Demasiado tarde

Lunes 28 Mayo

Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.

1 Juan 2:1

He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.

2 Corintios 6:2

Demasiado tarde

Una señora debía ser juzgada por haber cometido una grave infracción. Le habían recomendado un excelente abogado, muy conocido, quien probablemente podría defender su causa de la mejor manera. Varias veces pospuso para el día siguiente su encuentro con el abogado. Por fin un día decidió solicitar sus servicios. Pero el abogado le respondió: «Señora, siento mucho no poder ayudarla. Hace algunos días me nombraron juez. Sigo defendiendo algunos casos durante unas semanas, pero no puedo tomar casos nuevos. ¡Hace algunos días hubiese podido defenderla!».

No sabemos si esta negligencia tuvo alguna incidencia en el resultado del juicio. Pero hay un caso en el que las consecuencias de nuestra negligencia podrían ser muy graves: cuando comparezcamos ante Dios. La Biblia evoca claramente este solemne acontecimiento: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Aún hoy Jesús el Salvador puede, no defender nuestra causa ante Dios, sino obtener un pleno perdón para nosotros, porque él sufrió en nuestro lugar la condenación que merecíamos. Murió por nuestros pecados. No aceptarlo ahora como Salvador es arriesgarse a tenerlo más tarde como juez (Romanos 2:16). ¡Pronto será demasiado tarde! Todo hombre será llamado un día ante su Creador. Hoy todavía puede tomar la buena decisión: ¿Se encontrará con un juez que pronunciará una condenación definitiva, o con un Padre que lo recibirá junto a él?

Levítico 9 – Romanos 6 – Salmo 65:1-4 – Proverbios 16:9-10

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

¿Dónde está su tesoro?

¿Dónde está su tesoro?

5/27/2018 

Haceos tesoros en el cielo. (Mateo 6:20)

El dejar esta tierra e ir al cielo no es un pensamiento popular en la iglesia contemporánea. El énfasis cada vez mayor en el éxito, la prosperidad y la solución de los problemas personales refleja nuestra perspectiva terrenal.

También es difícil para nosotros concebir una futura recompensa celestial. En esta época materialista, rara vez sentimos satisfacción en lo que se demora. Casi todo lo que deseamos lo podemos tener de inmediato. Ni siquiera necesitamos dinero; podemos usar una tarjeta de crédito. No tenemos que construir nada; podemos comprarlo todo. Y no tenemos que ir muy lejos para obtenerlo.

La falta de interés en el cielo es la otra cara del interés en este mundo. Los evangélicos modernos prácticamente se olvidan del cielo. Se predica y se enseña poco sobre el tema, pero hay una cantidad colosal de material disponible sobre la prosperidad en esta vida. Para buscar a Cristo con la misma pasión que Pablo debemos concentrar nuestra atención en el mundo venidero.

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Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

27 MAYO

Números 36 | Salmo 80 | Isaías 28 | 2 Juan

Incluso una lectura somera de 2 Juan muestra que los antecedentes de esta corta epístola se solapan en cierta medida con los de 1 Juan. En ambas epístolas, encontramos el tema de la verdad vinculado a la identidad de Jesucristo: “Es que han salido por el mundo muchos engañadores que no reconocen que Jesucristo ha venido en cuerpo humano” (2 Juan 7). Estos engañadores particulares negaron que Jesús fuese el Cristo hecho carne. Separaron al Jesús de carne y hueso del “Cristo” que vino sobre él. Así pues, rechazaron la singularidad esencial de Jesucristo, el Dios/hombre, aquel que era al mismo tiempo Hijo de Dios y ser humano. Había muchas consecuencias tristes.

Las razones de esta aberración doctrinal tenían relación con presiones culturales generalizadas. Basta con decir que esos “engañadores”, esos “desviadores” (como algunos los han llamado), creían ser pensadores superiores, progresistas. No se veían analizando la fe cristiana y escogiendo rechazar ciertas verdades fundamentales, eligiendo según algún oscuro principio. Más bien, consideraban que suministraban una interpretación verdadera y avanzada del conjunto, por encima de los conservadores y tradicionalistas que no comprendían realmente la cultura. Juan habla de ellos por esta razón, con gran ironía, como si fuese corriendo por delante de la verdad: “Todo el que se descarría y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza sí tiene al Padre y al Hijo” (9). La postura del apóstol es muy parecida a la del anciano ministro que escucha una doctrina moderna y opina:

Dices que no estoy con ella.

Amigo mío, no lo dudo.

Pero, cuando veo que no estoy con ella,

debería estar sin ella.

