8 de marzo «Llamó su nombre Benoni [hijo de mi tristeza]; mas su padre lo llamó Benjamín [hijo de la mano derecha]». Génesis 35:18
En todas las cosas hay un lado claro y otro oscuro. Raquel estaba abrumada por el pesar de sus dolores de parto y de muerte. Jacob, aunque lloraba la pérdida de la madre, podía ver la bendición del nacimiento del hijo. Será un bien para nosotros si mientras la carne se lamenta por las pruebas, nuestra fe se regocija en la fidelidad divina. El león de Sansón produjo miel; y nuestras adversidades, si las consideramos correctamente, harán lo mismo. El tormentoso mar alimenta con sus peces a multitudes; la selva sin cultivar produce hermosas florecillas; el viento huracanado barre la peste, y la cáustica escarcha ablanda el suelo. Las nubes oscuras destilan cristalinas gotas y la tierra negra produce vistosas flores. La veta del bien puede encontrarse en toda mina del mal. Los corazones melancólicos tienen una peculiar habilidad para descubrir los ángulos más desventajosos y mirar desde ellos las pruebas.
Si solo hubiese una ciénaga en el mundo, pronto estarían los tales hundidos en ella hasta el cuello; si en el desierto se encontrase un solo león, ellos oirían su rugido. Todos tenemos algo de esta desgraciada manía, y somos propensos a clamar como Jacob: «Contra mí son todas estas cosas». La norma de vida de la fe es echar toda ansiedad sobre el Señor y, después, prever buenos resultados de las peores calamidades. A semejanza de los hombres de Gedeón, la fe no se impacienta por los cántaros rotos, sino que se regocija porque las teas brillen más. De la ostra de las dificultades, la fe extrae la rara perla de la honra, y de las profundidades del océano de la aflicción, levanta el inapreciable coral de la experiencia.
Cuando la marea de la prosperidad baja, la fe halla en la arena tesoros escondidos; y cuando el sol del placer declina, ella dirige su telescopio de esperanza al cielo estrellado de las promesas. Cuando la misma muerte aparece, la fe apunta a la luz de la resurrección allende el sepulcro, y así hace que nuestro agonizante Benoni se transforme en nuestro viviente Benjamín.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 76). Editorial Peregrino.
Una de las grandes ironías de nuestra época es que mientras el mundo celebra hoy el Día de la Mujer, por lo general no pueden explicar exactamente y de manera razonable qué se debería celebrar hoy. Hay confusión sobre qué es una mujer y qué la hace única, en especial debido a que el feminismo ha distorsionado el verdadero rol de la mujer y sus características, y también por el auge de la ideología de género. ¿Qué es una mujer? En este escrito, quiero invitarte a reflexionar en cómo la Biblia y la ciencia nos ayudan a responder esta pregunta.
En el jardín del Edén, Dios creó una pareja binaria que consistía solo en un hombre y una mujer. Era una pareja con una naturaleza santa, que caminaba en relación íntima con su Creador como portadora de Su imagen. Dada la grandeza y sabiduría de Dios, Él creó dos géneros con grandes similitudes y diferencias para que, al vivir en armonía, lo pudieran reflejar ante el mundo de una manera mejor que si solo hubiera un género. Ambos, el hombre y la mujer, serían capaces de mostrar la sabiduría y grandeza de Dios.
Al ver a la pareja en el jardín notamos que eran iguales en dignidad, aunque tenían roles diferentes que cada uno aceptó (Gn 1:27-28; 2:15-18; 3:2-3). No obstante, a pesar de sus diferencias, cada uno valoraba al otro y juntos tenían una meta en común por la que trabajaban en equipo (2:23-23; 1:28). Como al comienzo no conocían el pecado, había una inocencia en sus formas de pensar y actuar, y cada uno confiaba en el otro (2:25; 3:2-3).
