El siglo XVIII | Nicholas R. Needham 

El siglo XVIII

Nicholas R. Needham

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine:La historia de la Iglesia | Siglo XVIII

El siglo XVIII fue un siglo de paradojas. Por un lado, fue la era de la Ilustración, con todo su cuestionamiento filosófico (en el mejor de los casos) y su rechazo escéptico (en el peor) de la fe cristiana. Por otro lado, también fue la época del Avivamiento evangélico (como se conoce en Gran Bretaña) o el Primer Gran Despertar (como se conoce en Estados Unidos), en el que incontables miríadas fueron traídas de la oscuridad espiritual hacia la luz verdadera. La paradoja se intensifica por la forma en que estos dos fenómenos actuaron y reaccionaron entre sí. El mayor filósofo de la Ilustración, el «sabio de Königsberg» (actual Kaliningrado, Rusia), Immanuel Kant (1724-1804), estaba claramente influenciado por el cristianismo; el mayor teólogo del Primer Gran Despertar, Jonathan Edwards (1703-58), estaba claramente influenciado por la Ilustración.

En cierto modo, la Ilustración (en alemán, la Aufklärung) surgió de la revolución científica de los siglos XVI y XVII. Los orígenes de esa revolución han sido objeto de interminables debates. Sin embargo, lo que sí podemos decir es que a medida que la ciencia moderna se desarrollaba en el mundo occidental, los pensadores se sentían cada vez más impresionados por su poder para comprender y manipular la naturaleza a través de la investigación racional. Esto empezó a fomentar la idea de que la razón humana es suficiente para responder a todas las preguntas importantes de la vida. Cada vez se prestaba menos atención a los puntos de vista establecidos por la tradición y la autoridad, que en asuntos de ciencias naturales habían demostrado con demasiada frecuencia ser inadecuados y defectuosos. El antiguo filósofo griego Aristóteles (384-322 a. C.), quien había aportado la mayor parte de la ciencia de los dos milenios anteriores, fue pesado en la balanza y hallado deficiente.

Podemos citar dos ejemplos importantes. La antigua teoría geocéntrica del sistema solar fue suplantada por la nueva y más eficazmente explicativa teoría heliocéntrica, defendida por el astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) y el astrónomo italiano Galileo (1564-1642). La nueva física, en particular aunque no exclusivamente su teoría de la gravedad, fue promovida por el preeminente científico inglés Sir Isaac Newton (1643-1727). Por tanto, en lugar de recurrir a la sabiduría heredada del pasado, la empresa científica enseñó a la gente a pensar y a investigar la naturaleza por sí misma. La expectativa era lograr un progreso incesante hacia una comprensión cada vez más precisa del universo.

A medida que avanzaba el siglo XVIII, esta actitud se convirtió en una confianza más profunda en la capacidad de la razón para definir la realidad en todos los ámbitos de la existencia, incluida la religión. Si los pensadores racionales ya no se adherían incondicionalmente a las enseñanzas de Aristóteles en el ámbito de las ciencias naturales, ¿por qué iban a adherirse incondicionalmente a las enseñanzas de textos religiosos antiguos como la Biblia?

La Ilustración y la religión
El pensamiento de la Ilustración dio origen a dos tendencias en la religión. La primera se conoce como deísmo. Se trataba de una forma de teísmo que basaba sus convicciones no en supuestas revelaciones de textos religiosos, sino en el poder de la razón pura. Los deístas concebían a Dios como el «Ser Supremo» en lugar de la Trinidad de la revelación cristiana, como un Dios que era más bien como un científico cósmico, que diseñaba y creaba el universo para que funcionara como un reloj por sí solo. Después de haber creado este perfecto reloj cósmico, Dios no tenía nada más que hacer que observar pasivamente el tictac de sus movimientos preordenados. Por tanto, los deístas rechazaban los milagros como «interferencias» innecesarias en un mundo que ya funcionaba perfectamente. En cuanto a la salvación, todo lo que era necesario era observar las leyes morales conocidas por la razón. En la vida venidera, Dios recompensaría a los virtuosos y castigaría a los malvados. No era necesario ningún Salvador. En el esquema deísta, Jesús quedaba reducido a un mero maestro que recordaba a la gente las verdades morales que la razón podía descubrir por sí misma.

