Cuando estoy ansioso

Soldados de Jesucristo

Noviembre 16

Solid Joys en Español

Cuando estoy ansioso

John Piper

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Facsímiles

Lunes 16 Noviembre


No se alabe… el rico… en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en… conocerme… dice el Señor.
Jeremías 9:23-24

Ciertamente como una sombra es el hombre; ciertamente en vano se afana.
Salmo 39:6

Facsímiles

Jonatán tenía 10 años y poseía una colección de sellos de correos, de la cual estaba muy orgulloso. Pero un día notó que varios de ellos, muy caros en el catálogo, llevaban una inscripción con letras muy pequeñas: «facsímil». No sabía qué significaba esto, pero dicha palabra despertó cierta inquietud en él. Entonces le preguntó a un tío y este le explicó que esos bonitos sellos no valían absolutamente nada, solo eran reproducciones. De hecho, todos acumulamos bienes sin valor. Entonces, ¿cuáles son las verdaderas riquezas? Son las que proceden de la fe en Dios (Santiago 2:5)

Ser rico significa conocer a Dios, el Dios Salvador, y servirle con fidelidad. Ser rico es conocer a Jesucristo, el Hijo de Dios, como Salvador y como razón de vivir. Esta es la riqueza que no engaña, la única que podemos llevar al otro mundo, la que Dios exige para abrir las puertas del cielo a los que la poseen. Revisemos bien nuestras riquezas. ¿Tendremos solo «facsímiles»? Hoy, recibamos de la mano de Dios lo que él nos ofrece gratuitamente: las riquezas de la fe para ser salvo. ¡Todavía es tiempo, es urgente!

Además, podemos multiplicar estas riquezas espirituales. Jesús nos lo explica en la parábola del hombre noble que confía dinero a sus siervos con vistas a recoger el interés a su regreso de viaje (Lucas 19:11-27). Lo que la gracia de Dios produce en la vida de un cristiano también será contabilizado en el cielo, para su recompensa y para el gozo de su Señor.

Josué 5 – Hebreos 7:18-28 – Salmo 125 – Proverbios 27:21-22
© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Luchando con la Palabra

Soldados de Jesucristo

Noviembre 15

Solid Joys en Español

Luchando con la Palabra

John Piper

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La voz de Dios

Domingo 15 Noviembre

(Jesús) vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca.
Efesios 2:17

Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma.
Isaías 55:3

La voz de Dios

–Señor, ¿conoce usted el Evangelio?

–No me interesa… La vida ya es lo suficientemente complicada.

–Pero nuestro Creador nos habla por medio del Evangelio. ¿Quién puede, mejor que Dios, hablar de la vida?

–La religión no me interesa… ¡Todo eso está pasado de moda!

–La Biblia no habla de religión, sino de vida. Nos dice que después de la tumba no se acaba todo. Vale la pena tomar un poco de tiempo para saber, para abrir la Biblia y descubrir lo que Jesucristo dijo y qué propone: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Le habla de la vida eterna, ¿y usted dice que no le interesa? Jesús habla de perdón, de paz, de gozo, de esperanza, ¿y esto lo deja indiferente?

La vida que Jesús le propone no solo es interesante, sino fundamental. Millones de hombres y mujeres lo han experimentado. Por medio de las palabras de Cristo han discernido la voz de Dios. Muchos de ellos también se oponían o eran indiferentes al Evangelio. Algunos pensaban: «está pasado de moda», o «no me interesa». Pero luego descubrieron el mensaje de la verdad y todo cambió. Fueron interpelados por el amor de Dios, porque él nos amó al punto de enviar a su Hijo Jesús al mundo, “para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:9-10).

Josué 4 – Hebreos 7:1-17 – Salmo 124 – Proverbios 27:19-20
© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Las maravillas de la creación

Soldados de Jesucristo

Noviembre 14

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Las maravillas de la creación

John Piper

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Los nombres de los cristianos

Sábado 14 Noviembre


A los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.
Hechos 11:26

Si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello.
1 Pedro 4:16

Los nombres de los cristianos

Desde el comienzo de la Iglesia, los creyentes (los que creyeron en Jesucristo) fueron designados con diferentes nombres. El significado particular de cada uno de ellos nos ayuda a comprender hoy qué es un cristiano y cuál es su misión en la tierra.