Lo esencial, por supuesto, no es si uno es o no “progresista”, o “tradicionalista”: se pueden ser ambas cosas en un sentido bueno o malo. Tales etiquetas, por sí mismas, son frecuentemente manipuladoras y raramente añaden demasiada claridad a los asuntos complejos. Lo que importa de verdad es si nos agarramos o no al evangelio apostólico, si continuamos o no en la enseñanza de Cristo. Esa es la prueba eterna.

¿Qué movimientos contemporáneos fallan en esta prueba, bien porque se precipitan “por delante” del evangelio en su esfuerzo por ser modernos, bien por haberse incrustado en tradiciones que lo domestican?

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 147). Barcelona: Publicaciones Andamio.

La oración

Domingo 27 Mayo

El que hizo el oído, ¿no oirá? El que formó el ojo, ¿no verá?… El Señor conoce los pensamientos de los hombres.

Salmo 94:9, 11

Me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica. Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.

Salmo 66:19-20

La oración

La oración no es la repetición de frases aprendidas de memoria, que nos darían cierto mérito a los ojos de Dios.

La oración tampoco es un medio mágico para ganar los exámenes, triunfar en los negocios o tener una garantía contra todo riesgo.

Tampoco es una especie de escapatoria para los débiles que tratan de huir, o para los que no saben asumir sus responsabilidades.

La oración no debe ser el último recurso cuando todos los demás fracasan, o en caso de dificultad mayor.

La oración es una conversación entre dos personas que existen realmente, entre un ser humano y una persona divina. Es sencillamente hablar con Dios como lo hace un niño con su padre, o hablar con Jesús, quien vino a tomar nuestra condición humana. Es exponerle nuestras preocupaciones, nuestras tristezas y alegrías, nuestros proyectos, y también darle gracias. Es tener la seguridad de que nos escucha, de que nos responderá y nos dará lo que es bueno para quienes se dirigen a él.

Así como nos habla por medio de su Palabra, la Biblia, también desea que nosotros le hablemos mediante la oración, de forma sencilla, con nuestras palabras, que son la expresión de un corazón sincero y confiado. “Dios es amor” (1 Juan 4:8), y el hecho de que nos escuche es la prueba de ello.

Alguien dijo que orar, en cierto sentido, es tener una puerta abierta al cielo.

Levítico 8 – Romanos 5 – Salmo 64 – Proverbios 16:7-8

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Una expectativa del cielo

Una expectativa del cielo

5/26/2018

Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. (Colosenses 3:1)

El apóstol Pablo estaba interesado en el cielo; tuvo pocas comodidades terrenales. Fue golpeado, apedreado, dado por muerto, privado de lo más necesario y a menudo decepcionado por las personas. Pero no tenía interés en las sensaciones placenteras: él solo quería llevar una vida productiva en pos de su meta celestial.

Nosotros debemos tener ese mismo interés si anhelamos nuestra recompensa celestial. Cristo es del cielo y está en el cielo. El cielo es su lugar, y como somos suyos, el cielo también es nuestro lugar. Si estamos interesados en ser semejantes a Él, estaremos lógicamente interesados en el cielo. Lo que ocurre allí debe ser más importante para nosotros que lo que ocurre aquí.

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Fuerza para esperar

MAYO, 26

Fuerza para esperar

Devocional por John Piper

Fortalecidos con todo poder según la potencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia, con gozo. (Colosenses 1:11)

Fuerza es la palabra apropiada. El apóstol Pablo oraba por la iglesia de Colosas para que los miembros fueran «fortalecidos con todo poder según la paciencia de su gloria, para obtener toda perseverancia y paciencia» (Colosenses 1:11). La paciencia es la evidencia de una fuerza interna.

Las personas impacientes son débiles y, por consiguiente, dependen de puntos de apoyo externos —tales como horarios que se cumplan al minuto y circunstancias que sostengan su frágil corazón—. Los arrebatos de juramentos, amenazas y duras críticas dirigidos a las personas que interfieren en sus planes no suenan débiles. Sin embargo, todo ese ruido sirve de camuflaje para sus debilidades. La paciencia exige una tremenda fuerza interna.

Para el creyente, esta fuerza viene de Dios. Por eso Pablo oraba por los colosenses. Le pedía a Dios que los fortaleciera para que tuvieran la paciencia y entereza que exige la vida cristiana. Pero cuando decía que la fuerza de la paciencia es «según la potencia de [la] gloria [de Dios]», no solo quería decir que hacer que una persona sea paciente requiere poder divino. Quería decir que la fe en este poder glorioso es el canal mediante el cual viene el poder para tener paciencia.

