Escatología – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 26/26

Escatología – Parte 2

  1. Introducción

En la última clase, hablamos de las diferentes posiciones acerca del milenio: el amilenialismo, el premilenialismo, etc. El día de hoy, tendremos un tiempo de preguntas y respuestas extensas para que puedas hacer preguntas sobre cualquier cosa que hayamos cubierto: el don de lenguas, la clase pecados que llevan a la muerte, etc. Así que ahora piensa en tus preguntas; puedes escribirlas en el interior de tu folleto para que no las olvides. Y tus preguntas no deben (no tienen) que ser acerca de una doctrina oscura y difícil, pregunta cualquier cosa que quisieras aclarar, ¡y sinceramente, a los maestros les encantan las preguntas fáciles! Pero en términos de puntos de vista como el del milenio, como discutimos en nuestra última clase, sé que pueden parecer abrumadoras y, honestamente, ni siquiera estoy seguro de mi posición, pero concluimos nuestra última clase con esta buenas palabras: «Lo importante es que todos estas posiciones acerca del milenio tienen una creencia similar: que Cristo está regresando y que el juicio está por venir».

Espero que te lleves una lección básica de esta clase: cuando encuentres una doctrina en la Escritura de la que no estés seguro, pregúntate: ¿Cuál es el principio básico de la Escritura que me ayuda a comprender esto mejor, o al menos al que pueda aferrarme? El principio básico del que estamos hablando hoy, es que Jesús regresa, como el Señor y Juez del universo. No es una noción lejana, es nuestra realidad presente y urgente. Debemos estar preparados.

Eclesiastés, que es uno de mis libros favoritos y habla de considerar el propósito de la vida, tiene un consejo útil para nosotros el día de hoy. Después de que el narrador considera toda la vida y el verdadero significado de la vida —tal vez nos estés visitando hoy preguntándote qué rayos es la razón de vivir—, el narrador de Eclesiastés termina su búsqueda con esta conclusión.

Eclesiastés 12:13-14: «El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala».

Palabras aleccionadoras para nosotros esta mañana cuando consideramos el juicio final.

  1. El juicio final

Este es el juicio en el que todas las personas son condenadas o recompensadas por la eternidad. Al igual que con nuestra última sección, no profundizaremos exactamente cuándo sucederá en el calendario escatológico. Pero si miramos las Escrituras con respecto a esto, el mensaje básico es que habrá un solo juicio y que llegará pronto.

En su discurso a los atenienses, Pablo proclama: «Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:30-31).

Ilustración: Osborne: «Somos salvos por gracia, pero seremos juzgados por las obras. Hay muchos otros pasajes del Nuevo Testamento sobre el juicio de los creyentes ‘según sus obras’ (Mateo 16:27; Romanos 14:12; 1 Corintios 3:12-15; 2 Corintios 5:10; 1 P. 1:17). La Biblia nunca dice qué será exactamente este ‘juicio’, y sabemos que hemos sido perdonados por nuestros pecados y que seremos recompensados ​​por nuestro servicio a Dios. Debe bastar con decir que nos enfrentaremos con nuestras malas acciones, y luego seremos perdonados y recompensados ​​por el bien que hemos hecho»[1].

1 Co. 3:10: «Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego».

Dado que el juicio de Dios sobre la humanidad está por venir, ¿qué dice la Escritura al respecto? Bueno, déjame darte tres declaraciones bíblicas acerca del juicio final.

Hebreos 9:27-28: «Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

A. Jesucristo será el juez

En el Nuevo Testamento, Dios es juez en Mt. 6:4; 18:35; Ro. 14:10; y Cristo es juez en Mt. 7:22-23; 25:31-46; 2 Co. 5:10.

Jesús mismo será el Juez en el momento del juicio final. Él es el designado por el Padre sobre el que acabamos de leer en Hechos 17. Un día, el haber aceptado o rechazado a Jesús aquí en la tierra tendrá todo su peso cuando seamos sometidos a su juicio. Es Jesús, a quien hemos seguido o negado, quien nos juzgará.

B. Los incrédulos serán juzgados y condenados al castigo eterno

Es en este momento del juicio final que los incrédulos serán condenados ante el Señor. Pablo dice en Romanos 2:6-8: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras… ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Aquellos que no creen en Cristo serán condenados por no haberse arrepentido y apartado de sus pecados. No aceptaron la enseñanza de Jesús. Aquellos que son condenados recibirán el castigo del infierno.