Es lamentable, pero en la actualidad tenemos una confusión respecto al género, porque la cosmovisión en auge en nuestra cultura está a años luz de la realidad diseñada por Dios. Hoy se afirma que el género no es binario y que es posible ser de un género y estar «atrapado» en el cuerpo del sexo opuesto, lo cual requiere nuestra «emancipación de dicha tiranía», como algunos han sugerido. Sin embargo, solo una generación individualista puede concluir que la esencia de una persona puede ser definida con base en los sentimientos, incluso si estos sentimientos son contrarios a la genética, embriología, endocrinología, neurobiología y neurofisiología.
Aunque la diferencia genética entre el hombre y la mujer es de solo un 1 %, las implicaciones de este porcentaje son inmensas en manos de un Dios sabio e infinito
La ciencia pone al descubierto el diseño radicalmente distinto del hombre y de la mujer. Por ejemplo, aunque parecen iguales en el aspecto anatómico, la función fisiológica es distinta en cada género. Aunque la diferencia genética entre el hombre y la mujer es de solo un 1 %, las implicaciones de este porcentaje son inmensas en manos de un Dios sabio e infinito. Con el descubrimiento de las resonancias funcionales y las tomografías por emisión de positrones, se han demostrado las diferencias en la función cerebral de cada género, lo que a su vez demuestra las diferencias en las habilidades de cada género.
Por ejemplo, desde el embarazo, el cerebro femenino experimenta cambios y se prepara para lidiar con la vida multitarea que se le avecina. A través de las feromonas, la madre es capaz de apegarse a su niño de una manera especial incluso antes de que nazca, no necesita esperar hasta ver a su bebé para amarlo. Además, estos cambios cerebrales producen que por lo general sea más paciente con las rabietas del niño al punto de inclinarse a consentirlo más, y entonces el padre usualmente balancea esta permisividad con la justicia. De esta forma, ambos demuestran diferentes aspectos del amor de Dios: la mujer llena de una manera particular la necesidad del niño de sentirse amado y el hombre lo prepara para enfrentarse con un mundo caído.
Dios siempre ha sido relacional; existe eternamente una relación perfecta entre las tres personas de la Trinidad. Con esto en mente, también podemos entender que Él ha formado a la mujer con una necesidad y capacidad particular de relacionarse con otros, de una manera distinta a la del hombre, y así ella también demuestra que Dios la creó conforme a Su imagen y semejanza. Su particularidad, por ejemplo, promueve en ella el deseo de armonía en las relaciones. Debido a las conexiones cerebrales que tiene, su reacción más común es evitar una confrontación, a diferencia del hombre (a quien le faltan algunas de estas conexiones y tiene más facilidad para confrontar). De nuevo, podemos ver que tanto el hombre como la mujer son necesarios para reflejar a Dios como Él ha diseñado que lo hagamos. Dios mismo nos buscó para quitar la enemistad que nuestro pecado produjo (2 Co 5:18-19), por lo que la disposición a confrontar en amor también es un aspecto del carácter de Dios que es necesario que reflejemos (Gn 3:11-19).
Al hablar sobre qué es una mujer, no podemos dejar de mencionar el rol de ayuda idónea que le fue otorgado en su creación
Al hablar sobre qué es una mujer, tampoco podemos dejar de mencionar el rol de ayuda idónea que le fue otorgado en su creación (2:18). Adán recibió las instrucciones de cuidar y cultivar el huerto antes de la creación de Eva (2:15); sin embargo, para llevar a cabo esta tarea asignada por Dios, fue necesario unir a dos personas con una multiplicidad de características típicas de su diseño. Entonces, a Adán se le otorgó el rol de ser cabeza y líder, mientras Eva lo complementaba para desarrollar la creación como fue ordenado por Dios (1:28). Aunque este rol de ayuda idónea alcanza una expresión muy especial en el matrimonio, dada sus condiciones de diseño original, la contribución de las mujeres ha sido monumental en el desarrollo de las civilizaciones. Es por eso que podemos decir que no hay esfera de la vida humana que no se beneficie profundamente de la intervención de las mujeres, sean solteras o casadas, en la medida en que ellas caminan según el diseño de Dios para sus vidas.
