores matrimonios.

Entonces, de una manera u otra, este mundo caído y lo que hay en él entrará por nuestras puertas, pero no debemos temer. Dios está con nosotros y está obrando para que estas dificultades den lugar a cosas buenas en nosotros y a través de nosotros.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Paul David Tripp
El Dr. Paul David Tripp (@PaulTripp) es pastor, conferencista y autor de numerosos libros, entre ellos What Did You Expect? [¿Qué esperabas?] y New Morning Mercies [Nuevas misericordias matutinas]. Es fundador y presidente de Paul Tripp Ministries.