Los pensadores deístas clave de la época de la Ilustración en la Europa continental fueron los filósofos francófonos Voltaire (1694-1778) y Jean-Jacques Rousseau (1712-78), ambos antagonistas del cristianismo ortodoxo. De hecho, fue en Francia donde la Ilustración alcanzó su primer triunfo político con la Revolución francesa de 1789. La monarquía y la aristocracia del país fueron destruidas en nombre de la razón y sustituidas por una especie de «democracia popular». El cristianismo también fue arrasado, sustituido por el «culto al Ser Supremo».

En el mundo anglófono, el promotor más eficaz del deísmo anticristiano fue el pensador y propagandista inglés Thomas Paine (1737-1809). Su libro La edad de la razón —una acertada autodescripción de la Ilustración— sometió la Biblia a una crítica fulminante por ser «más parecida a la palabra de un demonio que a la Palabra de Dios». Paine también defendió la democracia militante y revolucionaria en sus tratados Sentido común y Los derechos del hombre. Los tres tratados tuvieron gran influencia en la Revolución estadounidense de 1776. Algunas de las figuras más destacadas del movimiento independentista estadounidense eran deístas, particularmente Thomas Jefferson (1743-1826). Jefferson elaboró su propia versión editada del Nuevo Testamento (La vida y la moral de Jesús de Nazaret, conocida popularmente como «la Biblia de Jefferson») de la que se habían eliminado cuidadosamente todos los elementos sobrenaturales. Otro destacado deísta estadounidense fue Benjamin Franklin (1706-90). De hecho, si no hubiera sido por el efecto espiritual generalizado del Primer Gran Despertar, es muy probable que la revolución estadounidense hubiera sido tan destructivamente anticristiana como la francesa. Sin embargo, afortunadamente, los deístas estadounidenses tuvieron que reconocer la fuerza y el benéfico valor social de la fe cristiana entre la gente a la que ayudaron a alcanzar la independencia.

La otra tendencia religiosa de la Ilustración era el ateísmo puro. Esta era minoritaria: la mayoría de los pensadores «ilustrados» no cristianos querían conservar un mínimo de respeto por la religión. No obstante, por primera vez en la historia de la Europa postconstantiniana, el ateísmo contó con ilustres defensores filosóficos. Los de mayor peso fueron los pensadores franceses Denis Diderot (1713-84) y Jean-Baptiste le Rond d’Alembert (1717-83). Juntos editaron la grandemente influyente Encyclopédie, publicada en varios volúmenes entre 1751 y 1772. Su objetivo era «secularizar» el saber y difundir los conceptos y valores de la Ilustración.

La revolución kantiana
El filósofo de la Ilustración por excelencia fue Immanuel Kant, de la Universidad de Königsberg, en Prusia (noreste de Alemania). Gran parte de la teología postkantiana se ha articulado en respuesta a Kant. Si nos limitamos al impacto teológico de Kant, hay varios temas clave.

En primer lugar, Kant sometió todos los argumentos tradicionales a favor de la existencia de Dios a una crítica devastadora. El argumento del diseño (la complejidad de la creación requiere un diseñador), el argumento cosmológico (las cosas finitas requieren una causa trascendente), el argumento ontológico (el propio concepto de Dios como el ser máximamente perfecto exige que exista realmente)… nada podía satisfacer el intelecto indudablemente brillante de Kant. La razón humana, al reflexionar sobre el mundo, no podía encontrar ningún camino hacia el conocimiento de Dios.

En segundo lugar, Kant sostenía que todo nuestro conocimiento está «filtrado» por nuestra capacidades mentales y sensoriales. En consecuencia, solo podemos conocer las cosas tal y como nos parecen o aparecen una vez que han sido así filtradas (Kant llamaba a estas apariencias «fenómenos»). Pero las cosas tal y como son en sí mismas («noúmenos») permanecen para siempre fuera de nuestro alcance. Evidentemente, esto afecta de manera seria nuestra capacidad de tener un conocimiento objetivo de Dios.