Ahora bien, nada de esto quiere decir que las mujeres siempre manifiestan estas características de la misma forma. Cada persona es diferente y, por lo tanto, sus características innatas debido a su género pueden tener distintos matices de expresión en diferentes contextos y etapas de la vida. Por ejemplo, aunque las mujeres por lo general prefieren no confrontar, es posible que una mujer no tenga dificultad en hacerlo. Esto no la hace menos mujer. Recordemos también que el trasfondo cultural de las personas también ejerce una gran influencia. Por consiguiente, tanto los hombres como las mujeres pueden tener diferentes grados de expresión de aquellas cualidades que son típicas de uno u otro. Pero lo que nunca se puede negar es que las mujeres y los hombres son distintos por diseño, cada uno con rasgos particulares que derivan de la forma en que Dios los hizo para Su gloria, incluso en detalles que son imperceptibles a menos que los examinemos de cerca.
Entonces, ¿qué es una mujer? Es uno de los dos géneros que Dios creó, con un conjunto de características divinas específicas. Fue hecha con la capacidad de complementar al hombre y brindar su aporte a las áreas donde él necesita ayuda para desarrollar la creación y glorificar a Dios. De esta manera, trabajando juntos en armonía demuestran al mundo quién es Dios.
Mientras el mundo en general está confundido con respecto a qué es una mujer, recordemos y proclamemos con alegría y asombro esta verdad para la gloria de nuestro Dios.
Catherine Scheraldi de Núñez es la esposa del pastor Miguel Núñez, y es doctora en medicina, con especialidad en endocrinología. Está encargada del ministerio de mujeres Ezer de la Iglesia Bautista Internacional. Conduce el programa Mujer para la gloria de Dios, en Integridad y Sabiduría. Puedes seguirla en Twitter.
Miércoles 8 Marzo Mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza. Job 7:6 Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. 1 Juan 5:11 ¿Cuáles son sus perspectivas?
¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Qué perspectivas tengo ante mí, aparte de vivir todavía algunos decenios y luego morir? Debo hacerme estas preguntas, pues la vida que poseo es mi bien más preciado. A mi alrededor hay personas que saben que la vida es corta y tratan de disfrutar al máximo, negándose a pensar en lo que vendrá después. También están los que se «matan» trabajando, esperando una jubilación que quizá nunca llegará. Pero, ¿cuáles son sus perspectivas a largo plazo? ¡Porque todo tiene un fin en esta tierra! La Biblia muestra la constatación que hizo el rey Salomón, conocido por su sabiduría: “¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?… He aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 1:3, 14).
Dios quiere dar un sentido a nuestra vida. La Biblia nos dice por qué estamos en la tierra, por qué existe la muerte… y qué es lo que le sigue. Dios creó al hombre a su imagen, lo colocó en un huerto de delicias donde no faltaba nada a su felicidad, pues vivía en armonía con su Creador. Luego el hombre desobedeció a Dios y perdió su relación de confianza con él. Al final se volvió enemigo de Dios. Desde entonces su vida parece sin sentido.
Pero “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Él ama a su criatura y desea su felicidad. Jesús, el Hijo amado de Dios, se ofreció a sí mismo para que pudiésemos acercarnos a Dios y recibir su perdón y la vida eterna. Creer y aceptar a Jesús como Salvador abre una perspectiva eterna de felicidad junto a él.
Samuel Pérez Millos Nació en Vigo (Pontevedra) España en 27 de Enero de 1943. Fui guiado en el estudio de la Palabra de la mano del insigne teólogo español Dr. Francisco Lacueva. Master en Teología por el IBE (Instituto Bíblico Evangélico) actualmente es miembro de la Junta Rectora del IBSTE (Instituto Bíblico y Seminario Teológico de España) y profesor activo en las áreas de Prologómena, Bibligrafía y Antropología. Une a su preparación académica la valiosa experiencia vital y pastoral de su anterior labor por más de 25 años como pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo (España).
Autor de más de treinta obras de teología y estudios bíblicos, conferenciante en el ámbito internacional y consultor adjunto de la Editorial CLIE en el área de lenguas bíblicas.