El infierno es «un lugar de castigo eterno y consciente para los impíos»[2]. En las Escrituras, el infierno a menudo es descrito como un lugar donde los hombres llorarán y habrá un crujir de dientes (Mateo 25:30). Es un lugar donde el fuego nunca se apaga (Marcos 9:43), donde no habrá descanso (Ap. 14:11).

El infierno es un lugar real y es el resultado real del juicio. Una tendencia notable en la escatología evangélica es rechazar la doctrina del castigo eterno y defender el «aniquilacionismo», es decir, que los incrédulos finalmente son destruidos y no existen más. Pero las Escrituras no apoyan este punto de vista. En Mateo 25:46, Jesús dice: «E irán éstos [los impíos]  al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

Es difícil pensar en alguien que esté en perpetuo sufrimiento por la eternidad, pero no debemos forzar nuestro sesgado sentido de la justicia sobre la justicia perfecta de Dios. Él es un Dios infinitamente santo y eterno, y ofenderse contra él es recibir el peor castigo posible. Y la única manera de evitar su furia es a través de Jesucristo que soportó la ira de Dios en la cruz. La única diferencia entre el cielo y el infierno es la gracia de Dios en Cristo.

  1. Los creyentes serán juzgados conforme a sus obras.

Hay dos aspectos del juicio para los cristianos. En cierto sentido, seremos juzgados como justos y seremos recompensados ​​eternamente por nuestra posición, otorgada por la gracia de Dios, como coherederos con Cristo.

Los cristianos no serán finalmente condenados. Todos pasaremos de la muerte a la vida. Dicho esto, el segundo sentido en el que seremos juzgados es por la forma en que vivimos como cristianos. La Escritura parece indicar que habrá diversos grados de recompensa dependiendo de cómo hayamos vivido. Seremos juzgados por las obras que hemos realizado.

2 Co. 5:6-10: «Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor 7 (porque por fe andamos, no por vista); 8 pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. 9 Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. 10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».

Aplicación: Esto no pretende inspirarnos terror, sino motivarnos a una vida piadosa. (v. 9b: «procuramos… serle agradables»).

Ilustración: Lutero: «Tengo dos días en mi calendario… ‘Hoy y el Día’».

Seremos juzgados por lo que hemos hecho con lo que se nos ha dado. Rendiremos cuenta ante Dios por cómo hemos vivido. Dios sacará a la luz todo lo que ahora está oculto. Pero todos los pecados que se harán públicos en ese día serán como aquellos que han sido perdonados. Este juicio es una de las razones por las cuales la gracia de Dios nunca debe tomarse como una licencia para pecar.

Juan 5:28-29: «No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación».

Romanos 2:6-8 dice: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Este pasaje enseña que la vida eterna será conforme a las obras. Pero esto no significa que se ganará por las obras. Romanos 6:23 dice: «La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». La vida eterna no se gana. Es gratis.

Pero la vida eterna se representa conforme a nuestras obras. Esto se pone de manifiesto no solo en Romanos 2:6-8, sino también en 1 Corintios 6:9-11; Gálatas 5:6,21; Efesios 5:5; Santiago 2:14-26; Hebreos 12:14; Mateo 7:24-27; Lucas 10:25-28 y muchos otros lugares que enseñan la necesidad de la obediencia en la vida de fe y en la herencia de la vida eterna.

Piper: ¡Así que debemos aprender a hacer la distinción bíblica entre ganar la vida eterna sobre la base de las obras (¡que la Biblia no enseña!) y recibir la vida eterna conforme a las obras (¡lo que la Biblia sí enseña!). Los creyentes en Cristo se presentarán ante el tribunal de Dios y serán aceptados en la vida eterna sobre la base de la sangre derramada de Jesús. Pero nuestra libre aceptación por gracia a través de la fe será conforme a las obras.

«Conforme a las obras» significa que Dios tomará el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y las «buenas obras» por las cuales dejamos que la luz de nuestra fe brille (Mateo 5:16), y las aceptará corroborando la evidencia de nuestra fe.

