¡Ni condenado, ni siquiera juzgado!

(Jesús dijo:) De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.

Juan 5:24

¡Ni condenado, ni siquiera juzgado!

Juicio y condenación tienen un sentido diferente. El juicio precede una eventual condena. El juicio del que la Biblia nos habla es aquel en el cual cada ser humano comparecerá ante Dios como un acusado. La condenación es el veredicto del juicio, juicio definitivo, sin apelación posible, porque es Dios quien lo pronuncia.

El creyente, nacido de nuevo, comparecerá ante el tribunal de Cristo, pero no como acusado para ser juzgado. Al contrario, se presentará como una persona perdonada, y más aún, como un justo, porque sus pecados fueron perdonados. Toda su vida pasará ante sus ojos, bajo el enfoque de la santidad y de la gracia de Dios. “Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10).

El creyente nunca irá, pues, a juicio, sea debido a su mala naturaleza o a sus pecados. Pero, ¿quién hace tal declaración? ¡El Juez supremo! (Juan 5:22). Jesús dijo: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió (Dios), tiene vida eterna; y no vendrá a condenación” (Juan 5:24).

Como víctima expiatoria en la cruz, Jesús “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo” (1 Pedro 2:24). Perdona sin enjuiciar a aquellos por quienes murió. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Tenemos la seguridad de que no hay condenación, ni siquiera juicio, para nosotros los creyentes, ni ahora ni en el futuro.

Job 1 – Juan 19:1-30 – Salmo 119:129-136 – Proverbios 26:27-28

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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EL GOZO DE PABLO

EL GOZO DE PABLO

11/4/2017

Hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía. (Filipenses 4:1)

El gozo del apóstol Pablo venía de los demás creyentes. El versículo de hoy dice que los creyentes de Filipos eran su “gozo y corona”. A los creyentes tesalónicos igualmente les dijo: “¿Cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo” (1 Ts. 2:19-20).

Pablo se regocijaba en la salvación y en el crecimiento espiritual de la iglesia, que está representada por la palabra corona. El término se refiere a una corona de laurel, algo que un deportista recibía en los tiempos bíblicos por ganar un torneo (1 Co. 9:25). Pero un deportista no era el único que recibía tal corona de laurel. Si alguien era agasajado por sus compañeros, también recibiría una como invitado de honor al gran banquete. De modo que la corona simbolizaba el éxito o una vida provechosa. Los creyentes de Filipos eran el galardón de Pablo; prueba del éxito de sus esfuerzos. Cuando usted sirva con sus dones, Dios quiera que sienta el gozo que sentía Pablo.

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El verdadero problema de la ansiedad

NOVIEMBRE, 04

El verdadero problema de la ansiedad

Devocional por John Piper

Y si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe? (Mateo 6:30)

Jesús dice que la raíz de la ansiedad es una fe inadecuada en la gracia venidera de nuestro Padre.

Una reacción posible a las palabras de Jesús podría ser: «¡Esas no son buenas noticias! De hecho, es muy desalentador descubrir que lo que yo creía que era una simple lucha contra una predisposición a la ansiedad en realidad es un conflicto mucho más profundo que pone en duda mi confianza en Dios».

Mi respuesta es que estoy de acuerdo, pero luego en desacuerdo.

Supongamos que usted tiene un dolor en el abdomen y ha estado probando medicamentos y dietas de todo tipo, pero nada dio resultado. Supongamos también que el médico le dice, después de una consulta de rutina, que tiene cáncer en el intestino delgado. ¿Es una buena noticia? Usted dirá: «¡Por supuesto que no!». Y yo estaría de acuerdo con usted.

Pero permítame plantear la pregunta de otra forma: ¿No le alegra que el médico haya descubierto el cáncer cuando todavía es tratable y se puede hacer mucho al respecto? Usted diría: «Sí, y me alegra mucho que el médico haya encontrado el verdadero problema». Nuevamente, yo estaría de acuerdo con usted.