En tercer lugar, y a pesar de lo anterior, Kant siguió siendo teísta (de tipo deísta). Sostuvo que la razón humana, considerada prácticamente, impone una «ley moral» a la conducta humana. Sin embargo, para que esta ley moral tenga sentido, debemos hacer tres «postulados» (algo parecido a supuestos teóricos): la libertad humana, la inmortalidad humana y la existencia de Dios como sanción última detrás de la ley moral. Debemos postular la libertad, a pesar de la ausencia de pruebas científicas de ello, para incentivar a las personas a esforzarse por obedecer la ley moral. Debemos postular la inmortalidad para satisfacer nuestra sensación de que la virtud y la felicidad coinciden en última instancia (ya que a menudo no lo hacen en esta vida presente). Y debemos postular a Dios como el Juez perfecto que garantizará que la virtud sea recompensada y el mal castigado en el más allá.

Kant, por tanto, negó que Dios pudiera ser conocido en algún sentido, pero lo mantuvo como un «postulado» necesario de la ley moral. Es muy posible que este planteamiento haya infundido nueva vida a los argumentos morales sobre la realidad de Dios, que tanto han figurado en la apologética cristiana postkantiana (por ejemplo, en C.S. Lewis). En su opinión, Kant había hecho un buen servicio a la religión: había «negado el conocimiento para dar espacio a la fe». Los teólogos no estaban tan seguros. En la Biblia, la fe nunca es un postulado carente de conocimiento sustancial.

La relación ambigua de Kant con la religión se muestra en otras dos facetas de su vida y su pensamiento. En primer lugar, casi a pesar de sí mismo y de su optimismo ilustrado sobre el poder de la razón, Kant se vio obligado en su investigación racional de la ley moral a confesar algo muy parecido a la doctrina cristiana del pecado original. Reconoció que existe un misterioso defecto en la naturaleza humana —como él lo denominó, un «mal radical»— que socava continuamente nuestros esfuerzos hacia la bondad. Otros pensadores de la Ilustración se sintieron indignados por este elemento de la filosofía de Kant, considerándolo como una traición a favor del dogma cristiano. Podemos atribuirlo con generosidad a la honestidad intelectual de Kant sobre la condición humana.

En segundo lugar, Kant conservó una gran reverencia moral por la figura de Jesús. Para Kant, Jesús no es el Hijo de Dios ni el Redentor de los pecadores. Pero en virtud de Su profunda enseñanza e influencia, según Kant, Jesús es el fundador de un nuevo reino moral en el mundo. Kant intentó osadamente despojar al cristianismo de todos sus aspectos sobrenaturales, reinterpretándolo de un modo estrictamente moral (y moralista). Sus escritos inspiraron muchas formas de teología «liberal».

La misiones moravas
El cristianismo residual de Kant, si podemos llamarlo así, quizá tuvo una raíz biográfica en su temprana educación en una devota familia luterana profundamente influenciada por los valores religiosos del pietismo. Este movimiento generalizado de renovación espiritual dentro del luteranismo alimentó directamente el gran Avivamiento evangélico en Gran Bretaña a través de los moravos. Eran descendientes de los husitas, que habían huido de la persecución y se habían establecido en una finca alemana de Bethelsdorf, propiedad del conde pietista luterano Nicolaus von Zinzendorf (1700-1760). Zinzendorf, un «ecumenista» pionero, había forjado una unión amistosa entre pietistas luteranos y moravos en Bethelsdorf, donde el espíritu renovador del pietismo tomó forma de un poderoso renacimiento clásico en 1727. Este intenso renacimiento local condujo a los moravos a una iniciativa misionera de gran envergadura, que en apenas cinco años llevó el evangelio a Groenlandia, Laponia, las Islas Vírgenes, América del Norte y del Sur y Sudáfrica. A la muerte de Zinzendorf en 1760, los moravos habían enviado al menos 226 misioneros. Zinzendorf también legó un rico repertorio de himnos a los evangélicos de todo el mundo, muchos de los cuales fueron traducidos al inglés por John Wesley (1703-1971).