Nuestras obras en el juicio sirven como evidencia que corrobora que efectivamente pusimos nuestra confianza en Cristo.

Nuestra recepción en el reino no será ganada por las obras, sino que será conforme a las obras. Habrá un «arreglo» o acuerdo entre nuestra salvación y nuestras obras.

Nuestras obras no son la base de nuestra salvación, son la evidencia de nuestra salvación. No son una base, son una demostración.

Ilustración: 1 Reyes 3:16-28: Las acciones de la mujer no la convirtieron en madre. Demostraron que ella era la madre.

  1. Un cielo nuevo y una tierra nueva

Definimos el cielo hace un minuto, pero debemos ampliar nuestra definición para reconocer que el cielo es un lugar real. No es simplemente un estado de ánimo o un símbolo, es real, y si eres cristiano, estarás allí físicamente por la eternidad una vez que hayas sido glorificado.

El cielo es el lugar donde Dios manifiesta más plenamente su presencia: es la morada de Dios. Escuche la visión del apóstol Juan de que Dios habita con el hombre. Mientras leo esto, comprende que si eres cristiano, entonces este es tu destino, esta es la consumación de la historia redentora.

Apocalipsis 21 dice: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

Si bien el cielo se menciona con frecuencia en las Escrituras, no hay muchos detalles sobre cómo será exactamente. Esto se debe a que finalmente no nos sentiremos atraídos por las calles de oro o los cimientos de joyas preciosas. No, ¡estaremos con Dios y su gloria! Veremos el rostro del Dios eterno e invisible y viviremos en una interminable sucesión de tiempo adorando y disfrutando a nuestro Creador como debía ser.

Estas verdades e imágenes sobre el futuro deberían encender una inmensa alegría y esperanza en nosotros. La escatología cristiana es una escatología de esperanza; independientemente de cómo resulten todos los detalles discutidos, sabemos cómo termina la historia.

¿Cuánto debería esto inspirarnos a una vida piadosa, a ver los desafíos de hoy con una perspectiva eterna, y a compartir las buenas noticias de esta redención que Dios está desarrollando ante nuestros propios ojos?

Ilustración: Sam Storms: «Cuando lleguemos al [cielo nuevo y tierra nueva] allí, no habrá nada que sea abrasivo, irritante, agitador o hiriente. Nada dañino, odioso, molesto o cruel. Nada triste, malo o impío. Nada áspero, impaciente, ingrato o indigno. Nada débil o enfermo, roto o tonto. Nada deformado, degenerado, depravado o repugnante. Nada contaminado, patético, pobre o pútrido. Nada oscuro, triste, desalentador o degradante. Nada culpable, mancillado, blasfemo o arruinado. Nada defectuoso, sin fe, frágil o desvaneciéndose. Nada grotesco o grave, horrible o insidioso. Nada ilícito o ilegal, lascivo o lujurioso. Nada estropeado o mutilado, desalineado o mal informado. Nada desagradable o sucio, ofensivo o aborrecible. Nada rancio o grosero, sucio o estropeado. Nada cutre o contaminado, insípido o tentador. ¡Nada vil o vicioso, inútil o sin sentido! Donde sea que pongas tus ojos, no verás nada más que gloria y grandeza y belleza, brillo y pureza, perfección, esplendor, satisfacción, dulzura, salvación, majestad, maravilla, santidad y felicidad. Veremos solo y todo lo que es adorable y afectuoso, hermoso y brillante, resplandeciente y generoso, encantador y ameno, exquisito y deslumbrante, elegante y emocionante, fascinante y fructífero, glorioso y grandioso, amable y bueno, feliz y santo, sano y completo, alegre y gozoso, atrayente y agradable, majestuoso y maravilloso, opulento y abrumador, radiante y reluciente, espléndido y sublime, dulce y gustoso, tierno y de buen gusto, eufórico y unificado! ¿Por qué serán todas estas cosas? Porque estaremos mirando a Dios»[3].

Oremos.

«Amén; sí, ven, Señor Jesús».

[1] Grant R. Osborne, Revelation, Comentario Exegético de Baker sobre el Nuevo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2002), 722.

[2] W. Grudem, Teología Sistemática

[3] Sam Storms, One Thing: Developing a Passion for the Beauty of God (Geanies House, Fearn, Ross-shire, Escocia, Gran Bretaña: Christian Focus, 2004), 178-179.