Por lo tanto, la noticia de que tiene cáncer no es buena; pero por otro lado, sí lo es, porque saber qué es lo que en realidad está mal es bueno, en especial si el problema se puede solucionar.

Lo mismo sucede cuando descubrimos que el verdadero problema detrás de la ansiedad es la falta de fe en las promesas de gracia venidera de Dios. Él puede obrar para sanidad de formas maravillosas cuando clamamos: «Creo, ayúdame en mi incredulidad» (Marcos 9:24).

Devocional tomado del libro “Future Grace” (Gracia Venidera), página 53

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«En tu luz veremos la luz»

4 de noviembre

«En tu luz veremos la luz».

Salmo 36:9

Ningún labio puede dar conocer el amor de Cristo al corazón hasta que Jesús se lo revele. Todas las descripciones palidecen y se evaporan si el Espíritu Santo no las llena de vida y de poder. Hasta que nuestro Emanuel no se revele, el alma no podrá verlo. Si quisieras ver el sol, ¿reunirías acaso los medios comunes de iluminación y procurarías de esa manera ver al astro diurno? No; el hombre entendido sabe que el sol tiene que manifestarse a sí mismo, y que únicamente por medio de su propio resplandor puede contemplarse esa potente lámpara. Así acontece con Cristo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre». Estas palabras se las dijo el Salvador a Pedro. El purificar la carne y la sangre por cualquier proceso educativo que se pueda elegir eleva las facultades mentales al más alto grado de poder intelectual, pero nada de eso es capaz de revelar a Cristo. El Espíritu de Dios tiene que venir con poder y «hacer sombra» con sus alas al hombre y, después, en ese místico Lugar Santísimo, el Señor Jesús ha de mostrarse al hombre santificado como no lo hace a los miopes hijos de los hombres. Cristo debe ser su propio espejo. La gran mayoría de la gente de este mundo tiene los ojos enfermos y, por eso, no puede ver en absoluto las inefables glorias de Emanuel. Ven a Jesús sin forma —es decir, sin gracia—, como una raíz de tierra seca, desechada por el vanidoso y despreciada por el soberbio. A Jesús solo le comprende aquel cuyo ojo el Espíritu ha tocado con colirio, cuyo corazón él ha avivado con vida divina y cuya alma ha educado para gustar lo celestial. «Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso» (1 P. 2:7). Para ti, él es la principal piedra del ángulo, la Roca de tu salvación, tu todo en todo. No obstante, para los demás, Cristo es «piedra de tropiezo y roca que hace caer». Dichosos aquellos a quienes nuestro Señor se manifiesta, pues él promete a los tales que hará morada con ellos. ¡Oh Jesús, Señor nuestro, tenemos el corazón abierto, entra en él y no salgas de allí nunca más! ¡Revélate a nosotros ahora! Favorécenos con una vislumbre de tu irresistible encanto.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 319). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

El Señor se enojó mucho contra Israel

4 NOVIEMBRE

2 Reyes 17 | Tito 3 | Oseas 10 | Salmos 129–131

El texto de 2 Reyes 17 relata un momento decisivo en la historia del Antiguo Testamento. El reino del norte, Israel, deja de existir como entidad política. Lo que impulsó este último paso en la destrucción de la nación fue un engaño realizado por su ultimo rey, Oseas. Mientras nominalmente mantenía su lealtad a Asiria (la superpotencia de la región), Oseas comenzó a negociar con Egipto, que todavía era una potencia política y militar muy impresionante, con la esperanza de que Israel pudiera acogerse a su protección en mejores términos. Salmanasar, rey de Asiria, interpretó esta acción como lo que era—una traición—y destruyó Samaria, la capital de Israel (17:1–6). Deportó a los principales israelitas a Asiria y luego, como vemos claramente al final del capítulo, introdujo a gente pagana de otras partes del imperio que se entremezcló con los israelitas pobres que quedaban allí.

El resto del capítulo nos ofrece dos explicaciones explícitas y una más sutil e implícita.