– Cristianos: este nombre viene de Cristo. La primera característica del cristiano es reconocer a Jesucristo como Señor y creer en su resurrección (Hechos 11:26; 1 Pedro 4:16; Romanos 10:9). – Discípulos (Juan 8:31): ser discípulo es escuchar y seguir la enseñanza de Jesús, como los que lo siguieron cuando estuvo en la tierra. – Amigos (3 Juan 15): el Señor también llamó a los suyos sus amigos (Lucas 12:4; Juan 15:15). Todos los creyentes saben que Jesús los ama, y están unidos entre sí por un afecto de confianza y fidelidad. – Llamados (Judas 1): haber oído y respondido el llamado del Señor caracteriza a los cristianos. – Escogidos (Tito 1:1): los creyentes son aquellos a quienes Dios escogió según su conocimiento anticipado. ¡Qué dignidad les confiere esto! Por lo tanto, son responsables de honrar al Señor. – Hermanos (Hechos 9:30): el Señor mismo nos llama sus hermanos (Juan 20:17), así que todos los creyentes son hermanos y hermanas. Es la familia de la fe, que conoce a Dios como Padre. – Santos o santificados (Hechos 9:13): los creyentes han sido separados para Cristo; ya no forman parte del mundo, sino que pertenecen al Señor. – Fieles (Efesios 1:1): perseveran en la fe, en la comunión cristiana. Permanecen firmes ante la persecución.

Josué 3 – Hebreos 6 – Salmo 123 – Proverbios 27:17-18
© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿Cómo Amar a tu Esposo? – 8

Iglesia Caminando por Fe

Serie: Familias Conforme a las Escrituras

8 – ¿Cómo Amar a tu Esposo?

Juan Manuel Vaz

Juan Manuel Vaz Salvador nació en Barcelona, España. Tras ser salvo, fue creciendo en el conocimiento de la Palabra y finalmente Dios le llamó al ministerio pastoral.

Juan Manuel es el fundador del ministerio ICPF, donde también sirve como pastor en la localidad de Hospitalet, en Barcelona. Además, ha escrito el libro La Iglesia Frente al Espejo.

Actualmente se dedica al pastorado y es conferenciante a nivel internacional.

No endurezca su corazón

Soldados de Jesucristo

Noviembre 12

Solid Joys en Español

No endurezca su corazón

John Piper

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La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

Coalición por el Evangelio

La guerra espiritual: 6 mitos y verdades

GERSON MOREY

La vida cristiana es una pelea constante y feroz. En su última carta, el apóstol Pablo escribió: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe (2 Ti. 4:7). Él consideraba el caminar cristiano como una guerra. Por eso exhortó a Timoteo: “Pelea la buena batalla de la fe” (1 Ti. 6:12).

La guerra espiritual en la que estamos es la lucha de todo cristiano frente a los poderes del infierno y los enemigos de Dios que conspiran contra nuestra firmeza (Ef. 6:12). El adjetivo espiritual hace referencia al origen y la naturaleza de esta guerra. Es espiritual porque nuestros enemigos son espirituales, y por la forma en que luchamos y las armas que usamos. No apelamos a estrategias humanas, ni usamos pistolas o armas físicas. En cambio, empleamos armas espirituales poderosas en Dios y que nos fueron dadas por Él, como la oración y la Palabra (2 Co. 10:4).

El llamado a la santidad supone grandes conflictos. Debemos estar dispuestos y preparados para resistir. Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne. El diablo nos tienta, el mundo nos resiste, y nuestras pasiones combaten en nosotros para arrastrarnos al pecado.

Desafortunadamente, en los últimos años ha surgido en nuestro países un entendimiento erróneo de esta guerra, y así varias fallas en cómo se lleva a cabo. Estos son algunos mitos comunes al respecto (algunos de los cuales creí por muchos años) y la verdad detrás de ellos:

Mito #1: “La guerra espiritual es arrebatarle al diablo lo que nos quita”.