La mención de Wesley nos alerta sobre el modo en que el reavivado moravianismo alimentó el Avivamiento evangélico en Gran Bretaña. El propio Wesley estuvo profundamente influenciado por los moravos. Visitó Bethelsdorf en 1738 y, por así decirlo, se contagió del fuego moravo. Wesley incorporó aspectos de la piedad morava al metodismo, como la «reunión de estudio bíblico» y la «fiesta ágape».

La iglesia en Estados Unidos
La conexión entre el Avivamiento evangélico en Gran Bretaña y el Primer Gran Despertar en Estados Unidos se estableció en la vida y el ministerio de George Whitefield (1714-70), el calvinista inglés sumamente elocuente que pasó gran parte de su tiempo predicando con efecto en las Trece Colonias. El panorama religioso en Estados Unidos era muy diverso, incluyendo anglicanos o episcopalianos (como Whitefield), congregacionalistas (como Edwards), bautistas (como el célebre predicador calvinista, y agitador a favor de la separación Iglesia-Estado, Isaac Backus [1724-1806]), cuáqueros, moravos y católicos romanos. El presbiterianismo también se asentó firmemente en suelo estadounidense cuando se organizó el primer presbiterio en 1706. Su principal figura fue el irlandés, educado en Escocia, Francis Makemie (1658-1708). Desde sus pequeños comienzos, el presbiterianismo floreció en Estados Unidos, dando a la iglesia en general un mayor número de teólogos ilustres reformados que cualquier otro cuerpo protestante en los Estados Unidos.

Roma y el Oriente
Dos acontecimientos principales en el mundo católico romano merecen nuestra atención. Primero, en la década de 1760, la convulsa controversia jansenista quedó finalmente resuelta. Había estado destrozando la paz de Roma durante más de un siglo, mientras los jansenistas luchaban por todos los medios para rehabilitar la doctrina de la gracia de Agustín dentro de la Iglesia romana. Esa valerosa iniciativa, tras muchas vueltas y revueltas, se estrelló al final contra la arena al iniciar la segunda mitad del siglo XVIII. La mayoría de los jansenistas activos que quedaban entraron en cisma contra Roma, formando su propia iglesia jansenista en la tolerante Holanda protestante. Liberados de las restricciones de la lealtad al papado, allí se convirtieron en un cuerpo más protestante, que podríamos caracterizar como «calvinistas de alta iglesia». Como resultado, la teología de la gracia de Agustín quedó permanentemente eclipsada en el catolicismo romano.

La paradoja se repite en el segundo acontecimiento. Los principales enemigos de los jansenistas habían sido los jesuitas, o la Compañía de Jesús. Sin embargo, en lo que debió haber sido su momento de triunfo, el desastre recayó sobre la orden jesuita. Demasiadas personas, tanto católicos romanos ordinarios como figuras poderosas, se habían desencantado y alarmado por las tácticas, intrigas, poder indebido e influencia aparentemente conspirativa de los jesuitas. Apenas habían ganado los jesuitas su largo duelo con el jansenismo, cuando ellos mismos cayeron en desgracia de forma espectacular. Fueron suprimidos en Francia, España, Portugal, Austria, Hungría y otros países en una serie de restricciones drásticas desde 1759 hasta 1782. El trago más amargo para los jesuitas, las «tropas de choque del papado», como se les ha apodado, fue cuando el propio papado se volvió contra ellos en 1773, y el papa Clemente XIV abolió la orden jesuita.

No fue hasta después del trauma europeo de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas (que terminaron en 1815) que los jesuitas volvieron a establecerse. Un nuevo orden europeo conservador, reaccionando contra los peligros percibidos de la democracia revolucionaria desatada en Francia en 1789, acogió de nuevo a los jesuitas como aliados de la política y la moral cristianas contra las fuerzas del radicalismo secular.