Primero, la razón final para la destrucción de la nación no era política ni militar, sino religiosa y teológica (17:7–17). El pueblo de Israel sucumbió a la idolatría. Aunque mantenían una lealtad superficial al Dios vivo, “secretamente” edificaron lugares altos paganos, ¡cómo si pudieran engañar al Dios que todo lo ve! Se multiplicaron las imágenes de Asera y la adoración de Baal. El pueblo ignoró a los profetas que Dios les envió. “Se fueron tras ídolos inútiles, de modo que se volvieron inútiles ellos mismos” (17:15; cf. Jeremías 2:5). Rechazando el templo en Jerusalén, construyeron dos imágenes de becerros. Adoraron a las deidades astrológicas, jugaron con la hechicería y, finalmente, se rebajaron a la abominable práctica de sacrificar hijos a Moloc. “Por lo tanto, el Señor se enojó mucho contra Israel y lo arrojó de su presencia” (17:18).

Segundo, este capítulo explica los orígenes de la religión sincretista de Samaria (17:24–41). Los inmigrantes paganos se mezclaron con los judíos que permanecieron en la tierra. En términos raciales y teológicos, los resultados fueron mixtos. A pesar de las advertencias de Dios (que tomaron la forma de leones al acecho, los cuales ya no se encuentran en esa parte del mundo aunque en esa época abundaban), todo lo que logró producir esa generación fue patético: “Aunque adoraban al Señor, servían también a sus propios dioses” (17:33). Este es el trasfondo de los “samaritanos” que encontramos en la época de Jesús.

La tercera explicación sólo es implícita, siendo evidente únicamente si leemos este capítulo dentro del fluir del desarrollo de la Revelación. La humanidad caída es juzgada en el diluvio; sólo unos pocos sobreviven. Los patriarcas de la joven nación judía acaban esclavizados. Cuando Dios los libera, su incredulidad retrasa su entrada en la Tierra Prometida. El período de los jueces acaba en libertinaje, corrupción y decadencia. Y ahora la época de la monarquía está finalizando con una vergüenza parecida.

Que Dios nos ayude: necesitamos una respuesta más radical que estas.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 308). Barcelona: Publicaciones Andamio.

Nos llegará nuestro turno

sábado 4 noviembre

No hay hombre que tenga… potestad sobre el día de la muerte.

Eclesiastés 8:8

Nuestro Salvador Jesucristo… quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.

2 Timoteo 1:10

Nos llegará nuestro turno

Marcos, inclinado hacia la tumba donde el ataúd de su padre acababa de ser puesto, permaneció silencioso. Luego se dirigió a mí y me dijo: «Nos llegará nuestro turno». Mi amigo había perdido a su mujer hacía algunos meses, y ese nuevo duelo confirmaba la solemne declaración de la Escritura: “No hay hombre que tenga… potestad sobre el día de la muerte”.

¿Cómo esperamos nosotros ese final de nuestra existencia terrenal? ¿Buscamos alejar de nuestros pensamientos la llegada de la muerte, tratando de distraernos y disfrutando de la vida? Cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Estoy listo para encontrar a Dios? ¿Recibí la vida que viene de Dios, la que Jesús comunica? Debido a nuestros pecados merecemos su juicio, pues “está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). Pero Jesús nos dice: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24).

¿Ha reconocido su estado de culpabilidad ante Dios y ha aceptado el valor del sacrificio de Jesús en la cruz? ¡Hay que darse prisa; para cada uno de nosotros ya empezó la cuenta regresiva! ¡Sí, nuestro turno llegará!

Sin embargo, para los creyentes, la vida en la tierra puede terminar sin que llegue la muerte, pues esperamos el regreso del Señor Jesús, quien “transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Filipenses 3:21).

Ester 9-10 – Juan 18:19-40 – Salmo 119:121-128 – Proverbios 26:25-26

Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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EL AMOR DE PABLO A LA IGLESIA

EL AMOR DE PABLO A LA IGLESIA

11/3/2017

Porque Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo. (Filipenses 1:8) 

El apóstol Pablo trataba a los creyentes con un espíritu amable y afectuoso. A menudo daba órdenes con genuinas expresiones de amor a las personas. Tenía un lugar especial en su corazón para la iglesia de Filipos. Se dirigía a esos creyentes como “hermanos míos amados y deseados” (Fil. 4:1).