Esta visión de la guerra espiritual, orientada a la pérdida de los bienes materiales o hacia asuntos terrenales, tiene mucha aceptación dentro de la iglesia. Sin embargo, la noción de que debemos arrebatarle al diablo lo que nos quita (popularizada por una conocida canción hace años) no tiene sustento bíblico y es espiritualmente nociva. En primer lugar, porque parte de la premisa de que aquello que Dios nos da se puede perder. En segundo lugar, porque presenta al diablo como el determinante de mucho (o todo) de lo que nos sucede.

Mientras vivamos en este lado de la gloria, la vida será una batalla sin tregua contra los enemigos de nuestra alma: Satanás, el mundo, y la carne

La Biblia enseña que todas nuestras bendiciones, lo que somos, y todo lo que tenemos en Cristo, fue asegurado por Él en la cruz (Ef. 1:3). A la vez, recordemos que los beneficios terrenales no están asegurados para los cristianos. Dios no nos promete perfecta salud, ni prosperidad financiera, ni una vida sin problemas aquí. Al contrario, los creyentes estamos expuestos a la hostilidad del mundo, a la pérdida de nuestros bienes (Heb. 10:34), y se nos advierte que en esta tierra sufriremos (Jn. 16:33).

Algunas veces padeceremos por nuestra lealtad e identificación con Cristo, y otras simplemente porque vivimos en un mundo afectado por el pecado. Sin embargo, todos los beneficios de la redención son eternos, posesión segura de los creyentes, y podemos confiar en que nada se perderá. Pablo decía que Dios “nos bendijo en los lugares celestiales en Cristo”, para enfatizar el carácter celestial y permanente de nuestros beneficios (Ef. 1:3). Pedro decía que nuestra herencia está reservada en los cielos (1 P. 1:4). Todo lo tenemos en Cristo —aquello que disfrutamos ahora y lo que disfrutaremos en gloria— está seguro en Él. Nada ni nadie, ni siquiera el diablo, tiene el poder para quitarnos esto. 

Por otro lado, los bienes terrenales son pasajeros y se pueden perder. En ocasiones por nuestro propio pecado; a veces, por nuestra fidelidad a Dios o solo como el resultado de vivir en un mundo caído. Pero Dios está por encima de todo escenario. Él es quién finalmente nos da y nos quita cosas, como nos recuerda Job (Job 1:21-22). Este hombre no culpó al diablo ni pretendió arrebatarle lo que había perdido. Más bien, confió en el Dios que dirige soberanamente nuestras vidas según Su sabiduría y para nuestro bien. 

Verdad #1: Dios es quien en última instancia nos da y quita beneficios terrenales, mientras todos nuestros beneficios celestiales están seguros en Cristo.

Mito #2: “Dios da las mayores guerras a sus mejores soldados”.

Este conocido cliché es un error porque sugiere una distinción entre los creyentes. Comunica la idea de categorías entre cristianos. Tal distinción no es saludable ni bíblica. Las palabras de Pablo en Efesios 6 son instructivas al respecto: “No tenemos (plural) lucha contra sangre y carne” (Ef. 6:12). ¡Todos los creyentes están incluidos en esta guerra!

No hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos

En un sentido todos tenemos la misma lucha, y en otro sentido es diferente para cada uno. Es la misma lucha porque batallamos contra los poderes del infierno; es diferente porque cada uno de nosotros es más propenso a diferentes tentaciones. Lo cierto es que cada creyente tiene su propia batalla. Cada uno experimenta la guerra espiritual de maneras distintas conforme a la providencia de Dios. Pero no hay superiores ni inferiores en el reino de los cielos. Las grandes dificultades para unos no sugiere superioridad en ellos.

Verdad #2: Todos los creyentes están en la guerra espiritual.

Mito #3: “Los gritos al orar añaden poder a la guerra espiritual”.

Santiago nos enseña que debemos ser fervientes en oración (v. 5:17), pero ese fervor no supone levantar la voz y gritar constantemente, porque el ejemplo que él nos provee es el de Elías. Curiosamente, en esa ocasión fueron los falsos profetas de Baal quienes levantaron la voz. Por el contrario, el fervor del profeta se expresó en la firmeza y confianza que demostró al orar (1 R. 18:25-36). La intensidad de los gritos no es crucial en la guerra espiritual.