Mientras tanto, el mundo ortodoxo oriental atravesaba sus propias pruebas y tribulaciones. Con sus antiguas tierras centrales ahora bajo dominio islámico, la bandera de la ortodoxia libre ondeaba orgullosa en manos de la vasta y poderosa Rusia. Sin embargo, el zar de Rusia en las últimas décadas del siglo XVII y las primeras del XVIII fue el formidable Pedro el Grande (1682-1725). Pedro se enamoró de casi todo lo occidental y aprovechó la poderosa maquinaria del Estado ruso para «modernizar» (occidentalizar) su imperio. Para la Iglesia ortodoxa rusa, esto significó la pérdida de su autonomía. En 1721 se abolió el cargo de patriarca de Moscú, que había permanecido vacante por veinte años. Pedro lo reemplazó por un organismo llamado «Santo Sínodo». Tomando como modelo las formas luteranas de gobierno eclesiástico, contaba con diez (más tarde doce) miembros, todos ellos nombrados por Pedro y a los que también podía destituir a voluntad. El presidente del sínodo era un procurador laico, cargo que evolucionó hasta convertirse en un funcionario muy poderoso que garantizaba la sumisión de la Iglesia al Estado zarista. Al mismo tiempo, comenzó a circular en la Iglesia rusa una teología de tendencia luterana. La teología sistemática de Platon Levshin, arzobispo metropolitano de Moscú de 1775 a 1812, apenas difiere de un tratado luterano.

Las máquinas y la música
Una última palabra sobre el siglo XVIII: otra paradoja. Por un lado, fue el siglo que presenció los comienzos de la Revolución industrial, el nacimiento de la era de las máquinas, con todo su impacto transformador en la tecnología, la sociedad y los modelos de pensamiento humano.

Por otro lado, el mismo «siglo de la máquina» fue testigo de un derroche de genio musical creativo tal vez insuperable en la historia. Compositores como Johann Sebastian Bach (1685-1750), George Frideric Handel (1685-1759), Wolfgang Amadeus Mozart (1756-91), Joseph Haydn (1732-1809) y Ludwig van Beethoven (1770-1827) hicieron que la música nunca volviera a ser la misma. Muchas de sus obras son explícitamente cristianas y han servido de inspiración tanto espiritual como estética para millones de personas. Karl Barth lo plasmó en una bella frase aunque un tanto graciosa: «Cuando los ángeles tocan música para Dios, tocan Bach. Cuando tocan para sí mismos, tocan Mozart».

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
Nicholas R. Needham
El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

¿Quién ganará la batalla? | Charles Spurgeon

22 de marzo
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo».
Juan 17:24

¡Oh muerte, por qué tocas el árbol bajo cuyas frondosas ramas reposa el cansado! ¿Por qué arrebatas de la tierra al bueno en quien tenemos todo nuestro deleite? Si has de emplear el hacha, hazlo con los árboles que no dan fruto: en ese caso te lo agradeceremos. Sin embargo, ¿por qué has de talar los hermosos cedros del Líbano? ¡Oh, detén tu hacha y perdona al justo! Pero no, eso no puede ser: la muerte hiere al mejor de nuestros amigos. El más generoso, el más consagrado, el más santo, el más piadoso debe morir.

¿Y por qué? Porque prevalece esta oración de Jesús, que dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Por causa de esta oración suben al Cielo sobre alas de águila. Cada vez que un creyente sube de esta tierra al Paraíso, la oración de Jesús tiene respuesta. Un anciano teólogo dice que, muchas veces, Jesús y los suyos elevan oraciones contrarias. Tú doblas las rodillas en oración y expresas: «Padre, quiero que tus santos estén conmigo donde yo estoy». Cristo, por su parte, dice: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo».