Mark Deve

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Matthew Barrett 

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

En el centro de la fe cristiana hay una creencia fundamental: no hay nadie como Dios. Él no es criatura, sino el Creador, Aquel que Isaías dice que es alto y sublime (Is 6:1). Qué increíble es, entonces, que este Dios se inclinara y se diera a conocer a criaturas finitas y pecaminosas como nosotros.

A Juan Calvino le encantaba decir que Dios es como un enfermero que se inclina para balbucearle cariñosamente a un recién nacido. Cuando leemos la Biblia, vemos esta adaptación cada vez que Dios usa metáforas para transmitirnos Su mensaje de salvación de una manera que podamos entender. Estas metáforas nos ayudan a conocer a Dios y a vivir la vida cristiana coram Deo, ante el rostro de Dios.

Por ejemplo, de entre las muchas maneras en que Dios podría haberse comunicado con Israel, Él eligió las metáforas agrícolas. Israel era un pueblo cuya existencia dependía de la tierra. Israel fue liberado de Egipto para entrar en la tierra que Dios le había prometido a su padre Abraham. Sin embargo, observa cómo se describe esta tierra: una tierra que mana leche y miel (Ex 3:8). La agricultura no era solo una forma de vida para Israel; era una señal de la bendición del pacto de Dios. Disfrutar del fruto de la tierra era una indicación segura de que Dios había cumplido las promesas que le había hecho a Abraham.

El cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua.

Cuando Israel peca y quebranta el pacto, su castigo es el exilio de la tierra y del fruto que da. Es apropiado que los profetas describan a Israel como un árbol que ha sido cortado. Sin embargo, Dios permanece fiel a Su pacto, prometiendo levantar «un retoño del tronco de Isaí» de modo que «un vástago de sus raíces dará fruto» (Is 11:1). Sabemos por el Nuevo Testamento que este Vástago justo no es otro que Jesús, el Hijo supremo de David, el tan esperado Salvador de Israel.

También Jesús utiliza la metáfora agrícola. Para explicar la salvación que ofrece, Jesús dice que Él es el «pan de vida» (Jn 6:35), una imagen que sin duda resonó con aquellos oyentes que recordaban cómo sus padres habían recibido el maná del cielo en el desierto. «Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo» (6:33).

Jesús recurre nuevamente a las metáforas agrícolas cuando describe lo que significa no solo creer en Él inicialmente, sino permanecer en Él perpetuamente. En el Antiguo Testamento, Israel es llamado una vid (Sal 80:8-16; Jer 2:21) y un viñedo (Is 5:1-7; 27:2-6), pero Israel es una vid que no dio fruto. Esta metáfora agrícola es de las que apuntaban hacia el futuro, a la venida de la vid verdadera. Eso explica por qué Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15:1-5). El viñador arranca y lanza al fuego los sarmientos que no dan fruto, y a los que sí dan fruto los poda para que den más fruto (vv. 2, 5-7). Por un lado, las palabras de Jesús sirven como una advertencia para que no pensemos que podemos confesar el nombre de Cristo sin vivir en obediencia a Él. Aquellos que no le conocen ni le obedecen realmente experimentarán el juicio venidero. Por otro lado, el sarmiento que da fruto representa al creyente que está unido a Cristo. Esa unión con Cristo es solo por medio de la fe, pero tal unión siempre resulta en el fruto de las buenas obras y la obediencia.

Los autores del Nuevo Testamento usan esta misma metáfora agrícola para describir la vida cristiana. Por ejemplo, Pablo les dice a los gálatas que el Espíritu Santo está obrando para santificarlos cada vez más a imagen de Cristo. Pero todo cristiano sabe que este proceso no es fácil, pues de este lado del cielo seguimos luchando contra la tentación. Así que Pablo advierte al cristiano contra las «obras de la carne» y, al igual que la de Jesús, la advertencia de Pablo es seria: «Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5:21). Por el contrario, el cristiano debe caracterizarse por el «fruto del Espíritu» (5:22-23). Dar ese fruto puede ser un proceso doloroso: Jesús dice que los sarmientos que permanecen en la vid deben ser podados para dar fruto (Jn 15:2), y Pablo dice que «los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gal 5:24). Sin embargo, tenemos plena confianza en que podemos dar fruto porque el Espíritu Santo, que primero nos unió a Cristo, también nos ayuda a vivir y a caminar por el Espíritu (v. 25).