Levantar la voz puede ser una expresión de celo y fervor, pero los gritos no siempre son una evidencia indiscutible de ello. Tengamos en cuenta que nuestro fervor debe ser una realidad integral y no solo al momento de orar. Es decir, la oración ferviente nace y debe estar en armonía con una vida fervorosa por Dios (Ro. 12:11). 

La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos

Para la guerra espiritual, la oración fervorosa no es un sustituto de la piedad, sino la extensión de una vida piadosa. El mismo Santiago decía: “sométanse a Dios. Resistan, pues, al diablo y huirá de ustedes” (v. 4:7). La resistencia al enemigo comienza con una vida de obediencia que se somete a Dios y no por medio de gritos.

Verdad #3: Los gritos no nos dan más poder en la guerra espiritual.

Mito #4: “Orar en lenguas hace más efectiva nuestra guerra espiritual”.

Es común escuchar que “las lenguas son un idioma de guerra”. Para argumentar eso, se citan las palabras de Efesios 6:18 en el contexto sobre la guerra espiritual: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu”. Sin embargo, más allá de la posición que tengamos sobre el don de lenguas, este mandato en realidad no es sobre eso. La exhortación es general para todos los creyentes, sin importar si hablan en lenguas o no. Es decir, orar “en el Espíritu” es algo que todos podemos y debemos hacer.

Una mirada al uso que Pablo hace de la expresión “en el Espíritu” nos ayuda a entender lo que quiso decir aquí. Por ejemplo, en Efesios 2:22 dice que los creyentes somos “juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”. Esto significa que Dios mora en nosotros por medio de Su Espíritu mientras somos edificados. También dice en Gálatas 5:16: “anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne”. Aquí nos exhorta a caminar en dependencia del Espíritu, en el poder del Espíritu, y de manera que honre al Espíritu.

Debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual

Estos dos pasajes —Efesios 2:22 y Gálatas 5:16— nos ayudan a ver que la expresión “en el Espíritu” en Efesios 6, no es necesariamente una referencia al uso del don de lenguas. En cambio, significa que debemos depender del Espíritu, su fuerza, su impulso, y su guía para levantar nuestras oraciones en medio de la batalla espiritual.

Verdad #4: La oración en el Espíritu es la oración guiada, sostenida, y fortalecida por Él.

Mito #5: “Debemos hacer decretos y declaraciones para ganar la guerra espiritual”.

La creencia de que nuestras palabras tienen poder para crear cosas y cambiar la realidad es muy común dentro de la iglesia. La idea es que debemos “declarar” con nuestra boca lo que deseamos que suceda y, si tenemos la suficiente fe y convicción, será hecho. He hablado con más detalles sobre esa práctica y mi experiencia con ella en este otro artículo.

Esta enseñanza falla en entender que los decretos que siempre se cumplen son los propósitos eternos de Dios. Esta es una prerrogativa divina, no humana. Los creyentes estamos llamados a confiar en Él y esta confianza la expresamos por medio de la oración constante y humilde. La Biblia nos enseña a clamar al Señor (Sal. 34:6) y presentar nuestras peticiones a Él; no a decretar ni declarar que se cumplan cosas que deseamos.

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no ‘declara’ cambiar cosas

La oración cristiana pide, no exige; ruega, no “declara” cambiar cosas. En ninguna parte en la Escritura vemos un mandato a “declarar”. Al contrario, vemos exhortaciones a pedir y ejemplos de peticiones (ej. Mt. 7:7). El mismo Pablo, en un tiempo difícil de su vida, dice que le pidió a Dios tres veces para que lo librara de una aflicción (2 Co. 12:8). El apóstol sabía que en Dios estaba su esperanza y por eso rogaba por ayuda en vez de “decretar”. 

Verdad #5: El creyente puede confiar en que Dios es el único soberano.

Mito #6: “En la guerra espiritual debo dirigirme al diablo y sus demonios”.