Manifestaba su amor en su deseo de permanecer con ellos para su “provecho y gozo de la fe” (1:25). Pablo estaba dispuesto a ser ofrecido “sobre el sacrificio y servicio de [su] fe” (2:17). Y solamente los creyentes de Filipos habían “[participado con él] en razón de dar y recibir” (4:15), que también revela su vínculo especial con ellos.

Pablo era un dialéctico y un teólogo sin igual, su capacidad intelectual era asombrosa, pero también estaba dotado de una gran capacidad para amar a las personas. Su ministerio puede ser eficaz solo cuando ame a las personas.

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La razón de ser del sufrimiento

NOVIEMBRE, 03

La razón de ser del sufrimiento

Devocional por John Piper

Considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía la mirada puesta en la recompensa. (Hebreos 11:26)

No elegimos el sufrimiento simplemente porque se nos dice que lo hagamos, sino porque Aquel que lo dice describe al sufrimiento como el camino hacia el gozo eterno.

Nos indica que sigamos la obediencia del sufrimiento, no para demostrar la fuerza de nuestra devoción al deber, ni para poner de manifiesto el vigor de nuestra determinación moral, ni para probar los altos niveles de tolerancia al dolor que tenemos, sino más bien para exponer, mediante una fe como la de un niño, el infinito valor de sus promesas, que lo satisfacen todo.

Moisés «[escogió] antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado… porque tenía la mirada puesta en la recompensa» (Hebreos 11:25-26). Por ello es que su obediencia glorificó al Dios de gracia, y no exaltó la determinación a sufrir.

Esa es la esencia del hedonismo cristiano. En la búsqueda del gozo por medio del sufrimiento, magnificamos el valor de la Fuente de nuestro gozo, que todo lo satisface. Dios mismo es la luz que brilla al final del túnel de nuestro sufrimiento.

Si no proclamamos que él es la meta y el fundamento de nuestro gozo en el sufrimiento, entonces la verdadera razón de nuestro sufrimiento se perderá.

Y la razón es la siguiente: Dios es ganancia, Dios es ganancia, y Dios es ganancia.

El fin principal del hombre es glorificar a Dios. Esta verdad se refleja más claramente en el sufrimiento que en ninguna otra circunstancia: Dios es más glorificado en nosotros cuando nosotros estamos totalmente satisfechos en él.


Devocional tomado del libro “Deseando a Dios”, páginas 287-288

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«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo»

3 de noviembre

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo».

2 Crónicas 30:27

La oración es el refugio que nunca falla para el cristiano, cualquiera que sea la situación o el aprieto en que se encuentre. Cuando no puedas emplear tu espada, puedes recurrir al arma de la oración ferviente. Tu pólvora es susceptible de mojarse y la cuerda de tu arco de distenderse, pero el arma de la oración ferviente jamás tiene por qué estar fuera de uso. El Leviatán se ríe de la jabalina, pero tiembla ante la oración. La espada y la lanza necesitan ser acicaladas, pero la oración nunca se embota. La oración es una puerta abierta que nadie puede cerrar. Los demonios quizá te rodeen por todos los lados, pero el camino hacia arriba siempre estará abierto; y mientras esa senda no se vea obstruida, jamás caerás en manos del enemigo. Siempre que los socorros celestiales desciendan a nosotros por la escalera de Jacob a fin de auxiliarnos en los momentos de necesidad, no seremos conquistados por bloqueo, por asalto, por mina o por ataque. La oración jamás se halla fuera de temporada: tanto en verano como en invierno, su mercancía es preciosa. La oración consigue audiencia en el Cielo a altas horas de la noche, en medio de las ocupaciones diarias, al mediodía o al caer la tarde. El Dios del pacto recibirá complacido tus oraciones y las contestará desde su santo lugar, cualquiera que sea tu condición: la pobreza, la enfermedad, la oscuridad, la calumnia o la duda. La oración nunca resulta vana. La plegaria genuina constituye siempre un verdadero poder. Quizá no en todo momento consigas aquello que pides; pero siempre quedarán suplidas tus verdaderas necesidades. Cuando Dios no responde a sus hijos según la letra, les responde según el espíritu. Si pides harina común, ¿te enojarás porque se te conceda la harina más fina? Si buscas sanidad física, ¿te lamentarás si, en lugar de ella, Dios hace que tu enfermedad física redunde en la sanidad de tus enfermedades espirituales? ¿No es mejor que tu cruz sea santificada en lugar de eliminada? No te olvides esta noche, alma mía, de presentar tu petición y tu solicitud, pues el Señor está pronto para concederte aquello que deseas.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar. (S. D. Daglio, Trad.) (4a edición, p. 318). Moral de Calatrava, Ciudad Real: Editorial Peregrino.