Así, el discípulo se opone a su Señor. El alma no puede estar en dos sitios a la vez: a ese ser amado no le es posible encontrarse al mismo tiempo con Cristo y contigo. ¿Quién ganará la batalla? Si el Rey bajara de su Trono y dijera: «Aquí hay dos suplicantes cuyas peticiones son opuestas, ¿a cuál de ellas debo responder?», estoy seguro de que, aunque te fuera doloroso, replicarías: «Jesús, no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Tú pondrías fin a la oración por la vida de tus seres queridos si supieses que Cristo está orando de forma contraria a la tuya y diciéndole al Padre: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo». Señor, tenlos tú, por fe te los entrego.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 90). Editorial Peregrino.

¿Es usted un culpable perdonado?

Miércoles 22 Marzo
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
Salmo 32:1
Mirad a mí, y sed salvos.
Isaías 45:22

¿Es usted un culpable perdonado?
Es difícil reconocer que somos culpables y que merecemos el juicio de Dios. Sin embargo, la Biblia declara: “No hay justo, ni aun uno… por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:10, 23).

Entonces, una vez que hemos dado el paso más difícil de reconocer y confesar nuestro estado ante Dios, solo nos queda echarnos en sus brazos y aceptar el perdón que nos ofrece, pues él “quiere que todos los hombres sean salvos” (1 Timoteo 2:4).

El pecado nunca es insignificante para Dios. Pero “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Jesucristo manifestó este amor llevando en nuestro lugar el juicio de Dios. Incluso el hombre más pecador puede ir con confianza a Dios, quien perdona sin límites. “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8).

En los evangelios Jesús dice que los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). Los que se creen justos no pueden acceder al perdón. Así, no tomar conciencia de su situación de pecador es privarse de descubrir el amor infinito de Dios. Y el creyente que reconoce sus pecados, sus faltas, sus límites, es liberado de la culpa que eso conlleva. ¡Él sabe que Dios lo perdonó!

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Ezequiel 17 – Hechos 23:12-35 – Salmo 35:15-21 – Proverbios 12:1-2

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Cómo conocer la voluntad de Dios | R C Sproul

Renovando Tu Mente
Serie: Cómo enfrentar problemas difíciles
R C Sproul
Si pudieras ver la gloria de Dios, ¿cómo responderías? De su serie clásica La santidad de Dios, escucha esta semana en Renovando Tu Mente como R.C. Sproul nos muestra de qué manera el encuentro de Isaías con un Dios santo expuso su pecaminosidad.

Renovando Tu Mente
Es un ministerio de alcance de Ministerios Ligonier, una organización internacional de enseñanza y discipulado cristiano fundada en 1971 por el Dr. R.C. Sproul.

MINISTERIOS LIGONIER
Somos la confraternidad de enseñanza del Dr. R.C. Sproul. Existimos para proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en toda su plenitud a tantas personas como sea posible. Nuestra misión, pasión y propósito: ayudar a las personas a crecer en su conocimiento de Dios y Su santidad.

Dios nos ama

Martes 21 Marzo
Yo os he amado, dice el Señor; y dijisteis: ¿En qué nos amaste?
Malaquías 1:2

Dios nos ama
Esta pregunta que el pueblo de Israel hizo a Dios es muy insolente: “¿En qué nos amaste?” ¡Sobre todo después de tantas pruebas del fiel amor de Dios! Dios había escuchado el clamor de aquellos que estaban reducidos a esclavitud en un país extranjero y los había liberado de forma milagrosa. Había cuidado de ellos durante 40 años en el desierto, antes de llevarlos a “la tierra prometida” (Hebreos 11:9). Luego, la lista de bendiciones que Dios prodigó a su pueblo no dejó de crecer; sin embargo, ¡Dios solo recibió desprecio! “¿En qué nos amaste?”, dijo el pueblo.

A veces oímos decir: «Si Dios nos amara no habría tantas injusticias, tanta pobreza…». ¡Qué ultraje para Dios! ¡El incrédulo no puede hacer responsable del estado actual del mundo a un Dios en quien no cree!

Todos los que creen en Jesucristo saben bien que Dios continúa amándonos, a pesar de nuestras faltas e indiferencia. Este es un gran milagro del amor divino que podemos explicar a los que se atreven a poner en duda el amor de Dios… porque no lo conocen.

“Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8). ¿Puede haber un amor más grande que el que Dios nos manifestó dando a su propio Hijo para salvarnos? Y continúa amándonos a pesar de nuestra maldad.

Dios no puede amarnos más de lo que ya lo hizo, y no puede darnos más de lo que ya nos dio. ¡Oremos a él con fe, pues está listo para perdonar al que cree en su amor!

Ezequiel 16:35-63 – Hechos 22:22-23:11 – Salmo 35:9-14 – Proverbios 11:31

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La batalla por el control de la humanidad | Miguel Núñez

Miguel Núñez
Serie: Guerra Espiritual

Es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
Audio original del Ministerio integridad & Sabiduría: https://integridadysabiduria.org/

Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia | Charles Surgeon

20 de marzo
«Maridos, amad a vuestras mujeres así como Cristo amó a la iglesia».
Efesios 5:25

¡Qué precioso ejemplo da Cristo a sus discípulos! Pocos maestros se atreverían a decir: «Si quieres practicar mi doctrina, imita mi vida». No obstante, como la vida de Cristo es una transcripción exacta de la perfecta virtud, él puede señalarse a sí mismo como modelo de santidad y como maestro de ella. El cristiano debiera tomar como modelo solo a Cristo. No hemos de estar satisfechos hasta que reflejemos la gracia que había en él. Como esposo, el cristiano debe fijarse en Cristo y actuar según ese modelo. El verdadero cristiano tiene que ser un esposo como Cristo lo fue para su Iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor abriga para con su Iglesia un afecto peculiar, que la eleva sobre el resto de la Humanidad. «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo». La Iglesia elegida es la favorita del Cielo, el tesoro de Cristo, la corona de su cabeza, el brazalete de su brazo, el pectoral de su corazón, el mismo centro y esencia de su amor. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor constante, pues así ama Jesús a su Iglesia. Él no varía en su afecto. Él puede cambiar la forma de manifestar su cariño, pero el cariño en sí es siempre el mismo. Un esposo debiera amar a su esposa con un amor permanente, porque nada «podrá apartarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». Un verdadero esposo ama a su esposa con un amor de corazón, ferviente e intenso. No es un mero culto de labios. ¡Ah!, querido amigo, ¿qué más podía Cristo hacer en prueba de su amor que aquello que hizo? Jesús tiene un amor deleitoso para con su Esposa. Él estima el amor de esta y se deleita gratamente con ella. Creyente, tú te maravillas del amor de Jesús, te admiras de él, ¿pero lo estás imitando? En tus relaciones familiares, ¿es «como Cristo amó a la Iglesia» la regla y la medida de tu amor?

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 88). Editorial Peregrino.

Los dos peces

Lunes 20 Marzo
Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?…
Y tomó Jesús aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los discípulos, y los discípulos entre los que estaban recostados; asimismo de los peces, cuanto querían. Juan 6:9-11

Los dos peces
Era el cumpleaños de Hugo. Su tío le había dado un poco de dinero; con esa suma podía comprar lo que tanto deseaba: un pequeño acuario con dos peces rojos que nadan entre conchas amarillas, plantas verdes y piedras multicolores. El día siguiente iría a la tienda donde ya había admirado el objeto de sus deseos.

Esa tarde, en el curso bíblico, el maestro habló de los leprosos y del dinero que a veces falta para atenderlos en el hospital y para comprar los medicamentos.

–¡Qué pena que no pueda dar nada!, pensó Hugo, pues tengo el dinero justo para mis dos peces.

Y soñando con su acuario, no escuchó más al maestro. Pero de repente le oyó decir:

–Sí, ese niño también dio dos peces al Señor Jesús.

Entonces Hugo volvió a la realidad:

–¿Qué dijo de los peces?, se preguntó. ¡Ah, se trataba del niño de la Biblia que dio al Señor Jesús cinco panes y dos peces, y con ello más de 5 000 personas fueron alimentadas!

Hugo volvió a casa muy pensativo.