Un popular evangelista, conocido por su énfasis en la guerra espiritual, solía decir al orar: ¡Escúchame bien, Satanás…! Es cierto que Pablo le habló en Filipos a un espíritu de adivinación y le mandó a salir de una muchacha, y que Jesús se dirigió al demonio que tenía cautivo al hombre de Gadara (Hch. 16:18; Mr. 5:8-13). Pero la práctica actual de dirigirnos a enemigos espirituales al orar es un error por al menos dos razones.

Solo Dios es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección

Primero, porque fallamos al distinguir entre lo que es descriptivo y prescriptivo en la Escritura. En los Evangelios y en Hechos vemos prácticas y situaciones que no deben ser tenidas como normas para la iglesia. No todo lo que hizo Pablo o Jesús está para ser imitado. Nadie interpreta el relato de Jesús caminando sobre las aguas como algo que la iglesia debe hacer. Y en segundo lugar, estos relatos bíblicos fueron casos de liberación de demonios y no constituyen un modelo para la práctica de la oración en el conflicto espiritual.

Lo que la Biblia nos manda y modela es que la oración debe ser dirigida a Dios (Mt. 6:6; Fil. 4:6; 1 Pe. 4:7; 5:6-7). Solo Él es la fuente de nuestra ayuda, provisión, y protección. El ejemplo en Hechos 4 de la iglesia primitiva cuando fue amenazada es instructivo. En esa ocasión la oración fue dirigida al Señor y no al diablo: “Ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza” (Hch. 4:29). Que ese sea siempre nuestro ejemplo al luchar en la guerra espiritual.

Verdad #6: En vez de dirigir nuestras palabras al diablo y sus demonios, pidamos a Dios y confiemos en que Él dirige y cuida nuestras vidas.

​Gerson Morey es pastor en la Iglesia Día de Adoración en la ciudad de Davie en el Sur de la Florida y autor del blog cristiano El Teclado de Gerson. Está casado con Aidee y tienen tres hijos, Christopher, Denilson y Johanan. Puedes encontrarlo en Twitter: @gersonmorey

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

¿Cuál es el papel de la experiencia en la vida cristiana?

R.C. Sproul

Hoy en día, la experiencia personal ha sido exaltada sobre todas las cosas como el criterio final de lo bueno y lo malo. Solo piensa en todas las personas que tratan de justificarse a sí mismas basándose en lo que sienten. De manera rutinaria el divorcio es excusado basándose en que la pareja casada ya no siente que está enamorada. Se nos dice que la homosexualidad debe ser aceptada como un bien moral porque algunos homosexuales aseguran haber sentido una atracción hacia el mismo sexo desde una edad temprana. Incluso muchos cristianos profesantes toman sus decisiones sobre lo que está bien y lo que está mal basándose en lo que sienten.

Es difícil tener una discusión con alguien que hace de su experiencia el árbitro final de la realidad. Muchas personas aceptan el viejo adagio de que «una persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento». En última instancia, tenemos que estar en desacuerdo con esta afirmación, pero no porque la experiencia no sea un tutor valioso. Ella puede ayudarnos a conectar la teoría con la práctica y los conceptos abstractos con situaciones concretas. Nos ayuda a filtrar las sutiles diferencias que vivimos en este mundo complejo. Incluso algunas experiencias parecen probar que la experiencia triunfa sobre la argumentación. Pienso en el ejemplo de Roger Bannister. Antes de 1954, muchas personas argumentaban que ningún ser humano podía correr una milla en menos de cuatro minutos. Bannister rompió ese récord, demostrando por medio de la experiencia que el argumento no era válido.

El problema no es que la experiencia nunca pueda superar un argumento; sabemos por la historia de la ciencia que a menudo la experiencia de la investigación empírica ha volcado los argumentos prevalecientes. El problema es la idea de que la persona con una experiencia nunca está a merced de otra con un argumento. En muchos casos, un buen argumento triunfa sobre la experiencia. Esto es particularmente cierto cuando el debate se refiere a la experiencia personal frente a un entendimiento sólido de la Palabra de Dios.