7 de marzo «Es mejor refugiarse en el SEÑOR que confiar en el hombre». Salmo 118:8 (LBLA)
Sin duda, el lector se habrá visto probado con la tentación de confiar en las cosas que se ven, en lugar de descansar solo en el Dios invisible. Los cristianos a menudo esperan del hombre ayuda y consejo, y dañan el noble candor de su confianza en Dios. Si la porción de esta noche cae bajo la mirada de algún hijo de Dios que esté preocupado por las cosas temporales, entonces quisiéramos razonar con él unos momentos. Tú confías en Jesús, y solo en Jesús, para tu salvación, ¿por qué estás turbado entonces? Por mi gran ansiedad. ¿No está escrito: «Echa sobre el Señor tu carga» (Sal. 55:22, LBLA)? «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego» (Fil. 4:6). ¿No puedes confiar en Dios para las cosas temporales? ¡Ah!, desearía poder hacerlo.
Si no puedes confiar en Dios para las cosas temporales, ¿cómo te atreverás a confiar en él para las espirituales? ¿Puedes fiarte de él para la redención de tu alma y no puedes hacer lo mismo en cuanto a las bendiciones menores? ¿No es Dios suficiente para tus necesidades? ¿O acaso su omnisuficiencia resulta demasiado escasa para satisfacerlas? ¿Necesitas otro ojo aparte del suyo, que ve todo lo secreto? ¿Desfallece tal vez su corazón? ¿Es débil su brazo? Si es así, búscate otro Dios. Sin embargo, si él es infinito, omnipotente, fiel, verdadero y omnisapiente, ¿por qué vagas tanto en busca de alguna otra confianza? ¿Por qué remueves la tierra para hallar otro fundamento, cuando ella es lo suficientemente fuerte para soportar todo el peso que puedas alguna vez edificar sobre ella? Cristiano, no mezcles tu vino con agua; no mezcles el oro de tu fe con la escoria de la confianza humana. Espera solo en Dios y depende únicamente de él.
No codicies la calabacera de Jonás, sino apóyate en el Dios de Jonás. Deja que los necios elijan los arenosos fundamentos de la confianza terrenal; tú haz como el que prevé la tormenta: edifica para ti un lugar firme sobre la Roca de los Siglos.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 75). Editorial Peregrino.
PREDICACIÓN EXPOSITIVA Cómo interpretar la Biblia: Diez principios
La Biblia es la Palabra de Dios y la base de las creencias cristianas. Precisamente por eso es vital que interpretemos la Biblia de manera correcta. Creemos en “el libre examen”, pero no en “la libre interpretación”. “El libre examen” es el derecho y el deber de todo el mundo de leer y estudiar la Biblia. “La libre interpretación” es el derecho de todo el mundo de interpretar la Biblia como sea, como si todas las interpretaciones fuesen igualmente válidas. Pues, no es así; se puede interpretar la Biblia bien o mal, y para interpretarla bien, hay que conocer y respetar una serie de principios. ¿Cuáles son esos principios? Pues, aquí van diez principios básicos:
La interpretación de la Biblia es una tarea espiritual
Ya que la Biblia no es un libro cualquiera, sino la Palabra de Dios escrita, aunque hay que usar la mente, la inteligencia, para interpretarla bien, no se trata de un ejercicio meramente intelectual, sino también de una tarea espiritual. Conviene una actitud de reverencia, humildad y fe. Y conviene orar antes, durante y después del trabajo de interpretar la Biblia.
Hay que empezar buscando el sentido más natural Normalmente, ¡la Biblia significa lo que parece significar! No hay que buscar otro significado distinto del significado más natural, a no ser que exista alguna razón de peso para hacerlo. Algunas de las excepciones a esta regla son: (1) Cuando lo que parece significar contradice el resto de la Biblia; (2) Cuando lo que parece significar no tiene ningún sentido; y: (3) Cuando el lenguaje no es literal, sino metafórico (etc.). Pero hay que empezar buscando el sentido más natural de cada texto o pasaje.