–Ese chico dio dos peces…

La decisión que tomó le costó un poco, pero ya estaba decidido: el próximo domingo daría su precioso dinero para la misión que ayuda a los leprosos.

Días más tarde el tío de Hugo se enteró del buen gesto de su sobrino y le regaló un acuario con dos magníficos pececillos.

Ezequiel 16:1-34 – Hechos 21:37-22:21 – Salmo 35:1-8 – Proverbios 11:29-30

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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No deis lo santo a los perros | Will Graham

No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen (Mateo 7:6).

Amantísimo Padre:

No debo separar los versículos 1-5 del verso 6. Ahora entiendo que sí quieres que juzgue, pero no de manera hipercrítica. Tengo que ser compasivo y comprensivo a la hora de sacar la paja del ojo ajeno.

No obstante, hay ciertas personas que no son dignas de ser corregidas. Tu Hijo se refiere a ellas como “perros” y “cerdos”. Se burlan de tu Palabra y ridiculizan a tus mensajeros con desdén.

Con razón está escrito: “Y [Herodes] le hacía muchas preguntas [a Jesús], pero él nada le respondió” (Lucas 23:10). Y de nuevo: “Dejadlos; son ciegos guías de ciegos” (Mateo 15:14). Tu siervo Pablo imitó al Salvador diciendo: “Puesto que desecháis [la Palabra de Dios], y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí nos volvemos a los gentiles” (Hechos 13:46).

En palabras de D.A. Carson: “Rehúso […] presentar a Cristo a esa persona que sólo desea burlarse, discutir y ridiculizar. No sirve de nada”.

Dame discernimiento hoy para que no dé lo santo a los perros.

Amén.

Pastor Will Graham – Palabra de Vida Almería

Y comió hasta que se sació y le sobró | Charles Spurgeon

19 de marzo
«Y comió hasta que se sació y le sobró».
Rut 2:14
Cuando tenemos el privilegio de comer del pan que da Jesús, nos sentimos, como Rut, satisfechos con el abundante y sabroso alimento. Cuando Jesús es el anfitrión, ningún convidado se levanta vacío de su mesa. Nuestra mente se siente satisfecha con la preciosa verdad que Cristo revela; nuestro corazón está contento con Jesús, el tan deseado objeto del amor; nuestra esperanza se siente satisfecha, porque ¿a quién tenemos en el Cielo sino a Jesús?; nuestro deseo queda saciado, ya que ¿qué podemos desear nosotros más que conocer a Cristo y ser hallados en él? (cf. Fil. 3:9, 10). Jesús llena nuestra conciencia hasta dejarla en perfecta paz. Llena nuestro juicio con la persuasión de la certeza de sus enseñanzas, nuestra memoria con los recuerdos de lo que él ha hecho y nuestra imaginación con la esperanza de aquello que aún ha de hacer. Así como Rut «se sació y le sobró», lo mismo pasa con nosotros. Hemos tomado profundos tragos, hemos pensado que podíamos ingerir todo lo que Cristo nos daba; pero, tras hacer cuanto pudimos, tuvimos que dejar un gran sobrante. Nos hemos sentado a la mesa del amor del Señor y dicho: «Nada sino lo infinito podrá alguna vez satisfacerme; soy un pecador tan grande que tengo que tener méritos infinitos para lavar mis pecados». Sin embargo, alcanzamos el perdón de nuestros pecados y vimos que había méritos de sobra. Nuestra hambre quedó satisfecha en la fiesta del amor sagrado, y vimos que sobraba una superabundancia de alimento. Hay ciertas cosas hermosas en la Palabra de Dios que aún no hemos gustado y que estamos obligados a dejar por ahora, porque somos semejantes a aquellos discípulos a quienes Jesús dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (Jn. 16:12). Sí, hay virtudes que no hemos obtenido, lugares de compañerismo más estrecho con Cristo que no hemos alcanzado, y alturas de comunión que nuestros pies no han escalado. En ese mismo banquete de amor hay muchos cestos con pedazos sobrantes. Magnifiquemos la liberalidad de nuestro glorioso Booz.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 87). Editorial Peregrino.