Recuerdo una ocasión en que una señora se me acercó y me dijo: “Dr. Sproul, durante treinta años he estado casada con un hombre amable y un buen proveedor que no es cristiano. Finalmente, ya no pude soportar el no tener en común con él lo más importante en mi vida: mi fe. Así que, lo dejé. Pero me ha estado llamando todos los días rogándome que regrese. ¿Qué cree que Dios quiere que haga?»

«Eso es sencillo», le dije. «La falta de fe cristiana de su esposo no es motivo para un divorcio según 1 Corintios 7. Entonces, la voluntad de Dios es que usted regrese con él».

La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal.

A la mujer no le gustó mi respuesta y dijo que no era buena porque yo no sabía lo que era vivir con su esposo. Le respondí: «Señora, usted no me preguntó qué yo haría si estuviera en sus zapatos. Tal vez me hubiera ido mucho antes que usted, pero eso es irrelevante para el caso. Usted me preguntó acerca de la voluntad de Dios, y eso está claro en esta situación. Su experiencia no es un permiso para desobedecer a Dios”. Puedo decir con gratitud que cuando la mujer se dio cuenta que le estaba pidiendo a Dios que hiciera una excepción solo por ella, se arrepintió y regresó con su esposo.

El argumento de esa mujer se replica todos los días entre muchos cristianos que someten la Palabra de Dios a su experiencia. Muy a menudo, cuando nuestra experiencia entra en conflicto con la Palabra de Dios, dejamos de lado las Escrituras. Podemos refugiarnos en la opinión pública o en los estudios psicológicos más recientes. Permitimos que la experiencia común de las personas que nos rodean se convierta en normativa, negando la sabiduría y la autoridad de Dios y prefiriendo la experiencia colectiva de los seres humanos caídos.

En verdad, todos sabemos que la experiencia suele ser un buen maestro. Pero la experiencia nunca es el mejor maestro. Dios, por supuesto, es el mejor maestro. ¿Por qué? Porque Él nos instruye desde la perspectiva de la eternidad y de las riquezas de Su omnisciencia.

A veces tratamos de encubrir nuestra confianza en la experiencia con un lenguaje más ortodoxo. No puedo decirles cuántas veces he escuchado a los cristianos decirme que el Espíritu Santo los guió a hacer cosas que las Escrituras claramente prohíben o que Dios les dio paz en su decisión de actuar de una manera que es claramente contraria a la ley de Dios. Pero eso es una calumnia blasfema contra el Espíritu, como si alguna vez Él tolerara el pecado. Ya es suficientemente malo culpar al diablo por nuestras propias decisiones, pero cuando apelamos al Espíritu para justificar nuestras transgresiones, nos ponemos en un grave peligro.

Uno de los dispositivos de manipulación más poderosos que hemos diseñado es el afirmar que experimentamos la aprobación del Espíritu a nuestras acciones. ¿Cómo puede alguien osar contradecirnos cuando reclamamos la autoridad divina para eso que queremos hacer? El resultado es que terminamos silenciando cualquier cuestionamiento sobre nuestro comportamiento. Pero la Escritura nos dice que el Espíritu Santo nos guía a la santidad, no al pecado, y si el Espíritu inspiró las Escrituras, cualquier experiencia que tengamos que sugiera que podemos ir en contra de la enseñanza bíblica, no puede ser de Él.

Mientras vivamos en este lado del cielo, debemos lidiar con el estado  caído de nuestros cuerpos y almas. Procurar que nuestra experiencia sea determinante de lo que es bueno y malo es repetir el pecado de Adán y Eva. ¿Por qué ellos desobedecieron al Señor? Porque confiaron en su experiencia que les decía que «el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría» (Gn 3:6). Ignoraron las promesas y las advertencias que Dios les reveló sobre el fruto del árbol prohibido. La experiencia puede y debe enseñarnos, pero nunca puede ser el árbitro final del bien y el mal. Ese papel pertenece únicamente a nuestro Creador, y Su Palabra nos da los estándares por los cuales debemos vivir.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue el fundador de Ligonier Ministries, co-pastor de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, y el primer presidente del Reformation Bible College. Fue el autor de más de cien libros, incluyendo La Santidad de Dios.