La paciencia es, sin lugar a dudas, un fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22), pero el Espíritu Santo nos fortalece (con todo su fruto) «por el oír con fe» (Gálatas 3:5). Por lo tanto, la oración de Pablo es que Dios nos conecte con el «poder glorioso» que reviste de paciencia. Esa conexión es la fe.

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Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

26 MAYO

Números 35 | Salmo 79 | Isaías 27 | 1 Juan 5

La mayor parte de las personas que han leído 1 Juan algunas veces, saben que Juan habla de muchas evidencias (algunos comentaristas las llaman “pruebas” o “pruebas de vida”) que clarifican quién es realmente cristiano. Casi todos ven tres: (a) una de verdad, en particular la verdad de que Jesús es el Hijo de Dios; (b) una de obediencia, en particular a los mandatos de Jesús; (c) una de amor, en particular por nuestros hermanos. El peligro reside en creer que de alguna forma estas “pruebas” establecen contribuciones independientes, como si fuese suficiente para una persona cumplir con dos de las tres. Sin embargo, hacia el final de esta epístola, sobre todo en 1 Juan 5:1–5, estas tres pruebas aparecen de tal forma que no son en absoluto independientes. Están interrelacionadas.

Este párrafo comienza con la prueba de verdad, con la persona “que cree que Jesús es el Cristo” (5:1). Esta persona es nacida de Dios, un concepto reiterado repetidas veces en los escritos de Juan. No obstante, todo aquel que es nacido de Dios, seguramente amará a los que comparten esta característica con él, sus hermanos espirituales, por así decirlo (5:1). Así pues, la prueba de verdad está vinculada, por medio del nuevo nacimiento, a la de amor. ¿Cómo sabemos, entonces, cuándo amamos realmente a los hijos de Dios? Bien, ante todo, amando al propio Dios y, en consecuencia, cumpliendo sus mandamientos (5:2). De hecho, es ridículo pretender que se ama a Dios y no obedecerle. Esta idea es tan obvia que podemos llegar a afirmar que “amar a Dios” es obedecer “sus mandamientos” (5:3). Por supuesto, Juan ya ha recordado a sus lectores que uno de los mandamientos fundamentales de Jesús, su “nuevo mandamiento”, es que sus discípulos se amen los unos a los otros (2:3–11; 3:11–20; cp. Juan 13:34–35). Por tanto, la prueba de amor está vinculada a la de obediencia en diversos niveles.

No debemos creer que el cristianismo sólo sea una obediencia inflexible. La verdad es que los mandamientos de Jesús “no son difíciles de cumplir” (5:3), porque, en el nuevo nacimiento, Dios nos ha dado el poder para cumplir lo que Cristo manda, la capacidad de vencer al “mundo” (5:4–5; cp. 2:15–17). ¿Quién dispone entonces de este poder para vencer al mundo? Aquellos que han nacido de nuevo, los que tienen una fe auténtica, la cual se define en términos del objeto de la misma, concretamente la verdad de que Jesús es realmente el Hijo de Dios. Así pues, la prueba de obediencia, junto a la de amor, está vinculada a la de verdad.

La gloriosa realidad es que, en la vida cristiana, la verdad y la ética van de la mano. La confesión del credo y una vida transformada, también. Cualquier otra alternativa es superstición o engaño.

Carson, D. A. (2014). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (L. Viegas, Trad.) (1a edición, Vol. II, p. 146). Barcelona: Publicaciones Andamio.

El fariseo y el recaudador de impuestos

Sábado 26 Mayo

Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Lucas 18:14

No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras.

Eclesiastés 5:2

El fariseo y el recaudador de impuestos

Algunas parábolas (13): Lucas 18:9-14

Resumen: Un fariseo (miembro de un partido religioso) y un publicano (un recaudador de impuestos al servicio de los invasores romanos) fueron al templo a orar. El primero se creía mejor que los demás y daba gracias a Dios por ello. El segundo, al contrario, consciente de sus faltas, imploró la gracia divina: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Entonces Jesús dio la apreciación de Dios: el segundo fue justificado, el primero no.

Significado: El fariseo representa a un hombre que confía en sí mismo y en sus prácticas religiosas. Llega a considerarse superior a los demás. El recaudador de impuestos representa a una persona consciente de su indignidad ante Dios, pero que ora con fe.

Aplicación: Exteriormente la actitud de ambos era la misma, y era buena: oraban en el templo. Pero esto no era suficiente; lo que cuenta es el estado del corazón, y este es puesto a la luz a través de las palabras de los dos hombres: a pesar de sus oraciones, el fariseo ponía su confianza en sí mismo. Expuso sus méritos personales y permaneció ajeno a la gracia de Dios.