A medida que luchamos contra el pecado y tratamos de dar fruto, puede que nos cueste mantenernos enfocados en la meta final. Quizás el Salmo 1 nos pueda ayudar. Allí, el hombre justo es descrito como un «árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua» (1:3). En nuestro patio trasero hay un árbol que toda nuestra familia ama; se extiende sobre la casa y nos proporciona sombra. Sin embargo, el año pasado, la mitad de sus ramas murieron porque sus raíces no pudieron encontrar suficiente agua. Por el contrario, el cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua. Como resultado, ese árbol «da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita» (v. 3). El resultado final es maravilloso: mientras que el malvado «perecerá» (v. 6), el justo «en todo lo que hace, prospera» (v. 3).

Con todo, el cristiano no solo debe ser ese árbol que da fruto; también —cambiando a otro tipo de metáfora— es llamado a ser un pescador que lanza su cuerda o echa su red para traer a otros peces. Mientras Jesús andaba por los caminos de Israel, no solo veía olivos (Jn 8:1) e higueras (Mt 21:19), sino también la orilla del mar. Fue en el mar donde llamó a algunos de Sus primeros discípulos. Estaban sentados en sus botes de pesca, pero Jesús los llamó más bien a pescar hombres (Mt 4:19). Si eres cristiano, deseas ser como ese árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero no olvides que el cristiano que da fruto se mantiene mirando hacia afuera; no trata de ocultar su fruto, sino de compartirlo con los demás. Después de haber probado cuán dulce es el fruto de ese árbol, el cristiano es aquel que entusiasmado sale de pesca para contar a otros acerca de la vid verdadera que da vida eterna. Hacerlo puede parecer aterrador, pero quizá una última metáfora agrícola nos pueda dar el incentivo que necesitamos: aunque Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 3:6) y sumió a la humanidad en el pecado, los que confían en el último Adán, Jesucristo, comerán del árbol de la vida para siempre (Gn 2:9; Ap 22:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Barrett
Matthew Barrett

El Dr. Matthew Barrett es profesor asociado de Teología Cristiana en el Midwestern Baptist Theological Seminary en Kansas City, Mo., y editor ejecutivo de Credo Magazine. Es autor de numerosos libros, incluyendo None Greater: The Undomesticated Attributes of God [Nadie mayor: Los atributos indómitos de Dios].

Pecado mortal (1 Jn. 5:14-17) – 23/29

Iglesia Evangélica de la Gracia

Serie: Andemos en Luz (Las cartas de Juan)

23. «Pecado mortal» (1 Jn. 5:14-17)

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

«Bienaventurados los humildes» – Mateo 5:3-5

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Las Bienaventuranzas

«Bienaventurados los humildes» – Mateo 5:3-5

Salvador Gómez Dickson

Salvador Gómez Dickson pertenece al Consejo de Pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, donde tiene la responsabilidad de exponer la Palabra de Dios cada domingo, además de impartir clases de Escuela Dominical. Es profesor de la Academia Ministerial Logos de IBSJ, donde ha impartido clases de Hermenéutica, Exégesis Bíblica, Griego, Doctrina del Hombre, de Cristo y de la Salvación, Introducción al Nuevo Testamento, entre otras. Está casado con Johanny Pérez y juntos tienen 4 hijos.

http://www.ibsj.org

«El infierno Bajo Fuego» – 89

Entendiendo los Tiempos

Primera Temporada

89 – «El infierno Bajo Fuego»

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

http://www.entendiendolostiempos.org

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

J.V. Fesko

C.S. Lewis escribió una vez que los libros antiguos traen la fresca brisa del pasado, que pasa por nuestras mentes para recordarnos verdades olvidadas desde hace mucho tiempo. Leer libros antiguos, por lo tanto, ayuda a la Iglesia a recuperar el enfoque reformado clásico para la defensa de la fe, es decir, la apologética. Los teólogos reformados clásicos dicen cosas diferentes a las que dicen muchos de nuestros contemporáneos en la actualidad. Karl Barth, por ejemplo, dijo que no hay punto de contacto entre el creyente y el incrédulo; por tanto, la apologética es innecesaria. El apologista reformado conservador Cornelius Van Til escribió en una carta a Francis Schaeffer que ninguna forma de teología natural habla de Dios con precisión. Sin embargo, la teología reformada histórica revela algo diferente. Esta diferencia de opinión entre la teología reformada contemporánea y la clásica merece una breve investigación para comprender por qué debemos leer libros teológicos reformados antiguos para defender la fe. 