Cada parte de la Biblia debe ser interpretada a la luz de toda la Biblia Aunque los sesenta y seis libros que componen la Biblia fueron escritos por unas cuarenta personas diferentes, en lugares diferentes, a lo largo del milenio y medio entre Moisés y el apóstol Juan, en otro sentido hay un solo Autor divino de toda la Biblia. Por eso, y sin negar las características propias de cada autor humano, hay en la Biblia una coherencia interna que refleja la coherencia de Dios mismo. En la Biblia hay paradojas y aparentes contradicciones, pero no puede haber contradicciones en el sentido de afirmaciones o enseñanzas totalmente incompatibles entre sí, porque si las hubiera, serían contradicciones dentro del ser de Dios. A la hora de interpretar cualquier parte de la Biblia, debemos tener en cuenta la Biblia como un todo.
Hay que interpretar cada texto dentro de su contexto histórico Cada libro de la Biblia fue escrito por un autor humano en particular (o por más de uno, como en el caso de Salmos y Proverbios), en un lugar en particular, en un momento de la historia en particular y con un propósito en particular. Por lo tanto, sería irresponsable pretender interpretar un pasaje bíblico sin tener en cuenta estos factores. Por eso tenemos que hacernos preguntas como: (1) ¿Quién escribió esto?; (2) ¿Cuándo lo escribió?; (3) ¿Para quién(es) lo escribió; (4) ¿En qué circunstancias lo escribió?; (5) ¿Con qué intención o propósito lo escribió?; y: (6) ¿Cómo lo entenderían aquellos primeros oyentes o lectores?
Hay que interpretar cada texto dentro de su contexto literario Si conoces el programa de ordenador Google Earth y si sabes cómo funciona, sabrás que de ver el planeta en su totalidad te puedes ir acercando a tu continente, a tu país, a tu ciudad, a tu barrio, a tu calle ¡y hasta a tu casa! Ahora, imagínate que lo hicieras al revés; que empezaras fijándote en tu casa, luego en tu calle, luego en tu barrio, luego en tu ciudad, etc. Pues, eso sería como analizar un texto bíblico en su contexto literario. Por ejemplo, si el texto fuese Juan 3:16, empezarías fijándote en el contexto inmediato: Juan 3:16-21; luego te alejarías un poquito y mirarías Juan 3:16 como un versículo clave en la sección de Juan 3:1-21; luego te fijarías en el capítulo entero, y después en esa sección del Evangelio según Juan: Juan 2:12 – Juan 4:54; y así, sucesivamente. ¿Ves la diferencia entre el contexto histórico y el contexto literario? Es importante tener en cuenta ambos contextos.
Hay que tener en cuenta el tipo de lenguaje de cada texto En la Biblia hay diferentes tipos de lenguaje. Por ejemplo, hay lenguaje narrativo, metafórico, poético, profético y apocalíptico. Y hay todo tipo de figuras del lenguaje: (1) Símiles (comparaciones explícitas): “¿No es mi palabra como fuego –declara el Señor– y como martillo que despedaza la roca?” (Jer. 23:29); (2) Metáforas (comparaciones implícitas): “Lámpara es a mis pies tu palabra” (Sal. 119:105); (3) Parábolas (metáforas más extensas): El buen samaritano; (4) Alegorías (metáforas más extensas y más complejas): El Sembrador y las cuatro tierras; etc. Son algunos ejemplos de los diferentes tipos de lenguaje que se encuentran en la Biblia, y hay que reconocerlos para interpretarlos correctamente.
Hay que tener en cuenta las palabras de conexión Me refiero a esas palabras, muchas veces pequeñas y (aparentemente) sin mucha importancia, que hacen de puente entre dos frases, versículos, párrafos, secciones, etc. Con respecto a las palabras de conexión, existen dos peligros opuestos: (1) Darles más importancia de la que tienen; y: (2) Pasar por alto la importancia que sí pueden tener. Entre las muchas palabras de conexión que encontramos en la Biblia están las siguientes: “porque”, “por lo tanto”, “entonces”, “si”, “pues”, etc. En no pocas ocasiones estas palabras son parte de la clave para la correcta interpretación del texto.