Pero el recaudador de impuestos sabía que era pecador y contó absolutamente con la gracia de Dios. Salió del templo con la certeza de que Dios lo había escuchado y recibido. Se fue con el corazón en paz. Tomó el lugar correcto ante Dios y halló el consuelo y la justicia. ¡Imitémosle!

(continuará el próximo sábado)

Levítico 7 – Romanos 4 – Salmo 63:5-11 – Proverbios 16:5-6©

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Soldados en una guerra santa

Soldados en una guerra santa

5/25/2018

Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad. (Efesios 6:14)

Nuestra sociedad no contribuye a que las personas sean más semejantes a Cristo. Vivimos en lo que se ha calificado de una cultura en la que todo se percibe por los sentidos porque la mayoría de las personas están más interesadas en las emociones placenteras que en los esfuerzos productivos; buscan más la comodidad que la realización. Tal perspectiva ha influido aun en la iglesia, que sufre de una apatía que causa consternación. Hemos olvidado que somos soldados en una guerra santa.

Como lo indica el versículo de hoy, lo primero que un soldado se ponía antes de entrar en batalla era un cinturón alrededor de su cintura. Lo ceñía tanto como podía y tiraba de las puntas de su túnica hacia arriba por el cinturón de modo que pudiera tener completa libertad de movimiento en el combate cuerpo a cuerpo. El cinto de la verdad no es una pieza de la armadura, porque no puede protegernos directamente. Pero sí indica que tenemos que pensar seriamente en la batalla y procurar alcanzar la victoria.

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El propósito de Dios en las desviaciones

MAYO, 25

El propósito de Dios en las desviaciones

Devocional por John Piper

Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dado gracias por medio de Él a Dios el Padre. (Colosenses 3:17)

¿Alguna vez se preguntaron qué hace Dios cuando estamos buscando en el lugar equivocado algo que perdimos y que realmente nos hace mucha falta? Él sabe exactamente dónde se encuentra, y nos deja seguir buscando en el lugar equivocado.

Recuerdo cuando necesitaba encontrar una frase para citar en la nueva edición de mi libro Deseando a Dios. Sabía que la había leído en un libro de Richard Wurmbrand. Creí que estaba en su libro de devocionales Alcanzando las alturas. Casi podía verla en la cara derecha del libro abierto. Pero no la encontré.

Sin embargo, mientras buscaba, me quedé absorto leyendo una de las páginas, el devocional del treinta de noviembre. En ese momento me dije: «Esta es una de las razones por las que tuve que invertir tiempo buscando la cita». Era una historia, no para mí, sino para los padres de niños con discapacidades.

Tener un hijo con discapacidades es como estar buscando en el lugar equivocado algo que se ha perdido y que no se puede encontrar. «¿Por qué, por qué y por qué?». Esta fue la recompensa inesperada por las horas «perdidas».

Catherine fue criada en un hogar para niños con retrasos mentales durante veinte años. Había tenido un retraso mental desde el principio y nunca había dicho ni una palabra, solo vegetaba. O bien se quedaba quieta mirando las paredes, o bien hacía movimientos anormales. Comer, beber y dormir: en eso consistía su vida entera. Parecía no tener contacto en absoluto con la realidad que la rodeaba. Tuvieron que amputarle una pierna. El personal le expresó sus mejores deseos, con la esperanza de que el Señor se la llevara pronto a su presencia.

Un día el médico le pidió al director que se acercara con urgencia. Catherine estaba a punto de morir. Cuando ambos entraron en la habitación, no podían creer lo que estaban presenciando. Catherine estaba cantando himnos cristianos que había escuchado con anterioridad; había escogido solo aquellos que eran adecuados para cantar en el lecho de muerte. Repitió una y otra vez la canción alemana que decía: «¿Dónde encontrará el alma su hogar y su descanso?». La cantó por media hora con el rostro transfigurado, luego partió de este mundo en paz.

(Extracto de The Best Is Still to Come, “Wuppertal: Sonne und Shild”)

¿Acaso hay algo que podamos hacer en el nombre de Cristo que en verdad sea inútil?

Mi búsqueda frustrada e inútil por lo que pensé que necesitaba no fue una pérdida de tiempo. Cantarle a esta niña con discapacidades no fue una pérdida de tiempo. Tampoco la agonizante e inesperada desviación del camino que están atravesando es una pérdida de tiempo: no lo es si esperan que el Señor obre de manera inesperada y haga lo que deba hacer en su nombre (Colosenses 3:17). El Señor obra a favor de los que esperan en él (Isaías 64:4).

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