Las obras reformadas de los siglos XVI y XVII hablan regularmente de dos ideas que pocos teólogos reformados contemporáneos mencionan: nociones comunes y el orden de la naturaleza. Primero, ¿qué son las nociones comunes? Las nociones comunes son aquellas ideas que todos los seres humanos poseen de forma innata en virtud de haber sido creados a imagen de Dios. Históricamente, los teólogos reformados han recurrido a las nociones comunes en sus interpretaciones de varios pasajes de Romanos. 

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Rom 2:14-15). 

El apóstol Pablo escribe sobre aquellos gentiles incrédulos que no recibieron la ley de Dios que fue particularmente revelada en el Sinaí. Aun así, estos incrédulos tienen las obras de la ley escritas en sus corazones. Los incrédulos conocen el bien y el mal, como vemos en la declaración de Pablo de que sus «sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Rom 2:15 NVI). 

Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante?

Hay varios pasajes más a los que apelan las obras teológicas reformadas clásicas, como cuando el pagano Abimelec mostró más moralidad que Abraham. Abimelec amonestó a Abraham por mentir sobre su relación con Sara (Gn 20:9-11). Los teólogos reformados clásicos también apelaron a la interacción de Jonás con los marineros paganos, quienes al principio se negaron a arrojarlo por la borda durante la tormenta porque sabían que eso estaba mal (Jon 1). También se cita 1 Corintios 5:1, donde Pablo reprende a los corintios por aprobar un tipo de inmoralidad sexual que ni siquiera se tolera entre los paganos. En otras palabras, los no creyentes en algunos casos tenían estándares morales más altos que los cristianos corintios. 

En segundo lugar, los teólogos reformados clásicos creían que las nociones comunes eran una parte de un todo mayor, es decir, del orden de la naturaleza. El orden de la naturaleza es la forma en que la creación refleja quién es Dios. Dios diseñó a los seres humanos para que encajen de manera integral dentro de Su creación más amplia. El conocimiento de las obras de la ley, que es innato de todos los seres humanos, está conectado a la creación en general. Un pasaje típico al que apelan los teólogos es Romanos 1:19-20: 

Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 

Otro es el Salmo 19: 

Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz (vv. 1-3).

La gente puede observar la creación y ver los trazos de pincel y la firma del Artista Maestro. Ya sea que uno mire a la creación en general y discierna el poder eterno de Dios y Su naturaleza divina o sea que estudie cosas particulares del mundo como los insectos y vea reflejos de la sabiduría de Dios (Pr 6:6), todo el orden creado y los seres humanos reflejan al Dios que los hizo a ambos. 

En la teología reformada clásica, se pueden encontrar referencias a las nociones comunes y al orden de la naturaleza en los escritos de Heinrich Bullinger, Martin Bucer, Juan Calvino, Francis Turretin, Girolamo Zanchi, Richard Baxter, John Owen, Franciscus Junius y otros. Pero el lugar más destacado donde aparecen estos conceptos es en la tradición confesional reformada histórica. La Confesión francesa (1559), escrita principalmente por Calvino, declara: «Dios se revela a los hombres… en Sus obras, en Su creación, así como en Su preservación y control» (artículo 2). Mucha gente sabe que la Confesión de Fe de Westminster (1647) comienza con un capítulo sobre la Escritura. Pero debemos notar que la línea de apertura de ese capítulo se refiere a algo diferente: «Aunque la luz de la naturaleza, las obras de la creación y la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios…» (1.1). La luz de la naturaleza es una rúbrica general para las nociones comunes y la revelación general de Dios en la creación. De hecho, la Confesión de Westminster hace cuatro referencias más a la luz de la naturaleza como algo por lo cual la Iglesia ordena ciertos aspectos de la adoración (4.6), como aquello que permite a los no creyentes enmarcar sus vidas moralmente (10.4), y como testigo, junto a la Escritura, que revela si cierta conducta es moral o inmoral (20.4). La quinta referencia a la luz de la naturaleza en el capítulo de la confesión sobre la adoración es una de sus declaraciones más completas sobre el conocimiento natural de Dios: 

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a todos, y por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (21.1). 