Hay que interpretar los textos menos claros a la luz de otros más claros No toda la Biblia es igualmente clara al intérprete. Es verdad que la Biblia es clara en sí misma, pero no siempre nos resulta tan clara a nosotros: (1) Porque nuestras mentes están afectadas por las consecuencias de la Caída; y: (2) Por la distancia (histórica, geográfica, cultural, etc.) entre el texto y nosotros. El apóstol Pedro habló de las cosas “difíciles de entender” en los escritos de Pablo (2 P. 3:15 y 16). (¡Gracias, Pedro!) Pues, debemos interpretar los textos más difíciles a la luz de otros más fáciles de entender, y no al revés. Un ejemplo sería: Mateo 16:18. Otros textos que arrojan luz sobre este texto (muy discutido) son: 1ª de Corintios 3:11; Efesios 2:20; Hebreos 6:1-2; 1ª de Pedro 2:4-8. Estos textos aclaran el tema de sobre qué fundamento se edifica la Iglesia.
Hay que tener en cuenta la versión original de cada texto Las Biblias que usamos son traducciones de las lenguas originales, ¡y a veces son traducciones de otras traducciones! Hay muchas versiones de la Biblia que son muy fiables, pero creemos en la inspiración de los documentos originales. Y hay bastantes ocasiones cuando el original nos puede ayudar a interpretar la Biblia correctamente. Pero hay dos problemas: (1) No tenemos acceso a los originales; y: (2) Hay pocos expertos en las lenguas originales. Pero, por parte positiva: (1) Existen versiones de la Biblia muy fieles a los originales; (2) Existen tantos manuscritos de la Biblia (¡miles!) que podemos tener mucha confianza en las (buenas) Biblias que usamos; y: (3) Existen cada vez más ayudas –comentarios bíblicos, diccionarios bíblicos, Biblias interlineales, etc.– que nos pueden acercar más al texto original.
Hay que tener en cuenta la dimensión cristológica A pesar de las características concretas de cada libro, hay un solo mensaje principal a lo largo de toda la Biblia: ¡Cristo, el evangelio, la salvación! El Antiguo Testamento apunta hacia el Cristo que va a venir y el Nuevo Testamento apunta hacia el Cristo que ya vino. Y hay que tener en cuenta esta dimensión cristológica a la hora de interpretar cualquier parte de la Biblia. Hay que evitar dos peligros: (1) El peligro de no ver a Cristo donde está; y: (2) El peligro de creer ver a Cristo donde quizás no esté. ¿Cómo podemos evitar estos dos peligros? (1) Aplicar los demás principios de interpretación; (2) Ver cómo los escritores del Nuevo Testamento interpretan el Antiguo Testamento; (3) Evitar la alegorización gratuita, la que no tenga ninguna base sólida; (4) Buscar paralelos verbales claros entre textos bíblicos y el Señor Jesucristo; (5) Distinguir entre la intención del autor, el significado para los lectores originales y una posible dimensión cristológica; etc. Hay muchos paralelismos entre José y Cristo para que sea pura coincidencia. Pablo da una interpretación cristológica a una serie de acontecimientos de tiempos de Moisés y los israelitas (1 Co. 10). Pero no hay pruebas claras de que el cordón de grana de Rahab (Jos. 2:17-22) se refiera a la sangre de Cristo. Y el libro de Cantar de los Cantares parece referirse –en primer lugar– al amor entre un hombre y una mujer.
Conclusión Esto no es más que una breve introducción al tema. Pero creo que estos principios nos ayudarán a “[usar] bien la palabra de verdad” (2 Ti. 2:15).
Andrés Birch es un misionero británico afincado en España desde 1983. Actualmente es pastor de la Iglesia Bautista Reformada de Palma de Mallorca, España. Puedes seguir a Andrés en Twitter.
Martes 7 Marzo ¿Qué pecado es el nuestro, que hemos cometido contra el Señor nuestro Dios? Jeremías 16:10 ¿Se ocultará alguno, dice el Señor, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice el Señor, el cielo y la tierra? Jeremías 23:24 Se hacen manifiestas las buenas obras; y las que son de otra manera, no pueden permanecer ocultas. 1 Timoteo 5:25 Ocultar el pecado…
Adán y Eva habían sido colocados por Dios en un maravilloso jardín. Solo les fue prohibido comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios había dicho a Adán: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17).