Las diez tribus del norte.

3 NOVIEMBRE

2 Reyes 16 | Tito 2 | Oseas 9 | Salmos 126–128

Los libros de 1 y 2 de Reyes, aunque siguen las suertes de Judá y de Israel (el reino del sur y el del norte, respectivamente, tras la división después de la muerte de Salomón) se concentran en Israel, las diez tribus del norte. Se les dedica más espacio a los reyes de Israel que a los de Judá. Claro, cuando el reino del norte se hunde (ver la meditación de mañana) toda la atención se enfoca en el sur. En comparación, 1 y 2 de Crónicas cuentan de nuevo más o menos la misma historia, pero se centran más en Judá, el reino del sur.

No obstante, aun en 2 Reyes, a veces dedica bastante atención a uno de los reyes de Judá. Así sucede en 2 Reyes 16. En líneas generales, los reyes del norte degeneraban más rápidamente que en el sur. En el sur, se menciona muchos reyes que seguían al Señor, pero no como David lo había hecho; en el norte, se dice que muchos persistieron en los pasos de “Jeroboam, hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel”. Pero de vez en cuando, se levantaba un rey muy malvado o estúpido en el sur. Y uno de ellos fue Acaz.

En términos religiosos y teológicos, Acaz fue un desastre: “a diferencia de su antepasado David, Acaz no hizo lo que agradaba al Señor su Dios. Al contrario, siguió el mal ejemplo de los reyes de Israel, y hasta sacrificó en el fuego a su hijo, según las repugnantes ceremonias de las naciones que el Señor había expulsado delante de los israelitas” (16:2–3). En términos políticos, no le fue mucho mejor. Amenazado por Israel y Siria al norte, el rey Acaz de Judá decidió despojar al templo de su riqueza y enviársela al rey Tiglat Piléser de Asiria. Asiria era la superpotencia que se estaba levantando. Enviarle dinero como una especie de tributo y pedirle que atacara a Siria y a Israel para disminuir la presión sobre Judá, era un poco como lanzarle un pedazo de carne a un cocodrilo: puedes estar seguro de que va a querer más. Peor aún, el rey Acaz se enamoró tanto de Asiria, que introdujo algunas de sus prácticas paganas en el culto del templo. El temor condujo a Acaz hacia el poder pagano y su deferencia hacia el rey de Asiria (16:18) alimentó nuevas concesiones.

Como contraste, tenemos a Ezequías, dos capítulos más adelante, quien se enfrentó a una amenaza mucho mayor por parte de los asirios— en gran parte, a causa de la estupidez e infidelidad de Acaz—y, sin embargo, no transigió en modo alguno, sino que buscó con diligencia el rostro de Dios. Así descubrió, tal como lo experimentaron Moisés y los antepasados de Israel, que Dios es capaz de defender a su pueblo contra pocos o muchos; para él, no hay diferencia.

Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R. Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 307). Barcelona: Publicaciones Andamio.