Uno de los símiles más memorables de la luz de la naturaleza proviene de la Confesión belga (1561): 

Lo conocemos… por la creación, preservación y gobierno del universo; que está ante nuestros ojos como el libro más elegante, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como muchas letras que nos llevan a contemplar las cosas invisibles de Dios (Artículo 2). 

Estos datos bíblicos y confesionales conducen a dos puntos clave: (1) la importancia del libro de la naturaleza, y (2) la necesidad de usar en conjunto los libros de la naturaleza y la Escritura para defender la fe. En el siglo XX, los teólogos reformados hicieron un uso vigoroso del libro de la Escritura, y eso es encomiable. Pero al mismo tiempo, el buen libro de la naturaleza de Dios se ha quedado en el estante y ha acumulado una buena capa de polvo. Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante? Los teólogos contemporáneos han defendido su renuencia a usar el libro de la naturaleza con un conjunto de justificaciones: Dios está por encima de la prueba; apelar a la teología natural somete la verdad al juicio de la razón pecaminosa; ninguna cantidad de evidencia ni de argumentación puede convertir al incrédulo. Aquí es donde entra en juego el segundo punto; a saber, debemos siempre usar en concierto la revelación general y la Escritura. El salmista ensalza la belleza y el poder revelador de la creación y luego pasa a la ley especialmente revelada de Dios (Sal 19:7). Cuando Pablo enfrentó a los filósofos incrédulos en el Areópago, se conectó con su audiencia a través de su conocimiento natural, aunque distorsionado, de Dios y corrigió su comprensión con el evangelio especialmente revelado de Cristo y Su resurrección (Hch 17:23, 28, 30). La Escritura y la teología reformada histórica transmiten la idea de que el Dios sobre el que leemos en las páginas de la Sagrada Escritura es el mismo Dios que ha creado el mundo que nos rodea. 

Al usar los dos libros de Dios, debemos reconocer sus distintas funciones. Solo la revelación especial de la Escritura habla de la persona y obra de Cristo y la salvación que viene a través del evangelio. Además, solo el poder regenerador soberano del Espíritu Santo puede convertir a los pecadores y trasladarlos del reino de las tinieblas al reino de la luz; solo a través del don de fe dado por el Espíritu, las personas pueden aferrarse al evangelio de Cristo. Como escribe Pablo: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14). Esto no significa que el libro de la naturaleza sea superfluo. Más bien, desde el fundamento de la autoridad de la Escritura, podemos apelar al libro de la naturaleza como un testigo corroborante creado por un autor divino. Podemos interactuar con los no creyentes y saber que podemos comunicar la verdad escritural porque Dios ha creado a todas las personas a Su imagen y ha escrito Su ley en sus corazones. 

Busca libros antiguos reformados de los siglos XVI y XVII y deja que la brisa fresca del pasado te recuerde verdades olvidadas desde hace ya mucho tiempo. Usa los libros de la naturaleza y la Escritura de Dios para defender la fe que fue una vez entregada a los santos.

Este articulo fuepublicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

«Las bienaventuranzas» – Mateo 5:1-12 

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Las Bienaventuranzas

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Salvador Gómez Dickson

Salvador Gómez Dickson pertenece al Consejo de Pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, donde tiene la responsabilidad de exponer la Palabra de Dios cada domingo, además de impartir clases de Escuela Dominical. Es profesor de la Academia Ministerial Logos de IBSJ, donde ha impartido clases de Hermenéutica, Exégesis Bíblica, Griego, Doctrina del Hombre, de Cristo y de la Salvación, Introducción al Nuevo Testamento, entre otras. Está casado con Johanny Pérez y juntos tienen 4 hijos.

http://www.ibsj.org

¿Hay vida después de la muerte?

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Josías Grauman

Josías Grauman

Josías Grauman

Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

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Serie: Andemos en Luz (Las cartas de Juan)

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David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008.