Pero Eva vio que el fruto prohibido era hermoso a la vista, bueno para comer y codiciable para alcanzar inteligencia (cap. 3:6). Entonces comió de él y dio también a su marido. Así “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte” (Romanos 5:12). “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15). El pecado de Adán y Eva fue puesto en evidencia; se dieron cuenta de que estaban desnudos. Pronto hallaron su propio remedio: se hicieron delantales con algunas hojas de higuera. ¿Pensaban ingenuamente cubrir así su pecado?
De repente oyeron la voz de Dios. Tuvieron miedo, pues habían desobedecido al Dios que los había favorecido. Entonces se escondieron. Pero, ¿puede el ser humano ocultarse a la mirada de Dios? Jamás. Un día u otro, aquí en la tierra o más tarde, tendrá que encontrarse delante de Dios. Sea el Dios que perdona hoy, o el Dios que condenará mañana.
6 de marzo «Antes del quebrantamiento, se eleva el corazón del hombre». Proverbios 18:12
Se suele decir que «los acontecimientos futuros proyectan sus sombras delante de ellos». El sabio nos enseña aquí que un corazón soberbio es presagio profético del mal. La soberbia es signo tan seguro de destrucción como el cambio del mercurio en el barómetro lo es de lluvia; aunque el primer signo es más infalible que el segundo. Cuando los hombres se han mostrado soberbios, siempre los ha alcanzado la destrucción. Dejemos que el dolorido corazón de David demuestre que hay un eclipse en la gloria del hombre cuando este piensa en su propia grandeza (2 S. 24:10). Mira a Nabucodonosor, el poderoso constructor de Babilonia, arrastrándose sobre la tierra, comiendo «hierba como los bueyes […] hasta que su pelo creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves» (Dn. 4:33). La soberbia hizo de aquel fanfarrón una bestia, como en una ocasión anterior había hecho de un ángel un demonio.
Dios odia a los altivos y nunca deja de humillarlos. Todas las flechas divinas apuntan hacia los corazones soberbios. ¡Oh cristiano!, ¿se muestra soberbio tu corazón en esta noche? Averígualo: porque la altivez puede entrar en el corazón del cristiano como entra en el del pecador, y puede engañarlo con la ilusión de que es «rico, y [se ha] enriquecido y de ninguna cosa [tiene] necesidad» (Ap. 3:17). ¿Te estás gloriando en tus dones y talentos? ¿Estás orgulloso de ti mismo porque has tenido notables éxitos y gratas experiencias? Te advierto, lector, que también sobre ti vendrá el quebrantamiento. Las vistosas adormideras de tu arrogancia serán extirpadas de raíz; tus efímeras virtudes se marchitarán con el ardiente calor y tu suficiencia propia llegará a ser como basura para el muladar. Si nos olvidamos de vivir al pie de la cruz en profunda humildad de espíritu, Dios no se olvidará de hacernos sufrir bajo su vara.
Quebrantamiento vendrá sobre ti, oh indebidamente exaltado creyente, el quebrantamiento de tus goces y de tus comodidades, aunque tu alma no se vea quebrantada. Por tanto, «el que se gloría, gloríese en el Señor».
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 74). Editorial Peregrino.
Cuando hablamos de teología bíblica nos referimos a una rama de la teología exegética que nos ayuda a ver cada pasaje de las Escrituras a la luz del panorama general de la historia redentora.
Como dice Graeme Goldsworthy, la teología bíblica “examina las diversas etapas de la historia bíblica y su relación entre sí, proporcionando el fundamento para comprender cómo algunos textos de una parte de la Biblia se relacionan con todos los demás”. David Helm, por su parte, la define como “una forma de leer la Biblia que sigue el desarrollo progresivo del plan de redención de Dios en Cristo”.
person in gray long sleeve shirt holding black pen writing on white paper La teología bíblica nos ayuda a ver la trama de esta historia de redención moviéndose de manera progresiva hacia el cumplimiento de la gran promesa que sirve de hilo conductor a los pactos de Dios: “Me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios” (Jer. 11: 4; Gén. 17: 7; Ex. 6: 7; 2 Sam. 7: 14; Jer. 30: 22; Ezeq. 36: 38; Apoc. 21: 3,7).
Cuando los apóstoles citaban el Antiguo Testamento desde la posición ventajosa del Nuevo, no solo veían a Cristo en las profecías mesiánicas, o a través de los tipos y símbolos que abundan en la religión del antiguo pacto, sino que miraban hacia Él como Aquel que “cumple y colma plenamente lo anunciado en el Antiguo Testamento”, como bien señala Sinclair Ferguson: “Partiendo de Génesis 3:15 hasta el final, la Biblia es el relato de un Dios guerrero que acude en socorro de su pueblo para liberarlo del reino de las tinieblas y establecer su reinado con, a través, y en medio de su pueblo”.
Es esa perspectiva más amplia del Reino Mesiánico la que nos permite llegar hasta Jesús desde toda la Biblia sin la necesidad de hacer un aterrizaje forzoso en el Calvario. Como bien señala David Helm, en vez de preguntar: “¿ Dónde está Jesús en mi texto?”, debemos “… empezar con preguntas más matizadas, como por ejemplo: ¿Cómo afecta el evangelio a mi entendimiento del texto? ¿De qué forma mi texto anticipa o se relaciona con el evangelio?”.
Por otra parte, los apóstoles aprendieron de Jesús que Él sobrepasaba el ministerio de los grandes líderes de Israel y que las instituciones del antiguo pacto encontraban en Él su cumplimiento. Como bien señala Daniel Doriani, pastor y teólogo norteamericano: “Él es más grande que Abraham porque Él es eterno (Juan 8: 53-58), más grande que Jacob porque Él es la escalera entre el cielo y la tierra (Juan 1: 51; Gén. 28: 12). Él sobrepasó a Moisés porque Él inauguró el pacto de gracia y verdad, y ofrece el verdadero pan del cielo (Juan. 1: 17; 6: 32-35). Él sobrepasó a Salomón en la sabiduría que atrae a las naciones (Mat. 12: 42). Jesús también completó las instituciones del antiguo pacto. Él es más grande que el Templo porque es la presencia misma de Dios (Mat. 12: 6). Él es el sacerdote final que nos da acceso a Dios (Heb. 7-10). Él es el gran Profeta (Luc. 7: 16,26), el gran Rey (Mat. 21: 41-46), el Juez final (Mat. 25: 31-46), la sabiduría de Dios (Luc. 7: 31-35)”.
Aunque leer la Biblia “con los ojos puestos en Jesús” no suele ser una tarea sencilla, es de gran importancia para el expositor de las Escrituras porque, si perdemos de vista a Cristo y el evangelio, nos extraviaremos en nuestra interpretación del texto bíblico y nos colocaremos en una posición en extremo peligrosa.
Nota del editor: Este es un fragmento adaptado del libro De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva. Sugel Michelén. B&H Español.
«Nací en una familia cristiana, pero no por eso era creyente. Mis padres me habían trasmitido las enseñanzas de Jesús, el amor al prójimo, la caridad, la compasión, me enseñaron a escuchar, a empezar a leer y a comprender lo que la Biblia nos enseña.
Me volví muy rígido en mi comportamiento, de manera que podía herir y hacer daño a los que me rodeaban, mientras la Biblia me decía que no juzgara a mi prójimo. No soportaba que alguien no pensara como yo o no viviese las cosas como yo; sin embargo, hacía cosas que mi conciencia me reprochaba.
Un verano pasé las vacaciones con un grupo de jóvenes cristianos. Allí comprendí que tenía cierta vida religiosa con los dogmas y las convicciones, verdaderas o falsas, que me había fabricado leyendo la Biblia. Entonces fui consciente de que vivía lo que yo creía que era la vida de un creyente, pero no conocía personalmente a Jesucristo. Todo cambió cuando abrí mi corazón a Jesús y le confié la dirección de mi vida. Hoy creo no por tradición familiar, sino porque reconocí que era pecador. Dios me perdonó plenamente, pues Jesús pagó mi deuda una vez por todas.
Aún hoy la gracia de Dios es para todo aquel que va a Jesús para recibir el perdón de sus pecados y la vida eterna».
Timothée
“Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Proverbios 23:26).